Tenías que ser tú

May Bonner

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

El carruaje cruzó a toda velocidad la pequeña aldea, muy pequeña incluso para merecer tal nombre, pues se trataba de apenas tres casas agrupadas con sus correspondientes establos. Las ruedas levantaban salpicaduras de agua y barro mientras dejaban un profundo surco en el camino embarrado por las lluvias de los últimos días. Estaba a punto de anochecer y cualquiera que lo viera pasar pensaría que los ocupantes del vehículo debían tener un asunto de vida o muerte al que acudir.

Dentro, sin embargo, se desarrollaba una escena poco común: un hombre de unos cuarenta años, de pelo más bien rubio y bigote espeso, amenazaba a una joven que lo miraba con ojos espantados:

—He dicho que debes casarte y no se hable más —exclamaba con indignación.

—Pero no le conozco —protestaba la muchacha con un hilo de voz.

—¿Y qué importará eso? Es noble y eres afortunada de que su familia haya aceptado este matrimonio a pesar de tus circunstancias...

La joven trataba de aguantar la compostura y mantener la cabeza alta, como le había enseñado su querido tío Philip.

—...soy tu tutor y harás lo que yo te diga.

—Mi tío jamás hubiera permitido esto. Decía que soy muy joven para casarme.

—Pero tu tío no está. Me encargó que me ocupara de tus asuntos y eso hago. No es decoroso que vivas tú sola en casa de tu tío.

—Podría volver al internado —sugirió la muchacha intentando convencerle de que así no supondría una molestia para él.

—¡Qué tontería! No, lo correcto es que tengas tu propia familia, así que te he buscado un marido para que te cases y tengas hijos, como es tu deber. Además, no es ningún viejo, te aseguro que tienes suerte… Y quince años es más que suficiente. Hay muchas esposas de tu edad.

Rufus Sedwick siempre había sido un hombre de recursos y en esos momentos no iba a ser menos. Se guardó mucho de explicarle que desde que se había hecho cargo de su tutoría y de administrar sus bienes —que no eran demasiado cuantiosos, pero que le podían procurar una vida digna cuando cumpliera la mayoría de edad—, había estado realizando algunas inversiones y también —¿cómo negarlo?— usando su dinero para apostar en salas de juego. El resultado había sido que casi todo el capital se había esfumado y no podía mantenerla ni a ella, ni a la casa. La situación era tal que no podía esperar a que se acercara el momento en que la muchacha cumpliera los veintiún años. Si no podía sufragar los gastos de la casa, todo saldría a la luz y no se podría evitar el escándalo. Tendría que responder de su actuación de forma inminente.

La única solución que había encontrado había sido aquel matrimonio. Habían aceptado su propuesta a pesar de que la joven no era muy rica ni tenía un título nobiliario de renombre. No iba a permitir que nadie lo estropeara. Estaba seguro de que, cuando llegara el momento de aclarar la situación financiera de la muchacha, si ya estaba casada, la familia del marido cubriría la deuda para preservar su reputación. «Conozco bien a esta clase de gente», pensaba.

Era fundamental, por tanto, que aquella joven tozuda obedeciera y dejara de comportarse como una idiota antes de llegar a casa del futuro marido para hacer las presentaciones. Aunque fuera poco convencional, habían decidido fijar la fecha de la boda para a mediados de primavera, por lo que solo tenían tres meses para los preparativos. Cuando estuviera casada ya no sería problema suyo.

La muchacha miró hacia la oscuridad que se cernía sobre ellos, pues el sol se había hundido ya en el horizonte. Una nube amenazaba con cubrir totalmente el cielo y presagiaba lluvia. Así se sentía ella también. No quería casarse con un desconocido. Siempre había esperado conocer al hombre adecuado poco a poco hasta estar segura de que era el indicado. No entendía a qué venían tantas prisas y hacía tiempo que su tutor había empezado a asustarla con sus arrebatos violentos y sus cambios de humor. Estaba aterrada ante la idea de que fuera uno de sus amigos y se pareciera a él. En el fondo temía que la llevara a casarse con uno en concreto, el marqués de Perham. No le había revelado la identidad del futuro marido, más allá de que se trataba de un aristócrata. Tenía que ser el marqués y por eso la había engañado de aquella manera. Incluso le había mentido al hablarle de aquel viaje. Le había dicho que iban a Londres a pasar una semana visitando la ciudad y asistiendo al teatro y a la ópera. Le había extrañado su repentina amabilidad, pero ¿cómo imaginar lo que pretendía en realidad? Solo cuando llevaban una hora de camino le había confesado la verdad. Así que la muchacha no sabía hacia dónde se dirigían.

Rufus seguía hablando pero ella ya no le escuchaba. El hombre se sintió aliviado al ver que la joven parecía calmarse, no se había percatado de que se apretaba con fuerza contra la portezuela del carruaje y clavaba las uñas en el tapizado, tanto que sus nudillos se habían puesto blancos. Sin embargo, no volvió a responder una sola palabra, tan solo se fue acurrucando más hacia el rincón, mientras el coche seguía a trompicones su loca carrera hacia la noche.

En uno de aquellos saltos la puerta sobre la que se apoyaba la joven cedió y se abrió con un crujido. La muchacha se vio despedida hacia fuera del carruaje y rodó por el camino mientras lo veía alejarse. El barro la hizo resbalar y siguió cayendo por un desnivel, dando vueltas y golpeándose con ramas y piedras. Por fin, se paró en medio de un badén que había provocado la lluvia, que había caído de manera intermitente durante toda la semana.

Estaba consciente pero muy débil para levantarse. Notaba el frío del vestido mojado que se le pegaba a la piel y sentía cómo la arañaban las ramas que habían caído sobre ella. No supo cuánto tiempo permaneció así, en la oscuridad, hasta que escuchó unos pasos que se acercaban y unas voces que la llamaban por su nombre. Percibió que pasaban a muy cerca y se preguntó si, en el caso de haber tenido fuerzas para ello, habría respondido o habría preferido permanecer oculta a aquel hombre. En cualquier caso era inútil planteárselo, pues no podía emitir ni un sonido. Oyó como el crujido de las pisadas sobre las ramas se alejaba e intentó levantar la cabeza para escuchar mejor. Fue lo último que hizo antes de caer en un profundo sopor.

Capítulo 2

—No puedo imaginarme nada más aburrido —dijo Patrick Wells mientras, con gesto indolente, lanzaba sobre el sillón el libro que llevaba en la mano.

Este era uno de los solteros de moda de la temporada. Alto, moreno y con un atractivo que no dejaba indiferente. Su amigo, Andrew Forrester, heredero del vizcondado de Camborne, le dirigió una mirada burlona.

—No digo que la naturaleza allí no sea espectacular y la mansión magnífica... —prosiguió—, pero, francamente, al lado de la temporada en Londres, encerrarse en el campo se me antoja de lo más tedioso.

—Es cuestión de gustos.

—Vamos, donde estén las partidas de cartas, las copas en el club y la visión de las jóvenes recién presentadas en sociedad... y de las no tan jóvenes... –rio con malicia —, que se quite el campo por muy grande que sea la casa. Y que conste que me encanta Camborne Park… Además, después de tantos meses combatiendo, no puedes venir a encerrarte en el campo.

—La casa está en la costa —sonrió el anfitrión.

—Es igual, ya sabes lo que quiero decir.

Andrew tomó un vaso de whisky y lo llenó hasta la mitad, después se lo pasó a su invitado y se sentó junto a él.

—Gracias. ¿Tú no bebes?

—Es temprano para mí, pero estoy al tanto de tus costumbres —respondió aquel.

—Siempre he dicho que eres el mejor anfitrión que conozco, por eso no puedes dejarme tirado en plena temporada. ¿Dónde me van a ofrecer un whisky como este?

—En tu propia casa, que es de las más lujosas de la ciudad.

—Sí, pero no es tan divertido —rio mientras le daba un sorbo a la bebida—. No nos desviemos del tema que me ha traído hasta aquí. He venido a convencerte para que te quedes. Has regresado de la guerra de una pieza; si eso no es motivo para una celebración...

Él se echó hacia atrás en el asiento y lo miró de soslayo.

—No creo que haya mucho que celebrar después de lo que he visto.

—Vamos, hombre, estás vivo... Nunca he entendido tu afán por irte a luchar al último rincón del Mediterráneo. Aquella excursión que hicimos de niños al castillo del rey Arturo te marcó para siempre. Un desengaño no me parece razón suficiente para jugarte la vida así.

—No soy ningún héroe —respondió él con una mueca.<

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