El cambio en cien palabras

Fernando Jáuregui

Fragmento

cap

DEDICATORIA UN POCO MASIVA,

PERO CON TODO AFECTO A TODOS Y CADA UNO

A Bárbara Jáuregui y Thomas Evelyn. A Mariana Jáuregui y Fernando Herranz. A Gonzalo Matanzo y Carolina Nieto. A Esteban Matanzo Jáuregui y Lucía Matanzo. A Borja Pita y Cecilia Quiralte. A Amaya Herrero y Gonzalo Rubio Hernández-Sampelayo. A Gustavo Jáuregui y María Albiol. A Guillermo, Jorge y Miguel Revuelta. A Cora Courbenas. A Esther Gómez. A Nicholas, Rebecca y Victoria Fry.

A Carolina Pita y Álex Núñez. A Pablo Cano Lizaso y Amanda Irizarry. A Cortes Ortí y James Fitzgerald. A Luis Ortí Frías y Leonor Alba.

A Xaume Olleros y Jennifer O’Mahony. A Blanca y María Olleros.

A Rocío Espinosa y Manuel Velao. A Lucía Gutiérrez. A Ana y Félix Puebla Puebla y Pedro García. A Laura Benito. A Miguel Villalba Leirós, Cristina Villalba y Chabela Villalba. A Isabel González Bescansa, Álvaro Denia, Diego Real de Asúa, Ana Fernández Fidalgo, Luis Losada, Ana Aguilar y a Jaime, Silvia, Pepe y Casilda Coll.

Y a otros diez millones y medio, aproximadamente, de integrantes en España (en el mundo son dos mil quinientos millones) de las generaciones X y millennials. Ellos tendrán —y, más que ellos, sus hijos y nuestros nietos, los de las generaciones Z y Alfa— que llevar hasta sus últimas consecuencias la era del Gran Cambio que un día iniciamos sus padres y abuelos, los boomers. Ojalá sea para bien.

PRÓLOGO

Intentémoslo…

En realidad, el trasfondo —pudorosamente velado— de este multitemático libro de Fernando Jáuregui es una sutil invitación al optimismo. No es fácil ser abiertamente optimista en nuestro mundo actual. Enfocar este mundo (así como el futuro inmediato al que parece apuntar) con sosiego, fiable información, alguna gota de humor y con mayor concesión a la confianza que a la desesperación no implica convertirse en una anacrónica versión de aquel doctor Pangloss empeñado en concluir que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Jáuregui, que sazona su amplia y reconocida trayectoria profesional con una inalterable curiosidad juvenil, se propone indagar cómo es más probable que sea el mundo que viene, y lo hace buscando orientaciones, explicaciones y respuestas de diverso calibre y condición, pero que, en lo posible (que no es poco), se salgan del trillado carril de lo tópico, de lo obvio y de lo ya sabido.

Recurre para ello a expertos de múltiples campos, y trata de rastrear el posible hilo común tras sus respuestas; abre todas las ventanas que va encontrando y cuando procede asombrarse, se asombra, y cuando procede sentirse escéptico, se siente escéptico. El resultado es este libro, que no es fácil dejar de leer, y que además se presta a ser abordado desordenadamente, pues no desarrolla tesis alguna ni pretende que nada de lo que narra sea irrebatible.

Reconozco que comparto con Jáuregui (viejo y querido amigo) su clara opción por el optimismo. «Optimistas y pesimistas acaban muriendo igualmente, pero los primeros viven más felices», me recordaba un querido y admirado amigo. Muchas veces buscar la felicidad consiste más bien en regatear la infelicidad, sobre todo cuando lo que se pretende es entender y evaluar la realidad social (la actual y la que parece venir tras ella) y lo que puede suponernos. Y al respecto no hay mejor ejemplo que uno de los temas que, de forma transversal, aflora recurrentemente a lo largo de este libro y que, según se afronte desde una u otra de sus caras, genera reacciones opuestas. Me refiero a la situación demográfica actual: a ese «envejecimiento demográfico» que ya está aquí y que tanto desasosiego, y hasta angustia, suele provocar. Con algún motivo, sin duda: oír que un grave problema de nuestra actual sociedad es que cada vez está más envejecida no es algo que llene el alma de campanillas. En realidad, esa afirmación, aun siendo correcta en el fondo, es, en lo que parece estar transmitiendo, radicalmente falsa. Los demógrafos y gerontólogos (pero todavía no los periodistas) ya repudian la expresión «envejecimiento demográfico»: la realidad es que el periodo vital que ahora resulta correctamente etiquetable como «vejez» está pasando ya a ser más corto que nunca. Por ejemplo, en nuestro país, los algo más de quinientos mil españoles que en 2022 cumplieron sesenta y cinco años (y que representan casi el 80 por ciento de todos los que nacieron en su mismo año) tienen todavía por delante, en promedio, 18,6 años de vida saludable, y después les quedarían aún, en promedio, 2,6 años adicionales de vida, pero ya con una salud limitada; es decir, técnicamente hablando, de vejez. O lo que es igual: lo esperable es que vivan 86,2 años, y de estos tan solo 2,6 se corresponderán con lo que se ha estado entendiendo tradicionalmente como vejez.

Estos datos constituyen solo un ejemplo del profundo y extenso cambio que está experimentando la duración y, sobre todo, la calidad de la vida humana y al que, por lo general, no se presta la atención debida (pero sí lo hace Jáuregui). En sociedades con vidas saludables cada vez más largas, lo que se requiere, con urgencia, es atender a lo que Andrew J. Scott ha denominado «el imperativo de la longevidad». Es decir, entender que lo que está ahora ocurriendo en nuestras sociedades no es que la población esté, hablando con propiedad, «envejeciendo», como suele decirse; en realidad, y como ha señalado una connotada demógrafa española (Elisa Chuliá), lo que está sucediendo es más bien lo opuesto: un rejuvenecimiento de etapas vitales que durante siglos han sido entendidas como vejez. En el mundo actual, lo que está sucediendo, y cada vez en mayor medida y en más lugares, es una generalización de vidas cada vez más largas y más duraderamente saludables. Estamos embarcados en un generalizado e imparable proceso de «madurez masiva».

Escondido de la mayoría jacobina que, en el París revolucionario de 1793, había ordenado su detención (y su segura e inmediata ejecución), Condorcet dedicó sus últimos meses de vida a redactar un Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano. Un texto rezumante de optimismo ante el mundo que venía: pese a lo mucho que ya había progresado la Humanidad, el futuro sería, según su percepción, inimaginablemente mejor. Y tuvo la entereza (y el humor) de anticipar ese futuro en un momento y en unas condiciones que no parecían las más idóneas para suscitar ese estado de ánimo. Hoy ese optimismo ya no se lleva. El mundo actual (se mire como se mire y se evalúe como se evalúe) es incomparablemente mejor que el de 1793. Pero parece costarnos mucho reconocerlo; es más, tendemos masivamente a pensar lo contrario. Predomina la certeza de ir constantemente a peor, de estarnos dirigiendo a toda velocidad a un irremediable precipicio colectivo. La popular ciencia ficción (desde el 1984 de George Orwell hasta el Blade Runner de Ridley Scott, por citar tan solo dos innegables obras maestras del género: una, literaria, y la otra, cinematográfica) refleja y, a la vez, confirma este generalizado recelo (incluso terror) colectivo, cada vez más intenso, ante el futuro. El estilo Condorcet no está de moda de cara al futuro que viene. Y este estado de ánimo, más extendido de lo razonablemente saludable para una sociedad, es lo que hace oportunas y especiales las páginas que siguen, en su buscada modestia y humildad (pero no por ello menor agudeza y acierto). Ya hemos sido debidamente advertidos de que «ni está el mañana —ni el ayer— escrito»: si el pasado no acaba nunca de estar cristalizado total y definitivamente, y si el presente es un constante fluir, ¿cómo cabe pretender certeza alguna respecto de lo que vendrá?

Los raíles para nuestra futura marcha colectiva probablemente están ya en apreciable medida tendidos; pero cómo los completemos, y rodemos luego por ellos, dependerá de nosotros (o de aquellos de nosotros a los que cronológicamente les corresponda hacerlo) y del ánimo con que lo hagamos. Y este libro nos alienta a afrontar ese futuro que está ya ahí con curiosidad y con predisposición al asombro, más que con prevención y fácil entrega al espanto. Al menos, intentémoslo.

JOSÉ JUAN TOHARIA

UNA ADVERTENCIA PREVIA

Algo más que cien, o mil, palabras: el Cambio abarca todo el diccionario… y, además, está cambiando

Selecciona tus propios términos para definir el Cambio

Nos estamos jugando mucho en este envite.

Todo. Nos jugamos la vida.

Este libro podría seguir en la misma línea que tantos pensadores a la moda, preguntándose cosas como si la Humanidad se extingue, si vamos de cabeza a una guerra mundial en las ondas o si la Inteligencia Artificial va a dejar ejércitos de parados, de personas formadas que, no obstante, se sientan «inútiles». O a dónde nos llevará, en todos los sentidos, la «era Trump».

De entrada, advierto que, entendiendo los riesgos que conlleva el Cambio, prefiero el recurso a la esperanza: sobreviviremos a los cantos de la catástrofe, aunque sean muchos quienes, entre las incertidumbres de la IA y las certidumbres derivadas del cambio climático, pasando por la constatación de los muchos errores que cometemos, no se permitan refrenar su pesimismo.

Puede que el 5 de noviembre de 2024, con las elecciones en Estados Unidos, comenzase para el mundo una nueva etapa del Cambio, un tren en el que ya estábamos viajando. El fin de una era woke.

El Cambio, y los cambios de él dependientes, tiene mucho más que cien palabras. O que mil. De hecho, este Cambio multipolar, global, de velocidad e intensidad inéditas en la historia de la Humanidad, abarca todo el diccionario, creando constantemente nuevos términos para definirlo y dando nuevos significados a lo ya existente.

No seré yo, pese al título «comercial» de este libro, quien enumere la lista de palabras del Cambio. Invito al lector a que, en su recorrido por este libro, haga él su propia selección. Que almacene sus propias palabras para definir el Cambio y los cambios. Porque hay cambios que son más sugerentes e importantes para unas personas que para otras. Y hay palabras que para unos tienen un significado y para otros, sin embargo, sugieren muchas más acepciones.

El autor se limitará a plantear al lector algunas sugerencias más o menos veladas. Trate de encontrarlas. Porque el protagonista del Cambio, y quien lo define, es usted. O debería tratar de serlo.

Y no, no es un juego de Wally, ¿Dónde está el Cambio?, ni es una cuestión solamente semántica, con lo importante que es cuando afecta al lenguaje, que es la base de nuestro pensamiento; es que, tras las palabras, se encuentra la mayor mutación en las costumbres, prácticas, conceptos y utilidades que probablemente haya registrado jamás una persona. Tenemos que recuperar el lenguaje, el relato: nos lo están quitando. Quizá para abandonarlo, en los conceptos actuales, dentro de unos años, cuando, como dice Nicholas Negroponte, acaso ya no lo necesitemos porque podamos comunicarnos por una especie de telepatía inserta en nuestros cerebros. ¿Es a eso a lo que aspiramos?

UNAS CUANTAS PALABRAS SOBRE LAS PALABRAS

En teoría, las nuevas generaciones incorporan un léxico propio, y ahí empezaría el Cambio, con la llegada de nuevas palabras creadas desde estímulos distintos a los nuestros. Estamos yendo más lejos: los modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM, por sus siglas en inglés) en ChatBox, ayudas virtuales, etcétera, fabrican los textos que generan lenguaje de manera natural mediante Inteligencia Artificial. Los LLM entienden y siguen conversaciones. Utilizan datos de lenguaje. Comprenden palabras nuevas y viejas. Son la muestra acabada de que las palabras constituyen, en esencia, el núcleo central del pensamiento, de la civilización. Pero ¿podrán las máquinas algún día «independizar» su lenguaje, o sea, su pensamiento, del de los humanos?

Muchas de estas palabras ya estaban en el acervo de nuestra cultura, incluso desde el siglo XVII, como demuestra un interesante ensayo de la profesora de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid María Luisa Regueiro. En su Diccionario del léxico juvenil en España, la profesora Regueiro muestra que muchas de las palabras «juveniles» más extendidas ya se empleaban en el léxico vulgar de hace cerca de cuatrocientos años.

Ello podría significar muchas cosas. Que el lenguaje se reinventa, ni se crea ni se destruye. Pero eso no es verdad del todo, porque las circunstancias nuevas fuerzan la fabricación de nuevos términos: estoy pensando, sin querer «meterme en política» (como dicen que Franco aconsejaba cínicamente a sus interlocutores), en esa palabra, «fachosfera», inventada por Pedro Sánchez para (des)calificar a sus detractores de la derecha. O, como dice con humor Marta García Aller, palabras que describen situaciones inéditas: «cibercuernos», «digisexualidad», «robotfilia».

La política y la vida, por ingenio, por pura necesidad o por incultura, generan muchos términos nuevos e «interesados». Lo mismo ocurre con la irrupción de lenguajes dominantes en la tecnología, en la cultura y en la economía, hasta en el ocio, y me estoy refiriendo, en efecto, a la invasión de los anglicismos. Ellos, triste pero cierto, inventan; nosotros, aquí en Europa, traducimos y adaptamos. Y prohibimos o permitimos lo que otros nos traen.

Los nuevos hallazgos e inventos precisan nuevos términos, como ha ocurrido con el (impropio) de la «Inteligencia Artificial», que la Real Academia ha decretado que sea una sola palabra, y no dos. Y que, existiendo desde mucho antes de que fuese bautizada, ha sido con su (impropia) denominación definitiva con lo que ha despegado hasta tutelar ya nuestras vidas.

Sí; aun teniendo en cuenta la advertencia de la profesora Regueiro, y conscientes de que palabras como «mogollón» y otros muchos ejemplos son ancestrales, es cierto que la semántica también domina el Cambio. Quizá por eso este libro lleva el título que lleva. Porque pensamos en palabras, y son las palabras, y no las imágenes abstractas, las que configuran las ideas.

Y, al calor de las palabras, al tiempo que se configuran nuevos términos, todo, todo, todo está mudando. Ninguna persona en el mundo, por mucho poder que tenga, llámese Elon Musk o Donald Trump, por ejemplo, puede presumir de abarcar toda la dimensión de la mudanza, que se dispara a nuestro alrededor y nos da de lleno en cada uno de los aspectos que usted pueda elegir o imaginar.

HERÁCLITO SE QUEDA CORTO

Puede que alguien diga que el Cambio es algo inherente a la Humanidad, que está inserto en la Historia y que, por tanto, no es noticia. ¿Por qué dedicar tantas horas como ha dedicado este autor a investigar el Cambio y los cambios, cuando en realidad es algo que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos?

Remontémonos a Heráclito de Éfeso cuando, ya en el siglo VI a. C., nos transmite que todo fluye, todo cambia y nada permanece. A ver quién se atreve a discrepar de Heráclito. Pero jamás ha fluido con tanta rapidez, con tanta intensidad y en tantos órdenes a la vez. Nunca, que se haya comprobado, la Humanidad ha estado tan absorta, tan perpleja y, al tiempo aparentemente tan ajena, tan distraída ante la Gran Transformación Global. Llega el Humano Nuevo, el transhumanismo, y ni nos estamos enterando; hay poderosos que piensan en fabricar una nueva raza «superior» de hombres y mujeres, y nosotros, los quizá condenados a ser «los inferiores», como si nada.

Y una de las varias tesis de este libro es que quizá tengamos que ir abandonando ya los conceptos clásicos del propio Cambio y, por tanto, de casi todos sus compuestos, desde la felicidad hasta la virtud, en la que los griegos cifraban esta felicidad. Ya nada es lo mismo, ni siquiera la percepción de la realidad, quizá excepto la Historia. Y aun eso…, la realidad de la Historia ya se sabe que la determinan los vencedores. Al menos, en el corto plazo. Y hoy los vencedores son los amos de los datos.

Es un Cambio, con sus múltiples cambios, del que hay que tomar conciencia, un tigre que tenemos que aprender a cabalgar antes de que nos destroce con sus zarpazos. Porque hasta ahora vivíamos el Cambio, pero ahora somos el Cambio, forma parte de nosotros mismos, se ha introducido en nosotros. Somos Cambio y no podemos considerarlo como algo externo, aunque tantas veces nos venga impuesto.

Y no, no estoy situándome en una posición globalmente contraria a las mudanzas, a lo nuevo. Es solo que mi posición es una de las muchas que están contra la aceptación pasiva de todo lo que nos viene o quieren que nos venga. Y más aún estoy en desacuerdo con quienes asumen que este Cambio nos destruirá indefectiblemente.

Y esto no es lo mismo que el rechazo, porque tiene también un componente de esperanza, y muchísimo de curiosidad: ¿qué nos va a deparar el destino, es decir, el Cambio, de aquí al final de nuestras vidas? ¿Qué les espera a nuestros hijos, a nuestros nietos? ¿Seremos capaces, trabajando a favor de un Cambio razonable, hasta donde lo entendamos, de dejarles un mundo mejor del que estamos conociendo? ¿O vamos, como temen Yuval Noah Harari y otros profetas del Apocalipsis, hacia nuestro final como Humanidad sapiens?

PERMÍTAME ASUSTARLE UN POCO… (BUENO, ES IAN PEARSON QUIEN LO HARÁ, Y NO SERÁ PARA TANTO)

Me gustaría mucho responder a las preguntas que formulo más arriba. El Cambio que viene es inmenso, difícilmente predecible y, como digo en otros párrafos, inaprehensible.

Pero hay científicos, a los que considero solventes, que lo intentan. Permítame asustarle un poco con estos temas de futuro que, a modo de mero ejemplo, enumera, entre otros, el futurista Ian Pearson en Business Insider, de Henneo Magazines. Por cierto, déjeme decirle que Pearson, a quien retomaremos unas páginas más adelante, cuando hablemos del Amor, es alguien a quien las revistas especializadas (y las universidades de medio mundo) se toman muy en serio:

Primero. El creciente papel de los «drones para la paz». No solo repartirán los paquetes —ya han empezado a hacerlo—, sino que serán los taxis del futuro; ya alguien me habló recientemente de la existencia de un programa «convirtamos los drones en taxis». Entonemos, aunque sirva de poco, un «no» a los «drones de la guerra».

Segundo. El hyperloop se impondrá en el transporte de viajeros entre ciudades, según el diseño de tren en tubos a baja presión ya realizado por la empresa Space X de Elon Musk. El transporte rápido entre ciudades que no estén separadas por océanos será más por tierra que por aire (el avión ya es un fastidio contaminante y ruidoso). Y el hyperloop, ese tubo que nos propulsa, es lo más rápido que se conoce. Algunos expertos consideran la idea demasiado costosa y arriesgada, pero ¿qué y quién detiene a Musk y a su Space X, otra de tantas de sus locas y realizadas fantasías?

Tercero. Máquinas «humanas». Pearson dijo, hace siete años, que parecía muy posible que las computadoras fuesen ganando «conciencia» y ser «conscientes» ya en 2025. Este es el meollo de lo que se está debatiendo acerca de la Inteligencia Artificial, ¿no? Y ya estamos hablando de la singularidad tecnológica, que es el momento en la historia de la Humanidad (hipotético, pero probable) en el que las máquinas serán capaces de automejorarse, estarán capacitadas para diseñar o construir computadoras o robots mejores que ellas mismas.

Cuarto. A Marte, en 2030. Si le parece un poco pronto, pensemos en 2035. O en 2040. En este libro nos vamos a tomar muy en serio la carrera espacial. El «turismo espacial» será asequible en 2050, pero solamente para los muy ricos, anticipó Pearson en 2016. Puede que esta modalidad «turística» se extienda ya antes de mediados de siglo, por lo que vamos viendo.

Quinto. Las prótesis estarán tan avanzadas en los próximos diez años que dotarán a la gente de nuevas capacidades. La tecnología que emerge de los cuerpos. Un nuevo concepto sobre la discapacidad, que será muy «capaz». Un transhumanismo que se extiende desde las operaciones cosméticas hasta las variaciones genéticas, aunque de esto Pearson no llegase a hablar.

Sexto. La ropa del futuro dará «supercapacidades» a las personas, que podrán levantar mucho más peso e incluso «volar» en cortos trayectos gracias a sus atuendos especiales. Hyundai, con su «exoesqueleto», ya ha dado los primeros pasos. Y nuevos tejidos, como el grafeno, revolucionarán la industria textil.

Séptimo. La realidad virtual reemplazará los libros de texto en la próxima década. Aún no se ha explorado, y menos explotado, todo el potencial educativo del metaverso. Sin embargo, lo de «reemplazar» los libros de texto me parece un futurible indeseable. «Complementar» sería, quizá, una idea más adecuada. En todo caso, los avances en nanotecnología permitirán convertir nuestros cerebros en computadoras y vivir en un mundo simulado, virtual. Como en Matrix. Lo digo así para abrir boca, pero el tema, como se verá, es sugestivo, delicado, complejo… y peligroso.

Octavo. El smartphone se va quedando antiguo. En sus predicciones de hace unos años, Pearson vaticinaba que los teléfonos móviles se quedarían obsoletos ya en 2025. Sin duda, se anticipó un poco, aunque… ya hemos comprobado que parte de la tecnología 5G se puede implantar como un chip bajo la piel humana. Pero Pearson va más allá: si los gobiernos y los «reglamentos morales» lo permitiesen, nos convertiríamos en cíborgs, mitad humanos y mitad tecnología bajo nuestra piel. Mucho más allá que la biónica, la biorrobótica o los androides. Y muchísimo más allá del transhumanismo, que es un término que escucharemos con frecuencia en los próximos años. Anuncio que de algo de esto, ajeno a los vaticinios de Pearson, la «descorporeización», que no es inmortalidad, pero quizá se le acerca, también trataremos en este volumen.

Noveno. La Inteligencia Artificial «copará» la domótica ya en 2040. La IA formará parte indivisible de nuestros hogares en la nueva construcción de edificios. Y, aunque Pearson no lo diga, también aumentará el riesgo de que el Gran Hermano no esté solamente en nuestros teléfonos móviles ni en nuestras pantallas, sino en nuestras paredes. Y ya que hablamos de la ciudad del futuro, habrá superrascacielos que englobarán la mayor parte de los servicios de una ciudad entera, incluyendo minicampos de golf. Y, por supuesto, las impresiones en 3D se usarán —ya han empezado a usarse— para la construcción «rápida» de viviendas asequibles. Y ocurrirá en menos de veinte años. Mucho menos, quizá.

Décimo. El último capítulo en este «decálogo» lo dedica a algo de lo que hablaremos bastante aquí: el coche autónomo, que, eso también lo digo yo, no Pearson, acabará con las autoescuelas y las gasolineras (todos los vehículos serán eléctricos antes de mediados de siglo, si no pudiese cumplirse estrictamente la regulación que prevé que sea en 2035) y cambiará la configuración misma de las carreteras, tal y como hoy se conciben.

Sí, yo también me quedé estupefacto al comenzar, hace algo más de un lustro, a bucear en las transformaciones que nos vienen, de las cuales acabo de ofrecer solamente una pequeña muestra de cosas que, en su mayoría, ya están empezando a ponerse en marcha y que resultaban inimaginables en 2014.

Y preocupado. Porque soy consciente de que las transformaciones no son solo tecnológicas: comportan un cambio radical de nuestras mentalidades, de nuestras esperanzas. Incluso de longevidad y calidad de vida: «A partir de 2032, tu salud retrocederá en el tiempo: por cada año que vivas, ganarás otro», nos dice Ray Kurzweil, el futurista más famoso —y arriesgado—, que nos asegura que la Inteligencia Artificial superará la inteligencia humana tan pronto como en 2029 y, poco después, dejaremos de envejecer para siempre. Tiendo a pensar que este pensador, autor de un libro muy famoso, La singularidad está más cerca, va un poco lejos. Pero cierto es que ya nos burlamos de él cuando lanzó una serie de predicciones en 2005 cuya mayor parte se ha cumplido.

Cambiará también —está cambiando, de hecho— nuestro concepto de felicidad y de convivencia con el resto de la Humanidad. Lo que ocurre es que Pearson y sus colegas, a mi juicio, no contemplan con suficiente atención esta cara, la «humanística», de la moneda.

Y luego están nuestros temores y aprensiones. ¿Nos lleva todo este Cambio y sus cambios anejos a una vida mejor? Se preguntaba José Antonio Llorente, el gran comunicador, si estamos preparados para vivir tantos cambios, en tantos frentes diferentes, en tan poco tiempo. Y esta pregunta es mucho más importante que el hecho de que podamos hacer el amor con un robot, o de que ese mismo robot, o un pariente suyo, nos realice una operación quirúrgica desde la distancia; algo que, por otro lado, es ya una realidad casi cotidiana.

EL «DATAÍSMO»

Así, el Cambio es inevitable, pero quizá, si somos del todo conscientes de él, llegue a ser al menos parcialmente —solo parcialmente— manejable en la medida en la que signifique conducirnos a nosotros mismos y combatir a quienes, bajo el trampantojo del progreso, quieren invadirnos.

Sí, hay superpoderosos que abusan de nuestros datos, que se quieren apropiar del Cambio e imponernos el suyo; así que unámonos a la campaña «mis datos son míos», mi vida es mía; la información no nos puede venir de quienes la inventan o deforman, ni del algoritmo de turno, o acabaremos en una sociedad orwelliana. O «dataísta», poseída de un culto desmesurado a la tecnología que nos exportan y cuya arma principal es algo tan aparentemente neutro como los datos. Unos datos que, por cierto, nunca son neutrales ni inocentes.

La gente asume que los cambios están ahí, pero no siempre los acoge con espíritu positivo, según las múltiples encuestas que he manejado a la hora de escribir este libro y que en él quedan reflejadas.

Quizá porque, a veces, no nos presentan esta cara positiva. O, tal vez, no hay cara positiva y hay quienes aprovechan el Cambio no para el progreso de la Humanidad, sino para su propio interés, como está ocurriendo en el país que desde hace un siglo dominaba —y en cierto modo aún domina— el mundo.

Un cronicón sobre el Cambio debe incorporar los nombres de Musk (y Trump), Zuckerberg y compañía: pocas veces unos empresarios —vamos a llamarlos así— han transformado tanto el mundo, y no estoy seguro de que sea del todo para bien. Y, encima, en connivencia con quien aspira a gobernante del mundo mundial, que es, en mi opinión personal, el personaje más atípico, más peligroso, más arbitrario en la Historia quizá desde Nerón.

«ALGORITMO», PALABRO DEL AÑO

Un día de estos, por si comete el «error» de no leer este libro, le voy a proponer al director de la Real Academia, Santiago Muñoz Machado, que impulse el término «algoritmo» como palabra del año. Que es un palabro misterioso cuyo último alcance y posibilidades pocos abarcan, y que es el que ahora domina en buena parte nuestras vidas. De hecho, ya he tenido la oportunidad de proponérselo personalmente a Muñoz Machado, a quien me encontré en una emisora de radio. No sé si al final, y salvo catástrofes, triunfará mi candidato algún año de estos.

En todo caso, a ver si los sesudos académicos llegan hasta el final de lo que se esconde tras la definición formal de algoritmo: «Conjunto de instrucciones y reglas definidas y no ambiguas, ordenadas y finitas, que permite, típicamente, solucionar un problema, realizar un cómputo, procesar datos y llevar a cabo otras tareas y actividades».

Los «fabricantes» de algoritmos se han convertido en los dominadores del mundo, quizá a las órdenes de sus amos, pero, desde luego, muy por encima de las buenas gentes que poblamos, sin la pericia técnica ni las oportunidades empresariales que ellos tienen, el planeta de los siervos. O sea, el planeta de los simios.

LOS PERIODISTAS CUENTAN EL CAMBIO

Llevo algunos años empeñado en transmitir el mensaje de que somos los periodistas quienes, ayudados por los expertos, tenemos la obligación de contar a la ciudadanía este Cambio y los cambios múltiples que de él se derivan. Eso es lo que he tratado de hacer en este libro, auxiliado por más de un centenar de personas imprescindibles (véanse los agradecimientos al final), muchos documentos, numerosas lecturas un poco demasiado vastas y, por tanto, quizá algo apresuradas (se amontonan los libros que nos predicen la catástrofe total, es imposible no sufrir un atracón de Apocalipsis), así como varias encuestas.

Y aunque las encuestas que realizo para Periodismo 2030 desde hace casi una década muestran que la percepción ciudadana es que informamos tarde, mal y exageradamente, lo cierto es que esto no es del todo así, aunque haya que ceder una parte de razón a los encuestados. Los periódicos, en papel o digitales, dedican cada vez mayor espacio a informar sobre los múltiples aspectos de la Inteligencia Artificial, el metaverso, la carrera espacial… O sobre la era cuántica, que será, dice el pensador Michio Kaku, la que determine nuestro futuro una vez que nos hayamos acoplado a la «era de la Inteligencia Artificial». De hecho, la palabra «cuántica» ya ha empezado a poblar las páginas de los periódicos, aunque aún haya mucho por descubrir en ella. No, ni Pearson ni tantos otros vates llegaron nunca a profundizar en un tema en el que aún muy pocos bucean con la suficiente hondura.

La radiografía que hemos hecho sobre el estado de ánimo de los españoles indica una cierta atonía, una desconfianza generalizada en lo que viene. Lo que ocurre es que la experiencia indica que quienes responden en los sondeos lo hacen impulsados por muchas motivaciones, por no pocos prejuicios, por múltiples tópicos, no necesariamente con intención de engañar. El de matar al mensajero (al que pregunta en las encuestas) siempre ha sido, me temo, un deporte muy popular por estas tierras. Y a las encuestas, tal como las conocemos, quizá les quedan no muchos años, como veremos.

De todo eso, de las certezas y contradicciones, de lo real y lo fake, habla este libro. Que ni puede ni quiere ser un tratado especializado sobre todo lo que he mencionado y sobre otras muchas materias que no he mencionado aún. Los temas que aquí se abordan darían sin duda para muchos libros. Ahora se trata de trazar una panorámica general de lo que acaso van a ser nuestras vidas de aquí a, pongamos, 2050.

Y es que los cambios tecnológicos, o en la biomedicina, o en los conceptos morales, nos llevan a plantearnos otros interrogantes, que van más allá de los planteamientos iniciales de este libro:

¿Qué hace que irrumpan los populismos y que alguien como Trump pueda llegar a ser presidente de Estados Unidos apoyado por setenta y siete millones de votos? ¿Cómo combatir la epidemia de las noticias falsas? ¿Por qué está en crisis la democracia liberal? ¿Ha vuelto Dios? ¿Se aproxima una nueva guerra mundial? ¿Qué civilización va a dominar el mundo: Occidente, China, el islam? ¿Tendría Europa que abrir sus puertas a los inmigrantes? ¿Puede el nacionalismo resolver los problemas de la desigualdad y el cambio climático? ¿Qué debemos hacer con respecto al terrorismo?, etcétera.

Estas preguntas «de futuro inmediato» le inquietan a alguien como Harari. Y a mí también, que he planteado algunas de estas interrogantes en mis encuestas. Y probablemente a usted también, lector. Forman, todas ellas, parte de la incógnita del Cambio. Porque todo Cambio tiene un necesario componente «político».

Y eso que este no es un libro propiamente «político». Pero, por su naturaleza, no puede divorciarse de la política. Casi nada puede. Todo está ligado por la política, por el factor poblacional, por el factor energético, por el económico: todo ello se entrecruza constantemente. Y ahora, en esta nueva era «trumpista», se entremezcla de una forma algo caótica.

De ahí la dificultad de dividir el tema sobre el que versa este libro en capítulos estancos. Notará el lector que, a veces, unas cuestiones invaden capítulos dedicados a otras, en un relativo —aunque planificado— desorden. Es, en el fondo, la gran ventaja de la situación: que el Cambio todo lo aglutina y difícilmente nada puede caminar por separado, independizándose de lo demás. No se puede adoptar un cambio para desdeñar otros.

LO QUE IMPORTA ES LA GENTE

He querido volver a ser el reportero que en algún momento quizá dejé de ser. Quiero extasiarme críticamente ante lo Nuevo, estar alerta ante los peligros que pueda depararnos, entusiasta ante los avances que pueden cambiar el mundo a mejor, indignado ante quienes quieren aprovechar el Cambio y darnos el cambiazo. Me ha fascinado lo que he ido encontrando y he salido corriendo a lo mismo que se dice que salió el torero Luis Miguel Dominguín tras pasar una noche con la actriz Ava Gardner: a contarlo. A contárselo a la gente. Que es quien importa.

Pienso que el ser humano tiene la necesidad, y quizá la obligación, de intentar adentrarse en terrenos inexplorados por él. Estamos en uno de esos momentos históricos irrepetibles en los que colectivamente nos damos cuenta de que estamos entrando en una nueva era. ¿Hay alguna misión más sagrada para un periodista que intentar aportar al ciudadano la luz, el conocimiento, la información y las reflexiones más originales allá donde todo nos parece que está oscuro? Me siento un privilegiado al poder, como periodista, contar esta nueva era, todo un hito en la historia de la Humanidad. Esa, e interesarle y divertirle un poco, es mi ambición. Nada más, nada menos.

Y eso sí, no olvide buscar, y encontrar, «sus» palabras para el Cambio. Por este libro, algo dispersas y quizá despistadas, andan casi —casi— todas.

PRIMERA PARTE

LA BÚSQUEDA, QUIZÁ DESESPERADA, DE LA FELICIDAD

1

Los optimistas somos minoría. Aún...

—Doctor, ¿podremos, en un plazo razonable, aspirar a vivir hasta los ciento treinta años? ¿Y cómo?

No era una pregunta banal. Vivir hasta los cien años es ya casi algo usual, y la media de duración de la vida ya supera en muchos países, España entre ellos, los ochenta años. Mi último dato al respecto, de 2024, indica que en España existen, según el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 19.639 personas con cien años o más.

Vivir lo más posible, pero sobre todo vivirlo con calidad, es la máxima aspiración de los humanos, después de la inmortalidad, que es una aspiración casi literaria, hoy por hoy imposible.

Y cuando llegas, como el autor de este libro ha llegado, hasta los setenta y cuatro con una razonable plenitud de sentidos, estas interrogantes se hacen cruciales, tanto como deberían serlo para quienes tienen muchos menos años que el autor. El problema es que el autor se ha dado cuenta quizá demasiado tarde; por eso reclama la alerta de los lectores más jóvenes y les dedica este volumen.

José Manuel Ribera es sin duda el geriatra más importante de España. A sus ochenta y cuatro años, ha logrado ya todos los reconocimientos y aún sigue recibiendo gente en el despacho que le han prestado en el hospital donde desempeñó su especialidad durante muchos años, compatibilizando este trabajo con su cátedra, con la Academia y con las innumerables conferencias que da por todo el mundo.

Ribera es un hombre prudente. Su respuesta fue muy cauta. Él sabe que esa es la pregunta del millón de dólares, o de euros. Y que quizá tengamos que contestarla cada uno de nosotros.

Le hice, meses después, la misma pregunta a la hija del doctor Ribera, Teresa, que entonces aún se desempeñaba como vicepresidenta tercera del Gobierno de Pedro Sánchez y como ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. Las dos asignaturas más importantes para el futuro que un Gobierno, o cualquiera, puede plantearse.

Son dos cuestiones tan importantes que quizá no deberían colocarse en las manos de una sola persona, por muy competente que sea. Ni en las solas manos de un Gobierno. Aunque ambas cuestiones estén relacionadas: todo está relacionado con el cambio climático y las sacudidas en la pirámide poblacional. De ese Cambio penden todos los demás cambios.

Esa pregunta también se la hice a otros varios médicos eminentes. De cuántos años vayamos a vivir dependen muchas cosas, todo: la pirámide poblacional española, que tiene una forma cada vez más gruesa en la parte superior, y más enclenque en la inferior, condicionará desde las pensiones hasta la edad de jubilación, desde las especialidades de ocio y el turismo hasta la literatura, desde el automovilismo hasta los viajes. Influirá en los transportes, la alimentación, el hábitat, la política, en nuestra posible clonación, en el transhumanismo, en la filosofía con la que accedamos a vivir, a morir o a intentar sobrevivir, en la inmortalidad soñada y ya veremos si imposible... En todo.

Como dice el filósofo Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio, «no solo la vida humana es radicalmente pasajera, sino también el mundo en general. Nada garantiza duración ni persistencia. Ante esta carencia ontológica

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