Calabobos

Luis Mario

Fragmento

cap-3

Y si abrir un paraguas dentro casa da mala suerte, qué suerte va dar estar bajo techo y calao de lluvia hasta los cojones. Puede ser que por esto a esta familia siempre l’acompañó la desgracia. Puede ser que por esto nos caería Mariuca.

Mariuca.

Mariuca, la mi pobre.

Mariuca, que dice mi madre, nació d’un mejillón.

Mariuca, que dice Nanda La Chona, nació hecha una puta mierda.

Porque Mariuca nació de muchas maneras, y en ninguna acertó. Mira que tardó en aprender a andar, que a los veintiséis meses aún gateaba, que más que gatear s’arrastraba de lao com’un cámbaro y el Viejo decía «esta cría salió pa no andar». Pos el día que se decidió, se puso a andar y lo hizo mal. Aquel día, se levantó y sus piernucas parecían apenas sostenerla como a un ternero recién parido y sus rodillas, juntucas juntucas, metiducas pa dentro y entonces el Viejo ya decía «esta cría salió como el Sapo», que es uno del pueblo que es cojo. Entonces Nanda La Chona le dijo que eso era el «abilismo», que de abilismo se murió su tío. Y el tonto del Viejo la preguntó que qué era eso y Nanda La Chona le vino con la rima «pos un huevo colgando y el otro lo mismo». Y el Viejo quedó ai callao y com’un pánfilo, cullando de la boina gotas de lluvia. Yo sé que alguna vez a mi madre la dijo la doctora de ponerla a Mariuca hierros y cosas así pa corregir el caminar. Pero también sé que mi madre estaba cansada, la mi pobre, y que los hierros eran caros y que había que ir a tomar por culo pa tomarla medidas y… quién la iba a culpar. Por eso Mariuca anda y andó siempre com’un títere mal usao. Por eso también sus zapatucos negros ortopédicos, que chirrían siempre con la goma húmeda, la mi pobre, con esos pantalones de pana que nunca se quita empapaos y amarraos con cuerda verde de pescar y los pañales debajo hinchaos de meao y su jersey roído, lleno de bujeros, que no le cabe ya más mierda. Y sus puñucos cerraos, siempre cerraos. Y sus barbas de mejillón, que nacen en las patillas y que, aunque bien bonitas, cualquier hijoputa las señala. Desde cría que la dicen. Y eso que siendo cría no tenía tantas. Pos aun así el Viejo la decía a mi madre que l’afeitaría esas patillas, por amor de dios, decía, que parecía un hombrón, y mi madre que no s’atrevía y Nanda La Chona que muy segura dijo que no se podían cortar, Nanda La Chona dijo que no se las podían cortar, a la mi pobre, y entonces el tontolaba del Viejo preguntó y por qué no. Y Nanda La Chona lo miró y seria, muy seria le dijo «porque si le cortáis las patillas, andaría arrastrando por el suelo el potorrillo». Y el resto reímos, y tanto que reímos, carcajadas que salpican la pared, reímos pero Mariuca quedó seria. No suele, Mariuca, prestar atención cuando hablamos. Tampoco suele hablar. Siempre calla, siempre en silencio. Es como si Mariuca tendría las orejas llenas de tomates de mar y la garganta llena algas y nunca

—Mama, ¿ónde andabas?

—¿Y tú?

—Salí a percebes.

—Pos menuda traes.

—Y qué quieres.

—Como si no habría otros días pa salir.

Cagonsos, como si habría días mejores. Y como si no sabría ella que días como hoy siempre hay que salir. Siempre.

Porque los más gordos quedan normalmente escondidos bajo el agua, agarraos a las rocas, suba o baje la marea, pa ponerse tibios con to lo que la mar los trae que tanto los sacia. Por esto hay que salir los días como hoy. Días de marea viva. En los que’l mar baja hasta tomar por culo y deja to al aire. Te metes com’una nécora por entre las rocas y entonces te vuelves pa casa con la bolsa llena.

Eso sí.

Que no te vea nadie. Que esto está prohibido. Y si te pillan te meten una de la de dios. Si alguien s’asoma, te escondes detrás d’unas rocas y sigues a lo tuyo. Lo único que tienes que hacer es irte antes de que la mar vuelva a subir y te mate. Fue lo único que no hizo Chanín…

Además, como si ella no

—Tú también traes una guapa…

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Salí por leña.

—¿Y la estufa no la pones?

—No.

—¿Por qué?

—Porque la leña está empapada.

—Lo menos cámbiate…

—¿Viste a la cría?

—Que agarras una de cojones…

—¿La viste?

—¿A quién?

—A Mariuca.

—¿A ónde la iba a ver?

—Pos por las rocas.

—Qué va.

—¿Ya es la plea?

—¿Miraste onde Suco?

—No.

—Voy.

—Ya voy yo.

Mariuca, siempre a sus cosas, siempre, desde cría. Con sus puñucos que ya son puños siempre cerraos y a sus cosas. Lo de los puños pasó una tarde en la costa quebrada. Una tarde que Mariuca s’agarró a las rocas que cortan como cagondios pa no caer y se surcó las palmucas de su mano, sendos tajos de carne viva. Y con agua salada, qué dolor. Pasó cuando era cría, hace ya tiempo, pero Mariuca ya nunca volvió a abrir los puñucos, ni siquiera pa comer; y nuestra madre le decía que «cuidao, Mariuca, que de apretar tanto se te clavarán las uñas y ya nunca podrás abrir más las manos». Y yo creo que a Mariuca nunca la importó, porque incluso ahora, ya de mayor, ya de mayores, Mariuca sigue caminando con los puñucos que ya son puños bien cerraos.

Y ya nunca los abre.

Y ya apenas come.

Siempre a sus c

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