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Importancia de formarse una idea exacta
de la perfección
Parece que no hay daño mayor para la sociedad que aquel intencionado hecho por sus individuos malévolos, que, a sabiendas y deliberadamente, satisfacen la pasión y buscan el provecho o el gusto propio a costa del perjuicio y del dolor ajenos. Pero observando bien, llegamos a convencernos de que los grandes males son aquéllos que se hacen ignorando que lo son, que se consuman con tranquilidad de conciencia y que, en vez de vituperio, reciben aplauso de la opinión pública. Por cualquiera página que abramos el libro de la Historia, vemos que los pueblos sufren principalmente no por los ataques de los malhechores, que las leyes condenan y la opinión anatematiza, sino por aquellos impunes o aplaudidos que destrozan el cuerpo social con tranquilidad de conciencia y beneplácito de la comunidad. Así, por ejemplo, no es lo más grave que en ciertas épocas falte seguridad para las vidas y haciendas, sino que los bandidos se llamen y sean tenidos por caballeros; que se torturen y destrocen los miembros del acusado, sino que el tormento, sancionado por la justicia, parezca indispensable para realizarla; que se queme a los hombres vivos porque no piensan en todo como sus verdugos, sino que el oficio de éstos se llame santo, que sus manos, manchadas de sangre inocente, se besen con respeto, y que las sentencias absurdas, inicuas y crueles que salen de sus bocas impías sean consideradas como oráculos de la divinidad. Y si de los pasados tiempos venimos a los presentes, no es lo más dañoso (con serlo mucho) que haya nihilistas incrédulos y piadosos, los unos que pretendan aniquilar toda autoridad, los otros que se aniquilen ellos mismos ante la autoridad; los unos que vean la perfección en la fiera, los otros en el cadáver; los unos que conmuevan el aire con las explosiones de la dinamita, los otros que le envenenen con emanaciones mefíticas; esto, con ser muy malo, no es lo peor; lo más grave, lo terrible, es que haya miles y millones de personas que crean que por estos medios se puede hacer la felicidad de la tierra, o ganar el cielo, y que llamen perfección a la mutilación.
Nos parece que no se puede estudiar bien el presente y el pasado sin adquirir el convencimiento de que los grandes males de los pueblos vienen menos de las injusticias que persiguen que de las que toleran, y sobre todo de las que ignoran.
Para que esta proposición no parezca demasiado absoluta, hay que considerar dos cosas:
1. Que la verdad moral no surge repentinamente, como una luz que hace desaparecer las tinieblas, sino que se va infiltrando por el cuerpo social a través de numerosos obstáculos; en la lentitud con que marcha no se puede fijar en qué día ni en qué año fue contemplada y reconocida, y por esta incertidumbre de la intensidad y el momento de su acción es fácil incurrir en el error de no considerarla como causa de todos sus efectos.
2. Que en el tiempo (más o menos, siempre mucho) que la idea tarda en hacerse opinión y ley, por impaciencia simpática o por hostilidad rencorosa, es fácil pedirle lo que todavía no puede dar, o acusarla de los males que demuestra como si los creara. Hay personas envueltas en una densa oscuridad que no les permite ver el cuadro de los dolores humanos, y cuando las tinieblas desaparecen y ya no pueden negarlos, acusan a la luz de ser autora de ellos.
Teniendo presentes estas dos circunstancias, y que en todo pueblo que progresa hay
Una justicia que ignora,
Una justicia que entrevé,
Una justicia que ve claramente, pero que por los muchos obstáculos que se oponen no puede aún realizarse;
Una justicia que se realiza.
Reflexionando sobre todo esto, aparece clara la verdad de que los malhechores que la sociedad pena no son los que le hacen más daño, sino aquellos que tolera o aplaude por desconocimiento de la justicia, o por no tener de ella sino una idea confusa, o carecer de fuerza para realizarla.
Si esto es cierto (para nosotros evidente), se comprende la importancia de los ideales, de los que tanto se burlan los que califican de ideólogos a todo el que no llama definitivo a lo pasajero, absoluto a lo relativo, perfecto a lo acostumbrado y justo a lo que es cómodo para los pocos y tolerado por los muchos. El ideal es el modelo; cuando es deforme, las copias lo serán necesariamente, y no hay grande injusticia en la Historia que no tenga su filiación en un error, en una idea que calificó de malo o de bueno lo que no lo era.
Ya sabemos que los ideales pueden ser sueños irrealizables, y lo son algunas veces; pero otras se califican así las aspiraciones más justas y más nobles, a las que la pasión, el interés y la ignorancia oponen obstáculos poderosos, pero no insuperables, puesto que con el tiempo se han vencido unos, y en buena lógica debe suponerse que se vencerán otros.
¿Qué son muchos mártires venerados en los altares, o cuya memoria, respetada y querida, vive en el corazón de los hombres justos y amantes, sino apóstoles de realidades que se tuvieron por sueños, de derechos que se llamaron atentados, de consuelos que eran temidos como dolores? No se necesita saber mucha historia ni reflexionar profundamente para ser circunspectos al juzgar a los innovadores atrevidos y convencerse de la importancia esencial de los ideales. Nótese que los auxiliares más poderosos de los verdaderos soñadores son los que llaman así a todo el que propone una innovación radical, y no distinguen lo imposible de lo prematuro, ni
