Capítulo 1
Huecuvú Mapú: Antiguo país del Diablo
Laguna de las Cabrillas, setiembre de 1752...
Se contaba que por las tierras del Huecuvú Mapú vivía un hombre capaz de hacerle frente a todo un troperío de soldados del maestre de San Martín.
Nadie podía con él; ni el mismo Satanás se atrevería a enfrentarlo, y ella, la princesa tehuel, le estaba destinada...
Estábamos nuevamente con la llegada de la primavera, la ariskáiken o tiempos de los guanaquitos, como aquella vez cuando mi padre me hablara de sus intenciones. Tolmichiya, desbordante de alegría aunque escueto en detalles, se explicó con sencillez cómo era que me había unido al salvaje cacique. Echando cada tanto una mirada cómplice a mi Josefa, supo hablar de lo convenido entre Cangapol y el grupo de ancianos, la máxima autoridad entre los tehueles, hombres del reino del Casuatí.
—¿Qué le dijo qué? —le pregunté indignada aquella desgraciada tarde.
—Lo que oyó, mi reinita, la quiere para él. No se trata de ninguno de sus hombres. Hace rato la pidió al parlamento y ellos aceptaron. Se va a casar con el Supremo, ¿qué vida mejor podría desearle?
Era impensable suponer que de entre tantas para elegir, el cacique hubiese puesto sus ojos en la mestiza de Tolmichiya, persona muy respetada entre la gente del toldo y que contaba con un montón de hijas y sobrinas más dignas para ocupar tan alta posición.
Flacucha y poco agraciada al decir de las demás, yo no había tenido demasiadas propuestas hasta la llegada del jefe tehuelche.
Mi indomeñable cabello, casi blanco por el impiadoso sol, despertaba el recelo propio de quienes ya veían con malos ojos la mezcla de sangres —más aún, si se acompañaba de consideración y cariño, no de servidumbre—, lo que prestaba a sospechar que iba a costar mucho emparejarme con alguien importante.
Se me retorcían las tripas cuando escuchaba los cuchicheos de las demás, burlándose por los cuidados que a mi piel daba Mita, untándola con grasa para protegerla del viento rugiente del sur.
Mis hermanas, de espesas y brillantes cabelleras oscuras, pieles tostadas y con el porte de quien conoce su valía ante el resto del hembraje, habían sido la mayoría solicitadas por los más fieros capitanejos de los alrededores.
Pero a mí no me pasaba… Me solían observar con una sonrisita tonta y ahí se quedaba. Otros, quizás por temor a mi padre —o vaya a saberse el porqué—, ni se me acercaban.
Y claro, luego de pensarlo…, es que me había echado el ojo el mandamás.
Volviendo a aquella tarde, Tolmichiya, implacable, no se resignaba a mi desdén ante su anuncio. Aunque al principio pareció dudar, supe nomás mirarlo que era decisión tomada; y desde hacía tiempo.
¿Pudo haber sido en aquella primera visita, cuando aún era una niña, que ya se había sellado mi destino? Quizás nunca lo supiera. De lo que estaba segura era que mi padre no cejaría hasta verme como su mujer. La hija de un tehuel encabezando la poblada junto al terror de los auek[1]. Incluso más tarde lo vería ufanarse con el grupo de ancianos, convencido de su providencia al aceptar tal petición.
Aun así, sabía con creces lo que le había costado a ese hombretón, ya viejo, alejarme de su lado. Sus ojos, sin la ferocidad de antaño, tenían ese brillo tortuoso de quien se atraganta pero no le afloja. La pequeña hada del monte, su chelelon[2], la mariposa blanca, como gustaba llamarme, sería la mujer del «diablo de las serranías», y nada ni nadie podría impedirlo.
***
El olor a tierra mojada siempre bastó para calmarme; pero esta vez era distinto. Se trataba de mi vida y la estaban condenando para siempre al querer atarla a la del más terrible y desalmado de todos: al cacique Cangapol, «el rey del desierto».
Como que me llamo Huennec, princesa de los tehueles, había prometido no intervenir con mis poderes, regalo de «las dormidas» —las madres de todo ser viviente— heredado al nacer, y cumplí. Al menos creo haberlo hecho... porque nubes y más nubes habían venido cerrando fila apenas empezó a caer la noche. Más preciso, cuando la comitiva visitante se hizo presente por las tolderías serranas.
Aunque sabía que por tanto aguaje un poco me iban a condenar, me preparé a hacerles frente. Todavía no sé bien cómo me llevaron a jurar por lo más querido que dejaría de utilizar la potestad sobre aquellos que yacían en el iaik[3] de los cielos. Ese fuego que brotaba en mí con intención de sanar los males traídos desde la mismísima simiente. Sin dudarlo más corrí hasta mi kau, la tienda que compartía con mi yam[4], Josefa, o «Mita», como me había enseñado a llamarla desde bien chiquita, y entré. Tiesa y mojada, no solo por el chaparrón, sino también por un sudor que sabía más a temor que a calor, me entretuve en secarme. «El miedo puede olerse», pensé fastidiada y lo último que iba a permitirle al muy taimado era que entreviera mi recelo.
Ahora que lo pienso, debería estar contenta. No tenía por suerte rehuir al gran cacique con tanta ligereza como me ocurrió esta noche. Los ojos del felón, temperados por el alcohol y la comilona, se descuidaron lo suficiente para escaparme.
Tan real me fue el recuerdo que mi corazón estalló en latidos y cortó la correa que con tanto esfuerzo mantenía arrinconadas mis esencias. De todos modos, mi rebeldía se retorcía de placer al pensar en lo que estaría pasando por la cabeza del gran jefe.
La sonrisa me salió sin buscarla al jactarme por tanta audacia. La frustración de «Nicolás Bravo», como se lo conocía en el llano —Cangapol, para su gente—, era una pequeña venganza contra la de veces que su mirada oscura me había acorralado; partida en dos por el deber y el horror de saberme un trofeo para el poderoso cacique.
El principio de mi pesar daría comienzo justo cuando el soberano se fijó en mí de esa manera cruel y perversa a la que suelen someternos los tiranos...
Cangapol, el líder tehuelche de una temible tropa que azotaba los pueblos del sur, se había encaprichado conmigo cuando, con mi boca todavía sin dientes y abierta de puro asombro, lo miraba arrobada tras las piernas de mi padre, asistiendo a una visita por la toldería.
Alto, erguido y poderoso, aunque aún joven en ciernes, me había hecho notar su presencia. Su mirada me había asustado y puesto en mí como un carimbo, la sentencia de lo irremediable.
Tan así había sido, que ese mismo día quedó sellada la promesa con un cruce de manos y la aceptación unánime del Consejo de Ancianos de la poblada. Y para no ser menos, el cacique aventuró su palabra de hacerme su mujer apenas tuviese mi primer shaue, el sangrado que marcaba el inicio de la pubertad.
Desde alguna parte alcanzaba a oír los gritos y las carcajadas provenientes de los festejos, donde Tolmichiya, mi padre, estaría agasajando a la visita con motivo de nuestra unión.
Con intención de hallar la calma me solté el pelo, dejándolo libre del complicado arreglo que mis hermanas habían intrincado en mi cabeza. Quitarme mi kai, el quillango, fue un suplicio; ameritó un gemido al enderezar la espalda.
La lluvia ya controlada se había transformado en un cloqueo suave y sedativo. Solo restaba esperar la llegada de mi Josefa...
***
La realidad me habría sido esquiva de no haber irrumpido, en mi vida, mi salvadora. Como hija de una cautiva castellana muy delicada —la que apenas sobrevivió unos años entre tehueles—, y de un imponente jefe como lo era Tolmichiya, me las tuve que apañar desde nomás nacida, casi sin madre y con los celos de las otras mujeres.
Josefa Antonia López, «Mita», una chiruza también prisionera en una maloqueada quien, preñada por mi padre al mes de llegar a las tolderas, se encariñó de esta llorosa niñita por la que ninguna sentía la más mínima piedad. A raíz de las palizas recibidas de las esposas de mi padre, Josefa perdió a su nonato casi en fecha. Nunca me dijo una palabra. Y se refugió en mí; y por supuesto, yo en ella.
Con Mita aprendí a ser una buena persona. Sin su cuidado hubiese acabado como las demás; cicateras y ladinas, con espíritu vindicativo para quienes les resultaban competencia. El caso era que, aunque trataba de quererlas, apenas bajaba la guardia me sometían a crueles castigos, pues para el viejo jefe tehuel era su protegida.
Ya descalza, con una manta abrigadita y el sueño que se me negaba. Quedaba poco del jolgorio, y supuse también del kseluen[5], el que los hacía delirar frente al fuego adormilados por tanto alcohol y en espera de un revolcón ofrecido por las viudas; las que pacientes habían aguardado la llegada de los bravíos. De a ratos podía verse unas sombras saliendo de la enramada, entre risas y cuchicheos, alejándose hacia los matorrales.
La noche languidecía y aún faltaría mucho para que el último convidado cayese rendido; debería acabarse el barril de aguardiente, parte de un botín del cargamento del Virrey confiscados en una de las revueltas por la lanza tehuelche.
Las conocidas figuras en el interior de los cueros del kau me rebelaban la imagen de un jaluel, el gato grande y hambriento, antiguo morador del llano, persiguiendo a un chulengo, un guanaquito pequeño, quien separado de su madre sería su comida.
Casi a oscuras, fueron mis ojos los muy infieles, quienes acompañaron el rastro de la luna que faroleaba entre las hojas del espinoso curral, vinieron a refrescar mi memoria de aquel día del ataque. Apenas lo olfateó, el enorme gato se atiborró de su aroma; luego de largas y cálidas lamidas, lo desnucó de un zarpazo. ¡Cuántas pesadillas había tenido desde entonces!
Una anciana de mi pueblo me aseguró que si borrajeaba el sueño, era probable que el alma del pobrecito descansase en paz y ya no me visitaría. Y así pasó. Pero de día. De noche igual se me aparecía y había tenido montones de sueños malos, en vela hasta el amanecer. Quizás fuese el presentir que, como el chulengo, mis días de libertad se contaban con los dedos de una mano.
Capítulo 2
La princesa tehuel
Eran tiempos muy difíciles para los moradores del llano.
La figura del gobernador Salcedo, como devoto representante de la corona de España, se empeñaba en asolar la planicie pampeana.
Y por sobre todos ellos, bien alta, la presencia del Maestre de Campo más que desquiciado por mantener a raya a los infieles de las serranías.
Por la mañana desperté cuando el sol comenzaba a asomar. Nadie había venido a hacerme reclamo, lo cual ya era un logro. Me cobijé con una gruesa manta de mi padre que estaba a mis pies y me senté, desperezándome. Había dormido más de lo que solía y mi mente estaba embotada.
A poco de mí, Mita, que dormía el sueño de los justos. Su respiración acompasada y la postura de sus manos juntas, bajo el mentón, como si estuviera rezando, me hicieron sonreír. Ya me buscaría para regañarme por mi rebelión de anoche.
Me levanté sin hacer ruido y me vestí presurosa tratando de evitar cualquier encuentro; junté mis trastos de tintes, hojas y plumas de koon, las de cisne de cuello negro y rumbeé hacia donde el instinto me llevara. Zarandeando el mortero y mi canasta repleta, me encaminé hacia lo alto de la sierra.
La luz brillante de la koi, la laguna donde se asienta nuestro pueblo, me encandiló nomás dejé la tienda. Podía ver las tupidas hojas de un color resplandeciente, aun con gotas del rocío de la mañana. Con pisadas silenciosas, de tanto entrenamiento, y tomando los recaudos de siempre para no ser vista, me dirigí hacia la quietud del monte.
Al pasar por la tienda de mi padre, presté atención a algún sonido delator de que hubiese despertado. Nada. Incluso Jalen, el perro de mi hermano Santiáu, se arrebujaba ovillado contra los restos de la fogata de ayer.
Cerca de allí se alzaban los toldos donde había hecho noche el cacique. Su puesto lindaba con la protección de la sierra y de los hombres que le hacían la custodia a pocos pasos. Sabía por experiencia que de seguro no estaría solo. Eso sí, cambiaba siempre de hembra, quizás para mostrarme que ninguna le importaba lo suficiente como para que le tuviera celos. ¡Ja! Por mí, que hiciera lo que quisiese. Pero lo que no dejaba de molestarme era que las pellejas se le entregaran sin miramiento, y luego, las escuchaba alabar la hombría del rey tehuelche.
A pesar de que sabía del reto que se me vendría cuando se enterasen de que había dejado la protección de los toldos, la necesidad apremiaba. Mi alma quería respirar y la mejor, sino la única manera, era a través de mis manos.
Ya subiendo la ladera de la sierra, más lejos aún, por la zona de los chenques, el lugar de los muertos, el camino se hacía más empinado y de complicado ascenso, donde la vegetación raleaba y las alimañas la escogían como hogar.
Mi sitio elegido era siempre el mismo. Una cueva muy profunda; quizás abandonada por algún jaluel[6]. Huellas viejas bastaban para resultar un terreno temido para cualquier curioso. No se lo había vuelto a ver, pero igualmente bien valía la pena el riesgo por alcanzar la soledad.
Sentada sobre mis talones y con el cabello sujeto con una tira de cuero como vincha —«la de la suerte», regalo de mi anko[7]—, preparé los tintes que darían vida a las imágenes que me gustaba pintar.
De a ratos, el sol desaparecía cubierto por algunas nubes cargadas de agua, y el desierto, más allá del paraje donde se asentaban los cueros tehueles, mostraba signos de que el día se tornaría más caluroso.
Mi frente sudorosa se escurría por los costados del rostro, aplastándome el pelo. Era cuando los pensamientos tomaban vuelo al igual que mis manos... ¡Cuánto me había jactado de ser la indomable hija del euenk[8] más valeroso de las pampas!, su «preferida», la kalemen[9] de la auek de cabellos dorados que lo había enloquecido; tanto por su desprecio como por haberle dado su más preciado tesoro.
Isabel, mi madre, una mujer de sólidos principios y de condición aristocrática, no había soportado con mucho estoicismo la vejación a la que la sometía mi anko. Jamás aceptó no volver con su familia. Tampoco sé si llegó a tenerme algún afecto. Más bien se encargó de dejarme en buenas manos; las de Mita. Solo por eso le estaré siempre agradecida. Me había encomendado a mi Josefa, una mujer grandota y con un corazón enorme, la que hizo de mi niñez un recuerdo agradable. Aunque fue a Tolmichiya a quien se le impuso: «Prométame que será tomada en cuenta como una princesa; así como sus otras hijas...», le dijo tiempo antes de morir. Sin suponer que mi destino ya no estaba en manos de mi padre.
Lo que más me destacaba, la pasión por dejar marcada la cumbre, no había sido cosa heredada de mi madre Isabel. Eso me venía del cielo, de «las dormidas»; porque se despertaba en mí una necesidad superior que me obligaba a correr hacia la cima sin medir las consecuencias.
Ningún habitante de las tolderías desconocía mi ímpetu por trazar formas bellas y de claridad pasmosa. Podía verse mi hacer por donde lo permitiera la piedra dura y pulida, guardando en sus entrañas, como coraza de la mejor armadura de un soldado, a mi pueblo y a mis sueños; coloreados de tintes obtenidos de destilar pigmentos de las hierbas silvestres que crecían orillando donde afloraba la koi[10].
Se iniciaba, entonces, un cortejo entre luces y lobregueces, y esa desesperación hasta hallar el tono más parecido a lo que me rondara por la cabeza. Amarillos, tan amarillos como podía obtenerlo de la flor de la jarilla; un marrón claro del piquillín y de la brusquilla; un rojo muy oscuro, como la sangre que brotaba de una herida recién hecha. Mientras hacía unas líneas, zigzagueando con la pluma, me vino a la memoria la llegada de la poblada tehuelche.
Por la mañana de apenas ayer, había escuchado en la tienda el murmullo en aumento, como si la tierra se estuviese por abrir, donde alcancé a ver a la caravana que se acercaba arreando al ganado.
Tiempo atrás, cuando el frío nos mantenía al resguardo del monte, un «bombero» de los suyos se había adelantado con la noticia de que la tropa bajaba desde la serranía de Lihué Calel hacia estos pagos.
Venían muchos, según decía. Un puñado variopinto de más de veintipico de hombres, entre montaraces, gauchos y algún que otro mulato. Tanta variedad de castas hablaba de la magnificencia del rey del Casuatí por darles asilo a aquellos que le caían en gracia, en su mayoría proscriptos de la justicia virreinal.
Junto a los hombres, venía al tranco una tropilla de hermosas yeguas de suaves crines tostadas y pechos blancos; algunas de ellas, incluso, acompañadas por sus potrillos. Algo más atrás, unas trece vaquillonas mansas y fornidas que, a paso corto, retrasaban el movimiento de la manada. Separado de todos y sujeto a un carro desvencijado por un lazo trenzado, cerraba la cuenta un toro enorme y espumoso, con la cornamenta completa.
Llegaban dirigidos por el cristiano Izarra, un muy amigo del cacique y su mujer Ángela, una matrona sencilla que tenía por costumbre hablar hasta por los codos.
Se contaba que habían salido hacía rato. El plan consistía en arribar a las tierras de mi padre, cuando el calor aún no se hiciera sentir demasiado. Además, habían tenido que considerar la demora y desviarse por los caminos del norte, en el intento de esquivar las patrullas de los soldados del maestre don de San Martín, quienes tenían orden precisa de acometer contra cualquier infiel que se les cruzase.
Pero ya estaban acá. «Sanos y salvos», pensé.
Al dispersarse de a poco la polvareda, se abrió paso entre sus huestes el cacique con sus hombres. Sobre una montura de porte regio y lustroso, parecía imposible que hubiese llegado atravesando el desierto. Su estampa obligaba a las miradas a registrar el avance. Lánguidas, las de ellas; y admirativas, las de los que se atrevían a mantenerla firme ante tanta fiereza.
Lo distinguí entre todos por su apostura: alto, de anchos hombros y muslos fuertes. Su piel cobriza brillaba por el sudor del esfuerzo que debía estar haciendo para que las bestias se mantuviesen unidas. Mis ojos se perdieron un instante en los del tehuelche y supe ver al salvaje que venía por lo suyo. Cangapol y su comitiva hacían su entrada en tierras tehueles.
Apenas los vieron aparecer, empezaron los preparativos. Hermanas y primas se ocuparon de mí como nunca antes lo habían hecho. Ellas debían lograr que brillara ante la presencia de mi futuro ipanke, mi esposo, aunque no deseado.
—¡Trata de quedarte quieta! —me ordenaron mientras intentaban, con su habitual insistencia, acomodar mi cabello con las muy delicadas peinetas de carey que habían pertenecido a Isabel. El pelo lacio y muy grueso de las otras contrastaba con el mío: suave pero con tendencia a ondularse; y fácil de enredar, si no se lo tenía bien atado.
—Ay, que duele… —me quejé, cerrando los brazos sobre la cabeza para detener la invasión. Con los ojos llorosos y esperando conmoverla, abracé a Losha, mi prima, buscando su comprensión, y descargué un sollozo por la frustración que suponía ser el centro de su cuidado.
—Si no te movieras tanto… —me contestó con ternura y me soltó, aunque sin dejar de observar mi aspecto, buscó acomodarme la prolija trenza para que ninguna greña se escapase.
De ser sincera, Losha lo hacía por el gran cariño que me tenía. No como las demás, obligadas por viejas tradiciones; lo hacían renegando. Ella no cabía de felicidad por lo que me había tocado en suerte. ¡Ojalá se hubiese fijado en ella!, pensé con incordio y sacudiendo la cabeza para mostrar mi descontento. Me dolía lo que me hacían y no paraban de tironear.
—Ya basta que así estoy bien… ¡Ya! —acabé gritando y me sacudí con intención de correrlas—, he pedido que me dejen —les insistí, pero era inútil. Como un panal de abejas trabajaban sobre mí tratando de adecentarme.
Ya no soportaba los sacudones ni los tirones de pelo. A esto le siguió el emperifolle con el resto de los adornos que habían pertenecido a mi madre y el kai de pieles regalo de mi prometido, tan pesado que me haría trastabillar toda la noche. A pesar de ser alta como cualquiera de ellas, que lo eran y mucho, mi contextura era más frágil y les costó bastante que me mantuviese erguida.
—Me molesta. No podré moverme… —continué reclamando.
—Deja de quejarte —me reprocho Casilda con intención de suspender mi berrinche, mientras que con una mano ajustaba a mi cintura la tela rústica del vestido, procurando con la otra que no me fuese de trompa ante el peso de las pieles curtidas del quillango.
—Vamos... Hazlo tú, entonces, ¿eh? —la insté molesta.
Aunque sabía que solo trataban de hacer lo encomendado por Tolmichiya, mi rebeldía se imponía por sobre todo mandato.
—Te lo dejas hacer..., ¿o prefieres que llamemos a Mita?
La sola mención del nombre de mi Josefa me hizo recular y dejarme acomodar. Si la hacían venir, la tortura iba a ser mayor.
—¡No!, pero terminen de una vez...
Entonces, resignada, me había dejado peinar y vestir. Sin ningún miramiento me untaron la cara con tintes rosados y olor a raíces secas puestas a macerar, acentuando el color de mi piel naturalmente claro. Además, conociendo mi altanería, recibía lecciones sobre mi comportamiento ante el supremo: si él me hablaba, cabeza gacha. Y por sobre todo, me habían conminado a aceptar con orgullo la distinción que significaba para nuestro pueblo ser la futura mujer del rey tehuelche. «Sí, Su Majestad;... o No, Su Majestad. Dile como a él le gusta oír...».
Volviendo de mis pensamientos comprobé que el cuenco se me iba secando. Tomé un poco de agua y con cuidado humedecí la pluma que había comenzado a perder su suavidad. Mis dedos trabajaban afanosos marcando líneas y esfumando tonos: parte del curral, el zorrito descansando, un trozo de cielo sin una sola nube...
Supuse que el tiempo de consumar el matrimonio estaba cerca. En pocos días más sería su esposa y debería marchar con él cruzando la extensa llanura y alejarme de la laguna donde había vivido desde mi nacimiento; dejar a los míos... a Mita... a mi padre, a Losha y a Santiáu, mi más querido hermano.
Estaba empezando a reconocer que el jefe tehuelche me perturbaba, me inspiraba desconfianza y un temor que, sumado a las pesadillas, más de una noche me torturaban...
Desde un principio, la primera vez que fui consciente de su existencia, me causó una honda impresión su mirada oscura y penetrante. El cacique poseía unas manos inmensas, a las que había visto maniobrar la lanza con el desenfado de los acostumbrados a hacer aquello que se les antoja; sin pedir permisos ni otorgar explicaciones. Exudaba fuerza y poder por donde se lo mirase. Grande y temible. Y si de algo estaba segura era de que no quería ser su mujer.
Un sentimiento inquietante me hizo salir de los contornos del sol brillante que asomaba entre las nubes grises; fue cuando la memoria me trajo al diablo mirándome con admiración y hasta podía haber jurado que con cierta ternura, al verme ataviada con el ropaje en la fiesta de anoche. Aunque en seguida un rictus irónico le había restado encanto a su expresión; como si le hubiera molestado mostrarse «tan blando» y hasta con alguna emoción que pudiera humanizarlo.
Igualmente, había tendido su mano para ayudarme a sentar, viendo que no podía hacerlo sola. Pasó largo tiempo hablando y riendo, demostrando que podía agradar cuando quería. Estaba como nunca antes lo había visto. Hasta amable con las que se deshacían en atenderlo, a las que les dedicó una sonrisa que me supo muy seductora. «Algo está tramando», pensé.
En un momento, él debió darse cuenta de lo molesto de mi vestimenta porque ordenó por lo bajo que me acomodasen el manto sobre un costado, para que no me pesase. Ante este gesto lo miré con la intención de darle las gracias; después de todo me había tenido en cuenta.
—Come —me susurró al oído. No había gentileza en su voz.
A pesar de que la palabra fue dicha sin elevar el tono, su mirada desmentía que se tratase de una sugerencia.
—No quiero... —le contesté, olvidándome de las recomendaciones recibidas, alzando el rostro desafiante y sin bajarle la vista. Fue entonces cuando la cara del cacique se transformó y perdió la serenidad de momentos antes.
—Come, Huennec…
—¡¡¡No!!! —repliqué, subiendo el tono. Para la mayoría de los presentes, que estaban pendientes de nosotros, no pasó desapercibida la discusión. Un silencio sepulcral se instaló en las tolderías y un cacique viejo, que sin saber si debía o no entrometerse, terminó por resolver proponiendo otra vuelta de esa bebida ardiente tan fuerte, que una vez cuando la probé me hiciera arder los ojos.
—Su hija necesita mano dura, Tolmichiya… —le comentó otro de los presentes a mi padre.
—No vaya usted a creerlo —le respondió risueño mi anko, tratando de poner paños fríos—, es una buena muchacha; algo inquieta, nomás, porque es muy joven aun; habrá que tenerle paciencia.
La mirada condenatoria de Cangapol lo dijo todo. No estaba de acuerdo con las palabras de mi padre, pero seguramente hallaría tiempo para hacerme sus aclaraciones.
Él no me obligó a comer, pero tampoco volvió a considerarme en toda la noche. En cambio se dedicó a lisonjear a cuanta mujer desvergonzada se le acercara ofreciéndole más de beber o alguna que otra porción de picana de avestruz asada.
Aprovechando un descuido, cuando nadie me miraba, me escap
