Samsón y Nadiezhda

Andréi Kurkov

Fragmento

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1. Plaza Tarásovksaia, 3. Aquí se encontraba la comisaría de policía de Líbedski, donde, de forma inesperada, asumió sus funciones Samsón Kolechko. Resulta interesante que el nombre del lugar ha llegado hasta nuestros días.

2. Calle Zhiliánskaia, 24. En esta casa vivía felizmente la familia Kolechko: el padre, la madre, Samsón y su hermana pequeña. En 1919, tras la muerte violenta del cabeza de familia, los soldados del Ejército Rojo Fiódor y Antón fueron acuartelados aquí.

3. Calle Basséinaia, 3 (barrio de Pechersk). Aquí vivía el sastre Baltzer, que desempeña un papel importante en la novela.

4. Calle Naberézhno-Nikólskaia. Esta era la casa de los padres de Nadiezhda, desde donde iba cada día a su lugar de trabajo, no sin dificultades y peligros.

5. Senda Sobachia, o camino de los Perros. Este era el nombre popular de la estrecha calle que va de Pechersk a la plaza Bessarabska, conocida desde mediados del siglo xix. Su nombre oficial era Klowski Boulevard. El nombre de camino de los Perros viene de que aquí, al borde del barranco, los ladrones y los perros salvajes acechaban ocasionalmente a los peregrinos que iban caminando desde el centro de Kiev hasta el santuario de las Cuevas. Aquí está el hospital Alexándrovski, en cuya morgue yacían los cadáveres que tanto interesaban a Samsón.

6. Calle Naberézhno-Líbedeskaia, 36. Aquí, en la casa del doctor Vatrujin, especialista en enfermedades oculares, es donde se refugió Samsón con la oreja cortada.

7. Parque Alexándrovski. Aquí fueron enterrados los soldados del Ejército Rojo que murieron luchando heroicamente por la revolución y sobre cuyas tumbas pronunció Naiden su discurso.

8. Calle Malo-Dorogoshitskaya. El cirujano Tretner, que tiene una gran influencia en esta historia, trabajó en el Hospital Quirúrgico Judío Iona Záitsev, ubicado en esta calle.

9. Calle Nemétskaia, o calle Alemana. En esta calle vivía el sastre Sivokón, que, sin saberlo, ayudó enormemente a Samsón en sus investigaciones.

10. Calle Dorogoshitskaya. Aquí se encuentra el cementerio de Lukiánovo (ahora parque-museo al aire libre Lukiánovski), cerca del cual Samsón aprendió a disparar en el antiguo campo de tiro de la Sociedad Kievita de Caza.

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Capítulo 1

El sonido del sable cayendo sobre la cabeza de su padre dejó aturdido a Samsón. Con el rabillo del ojo captó el resplandor momentáneo de la hoja brillante y metió el pie en un charco. El brazo izquierdo de su padre, ya muerto, lo empujó hacia un lado y gracias a este empujón el siguiente sable no se desplomó sobre su cabeza pelirroja, pero tampoco pasó de largo: le seccionó la oreja derecha y él la vio caer a la cuneta; le dio tiempo a estirar el brazo, atraparla y estrecharla en el puño. Mientras que su padre, con la cabeza partida en dos, se desplomó en medio del camino. La pezuña herrada de la pata trasera del caballo lo estampó una vez más contra la tierra. Después, el jinete espoleó una vez al caballo y se lanzó camino adelante, donde varias decenas de ciudadanos a la carrera se arrojaban a las cunetas de ambos lados del camino, comprendiendo lo que los esperaba. Detrás de él había otros cinco jinetes.

Pero a estos Samsón ya no los vio. Estaba tumbado en la parte inclinada de la cuneta, con la mano izquierda apoyada en la tierra húmeda y la cabeza echada sobre el puño derecho. Le ardía la herida de la cabeza, le ardía ruidosa y sonoramente, como si alguien estuviera aporreando un riel de acero con un martillo justo encima de ella. La sangre cálida le corría por el pómulo hasta el cuello. Se colaba por el interior de la camisa.

Empezó a llover otra vez. Samsón levantó la cabeza. Miró al camino. Vio el pie de su padre girado, con la suela hacia él. Los botines ingleses con botones azul oscuro lucían nobles, aun pringados de barro. Su padre los había llevado continua y cuidadosamente durante seis años, desde 1914, cuando un vendedor de zapatos de Kreschátik, asustado por el inicio de la guerra, rebajó muchísimo su precio, suponiendo con acierto que un combate no era el mejor momento para vender mercancías a la moda.

No quería ver entero a su padre muerto, con la cabeza abierta. Y precisamente por eso reculó por la cuneta, sin aflojar el puño con la oreja. Encontró el camino, pero no pudo enderezarse. Delgado y encorvado como estaba, se obligó a no darse la vuelta. Dio un par de pasos y tropezó con un cuerpo. Lo rodeó y entonces un ruido terrible se desplomó de nuevo sobre su cabeza y se desató en su interior. El ruido se vertía como estaño incandescente por la oreja seccionada. Presionó el puño contra la herida sangrante, como intentando taponarla y atajar el estruendo que había irrumpido en su cabeza. Y echó a correr. Corría para alejarse, sin más, aunque fuera en la misma dirección de la que había venido con su padre, hacia su Zhiliánskaia familiar. Entre el estruendo y el ruido oyó disparos aislados, pero no se detuvo. Corría dejando atrás a ciudadanos y ciudadanas que, desconcertados, miraban en todas direcciones y no iban a ningún sitio. Cuando sintió que no podía más, que las fuerzas se le agotaban, su mirada se quedó fija en un gran cartel sobre la puerta de un palacete de dos plantas: SANACIÓN DE ENFERMEDADES OCULARES. DOCTOR VATRUJIN N. N.

Se acercó corriendo a la puerta, llevó la mano izquierda al tirador. Cerrado. Llamó con la mano.

—¡Abra! —gritó.

Empezó a golpearla con los puños.

—¿Qué se le ofrece? —De dentro llegó una voz asustadísima de mujer.

—¡Necesito un médico!

—¡Nikolái Nikoláievich hoy no pasa consulta!

—¡Tiene que hacerlo! ¡Está obligado a atenderme! —suplicó Samsón.

—¿Quién es, Tonia? —resonó una voz de barítono alejada y profunda.

—Alguien de la calle —respondió la anciana.

—¡Déjalo entrar!

La puerta se entreabrió. La anciana miró al ensangrentado Samsón por el resquicio, después lo hizo pasar y al instante cerró la puerta con llave y echó dos pestillos.

—¡Ay, Señor! ¿Quién le ha hecho eso?

—Los cosacos. ¿Y el doctor?

—Por aquí.

El doctor, bien afeitado y de pelo cano, desinfectó en silencio la herida, le puso una gasa con un ungüento y le vendó la cabeza.

Samsón, un poco más tranquilo gracias a la calma del ambiente, lo miró con silencioso agradecimiento y abrió el puño derecho.

—¿Y se puede pegar la oreja de alguna manera? —preguntó apenas audible.

—No podría decírselo. —El doctor meneó con pena la cabeza—. Soy especialista en enfermedades oculares. ¿Quién le ha hecho eso?

—No lo sé. —El muchacho encogió los hombros—. Los cosacos.

—¡El desgobierno rojo! —dijo Vatrujin suspirando con pesar.

Se apartó hasta la mesa, rebuscó en el cajón de arriba y sacó una cajita de polvos. Se la tendió al muchacho.

Samsón quitó la tapa: el interior estaba vacío. El doctor arrancó un poco de algodón y lo metió en el fondo de la cajita. El muchacho colocó ahí la oreja, tapó la caja y la ocultó en el bolsillo de parche de la chaqueta estilo militar.

Alzó la vista y miró al doctor.

—Mi padre se ha quedado allí. —Samsón suspiró con pesar—. En el camino. Lo han matado.

El doctor chasqueó la lengua con amargura y sacudió la cabeza.

—¿Acaso se pueden recorrer las calles ahora? —Hizo un gesto amplio con los brazos—. ¿Y qué es lo que pretende?

—No lo sé, hay que recogerlo…

—¿Tiene usted dinero?

—Él sí, en el portamonedas. Íbamos donde el sastre por un traje.

—Venga. —Vatrujin señaló la puerta del pasillo.

Esta vez las calles estaban desiertas. En algún lugar a lo lejos se oían disparos. El cielo se inclinaba aún más sobre la ciudad atragantada por la sangre. Como si tuviera intención de acostarse a pasar la noche sobre sus tejados y sus cementerios.

Cuando llegaron a Nemétskaia, donde a Samsón y a su padre los había sorprendido la gente de Petliura, vieron delante de ellos dos carros y a una decena de hombres. En uno de los carros ya habían subido a varios muertos, pero el padre de Samsón seguía tirado en el borde del camino. Solo que ahora estaba descalzo: alguien le había quitado los botines ingleses abotonados.

Samsón se inclinó sobre el cuerpo, intentando no mirarle la cabeza. Metió la mano debajo de la pechera, palpó el portamonedas en el bolsillo iznterior del abrigo. Tiró para sacarlo. Su volumen lo dejó algo perplejo y sorprendido. Se lo metió en el bolsillo de la chaqueta e, incorporándose, echó un vistazo a los carros.

—¿Necesita transporte? —preguntó el hombre que sujetaba por la brida al caballo del carro vacío.

—Sí —asintió Samsón. Y miró al doctor.

—¿Cuál es la funeraria más cercana? —preguntó el doctor al hombre.

—Vayan a Gladbaj, es lo que pilla más cerca —respondió este—. ¿Tienen dinero? Pero nada de karbóvantsi.[1]

—Tenemos kérenki —dijo el doctor.

—Vale —asintió el hombre—. Los ayudaré a subirlo o se pondrán perdidos.

Samsón miró sus pantalones sucios, su chaqueta sucia, y se agachó junto al cuerpo de su padre al mismo tiempo que el hombre.

El martes 11 de marzo de 1919 se convirtió en el día que borró la vida pasada.

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Capítulo 2

—Le aconsejo que le quite el abrigo —dijo en ruso con acento polaco el dependiente de la funeraria—. ¡No se entierra a nadie con el abrigo puesto! Allá no da calor. Aunque habría que ponerle algo en los pies.

El cuerpo de su padre yacía en un ataúd burdamente ensamblado. La cabeza, cubierta con un cuadrado de seda china color lila, parecía entera. Un trabajador de la funeraria la había vendado para juntar las mitades en que se había dividido el cráneo.

—Pero ¿y esta tabla? —Samsón indicó con la vista un lateral del ataúd, que claramente había sido usado antes.

—Verá, tenemos un aserradero propio cerca de Fástov, pero ahora no hay forma de llegar. Y, si se llega, no se regresa —dijo el dependiente—. Donde no ha habido suficiente madera buena, las han colocado de cercas derribadas… Y hay demasiados clientes, los carpinteros no dan abasto… Puede que su padre hasta haya pasado al lado de esa cerca…

El normalmente desierto cementerio Schekavítskoie, sobre el Dniéper, esta vez soportaba el ruido habitual de una calle. Ni siquiera el graznido de los centenares de cornejas, que habían elegido la copa de un vigoroso roble en el sector de los viejos creyentes, estaba en condiciones de ahogar ese ruido. Este ruido, el llanto y las voces enfadadas pero luctuosas llegaban desde el borde del cementerio, del lado del precipicio. Pero Samsón estaba en el centro, de pie, observaba a los dos hombres que había encontrado el dependiente y que hacían más hondo un agujero estrecho entre tumbas antiguas. De vez en cuando se apartaba un par de pasos para que la tierra parda sacada del agujero no le cayera en las botas.

—¡No se puede seguir! —gritó uno desde el agujero—. ¡Aquí ya hay cajas!

Y, para confirmar sus palabras, golpeó con la pala la madera, que emitió en respuesta un sonido sordo y lastimero.

Samsón echó un vistazo.

—Pero ¿la caja entrará?

—Si se encaja bien, cabe —le respondieron—. Se puede hacer un pelín más pequeña.

A la derecha asomaba el canto oscurecido del ataúd de su madre, enterrada allí mismo cinco años antes. Había seguido los pasos de Vérochka, la hermana pequeña, a la que había contagiado una enfermedad de los pulmones. Y ahora también su padre yacía allí, era el tercero, dejándole a él, a Samsón, sin sitio en la tumba familiar.

La mirada subió hacia la estatua: un árbol de hormigón con las ramas podadas. Con una inscripción grabada: «Kolechko Verusia, Kolechko Zinaída Fiódorovna. Descansad en paz. Tu padre, tu madre y tu hermano».

La inscripción alteró los pensamientos de Samsón.

Los hombres bajaron con cuerdas el ataúd. La parte estrecha, «de peana», se posó con facilidad en el fondo de la tumba; la superior se atascó dos pies más arriba.

Los hombres rebajaron con las palas la tierra parda en el punto más estrecho, y la parte superior del ataúd descendió unos pocos vershkí.[2]

—No va a moverse más. —Meneó la cabeza un aldeano—. Ya se bajará después. Siempre pasa lo mismo. ¡Siempre cae!

Samsón asintió. Y notó que el vendaje se le resbalaba. Buscó a tientas el nudo de la venda encima de la oreja seccionada, lo desató, la colocó y la ató de nuevo.

—¿Le duele? —preguntó compasivo uno de los hombres.

—No, pero no para de molestarme.

—¡Siempre pasa eso! —dijo el hombre, agitando la cabeza sin cubrir con aire de sabio que todo lo comprende. Después, sacó del bolsillo de su cazadora de guata una gorra de cuadros arrugada y se cubrió la cabeza.

Una vez recibida su paga, los hombres se fueron al carro. Samsón se quedó solo. Y entonces el sol asomó por detrás de un nubarrón y bajo sus rayos pareció llegar la calma a todo el cementerio. Las cornejas se callaron. En el lado del precipicio nadie hacía ruido o lloraba. Todo se ocultó y contuvo la respiración. Todo, excepto el viento fresco de marzo.

Las manchas pardas de tierra sobre la nieve antigua endurecida alrededor de la tumba reciente le parecían a Samsón manchas de sangre.

El abrigo de su padre, de buena calidad pero sucio, lo colgó en la mitad izquierda del armario, una vez lavado el cuello y los hombros, que tenían una entretela de guata para proteger del frío; en la mitad derecha estaba la ropa de su madre, también su abrigo corto favorito de piel de zorro gris.

Entró al despacho de su padre. No solía pasar mucho a este cuarto pequeño pero agradable, con una ventana que daba a la calle. En el escritorio su padre observaba el orden alemán. A la derecha, en el borde del tablero, estaba el ábaco, regalo del dueño del negocio donde él había llevado las cuentas hasta su cierre un año antes. Los costados del marco de nogal del ábaco tenían incrustaciones de marfil engastado. Las bolitas para contar también eran de material noble, de hueso de «animal marino», como le gustaba decir a su padre.

A mano izquierda, encima de la mesa, solían estar las carpetas de cartón y cintas con documentos. Pero, cuando el negocio cerró, las carpetas se mudaron al suelo. Su padre no tenía prisa por tirarlas, decía que no era posible vivir sin aire, sin agua y sin comercio; por eso pensaba que el negocio abriría de nuevo, en cuanto «los descontentos estén contentos».

En la pared de la izquierda y en la pared de la derecha había, colgadas en unos clavos, otras tres decenas de ábacos: una colección entera. Antes a Samsón le habían parecido todas iguales, pero, ahora que se había quedado solo y pudo observarlas con atención, vio enseguida la diferencia de formas, de tonos y de colores de las bolitas para contar. En las paredes decoradas con ábacos las pocas fotografías con marcos de madera se veían como algo raro y absurdo. El abuelo y la abuela, su padre y su madre. Él, Samsón, con su hermana Vera, de pequeños, vestidos de marinero.

Samsón se acercó un poco más a la fotografía de él con su hermana. Alargó la mano al ábaco colgado encima.

Lanzó con fuerza la bolita a la izquierda hasta el borde libre de la barra de hierro.

—¡Vera! —dijo con tristeza. Después lanzó al mismo sitio la siguiente y exclamó—: ¡Mamá! —Y, habiendo enviado a continuación una tercera, dijo con voz ya apagada—: ¡Padre!

Después separó ligeramente una cuarta ficha de las que quedaban en la hilera y, con el dedo, la paseó de izquierda a derecha por la barra.

Dejó escapar un hum y se apartó. Se sentó a la mesa de su padre. Tiró del cajón superior izquierdo. Sacó el pasaporte de familia. En la fotografía estaban los cuatro. Fecha de expedición: 13 de febrero de 1913. Su padre lo había formalizado, soñaba con un viaje familiar a Austria-Hungría, a tomar las aguas. Ahora no existía Austria-Hungría ni el Imperio ruso, tampoco su padre. Solo el pasaporte.

Samsón cerró el librito gris, lo dejó en el mismo sitio del que lo había cogido. Y, a su lado, la cajita de polvos con la oreja. Entonces se tocó la sien derecha, se palpó la herida por debajo de la venda. En efecto, le molestaba, pero no le dolía.

Chasqueó los dedos a la altura de la herida y el chasquido le pareció fuerte y sonoro.

«Lo bueno es que todavía oigo», pensó.

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Capítulo 3

Al noveno día desde el asesinato de su padre, Samsón se miró en el espejo, se miró los ojos hundidos, las mejillas sumidas, la venda sucia y deshilachada.

Los días pasaban igual que el agua de lluvia por la cuesta Vladímirski. Ruidosamente, rodando. Samsón no salía a la calle, sino que se asomaba por la ventana del despacho de su padre o por las ventanas de la sala. Las ventanas de su habitación, así como las ventanas de la habitación de su hermana Vérochka y de la de sus padres daban al patio, a las ramas todavía desnudas de un viejo arce. La habitación de Vérochka ahora parecía no existir. La puerta estaba completamente tapada por un aparador. La puerta de la habitación de sus padres Samsón la había «escondido» dos días antes. Ahora se encontraba detrás de un armario desplazado. En esos cuartos cerrados para el mundo ajeno se agazapaba el dolor de las pérdidas. Y así a Samsón se le hizo un poco más fácil pensar en la hermana pequeña y en los padres que habían dejado de existir.

La nieve húmeda sustituyó a la lluvia, el chapoteo de los pies por los charcos quedaba continuamente ahogado bajo el chacoloteo de las herraduras por los adoquines; aunque a veces también irrumpía, como el viento, el ruido de un motor y entonces todo se sumergía en él, aunque no por mucho tiempo.

Después de tomarse un plato de kísel[3] de avena del día anterior, al que se estaba hartando últimamente, Samsón cepilló en el pasillo el barro seco del abrigo de su padre y se lo puso. Volvió a mirarse en el espejo. No, el abrigo no le hacía parecerse a su padre, en cuyo rostro resplandecían la sabiduría y la seguridad, junto con la bondad que siempre había estado presente en la mirada de sus ojos marrones. El abrigo y su sólida importancia sencillamente subrayaban la contradicción entre él y la fisionomía atemorizada y sin afeitar de Samsón.

Escondió el abrigo cepillado en el armario, pero los pensamientos sobre su padre, que lo habían asaltado justamente en el noveno día, exigían algún tipo de acción. ¿Ir a su tumba, al cementerio Schekavítskoie? No, esa idea Samsón se la quitó enseguida de la cabeza. Estaba lejos y era peligroso. Incluso poniendo en fila a lo largo de todo el trayecto a soldados del Ejército Rojo armados con fusiles, sería peligroso. Quién sabe qué se les podía ocurrir o en quién verían de pronto a un enemigo. Porque bien podían creer que él era un enemigo y abrir fuego. ¿Acercarse a la iglesia y poner una vela? Podría hacerlo, claro, pero ni su padre ni él habían sido especialmente devotos. La madre sí que había ido a misa los días de fiesta, pero, de todas formas, le avergonzaba anunciarlo o contarlo.

Samsón cogió el portamonedas de su padre, se sentó un momento en el escritorio, escuchando los sonidos de la calle Zhiliánskaia que le llegaban a través del cristal de la ventana cerrada. Sacó los kérenki y los dumki de mil, los contó. Tres tarjetas de visita, el carnet de la Sociedad Kievita de Caza, un recibo varias veces doblado del sastre con todas las cantidades pagadas por la tela y la confección de un traje y con la confirmación de que las medidas tomadas para hacerlo eran correctas, varios sellos y timbres para el pago de diferentes aranceles y tributos, una fotografía del rostro de su madre recortada…

La víspera, por la tarde, la viuda del portero había llamado a su puerta y le había hecho saber que en el ala de atrás una campesina vendía leche y mantequilla. Tuvo tiempo de salir corriendo ya a oscuras y de comprar media libra de mantequilla y un litro de leche. Y, cuando crujió bajo su pie el escalón inferior de la escalera de madera, precisamente junto a la puerta de la portería, la misma viuda, una mujer de unos cuarenta y cinco años a la que le gustaba llevar en la cabeza pañuelos baratos y nada llamativos, lo invitó a pasar a la cocina. Aquí el olor era terrible y con sustancia, como si alguien hubiera estado horas friendo cebolla. Pero, sin queja alguna, Samsón aceptó la invitación a sentarse a la mesa y a tomar té.

—Pues ahora te has quedado huérfano —dijo ella con lástima y una entonación en parte interrogativa—. ¡No puedes seguir mucho tiempo así! ¡Es malísimo!

—¿Y qué quiere que haga? —preguntó Samsón solo para mantener el interés verbal de ella en juzgar la situación en que se encontraba gracias al destino.

—Casarte —aconsejó ella con firmeza—. El matrimonio ahuyenta la orfandad. Y tendrías solucionada la comida. —Lo miró a la cara con aire crítico. Estaba claro que dicha mirada la habían provocado la falta de afeitado y las mejillas hundidas—. Si tienes suerte con tu mujer, también el sufrimiento cesará…

—Todavía soy joven —dijo Samsón después de pensar un poco—. Es pronto para mí.

—¡Qué va a ser pronto! —replicó ella—. Mírame a mí, yo tenía catorce años cuando me casé.

Samsón se terminó el té, se puso de pie sujetando la botella de leche y el paquetito de mantequilla que tenía en las rodillas. Le dio las gracias a la vecina.

—Si se me ocurre alguien con quien se pueda contar, te aviso —prometió la viuda al despedirse y cerró la puerta.

La leche y la botella con mantequilla estaban ahora en la ventana, en uno de los cristales más cercanos a la calle. Las frías estufas de azulejos pedían leña. Pero a Samsón le parecía que en el aire del piso todavía habitaba el calor de la última vez. Antes de acostarse prendió media brazada de leña en la estufa que calentaba el comedor y el dormitorio. En el despacho de su padre reinaba un frío punzante, claro; aun así, no era la frialdad del invierno en los días en que él y su padre se habían quedado sin nada de leña. Pero, de alguna manera, habían logrado superarlo. Y ya para el final del invierno se encontraron de repente con que alguien había escondido en su sótano una enorme cantidad de leña. Robada, a todas luces. La había escondido y había desaparecido. Así que ahora la casa podía estar calentita. Aunque el sol ya giraba en dirección a la primavera. No había que esperar mucho para el verdadero calor natural.

Cuando se volvió gris tras los cristales y se aproximó la hora del crepúsculo, Samsón se puso el capote del uniforme de estudiante y, echando al bolsillo el recibo del sastre con la indicación de su dirección en la calle Nemétskaia, salió de casa.

La gente caminaba por la calle con precaución e intentaba no mirar a los lados. Como si temiera ver algo desagradable. Al andar, la herida vendada recordaba su existencia. Una vez colocada la venda y atada de nuevo, continuó por el mismo camino que había acabado siendo el último para su padre. Se paró en el lugar donde había muerto, miró la pequeña cuneta, el borde del camino. Recordó cuando había llegado aquí con el doctor. La cabeza le empezó a zumbar, como si la sangre se le hubiera subido a los pensamientos. Y sus pensamientos se hicieron pesados, lentos y con regusto a sangre, como si estuvieran intentando envolverlo a él en esa lentitud y pesadez. Por eso Samsón se marchó de allí con paso decidido, dobló en Nemétskaia y ya solo se paró junto a la casa del sastre. Delante del rótulo SASTRE SIVOKÓN. TRAJES. LEVITAS. FRACS.

En la ventana del taller brillaba una luz no muy intensa. Con mayor intensidad lucía en las dos ventanas de la segunda planta del palacete. Samsón llamó a la puerta con fuerza y se dispuso a esperar.

El sastre, al que Samsón solo había visto un par de veces en toda su vida, entreabrió la puerta y preguntó, sin saludar siquiera: «¿Qué se le ofrece a esta hora tan intempestiva?».

Samsón se identificó, pasó el recibo por la puerta, cuya cadenita era más amplia que un puño, y que no se abrió.

El sastre dejó pasar a Samsón, lo escuchó con atención, asintió varias veces con compasión.

—Es usted más pequeño que su padre —dijo y lanzó un suspiro—. Podría rehacerlo con sus medidas, por supuesto… Solo que ahora no es lo más oportuno. Las manos han empezado a temblarme. Tendría que esperar. Si quiere, puede llevárselo. O puede dejarlo aquí si le da miedo cargar con él por la calle y de noche.

—Me lo llevo —dijo Samsón.

No había oscurecido mucho ni daba tanto miedo cuando emprendió el camino de vuelta. A su encuentro salieron dos chicas cuidadosamente vestidas de oscuro. Oyó con demasiada claridad que una le s

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