Meditaciones sobre la existencia de Dios (Serie Great Ideas)

René Descartes

Fragmento

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Prólogo

 

 

 

Ya he tratado estas dos cuestiones de Dios y del alma humana en el discurso que publiqué en francés en el año 1637 acerca del método para dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias. No tuve entonces el propósito de estudiarlas a fondo, sino solo de pasada, con el fin de colegir, por el juicio que merecieran, de qué modo debía tratarlas luego, pues me han parecido siempre de tanta importancia que pensaba que era conveniente hablar de ellas en más de una ocasión; y el camino que emprendo para explicarlas es tan poco frecuentado y tan apartado de los comunes derroteros que no he creído fuera útil declararlo en francés y en discurso que pudiese ser leído por todo el mundo, temiendo que los ingenios débiles no fueran a creer que les era permitido caminar por la misma senda.

Ahora bien; habiendo yo rogado, en ese discurso del método, a todos los que hallasen en mis escritos algo digno de censura que me hicieran el favor de advertírmelo, nada importante se me ha objetado, sino solo dos cosas, acerca precisamente de estas dos cuestiones.

Y quiero contestar ahora en pocas palabras, antes de entrar en explicaciones más exactas.

La primera objeción es que, aunque el espíritu humano, al hacer reflexión sobre sí mismo, no se conoce sino como algo que piensa, no se infiere de ello que su naturaleza o esencia sea solamente pensar; de tal manera que la palabra «solamente» excluye todas las demás cosas, que acaso pudiera decirse pertenecen también a la naturaleza del alma.

A esta objeción respondo que no era mi intención, en aquel lugar, excluirlas según el orden de la verdad de la cosa (de la cual no trataba por entonces), sino solo según el orden de mi pensamiento; de manera que mi sentido era este: que nada conocía como perteneciente a mi espíritu, sino que yo era una cosa que piensa o una cosa que tiene en sí la facultad de pensar. Pero explicaré más adelante cómo es que, puesto que no conozco otra cosa que pertenezca a mi esencia, se concluye que, efectivamente, nada más le pertenece.

La otra objeción es que, aunque yo tengo en mí la idea de una cosa más perfecta que yo, no se sigue que esa idea sea más perfecta que yo, y mucho menos que lo representado por esa idea exista.

Pero respondo que en el vocablo idea hay aquí un equívoco, pues o puede tomarse materialmente por una operación de mi entendimiento, y en este sentido no puede decirse que sea más perfecta que yo, o puede tomarse objetivamente por la cosa representada en esta operación, cosa que, aun cuando no se suponga existir fuera de mi pensamiento, puede, sin embargo, ser más perfecta que yo en razón de su esencia. Empero, en el curso de este tratado demostraré ampliamente cómo por solo tener yo la idea de una cosa más perfecta que yo, se sigue que esta cosa existe verdaderamente.

Además, he revisado otros dos escritos, bastante extensos, sobre esta materia; pero combatían no tanto mis razones como mis conclusiones, empleando argumentos sacados de los lugares comunes de los ateos. Mas como los argumentos de esta especie no pueden hacer ninguna impresión en el ánimo de los que entiendan bien mis razones, y como también los juicios de algunos individuos son tan endebles y poco razonables que las primeras opiniones que oyen acerca de una cosa, por falsas y alejadas de la razón que sean, suelen persuadirles mejor que una sólida y verdadera aunque posterior refutación de sus opiniones, por eso no quiero contestar aquí, temiendo verme obligado a exponer primero aquellos argumentos.

Solo añadiré que, en general, todo cuanto dicen los ateos para combatir la existencia de Dios depende siempre o de que fingen en Dios afectos humanos, o de que atribuyen a nuestros ingenios tanta fuerza y sabiduría que tenemos la presunción de querer determinar y comprender lo que Dios pueda y deba hacer; de manera que todo cuanto aleguen no nos ofrecerá dificultad alguna, con tal de que recordemos que debemos siempre considerar nuestros espíritus como cosas finitas y limitadas, y a Dios como un ser infinito e incomprensible.

Y ahora, después de haber analizado los sentimientos de los hombres, voy a tratar de Dios y del alma humana y asimismo echar los fundamentos de la filosofía primera; mas no espero alabanzas del vulgo, ni presumo que mi libro sea leído por muchos. Al contrario, a nadie aconsejaré que lo lea, sino a los que quieran meditar en serio conmigo y puedan desligar su espíritu del comercio de los sentidos y librarlo por completo de toda clase de prejuicios; y de sobra sé que tales hombres son poquísimos en número. Pero los que, sin cuidarse del orden y enlace de mis razones, se enreden en discurrir sobre cada una de las partes, como hacen muchos, estos tales, digo, no sacarán gran provecho de la lectura de este tratado; y aun cuando acaso encuentren ocasión de utilizar varios puntos, mucho trabajo ha de costarles objetar nada que sea importante y digno de respuesta.

Y como no prometo a ninguno que les daré satisfacción de buenas a primeras, ni soy tan presuntuoso que crea que puedo prever las dificultades que cada cual ha de encontrar, expondré, primeramente, en estas meditaciones los mismos pensamientos por los cuales estoy persuadido de haber llegado a un conocimiento cierto y evidente de la verdad; de este modo quizá pueda, con las mismas razones que a mí me han convencido, convencer también a los demás; y después de esto, responderé a las objeciones que me han hecho personas de talento y doctrina, a las cuales he enviado mis meditaciones para que las examinen, antes de darlas a la estampa, pues me han hecho tantas y tan distintas objeciones que me atrevo a creer que difícilmente habrá quien pueda proponer otras nuevas que tengan importancia y no hayan sido ya formuladas.

Por lo cual encarezco a los que lean estas meditaciones que no formen ningún juicio sin previamente haberse tomado el trabajo de leer todas esas objeciones y las respuestas que les he dado.

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Resumen de las seis meditaciones siguientes

 

 

 

Expongo en la primera las razones por las cuales podemos dudar en general de todas las cosas y, en particular, de las materiales, por lo menos mientras no tengamos otros fundamentos de las ciencias que los que hemos conseguido hasta hoy. Ahora bien, aun cuando la utilidad de una duda tan general no se vea al principio, es, sin embargo, muy grande, pues nos libra de toda clase de prejuicios y nos prepara un camino más fácil para que nuestro espíritu se acostumbre a desligarse de los sentidos; por último, es causa de que ya no sea posible que luego dudemos nunca de las cosas que descubramos como absolutamente verdaderas.

En la segunda, el espíritu que haciendo uso de su propia libertad supone que ninguna de las cosas de cuya existencia tiene la más pequeña duda existe, reconoce, sin embargo, que es absolutamente imposible que él no exista. Lo que también resulta muy útil, ya que, de esta manera, el espíritu distingue fácilmente lo que le pertenece, es decir, lo que corresponde a la naturaleza intelectual de lo que pertenece al cuerpo.

Mas como puede suceder que haya quien confíe que en este lugar exponga yo algunas razones para probar la inmortalidad del alma, advertiré que, habiendo procurado no escribir nada en este tratado sin tener acerca de ello demostraciones muy exactas, me he visto obligado a seguir un orden semejante al que adoptan los geómetras, el cual consiste en exponer primero todo aquello de que depende la proposición buscada, antes de deducir conclusión alguna.

Pero ante todo, lo primero y principal que se necesita para conocer bien la inmortalidad del alma es formar de esta un concepto claro y preciso, por completo distinto de todas las concepciones que podemos tener del cuerpo; esto es lo que he hecho aquí. Es preciso, además, saber que todas las cosas que concebimos clara y distintamente son verdaderas, tal como las concebimos; cosa que no ha podido probarse hasta llegar a la cuarta meditación. Hace falta también tener una concepción distinta de la naturaleza corporal, concepción que se forma, parte en esta segunda y parte en la quinta y sexta meditaciones. Y, en fin, de todo esto hay que deducir que las cosas que concebimos clara y distintamente como sustancias diversas, por ejemplo, el espíritu y el cuerpo, son en efecto sustancias realmente distintas unas de otras, lo cual se demuestra en la sexta meditación; y esto se confirma también en esta misma meditación, porque no concebimos cuerpo alguno que no sea divisible, mientras que el espíritu o el alma del hombre no puede concebirse sino indivisible; pues, efectivamente, no podemos concebir media alma, cosa que podemos hacer con el más pequeño cuerpo; de manera que se conoce que ambas naturalezas no solo son diversas, sino hasta en cierto modo contrarias. Y si no he tratado más minuciosamente esta materia, en el presente escrito, ha sido porque basta para mostrar claramente que de la corrupción del cuerpo no se sigue la muerte del alma, y dar así al hombre la esperanza de otra vida después de la muerte; y además, porque las premisas de que puede deducirse la inmortalidad del alma dependen de la explicación de toda la física; en primer lugar, para s

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