Capítulo 1
Hertfordshire, 1815
—¿Otro perro? —preguntó Yen Yen arqueando una ceja mientras observaba a su hermano.
—Lo encontré cerca del río —respondió Dase ajustando la bufanda que envolvía al pequeño cachorro—. No podía dejarlo allí.
Yen Yen se acercó y se inclinó para examinar al animalito. Apenas tenía fuerzas para moverse; sus ojos estaban cerrados y emitía un débil gemido que parecía un llamado desesperado a la vida. El cachorro, que no debía tener más de dos semanas, buscaba refugio en el calor que Dase le proporcionaba.
—¿Y su madre? —preguntó Yen, con el ceño fruncido.
—No lo sé —suspiró él—. Revisé toda la zona, pero no encontré rastro de ella ni de sus hermanos. Quizá alguien se deshizo de la camada y este pequeño fue el único que sobrevivió. O tal vez lo abandonaron pensando que no superaría el frío.
Yen Yen extendió una mano con delicadeza y acarició la frente del cachorro. El contacto pareció calmarlo, aunque su fragilidad era evidente.
—¿Crees que sobrevivirá? —susurró, preocupada.
Dase, con la determinación que lo caracterizaba, respondió sin titubear:
—Tiene que hacerlo. Aquí estará a salvo. Lily acaba de tener crías; tal vez lo acepte y lo amamante. Si no, encontraré la forma de alimentarlo yo. Ya saqué adelante a Clumsy, ¿no? Puedo con este pequeño también.
Yen sonrió, aunque su preocupación seguía latente. Su hermano siempre había tenido un don especial con los animales, como si pudieran sentir su bondad y confiarle sus vidas.
—Eres increíble, Dase. Si alguien puede lograrlo eres tú.
El joven le devolvió la sonrisa y bajó la cabeza para mirar al cachorro, que ahora parecía dormir en su improvisado refugio.
—Este pequeño merece una oportunidad. Al igual que todos los demás.
Willie, Malcom, Lily y Clumsy eran testigos vivientes de esa filosofía. Cada uno había llegado a sus vidas como ascuas a punto de extinguirse, y Dase había sido el viento que avivó esas llamas hasta convertirlas en hogueras. Aquellos perros eran un ejemplo de lo que Dase era capaz de hacer cuando se le confiaba una vida. También lo eran las plantas marchitas del invernadero, cuyo aspecto había mejorado desde que se había hecho cargo de ellas, o los rosales moribundos del jardín que él había revivido con sus cuidados. Yen lo admiraba, aunque nunca lo expresaba en voz alta. Le avergonzaba mostrarse sentimental frente a él.
—Voy a volver a la casa —dijo la joven finalmente—. Mamá y papá querían hablar conmigo.
Dase asintió, con su atención centrada en el cachorro al que ya conducía hacia el establo, donde se había escondido Lily para tener a sus crías, seis hermosas criaturas a las que protegía enseñando los dientes y gruñendo.
Yen Yen caminó de regreso a casa. La brisa fría de la tarde le golpeaba el rostro, y supo con certeza que pronto nevaría. Después de diez años en aquel pueblo, había aprendido a prever la nieve, la lluvia y las tormentas. Había algo en el olor del aire que siempre la alertaba antes de que el clima cambiara.
Al entrar, el ama de llaves le indicó que sus padres estaban esperándola en el salón principal. Cuando llegó, los vio a los dos sentados en la sala, junto al fuego. Su madre la observó con una sonrisa cálida, pero la seriedad en su mirada la hizo desconfiar del porqué de que la hubieran hecho llamar.
—Ven —dijo Laura, haciendo un gesto para que se acercara.
Ella se quitó el abrigo y lo dejó en una silla cercana antes de ir a sentarse al lado de su madre. En cuanto estuvo acomodada, su padre se inclinó hacia adelante y le tomó una mano, que palmeó con afecto.
—Hay algo importante que necesitamos discutir contigo —comenzó con un tono pausado. Yen los miró a ambos, temerosa de lo que fuera que querían decirle. Sabía que su padre, aunque severo, jamás le hablaría con aquella seriedad de un tema que no fuese importante para ella—. Hoy recibimos una carta de tu tía Charlotte. Pronto comenzará la temporada en Londres. Ella cree que es el momento adecuado para tu debut en sociedad.
Yen Yen negó con la cabeza.
—Pero acordamos que yo no tendría que pasar por una presentación en sociedad. ¡Ni siquiera pertenezco a la nobleza! —protestó, aunque su voz sonaba demasiado débil y poco convincente.
—Lo sé —dijo Laura—. Sé que dijimos eso, pero ella es tu madrina y está empeñada en darte la oportunidad de hacer tu debut.
—¡Pero no quiero casarme!
Laura posó una mano en el brazo de su hija para tranquilizarla.
—No importan las intenciones de tu tía, Yen, no tienes que buscar un marido si no lo deseas. Sabes que lo único que nos interesa es que seas feliz. Pero tu padre y yo lo hemos hablado y creemos que será bueno para ti.
Yen negó con la cabeza de nuevo, esta vez con más vigor que antes.
—No estoy de acuerdo.
—Hija, aquí no tienes ninguna oportunidad de hacer amigas. Es bueno que te relaciones con otra gente, en lugar de vivir siempre a nuestra sombra.
—¡No quiero! —exclamó, volviéndose hacia su padre—. Papá, no necesito amigas. Soy feliz sin ellas.
—Serás más feliz cuando tengas algunas y puedas compartir tu día a día con chicas de tu edad.
—¡Mamá! —se quejó—. Mamá... ¿qué sentido tiene pasar por los gastos que supone una presentación en sociedad cuando ni siquiera quiero encontrar marido?
—Está decidido, Yen. En el futuro nos lo agradecerás. Mary está haciendo tu equipaje. Partirás en cuanto esté listo. Nevará pronto y es mejor que te vayas cuanto antes.
—¿Y qué pasará con vosotros?
—Nos reuniremos contigo allí en cuanto tu padre se recupere de su enfermedad.
—¿Y Dase?
—Irá más adelante.
—¡¡Mamá!! No podéis dejarme sola. Yo...
—Cariño, no te dejamos sola. Tu madrina quiere que vayas cuanto antes a Londres. Hay muchas cosas que hacer. Hay que preparar tu ajuar, organizar tus clases... Yo no puedo ayudarte en nada de eso, pues no tuve la oportunidad de tener mi presentación en sociedad y, créeme, es algo que lamento mucho.
—No pasaste por esa tortura y, sin embargo, aquí estás, casada y con amigas que te visitan con frecuencia.
Laura suspiró y acarició el cabello de la joven.
—Yen, tu madrina quiere hacer esto por ti, dale el gusto de pasar al menos una temporada en Londres. Disfruta de los bailes, de las amigas que puedas hacer y, en definitiva, vive tu juventud en lugar de estar encerrada en esta casa.
Yen se mordió el labio inferior, molesta, pero acabó asintiendo, consciente de que no podía negarse.
—No me dejéis sola allí, por favor —suplicó con un hilo de voz.
—No lo haremos —dijo Laura—. Aunque no estoy segura de que podamos acompañarte a los bailes. Nosotros no formamos parte de ese mundo.
—¿Y por qué tengo que hacerlo yo?
—Son solo unos meses, cariño —dijo Laura, intranquila por la angustia de su hija—. Después podrás negarte a volver a Londres si es eso lo que quieres. —Yen asintió—. Ven, te ayudaré a prepararte para el viaje.
Marcus siguió a su esposa y a Yen Yen con la mirada mientras se alejaban y se envolvió bien en la manta de lana que Laura había colocado sobre sus hombros. No quería enviar a su pequeña a Londres, y mucho menos sola, pero sabía que estaría bien con su cuñada. Lady Charlotte Fitzroy, condesa de Wilbury, era, sin lugar a dudas, la única persona del mundo a la que confiaría sus hijos.
Aun así, pensar en pasar unas semanas alejado de su pequeña hacía que le doliese el corazón. Si no hubiera sido tan terco en su juventud, quizá ahora podría acompañarla a su primera fiesta y guiarla por primera vez por la pista de baile. En cambio, había abandonado la alta sociedad por su amor y ahora pagaba las consecuencias. Solo esperaba que su estupidez no afectase a Yen Yen y a Dase, que sería introducido en aquel círculo social exclusivo junto con su hermana.
Con un suspiro cerró los ojos y se dejó acunar por el calor del fuego antes de sucumbir a la tentación de los brazos de Morfeo.
Capítulo 2
Londres era imponente, abrumador, un monstruo de piedra y humo que parecía devorar a quienes lo habitaban. Yen Yen caminaba junto a lady Wilbury, permitiéndose ser conducida más que participando activamente. Las calles estaban abarrotadas de personas que hablaban con estridencia, se movían con rapidez, siempre con prisa, siempre ocupadas, como si el tiempo en Londres valiera más que en cualquier otro lugar.
Las tiendas, aunque lujosas, le resultaban frías, ajenas. Los escaparates brillaban con ostentación: vestidos de seda y encaje, joyas que refulgían como estrellas apagadas y sombreros que parecían más bien esculturas. Pero por más que lady Wilbury señalara entusiasmada uno u otro artículo, Yen solo veía cosas, objetos destinados a impresionar a otros, no a ella.
—Querida, este encaje es una obra de arte —comentó su madrina, deteniéndose frente a una vidriera y haciendo un gesto para que Yen Yen se acercara.
—Sí, madrina, precioso —respondió sin verdadero interés, obligándose a sonreír mientras el ruido de las ruedas de los carruajes sobre el pavimento y las voces le martilleaban la cabeza.
El aire olía a una mezcla de hollín, castañas asadas y perfume barato que flotaba como una capa densa sobre la ciudad. Todo resultaba abrumador: el bullicio constante, la multitud interminable, la sensación de estar tan lejos del mundo que conocía y añoraba.
Dentro de la tienda, la sensación no mejoró. Los espejos altos parecían multiplicar su figura, rodeándola con una versión de sí misma que no conocía del todo, envuelta en telas que, aunque hermosas, no parecían hechas para ella. Las modistas se movían a su alrededor con ademanes eficaces, alabando su porte y sugiriendo diseños, mientras lady Wilbury supervisaba cada detalle con ojo crítico.
—Esto será perfecto para el baile de presentación —dijo su madrina, sosteniendo un vestido azul cielo con bordados de hilo de plata.
—Es hermoso, madrina —dijo sin apenas echarle un vistazo.
Mientras lady Wilbury hablaba con las modistas sobre ajustes y plazos de entrega, Yen se giró hacia la ventana de la tienda. Afuera, la ciudad continuaba con su ritmo frenético, como si su propia falta de entusiasmo no significara nada. Londres era muchas cosas para muchas personas, pero para ella, en ese momento, no era más que una jaula disfrazada de grandiosidad.
Cuando finalmente salieron de la tienda, cargadas con paquetes y promesas de más visitas, el cielo comenzaba a oscurecerse. La niebla londinense, pesada y fría, descendía sobre la ciudad como un velo que lo cubría todo, volviendo las formas borrosas y los colores, pálidos. Yen Yen alzó la vista hacia el horizonte, buscando algún resquicio de claridad, pero solo encontró más humo, más gris.
—¿No es fascinante? —exclamó lady Wilbury mientras subían al carruaje—. Londres tiene una energía única, una vitalidad que no se encuentra en ningún otro lugar. Es como si la ciudad misma estuviera viva, ¿no crees, querida?
—Supongo que sí, madrina —murmuró Yen, mirando por la ventanilla mientras las ruedas del carruaje comenzaban a girar sobre los adoquines.
El trayecto hacia la casa de los Wilbury fue una mezcla de sacudidas y ruido. Lady Wilbury hablaba sin cesar sobre el baile de presentación, los invitados que asistirían y la importancia de causar una buena impresión. Yen Yen apenas escuchaba. Su mente vagaba lejos, hacia su hogar en Hertfordshire, donde el silencio era profundo y las estrellas podían verse con claridad, no como en esta ciudad, donde incluso la noche parecía atrapada en una prisión de humo.
Al llegar, los lacayos se apresuraron a subir los paquetes y preparar el té en el salón. Yen Yen se dejó caer en un sillón, agotada, mientras lady Wilbury comenzaba a repasar los planes para los días siguientes.
—Tendremos que ajustar tu horario, querida. Hay tantas cosas por hacer antes del baile. Y el señor Cuthberston, claro, ha preguntado por ti.
Yen alzó la vista con sorpresa.
—¿El señor Cuthberston? —preguntó, más por educación que por curiosidad real.
—Oh, sí. Es un joven encantador, de una familia respetable. Le hablé de ti en nuestra última reunión, y parece muy interesado. Este tipo de conexiones son cruciales, querida. No subestimes su importancia.
Yen Yen no respondió. Había aprendido que discutir con su madrina era como tratar de detener la marea: inútil. Pero en su interior, algo se revolvía. La perspectiva de convertirse en un objeto más dentro de la vitrina social de Londres le resultaba insoportable. No quería ser admirada, ni ser evaluada ni pertenecer a nadie más que a sí misma.
Al terminar el té, decidió que necesitaba aire fresco. O al menos, tan fresco como podía ser el aire en Londres. Se excusó con su madrina y salió al pequeño jardín trasero de la casa. Allí, bajo el tenue resplandor de las farolas y envuelta en el frío de las últimas horas de la tarde, encontró un momento de calma.
Se sentó en un banco de piedra y cerró los ojos, dejando que el silencio parcial del jardín mitigara el constante rugido de la ciudad. Pensó en su madre, en las historias que le contaba cuando era niña sobre seguir el propio camino. ¿Qué diría ahora, viendo a su hija atrapada en un mundo que no era el suyo? Por mucho que pudiera imaginarse su situación, estaba segura de que no llegaba a visualizar la magnitud de su malestar en aquel momento. Y, en el fondo, no podía perdonarla por haberla obligado a hacer aquello.
Yen era muy consciente de lo que sucedería en cuanto pisase los salones de la alta sociedad del brazo de su hermano, pues era algo que ya había vivido antes: los someterían a ambos a un escrutinio feroz a causa de sus orígenes. Él, un hombre proveniente de Abisinia[1] y criado en Inglaterra; ella, una joven nacida en China y adoptada a la edad de ocho años. Eso, combinado con el escandaloso vestido de color cielo que había elegido su madrina para su presentación en sociedad, la colocaría en una situación complicada.
¡Cómo le gustaría despertarse y descubrir que todo aquello no era más que una pesadilla!
Un sonido repentino la sacó de sus pensamientos. Era un crujido, suave pero claro, proveniente de las sombras más profundas del jardín. Yen Yen se giró, con el corazón acelerado.
—¿Quién está ahí? —preguntó con voz firme pese al nerviosismo.
De entre las sombras emergió una figura. No era un ladrón, co
