Capítulo 1
Gisela
Ahí estaba. El 15A. Sonreí al comprobar en mi billete, por enésima vez, que aquel era efectivamente mi asiento y me apresuré a colocar la maleta en el compartimento superior, que aún estaba vacío gracias a mi manía de embarcar la primera cada vez que viajaba en avión, y sentarme. Me acomodé en el sitio y saqué el móvil. Aún nos quedaba un buen rato para despegar, así que lo mejor sería distraerme para dejar de darle vueltas a la cabeza a todo, porque sabía que si empezaba, no pararía y acabaría por bajarme de aquel avión y hacer una estupidez.
Me recliné en el asiento, me puse los cascos y busqué en una lista de reproducción una canción que encajara con mi estado de ánimo. Y no tardé demasiado en dar con ella. Llevaba tres semanas con the 1 de Taylor Swift en bucle, el mismo tiempo que había pasado desde que había escrito el mensaje que me había roto el corazón. El culpable, sin lugar a dudas, de que estuviera tan triste en el que, se suponía, debería de ser uno de los momentos más felices de mi vida.
Llevaba tantos años cocinando que era incapaz de recordar cuándo había empezado a hacerlo. Había sido una de esas niñas que se entretenían jugando con su cocinita y que, siempre que se lo permitían, ayudaba a preparar postres y galletas. Así era como me había enamorado de la repostería. Y veinte años después se había convertido en mi forma de ganarme la vida.
Justo por eso acababa de subirme a aquel avión con rumbo a París; después de un tiempo formándome para convertirme en pastelera, había conseguido plaza en un curso en uno de los mejores obradores de Francia. Montar una pastelería francesa era el sueño de mi vida y gracias a aquello estaba un paso más cerca de lograrlo.
Y, sin embargo, no me sentía feliz. O, al menos, no del todo.
Los pasajeros siguieron entrando y situándose en sus asientos. Una pareja de aproximadamente mi edad se sentó a mi lado y yo sentí una punzada en el pecho, casi como si me atravesaran con una daga, al ver lo felices que parecían. No estaba pasando, ni de lejos, mi mejor momento sentimental. Acababa de terminar con una pseudorrelación en la que había pasado cuatro años y no estaba muy segura de cómo gestionar lo que estaba pasando. Ni lo muchísimo que dolía. Fede y yo nos habíamos conocido por casualidad, en un accidente del destino, y habíamos conectado en seguida, pero nunca parecía ser nuestro momento. Cuando él quería algo más, yo me agobiaba y lo apartaba; cuando era yo quien lo buscaba, él me demostraba que no estaba emocionalmente disponible y acababa haciéndome daño sin pretenderlo. Además, los casi cuatrocientos kilómetros que nos separaban y que hacían que apenas pudiéramos vernos un par de veces al año no nos habían ayudado precisamente.
Hacía unas cuantas semanas habíamos tenido una gran pelea por culpa de uno de sus arrebatos. Había desaparecido durante casi un mes y a mí aquello había estado a punto de matarme. Y había sido justo entonces cuando me había dado cuenta de que no podíamos seguir así. Quería seguir siendo su amiga, por supuesto, pero no continuar con lo que teníamos en aquel momento y que solo se veía sostenido por nuestra cabezonería, lo enganchados que estábamos a lo que podría haber sido (y no fue) y, ¿para qué mentir?, lo bien que nos entendíamos en la cama. Pero nada de eso era ya suficiente, así que no me había quedado más remedio que enviarle un mensaje explicándole cómo me sentía y pidiéndole terminar con aquella especie de relación abocada al fracaso que lo único que conseguía era hacerme daño. No había sido fácil para mí escribir aquellas palabras, pero sabía que era la decisión correcta. Lo que no me imaginaba era todo lo que vendría después: el dolor, la angustia. Llevábamos tanto tiempo con aquello que Fede se había convertido en un pilar fundamental en mi vida y no sabía funcionar sin él. No hablarle me afligía demasiado. Todos los días tenía que contenerme para no escribirle y contarle cualquier tontería que me hubiera sucedido o confesarle todos los miedos que tenía en aquel momento, mis preocupaciones por aquella pequeña mudanza a París, lo sola que me sentía sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, él no iba a estar al otro lado del teléfono. Era casi imposible contar la cantidad de mensajes que había empezado a escribir entre lágrimas y había terminado borrando (entre más lágrimas) durante los últimos días. Algunas veces hablábamos para ver qué tal estaba el otro (porque habían sido muchos años y el cariño no se va de un día para otro), pero... no era lo mismo. De repente había un muro insondable entre nosotros.
A todo aquello había que sumarle, por si fuera poco, que nadie parecía entenderme. Mis amigas lo veían como un chico con el que había tenido algo, pero, como no había sido mi novio, no lo consideraban importante. Daba igual que hubiéramos estado cuatro años con lo nuestro; al parecer, si no habíamos pronunciado una declaración de amor, entregado un anillo o hecho cualquiera de esas cosas románticas, yo no tenía derecho a sentirme devastada. Estaba pasando por una ruptura (la primera de mi vida adulta, para más inri) y no estaba teniendo ningún tipo de apoyo más allá de algún «bueno, mejor para ti, que ese tío no se aclaraba y no te convenía» o un «eso no es nada, ya pasará».
Los pasajeros terminaron, al fin, de embarcar, y el personal de cabina se apresuró a preparar el avión para el despegue, por lo que envié un par de mensajes avisando que ya iba a salir antes de apagar mi teléfono y sacar el libro que había empezado a leer hacía unos días, en un vano intento por distraerme y curarme. Sentido y sensibilidad, de Jane Austen, había sido la novela que me había acompañado la primera vez que me rompieron el corazón de verdad cuando tenía solo dieciocho años. Había encontrado un enorme consuelo en sus páginas, así que el libro había acabado por acompañarme en muchos momentos complicados de mi vida. La pobre copia que había comprado por apenas cuatro euros en el paseo marítimo de mi pueblo tenía las páginas amarillas, la cubierta algo doblada e incluso alguna mancha de agua (ya no sé si de lágrimas o de las gotas que la habían salpicado en la playa o piscina), pero resistía como una auténtica campeona. Y debía acompañarme una vez más. Aunque, por desgracia, ni siquiera esa historia me aportaba consuelo.
Cuando el avión comenzó a moverse, me asomé a la ventanilla para no perderme ni un solo segundo. Aquella siempre había sido mi parte favorita de volar: ver cómo el avión iba tomando cada vez más velocidad hasta comenzar a ascender, notar cómo el mundo se tumbaba durante unos instantes hasta que, por fin, todo volvía a estabilizarse. Noté un pequeño cosquilleo cuando nos levantamos del suelo y me agarré, de forma inconsciente, al brazo del asiento. Poco a poco fuimos elevándonos. Las carreteras se hicieron más pequeñas y no tardamos en sobrevolar la ciudad. Miré hacia abajo y suspiré al pensar en lo diminuto que parecía todo, casi como si fuera de juguete. Aunque nada más lejos de la realidad. Ahí abajo había miles de personas reales con sus problemas, sus vidas, sus ilusiones. Quizá alguno tenía el corazón tan roto como yo.
Suspiré y, aprovechando que habíamos empezado a sobrevolar las nubes y ya no podía contemplar el paisaje, me acomodé en el asiento, aún con el libro en las manos, y cerré los ojos. Me esperaban un par de horas de vuelo, así que lo mejor sería aprovechar para dormir un rato. No sabía qué me aguardaba al aterrizar, pero sí que sería intenso. Tenía que recoger mis maletas (estaba rezando para que no me las perdieran; odiaba facturar el equipaje), ir del aeropuerto hasta París, recoger las llaves del que sería mi apartamento durante los siguientes tres meses y, por supuesto, instalarme. Debería colocar mis pertenencias —o, al menos, parte de ellas— y hacer una lista con todas las cosas que tendría que comprar al día siguiente.
Se avecinaban unos meses llenos de cambios y emociones. Y, a pesar de que aún estaba sumida en aquel duelo tan terrible que tardaría en superar, estaba más que dispuesta a aprovechar aquella oportunidad que la vida me estaba dando. Por fin iba a cumplir mi sueño: ir al corazón de Francia a mejorar mis habilidades como pastelera, así que no permitiría que nada me detuviera.
Ni siquiera un corazón roto.
Capítulo 2
Tristan
Cerré el portátil y me apoyé dos dedos en la frente. Estaba agotado. Llevaba semanas trabajando sin parar, durmiendo apenas tres o cuatro horas y comiendo a destiempo frente a aquella condenada pantalla. Pero sabía que era lo que tenía que hacer si de verdad quería que aquel proyecto saliera adelante.
Después de lucharlo mucho, presentar casi una decena de proyectos y avasallar a llamadas a todos mis contactos, había conseguido que confiaran en mí para la reforma del hotel Marie-Antoinette, un emblema de París ubicado junto a la Ópera y con un estilo rococó muy característico al que los dueños se negaban a renunciar. Estaba siendo u
