
–Vale. —Trago saliva y me agarro con ambas manos al bote salvavidas—. En un documental vi que, en casos como este, lo más importante es mantener la calma.
—Arta, sé que tu intención es tranquilizarnos, pero todos sabemos que tú no has visto un documental en tu vida. —Vaya. Alma me tiene calado.
Sonrío y espero a que los demás me copien el gesto, pero no tengo éxito.
Tampoco puedo culparlos, Máximo Squad, ya que, si repaso por encima nuestra situación, resulta que:
• Estamos en un bote en medio del mar.
• No tenemos ni idea de dónde nos encontramos.
• No disponemos de comida ni de bebida.
• Charlie ha desaparecido.
Esto último es lo más preocupante, claro. ¿Cómo ha podido pasar? ¡Juraría que estábamos todos en la barca! Podemos soportar una invasión mocosiana, el ataque de un monstruo de lava…, ¡pero siempre que estemos juntos para afrontarlo!
Gritamos a la vez, haciendo altavoz con nuestras manos.
Lo llamamos hasta casi quedarnos afónicos. No conseguimos respuesta. Cuando nos callamos, no se oye nada. Ni un pájaro, ni una ola. Son tales el silencio y la calma que hasta sentimos un poco de miedo.
La situación empeora porque nos damos cuenta de que:
• No sabemos cómo comunicarnos con nadie.
• Estamos totalmente desorientados.
• Alma tiene muy muy mala cara.
No sé si será por todo este tiempo sin comer ni beber, o si se habrá mareado en esta barquichuela… O si será algo más.
—Alma, ¿estás bien? Tienes la cara blanca y estás sudando.
—Ya se me pasará. —Baja la mirada mientras siente un escalofrío—. A lo mejor me ha dado demasiado el sol.
—Tenemos que pensar algo, Arta —interviene Enzo—. ¡Aquí somos un blanco fácil para monstruos de lava, buitres hambrientos o tiburones! ¡Y yo soy demasiado joven y guapo! —Me coge de la camiseta—. ¡Tengo tanta vida por delante! ¡Tantos sabores de pizza por probar!
—¿No crees que exageras? Casi has probado todos los sabo…
—Y, además —me corta Pablo—, en estas aguas no viven tiburones. Hacedme caso.
—¿Cómo lo sabes?
—Hay chavales a los que les flipan los dinosaurios. O los perros. Pues lo que a mí me alucina son los tiburones. —Señala con los dedos pulgares hacia él—. Soy un friki de los escualos.
—¿De los escualos? ¿Y esos cuálos son? —Le doy una palmadita en el hombro y me río.
—Lo de friki ya nos había quedado claro. —Alma continúa la broma.
Esta vez todos soltamos una carcajada y pienso que ojalá estuviéramos así siempre. Escuchando el sonido de nuestras risas, sin nada que nos moleste y mucho menos el ruido de un motor en la distancia.
—¡Chicos! ¡Parad un momento! —Me pongo el dedo índice sobre los labios y con la otra mano pido que bajen el volumen—. ¿Oís eso?
—¿Es un barco? —Pablo intenta adivinar de dónde viene el sonido—. ¿Una lancha salvavidas?
—¿Han venido a por nosotros? ¿Saben que estamos perdidos?
—No lo creo, no parece que vengan directos hacia aquí. Tenemos que gritar y hacer señas, no sea que pasen de largo.
Enzo y yo nos ponemos de pie en la barca y agitamos los brazos. Pablo sigue nuestro ejemplo, se quita la camiseta y la mueve a modo de bandera. ¡Parece que funciona! La embarcación ha modificado su rumbo y, tras un pequeño giro, se dirige hacia nuestra posición. ¡Por fin nos cambia la suerte! Cada vez vemos a los rescatadores con mayor claridad. No es una lancha de socorro marítimo, sino una pequeña barca a motor. Cuando se pone a nuestra altura, nos fijamos en que conocemos a la persona que está al timón. Más o menos. Lo que es seguro es que él no nos conoce a nosotros, así que se presenta:
—Hola, chicos. Soy Julián. ¿Estáis bien? ¿Necesitáis ayuda?
Nos quedamos de piedra. Sabemos quién es, claro, porque lo conocimos en otra dimensión. Este tiene su cara, su barba, su voz… Pero es diferente. Es muy ¿majete?
—¿Es…, es él? —susurra Alma.
—Sssí. —Arrastro la primera letra—. Esto es muy raro.
Enzo le cuenta nuestra situación y él asiente con una paciencia infinita. Parece que se entera de todo, pero no sé cómo lo hace porque mi colega habla tan rápido que parece un audio a doble velocidad.
—¡… Y buscamos a Charlie! ¡Lo hemos llamado a gritos y no sabemos nada de él! ¡Igual está flotando por ahí, agarrado a una tabla, o sujeto a una boya, o…!
—Julián, ¿has visto a un muchacho
