Tres abuelas y un cocinero muerto (Trilogía de Helsinki 1)

Minna Lindgren

Fragmento

libro-2

1

Cada mañana al despertarse Siiri Kettunen descubría que aún no había muerto. Entonces se levantaba, se lavaba, se vestía y tomaba algo para desayunar. Iba despacio, pues lo que es tiempo tenía de sobra. Leía el periódico con detenimiento, escuchaba los programas matutinos de la radio y de ese modo sentía que seguía perteneciendo a este mundo. A eso de las once solía ir de paseo en tranvía, pero aquel día no tenía fuerzas.

En la sala de recreo del Centro Residencial Geriátrico El Bosque del Crepúsculo, las brillantes lámparas de hospital creaban un ambiente semejante al de la consulta de un dentista. En los sofás dormitaba algún que otro anciano esperando la hora de la comida. El embajador, Anna-Liisa e Irma jugaban a la canasta en el rincón, alrededor de una mesa de juego con un tapete de fieltro. El embajador estaba absorto en sus cartas, Anna-Liisa comentaba las jugadas de los demás e Irma parecía aburrida por la parsimonia con la que avanzaba la partida. Entonces se percató de la presencia de Siiri y sus ojos se iluminaron.

—¡Quiquiriquí! —cantó en alto falsete y agitó el brazo formando un amplio arco como si fuera el jefe de circulación de una estación de tren. De joven, Irma Lännenleimu había dado clases de canto e incluso había llegado a interpretar el aria de Cherubino con acompañamiento de piano en la matiné del conservatorio de la calle Rautatienkatu, y, como por aquel entonces también se evaluaban las ejecuciones de los estudiantes, un crítico había alabado su voz en el periódico calificándola de ágil y penetrante. Ese canto de gallo era la manera de Irma y Siiri de saludarse mutuamente. Siempre funcionaba, incluso cuando el bullicio era grande o en la vorágine de la ciudad.

—¿Sabes qué? —empezó Irma antes de que su amiga hubiera tenido tiempo de sentarse a la mesa de juego—. La señora de la pamela, la que vive en la escalera C, al final no ha muerto. ¡Y eso que ya la habíamos llorado y todo!

Irma se echó a reír, su cuerpo rechoncho se sacudía y el timbre de su voz volvía a resonar alto. Siempre llevaba un vestido, preferentemente de color azul oscuro, y en sus orejas lucían unos brillantes, incluso los días de diario, en el cuello un collar de perlas y en la mano izquierda dos pulseras doradas. Cuando gesticulaba con viveza al hablar, las joyas tintineaban divertidas.

La semana anterior, en El Bosque del Crepúsculo habían izado la bandera a media asta y, al no ver a la señora de la pamela en varios días, habían creído que había fallecido, pero el día anterior se había presentado con su sombrero turquesa para jugar al bingo, igual que siempre. Había ido simplemente a que le colocaran una pieza de repuesto en el corazón y casi había muerto de un infarto.

—Eso puede significar incluso diez años más de vida —dijo Irma—. Pobrecilla.

A Siiri le entró la risa, Irma hacía que los logros médicos sonaran a alargamiento de condena, lo que en realidad era cierto.

—Para ser exactos, no se trata de una pieza de repuesto del corazón. —Anna-Liisa empezó a corregir los errores o malentendidos con su habitual estilo práctico. Aquello era una especie de obsesión. Siiri e Irma creían que se debía a que Anna-Liisa había sido profesora de lengua.

—¡He conseguido un tres rojo! —interrumpió el embajador, pero eso no consiguió detener a Anna-Liisa.

—Angioplastia es un término sencillo y ampliamente utilizado para definir que una vena obstruida se mantiene abierta con ayuda de un dispositivo stent, es decir, de un tubo de malla de metal.

Anna-Liisa era una mujer alta de voz oscura y audible. Sabía todo lo habido y por haber sobre la angioplastia, sobre los materiales de piezas de repuesto, la anestesia local y las operaciones endoscópicas, pero los demás no tenían ganas de concentrarse en su conferencia, aunque, como profesora, ella estaba acostumbrada a que escucharan de mala gana sus discursos.

—Una auténtica locura eso de ponerle piezas de repuesto a una persona de noventa años —opinó Siiri. Los demás estaban de acuerdo.

—Chicas, ¿tenéis pensado vivir hasta los cien? —preguntó el embajador y puso las cartas sobre la mesa para arreglarse la corbata. Siempre iba vestido con gran corrección: camisa, corbata, batín marrón y pantalones de tela, lo que resultaba divertido, pues la mayoría de los hombres andaban por El Bosque del Crepúsculo arrastrando los pies y ataviados con horrendos chándales. Los días importantes y los domingos, el embajador se ponía un cuidado traje en cuyo cuello llevaba prendido un distintivo con una hoja de roble.

—Sobre eso uno no puede decidir —dijo Siiri, porque eso era al menos lo que parecía—. Aunque, personalmente, no quisiera vivir tanto.

—Si el muerto de la semana pasada no era la señora de la pamela, ¿quién era entonces? —preguntó Irma. Era una persona muy curiosa que recababa información con eficiencia sobre lo que ocurría en El Bosque del Crepúsculo y, ahora que su fidedigna noticia había resultado ser errónea, estaba un poco excitada.

—Fue el cocinero joven, creo que se llamaba Tero —contestó Anna-Liisa, y puso sobre la mesa una breve canasta de sietes.

A Siiri le empezó a zumbar la cabeza y notó la garganta seca. Miró fijamente a la antigua profesora, no podía creer que Tero hubiese muerto. Irma, sin embargo, parecía alegrarse con la noticia, que recordó haber oído y olvidado al mismo tiempo.

—¡Exacto, era eso! Siiri, a ti te caía bien el muchacho. ¿Se llamaba Tero o Pasi? ¿Os habéis dado cuenta de que hoy en día los nombres de los jóvenes son breves como hachazos: Tero, Pasi, Vesa, Tomi? Imagínate, y no te lo conté enseguida. Me enteré por la masajista, pero después de todo aquel machaque estaba tan agotada que me tomé el whiskicito de por la noche y me metí en la cama. El médico me ha mandado que me lo tome para..., para todo. ¡Mira por dónde! Anna-Liisa, tengo dos sietes para ti.

De repente, Siiri se sintió triste. Echaba tanto de menos a Tero que le dolía el estómago. ¿Cómo era posible que un muchacho joven y sano falleciera, mientras que las personas de noventa y cuatro años no se morían nunca? Había leído en el periódico que, si se vivía hasta los noventa años, ya no se envejecía más. Era horrible. Eso significaba que las personas que como ella habían vivido más de la cuenta llegaban tarde a la muerte. Primero se morían todos, los amigos y la pareja, y luego ya no se moría nadie. También dos de sus hijos habían muerto, los chicos. El primero por el alcohol y el segundo de obesidad. De joven, el menor había sido guapo y practicaba mucho deporte, pero luego se puso enorme de tanto comer: no hacía más que trabajar, iba en coche a todas partes, comía pizza y patatas fritas y fumaba. A eso lo llamaban enfermedad de la prosperidad: la gente tenía un nivel de vida tan alto que a los sesenta y cinco les causaba la muerte.

Pero el joven cocinero de El Bosque del Crepúsculo tenía treinta y cinco años y no parecía enfermo. Al contrario, desprendía buen humor y vitalidad como corresponde a un chico joven sano. Hombros anchos, brazos fuertes y buen color en el rostro, así era Tero. Y, cuando sonreía, en ambas mejillas se le formaban unos bonitos hoyuelos.

Su amistad había comenzado con el puré de patata. El comedor de El Bosque del Crepúsculo solía ofrecer mejunje de patata con demasiada frecuencia, arroz no servían nunca. Se pensaba que, como los ancianos no tienen dientes, el puré lo tragaban mejor, igual que la comida de los bebés. Los alimentos carecían de sal y era absurdo soñar con un filete de verdad. A Siiri no le gustaba el puré y Tero siempre le sacaba otra guarnición de debajo del mostrador: zanahorias, remolacha..., y, después de comer, se sentaba a su mesa a tomar una taza de café. Entonces Siiri le preguntaba si tenía novia y él respondía que no necesitaba a otra porque la tenía a ella. Solían coquetear un poco, era divertido. En El Bosque del Crepúsculo no se prodigaban mucho esa clase de charlas inocentes y alegres.

Al parecer, la partida de cartas había terminado. El embajador le preguntó a Irma su edad, Anna-Liisa le echó un vistazo a las nuevas tarifas de servicios de El Bosque del Crepúsculo y carraspeó dando a entender que se preparaba para una nueva conferencia. A nadie parecía importarle la muerte del joven cocinero.

—¿Noventa y dos años? Entonces ya no tendrás carné de conducir —se asombró el embajador—. Bienvenida a mi taxi, querida Irma. Tengo muchos cupones, de esos cupones para el taxi con los que no se puede hacer otra cosa que dar vueltas y vueltas.

—¡Pues claro que tengo carné de conducir! —replicó enfadada Irma, a quien no le agradaban las proposiciones del embajador—. Un antiguo compañero de clase es ginecólogo y, cada vez que tenemos la reunión de antiguos alumnos, nos hace los certificados médicos para el carné. Pero mis hijos me quitaron el carné y así, por las buenas, le arrebataron a una persona adulta el derecho a moverse y desplazarse de un lado a otro. Os acordáis de mi cochecito rojo, ¿verdad?

Nadie más que Siiri se acordaba. Iba con ella el día que Irma conducía en dirección contraria por la avenida Mannerheimintie y la policía las detuvo delante del teatro sueco. Según los hijos de Irma, aquello había sido suficiente motivo para devolver el pequeño automóvil rojo a la tienda. Incluso el embajador lo consideraba un castigo desmesurado.

Conducir en dirección equivocada delante del teatro sueco no había sido un gran pecado, pues el lugar era un foco de confusión y obras y ni siquiera una auténtica habitante de Helsinki como Irma Lännenleimu, con diez generaciones de nacidos en Helsinki a sus espaldas, podía saber por dónde había que conducir según qué día.

—Pero así son las cosas —dijo Irma—. A los viejos no les dejan decidir nada por ellos mismos.

Los hijos y nietos de Irma, que eran muchos y a los que ella llamaba amorcitos, habían vendido su piso en el barrio de Töölö y la habían metido en un apartamento de la residencia sin consultarle nada. Era lo mejor para ella, le habían dicho los amorcitos, porque en un geriátrico estaba segura y, con todo lo que tenían que hacer en el trabajo, no necesitaban preocuparse de si Irma se había acordado de levantarse y tomar su medicina o andaba por la ciudad en camisón.

—Y encima me han instalado unas cámaras de vigilancia para poder ver en el ordenador lo que hago en cualquier momento. ¡Como si yo fuera un perezoso en el zoo! Antes de irme a dormir les enseño el trasero a esas cámaras.

El embajador estaba sentado con los hombros caídos y observaba cabizbajo el fieltro desgastado de la mesa de juego.

—Al menos tú tienes algún pariente que se molesta en vigilarte. Y alguien a quien enseñarle el trasero.

—No te preocupes, que aquí en El Bosque del Crepúsculo también nos vigilan a los que estamos solos —le consoló Anna-Liisa—. Los enfermeros vienen a fisgar a nuestras casas de vez en cuando y hasta entran con su propia llave.

—¡Cierto! El otro día un hombre se presentó a las siete de la mañana en mi casa, ¡mientras yo estaba repatingada en la cama en cueros! —exclamó Irma.

—¿De veras? —se alegró el embajador y agarró el mazo de cartas con intención de comenzar una nueva partida.

—Andaba buscando mi testamento, sin duda. Döden, döden, döden[1].

A Siiri le hacía gracia cuando Irma decía dödendöden en tono fatídico, tornando su timbre más profundo. Irma empleaba muchas palabras propias y trasnochadas frases hechas con las que machacaba latosa, pero a Siiri le gustaba, especialmente cuando daba en el clavo colocando sus expresiones en el lugar correcto.

Entonces Anna-Liisa comenzó a repetir la historia de su espejito de mano de plata desaparecido. Estaba segura de que se lo habían robado, al igual que el bonito tapiz del embajador, mientras se encontraba en el grupo de memoria, en la clase de gimnasia con sillas o en un concierto de un trío de acordeones. Siiri no asistía a ese tipo de eventos, especialmente a los conciertos de acordeón, aunque en la residencia los organizaban todas las semanas. ¿Por qué a las personas mayores siempre les tocaban el acordeón? ¿Es que ya nadie sabía hacer música con un instrumento en condiciones? En El Bosque del Crepúsculo había tres pianos muertos de risa.

En los pasillos se acumulaban objetos inútiles, porque los habitantes estiraban la pata y nadie se presentaba a recoger sus posesiones. Pianos, libros, conjuntos de mesas y sillas no le servían a nadie y los esparcían por todas partes para crear un ambiente hogareño, aunque no pegaban ni con cola con el entorno, pues El Bosque del Crepúsculo era un edificio moderno con habitaciones de techos bajos y paredes hechas de finas placas de cartón yeso. ¿Quién habría dejado aquella mesa de juego de caoba, el viejo mueble abandonado sobre el cual jugaban cada día?

—Eso está hecho con segundas —afirmó Anna-Liisa—. Si se abandona una mesa Art Nouveau, un par de pianos y seis metros de enciclopedias en el pasillo, nadie se cree que anden robándoles sus posesiones a los residentes. Aunque naturalmente se trata de eso.

—También es un robo que nos cobren por cualquier cosa sin que ni siquiera veamos pasar el dinero de una cuenta a otra —dijo Irma—. Por cierto, que mis amorcitos se ocupan de mis asuntos financieros; como ahora los bancos se han pasado a los ordenadores... ¡Domiciliación de pagos! ¡Ahora lo veo!

—¿Qué quieres decir con que lo ves? ¿No es un término del bridge? —preguntó Anna-Liisa con aspecto indignado.

—¿Sabéis jugar al bridge? —se animó el embajador.

—Quiero decir que recordé esa palabra. ¿Acaso no llaman domiciliación de pagos a esa manera de sacarnos el dinero?

Irma no confiaba en su memoria. Si para su sorpresa recordaba alguna cosa que creía haber olvidado, a lo ocurrido lo llamaba «ver» o «pálpito extraño». «Un pálpito extraño me decía que mi boina estaba encima de la tele», podía decir, lo que irritaba enormemente a Anna-Liisa.

Pero Irma tenía razón. En la residencia geriátrica El Bosque del Crepúsculo, el dinero pasaba de las cuentas bancarias de los ancianos a distintas firmas de atención o servicios sin que nadie se percatara de nada. El simple alquiler de un pequeño apartamento costaba mil euros al mes, y además existían distintas comisiones de servicios y otros gastos. A veces los precios eran unos, otras otros y se basaban en que los residentes no comprendían el valor del dinero. Algunos seguían hablando en marcos, pero es que se referían a los marcos en circulación antes de 1963. Llevados por su mala conciencia, los parientes no se atrevían a cuestionar los precios y se convencían de que cuanto más costara la atención mejor había de ser.

—Bajar pantalones, catorce euros; subir pantalones, dieciséis euros —leyó Anna-Liisa en la lista de precios de El Bosque del Crepúsculo—. Hacer tus necesidades se está convirtiendo en un lujo.

—Treinta euros. Tócate los pies. ¡Pero si eso son ciento ochenta de los antiguos marcos! —calculó Irma veloz.

—Unos pañales son más baratos —dijo Siiri, aunque no sabía lo que costaban los pañales ni dónde los vendían. Al parecer en países como España se podían comprar en un supermercado normal. En El Bosque del Crepúsculo vivían unos cuantos emigrantes retornados que en su época se habían mudado a España a pasar la jubilación bajo el sol y, ahora que les aquejaban los escapes de orina, las cataratas y los achaques de cadera, buscaban rápido la seguridad de las residencias finlandesas. La nueva pareja de la escalera A era una de esas; hacían tanto ruido cuando practicaban sexo vespertino que los vecinos se habían visto obligados a quejarse. También parecían muy ahorradores, pues habían traído consigo toneladas de pañales baratos de supermercado. Irma sabía que tenían el balcón atestado de cajas de pañales.

—Y eso queda horrorosamente feo. ¡Os podéis imaginar que ni siquiera los geranios caben con todo aquello allí! —exclamó Irma. Su hija le había pedido por medio de la Confederación para el Bienestar de los Ancianos pañales de los que daba el gobierno para el resto de sus días, pero Irma los devolvía todos porque no disponía de espacio para almacenarlos. En el balcón prefería cultivar flores.

—Me parece que la mujer se llama Margit. ¿Es posible? Y me suena que el marido se llama Eino. ¿Eino y Margit? ¿Qué os dicen vuestros pálpitos?

Los demás no acababan de ponerse de acuerdo sobre el nombre de la nueva pareja.

—¿Por qué subir los pantalones es más caro que bajarlos? —preguntó Anna-Liisa intentando que la conversación volviera a su cauce, como si actuara de presidenta en aquella sesión de brainstorming.

—¿Sería más barata una falda? —planteó el embajador.

—¡Es por la fuerza de la gravedad! —gritó Reino, regente de imprenta, que se acercaba a ellos desde la máquina expendedora de agua. Era un hombre de mirada ávida que siempre se refería a Siiri como la chica más guapa de El Bosque del Crepúsculo. Irma afirmaba que incluso había tratado de besarla en el ascensor, pero ahora decía tonterías sobre cualquier cosa. Empujando el andador, con sus zapatillas de hospital y pantalones de chándal sueltos, Reino se deslizaba a prodigiosa velocidad hacia ellos. Del cuello le colgaba un babero, aunque no era la hora de comer.

—¿No se deberá al cinturón? —propuso Siiri disponiéndose a marcharse—. Es más difícil abotonar el pantalón y abrochar el cinturón que al revés. Quiero decir, si se lleva ropa formal.

Metió sus cosas en el bolso de mano, las gafas, el pañuelo y las pastillas, e Irma la imitó. Les desagradaba que el regente de imprenta fuera tan desaseado, con la barba siempre mal afeitada, mugre entre los dientes y las orejas y las cejas como un matorral lleno de pinchos.

—En mi opinión es más fácil desabrochar los botones de la camisa a las mujeres y las presillas del sujetador que abrocharlos. Y eso también se debe a la fuerza de la gravedad —explicó el recién llegado.

—Tonterías, Reino —replicó Anna-Liisa con frialdad—. ¿Cuándo le has abrochado tú los corchetes a una mujer?

—Pues ya es hora. ¿Te vienes a mi piso? Primero nos montamos un ratito en el ascensor.

Aquello fue suficiente también para Anna-Liisa, que suspiró seria y anunció que se marchaba al auditorio a escuchar la charla «Alimentación versátil para incrementar la capacidad de movimiento de las personas mayores». El embajador se entusiasmó con la idea y anunció que la acompañaría. Se levantó, le acercó el andador a la silla y le ofreció su brazo como el mejor de los acompañantes a un baile. Irma le guiñó el ojo a Siiri y ambas se subieron juntas al ascensor.

Reino se quedó solo en la mesa de juego preguntándose sorprendido a dónde iban los demás y por qué llevaba un babero al cuello.

—¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Oiga, señorita! ¡Ayúdeme!

Llamaba en vano a las auxiliares, que no tenían tiempo de correr a ver qué le pasaba a un hombre sano. Trató de quitarse él mismo el babero. Era complicado. El nudo estaba apretado y detrás del cuello. Cuanto más tiraba, más se apretaba el nudo. Se levantó y se arrancó el babero a la fuerza, juró malhumorado y arrojó la tela hecha un gurruño al suelo. Luego se desplomó sobre un sofá del salón con la esperanza de que delante de él apareciera a entretenerlo Siiri Kettunen o alguna de las reinas de El Bosque del Crepúsculo y se quedó traspuesto.

libro-3

2

Siiri bajó al corredor de la planta baja a buscar a Pasi, el asistente social, que en general solía estar sentado en su despacho. Quería conversar con él de la muerte de Tero. Ambos hombres se llevaban bien y con frecuencia los había visto charlando juntos en la cocina. Ahora, sin embargo, la oficina de Pasi estaba cerrada y en una nota pegada a la puerta se leía: «De las tareas del asistente social se ocupará temporalmente la responsable de área, Virpi Hiukkanen».

Virpi era la persona de confianza de la directora, Sinikka Sundström, su mano derecha e izquierda que con entrega se ocupaba de los asuntos de la casa y estaba a cargo del reclutamiento y del bienestar de los empleados y de los ancianos. Virpi Hiukkanen era la salvación de El Bosque del Crepúsculo, pues, aunque la directora era afable y atenta, muy agradable, en algunos aspectos resultaba muy poco práctica.

En una situación semejante había que mostrarse astuto. Si acudía a la directora a preguntar por la muerte del cocinero y la ausencia del asistente social, podría creer que la acusaba de algo. En ocasiones, la comunicación práctica con la directora resultaba extremadamente ardua, porque sobre sus hombros soportaba todo el peso del mundo y siempre se culpaba a sí misma. Tenía que ocurrírsele otra forma de acercarse.

Regresó a su apartamento, vio un episodio de Hércules Poirot en la televisión y volvió a meterse en la cama a descansar. Se imaginó viviendo en Londres en una bonita casa de los años treinta, como Poirot, rodeada de modernos objetos de estilo funcionalista, y ya estaba sumiéndose en un grato sueño en el que el detective belga se frotaba el bigote, le sonreía con sus cordiales ojos marrones y se llevaba la mano al ala del sombrero, cuando sonó el teléfono.

Siiri tenía que levantarse de la cama, porque el aparato estaba sobre una mesita en la entrada. Algunos colocaban el teléfono junto a la cama, pero ella se había acostumbrado a que en el pasillo hubiese una mesita para el teléfono con una silla al lado. Era mejor conversar allí que tambaleándose al borde de la cama. Además, levantarse de la cama era un buen ejercicio. Pero no se incorporó ágil, hubo de aguardar un instante a los pies de la cama para que desaparecieran el vértigo y el zumbido de su cabeza. El teléfono sonó largo rato.

—Hola, soy Tuukka. Has recibido una factura por servicios de limpieza bastante curiosa.

Hacía tiempo Siiri les había pedido a sus nietos que alguno vigilara su cuenta bancaria por internet porque ella no era capaz y el novio de la hija de su nieto se había ofrecido amablemente. Tuukka era un muchacho muy agradable que estudiaba algo importante en la universidad. «Microbiología ambiental y biotecnología microbiana», decía él, pero aquello no le sonaba a nada.

Ahora Tuukka había visto en la pantalla del ordenador que a Siiri le habían cargado en la cuenta setenta y seis euros en concepto de servicios de limpieza, aunque la muchacha vestida de negro que había pasado la otra semana por su apartamento se había limitado a hacer un pasacalles. La chica iba de negro de la cabeza a los pies, incluso los labios, y hasta se había teñido el pelo de negro, lo llevaba más oscuro que el de la masajista asiática de Irma.

—No dijo ni una palabra mientras se apoyaba en la fregona.

—Aquí han cobrado por dos horas —señaló Tuukka sin querer comentar el aspecto y las maneras de la limpiadora; un chico práctico.

—Pero si esa criatura pasó aquí solo media hora, como mucho. Miré el reloj y estuve en casa todo el tiempo.

—Puede que cobren una tarifa mínima de dos horas de servicio, es algo bastante usual, pero setenta y seis euros es un precio escandaloso.

Al concluir la conversación, Siiri se sentía satisfecha. En realidad, la desmesurada factura de la limpieza había sido una suerte, le proporcionaba el pretexto que necesitaba para bajar a ver a la directora. Decidió quejarse y, por si acaso, reclamar por escrito para que pareciera un documento oficial. Pero tenía que escribir a mano, con bolígrafo y en un papel cuadriculado, y así no daba una impresión muy convincente. Y eso que había trabajado décadas como mecanógrafa en el Instituto de Salud Pública, donde tecleaba con diez dedos pasando a limpio los garabatos de los demás. Redactaba escritos pulcros, con márgenes, interlineados y todo dispuesto en su sitio, y jamás tecleaba mal. Aún recordaba lo mucho que le molestaba cuando, después de conseguir distribuir sobre el papel las líneas de la carta sin errores, al jefe de la oficina se le antojaba modificar la forma del saludo y tenía que empezar todo desde el principio. Escribir a máquina era una destreza que ya no se necesitaba ni se apreciaba.

Una vez consiguió finalizar su reclamación, pensó un instante en el encabezamiento y luego escribió: «¿Es que ya no se sabe siquiera limpiar?». Después salió a entregar la carta a la oficina de Sinikka Sundström. Por el camino se arrepintió del encabezado, porque el objetivo era protestar por la facturación, no por la deficiente limpieza, aunque también había motivos para sacar a relucir el tema en algún momento de la conversación. Los residentes se sorprendían muchas veces de que hubiera que enseñar sus tareas al personal de limpieza y llevarlos de la mano, explicarles que había que quitar el polvo de detrás de los radiadores y pasar un trapo húmedo por los marcos de las puertas.

El despacho de la directora se ubicaba en la planta baja, al principio del corredor, justo al lado de la sala de recreo. Muchos creían que se encontraba allí para poder espiar y vigilar a los residentes. Anna-Liisa estaba convencida de que los trabajadores de El Bosque del Crepúsculo tenían la necesidad obsesiva de controlarlo todo y, por lo visto, el peor era el marido de Virpi.

Erkki Hiukkanen, que así se llamaba, era notablemente mayor que su esposa, un hombre necio y vago al que llamaban bedel pero cuyo título oficial debía de ser supervisor de mantenimiento. Tenía poco pelo y podía presentarse sin ser invitado a cambiar una bombilla de la lámpara del techo, aunque a la anterior no le ocurriera nada. O acudía a comprobar las tuberías del desagüe y los canales de aire acondicionado porque, al parecer, se producían continuamente pequeños incidentes. Todos habían aprendido que si alguien se presentaba por sorpresa, ese era Erkki Hiukkanen, con su mono azul de trabajo, el único servicio gratuito de El Bosque del Crepúsculo.

Pero, dijeran lo que dijeran los residentes entre ellos, a Siiri le caía bien la directora. Creía que se preocupaba de verdad por los habitantes de la residencia y que velaba para que todo saliera bien. Sundström era la típica mujer dedicada a su trabajo que disfrutaba brindando bienestar a los demás.

Halló a Sundström sentada en su oficina, absorta en algún asunto en el ordenador. La iluminación del despacho era vaga, las oscuras cortinas estaban corridas y en la mesa ardía una vela maloliente al lado de una estatua de sal de gran tamaño que giraba; debía de tratarse también de una especie de lámpara. A Siiri le dio la impresión de que la pantalla mostraba cartas, lo que era poco probable, pues no era posible jugar a los naipes en el ordenador. Al percatarse de la presencia de la visita, la directora sonrió amable y se apresuró a abrazarla. Siiri sintió que se hundía inapropiadamente entre los pliegues del cuerpo de la directora y en su perfume especiado y temió que le entrara un ataque de tos. Pero Sinikka Sundström había estudiado Ciencias de Enfermería y había aprendido que las personas mayores necesitan contacto físico.

—¡Querida Siiri! ¿Cómo estás? —preguntó dejando por fin que la anciana respirara libre.

Siiri fue directa al grano y le entregó su queja. Se disculpó por que estuviera redactada a mano en papel cuadriculado.

—¡Ah, no pasa nada! ¡Qué bonita letra tienes, igual que la de mi abuela! Ya hace mucho que murió, claro, falleció cuando yo aún era una niña e iba a la escuela.

Leyó el papel, arrugó por el esfuerzo sus depiladas cejas y empezó a mostrar preocupación. Sentía terriblemente que a Siiri le hubiese sucedido algo tan desagradable y prometió tomar cartas en el asunto inmediatamente, aunque en realidad el servicio de limpieza no entraba dentro de sus competencias laborales, porque estaba subcontratado. Le pidió que tomara asiento y le explicó exhaustivamente que se trataba de una empresa de limpieza privada, que El Bosque del Crepúsculo había sacado el servicio a concurso entre varias empresas y la actual, Muhuväen Puts y Plank, era sin lugar a dudas la más económica y la de mayor confianza, y que de todas las cuestiones referentes a las subcontratas se ocupaba el director de calidad, Pertti Sundström.

—¿Sundström? ¿Es familia suya? —preguntó Siiri, que no había oído antes hablar de un director de calidad.

Pertti Sundström era el marido de Sinikka. Con mucho gusto se lo habría presentado, pero se encontraba de viaje de negocios, así que Siiri tendría que depositar su queja en el buzón de sugerencias, que estaba en el corredor; era el que mostraba una imagen grande de una rosa. Eso sería lo más sensato, pues Pertti se ocupaba de sus tareas como director de calidad a través de su sociedad comanditaria.

—Su oficina se encuentra en Kalasatama, el puerto del pescado, pero por supuesto puedo entregársela yo personalmente —añadió amable, agradeciéndole luego a Siiri su iniciativa, pues únicamente si los residentes entregaban comentarios, la residencia podría mejorar su funcionamiento—. Aunque hemos recibido un sobresaliente en el cuadro de mando integral del estudio de calidad, ¡siempre se puede ser mejor que mejor!

Siiri se apoyó en la mesa para incorporarse y reparó en una carpeta que había posada sobre el escritorio en la que se leía el nombre del cocinero. ¡Qué maravillosa coincidencia! Sin ella habría olvidado el auténtico propósito de la visita.

—Tero Lehtinen. Era un buen hombre y un buen cocinero. ¿Sabe decirme de qué murió tan de repente, un muchacho joven?

Sinikka Sundström se disponía a salir al pasillo balanceando en la mano el papel cuadriculado de Siiri, pero al escuchar el nombre del cocinero se detuvo, se giró rápido, cerró la puerta tras de sí y se apresuró a abrazar a Siiri. El gran collar de madera de la directora aplastaba molesto la mejilla de la anciana.

—Todos lamentamos la pérdida de Tero. Fue tan trágica… Lo queríamos mucho —balbuceó y acarició a Siiri como si fuera una mascota muy querida. Después de haberla consolado durante un buen rato, la ayudó a incorporarse y finalizó la visita porque tenía que ir al centro a una reunión.

Mientras se ponía el abrigo, continuó con sus lamentaciones y Siiri empezó a creer que ella también debería ayudar de algún modo a aquella pobre mujer, pero no se le ocurría cómo.

—Vamos a organizar una terapia de grupo para todos aquellos que sientan que necesitan apoyo respecto a la muerte de Tero. Siiri, querida, ¿quieres participar tú también?

Sundström se echó tan ligera su chal multicolor sobre el hombro que las borlas le rozaron la cara a Siiri.

—No, gracias. Los ancianos no necesitamos algo así, pero a los empleados seguramente les será útil —aseguró Siiri y trató de esbozar una sonrisa alentadora.

—Ay, no te llames anciana, es una palabra muy fea. Bueno, me voy. ¡Hasta luego!

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3

Irma y Siiri vivían en El Bosque del Crepúsculo en apartamentos colindantes, en la tercera planta de la escalera A. Los pisos eran semejantes pero completamente diferentes. Siiri había amueblado el suyo con sobriedad, mientras que Irma, al mudarse a una vivienda de un dormitorio, quiso llevarse consigo todos los objetos queridos del gran piso que tenía en el barrio de Töölö. El suelo estaba recubierto de alfombras, las paredes llenas de tapices, cuadros y estanterías, y las estanterías repletas de libros, y en el salón había un sofá y delante de él una mesa baja para la porcelana que ella misma había decorado con pinturas florales en un curso al que había asistido en el instituto de formación de adultos. Además, en el salón había una mecedora, una banqueta de piano en recuerdo del antiguo piano, un par de extraños taburetes y, por supuesto, una mesa de comedor con sus respectivas sillas, y una televisión, y por todas partes abundaban las telas estampadas con rosas de Sanderson: cojines, cortinas, tapices, cobertores para las sillas.

Juntas disfrutaban casi a diario de café instantáneo y bizcocho en casa de Irma. Ella se sentaba en el sillón a la luz de una lámpara de pie y Siiri en el sofá, donde no iluminaba la tenue luz de una sola de las lámparas procedentes del hogar de la infancia de Irma. A veces se les antojaba ir a casa de la otra en camisón. Esa era una de las cosas positivas de la vejez: poder andar en bata, comer lo que a uno le apetecía y hacer lo que le venía en gana. Al fin y al cabo, en su juventud nunca había bizcocho.

—Tarta —corrigió Irma—. Con muchas aes, para que suene tan bien como sabe. Sírvete otro trozo mientras yo me tomo una pastilla amarilis.

Irma creía que si acompañaba el bizcocho con un medicamento para la diabetes, no había razón para preocuparse por los niveles de azúcar en la sangre. Podía zamparse incluso tres cucuruchos de helado, uno tras otro, y tomarse luego una pastilla y un poquito de whisky. Siiri no se preocupaba por su sangre, ni se molestaba en pensar si el trajín de Irma tenía algún sentido.

—¿Qué te parece a ti? ¿Estará Pasi de baja médica por la muerte de Tero? —sugirió Siiri. Su amiga no opinaba lo mismo. No creía que en El Bosque del Crepúsculo le concedieran a nadie la baja porque una persona falleciera. Según ella, la responsable de unidad, Virpi Hiukkanen, ejercía con mano firme y ponía a los empleados a trabajar duro varios turnos seguidos, pagaba mal y nunca daba las gracias. Por eso la gente joven sucumbía a las tareas, por tener que cuidar y entretener a los ancianos. Generaban una urgencia innecesaria en un lugar donde nadie tenía prisa para ir a ningún sitio y donde jamás sucedía nada. Los asistentes de enfermería se agotaban y se rendían, se marchaban a un trabajo más divertido y se cogían excedencias. Siiri no tenía la menor idea de qué significaba eso último.

—Pues que el empleador paga por que un trabajador esté un año sin trabajar —aclaró Irma, aunque Siiri no se lo acababa de creer. No siempre se

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