1
Este es Darío
Darío tenía diecisiete años y ya estaba harto de afeitarse. «¡Pues no le queda nada!», estarás pensando. Pero él no lo pensaba. Porque Darío era ese chico de diecisiete años que estaba seguro de que, cuando fuera mayor, es decir, cuando llegara a los veinticinco, habría resuelto todas las incomodidades mundanas de su vida y tendría tiempo, dinero y una casa con cancha de baloncesto, gimnasio y piscina donde podría hacer exactamente lo que le apeteciera. Sobre todo, una casa donde no estuviera su madre llamándolo para desayunar por segunda vez en menos de un minuto y poniéndolo de los nervios justo cuando intentaba no cortarse mientras apura el rasurado.
Darío odiaba su cara con barba. Aunque tampoco se rayaba mucho porque sabía que, cuando fuese mayor, habrían inventado algo para no tener que afeitarse nunca más, o al menos no todas las mañanas.
Darío confiaba en el futuro. Y en los avances conseguidos por el ser humano. Por eso estudiaba el bachillerato tecnológico. Desde hace muchos años (dos, en realidad, pero él pensaba que le venía «de toda la vida») sabía que sería ingeniero ambiental. Aunque últimamente se le estaba pasando por la cabeza la idea de meterse en el grado en deporte de la INEF, ya que lo que más le gustaba en ese momento era entrenar.
Darío tenía que bajar a desayunar sí o sí. Porque era la tercera vez que su madre lo llamaba y también porque era su comida favorita del día. No había acabado de afeitarse, pero decidió que era más importante dedicar los pocos minutos que le quedaban antes de salir hacia el instituto a comerse su bol de yogur natural con frutos rojos y su tostada de pan cien por cien integral con dos huevos revueltos.
Darío se había dejado bigote por primera vez en su vida. En un último vistazo frente al espejo le hizo gracia cómo le quedaba y pensó: «¿Por qué no?». Así toman sus decisiones la mayor parte de las veces los adolescentes que han crecido en un entorno seguro y protegido. No le dan demasiadas vueltas, se lanzan a probar cosas nuevas porque saben que sus caídas no duelen tanto y que sus cagadas solo serán una futura anécdota.
Darío respondió que no cuando su madre le preguntó si ahora llevaba bigote para imitar al actor ese tan famoso de la serie que estaba viendo ella en Netflix. Y aprovechó la ocasión para recordarle que claro que quería verla, y que si no lo había hecho todavía era porque entre semana no estaban permitidas las pantallas en esa casa y los fines de semana aprovechaba para entrenar al aire libre y salir con sus amigos, así que no se le ocurría cuándo podría haber sacado tiempo. Respondió su madre que ella se puso un par de capítulos por curiosidad y que la serie le pareció una auténtica tontería.
Se escuchó un portazo en el baño. Era la hermana de Darío. Ni él ni su madre se inmutaron y siguieron con la conversación matutina como si nada. Darío remató su tostada y ella, sabiendo que su hijo se levantaría de la mesa y la próxima palabra que le dirigiría sería «adiós», le recordó que lo dejara todo preparado para el viaje. Darío confirmó que lo tenía todo, que solo le faltaba meter la tablet y el cargador, porque, «si estaban de vacaciones, sí se podía llevar la tablet, ¿no?». Su madre no iba a prohibirles a sus hijos llevar pantallas esta vez porque tenía las mismas ganas que ellos de ir a pasar el puente al campo: ningunas. Ella también tendría que pensar, a lo largo de la mañana, qué metería en su maleta para sobrellevar cuatro días lejos de casa con la única compañía de la naturaleza y su familia.
Darío voceó «¡Adiós!» y se fue al instituto. Allí sus amigos le gastaron seis o siete bromas sobre su nuevo bigote, algo que ya se esperaba, puesto que su manera favorita de relacionarse entre ellos era reírse los unos de los otros. Que sus colegas le dijeran que con ese bigote parecía que acabase de besar el suelo de una peluquería canina no le dolía lo más mínimo. Lo que sí le dolió fue el comentario que le hizo su novia tras darle el primer beso del día: «¡Me encanta! Es como besar a una persona diferente». ¿Cómo? ¿Por qué querría su novia besar a una persona diferente? Darío se mosqueó. Su novia se iba a quedar sola durante el puente. ¿Y si volvía a pensar en besar a otras personas y Darío no estaba junto a ella para disuadirla?
Entonces lo vio claro. El bigote desaparecería en cuanto volviera a casa. Lo de su novia lo había rayado mucho, pero lo que confirmó las sospechas de que se había equivocado dejándose esa franja de pelo sobre el labio superior ocurrió a tercera hora, cuando la profesora de Filosofía utilizó su bigote nuevo como ejemplo para explicar algo que debió decir un tal Epícteto: «No es lo que nos ocurre, sino cómo reaccionamos a ello». Y Darío no reaccionó nada bien cuando se vio convertido en un ejercicio de clase. Fue un rechazo absoluto, ni siquiera un acto de rebeldía. Como una pataleta. Se habría afeitado el bigote allí mismo, en medio del aula, si hubiera tenido las herramientas. Y todo porque a Darío no le caía nada bien esa profesora. Se había reído de ella en privado en numerosas ocasiones y la había llamado de todo. «Hay que estar muy soltera para acabar de profesora de Filosofía», bromeó un día con sus amigos. Ellos le rieron el chiste, aunque uno comentó que se la cruzaba de cuando en cuando en el supermercado y que estaba casada y tenía una hija muy mona.
Durante el recreo, Darío volvió a echar pestes sobre la dichosa asignatura. Iba a estudiársela porque tenía que aprobar todo segundo de bachillerato para acceder a la Universidad, y, además, no se conformaría con un cinco. Pero después de junio no quería volver a saber nada de esa «mierda para idiotas que no saben pensar por sí mismos».
Darío ya estaba más que preparado para «el mejor verano de su vida». Se lo habían dicho sus primos mayores, que nunca volvería a vivir otro verano como el de antes de empezar la universidad: con la tranquilidad de haber cumplido con tu trabajo, la emoción de haber cerrado una etapa y el subidón de haber conseguido entrar en la carrera que querías.
Darío viajaría al extranjero sin su familia, cosa completamente nueva para él. Aunque no sería mayor de edad hasta octubre, sus padres le habían dado permiso para visitar Malta, Italia y Croacia con sus amigos. Lo tenían todo organizado, y en los recreos solían repasar el plan para ir cerrando los últimos cabos sueltos. Hace unos días que el debate más candente giraba en torno a si visitan o no Venecia. Darío creía que era un error, que Venecia en verano estaba demasiado masificada y todo era más caro. «Podemos ir a Venecia otro año, si está ahí al lado», resolvió.
Terminó la última hora de clase y Darío buscó a su novia entre la estampida de alumnos que quieren salir del instituto cuanto antes. Quería despedirse de ella porque pasarían ni más ni menos que cuatro días sin verse. No le podía venir peor tener que salir con su familia precisamente este puente, cuando su novia tenía por primera vez la casa para ella sola. No quería ni pensar lo que podrían haber hecho si «a su padre no se le hubiera ocurrido la brillante idea de alquilar una casa a tomar por el culo». Su novia le besó una y otra vez y le repitió que no se preocupara, que sus padres también estarán fuera varias semanas en agosto.
Al salir, Darío creyó reconocer el coche de sus padres, pero supuso que se había equivocado, ya que no iban a recogerlo desde hace cuatro años por lo menos. Efectivamente, se equivocó al pensar que no eran sus padres. Allí estaban, tocando la bocina y saludando por la ventanilla. «Respondedme a algún mensaje de vez en cuando, que me voy a aburrir muchísimo con estos», rogó Darío a sus amigos.
Darío se subió al coche y se extrañó al ver que su hermana ya estaba sentada también. Su madre lo recibió con un cariñoso «¿Qué tal el día?». La cara de Darío era un poema, así que ella comprendió que necesitaba explicaciones y se las ofreció:
—Tu padre quiere probar un nuevo restaurante ecológico a las afueras de Madrid, así que salimos ya hacia Sanabria.
Darío se asustó al pensar que su equipaje no estaba listo, pero su madre volvió a tranquilizarlo aclarándole que no se había olvidado de meter su tablet y su cargador, y que también había cogido sus auriculares. Su hermana ya llevaba puestos los suyos y canturreaba la canción que estaba escuchando. Todo en orden. Darío se recostó sobre el asiento y se dejó llevar.
Se dio cuenta de que quería quitarse el bigote nada más llegar a casa y se molestó un poco; sabía que su padre querría hacer una foto en el restaurante donde iban a comer y que esa foto sería, para siempre, el recuerdo del día en que Darío se dejó bigote.
El viaje familiar de los Parra Alcalá acababa de comenzar. Era un viaje pensado para alejarse del ruido y el estrés de la ciudad; disfrutar de la verdadera naturaleza, sin hoteles rurales de cinco estrellas; reconectar con sus raíces, y, si podía ser, volver a estrechar lazos entre ellos. Era el último viaje que harían todos juntos antes de que Darío comenzara la universidad, y también el primero que hacían todos juntos desde que sus padres tuvieron la gran crisis. En aquel momento se habló del divorcio, así que su padre estaba especialmente emocionado con esta escapada, porque dentro de sí sentía que sería el último viaje la última antes de que todo cambiara.
Y, curiosamente, estaba en lo cierto.
Yo lo sé porque soy quien narra esta historia y soy omnisciente, lo cual, si recuerdas tus clases de Lengua y Literatura, significa que estoy al tanto de todo. De lo que pasó y de lo que está pasando, de lo que hay dentro de la cabeza de los personajes y de lo que pasará. Y lo que pasará será una tragedia, pero es lo que hay.
Esta es la trágica historia de Darío, un joven encantador que lo tenía todo —familia, amigos, novia, bigote, un futuro prometedor—y que falleció el atardecer del viernes 12 de mayo de 2023, con tan solo diecisiete años.
La tragedia no es que falleciera. Siento ser yo quien te lo diga, pero en el mundo mueren chicos de la edad de Darío cada día. Lo triste es que murió sin entender el valor de lo que tenía. Probablemente porque este es el tipo de cosas sobre las que te hacen reflexionar en clase de Filosofía.
La vida es bastante literal. Lo que pasa es lo que es. Si le damos vueltas es porque no somos capaces de explicar por qué ha pasado lo que es. Pero todo es lo que es. La vida no es irónica. Pero la muerte, a veces, sí lo es.
Y esta es una de esas ocasiones.
2
Estos son los padres de Darío
Te voy a poner al día con el historial de los padres de Darío, que seguro que te has quedado con la curiosidad. Tenemos tiempo hasta que la familia salga de Madrid. Es viernes de puente, así que van a pillar atasco.
Roberto Parra Martínez y Aurora Alcalá Ramos se casaron el 15 de septiembre de 2001, en una ceremonia inolvidable con su posterior fiesta irrepetible a cuya organización Aurora había dedicado unos catorce meses de trabajo. Ella siempre había sido una de esas personas que disfrutan montando eventos y encargándose de todos los detalles; una de esas personas a las que el estrés, en vez de agobiarlas, las hacía sentirse vivas. Para Aurora nada podía compararse a la satisfacción de tenerlo todo bajo control. Aunque en su boda hubo algo que sí se salió del plan.
Cuando el 11 de septiembre de 2001, tras dar su beneplácito para la decoración floral de la capilla donde tendría lugar el enlace, contempló cómo la otra torre era igualmente impactada por un avión, Aurora tembló. Por las personas que trabajaban en esas oficinas, por las que viajaban en ese avión, pero también por las consecuencias que traería un suceso como aquel. Fueron muchos los que pensaron que aquello supondría el inicio de la III Guerra Mundial cuando vieron derrumbarse las Torres Gemelas de Nueva York en cuestión de segundos. Junto a ellas se venía abajo también la confianza que, más o menos, todo Occidente tenía depositada en la superpotencia de Estados Unidos.
Tras los temblores, Aurora sintió un escalofrío. El de pensar que su boda tendría lugar tan solo cuatro días después de que asesinaran a tres mil personas en el atentado. El mundo acababa de cambiar para siempre y ella no podía evitar preguntarse: «¿Cómo será nuestra vida dentro de cuatro días? ¿Tendrá sentido que nos casemos en medio de una guerra? ¿Cuántos aviones más tienen que estrellarse para que yo empiece a cancelarlo todo?».
Le vino a la cabeza su madre. Le había contado mil veces el miedo tan grande que pasó cuando Aurora nació. Estaba embarazada de ocho meses largos y ya no dormía bien. Se encontraba mucho más cómoda en el sillón de la sala de estar que tumbada, así que aquella madrugada se incorporó con mucha dificultad de la cama, con cuidado de no despertar a su marido, y salió de la habitación.
Antes de dejarse caer en el sillón orejero, encendió instintivamente la tele. Entonces pensó: «Estoy tonta, si aún no ha empezado la programación». Pero se equivocaba. Aquellos días, la emisión no paraba a medianoche, como era habitual, para poder informar regularmente del estado de salud de Francisco Franco, que estaba ya más p’allá que p’acá. Durante la madrugada ponían documentales de animales que interrumpían cuando había alguna novedad. Los ruidos de la naturaleza la ayudaron a coger un sueño ligero. Entonces el alboroto de los pingüinos corriendo sobre la nieve cesó de improviso y el silencio la despertó. Franco acababa de fallecer. Y ella tembló.
Tembló porque, al intentar levantarse del sillón para avisar a su marido, notó que sus brazos ya no podían con su peso. Tembló porque llevaba años deseando la muerte del dictador y ahora, que acababan de confirmar su fallecimiento, le había entrado miedo. Miedo al cambio, seguramente. Miedo a las revueltas y al jaleo que se montaría en Madrid. Miedo a que se desencadenase otra guerra.
«¿En qué mundo va a nacer esta criatura? —se preguntaba sin cesar—. ¿Qué va a pasar ahora?».
Comenzaron los dolores, los pinchazos en la parte baja del vientre. No gritó por no poder aguantarlos, sino porque la superó el pánico. Llamó a su marido a voces y él enseguida se despertó. Estaban asustados los dos. Y veinticuatro horas después nació Aurora, pequeñita pero sana. Su madre siempre le decía: «Aurora, tú naciste al día siguiente de la muerte de Franco. Tú fuiste la primera niña libre de esta familia. Tú nos devolviste la esperanza». Incluso pensó en ponerle ese nombre, Esperanza, pero le pareció demasiado antiguo para una niña nueva.
De tanto oír aquella historia, Aurora estaba convencida de que su destino era hacer grandes cosas. Y, más o menos, así había sido. Nació tan libre que se convirtió en artista y, bueno, cosas grandes hizo: la mayoría de sus esculturas la superaban en tamaño.
A Aurora la educaron en el optimismo, y eso tuvo mucho que ver con la decisión que tomó sobre su boda. A pesar de que dudó durante varias horas y no recibió mucha ayuda de su prometido, que se limitó a decir que «hacemos lo que tú veas», la celebración siguió adelante.
Cuando caía la noche del 15 de septiembre de 2001, y mientras tomaba su segunda copa de champán, Aurora le dijo a una amiga: «Nací un día después de que muriera Franco, y siempre he creído que esa circunstancia ha marcado mi vida. Ahora me he casado cuatro días después del atentado de las Torres Gemelas y, aunque no sabemos qué va a pasar en el mundo, algo dentro de mí me dice que junto a Roberto estaré bien».
Aurora y Roberto se casaron por amor. Pero de verdad, no como la mayoría de las parejas que se casan por amor, que usan el amor como la excusa perfecta que disimula la mierda debajo de la alfombra. Aurora y Roberto se casaron convencidos de que estarían juntos hasta que la muerte los separase. Pero esto tampoco salió como Aurora había planeado, porque no los separó la muerte. Los separó una pandemia.
A Roberto le fascinaba Aurora. Y es que en su casa nunca vieron con buenos ojos que el niño, el único hijo de la familia, soñase despierto. La vida era difícil y había que mantener los pies en la tierra, dejarse de tonterías. Había que ser una persona como Dios manda, y, no me preguntéis por qué, al parecer lo que Dios manda es que el hijo te salga abogado.
Roberto nunca había experimentado la ilusión, la pasión o la diversión hasta que conoció a Aurora, la mujer más intrépida que había visto nunca. Así que se casó con ella enseguida y sus padres ni siquiera pusieron muchas pegas. Algunos consejos sí que le dieron, por supuesto; tenían que hacerse notar. Querían que Roberto siguiera pensando, a sus treinta y un años, que aún eran aquellos sabios con los que debía consultar todas sus decisiones vitales. Y, aunque habían tenido muchas conversaciones a solas sobre la cabeza loca de su futura nuera, lo cierto era que les parecía muy interesante que su único hijo se casase con alguien que tenía más dinero y mejor posición social que ellos. Y, en especial, estaban muy contentos de que se casase. Roberto nunca había tenido novias y ya se estaban empezando a temer lo peor.
Roberto no se podría haber imaginado jamás que aquello de lo que hablaban las siete u ocho películas que había visto en toda su vida adulta fuera cierto: el amor existía y él lo había conseguido a la primera. Cada día que pasó junto a Aurora se sintió afortunado. La admiró desde el primer momento en que la conoció y, después, se sorprendió con ella cada día. Tenía mil historias que contar sobre lo creativa que era su mujer a la hora de buscar soluciones para los problemas que iban surgiendo.
Sin embargo, ninguna de aquellas ocurrencias lo sorprendió tanto como la del día en que juntos escucharon al presidente del Gobierno declarando el estado de alarma en todo el territorio nacional. Durante su vigencia, explicaba, nadie saldría de casa salvo en contadas excepciones. Él ya no tendría que ir al despacho el lunes siguiente, ni sus hijos al instituto.
Roberto tembló en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pasando. Tembló ante una amenaza invisible que ya podía haber entrado en su hogar. Tembló preocupado por sus padres, que tendrían que pasar aquella horrible situación separados —su padre llevaba más de un año viviendo en una residencia, ya que precisaba de atención continuada, y su madre había preferido quedarse en casa mientras pudiera valerse por sí misma—. Tembló mientras se culpaba por haber permitido que su madre se quedase sola al tiempo que se preguntaba: «Pero ¿quién podría haberse imaginado esto?». Nadie estaba preparado para una pandemia y un confinamiento. Sin embargo, el presidente, aunque había tardado en reaccionar, buscó soluciones. Y Aurora reaccionó también y comenzó a organizarlo todo.
Su familia tenía un plan, y Roberto dejó de temblar porque confiaba en su mujer. La sorpresa que le dio ella esta vez fue mayúscula cuando la vio convertirse en alguien que jamás hubiera imaginado: su padre.
Por primera vez, en aquella casa hubo normas estrictas. Afrontaron el encierro con rutina y trabajo en equipo. ¿Lo primero? Preparar la cena, que se había hecho la hora. Al día siguiente entre todos limpiaron y desinfectaron a fondo la casa, ante el temor de que el virus ya estuviera dentro. Cada día, al levantarse, se ponían el termómetro; habían acordado que si alguno de ellos superaba los treinta y siete grados, se encerraría inmediatamente en el dormitorio principal, que tenía baño propio. La hora de despertarse seguía siendo la de siempre para no perder las costumbres. Convinieron asimismo que era bueno mantener la actividad —tanto física como intelectual— durante el día y así luego no tener problemas para dormir por la noche. Darío fue el elegido para salir a hacer la compra.
Cuando Aurora asignó la tarea de conseguir alimento para la familia a su hijo, Roberto experimentó dos sensaciones inesperadas: la primera fue una pequeña puñalada en su orgullo. Él era el padre, él debería arriesgarse por los demás. La segunda fue de cierto alivio: prefería no salir de casa, tenía miedo del coronavirus.
Tiempo después supo que todos habían tenido miedo. ¡Por supuesto! ¿Cómo no iban a tenerlo? Pero el resto de su familia se adaptó a las novedades con tanta facilidad que él creyó que había sido el único superado por las circunstancias.
Su hija ya se pasaba las tardes encerrada en su cuarto escuchando música y viendo vídeos antes de que la pandemia llegase. Darío empezó a entrenar con su madre en casa mientras él los escuchaba reírse y celebrar sus objetivos desde la pequeña habitación donde había montado su nuevo despacho. Parecían llevarlo bien, pero Roberto… hasta sentía vergüenza de contarle a su familia que estaba pasándolo mal.
Y, visto con perspectiva, seguramente fue aquello lo que provocó que su relación con Aurora se deteriorase. Roberto dejó de hablar con su mujer. Quiero decir, sí que hablaban, pero ya no se contaban las cosas.
Para no tener que hablar, se refugió en su trabajo. Es cierto que su empresa aumentó la presión y la exigencia considerablemente. También es cierto que Roberto podía haberse plantado en algún momento. Ni siquiera cuando su padre falleció, solo, en la residencia, se tomó un día libre. ¿Para qué lo iba a pedir? ¿Para tener más tiempo para pensar en que su padre se había contagiado del virus en un lugar al que, en teoría, lo habían llevado para que estuviera mejor? ¿Para darle vueltas a la idea de que no iba a poder celebrar el funeral? ¿Para escuchar a su madre desahogarse por teléfono? También de eso se encargó Aurora.
Hace tiempo una enfermera contó algo que se me quedó grabado a fuego. Cuando se sabe que la muerte está próxima, como le ocurre a muchas de las personas que ingresan en su área, se suele reaccionar más o menos de la misma forma: primero hay una fase de rabia y arrepentimiento; después otra de aceptación y tranquilidad. La rabia aparece, principalmente, porque nadie se quiere morir y jode bastante hacerse a la idea de que se acabó lo que se daba. El arrepentimiento llega cuando empiezan a repasar su vida, sabiendo que hasta aquí hemos llegado. Algunos pacientes le confesaron que no les dedicaron suficiente tiempo a sus familias, que nunca les dijeron a sus padres que los querían, que de nada les sirvió estar diez años sin hablarse con su hermana, que se podían haber ahorrado mucho sufrimiento si hubieran aceptado a sus hijos, que tenían que haber viajado más, o menos, para así estar más tiempo en casa. Que tenían que haber trabajado menos y gastar más dinero, ¿para qué querían el dinero ahora?
Es una pena que solo se entienda qué es lo que de verdad importa ante la certeza de la muerte. Y lo que de verdad importa no es vivir. Si lo importante fuera estar vivos los pacientes que saben que van a morir no alcanzarían esa paz que tan extraña resulta a los que ven la muerte como algo muy lejano. Lo realmente valioso es haberlo pasado de puta madre junto a los seres queridos, ya sean tu familia, tus amigos, tus parejas o tus mascotas.
Si ahora mismo te confirmasen que fallecerás en las próximas horas, ¿morirías satisfecho? ¿Te irías al otro barrio sabiendo que has hecho lo que has querido, aunque tu vida haya sido más corta? ¿O te torturaría reconocer que has malgastado tu tiempo, que pudiste no quedarte de brazos cruzados, que tenías que haber dicho lo que pensabas, haber hecho lo que querías, o que tenías que haber dado un golpe en la mesa y decir «hasta aquí»?
Ni Roberto ni Aurora se habían parado a pensar nunca en esto porque nadie les avisó, cuando estaban recogiendo a sus hijos del instituto, de que morirían esa misma tarde. Pero tengo la certeza de que, si lo hubieran sabido, habrían hablado, sin dar gritos, sin faltas de respeto, sin reproches, sin lágrimas, y habrían arreglado los problemas que comenzaron cuando llegó la pandemia. Porque lo más importante para Roberto era Aurora, y lo más importante para Aurora era su familia, y quería que Roberto siguiera formando parte de ella, incluso cuando ya no fuera su marido.
3
Esta es la hermana de Darío
La familia se sentó a la mesa media hora
