Cerró el paraguas de cuadros no porque hubiese dejado de llover, sino para que dejara de hacerlo. No solía creer en ese tipo de cosas, pero recordó, con cierta angustia, con un nudo en la garganta, que existía un equilibrio entre la superstición y la ciencia. Cinco sentidos eran pocos para entender lo que nos rodeaba. O, a veces, demasiados.
Se giró y miró al frente, a la montaña de piedra caliza y escarpadas paredes grises donde se había formado una cueva. Se preguntó si estaría habitada por lobos. Buscó en la profundidad del valle, en los prados de abajo, en el pueblo de casas blancas que parecía tan lejano. Pero el único ser vivo que vio fue una babosa negra que se retorcía en la hierba junto a sus pies. Pensó que tal vez se había equivocado. Tal vez se había equivocado en todo. Pero la decisión ya estaba tomada. Al menos no había amapolas.
La lluvia, impasible, seguía cayendo. Caía sobre la antena de la luz, sobre el joven abedul, sobre la alfombra de hojarasca. Caía haciendo que el camino del desfiladero se embarrara, se volviera resbaladizo.
Un rato después se oyó el grito. Casi un aullido.
Y, aun así, no dejó de llover. Continuó lloviendo sobre las rocas llenas de musgo, sobre las encinas y los tejos, sobre un abrigo negro manchado de barro, sobre una cara arañada, sobre una boca ensangrentada que se había cubierto de hojas, sobre un paraguas de cuadros cerrado junto al cadáver entre los árboles, al fondo del barranco.
1
Objetos
Sonó el timbre y yo me pregunté quién, un domingo a las diez de la mañana, bajaría por una callejuela del casco antiguo, buscaría un portal entre una tienda de ultramarinos y un pub que cerró hace años, y pulsaría el botón del segundo junto al que hay una pequeña placa verde que pone: «Gabinete de Maravillas Calume». Aquí solo suelen subir clientes habituales y curiosos despistados, pero por el día y la hora supuse que no sería ninguno de ellos. Opté por alguien que necesitara con urgencia algo lo suficientemente bello o raro para consolarse. O puede que un mensajero. En cuanto oí su voz a través del telefonillo, supe que se trataba de lo primero. «Hola. ¿Está abierto?». «Sí. Suba».
En mi puerta apareció una mujer rubia y menuda, envuelta en una gabardina, que olía a maquillaje. No sé cuántas horas haría que se había levantado, pero de sus ojos hundidos deduje que no había dormido demasiadas. Se sorprendió un poco al verme.
—¿Está Calume? Me dijeron que preguntara por Calume.
—Yo soy Calume —respondí.
—Ah —dijo ella, algo desconcertada—. Ah —repitió—. Pensé qué…
Los clientes inesperados suelen extrañarse de mi juventud, ya que esta clase de oficios se les presupone a personas de mayor edad, y tampoco ayuda mi aspecto aniñado. Por lo tanto, lógicamente, desconfían.
—Pase, no se quede ahí.
No me agradó la visita. En primer lugar, porque los domingos por la mañana estoy muy ocupada y, además, aquel estaba sola, por lo que quería aprovecharlo. Pero también porque, para variar, me había sentado mal la cena del sábado, concretamente el bote entero de marron glacé que me había tomado de postre.
La mujer entró jugando nerviosamente con el cinturón de la gabardina.
—No sabía si hoy, a estas horas, estaría abierto. La verdad es que vine… vine guiada por un impulso.
—No tengo horarios. Verá, este no es solo mi negocio, también es mi casa.
Y señalé el biombo chino, tras el que vivimos Blas y yo acurrucados entre la cocina, la habitación pequeña y el baño. El resto del piso —el cuarto mediano, el salón y los pasillos— está destinado a la exposición de objetos. Y por ahí guie a la mujer, cuyos ojos de ratón iban abriéndose más y más según miraba las vitrinas. Así es como les llega el consuelo a mis clientes. Lo he visto muchas veces.
—Es fantástico, todo. Y Gabinete de Maravillas me parece un nombre tan evocador… Cómo no querer pasarse —rio.
—Bah, no se crea —contesté divertida, como tantas otras veces—. En realidad, no es más que un término ampuloso e intencionadamente lleno de misterio para encubrir una tienda de antigüedades sin fuste, una almoneda estrafalaria en la que tienen cabida todo tipo de objetos viejos y curiosos. Si tuviera que imprimir unas tarjetas de visita que no tengo, dirían: «Alana Calume. Cacharrera».
Las dos sonreímos, y yo la dejé sola en sus vagabundeos por las vitrinas, algo que no suelo hacer, pero creí que aquella mujer necesitaba un poco de intimidad. A veces es una forma de tener intimidad con uno mismo. Aproveché para irme a la cocina a tomar sal de frutas.
Tardó un rato y, aunque suele alegrarme que la gente se demore entre mis objetos como si contemplara una enigmática selva, la mañana iba avanzando y mi estómago bullía. Finalmente, se decantó por un estuche de carnet de baile, dos vasos de uranio, un cenicero de tren y una aldaba con forma de mano que sostenía una naranja.
—Me tentaba la raqueta de madera —dijo señalando la que tengo colgada en la pared—. En la cuadra de mis abuelos, en el pueblo, había una y nunca supe de quién era.
Me habló de los objetos que dejaba, no de los que iba a llevarse. Signo inequívoco de melancolía. Le hice algunos comentarios sobre las cosas que había comprado, e incluso me ofrecí a hacerle un café, que ella rechazó de forma tímida y agradecida. Soy incapaz de abandonar a alguien que acude a mi casa a consolarse de la nostalgia, por mucha prisa o acidez de estómago que tenga.
No negaré que fue una venta provechosa, pero estaba ansiosa por marcharme. Porque vendo, sí, pero yo, sobre todo, busco. Soy una husmeadora de desvanes, una fisgona de mercados, una expoliadora de negocios que cierran, una saqueadora de casas derruidas, una exhumadora de pasados ajenos.
Cuando era niña, solía sacar del mueble del salón la guía telefónica, abrirla al azar, pasear mis dedos por las columnas y leer los nombres y las direcciones que aparecían. Aunque me encantaba el tacto rugoso del papel fino y el olor de aquellas guías, lo hacía con la secreta intención de encontrarme en algún momento con alguien conocido. Con una pulsión parecida busco ahora mis objetos; busco sin saber con exactitud qué estoy buscando porque solo lo distinguiré cuando lo encuentre. Busco por todas partes algo que sea mío, que me aluda, que reconozca en su bella y atípica rareza. El placer de este oficio no radica en la posesión de una pieza deseada, sino en el instante de fascinación por el descubrimiento insospechado. Por eso me gustan tanto los domingos por la mañana, porque cada semana, rigurosamente, me brindan el encanto de investigar.
Aquel domingo Blas estaba en uno de sus congresos y yo lo agradecí. No es que me moleste su compañía, que en otros momentos suelo reclamar con ternura felina, pero prefiero estar sola en la búsqueda. Al igual, supongo, que a los escritores no les agrada teclear con alguien mirando por encima del hombro, ni a un cazador seguir un rastro sintiendo el aliento de otro en la nuca mientras este le da conversación. El hallazgo inesperado ha de hacerse en soledad. Aunque lo cierto es que disfruto yendo a husmear casas con Melquíades y Ulises porque los tres compartimos pulsiones similares, aunque ellos no estén interesados en ningún objeto. Además, no hay nadie mejor para rastrear esquelas. En cuanto fallece alguna de las personas cuyo nombre está apuntado en la lista que tienen colgada en la trastienda, recibo una llamada de mis amigos y corro a coger las llaves del coche.
Cuando se atiende una colección de objetos antiguos, al igual que una familia numerosa o una granja, hay que establecer ciertas rutinas para asegurarse de que todas las partes reciban los cuidados necesarios. Los domingos por la mañana, antes de salir de casa, los dedico a comprobar que funciona todo aquello que sea mecánico. En cuanto la mujer rubia se marchó abrazada a su bolsa, comencé, presurosa, a girar las llaves de los juguetes de cuerda. Abrí las cajas de música, le di vueltas a la manivela del organillo, me aseguré de que estuvieran en hora todos los relojes (los de carrillón, los de bolsillo, los de pared) para que su tictac uniforme siguiera marcando el ritmo de la casa, accioné las palancas de los molinillos de café, e hice girar mis tres zoótropos viendo cómo saltaba el caballito, se encaramaba la trapecista y el esqueleto se quitaba y ponía la cabeza.
La acidez de estómago no remitía, ya era tarde, y salí de casa con el cuerpo desapacible. Puede que fuera por eso por lo que sentí un ataque de añoranza al pasar por delante de Casa Amparo, que es donde Blas suele esperarme tomando un caldo y leyendo el periódico mientras yo husmeo. Cuando llego, le robo algunos sorbos calientes, despliego mis tesoros encima de la mesa y él me comenta las noticias más estrafalarias, que son las que le gustan. Hacía demasiados días que Blas se había marchado. Pero en cuanto sentí el trajín del rastro, la soledad volvió a parecerme apetecible.
Pasando los puestos de flores, frente a la biblioteca, esa plaza se convierte los domingos en el caótico hogar de las cosas mendigas y desechadas. Sábanas extendidas en el suelo con lámparas de mina, azadas aún con la tierra incrustada, herramientas oxidadas, añosos abrevaderos de ganado. Esquinas en las que se ofrecen muebles inmensos que ya no cabrían en ninguna casa, percheros de pie, cabeceros de cama hechos de hierro y bronce. Mesas llenas de muñecas sucias sin ojos, máquinas de escribir desdentadas, cajas de cerillas mohosas. En lo que otros arrumban, yo encuentro mis pequeños prodigios. También es cierto que no resulta frecuente y se necesitan muchos vagabundeos por los puestos.
Mi estómago seguía haciendo de las suyas, y ni siquiera el bullicio de los cacharros parecía apaciguarlo del todo. Además, como habían anunciado erróneamente que seguiría cayendo la lluvia de los días anteriores, la gente no dejaba de golpearme con los paraguas que llevaban colgados en los brazos. Aun así, no quise renunciar del todo a la búsqueda, y antes de retirarme me pasé por el puesto de Montoya, que suele tener una cantidad increíble de lo que yo llamo «chucherías». Son tápers de plástico llenos de pequeñas baratijas que se perderían en las mesas: relojes, anillos, juguetitos, chapas, prendedores. Me gusta meter allí la mano y revolver, como si la introdujera en un saquito de legumbres metálicas.
Fue entonces cuando lo vi, perdida entre ese maremágnum de objetos diminutos. Lo cogí con dos dedos y lo acerqué tanto a los ojos que por poco me quedo bizca. Era un alfiler de corbata como el que llevaba Gabriel Vargas Montseny la tarde en que lo conocí siendo una niña.
Estaba ennegrecido por el tiempo, muy deslucido, pero aún se apreciaba la mariposa y creí distinguir las cuerdas enroscadas. Aunque no tengo demasiados conocimientos de joyas, como tampoco de cuadros, sabía que no era una pieza valiosa porque había adquirido otras similares varias veces por internet. Había encontrado una media docena, a precios bajísimos, la mayoría de los años noventa y con dueños sudamericanos, pues, al parecer, allí la moda de los alfileres de corbata había durado un poco más. Pero era la primera vez que encontraba uno sin buscarlo, con el azar como aliado. Se me notó en la cara el entusiasmo, fue tarde para regatear, y el sobrino de Montoya me hizo pagar por él un precio que ambos sabíamos desproporcionado. No me importó.
Siento un cosquilleo curioso cada vez que me encuentro con algo relacionado con Gabriel Vargas Montseny, y sobre todo con aquella dichosa tarde. Hay una emoción en ello, pero también azoramiento. Por eso, cuando veo de lejos a Orestes haciendo de guía para los turistas curiosos y llevándolos por lo que él ha bautizado como la Ruta Misteriosa, o me topo en las librerías con algún ejemplar de Vargas Montseny en la niebla, de Ruth Rami, mi primer impulso es huir. Sin embargo, de vez en cuando buscaba por internet el alfiler de corbata y el mechero de gasolina que Vargas Montseny le había prestado a Bode aquella tarde, y que descubrí que se trataba de un Ronson. Y también hablé con Ruth, aunque luego me arrepintiera.
Me marché a casa rápidamente, como una ladrona, con el alfiler de corbata en el bolsillo de mi abrigo verde y el clandestino propósito de meterlo en la caja en la que guardo un número incierto de mecheros plateados de gasolina que imitan a los Ronson, los pañuelos de pájaros que me recuerdan al que llevaba Tina aquella tarde, los marcos con las fotos que colgaban en La Patagonia y que he ido adquiriendo en distintas subastas, e incluso una de las tarjetas-llave del hotel en el que se alojó Vargas Montseny que abrí a todas las puertas menos la suya, ya que un amigo mío había pasado allí una noche y le supliqué que la robara para mí. Son los objetos con los que voy recreando aquella tarde, y los únicos que me permito coleccionar. Otros guardarían recortes de periódico. Un alfiler de corbata como el que llevaba el escritor había sido una presa muy codiciada por mí, y acababa de encontrarla donde nunca esperé hacerlo: en el rastro al lado de casa. Mi corazón de cazadora se estremecía.
Al llegar, fui con el alfiler a la cocina, que, para desdicha de Blas, utilizo con frecuencia como taller y laboratorio. Aparté de la mesa la cuchara pringosa y el bote vacío de marron glacé, no sin antes reprimir una arcada, y a punto estuve de pegar un trago a la mezcla de agua, bicarbonato y vinagre blanco que junté en un vaso, a ver si lograba aliviarme la acidez de estómago que ni siquiera la excitación había aplacado. Mojé un trapo en aquella mezcla y fui frotando el alfiler con delicadeza para quitar el sulfuro que lo había ennegrecido. El brillo de plata se fue revelando. Ahí estaban, las dos cuerdas y la mariposa. Le di la vuelta para terminar mi labor y, en cuanto pasé el trapo, fue como si hubiera acercado un papel a una vela y me revelara el mensaje secreto que alguien había escrito con zumo de limón. Porque en aquel preciso momento me sonó el teléfono.
—¡Melquíades! —exclamé al auricular.
—Hola, hola. ¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Todo bien?
Melquíades y su forma de saludar varias veces.
—Todo estupendo. Aquí, borrando el azufre de los años a un alfiler de corbata. ¿Vosotros?
—Ah, así estás bien, sí. Mira, te llamaba porque he visto la esquela que acaban de colgar y…
Mi corazón de cazadora, que ya se había activado esa mañana, volvió a estremecerse augurando una nueva búsqueda.
—¡Sí! ¡Dime! —exclamé con una alegría de la que luego me arrepentí, y de la que Melquíades se percató.
—No, Calume, no es eso. Quiero decir…, ¿has hablado con tu tío?
—¿Con mi tío? ¿Con Canor? No. ¿Por qué?
Lo que me contó a continuación me dejó noqueada. De haber sido otra persona, casi no le hubiera creído. Aunque entonces ya intuía que el pasado tiene extrañas formas de reaparecer en nuestras vidas, y no solo a través de los objetos.
2
La Patagonia
—Coño, casi se me pasa usted desapercibido —le soltó mi tío Canor al darle la mano.
Mi tío no suele ser tan brusco, pero aquel era uno de sus días bárbaros, y en esas circunstancias podía llegar a decir cualquier cosa.
—Sí, señor. A los escritores nos gusta pasar desapercibidos para que la gente solo tenga que hablar de nuestras obras, y así nos perdonen el agravio —contestó Gabriel Vargas Montseny con voz calmada y juguetona, con su acento suave.
Vargas Montseny fue lo suficientemente generoso para driblar de aquella forma burlona el inapropiado comentario de mi tío, que había tardado en reconocerle en el hall del hotel porque no se esperaba a alguien tan bajito, tan apocado físicamente. Para tratar de compensar aquel momento, y de una forma un poco absurda, Canor prolongó el apretón de manos un poco más de lo que resultaba adecuado y rápidamente pasó a presentarme, incluso antes de decir su propio nombre.
—Mire, Vargas, esta es mi sobrina y acaba de cumplir diez años.
A mi tío Canor le había parecido una buena idea llevarme, como regalo de cumpleaños, a conocer a los escritores que formarían parte de los III Encuentros Hispanoamericanos sobre Realidad y Ficción que se celebraban en Oviedo. Él se las había apañado con la organización para ejercer de acompañante de alguno de los autores y, no por casualidad, le había tocado Vargas Montseny. Puede que este no resulte el regalo de cumpleaños más apropiado para una niña, pero así era mi tío, Nicanor Calume.
Canor, el hermano mayor de mi madre, pesaba más de cien kilos y en los días especiales, como Nochebuena o alguna comida familiar, le gustaba llevar camisas hawaianas. Era geólogo, se pasaba seis meses al año en medio del mar en una plataforma petrolífera, y cuando volvía lo único que quería era hablar. No tanto por el aislamiento, sino porque la mayoría de sus compañeros en la plataforma eran ingleses o alemanes y a mi tío nunca se le dieron demasiado bien los idiomas, por lo que decía que aquello era como querer conversar en morse. Así que cuando volvía, venía por las tardes a nuestra casa, se sentaba en la cocina y, cortando grandes tajadas de queso acompañadas de todo tipo de refrescos que tuviéramos en la nevera, hablaba sin parar mientras mis padres daban cabezadas en la silla. Antes de marcharse, desviaba la mirada de forma aviesa hacia alguna lata vacía llena de migas que hubiera contenido galletas o hacia cualquier cachivache que mis padres ya dieran por inservible, y preguntaba: «¿Vais a tirar eso?». Se iba con su botín bajo el brazo y, sujetando la puerta del ascensor, seguía discurseando un rato más antes de despedirse. Pero esto, por supuesto, no era suficiente, y acudía a todas las tertulias, ya fueran de toros, de ópera o de mera sobremesa, escuchando a ratos y soltando peroratas con frecuencia. Su preferida, sin duda, era la tertulia literaria, a la que a mí, de niña, solía llevarme. Si acababa de venir de la plataforma, monopolizaba la conversación, y si ya llevaba tiempo en la ciudad, su voz se fundía con la de sus compañeros, que jamás le reprochaban sus largas ausencias.
Los viernes en que mis padres salían a cenar, yo esperaba con ansia que mis abuelos estuvieran en el pueblo para que pudiera quedarme a dormir con Canor. «Al menos no bebe», decía mi madre como resignación y consuelo, porque jamás se fio demasiado de dejarme con él. Aunque sintiese devoción por su hermano mayor, el ser abstemio parecía el único don que le autorizaba a cuidar de una niña. Yo le achacaba todos los demás. «Si es que, en el fondo, tu tío y tú sois iguales», rezongaba mi madre tratando de poner orden en mi cuarto, ya que este parecido era realmente lo que le preocupaba.
El viernes era el día que más me gustaba quedarme con él porque era cuando me llevaba a su tertulia literaria en La Patagonia, un enorme café que olía a vermut y mantequilla, con techos altísimos, mesas de mármol, columnas, lámparas de globo y espejos. Muchísimos espejos que reflejaban sin parar las mesas, las columnas, los gastados dibujos geométricos de las baldosas, formando lo que a mí me parecía un prodigioso laberinto.
Mi tío Canor se sentaba todos los viernes con sus amigos en la primera mesa de la izquierda a hablar de libros y beber agua con gas, mientras el resto prefería el vino. Con él, eran seis. Estaba Manuel Bode, que era relojero y siempre tenía las solapas de la chaqueta manchadas de ceniza. Salía constantemente a fumar y, cuando hacía demasiado frío, se quedaba en la mesa con el cigarro pegado a los labios resecos, de tal forma que podía hablar perfectamente con él colgando de la boca. Bode era un hombre hosco y friolero que conversaba refunfuñando y que a mí me daba caramelos de leche de burra que guardaba en los bolsillos. A veces se confundía y sacaba alguna de las castañas que llevaba encima como amuleto. Sus castañas, él, su ropa y sus caramelos emitían un tufo parecido al de los viejos almacenes que nadie ventila.
Tina, María Tina Flórez, había llegado a la tertulia de manos de mi tío, debido a una vieja amistad que los unía, y que yo nunca acabé de entender muy bien porque no me imaginaba a dos personas más distintas. Tina era ligera, levemente angulosa, llevaba el pelo cortado como un muchacho y prefería el vino blanco, que bebía a sorbitos muy pequeños. Limpiaba la mesa con un pañuelo, de manera delicada, y sacaba una libreta en la que había tomado notas sobre la lectura con una caligrafía ordenada y hermosa. Le interesaban, sobre todo, las partes en las que se hablaba de la naturaleza y las ruinas del pasado, y se desesperaba cuando la conversación se desviaba de los libros, que era lo que ocurría casi siempre; aunque era una desesperación muy contenida: un fruncir de boca, un entornar de ojos, un cerrar la libreta, un suspirar y seguir la charla.
También estaba Braulio, uno de esos hombres elegantes con barba que aquí son tan habituales. Había en Braulio algo de dandi, algo de filósofo y algo de burgués. Pero, sobre todo, había bastante de lo que él realmente era: psiquiatra. Siempre se apiadaba de los personajes de los libros, incluso de los peores. Tenía tres hijas que le adoraban y que de vez en cuando se pasaban con su madre por La Patagonia para llevarle una bufanda cuando la tarde refrescaba, o para anunciarle que se había cambiado la hora de la cena.
Delia era oculista y le gustaban las historias de fantasmas. Tenía una carcajada sonora, una vocación innata para el misterio y una ética extraña y rigurosa que solo entendía ella. Disfrutaba haciendo las hipotéticas cartas astrales de los personajes de las novelas, lo que siempre le acarreaba discusiones con Bode.
Y, para terminar, estaba Rosalía, que competía con mi tío en excentricidad y gordura. Su cara era redonda y reluciente como una manzana, poseía unos ojos vivos, juguetones, y una boca carnosa de un asombroso rojo natural. Tenía un puesto en la Junta del Principado, pero he de decir que nunca supe exactamente a qué se dedicaba. Su marido era un famoso catedrático de Literatura, Tomás Márquez, aunque todo el mundo decía que la que realmente sabía de libros era ella. Cada vez que alguno de sus escritores favoritos fallecía, o cuando se cumplía de alguno el aniversario de su muerte, aparecía en La Patagonia vestida entera de negro, con un camafeo entre los pechos, y una mantilla de encaje oscuro en los hombros. «Te has pasado con el luto, Rosalía», le decían los otros tertulianos. «A callar, pollos», replicaba ella.
Me crie entre ellos. Los viernes de mi infancia en los que mis padres salían y Canor estaba en Oviedo, me sentaba en una esquina de aquella mesa y mordisqueaba en silencio las famosas mantecadas de La Patagonia que me compraba mi tío mientras ellos debatían. No entendía casi nada de lo que decían, pero me gustaba escucharlos, de la misma forma que puede conmoverte alguien recitando versos en alemán. Me daba la impresión de que yo seguía su conversación furtivamente, como si estuviese escondida en una tinaja de barro. Jamás se dirigían a mí, no se mordían la lengua a la hora de decir improperios o procacidades, no me miraban de reojo, no se daban codazos los unos a los otros mientras me señalaban con la cabeza. Solo salía de mi tinaja cuando a alguno de ellos se le caía algo al suelo (mecheros, monedas, bolígrafos) y yo rápidamente me agachaba a recogerlo. Ya entonces tenía vocación de buscadora de objetos. Me encantaba, además, escudriñar los intrincados dibujos amarillos y granates de las baldosas, como si otro laberinto se reprodujera en el suelo, uno incluso más profundo, donde cada elemento (estrellas, cruces, aspas, círculos) estaba cargado de significado; me perdía en ellos como en un jeroglífico y me quedaba allí, bajo la mesa, un rato largo. Sola en mis dominios. Sospecho que a veces tiraban cosas a propósito con el único fin de entretenerme.
A la hora de la cena o, mejor dicho, a la hora en que Braulio, el psiquiatra, tuviera que cenar, el grupo se despedía y, mientras íbamos hacia casa, Canor se desahogaba hablándome de D’Artagnan y de Edmundo Dantés, pues el resto de los tertulianos despreciaban a Dumas, de hipotecas, de la flor del banano o de un tipo de Burundi que habían metido en una vitrina porque había sido el único ser humano que no se equivocó nunca. Hablaba con una alegría tal que parecía que se había bebido un pellejo de vino en vez de tres botellas de agua con gas. Pese a su gordura, Canor siempre ha caminado a una velocidad asombrosa, casi al ritmo de su constante cháchara, y a mí me costaba mucho seguirle el paso, por lo que me quedaba rezagada viendo cómo se movía su inmenso culo para todos los lados, dando la impresión de que él iba hablando solo por la calle y yo era una pobre niña perdida.
El apartamento de mi tío Canor me gustaba incluso más que La Patagonia. El salón estaba lleno de libros, de cintas de vídeo y de minerales. Pero también de todo tipo de objetos extraños que se habían quedado desfasados en las plataformas petrolíferas y él había recogido, de las lamparitas que mis padres tenían en la mesilla cuando yo nací, de las viejas sillas con las patas desconchadas que estaban en el comedor de mis abuelos y de los múltiples jarrones que a una prima nuestra le habían regalado para su boda y consideró horrorosos. Mi tío Canor, entre otras cosas, no creía en la caducidad. Sostenía que, mientras un alimento no tuviera mal aspecto ni un olor dudoso, podía comerse perfectamente. «Si esto está cojonudo, hombre. Está bárbaro», decía, y cuanto más se alejara de la fecha indicada en el paquete, más ufano parecía. Así que el hombre, orgullosamente, me daba para cenar todo tipo de productos caducados, y los comíamos en una bandeja que le habían regalado por comprar cereales, mientras veíamos películas en cintas de vídeo. Luego se quedaba dormido con la boca abierta y tenía que despertarle para que desplegara el sofá cama en el que yo pasaba la noche.
Sí, él me transmitió muchas cosas. Tenía razón mi madre: en el fondo, éramos iguales. Por eso, cada vez que me hacían una entrevista sobre mi profesión, sin sospechar que una de ellas me iba a traer la felicidad, siempre empezaba hablando de mi tío Canor. Pero tardé muchos años en contar lo verdaderamente interesante, aquello que había ocupado muchas portadas de periódicos. Porque de lo que nunca hablaba, hasta que Ruth me encontró, era de la tarde que pasamos con Gabriel Vargas Montseny.
3
La familia no recibe
Mi tío carraspeó al descolgar y, por la forma en que contestó al teléfono, supe que ya estaba al tanto.
—Dime, vidina.
—Tío, ¿te has enterado?
—Sí, hija, sí. Acaban de llamarme.
Por motivos que nunca entendí, mi tío Canor, en vez de pegarse el móvil a la oreja, habla con el manos libres puesto y se lo pone de frente como si fuera un walkie-talkie, lo que hace que siempre se le oiga alejado. Pero aquel día la distancia con la que me hablaba era distinta.
—A mí me avisó Melquíades —expliqué—. Pero ¿qué pasó?
—No lo sé muy bien. Un accidente, me dijeron.
—¿Accidente? ¿De coche?
—No, no. —La distancia de mi tío aumentaba; su voz parecía cada vez más remota, acurrucada en su interior—. Mira, no lo sé. Es que estoy… es que estoy que aún no me lo creo.
—Ya —dije de forma un poco estúpida, como si esa mínima comprensión conllevase todo el consuelo.
«Un accidente», pensé. Repasé mentalmente la esquela que habían colgado en Funerarias Reunidas y que busqué tratando de encontrar pistas sobre lo que había ocurrido, porque, al igual que mi tío, no podía creerlo. Me había golpeado la noticia, y más aún por las circunstancias en las que me había enterado de aquella muerte inesperada.
Solo ponía su nombre, el de sus familiares, un ruego de una oración por su alma, y el lugar y la hora en la que se celebraría el funeral al día siguiente. Y también otra cosa que llamó mi atención.
—En la esquela pone que la familia no recibe.
—Sí, me lo dijeron. Mira, mejor. Así recojo un poco por aquí y ya voy mañana para la misa.
Su comentario me hizo saber que aún seguía en el pueblo. Desde que se había jubilado, mi tío solía pasar allí la mayor parte del tiempo. Me lo imaginé despanzurrado en una de las sillas del porche, con el móvil en la mano frente a la nariz, la mirada perdida, las alpargatas rotas llenas de tierra y una botella de dos litros de Coca-Cola a su lado en el suelo.
—Es raro, ¿no? Que una familia como la suya no quiera organizar un velatorio.
—Qué sé yo, vidina. A mí lo que me parece raro es que haya muerto.
Ante esa respuesta entendí que estaba siendo inclemente con el dolor de mi tío. Inclemente en general, porque aquella muerte no había generado en mí tristeza, sino asombro. Este sentimiento era tan fuerte que eclipsaba a cualquier otro. Ni siquiera me atreví a preguntarle si no le extrañaba que en la esquela no pusieran el día en que había fallecido.
—¿Hablaste con los otros?
—Escribí un mensaje al grupo, supongo que irán llamando. —Mi tío y su costumbre de permanecer en la retaguardia—. Y ya van tres —soltó de pronto, como un perdigón.
—¿Tres qué?
—Tres grupos de WhatsApp que me quedan incompletos en lo que va de año. El de los geólogos, el de la peña de la lotería y ahora el de La Patagonia. —Canor suspiró haciendo una pequeña pausa—. El cáncer, un infarto y… esto. Ay, rediós, qué vida.
«¿Y qué ha sido esto?», pensé un poco irritada porque le diera tan poca importancia a los motivos de aquella tragedia. Aunque, conociéndole, no resultaba tan raro. Si algo estremecía a mí tío más que los días bárbaros era la muerte. Ya fuera inesperada, como aquella, o producida por una larga enfermedad, a Canor le parecía que cualquier muerte cercana era como la confirmación de una epidemia, que se estrechaba el círculo, que en la ruleta rusa iban quedando menos recámaras vacías y más balas. «Eh, pero acordaros de que yo no pienso morir. Yo trasciendo», decía, dándose sonoros golpes en el pecho. «¡Trasciendo!». Además, solía repetir que el día que él muriese también moriría su mejor amigo. Una de las míticas frases de mi tío, que en aquel momento se me antojó macabra.
—Oye —dijo cambiando radicalmente de tono—, ¿fuiste hoy al rastro?
Ahí estaba Canor, el Canor de siempre. Cuando los domingos iba al rastro con mis padres de niña, solíamos encontrarlo por allí, y entonces mis padres se marchaban a tomar el vermut y nos dejaban a los dos solos, husmeando. Mi tío se afanaba en comprobar si los aparatos aún funcionaban o si serían de fácil arreglo, si los muebles tenían carcoma, si los platos no estaban demasiado rotos. «Esto está bárbaro. Está cojonudo, hombre. Si es que la gente tira cualquier cosa». Hallar algo que le sirviera le proporcionaba un placer inconmensurable, como si hubiera ganado una batalla en la estrafalaria guerra que mantenía contra el mundo. Y en eso siempre nos diferenciamos: él se decantaba por lo práctico y yo, por la belleza.
—Sí fui, sí —contesté, y cerré con fuerza el puño. Cómo decirle lo que había encontrado. Cómo mentar la soga en la casa del ahorcado. De todos modos, aunque no me hubiese enterado ese día de que un miembro de La Patagonia había muerto, tampoco me hubiera atrevido a hablarle de mi hallazgo.
—Ya sabes que si encuentras algo que pueda valerme…
—Sí, tío. Lo sé, lo sé.
Cómo no saberlo, si me lo repetía cada vez que hablábamos.
—Así me gusta. En fin, voy a llamar a tu madre para decírselo, que cuando hablé antes con ella aún no sabía nada de todo esto. Igual quiere venir al funeral mañana.
—Yo también iré. Quedé con una clienta a primera hora, pero creo que me dará tiempo a llegar.
—Oye, que si quieres ser tú la que avise a tu madre…
—Sí, tío, no te preocupes, lo hago ahora.
—Eso sí, dile que me llame cuando quiera.
—¿Quieres que mamá te llame?
—¡Cuando quiera! Bueno, vidina, me ha animado mucho hablar contigo. —Sí que parecía que a lo largo de la conversación se había alentado. Además, hacía bastante tiempo, desde lo de Ruth, que mi tío y yo no hablábamos por teléfono. O, al menos, no como antes. Me resultó curioso que nos fuera a unir lo mismo que nos había separado. Aquel día todas las flechas apuntaban en la misma dirección—. Gracias. Nos vemos mañana. Con Dios, y con la mano en el carro.
—Con Dios, y con la mano en el carro, tío.
«¿Que se ha muerto quién?», preguntó mi madre al otro lado del teléfono. No había podido oírme con claridad porque en aquel momento se pusieron a sonar todos los relojes de la casa marcando la hora en punto. Se lo repetí mientras miraba el alfiler de corbata similar al que llevaba Vargas Montseny la tarde de mi infancia en que le conocí, que yo aún tenía en la mano y que había estado apretando todo el rato mientras hablaba con mi tío Canor.
4
Los pájaros
En cuanto mi tío me presentó, Vargas Montseny me dedicó una generosa sonrisa de complicidad sin mostrar la más mínima extrañeza porque una niña los acompañara en tales circunstancias. Aunque fue con su esposa, Luz Miranda, con quien tuve una corriente súbita de familiaridad por algo que me resultó asombroso: se parecía prodigiosamente a mi madre. Las dos tenían el mismo pelo (moreno, hasta los hombros, suave, algo cardado), la misma complexión pequeña y delgada, y unos rasgos faciales muy similares. Pero Luz Miranda llevaba los ojos maquillados con gruesos trazos negros que le daban un aire árabe, exótico, misterioso. Me pregunté si así se vería mi madre si hubiera sido egipcia, o si se hubiera casado con un escritor. Mi tío Canor también habría reparado en este parecido si hubiese mirado más a Miranda, pero apenas se dirigía a ella; su segundo nombre lo acongojaba.
Tras las presentaciones, nos contaron entre risas que habían sufrido una serie de equivocaciones en el hotel con la tarjeta-llave que les dieron, ya que abría casi todas las habitaciones del largo y enmoquetado pasillo, menos la de ellos. Vargas Montseny llevaba unas gruesas gafas de montura negra, camisa blanca, jersey oscuro de pico, chaqueta a cuadros y una corbata con un alfiler plateado que simulaba dos cuerdas enroscadas y rematadas por una mariposa. Cada vez que pienso en los distintos momentos de aquella tarde, a veces le veo con una camisa azul, otras sin la chaqueta, en ocasiones únicamente con un jersey de cuello redondo, como si durante todo el día se hubiera dedicado a jugar a las prendas o como si fuera mi memoria la que juega sin piedad conmigo. Sin embargo, con lo que siempre le veo es con la corbata y el alfiler de las cuerdas y la mariposa, porque incluso desde la infancia, de lo único que soy incapaz de olvidarme es de un objeto. Más aún si es inusual y desfasado. Pero yo traté de recordar todo los demás para contárselo a Ruth.
Acompañamos a Vargas Montseny y a Luz Miranda hasta la plaza de la Catedral, que era donde estaba marcado el punto de reunión. Allí se habían congregado otros colaboradores de los III Encuentros Hispanoamericanos sobre Realidad y Ficción, de los que no tengo el menor recuerdo, cuyos rostros me costó reconocer posteriormente en las fotos y cuyos nombres solo supe al leerlos años después.
Rápidamente se estableció entre todos nosotros o, mejor dicho, entre todos ellos, porque yo era una pequeña espectadora, cierta informalidad y una corriente de simpatía. Los catedráticos de la Universidad de Oviedo que estaban en el grupo actuaron de guías de lujo y comenzó así nuestra ruta literaria por el casco antiguo. Incluso mi tío parecía feliz a ratos, y cada cinco minutos me preguntaba si me lo estaba pasando bien. Yo sabía que él hubiera disfrutado mucho más si no fuera porque sufría uno de sus días bárbaros que le anudaban el alma.
Al llegar al teatro Campoamor no tengo recuerdos claros de cómo nos despedimos o cómo se dispersó el enjambre, si es que llegó a dispersarse. Lo único que recuerdo es a mi tío agarrando a Vargas Montseny y a su mujer y arrastrarlos hasta La Patagonia. Porque, como les relataba Canor mientras los metía por la puerta casi a empujones, esa era la verdadera razón de que les hubieran asignado a ellos entre todos los autores participantes: cómo no iba a asistir el escritor chileno a una tertulia literaria emplazada en un lugar con semejante nombre.
Allí, en la mesa de la izquierda, nos esperaban Rosalía y Braulio, vestidos como si fueran a la ópera. Me pareció que Manuel Bode tenía en la chaqueta más ceniza que nunca, y Tina, para la ocasión, se había anudado al cuello un colorido pañuelo de pájaros. Delia aún no había llegado, cosa que nos extrañó, siendo ella tan puntual. Vargas Montseny y Luz Miranda no pudieron sentarse a la mesa con nosotros porque varios poetas jóvenes, que por entonces me parecían bellos y despeinados, los rodearon y los llevaron hasta la barra, invitándoles a vermut de grifo y hablándoles sin parar de Borges y Pessoa. Nosotros seis esperábamos en la mesa sin movernos, casi sin hablar, pestañeando lentamente. Mi tío Canor hasta se olvidó de pedirme las mantecadas, cosa que no me agradó en absoluto. Bode comenzó a rezongar. «Manolo, deja jugar a los niños», le dijo Rosalía haciendo un ligero aspaviento con la mano.
Finalmente se sentaron con nosotros, trayendo a la mesa el vermut de grifo. «Acertaron con la bebida, pero me temo que no con la hora», dijo, jocoso y amable, Vargas Montseny. Me sorprendió que se presentara a los tertulianos diciendo simplemente su nombre de pila.
—Y yo soy Luz —apuntó Miranda.
—Luz. Luz Bárbara, ¿verdad? —preguntó Canor, que había leído su nombre completo en las hojas informativas que le había pasado la organización.
—Bueno, sí —respondió ella, ligeramente sorprendida—. Luz Bárbara.
—Bárbara… —pronunció entonces mi tío como si aquella palabra fuera capaz de hundir cualquier barco.
Manuel Bode resopló, Rosalía comenzó a frotarse los ojos, Braulio desvió la mirada y a mí me dieron ganas de tapar a mi tío con un abrigo y esconderlo. Estábamos incómodos porque sabíamos lo que vendría después. Y, efectivamente, vino.
—Mi vida consiste en olvidar a Bárbara —dijo mi tío Canor.
El resto de los tertulianos pusieron la misma mirada de quien tiene que soportar, de vez en cuando, que toquen a muerto las campanas de una iglesia.
—Mi vida es olvidar a Bárbara en bucle —continuó, acariciando la etiqueta de su agua con gas.
A mi tío le ocurría con una frecuencia de resfriado, dos, tres veces al año, que su amor por Bárbara lo golpeara como una enfermedad pasajera. No hacía falta nada especial para que ocurriese. A veces simplemente era que sus manos se habían rozado sin querer, que por equivocación había cogido el paraguas de ella y se había pasado la tarde con su olor incrementado por la lluvia, o que habían coincidido a la hora de pronunciar una palabra en alto, como si entre ellos brotara una chispa. Pero la mayoría de las veces este amor surgía al verla desde lejos. Había ocasiones en las que Canor estaba sentado comiendo galletas de miel en el parque San Francisco y ella pasaba junto al estanque de los patos saludándole con la mano en alto, y aquella mano y aquel saludo se convertían en una bocanada de amor. O cuando paseaba por debajo de su casa y, casualmente, la veía abrir la ventana de par en par, sacando medio cuerpo fuera, y mi tío de pronto tenía que esconderse en un portal para que no se le notara el repentino amor que al verla en la ventana sentía por ella.
Como digo, estos arrebatos amorosos le ocurrían a mi tío con la frecuencia de un resfriado y, al igual que una gripe, tardaban unos días en pasársele. Los «días bárbaros», como él los llamaba.
Braulio, Bode y Rosalía tenían un gesto amargo, se les notaba incómodos porque mi tío narrara ante Vargas Montseny y Miranda la angustia que le producían sus días bárbaros. La única que le miraba con comprensión era Tina. Pero incluso yo sentía vergüenza ajena.
—Bueno —dijo Vargas Montseny, de nuevo con su voz dulce—, ya saben lo que dicen. El amor es mientras todavía no lo es del todo.
—¿Qué? —preguntó Tina, y juraría que eso fue todo lo que dijo aquella tarde.
—Me refiero —prosiguió el escritor, y empezó a hablar más bajo aún, un poco azorado— a que el ser humano solo se regocija en esa clase de encantamientos.
Entonces a mi tío Canor le cambió totalmente la expresión y empezaron a agrandársele los ojos.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Eso es! —exclamó riendo y brindando al aire con su agua con gas—. ¡Es eso!
Y, como si se tratara de un conjuro, los días bárbaros se acabaron en aquel momento. Mi tío volvió a tener su alegría de cascabel, y en la mesa se comenzó a hablar de cosas que yo no entendí, pero creo recordar que tenían algo que ver con los viajes de Vasco de Gama. En algún momento debió de llegar Delia, porque lo que sí recuerdo a la perfección es que le dijo a Vargas Montseny: «A mí me da que usted debe ser acuario, ¿no?». Y el escritor la miró extrañado porque, efectivamente, lo era.
Manuel Bode, que por pudor no se había puesto el cigarro en la boca, jugueteaba con el mechero entre los dedos en un gesto nervioso, hasta que en un mal giro acabó cayéndole al suelo. Me miró de reojo. Inmediatamente salté de la silla y me agaché bajo la mesa. Pero el mechero no estaba. Ni bajo la mesa, ni entre los pies de los demás, ni por los alrededores. Parecía que el laberinto del suelo se lo había tragado.
—No está —le susurré a Bode.
—¿Cómo que no está?
—Que el mechero no está.
Bode se agachó a mirar bajo la mesa, y pronto volvió a levantarse entre quejidos.
—No está —dijo con cara de pasmo.
—¿Qué os pasa a vosotros dos? —nos preguntó Rosalía.
—Que he perdido el mechero.
—Si quiere, puede usar el mío —dijo Vargas Montseny sacando un mechero de gasolina plateado, grande y plano, con un adorno de una punta de flecha dorada, en el que había grabado sus iniciales: «G. V. M.».
Lo miré con asombro.
Bode se lo agradeció y, con una rapidez que yo no le conocía, salió a fumar, encantado de que por fin le hubieran dado una excusa para hacerlo.
Vargas Montseny se mostraba un poco esquivo a la hora de hablar de su obra. Aunque, más que esquivo, se mostraba desinteresado y algo pudoroso, para desilusión de mi tío y sus amigos, que se habían preparado bien el tema desde que supieron que iba a venir. Sin embargo, sí que habló con pasión de los libros de otros, así como de las fotografías que estaban colgadas en La Patagonia en las que, hasta ese momento, yo nunca había reparado y, señalando el pañuelo de Tina, comentó algunos versos hermosos que se habían dedicado a los pájaros. La conversación viró entonces a las costumbres de algunos animales y lo que se aprendía observándolos, aunque solo estuvieran dibujados en un pañuelo.
