Capítulo 1
Península de Jylland, Dinamarca
«Jackie, cielo, reúnete conmigo en la casa de Stjær. Necesitamos hablar con urgencia. Estoy en aprietos».
Ante el recuerdo de aquellas palabras de su gran amiga Brenda, Jackie Thygesen apretó el acelerador y chequeó la hora en el reloj del salpicadero del coche. Las 2:30 de la madrugada. Respiró profundo intentando calmarse. Debía apresurarse y solo rogaba llegar a tiempo.
Nerviosa, sacudió de un lado a otro su cabellera roja y repleta de rizos, como si con ese movimiento pudiese conseguir que el aire atravesase mejor sus pulmones.
Hacía bastante tiempo que no sabía de Brenda, por lo que se sorprendió cuando esa noche ella había vuelto a aparecer en sus sueños, clamando por un encuentro inmediato en la casa ubicada en el núcleo rural danés. Unos cuantos meses atrás, Brenda, su hermano Seber y ella misma habían vivido ahí.
La comunicación entre Brenda y ella a través de sueños era un don que ambas habían compartido desde niñas y que les había permitido ayudarse en situaciones extremas. La ventaja era la seguridad, porque no existían espías capaces de detectar la información intercambiada en las dulces horas en que dormían.
Por ende, apenas se había despertado, Jackie se vistió como un vendaval y se subió a su pequeño vehículo, adquirido muy poco tiempo atrás. Se encontraba bastante destartalado, pero era lo único que con sus magros ahorros había podido comprar. Y todo por culpa del maldito de Metanón Lemark.
Comenzó a golpetear el volante con los dedos, agradecida de que la autopista estuviese prácticamente vacía, porque el tiempo de arribo sería de unos quince minutos menos de lo acostumbrado.
«Lo único que ruego es que los silverwalkers no hayan tocado a Brenda», pensó preocupada.
Inhaló hondo. Hacía unos meses que Brenda y Jackie se habían enfrentado a esos hombres sobrenaturales, también llamados caminantes, en la guarida que ellos poseían en el salvaje territorio del delta entrerriano, en Argentina. La misión de ambas había consistido en intentar rescatar a sus amigas, Maia y Aniel, de las garras de esos perversos, aunque al final hubiese culminado en un rotundo fracaso. Y en el descubrimiento de la verdad que dejó a Brenda y a ella misma sumidas en la peor de las desgracias.
Se enjugó las lágrimas con rabia, decidida a no llorar por nada en el mundo, hasta que sonrió con cierta ironía.
Quizá Brenda necesitaba un consejo sentimental sobre John Carter, el agente secreto que bebía los vientos por su amiga. Si era así, Brenda debía de estar mal de la cabeza al elegirla a ella para tratar ese tema, porque se consideraba una verdadera nulidad en lo referente a hombres. No es que no apreciase a los buenos especímenes masculinos, pero jamás los admitía a menos de un metro de distancia. No los toleraba, y, si alguno se atrevía a traspasar esa frontera, ella le demostraba lo que era capaz de hacer. Y, hasta la fecha, ninguno había tenido las agallas para volver a intentarlo.
De súbito, el corazón comenzó a latirle más deprisa. ¿Y si se trataba de Seber? El hermanito menor de Brenda podría encontrarse en algún aprieto, y eso destrozaría a su compañera.
«Jackie, deja de elucubrar sobre las posibles causas de este encuentro o tu cabeza explotará», se reprochó.
Redujo la marcha cuando distinguió la arboleda característica de la calle en la que se encontraba la vivienda. Al arribar, aparcó y se bajó de inmediato del coche. En el interior se divisaba una pequeña luz, parecida a la que brindarían unas velas.
Colocándose el bolso al hombro, se acomodó el pelo, cuyos bucles como tirabuzones parecían más ingobernables que nunca. Se dirigió con pasos apresurados hacia la entrada, manejándose a la perfección con las botas de plataformas que tanto le gustaban. Sacó la copia de la llave que Brenda alguna vez le había entregado y la insertó en el ojo de la cerradura.
—¡Brenda! Aquí estoy, cielo —gritó al abrir la puerta. No bien la cerró, se dirigió al comedor—. Bren, amor, ¿dónde…?
Pero no alcanzó a terminar la frase, porque se quedó sin palabras ante lo que sus ojos contemplaban.
—Hola, bruja. Por fin llegas.
Capítulo 2
Metanón se acomodó en la silla y volvió a chequear su reloj de pulsera. Habían transcurrido solo dos minutos desde la última vez que había mirado la hora.
Prendió otra vela para que la iluminación resultase un poco más agradable. Hacía frío. Podría haber encendido los radiadores, pero le había parecido una estupidez cuando pensaba quedarse muy poco tiempo, máximo una hora, que era lo que, suponía, aquello por lo cual había venido demandaría.
Se llevó las manos a la boca y las sopló para calentarlas un poco. Miró en derredor y sonrió. Esa casa había pertenecido a Brenda Mori, una de las cuatro amigas que conformaban el grupo de las mujeres guardianas de los símbolos.
Suspiró. Dichos símbolos eran regalos ancestrales y sagrados que ellos, los silverwalkers, a petición de los jerarcas de la Estirpe de Plata, a la que pertenecían, tenían como misión encontrar.
El tema referente a Jackie, Brenda, Maia y Aniel había resultado complicado desde el inicio, porque las muchachas habían creído que ellos iban tras sus pasos para hacerles daño, lo cual no era verdad. Ese malentendido había traído aparejada una seguidilla de bíblicos altercados con las jóvenes, y, en su caso, el desperdicio de casi dos años de su tiempo para intentar cazar a Jackie Thygesen.
Tragó en seco.
A Dios gracias, Aniel, Brenda y Maia descubrieron el terrible error y, en la actualidad, se hallaban felizmente casadas con Gabriel, Triel y Damián, tres de sus amigos silverwalkers. Ruryk y él aún no habían descubierto a sus mujeres especiales, sin embargo, no bien Metanón pensaba en Jackie, la polla se le ponía como un cohete.
Frunció el ceño mientras se acomodaba mejor en la silla. El gran inconveniente radicaba en que Jackie continuaba considerando a los cinco como sus adversarios, en especial a él, por quien manifestaba un odio visceral. Aunque no la culpaba.
Por eso, ese día, Metanón había arribado a Stjær para atraparla de una vez por todas. No solo deseaba terminar con la enorme afrenta que, como rastreador, había sufrido de parte de ella, sino que, por encima de todo, esa majareta se hallaba en verdadero peligro.
Cuadró los hombros. Asimismo, había llegado la hora de constatar si lo que tanto temía y le impedía pegar un ojo desde hacía tanto era verdad.
Cerró los párpados. Su mente se llenó del recuerdo de la cabellera de seda y fuego, y no pudo evitar rememorar la escena en la que Jackie y él, por primera vez, habían logrado intercambiar unas palabras durante más tiempo de lo normal.
Unos meses atrás, Brenda y Jackie habían viajado al delta entrerriano, lugar donde se erigía la sede de los silverwalkers, y, sin ningún reparo, habían aparecido frente a ellos para exigir la presencia de Aniel y Maia. Metanón admiró el extraordinario coraje de las dos guerreras, quienes se mostraban dispuestas a enfrentarlos, aunque se encontrasen en desventaja numérica y su complexión fuese la mitad del tamaño de la de ellos. Pero así era el amor que unía a Aniel, Maia, Brenda y Jackie.
Para ese entonces, las dos chicas desconocían que, en realidad, Maia y Aniel ya habían contraído matrimonio con Damián y Gabriel, por lo que, al comunicárselo, Brenda había conservado la calma, no así Jackie, quien reaccionó de la peor manera. Gabriel, el más sensato de los silverwalkers, para evitar que el conflicto escalase a mayor proporción, había prometido a las visitantes una entrevista con sus esposas. De esa forma, Jackie y Brenda, a regañadientes, aceptaron hospedarse en la guarida hasta tanto se llevase a cabo el supuesto encuentro entre las amigas.
Como Metanón había sospechado, la presencia de Jackie lo sumió en un huracán de emociones, que lo impulsó a buscar a la joven para mantener una entrevista a solas.
En un principio, Jackie se había negado, pero, ante la insistencia de Brenda, se vio obligada a claudicar. Metanón la condujo a su propia habitación mientras se repetía a sí mismo la necesidad de preservar un diálogo civilizado con esa bomba repleta de curvas.
Y recordó cada palabra y cada gesto, así como el desastre acaecido después…
—Habla pronto, que quiero pintarme las uñas —informó Jackie dentro de la habitación, donde destacaba la cama gigantesca de él—. Además, no me gusta estar en un lugar tan… íntimo —agregó con una mueca de asco.
Metanón se sentía a punto de reventar, pero precisaba hallar la tranquilidad suficiente para manejar a esa chiflada que lo volvía loco.
—Quiero un cese del fuego.
Jackie lo miró con suspicacia.
—¿A qué te refieres en concreto?
—Ahora la lerda eres tú —contestó con ademán picaresco.
—Me acomodo a ti, corazón.
Metanón rompió en una pequeña carcajada. Esa mujer lo llenaba de vida. Pero también quería estrangularla.
—Deseo que paremos de correr. Los dos hemos gastado fortunas, tiempo y energías en una persecución y en una huida que deben llegar a su fin.
—¿Y eso lo decides tú?
—No lo sé. Pero estoy aquí para proponerte una pausa o un alto definitivo.
Jackie negó con la cabeza.
—Busco a Maia y a Aniel. Si conoces algo sobre ellas, tienes toda mi atención.
Metanón la oteó con recelo.
—No es a mí a quien le incumbe ese tema.
—OK, no hay nada más de qué hablar.
Jackie amagó con salir de la habitación, por lo que él se apresuró a decir:
—Quiero explicarte sobre tu papel en la Estirpe de Plata. —Respiró aliviado al ver que lograba su cometido. Jackie lo examinó con cautela.
—Vaya, vaya —susurró—. ¿Qué estás insinuando?
—Que eres una de las guardianas de los símbolos por los cuales nos hemos enfrentado, Jackie. —El semblante de la joven se volvió casi transparente ante el impacto que sus palabras ocasionaron—. Y, hasta donde sabemos, todas ellas han resultado pertenecer a la Estirpe.
Era consciente de que revelaba demasiado, pero estaba harto de la caza de esa bruja que lo excitaba como ninguna otra mujer.
—No quiero conocer tus estúpidas maquinaciones. Tus amigos y tú no son mejores que los caídos.
«¡Bingo!», pensó. Así que ella conocía a sus enemigos de siglos.
—Creo que hay un error de juicio.
Jackie rio de forma exagerada.
—Repito: dime dónde están Aniel y Maia y cómo puedo hablar con ellas. Lo demás no me importa.
—¡Maldita sea! No estoy dispuesto a rastrearte más —gruñó Metanón.
—¡Por fin! ¡Gracias! —exclamó Jackie con una sonrisa de oreja a oreja. Pero, de inmediato, su boca se volvió enjuta—. Solo expláyate sobre lo que te he preguntado.
Metanón meneó la cabeza.
—Imposible.
—Entonces me voy.
El cuerpo inmenso de él se interpuso entre la puerta y ella.
—¡No me evites más!
Era consciente de que se estaba encabronando, pero Jackie lo hacía estallar con extrema facilidad. Y no sabía cómo evitarlo.
—¡Apártate, cavernícola!
Metanón la tomó de los hombros y la sacudió un poco.
—Te voy a atar a la cama si es preciso.
—Inténtalo, infradotado —lo desafió, y, a continuación, entornó los ojos y le ordenó con voz glacial—: Saca tus asquerosas manos de encima de mí.
Se la notaba dispuesta a todo, como otras veces en las que se habían encarado. Contempló su boca de labios pulposos y el miembro se le puso férreo como una roca.
«¡Lo que me faltaba!», se reprochó colérico.
Aunque seguía inmerso en sus tórridos pensamientos, alcanzó a detectar la rodilla que se dirigía hacia sus testículos y, en un acto reflejo, logró girar el cuerpo para evitar que llegase a destino.
Estrechó a Jackie entre sus brazos, pero, lejos de detenerla, ella comenzó a expulsar de su hermosa boca un rosario de palabrotas que habrían avergonzado al mismísimo diablo. Esa muchacha era puro fuego, y él, la gran víctima de la Inquisición, que ella representaba.
A causa de los alaridos de la pelirroja, la puerta de la habitación se abrió.
—¡Déjala! —gritó Brenda fuera de sí.
Como si la presencia de su aliada le hubiese imprimido una energía extra, Jackie comenzó a sacudirse como una culebra. Pero él aún no estaba dispuesto a liberarla. Hasta que escuchó la voz de Gabriel y su orden insólita:
—Suelta a la chica, Metanón.
Incapaz de creer en lo que su amigo le exigía, lo miró con rabia.
—¿Y tú me lo pides? ¿O acaso debo recordarte que a ti te pasó lo mismo?
La expresión de Gabriel se tornó taciturna, seguro que al rememorar las terribles batallas que había librado con Aniel.
Metanón bufó. ¿Quién era Gabriel para ordenarle algo así? En realidad, lo único que él deseaba era llevarse a esa mujer y hacerle el amor de mil maneras posibles. Estaba tan duro que no iba a resistir mucho más.
—Justamente porque sé de qué se trata, te ruego que la liberes.
La ceremoniosa voz de Gabriel surtió efecto. Era el más equilibrado de los cinco y debía saber a qué se refería.
Metanón agitó la melena con ira. Después de todo, ¿qué mierda le importaba esa histérica a él?
Y la soltó. Se echó hacia atrás, consciente de lo peligrosa que era.
—La próxima vez, te cocino las pelotas —susurró Jackie.
Sin poder contestar una palabra, su peor pesadilla y Brenda salieron a toda prisa de la habitación.
El ruido del motor de un vehículo interrumpió sus pensamientos. Sonrió.
Oyó el ruido de las pisadas que se acercaban a la entrada y, enseguida, el de las llaves en la cerradura. Reclinó el cuerpo hacia atrás y lo acomodó como pudo en el sillón. Sus dos metros de altura no siempre eran fáciles de manejar.
—¡Brenda! Aquí estoy, cielo.
Al oír aquella voz ronca y sensual, la sangre en sus venas echó a correr a toda velocidad.
—Bren, amor, ¿dónde…?
La figura de la diosa mitológica se detuvo de forma abrupta, y Metanón debió controlar con todas sus fuerzas el deseo de abalanzarse sobre ella. O de gemir como un cachorro. El poder de Jackie sobre él era tan contundente que lo dejaba casi inutilizado.
Sonrió de lado y se obligó a decir:
—Hola, bruja. Por fin llegas.
Los ojos verdes refulgieron. Estaba seguro de que, como había presenciado en otras ocasiones, Jackie comenzaba a reprogramar su mente para entrar en modo Capitana Marvel.
Esa noche era una de las pocas veces en las que se encontraban por completo solos. En las anteriores, él había fracasado como un marrano e, incluso, había estado a un paso de perder su masculinidad. Pero no estaba dispuesto a repetir esos resultados. Obligaría a Jackie a regresar con él al precio que fuese necesario.
—¿Qué haces tú aquí? —siseó ella con desdén.
Suspiró. Contemplar el dechado de curvas enfundado en un short ajustado y un suéter que delineaba su anatomía equivalía a haber descubierto la octava maravilla del mundo. Era una mujer de los pies a la cabeza, con unas piernas kilométricas que lo enajenaban. Y esos pechos…
—Vine en lugar de Brenda.
La mandíbula de Jackie se desencajó y su cuerpo vibró.
—¿Qué has hecho con ella, pedazo de mierda? —chistó, y se acercó con toda su furia.
Metanón se levantó como un resorte, dispuesto a todo. Al extender su máxima altura, Jackie volvió a frenarse. Se jugaba el pellejo a que esa vikinga querría atravesarle el corazón con las uñas. Sin embargo, él solo deseaba atacar aquella boca de labios gruesos y colmar sus manos con los senos erguidos.
—No te preocupes. Brenda está muy bien.
—No te creo.
—Puedes registrar toda la casa. Solo estamos tú y yo.
El brillo de sus pupilas relumbró con estridencia. Normalmente, los ojos de las féminas de la Estirpe emitían incandescencias plateadas, pero los de Jackie era un tanto diferentes. En realidad, toda ella lo era, y Metanón no tenía muy claro el porqué. Estaba seguro de que Jackie pertenecía a la Estirpe de Plata, aunque ella no lo supiese. O lo negase. Igual, urgía confirmarlo.
—¿Qué quieres?
Tensó la musculatura porque, ante su respuesta, cualquier cosa podría suceder. Y no permitiría que lo encontrase con la guardia baja.
—Debes venir conmigo al delta.
La carcajada cínica lo enfureció.
—¿Te has fumado un buen porro? ¡Alucinas! —Enseguida, la ira regresó a las facciones de la guerrera—. ¡Dime dónde está Brenda! ¿Qué le hiciste?
Metanón la observó con deleite. Jackie sentía tal amor por sus amigas que lo maravillaba.
La relación que él mantenía con las mujeres era del mismo tipo que la de Ruryk, y en el caso de Damián, Gabriel y Triel, la que habían profesado antes de conocer a sus señoras álmicas: estrictamente sexual. Ninguno de ellos se había preocupado por entablar amistad o alimentar un intercambio de otra índole con algunas jóvenes. Menos que menos, tomarse su tiempo para aprender a conocerlas. Particularmente a él le habían parecido bastante irritantes, sobre todo aquellas a las que Ruryk atraía.
Su amigo era como el encantador de serpientes, aunque, a cambio de cautivar a reptiles, lo hacía con cuanta mujer se cruzaba en su camino. Y las peleas que se habían suscitado entre ellas por celos desmedidos y por atraer la atención de Ruryk habían sido apoteósicas.
Por eso, el universo femenino que Aniel, Maia, Brenda y Jackie les mostraban a todos ellos constituía un verdadero descubrimiento. Esas cuatro chicas se adoraban a tal extremo que darían su vida las unas por las otras sin dudarlo ni un segundo.
A su vez, Gabriel, Damián y Triel habían cambiado tanto desde que se enamoraron de sus esposas que a Ruryk y a él aún les resultaba asombroso. Pero ninguno podía negar que la nueva versión de ellos resultaba en extremo mejorada gracias a la existencia de sus señoras álmicas.
Frunció el ceño. Sin ninguna duda, la valquiria que lo trastornaba era también un verdadero hallazgo. La lealtad inconmensurable que albergaba por sus amigas era tan intensa como sus ansias de asesinarlo a él. Y eso último no le gustaba un carajo.
—Ya te he explicado que…
—¡Dime dónde está y terminemos!
Fue el turno de Metanón de estallar en una risotada, aunque en su interior solo deseaba cargarse a esa loca al hombro y llevársela muy lejos.
—Brenda no está aquí.
Como un huracán, Jackie se dio la vuelta y comenzó a recorrer cada una de las habitaciones de la vivienda. Metanón la siguió por detrás, a pocos centímetros de distancia.
—¡Brenda! —gritó Jackie una y otra vez.
Cuando se dio cuenta de que lo que él le había dicho era verdad, la muchacha se acercó hasta quedar a solo unos centímetros de distancia de su mentón.
—Te juro por lo que más quieras que, si no desembuchas el lugar donde tienes a Brenda, te aplastaré como a una hormiga.
Metanón arqueó una ceja y no pudo evitar contemplar las altas botas. Solo esa guerrera podía pelear con tacones y plataformas y salir por completo airosa. Lo había vivido en carne propia.
Las fosas nasales se le llenaron de olor a limón. La tenía tan cerca que, con solo emitir la señal de «duérmete», la tendría descansando entre sus brazos como una tierna palomita. Era otro don con el que contaban los silverwalkres, y no todos sus enemigos estaban enterados de su existencia.
Podría haberlo utilizado con Jackie en otras circunstancias, pero, salvo las escasas oportunidades que recordaba, se había topado con la desventaja de que los caídos habían estado presentes. Por ende, dejar a Jackie sin consciencia hubiese supuesto un atentado contra la seguridad de ella. Esa joven sabía muy bien cómo defenderse y era lo que había primado en la decisión de Metanón de no dormirla.
—¿Me has escuchado?
La pregunta de Jackie y su cercanía lo perturbaban. Necesitaba pronunciar la orden, pero antes de hacerlo, contemplaría un poco más esos ojos que lo mantenían en vela durante las noches. Eran tan hermosos que incluso los de una pantera habrían empalidecido a su lado.
Se acercó unos pasos, enajenado por la candidez en torno a él. Jackie le hablaba, pero él solo deseaba sumirse en la espesura verde platinada de esos iris. Y después, en los labios rojos como fresas.
Jadeó. Algo muy diferente a lo anterior se apoderaba de él; una energía espiralada que lo envolvía como los brazos de una amante. Y supo con total convicción que esa energúmena sería la única mujer a la que él rogaría para que se quedase a su lado. Aunque, por el momento, callaría.
Con unas ansias desconocidas en él, tomó el rostro de Jackie entre sus manos y bajó la cabeza para unirse a la boca que lo llamaba como el canto de las sirenas. Pero antes de arribar a su destino, un dolor espantoso estalló en sus pelotas.
***
Se dobló en dos, aturdido y dolorido, al mismo tiempo que oía los pasos apresurados que se dirigían hacia la puerta.
«Por nada del mundo, bruja», pensó, consciente de que los segundos que perdiese echarían por tierra su plan.
Se apropió del látigo colgado en su cadera y lo lanzó hacia los tobillos de Jackie.
—¡Hijo de puta! —la escuchó gritar mientras caía estrepitosamente al suelo.
Metanón se levantó como pudo. La agonía en sus partes bajas repercutía en su garganta, pero contemplar a Jackie intentar quitarse el lazo fue lo que necesitó para restablecerse.
La pelirroja corría hacia la salida, pero Metanón llegó primero, interponiéndose en su camino. La vikinga desvió el rumbo hacia los ventanales de la cocina. Lo que Jackie no sabía era que él había arribado temprano a la casa para asegurarse de que la única abertura funcional resultase la puerta de entrada. Pero ella debió de darse cuenta, porque frenó la carrera y observó con frustración las cadenas que apresaban los picaportes.
—Estás encerrada, cariño. Y, como bien sabes, los vidrios están blindados, así que no podrás saltar a través de ellos —dijo con sorna al apoyarse contra la hoja de madera de la puerta—. Y no pienso moverme de aquí.
Jackie frunció el ceño. Ante ese gesto, el miembro de Metanón se elevó como un mástil.
«Por Dios…», se quejó cerrando los ojos. No era la ocasión para ponerse cachondo con tan temible adversaria.
Un estallido en su mandíbula lo desplazó hacia un costado.
—Pero ¿qué…? —balbuceó Metanón sorprendido, y abrió los ojos.
Un segundo de descuido había sido suficiente para que Jackie se moviese como una gacela y lo golpease con saña.
Trastabilló hacia atrás ante la serie de puñetazos, pero la patada dirigida a su rostro la frenó con el antebrazo. Y tres más, también. Jackie era una guerrera despiadada, pero, contrario a lo esperado, despertaba en su fuero más íntimo una profunda admiración. Y unas ganas tremendas de atraparla para él. Solo para él.
Metanón gritó de dolor y boqueó un instante. Una de esas «cosas» con plataforma que Jackie calzaba había impactado en su espalda con todas sus fuerzas.
—¡Te voy a matar! —la oyó gritar.
Al levantar la mirada, divisó el puño de Jackie a unos centímetros de su boca. Se obligó a reaccionar, porque el cometido de su misión era uno y no había preparado ese escenario para ser molido a tortazos.
Aprovechando el impulso que el cuerpo de Jackie traía, Metanón aferró la muñeca y el bíceps izquierdos de la joven y, girando el torso ciento ochenta grados, arrojó su figura sobre la encimera de la cocina.
—¡Detente de una vez! —gritó furioso—. No quiero hacerte daño.
A cuatro patas sobre la superficie de mármol, Jackie lo miró como un gato a punto de devorar a un ratón. Y sonrió como una endemoniada.
—En cambio, yo disfrutaré con hacerte pedazos.
Y saltó sobre él. Cayeron al piso laqueado en una maraña de brazos y piernas y rodaron por la cocina y el comedor. Metanón procuraba detener a su atacante, pero esta parecía dispuesta a rebanarle las orejas.
Escuchar los resuellos de Jackie y aspirar el aroma a limón lo colmaron de energía. Esa mujer era alquimia para su espíritu y no entendía bien el porqué, aunque sospechaba lo que Gabriel, Damián y Triel le anunciarían. Pero primero debía domar a esa loca.
—¡Aaagr! —gritó furioso—. Deja de morderme, ¡maldita!
Se creía vampira y, por lo visto, tenía intención de rebanarle la yugular. Con Jackie asida a él como una ventosa, Metanón se puso de pie y aplastó la espalda de ella contra un ventanal. Por nada del mundo quería lastimarla, pero tampoco moriría desangrado.
Consiguió que Jackie aflojase un tanto el agarre, aunque, al siguiente latido de su corazón, la histérica volvió a asirse de su cuello y enterró los dientes en su mejilla.
—Para ya, ¡joder! —bramó, y la arrastró contra las alacenas, de las que colgaban utensilios y libros de cocina, los cuales caían al suelo en un estruendo ensordecedor.
—Te voy a dejar hecho hilachas, ¡cretino zarrapastroso!
Forcejearon como dos salvajes hasta que Jackie, apartándose un poco, logró incrustarle un puñetazo, esa vez, en la nariz. Estaba seguro de que le sangraba, pero no importaba. Esa pelea la ganaría él.
Detuvo un nuevo golpe con la mano. Y otro más con el antebrazo. En un segundo de confusión de la bruja, Metanón envolvió su bíceps con el brazo, lo cual la obligó a arquear la espalda hacia atrás.
—Paremos aquí —advirtió agitado.
—Nunca.
De un salto, Jackie apoyó las botas sobre la pared y se impulsó, caminando sobre ella, para girar en el aire como un molinillo y caer sobre el piso. Como Metanón seguía reteniéndola del bíceps, lo arrastró consigo. Mientras se derrumbaba, detectó la mirada diabólica de Jackie. Las piernas kilométricas lo recibieron y, como si fuese un pedazo de basura, lo lanzaron por encima de su cuerpo. Metanón aterrizó dando varios tumbos que derribaron dos sillas a su paso.
—¡Te estás pasando! —exclamó dolorido.
Jackie, de rodillas, se deslizó sobre las baldosas para terminar a horcajadas sobre su pecho. Al percibir el calor de las curvas de la terminator en su piel, Metanón creyó enloquecer. Pero una nueva ristra de golpes en su cara provocó que estallase de cólera.
—Así no, sanguinaria —gruñó, y, atrapándola de una de sus extremidades, la obligó a rodar hacia un costado.
Intentó trepar sobre ella, pero Jackie le lanzó una patada, que él frenó con la muñeca. A partir de ese instante, en cuclillas, ambos se enzarzaron en una danza de puños: los de Jackie pretendiendo llegar a su objetivo, y los de Metanón, atajarlos.
A pesar de la cruenta batalla, Metanón se encontraba fascinado. En su larga vida de guerrero, jamás había batallado contra una mujer con tal salvajismo. Pero contemplar su anatomía escultural al retorcerse y luchar lo enajenaba. Y, como un hambriento, ansiaba ver la cabellera roja envuelta en sus caderas, y esos pechos perfectos, en el interior de su boca.
Se quedó sin aire.
«¡Otra vez te descuidaste, imbécil!», se reprochó. A sus espaldas, Jackie intentaba estrangularlo presionando con todas sus fuerzas.
Metanón se inclinó hacia delante y obligó a su contrincante a dar una vuelta sobre su espalda para aterrizar boca arriba frente a sus narices. Sin demora, la tomó de los hombros y, doblándole el torso hacia él, incrustó una mano en su esternón y levantó a la joven con la potencia de su brazo. Jackie abrió los ojos como dos lunas al encontrarse suspendida en el aire de forma perpendicular a Metanón.
—Es una técnica un poco machista, porque depende de mi superioridad física frente a ti. Pero no me dejas otra opción.
—¡Sapo asqueroso!
Manteniéndola de esa manera, Metanón imprimió mayor vigor a sus muslos y se incorporó en toda su altura. Jackie colgaba por encima de él a casi tres metros del piso.
—Caída libre, brujita —anunció al apartar el brazo.
Cuando la figura de Jackie se desplomó a toda velocidad, Metanón la recibió estrechándola contra su enorme pecho. Con las fosas nasales repletas del olor a cítrico, el caminante susurró:
—Duerme.
Jackie lo observó confundida por un segundo. Y al siguiente, la tenía descansando como un verdadero angelito.
Metanón sonrió. La bruja, por fin, era suya.
Capítulo 3
Despertó con el aroma a café y a drømmekage[1].
—¿Brenda? —susurró sonriendo.
Su amiga solía mimarla con su tarta preferida, que la obligaba a entrenar un poco más que de costumbre para mantener la silueta.
Quiso desperezarse, pero le resultó imposible. Al abrir los ojos, gimió. Yacía en la cama de Brenda, con los brazos estirados hacia atrás y las manos enganchadas a unas argollas empotradas en la pared. Lo mismo sus piernas, pero al pie de la cama.
«Maldito caníbal», refunfuñó al recordar que Brenda no estaba ahí, sino el rubio más odiado de su vida, que estaba más bueno que el actor de Thor.
Metanón había delineado un plan perfecto para atraparla. No solo había colocado las cadenas en las ventanas y en las puertas, sino también esas estúpidas argollas. Sacudió los brazos y las piernas, pero resultó inútil. Estaba amarrada como una puerca. Quería gritar de furia. Porque ¿cómo había caído en tan diabólica trampa? Y rememoró el sueño con Brenda.
«No puede ser», susurró para sí.
Metanón debía de contar con algún poder que le permitiese infiltrarse en los diálogos que ella mantenía con Brenda cuando dormían. Pero, si era así, ¿por qué justo en ese momento había sido capaz de apresarla y no antes?
Unos pasos subiendo por la escalera frenaron sus divagaciones.
—¿Has despertado, bruja? —preguntó Metanón al asomarse a través de la puerta de la habitación con una bandeja en la manos. En esta destacaban una taza humeante y un platito con un enorme pedazo del pastel que más adoraba.
—Suéltame —siseó. Detestaba a ese tipo, más aún cuando la llamaba de esa forma.
Metanón rio y sacudió la cabeza. Jackie quedó un tanto deslumbrada ante la sedosidad del pelo rubio. Y, por primera vez en casi dos años, contempló con detención a su enemigo.
Era altísimo y corpulento. El cabello lo llevaba dividido a la mitad y caía a la altura de los hombros. Los ojos, alargados, eran verdes, como los de ella, aunque de una tonalidad un poco más atenuada que la suya. Las cejas gruesas, de un rubio más oscuro, los enmarcaban, y sus extremos se elevaban hacia arriba, como el famoso señor Spock de la serie Star Trek. Los labios llenos y la nariz recta terminaban de delinear el rostro de un hombre que se sabía detractor del sexo femenino.
—Ahora que te tengo en mi poder, ni lo sueñes —lo oyó responder.
—Cuando logre escapar, no imaginas lo que te espera.
Metanón suspiró y preguntó:
—¿Quieres azúcar?
Ese tío estaba rematadamente loco. ¿Pensaba que iba a ser capaz de alimentarse? Aunque el aroma de la tarta…
—Libérame, te he dicho.
Metanón frunció el cejo.
—Sé que los daneses no suelen ponerle azúcar al té o al café, así que me arriesgaré. —Colocó la bandeja sobre la mesa de noche ubicada a su lado—. Abre la boca, que te voy a regalar algo que veneras.
¿Cómo diablos conocía ese idiota un detalle tan íntimo? ¿Habrían sido capaces, Maia y Aniel, de revelarle su mayor debilidad? ¡No podía ser!
—No te atrevas a aproximarte más.
Pero Metanón parecía dispuesto a todo y acercó un bocado.
Por dentro, Jackie se sentía como un fuego artificial y esperaba estallar para huir. Pero no bien sus fosas nasales se llenaron del olor a la brun farin[2] de la que estaba hecha su perdición, separó los labios.
Al ver cómo sonreía ese cúmulo de mierda delante de ella, Jackie temió padecer de una indigestión. El problema radicaba en que no existía nada en el mundo capaz de impedir que degustase la drømmekage. Ella debía cargar con alguna falla genética, porque una guerrera jamás daba esa clase de ventajas a su oponente.
Otro bocado.
—¿Te gusta?
Ni loca iba a contestar. Solo agradecía recibir el alimento que le daría la energía necesaria para enfrentar a su carcelero.
Mientras oía el ruido del tenedor chocando con la loza de la vajilla, Jackie elucubraba sobre alguna escapatoria. Atada de pies y manos, era difícil, pero esperaría a que Metanón se descuidase.
—Imposible, bruja. Esta vez no.
Jackie saboreó el último trozo pensando que ese tipo era lector de mentes. Cuando tuvo la boca libre, preguntó:
—¿Qué harás conmigo?
—Llevarte al delta —respondió Metanón, quien dejó el plato sobre la bandeja y se apoderó de la taza.
—¿Para qué?
—Esa pregunta no proviene de una persona inteligente, como yo te considero a ti.
—Me importa un bledo lo que tú supongas. Ahora dime, ¿qué quieres?
—Lo que siempre he buscado: el símbolo que proteges.
Jackie resopló. Esas malditas cosas eran la perdición de las cuatro. Maia y Aniel habían acabado casadas con dos de esos cretinos por culpa de los benditos símbolos, por lo que rogaba que Brenda estuviese protegida. Si esta había aceptado a John, entonces Jackie podría quedarse tranquila, porque él cuidaría de su amiga con toda el alma. Pocas veces Jackie había sido testigo de un hombre más enamorado que el agente encubierto. John había sido un buen compañero para Brenda desde los comienzos de la carrera de ella en el servicio secreto internacional, cuando solo contaba dieciséis años. Como John era varios años mayor que Brenda, desde el día en que se conocieron fue nombrado su tutor, y todo lo que había aprendido se lo debía a él. Había sido paciente y muy protector con su amiga, a tal punto que culminó entregando su corazón en las manos de ella.
—No sé de qué hablas —se obligó a responder.
—¿Estás amnésica? Al ser una guardiana entiendes a qué me refiero, Jackie.
—Lo único que he hecho en estos últimos años es huir de ti, así que poco puedo saber acerca de ese símbolo. Y si me denominas «guardiana» porque me protejo a mí misma, entonces tienes razón. Lo soy.
Jackie tragó saliva, porque, por hacerse la valiente, había revelado demasiado. Sin querer, había dejado traslucir que conocía algo sobre el símbolo. Y este la conectaba al secreto que escondía y que solo había compartido con Aniel.
Aún recordaba la charla mantenida con su amiga en México hacía poco menos de dos años. Aniel le había explicado acerca de las profecías que regían el Gobierno de la Estirpe de Plata, donde se nombraba a ciertas mujeres llamadas «las señoras álmicas de plata». Esas féminas no solo conformarían parejas exclusivas con los silverwalkers, sino que también trabajarían a la par de ellos como piezas claves para la evolución de la Estirpe.
A su vez, anunciaban la existencia de cinco mujeres guardianas de unos símbolos ancestrales. Y los silverwalkers habían considerado a Maia, Aniel y a ella misma como tres de esas potestades.
Si bien Jackie no contaba con demasiada información sobre los símbolos, sabía que era algo que las cuatro habían heredado, aunque nunca hubiesen recibido el título de guardianas, como los caminantes las denominaban. Jackie había investigado un
