Introducción
En el año 2015, incluí en la introducción de mi libro estas palabras: «Canción de cuna de Auschwitz ha sido la novela que más me ha costado escribir a lo largo de mi carrera profesional». Sé que adentrarme de nuevo en el abismo que supone Auschwitz dejará en mí secuelas profundas. C. S. Lewis se enfrentó a una sensación similar tras publicar sus obras Cartas del diablo a su sobrino y El diablo propone un brindis; sumergirse en el mal en estado puro siempre deja una huella en nuestra alma, pero, si Canción de cuna de Auschwitz era una obra necesaria en 2016, hoy lo es mucho más.
En estos años hemos experimentado una pandemia mundial, el resurgimiento del Telón de Acero y el sabor ácido y metálico de la pólvora, el que deja la guerra tras de sí. En 2016, mientras hacía una gira por gran parte de Hispanoamérica, ya intenté advertirlo: el odio y el miedo se estaban apoderando de la humanidad. Los dos ingredientes indispensables para que el caos tomara de nuevo el control del mundo. Y lo único que puede frenar esta espiral de odio que parece no tener fin es el amor.
La historia de amor de Helen Spitzer (Zippi) y David Wisnia fue uno de los mayores actos de rebeldía contra el régimen de terror nazi. Que una increíble relación amorosa naciera en las entrañas mismas del infierno nos permite albergar un atisbo de esperanza en la raza humana, que muchos estábamos perdiendo. Canción de amor de Auschwitz no trata sobre el mal y sus consecuencias, sino que es sobre todo una novela acerca del poder del bien para combatirlo y neutralizarlo. Una vez más, ante un libro como este, tengo que contener el aliento e intentar mostrar la grandeza de las almas de una pareja joven que ocultó su amor en Birkenau y logró derrotar la deshumanización que imponía Auschwitz.
La humanidad parece una simple anécdota en la historia del universo, pero el idilio entre David y Zippi nos recuerda que, en medio del horror, podemos tomar las decisiones correctas e impedir que nuestra alma se contamine. No importa que el mundo entero se oponga, el amor verdadero es capaz de vencer las barreras del tiempo y el infierno mismo de la Segunda Guerra Mundial. Creo que este libro me ha ayudado a reflexionar de una forma aún más profunda sobre la necesidad de que el amor vuelva a ser el centro de nuestro ser más íntimo; un amor incondicional, que es capaz de entregarlo todo sin esperar nada a cambio. Estoy aprendiendo a amar con mayor generosidad, dejando que mi ego se disuelva en un océano incontenible de misericordia.
Carmen Romero y Ana María Caballero, mis editoras, han creído que una vez más debemos alzar la voz para que el mundo no olvide, que todos necesitamos conocer esta historia para que no nos arranquen la pequeña parte de humanidad que aún queda en cada uno de nosotros. Ahora depende de ti, querido lector, de tu amor por la verdad y la justicia, como sucedió con Canción de cuna de Auschwitz. Ayúdanos a dar a conocer la historia de David y Zippi para que el mundo no olvide que, en el momento más oscuro, el amor triunfó de nuevo sobre el horror y que aún tenemos esperanza.
Madrid, 23 de abril de 2024,
día del Libro
Prólogo
Manhattan, Nueva York, agosto de 2016
«Te he estado esperando todo este tiempo».
Miré a aquella anciana frágil en la más absoluta soledad de su apartamento de Manhattan, con la cama repleta de libros, y sus palabras, que comenzaron casi como un susurro, fueron tomando fuerza hasta que detrás de aquella máscara de vejez vislumbré a Zippi. Su voz apenas había cambiado: era la misma que me susurraba palabras de amor en la Sauna, la misma de la que me había enamorado perdidamente y la misma mujer con la que había hecho el amor por primera vez. Sus rasgos parecían desdibujados en aquel rostro lleno de arrugas, como si el tiempo hubiera querido reflejar en él todo lo que había vivido.
«Te estaba esperando», repitió. Sentí un estremecimiento y me pregunté cómo habría sido mi vida junto a ella. Después me fijé en mi hijo, que me había acompañado hasta aquel apartamento en la mejor zona del bajo Manhattan, y vi que se desvanecía ante mis ojos como si se tratara de un fantasma. No podemos vivir otras vidas sin perder de alguna manera la que hemos construido durante décadas.
«Intenté verte», le contesté. Pero eso había sido mucho tiempo después, en una vida muy diferente. Ahora, al tenerla delante de mis ojos, comprendí lo distinta que hubiera sido mi vida a su lado.
Ella sonrió. Me pareció la mujer más solitaria del mundo, a pesar de tener unos cuidadores que se ocupaban de ella en todo momento.
«Te salvé muchas veces».
La miré con los ojos muy abiertos, aunque las cataratas me impedían distinguirla con claridad. Y recordé su rostro blanco, sus inmensos ojos oscuros tan llenos de inteligencia y su pelo negro como aquellas interminables noches en Auschwitz.
«Te saqué de la lista, tenías que vivir. Eras tan bueno, con el corazón repleto de amor y una voz prodigiosa».
Le apreté la mano fría y palpé sus huesos bajo la piel. En ese momento, me vinieron a la mente los cuerpos que vagaban por la avenida de Birkenau, muertos vivientes que anunciaban lo que sabemos desde nuestro nacimiento: más tarde o más temprano a todos nos alcanza el mismo final.
Yo no tenía a qué aferrarme en aquel infierno, lo había perdido todo, y ella fue la luz capaz de iluminar mi oscuridad. Me lo enseñó todo: a hacer el amor entre lágrimas, a sentir y a amar. Con ella aprendí el verdadero significado de la palabra «amor».
1
DAVID
Varsovia, verano de 1941
Ya lo había perdido todo: primero a mi hermano Mojżesz, después al resto de mi familia. Aquel día, el destino me salvó. Mi padre no se encontraba bien y me pidió que lo sustituyese en su trabajo en el aeródromo. No había salido desde que los nazis habían construido el muro. Al principio me pareció una excursión emocionante; necesitaba saber si, al otro lado, Varsovia continuaba igual que siempre. Amaba las calles estrechas del centro y las avenidas amplias con sus edificios de fachadas decoradas al estilo francés. Necesitaba pasear junto al Vístula e imaginar, aunque fuera por un instante, que la guerra y la ocupación alemana eran una pesadilla que no tardaría en disiparse.
El camión en el que me tambaleaba olía a orín y a heces. Cuando atravesamos la puerta, intenté olvidar a los niños famélicos que me habían mirado suplicantes, sin entender qué habían hecho para vivir a este lado del paraíso. El camión estaba casi lleno cuando se detuvo, pero logré acomodarme cerca de la parte trasera. Afuera todo se veía limpio y ordenado, y la gente caminaba indiferente hacia su trabajo, como si nosotros fuéramos invisibles o, peor aún, como si nunca hubiéramos existido.
Al regresar, sentí que aquella breve felicidad se esfumaba por completo. El camión entró de nuevo a este lado del muro y la muerte comenzó a apoderarse de nuevo de mis pensamientos. Nos estábamos aproximando al edificio en el que vivíamos hacinados, en un minúsculo apartamento, cuando un soldado detuvo el transporte. Entendí a medias lo que decía al conductor, pero me sacó de dudas el cartel que habían colocado en la calle. Al parecer, el tifus se había extendido por la zona y habían puesto en cuarentena a todos los residentes. Intenté bajar, pero un hombre de cierta edad me agarró del brazo y negó con la cabeza.
Mi familia estaba allí, entre los prisioneros que formaban enfrente de los edificios. Reconocí el abrigo marrón de mi madre, la mano de mi padre apoyada en su espalda, siempre intentando cuidarla y protegerla, y también a mi abuelo y a mi hermano pequeño. Los nazis los pusieron en fila y comenzaron a disparar sus ametralladoras. Sentí los fogonazos como si me agujerearan a mí. Eran todo lo que tenía en el mundo. Me invadió de nuevo el impulso de correr hacia ellos, de morir tomado de la mano de mi madre, pero mi instinto de supervivencia me impidió saltar del camión.
La policía judía apiló los cuerpos ensangrentados hasta convertir en una masa informe a los seres que más amaba en el mundo. En ese momento, bajé del camión, me arranqué el brazalete que había llevado con tanto orgullo y me precipité hacia la alambrada, en uno de los tramos donde tenía menor altura. Salté sobre las púas y logré trepar. Sentía que los pinchos me atravesaban la piel, pero tenía quince años y unas ganas insaciables de sobrevivir. Debía resistir al menos yo, no podía permitir que toda mi familia desapareciera para siempre.
Escuché unos gritos en alemán a mi espalda, pero no me detuve. Las balas zumbaban a mi alrededor. Me lancé al otro lado de la alambrada y eché a correr hacia una calle cercana. Esperé hasta que pasó el tranvía, al que me subí agarrado por fuera. Quería ir a la casa de mi vieja amiga Wanda, que tenía un restaurante en el barrio de Praga. La vi desde el otro lado del cristal y comencé a golpearlo. Wanda me miró con sus ojos azules y percibí su miedo.
—¿Qué haces aquí?
—He escapado, no puedo explicártelo. Tienes que sacarme un pasaje para Sochaczew, allí tengo amigos que pueden ocultarme.
—Lo intentaré, pero ¿dónde está tu familia?
Negué con la cabeza antes de que, sin sentir nada, dos lágrimas salieran de mis ojos y cruzaran mi cara sucia y llena de sudor.
—Lo siento —me dijo mientras me abrazaba.
Tuve que esperar a que Wanda terminara su turno. Me llevó hasta la estación, me compró el billete y, mientras se despedía de mí, me abrazó de nuevo. Noté sus lágrimas en la mejilla.
—Cuídate.
Subí sereno al tren; no quería despertar sospechas. Si algo había aprendido en el gueto era a insensibilizarme lo más posible. Una hora más tarde me encontraba en Sochaczew, pero el barrio judío estaba desierto: no quedaba nada de la pequeña ciudad donde me había criado y que había sido el escenario de mis juegos infantiles. Entonces pensé en los cristianos que conocía. Les pedí ayuda, pero todos me fueron cerrando la puerta en las narices, hasta que llegué a la casa de un antiguo compañero de fútbol.
—¿Dónde está tu familia?
La pregunta de la mujer fue como si sintiera una punzada en el corazón.
—Entra, pero por la noche vienen a casa unos alemanes —añadió—. Tendrás que irte a otro lugar.
—No tengo a donde ir —le contesté, desesperado.
—Cerca de aquí vive un antiguo empleado de tu abuelo. Está solo y es un hombre mayor, tendrá algún lugar para ti.
En cuanto se puso el sol, me marché. Todo estaba oscuro, pero logré dar con la casa del anciano. Llamé con insistencia a la vieja puerta de madera y, cuando estaba empezando a desesperar, el hombre abrió. No me preguntó nada, me hizo pasar y me acerqué al fuego. Mientras me calentaba las manos, le conté todo lo que había sucedido. Al revivirlo, me hundí de nuevo. Regresó a mi mente aquella pila de cadáveres: los restos de mi familia que los nazis ya habrían incinerado para no dejar huella. El hombre me abrazó y comenzamos a llorar.
—Duerme en mi cama, mañana iremos a un pueblo cercano. Allí están tu prima y tus tíos. Es un gueto controlado por los nazis, pero no puedes continuar solo.
No supe qué responder. En cuanto apoyé la cabeza en la almohada, me quedé profundamente dormido.
Al día siguiente caminamos hasta Czerwinsk. El anciano me abrazó con fuerza antes de que yo entrara en el gueto. No tardé mucho en encontrar a mi prima Fayga, que vivía en una minúscula habitación con sus dos hijos y mi tío. Tuve que contar otra vez lo sucedido, y en cada ocasión sentía que mi familia moría de nuevo y su recuerdo se desvanecía un poco más.
—No podemos darte de comer, las cartillas de racionamiento apenas nos llegan para nosotros —me comentó mi tío.
—No se preocupe, señor, puedo conseguir un poco de comida cantando.
Los siguientes meses los pasé intentando sobrevivir por las calles mugrientas del gueto, pero cada noche tenía un mendrugo de pan que llevarme a la boca. Entonces comenzaron las deportaciones.
En el primer transporte se llevaron a mi tío. La Gestapo había obligado a las personas mayores y a los enfermos a reunirse en el patio, y desde allí los habían trasladado hasta la estación de tren.
Un día después, el 12 de diciembre de 1942, mi prima con los niños y yo fuimos los siguientes. Nos hicieron subir a vagones para el ganado.
Mientras Fayga se encaramaba con el más pequeño, yo ayudé al otro niño. Nos quedamos en un lado, apenas había sitio. El olor era insoportable, pero al menos el frío impedía que nos asáramos de calor. Fayga intentó calmar a los niños, aunque el agotamiento y el hambre terminó por dejarlos sin fuerzas. Las quejas de las primeras horas dejaron paso a un silencio incómodo que solo se rompía cuando alguien se desmayaba, exhausto. Los ancianos y los niños más pequeños fueron los primeros en sucumbir. No había agua ni comida y los más débiles eran incapaces de resistir el viaje. La oscuridad del vagón era casi total, pero podía escuchar los gemidos de las madres llorando por sus hijos muertos y los gritos desesperados de los ancianos que intentaban mantener en pie a sus esposas, hasta que estas perdían el conocimiento y, después, la vida.
—No vamos a salir de aquí —me dijo mi prima en un susurro. Entonces comenzó a recitar una oración fúnebre—: «Oh, Guardián de Israel, que no duermes ni reposas, somos el pueblo de tu pasto y las ovejas de tu mano. Envuélvenos seguros en tu amor. Y si en nuestro dolor y soledad, y en los momentos de desolación, nos desviamos de seguirte, no nos dejes, fiel Guardián, sino acércanos a ti».
—Todavía estamos vivos —le dije algo enfadado. No quería morir sin conocer el amor, sin besar a una mujer, sin saber qué era la felicidad.
—Ya estamos muertos, mira a tu alrededor.
Escuché los gemidos de los que agonizaban, la respiración fatigada de los bebés que ya no podían mamar de los pechos de su madre, los rezos furiosos de los rabinos que no entendían por qué Dios nos había abandonado.
Entonces, miré a mi alrededor, pero lo único que contemplaron mis ojos fue una profunda oscuridad.
