Cronología
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1960 |
22 de mayo. Terremoto y maremoto catastróficos en el sur de Chile. |
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1961 |
21 de mayo. En acto que preludia la crisis política, la oposición se retira de la solemne ceremonia en que el presidente Jorge Alessandri leería el ritual «Mensaje anual» al país. |
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1964 |
4 de septiembre. Eduardo Frei Montalva es elegido presidente de la República con un programa reformista que es una respuesta a las tensiones ideológicas. |
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1967 |
7 de abril. Promulgación de la Ley de Reforma Agraria de Eduardo Frei Moltalva, uno de los cambios más emotivos en el tejido social y político del país. |
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1969 |
21 de octubre. Acuartelamiento del general Roberto Viaux en el regimiento Tacna, conocido como Tacnazo, que exige mejoramientos para las fuerzas armadas. Este incidente es considerado el inicio de un nuevo ciclo de politización de los uniformados. |
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1970 |
4 de septiembre. Elección como presidente de la República de Salvador Allende, candidato de una coalición marxista en lo fundamental comprometida con un drástico cambio interno y externo del país. |
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1970 |
22 de octubre. Fallido intento de secuestro del comandante en jefe del ejército, el general René Schneider, quien fallece por ello días después, en un acto de gran carga simbólica. |
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1971 |
16 de julio. Promulgación de la reforma constitucional que nacionalizó la Gran Minería del cobre. |
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1971 |
21 de octubre. Pablo Neruda recibe en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura. |
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1971 |
10 de noviembre. Llegada al país de Fidel Castro, visita de gran espectacularidad y que da inicio a una polarización activa en las calles del país. |
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1972 |
Publicación de Artefactos, de Nicanor Parra. |
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1972 |
4 de noviembre. Discurso de Salvador Allende ante las Naciones Unidas. |
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1973 |
11 de septiembre. Derrocamiento y muerte de Salvador Allende; instauración de un rígido régimen militar en el país. |
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1975 |
30 de abril. Anuncio de medidas económicas que conducirían a la instauración de un sistema radical de libre mercado y de integración a la economía mundial. |
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1978 |
22 de diciembre. Por intervención del papa Juan Pablo II se evita a la hora undécima una guerra entre Chile y Argentina. |
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1980 |
11 de septiembre. Aprobación en plebiscito no competitivo de la Constitución que, con grandes modificaciones, todavía está en vigor en el siglo XXI. |
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1985 |
Agosto. Acuerdo Nacional, que reúne a gran parte de las fuerzas, tanto de izquierda como de derecha, en un programa mínimo de restauración de la democracia. |
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1987 |
1 de abril. Comienza la visita del papa Juan Pablo II. |
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1988 |
5 de octubre. Pinochet es derrotado en plebiscito competitivo para ser nombrado presidente constitucional. |
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1990 |
11 de marzo. Asume el primer presidente de la nueva democracia, Patricio Aylwin. |
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1994 |
11 de marzo. Asume Eduardo Frei Ruiz-Tagle como presidente de la República. |
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1998 |
16 de octubre. Arresto en Londres del general Augusto Pinochet, lo que desencadena su derrota política. |
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1999 |
Por primera vez cae levemente el producto, tras 15 años de crecimiento económico, el periodo más largo en la historia de la época desde que se tienen cifras. |
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2000 |
11 de marzo. Asume Ricardo Lagos como presidente de la República, el segundo socialista después de Salvador Allende. |
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2006 |
11 de marzo. Asume la primera mujer como presidenta de la República, Michelle Bachelet. |
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2010 |
27 de febrero. Terremoto y maremoto, que causan grandes daños y víctimas, en especial en torno a Concepción, Constitución y Talca. |
Las claves del periodo
Joaquín Fermandois
¿Más allá de la crisis?
Toda sociedad humana posee crisis potenciales, y una de las discusiones más importantes acerca de la historia de Chile es si ésta ha sido «excepcional» —es decir, más «ordenada»— o ha sido similar a la de otros países latinoamericanos, pletóricos de crisis institucionales e impulsos de rebelión. Con todo, la idea de crisis en Chile está envuelta en la imagen reciente tratada por los autores de este volumen, aquella que Mario Góngora describió como «la más grave de la historia del país», refiriéndose a la década de 1970. El que Chile haya llegado a ser un caso de referencia mundial en el último tercio del siglo XX hace que la crisis que caracterizó un momento terrible de la vida del país pase a ser la más simbólica de su historia republicana, si dejamos de lado los estertores de la emancipación. El deslizamiento en esa crisis y la recuperación del país desde ese yacer al borde del abismo es el corazón de la trama relatada en este volumen. Quien lea con detención verá los hechos.
Este país tuvo un desarrollo político más institucional y más regulado que la mayoría de los del continente, aunque, como se decía, esto no deja de ser debatido en las ideas y en la política en Chile. Desde la década de 1930 hasta comienzos de los setenta tuvo la única democracia que funcionó sin interrupción y de una manera ejemplar. Las elecciones eran regulares, los votos se contaban con una rapidez pasmosa en comparación con otras partes de nuestra América, las instituciones parecían sólidas y había un sistema de partidos desarrollado y estable. Existía una cultura política que tenía todos los aprestos de aquellas que habían servido de modelo para Chile y los países latinoamericanos: las democracias de Europa Occidental y, en menor medida, Estados Unidos. Por algo, a pesar de que el Chile del siglo XX heredó una posición internacional complicada en relación con los vecinos, valía muchas veces, junto con Uruguay, como la única democracia en la región (habría que incluir a Costa Rica). Es claro, como se ha podido ver en esta colección, que a ello le antecedía una historia de alta institucionalización en relación a esta América, aunque también jalonada cada cierto tiempo por crisis, revueltas y guerra civil. En la segunda posguerra, sin embargo, sobresalía por su cultura cívica.
La perseguían por detrás dos crisis latentes. En primer lugar, era una democracia estable en un país subdesarrollado y que, para colmo, no parecía avanzar hacia una modernización social y económica digna de este nombre, a pesar de los pasos dados en el siglo XX. La demandas se incrementaban, pero no así el crecimiento, y el país, siguiendo el título de Aníbal Pinto Santa Cruz, que se hizo famoso, llegó a ser «un caso de desarrollo frustrado». En segundo lugar, dentro de América Latina era el país que, en sus formas políticas, seguía más de cerca la cultura política y el lenguaje europeos, a veces de manera simultánea. E importó la crisis ideológica del siglo XX, con dramáticas disyuntivas acerca del orden social. Marxismo y antimarxismo recorren la historia del siglo XX en Chile, al menos hasta la década de 1980. El marxismo formaba parte de la cultura política chilena y miraba como horizonte regulador a los Estados marxistas del siglo y, por otra parte, en su gran mayoría seguía las reglas del juego del sistema constitucional chileno, aunque rechazando su espíritu.
En la época de la Guerra Fría esto adquirió una fuerza de gran intensidad. El antimarxismo se manifestó como defensa de ese sistema, y la polarización política sin precedentes dio paso a un sistema dictatorial que, en su radicalidad, había sido extraño a la historia republicana y hasta indiana de Chile. En este sentido, los siguientes 16 años y medio fueron de una anomalía total. Todo esto hizo que, desde 1970 hasta 1990, Chile pasara a ser una suerte de espejo para la opinión pública mundial: nunca este país próximo al finis terrae había estado tan presente en los debates mundiales, sobre todo durante el golpe de Estado en 1973. Los nombres de Allende y Pinochet simbolizan posiciones políticas más o menos específicas a lo largo del mundo (sobre todo en América y Europa), y son como el agua y el aceite, como el bien y como el mal, aunque, como paradoja no extraña, los chilenos no hayan sostenido una visión de las cosas tan semejante a ese cuadro.
Los años del régimen militar no fueron estáticos, aunque sí estuvieron llenos de drama. En términos internacionales hubo una patente fragilidad debido al aislamiento político, e incluso peligro de guerra inminente con dos países vecinos —no por culpa de Chile, en opinión de los chilenos—. También fueron años de creciente internacionalización y transformación de la sociedad chilena, en lo político y en lo económico. La misma crisis continua obligó a un conocimiento más sofisticado de la realidad internacional. El exilio y las transformaciones políticas e intelectuales en Europa en los años setenta y ochenta influyeron poderosamente sobre la cultura política del país austral. Aunque a mediados de los ochenta la violencia política dentro de Chile era dramática por una combinación de terrorismo, protestas masivas que también recurrían a la violencia y una represión muchas veces ciega, en rara —aunque quizás no tan extraña— paradoja dio paso a una convergencia extraordinaria en política, que sólo pareció finalizar —y ello no es seguro— en la transición de la primera a la segunda década del siglo XXI. En la segunda mitad de esa década las principales fuerzas políticas llegaron paulatinamente a propugnar un «modelo occidental» de sociedad, en lo político y en lo económico, con los matices que le son propios a esa situación. Un hecho simbólico que selló este «tratado de paz» fue el Acuerdo Nacional de agosto de 1985, inspirado por el cardenal Juan Francisco Fresno: por primera vez en el siglo, diversos grupos políticos de izquierda y derecha emitieron una declaración conjunta acerca del Chile que querían.
Ni el régimen militar ni la oposición más radical pudieron imponer su programa más absoluto. En ese sentido el nacimiento de la nueva democracia fue producto de una transacción, y ello dejó su marca sobre todo en la década de 1990. De otra manera, se desarrolló un periodo de paz política inédita en el Chile del siglo XX, que permanece en lo esencial hasta el momento de escribir estas líneas, a pesar de los signos de agotamiento. Ha sido un debate muy común, en las dos décadas de este periodo, en qué medida se puede mantener la armazón constitucional de una dictadura en plena democracia. Existe la réplica de que los países no pueden estar reinventándose cada corto tiempo y de que la Constitución de 1980 tenía rasgos autoritarios que rompían con la moderna tradición occidental, que radicaban en especial en el articulado transitorio y en algunas otras disposiciones. Éstas habrían sido aventadas en sucesivas reformas, culminando en la más importante, la del 2005, que recibió la firma no de Pinochet, sino la del presidente Ricardo Lagos. En otros sentidos es una Constitución muy moderna, que recogió en parte la experiencia de las décadas anteriores y doctrinas más aceptadas, sobre todo en la institucionalidad económica. Éste es el centro de gravedad de la discusión constitucional que se ha desarrollado estos últimos años. Nada de ello obsta para que las décadas que siguen a 1990 puedan ser con tranquilidad calificadas como los años más felices desde 1900, reconociendo lo complejo que es poder apreciar la «felicidad». Han sido, en todo caso, los años más pacíficos de todo ese periodo.
La interminable búsqueda del desarrollo
Acompañantes de este proceso fueron las reformas económicas. Ellas se inscriben en la experiencia, primero, del «desarrollo frustrado» y, después, de la crisis nacional de 1973. Impuestas en medio de grandes conmociones sociales y económicas, que significaron un acabo del mundo para muchos en lo que se consideraba «derechos adquiridos», persistieron en parte por la permanencia en el tiempo del régimen de Pinochet y en parte por los cambios en las consideraciones de economía política en gran parte del mundo que se produjeron en relación con el fin de la Guerra Fría. Se le ha llamado «hegemonía del neoliberalismo». Quizás es mejor decir que, cuando no es pura retórica —que a veces lo es—, se trata de un retorno a las potencialidades de la teoría clásica de la economía ante el estancamiento del sistema heredado de las consecuencias de la Gran Depresión de los treinta, aplicados al campo de la economía política, es decir, de la acción del Estado y de las políticas públicas. En este sentido, frente a la desconfianza innata hacia un fortalecimiento de la sociedad civil económica, que incluye al gran empresariado que había predominado en Chile, la reforma tuvo un éxito fenomenal, y los gobiernos de la coalición de centro-izquierda, la Concertación de Partidos por la Democracia, asumieron la realidad de que lo mejor era que no podían llegar y modificarla de manera drástica.
Tras las convuls
