La página rasgada

Nieves Hidalgo

Fragmento

Créditos

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Edición en formato digital: junio de 2024

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© 2024, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

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NOTA DE LA AUTORA

Para salvaguardar la intimidad de algunos personajes que aún se mantienen entre nosotros, he optado por dotarles de nueva identidad.

A Emilia, de cuyo coraje

cualquier mujer haría gala

A todos aquellos que me abrieron

su alma para hacerme partícipe de su historia

En especial, a quienes les tocó

vivir ese tiempo

Índice

Prólogo

Con paso decidido y el soniquete perpetuo de su muleta, cruzó la calle obviando, como hacía siempre, el claxon de algún que otro vehículo, el chirrido de neumáticos frenando y los exabruptos con que le obsequiaban desde las ventanillas de los coches, y entró en la droguería de Germán, a la que acudía con regularidad.

El dueño, un hombretón de los que a ella le gustaban, moreno y robusto, y al que la bata azul le sentaba como un guante, la atendió con presteza; los tiempos que corrían no eran buenos, siempre traía cuenta hacer la rosca a una honesta pagadora como mi abuela y a la clienta que había en la tienda ya le daba cumplimiento su chaval que, si Dios no lo remediaba, acabaría haciéndose cargo del negocio, por más que de soltura estuviera bastante limitado.

—Buenos días, señora Emilia. ¿Cómo nos encontramos hoy?

—¿Qué adónde voy? No, hijo, hoy no salgo, que tiene pinta de caer chuzos de punta. Anda, que tengo prisa. Dame jabón para la cara. ¡Y papel para el culo! —le gritó, viéndole perderse tras la cortina de la trastienda.

La señora que esperaba respingó y le echó una ojeada desdeñosa por encima del hombro.

—¡Por Dios! ¡Qué ordinariez!

Emilia estaba sorda como una tapia, pero interpretaba divinamente las miradas de la gente y los movimientos de los labios. Muy ufana, colocó su brazo izquierdo en jarras, se apoyó aún más si cabía en la muleta, elevó el mentón y le espetó:

—¿Qué pasa? ¿Usted no usa los rollos? ¿Con qué se limpia entonces el culo, con el Arriba?

A cierto tipo de mujer de la posguerra, educada con el Cara al sol, el brazo en alto y la misa del domingo, tenía que sorprender tan lenguaraz comentario, pero una andanada al diario del Movimiento socavaba los pilares de la convivencia, era un ultraje que ninguna dama de bien debería tolerar.

Pero así era la abuela: una mujer que no se callaba ni debajo del agua y para quien el resto del mundo no era sino un patio en el que disputar el poco espacio que le correspondía. Le importaba un comino la opinión de la gente y decía lo que se le venía a la boca.

Tenía razones poderosísimas para pensar así. Nunca le regalaron nada y se aupó desde la desgracia a fuerza de un tesón y un coraje que acabaron por hacer de ella un personaje sin escrúpulos. Fue una luchadora, una superviviente que no despreció ni una oportunidad para mantenerse erguida como el junco después de la tormenta, a pesar de que sus avatares personales la doblegaban una y otra vez. Nadie, que yo recuerde, consiguió someter su espíritu rebelde. Como ella misma solía recordar:

—Se trata de sobrevivir y punto.

1

Emilia nació en el otoño de 1892, cuando España celebraba el IV aniversario del descubrimiento de América, en un Madrid de coches de caballos, chulapas y verbenas.

Vino al mundo en el seno de una familia acomodada. Sus hermanos mayores dispusieron de niñera y ella no podía ser menos. Para sus padres supuso una alegría porque, en esa época, dar a luz hijos era signo inequívoco de que la mujer exudaba fertilidad y el hombre buenos espermatozoides. Por otro lado, se debía criar tantos como Dios enviase, hubiera o no para alimentarlos, para darles formación o proporcionarles la suficiente atención. Claro que éste no era el caso de los Larrieta.

Pero el júbilo por su nacimiento no fue compartido por todos. La más pequeña de la familia, hasta entonces princesa de la casa, su hermana Federica, tomó su llegada como una ofensa personal, como una traición de sus progenitores y, sintiéndose destronada por un bulto llorón que sólo berreaba, manchaba los pañales y acaparaba la atención y el tiempo de sus padres, empezó a alimentar una inquina feroz hacia el nuevo miembro del hogar.

—Federica, cuida de tu hermana mientras atiendo a doña Concha —le pedía Isabel, su madre, intentando otorgar a la pequeña cierta responsabilidad por ver si se le iban los celos.

—Sí, madre.

A pasitos cortos, la niña se colocaba junto a la cuna de su hermana con una sonrisa, se acomodaba en una silla y tomaba el sonajero de hojalata. Mientras Isabel le echaba un ojo y atendía a la vez a la vecina, Federica era todo amor, todo risitas ante los gorjeos de la pequeña. Pero al menor descuido, atizaba con el sonajero a Emilia que rompía a llorar a pleno pulmón, porque pulmones tenía la chiquita y de primera clase.

Isabel regresaba a la carrera dejando a la vecina con la palabra en la boca.

—Llora, madre —avisaba compungida Federica, con cara de no haber roto un plato—. ¿Tiene pupa?

—No, cariño, no. Es que es pequeñita y los bebés lloran por cualquier cosa. Anda, sal a jugar un rato, pero con cuidado.

Federica se acompañaba entonces de la muñeca con cabeza de porcelana que su padre le había traído de Valencia, un regalo muy especial —la mayoría de las niñas jugaban con monigotes de trapo—, la dejaba caer en el cochecito de mimbre y hierro, la arropaba de malos modos y salía a la puerta de la casa. Allí se sentaba, callada y mohína, y arrullaba el coche pero con vaivenes cada vez más fuertes, más enrabietados, preguntándose qué había hecho ella mal. Jugar con la muñeca le importaba un comino cuando lo que deseaba era volver adentro y hacer callar de una vez por todas a Emilia. Disfrutaba pegándola cuando nadie se daba cuenta y aprovechaba cualquier oportunidad para dar rienda suelta a la frustración que sentía. Pero unas veces porque no podía burlar a la niñera, otras porque su madre no quitaba ojo a su hermana, el caso es que esas ocasiones no abundaban.

Se le fue haciendo insoportable el sonido desagradable del llanto de la meona que le había arrebatado los mohínes que le dispensaban a ella. Con cada gimoteo, con cada susurro de la voz de su madre intentando calmarla, crecía el odio de Federica.

Porque para ella, prescindir de la atención de su madre apenas suponía nada, pero sentirse relegada por su padre, al que adoraba, aunque no lo veía demasiado porque se pasaba el día trabajando o viajando, sí lo era. No podía entender que él, que desde que podía recordar, la alzaba en brazos en cuanto aparecía por la puerta, prefiriera ahora reírse con las tonterías y gorgoritos de la pequeña que, además, olía a leche agria o a porquería.

—Padre, pero si Emi no habla —se quejaba una y otra vez, obteniendo siempre una caricia que la revolvía el pelo y que parecía ser la única respuesta que su padre podía darle.

Ananías Larrieta adoraba a su hija y al escucharla, seguramente intuía sus celos. A pesar del cansancio con que llegaba procuraba dedicarle algo de tiempo antes de mandarla a la cama; poca cosa, la verdad, eso quedaba para Isabel. Pero amaba a todos sus hijos por igual. La pequeña Emilia le tenía sorbido el seso y Federica era una presumida de cabello negro y rizado y ojos grandes por la que sentía debilidad; los mayores, Domingo y Oliverio, de seis y siete años, eran su orgullo, unos chicos despiertos que perpetuarían su apellido y que, en pocos años, deberían hacerse cargo del próspero negocio familiar: una casa de pompas fúnebres.

Gracias al negocio vivían con holgura y disfrutaban de comodidades que la mayoría ni podía soñar. No era ese trabajo santo de la devoción de Isabel y, por descontado, ella jamás se pasó por allí.

—Mira, Maribel —decía él cuando sacaba el tema—. Mi abuelo y luego mi padre nos lo legaron y yo tengo la obligación de dejárselo a nuestros hijos.

—Podrías dedicarte a otra cosa —le argumentaba—. Me provoca escalofríos pensar que estás todo el día entre cajas de muerto.

A eso, Ananías sólo podía contestar con su risa franca. Abrazaba a su esposa y bajando la voz para que los chicos no pudieran oírlos, murmuraba:

—Pero yo no lo estoy, paloma mía.

Ella se sonrojaba y palmeaba el brazo que abarcaba su cintura o la mano que buceaba por rincones prohibidos.

—No son horas, los críos están despiertos y esas cosas deben quedar para la intimidad del dormitorio.

Así lo dictaba la moral, así se lo dijo su madre y, lo que era más importante, así lo ordenaba la Santa Madre Iglesia. De modo que Ananías se quedaba con las ganas un día sí y otro también. Ahogaba un suspiro, se retrepaba en su butaca y abría El Imparcial para echar un vistazo antes de la hora de la cena. Pero rara vez conseguía leer un artículo completo porque sus ojos se desviaban a cada instante hacia Isabel. No era muy alta, pero tenía ampulosas caderas que habían cobijado a cuatro hijos sanos y fuertes. Y pechugona, como a él le gustaba. De cabello oscuro recogido en un severo moño que a él le encantaba deshacer y ver cómo le caía sobre el rostro, las mejillas sonrosadas, los ojos grandes, los labios carnosos... Ya no era la jovencita que había conocido, pero seguía siendo hermosa y él continuaba enamorado.

La vida hubiera transcurrido plácidamente si la desgracia no se hubiera cebado en ellos. Pero el destino es así de cruel e inmisericorde cuando se desboca sin freno.

Cinco años tenía Federica y con esa edad enloqueció. No se tenía noticias de antecedentes ni en la familia de Isabel ni en la de Ananías. Cavilaban si habría enfermado a causa del nacimiento de Emilia, incapaz de sobreponerse a unos celos enfermizos que la quitaban las ganas de comer y reír. Era apenas una criatura abrazada a un desvarío que ya no la soltó. El caso fue que una tarde lluviosa, entretenidas su madre y la nana estirando por la vivienda la ropa que colgaba secándose al calor de los braseros, el pequeño cerebro de Federica se desbordó. Decidida, se acercó a la caja de costura de su madre y tomó las tijeras. Luego, con toda la audacia de su propia enajenación, se fue directa a la habitación donde dormía Emilia.

Federica falló en su primer intento procurándole apenas un corte en uno de sus bracitos; suficiente, sin embargo, para que los chillidos de la pequeña alertaran a las dos mujeres que salieron a la carrera hacia el cuarto. Llegaron justo a tiempo de evitar una tragedia y consiguieron llevarse de allí a Federica que, echando espuma por la boca, daba patadas y mordiscos como si estuviera poseída.

Ananías se enteró de lo sucedido cuando regresó, después de haber ejercido su derecho al voto aquel 5 de marzo de 1893. Habían sido convocadas Elecciones Generales, y él, como cualquier ciudadano varón mayor de veinticinco años, decidió pasar por las urnas. No era devoto de la monarquía y, para ser sinceros, como solía comentar a su mujer, María Cristina de Habsburgo-Lorena, regente durante la minoría de edad de Alfonso XIII, le importaba un ardite. Pero se atenía a las normas.

Federica murió de un derrame cerebral pocos días después, sumiendo a la familia en la amargura y el desconsuelo.

Isabel, rota por el dolor, tardó meses en recuperarse y su entorno creía que no saldría de la depresión en que cayó al perder a su pequeña. De poco servían las visitas de familiares y amigos, para ella el mundo se había venido abajo. Vistió de luto riguroso y se encerró en sí misma, olvidándose de todos y pasando las horas arrodillada en la iglesia de su parroquia o en el reclinatorio de su habitación. Pero no rezaba, sino que recriminaba. ¿Cómo podía rezar a un Dios que la había arrebatado a su niña? Su fe se desmoronaba y, en su lugar, fue anidando la indiferencia hacia todo aquello que hasta entonces considerara sagrado.

Tampoco Ananías se recobró de semejante golpe. Aparentemente, cargaba con la fuerza de ánimo suficiente para echar sobre sus espaldas aquella muerte, el cuidado de la familia y la convalecencia de una esposa que lo miraba ya como si no quisiera verlo, como si arrojara sobre él la culpa de su vacío. Pero era sólo fachada. La pérdida de Federica le estaba destrozando por dentro y secando sus energías, y también él empezó a olvidarse del sagrado deber de cuidar de sus hijos.

Cada vez pasaba más tiempo en la tienda de pompas fúnebres, hasta el punto de no regresar a dormir al domicilio familiar. Quienes le conocían afirmaban haberle visto vagar por el negocio como un alma en pena, acariciando los féretros blancos y pequeños, iguales al que había elegido para enterrar a Federica.

—Deberías estar más tiempo en casa —le censuró una noche Isabel—. Tus hijos te echan de menos.

—Cuando cuadre. No me salen las cuentas de la tienda.

Isabel sabía de la destreza de su marido para las matemáticas y se extrañó de tan parco comentario. Poco a poco su dolor se había ido mitigando y aunque su corazón seguía sangrando por la herida de su hijita muerta, había ido aceptando que no podía cambiar el destino y que su familia necesitaba de nuevo su atención. Se había distanciado de todos, y sobre todo de su esposo. Era consciente de lo taciturno y perdido que se encontraba, tan distinto al hombre del que se enamoró que apenas le reconocía. Pasó su mano por el cabello oscuro y se agachó para besarle en la coronilla.

—Yo te ayudo, si quieres. —Tampoco para ella eran ajenos los números—. Trae los libros a casa.

Ananías la miró y ella sufrió un sobresalto. Vio sus ojos vacíos, sus cuencas hundidas, y se le encogió el alma. Pero él asintió, se levantó y se marchó a la cama sin una palabra más.

El descuadre que corroía a Ananías eran dos céntimos. Solamente dos céntimos. Isabel no daba crédito a la obsesión de su marido por una cifra tan poco significativa. ¿Qué importancia tenía una cantidad tan reducida? Aun así, repasó una y otra vez las largas filas de números. Se dio por vencida. Alguna partida no debía haber sido bien anotada en el libro de contabilidad, y así se lo hizo saber a su marido.

—Pues tiene que cuadrar —persistía él, empecinado.

Durante días enteros, Larrieta no hizo otra cosa que sumar febrilmente, revisar facturas, borrar y volver a anotar. Su mirada se hacía cada vez más extraviada, más ausente. Isabel empezó a preocuparse de veras y pidió consejo al médico de la familia, que se entrevistó con su marido. Cuando salió de la salita que Ananías utilizaba a veces como despacho, el gesto del doctor era muy serio y evitaba mirar directamente a Isabel.

—¿Le ha recomendado descanso, don Francisco? Yo creo que es lo que le hace falta, está obsesionado.

—No es cuestión de cansancio, Isabel —repuso el facultativo, ajustando las correas de su maletín—. Yo no puedo hacer mucho por tu marido, sólo soy un médico de cabecera. Si quieres seguir mi consejo...

—Lo que sea, doctor.

Francisco Guerra carraspeó y se ajustó la corbata negra que no le abandonaba en señal de luto por su esposa fallecida. Era un hombre grueso, de mejillas sonrosadas, poblado bigote con guías hacia arriba y expresión vivaz; pero en ese momento su rostro se mostraba ceniciento, esquiva su mirada.

—Conozco a un psiquiatra, colega y amigo mío, que...

—¿Psiquiatra?

—Ananías necesita ayuda, Isabel. Creo que se está volviendo loco.

Ella dio un paso atrás, con la cara blanca como la cera, y no pudo pronunciar palabra. ¿Perturbado? ¿Su marido perturbado? Imposible, se dijo negándose a aceptar el dictamen del médico con desesperación. A fin de cuentas, ¿qué podía saber un matasanos de enfermedades mentales, cuando no era más que lo que él mismo decía, un simple médico de cabecera? Impactada y rabiosa a partes iguales, le echó de allí con cajas destempladas. Vio que partía calle abajo, bajo la llovizna, y lo maldijo.

Vana actitud de la que hubo de abjurar no mucho después constatando que, en efecto, su esposo necesitaba ayuda.

Ananías apenas hablaba, no salía de casa, se desentendió del negocio dejando todo en manos de su hombre de confianza, Fulgencio Díez, alguien que ella rechazaba, de nula sintonía personal. Isabel le consideraba mezquino, sin decisión, siempre a la sombra de su marido. De elevada estatura, extremadamente delgado, demacrado, de ojos oscuros y hundidos y calva incipiente que intentaba disimular peinando sus ralos cabellos hacia un lado. De manos largas y huesudas, que no paraba de frotarse y mirada lasciva, que acrecentaba el recelo de Isabel. Eso sí, reconocía que era el tipo ideal para publicitar un producto con un tinte morboso como el que vendían. Porque ¿quién mejor que una figura cadavérica para vender ataúdes?

Era por tanto una situación inaplazable y había que afrontarla.

El psiquiatra que trató a Ananías Larrieta dictaminó que debía ser ingresado en un centro especializado sin demora.

Isabel se rebelaba contra lo que estaba pasando. Trató de ser fuerte, de enfrentarse a una verdad que la sobrepasaba. El mundo no podía ser tan cruel con ella, se decía una y otra vez. No podía haberle arrebatado a su hija y ahora a su marido, el soporte en el que siempre se había apoyado.

—Tenemos que acatar los designios del Altísimo, hija mía, porque Él sabe, mejor que nadie, lo que es bueno para nosotros —la animaba una tarde el sacerdote de la parroquia al que la niñera había llevado a merendar por ver si consolaba a su señora.

—¿Lo que está pasando es bueno para mí y para mis hijos? —rehusó ella—. ¿La muerte de una criatura y el desvarío de mi esposo, es lo mejor? —Su mirada mustia había perdido el brillo de antaño, tenía los ojos hundidos, su aspecto desaliñado gritaba al mundo que estaba al borde de caer, también ella, en el foso del abandono—. ¡Qué sabrá usted!

—Siempre fuiste buena feligresa, Isabel —exhortaba el sacerdote, un sujeto bajo y rechoncho de hirsuta cabellera, mientras iba y venía de las galletas al vino dulce—. No debes olvidar lo que te enseñaron desde niña. Debes someterte a la voluntad de Dios, hija. Rezar mucho. Y seguir haciendo obras de caridad, sobre todo obras de caridad.

—¿Y yo? ¿A quién puedo pedir ayuda, padre? ¿A quién se la pueden pedir mis hijos?

—Dios proveerá, hija. Dios proveerá.

Isabel lo miraba comer y beber y se mordía la lengua. Aún pugnaban en ella los posos de sus creencias religiosas, pero todo cuanto la habían enseñado sobre la fe le parecían ahora frases huecas y sin sentido. Sí, claro, recordaba la historia del santo Job, que lo soportaba todo y seguía bendiciendo a Dios. Pero ella no era santa, sólo era una mujer destrozada a la que la vida le había asestado dos puñaladas consecutivas y que, herida como un jabalí al acecho del cazador, se revolvía furiosa, presta a embestir, aunque fuera tragándose sus lágrimas.

—Te prohíbo que vuelvas a traer a esta casa a semejante botarate —ordenó a la criada cuando el cura se hubo marchado—. ¿Me has entendido, Josefina?

—Pero, señora, él... —protestó la criada, santiguándose ante una salida de tono que envilecía la figura de un pastor de la Iglesia.

—Él sólo sirve para regalar palabras vacías de contenido —zanjó—. Y para pedir, siempre para pedir. Si vuelve a aparecer por aquí, tú y él saldréis a patadas. Ya tengo suficientes problemas.

Josefina se perdió de inmediato en los pasillos de la casa, en busca de la pequeña Emilia, la única que, a su corta edad, era ajena a la lenta pero inexorable decadencia de la familia. La pobre mujer se refugió en la niña haciéndola el centro de sus cuidados. Quería a los Larrieta porque constituían su mundo desde que enviudó, pero a los dos chicos no les había criado ella y apenas los veía excepto cuando salían del internado, y Federica había sido una chiquilla malcriada que nunca le demostró apego; Emilia era, sin embargo, una criatura vivaz y despierta que se pasaba el día riendo y apenas daba qué hacer, la hija que nunca pudo tener.

Las consultas médicas, el tratamiento de Ananías y los gastos ocasionados por el internamiento en una clínica privada, minaban la pequeña fortuna paso a paso. A lo que hubo que sumar la mala gestión en el negocio de Fulgencio Díez.

Una tarde de invierno, próximos a Navidad, cuando los chicos estaban de vacaciones en casa y todos se encontraban reunidos alrededor del brasero del salón, llegó la estocada definitiva para los Larrieta: una orden de embargo.

Isabel pretendió entonces hacerse cargo de la tienda, buscó el modo de pagar a los acreedores desprendiéndose de todo cuanto no fuera de necesidad absoluta, tanto de la casa como del local, incluso subastando los féretros del almacén, todos de primera calidad. Pero fue inútil. Fulgencio había desaparecido con una buena suma de dinero dejando un rastro fatal de facturas por pagar. Estaban en la ruina más absoluta y la única solución pasaba por el embargo del negocio y, lo que era peor, de la casa.

Isabel sólo conservó las pocas joyas que su esposo le había ido regalando en sus aniversarios de boda y tras el nacimiento de los niños. Una mísera fortuna que fue malvendiendo para salir adelante. Todo se vino abajo. Absolutamente todo. Los chicos tuvieron que abandonar el internado, Josefina tuvo que buscarse otra casa en la que servir y la familia se vio obligada a trasladarse a un alquiler en los arrabales de Madrid. Un lugar insalubre y sin luz al que hacía falta una reforma en profundidad, que constaba de un pequeño comedor con cocina y dos habitaciones que daban a un patio interior comunal y sucio.

A Isabel se le daba bien la costura y en un rincón del comedor instaló su pequeño taller y empezó a buscar clientela entre sus antiguos conocidos. No pudo contar con el socorro ni de familiares ni de amigos; en época de penuria, todo nuestro entorno se desvanece, no queda nada.

La venta de sus joyas y veinte horas diarias de duro trabajo, en el que se dejó la vista y las manos, les procuraban lo suficiente para ir tirando. Por su parte, los chavales se ganaban unos céntimos leyendo la prensa diaria en bares y cafetines, en unos tiempos como aquellos en que la mayoría de la población era analfabeta.

Ananías acabó ingresado en el manicomio de Ciempozuelos. Completamente trastornado. Día a día, su percepción de la realidad se iba diluyendo conduciéndole a un declive físico implacable.

—¡Cabrón! ¡Más que cabrón! —se le podía oír a voz en grito mientras hacía bolas con las tiras que arrancaba de su capa y se las lanzaba a la imagen del Cristo que colgaba de la pared de su celda.

A Isabel se le hacía cada vez más difícil ir a visitarle. El dinero que ganaba no daba para gastar en tranvías o coches de caballos, no tenía a quién dejar los niños y se negaba a que sus hijos fueran testigos del deterioro en el que había caído su padre. Así que las visitas se fueron distanciando. Hasta que por fin, una mañana de invierno, la misma en la que se procedía a la disolución de las Cámaras y se convocaban Elecciones Legislativas, les llegó la notificación de su muerte.

2

Corría el año 1905 y Emilia se había convertido en una muchacha alegre y dispuesta que, a sus trece años, ayudaba a su madre en la costura y se encargaba del aseo de la casa y de preparar la comida. Había conseguido aprender las cuatro letras gracias a sus hermanos. Poca cosa, pero lo suficiente como para saber leer y escribir aunque con innumerables faltas ortográficas. En ese tiempo, una privilegiada, si se tenía en cuenta que el analfabetismo pululaba por doquier, sin demasiada diferencia entre clases sociales o zonas geográficas, una lacra que no distinguía a ricos o pobres.

Sus hermanos se habían convertido en unos hombres, tenían trabajo y ayudaban también en casa, así que las cosas parecían irse arreglando poco a poco.

A Emilia no parecía importarle vivir en aquel ambiente sórdido de paredes desnudas y camastros de lana apelmazada, mantas picadas por la polilla y sábanas recosidas una vez y otra, que ni para trapos servían ya, de pobreza incrustada bajo las uñas y la piel, de chinches, de patios comunitarios donde eran frecuentes las trifulcas o un vecino le sobaba la cara a otro hasta el punto que, en alguna ocasión, debió personarse la Guardia Civil para poner orden. Donde los retretes, también comunales y mugrientos, eran nidos de piojos, cucarachas y garrapatas. No había conocido otra cosa y ése era su mundo.

Emilia era una mocita alegre, presta a expresar su humor cantando, a la que gustaba divertirse cuando sus deberes se lo permitían, recogido el cabello en la nuca, tirante y lustroso de brillantina, muy negro en aquel entonces, que llevaba ya zapatos de medio tacón y una sonrisa descarada en la boca con la que incitaba a los hombres, a los que miraba como si les perdonase la vida. La típica chulapona de barrio madrileño vestida de crespón y presumiendo de pericón de brillante colorido. Una muchacha a la que le encantaba subir a los tranvías casi en marcha, reír con los conductores, los aguadores, los serenos y tenía una palabra amable para con los barquilleros que, alguna vez, se lo agradecían obsequiándole con una golosina.

Tardes enteras pasaba desbrozando sonrisas por la pradera en la que se montaba la verbena de San Isidro, flirteando con cualquier joven, gastando bromas, para acabar en El Retiro cortando lilas, tomando chocolate en Casa de Vacas o montando en barca, si la invitaban.

Cuando había algunos céntimos de más, acudía a tomarse un refresco en el Café Gijón donde, con suerte, alguien la dejaba leer El Heraldo de Madrid, de ideología liberal, cuyos artículos relataba luego a su madre. Cuando no había dinero, la mayoría de las veces, se conformaba con hacer silbatos con huesos de albaricoque o acericos con papel de periódico para clavar en él sus escasos alfileres de colores. O, simplemente, colgarse en las orejas cerezas de doble rabo a modo de pendientes.

Se ilusionaba deambulando por una ciudad viva y bullente, mirando los coches de caballos. Por un Madrid de pintores clásicos, escritores de barba y bigote, arrabales, tascas con olor a rancio, urinarios públicos donde se daba rienda suelta a vicios reprobables que la policía reprimía cebándose en los homosexuales —maricones sin más por aquel entonces—, y cafés atestados con el humo de los puros confeccionados por las cigarreras —mujeres de armas tomar que hacían frente al primero que se les ponía por delante—. Por un Madrid que crecía de día en día, donde las transformaciones urbanas iban dejando de lado los viejos barrios y las rancias edificaciones para dar paso a las primeras moles de piedra de entidades financieras.

—Emilia, trae agua.

—Voy, madre.

Esa frase se repetía con demasiada frecuencia. Emilia no entendía para qué necesitaba su madre tantos cubos de agua, pero callaba y salía al patio, a la fuente, cargada con el cubo a la cadera y tarareando alguna cancioncilla.

—Niña, cada vez estás más bonita —solía escuchar.

Se volvía, ufana, y dejaba una caída de ojos al chaval de don Andrés, Ginés, que la perseguía día y noche.

—No se ha hecho la miel para la boca del asno —replicaba altanera.

El muchacho, picado en su hombría, se acercaba limpiándose las manos en el desgastado delantal que cubría las zurcidas perneras de sus pantalones. Emilia, a pesar de su edad, destacaba como una onza de oro en medio de una pila de carbón. Usaba vestidos sencillos y nunca la vieron con otro adorno que unos antiguos pendientes de su abuela, de los que su madre nunca quiso desprenderse por ser el único recuerdo material que tenía de ella. Pero lucía repeinada, con un cutis sonrosado, la boca de su madre y los ojos de su padre. Una belleza con aires de reina y lengua vivaz que lo tenía embelesado. Y él, a sus mozos años, empezaba a pensar que ya era hora de echarse novia. Era ebanista, trabajaba por cuenta propia, tenía encargos de señores importantes y algunos ahorrillos, los suficientes como para poder alquilar una de las viviendas que habían quedado vacías en la comunidad. No es que fuera para vivir con holgura, porque el derrumbe de la economía del cereal había llevado los precios de los alimentos a las nubes y España bailaba entre el hambre y la miseria, pero con crisis o sin ella la gente seguía casándose y teniendo hijos.

—Te he hecho una bandeja —decía él.

—¿Una qué?

—Una bandeja. Espera, que te la doy.

Salía a escape hacia su pequeño taller y ella aguardaba. Maldita la falta que podía hacerle una bandeja, cuando lo que necesitaba de verdad era una pieza de percal nuevo. O un kilo de bacalao, en todo caso, que costaba casi un cincuenta por ciento más que a primeros de año, pero la satisfacía ver el entusiasmo que ponía el chico en agasajarla. Siempre podría vender después el regalo y conseguir cebollas o un poco de aceite.

—Es bonita —le decía, pasando la palma de la mano por la superficie de madera satinada donde Ginés había grabado un ramo de flores—. Tengo que reconocer que eres un artista.

—Voy progresando —admitía muy gallito, con las plumas alborotadas por la alabanza—. Y ahorrando cada vez más.

—Mira qué bien.

—Si tú quisieras... —se atascaba y enrojecía, volviendo a limpiarse las manos en el delantal, presa de su inseguridad.

Emilia se fijaba en él. Era un buen mozo. La sacaba una cabeza, lucía una buena mata de pelo cobrizo, un gracioso bigotillo que parecía una fila de hormigas poco poblada, era simpático, atento y trabajador. Y los pequeños detalles que tenía con ella le venían muy bien trocándolos por comida.

—Si yo quisiera... ¿qué? —le incitaba, sabiendo de antemano que volvería a la carga, como siempre.

Él carraspeaba, cada vez más incómodo, bajaba la cabeza y decía:

—Podríamos ser novios.

Ella, sin contestarle, se llegaba hasta la fuente a llenar su cubo elevando en ondas su risa cantarina que él percibía con recelo ensimismado, mientras se le reclamaba desde el otro lado del patio:

—¿Vienes ya, muchacho? —preguntaba su padre—. Como no lleguemos a tiempo de ver jugar a Lizárraga, te muelo a palos.

—Ya voy, padre.

—Siempre babeando tras esa mocosa —refunfuñaba el vejete, regresando al interior de su vivienda.

—¡Emilia! —la llamaban a ella.

—¡Ya voy, madre, ya voy! Anda, quítate las briznas del pelo y vete al fútbol, que te están esperando.

—Por ti soy capaz de perderme incluso la final de la Copa del Rey, Emi.

—A ti no te funciona la cabeza —bromeaba ella, cargando el cubo a la cadera y alejándose con un contoneo que lo volvía loco.

—¿Sabes si va a venir tu hermano Domingo? —preguntaba él a gritos antes de que ella entrara en su casa.

—Ya debe de estar en el campo. Si sigues ahí parado l

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