Cuando recibí el mensaje de Emily anunciando que vendría acompañada, sentí una ligera crispación, como si algo se hubiera desgarrado en el ambiente y luego vuelto a cerrar, dejando una rendija por la cual se colara una ráfaga gélida en medio de la tibia parsimonia del trópico. Por más que la herida se hubiera curado, siempre quedan vestigios, cicatrices.
Creo, incluso, que esa crispación se tradujo en un escalofrío que me levantó de la silla, precipitándome hacia la ventana. No encontré el paisaje apocalíptico para el que me había preparado, ni siquiera el gris mandoble de un cielo con tintes blanquecinos y ningún contraste. A cambio, me topé con lo habitual en cuanto recompuse mi angustia sujetándome con fuerza de la jamba de la ventana: fundidos en el horizonte, un cielo y un mar traslúcido en el declive malva del atardecer. A lo lejos, unos veleros deportivos tiñendo de matices las aguas con sus banderas y sus velámenes patrocinados. Una de las tantas regatas que se celebran en estos mares; la insania plena de aquellos que no debiendo luchar por su vida, lo hacen por placer. Mucho más cerca, el rasguño malevo de las aguas sobre la arena gualda, ahíta de repetición pero altiva de fortaleza. Era la conjunción absoluta de todas las razones por las que me había mudado a la isla, a esta casa. Incluso alcancé a jugar con la idea del barco a punto de avanzar por el sinuoso camino por donde bajo todos los días a la playa; tal era la ubicación desde mi perspectiva.
No soy capaz de discernir si fue la certeza que me brindaron las imágenes cotidianas, aderezada por el gorjeo vespertino de los mirlos, lo que me hizo pasar por alto la crispación. Es difícil elegir a toro pasado la serie casuística de nuestro proceder. Si acaso conseguimos adaptar nuestro presente a las posibilidades de antaño, pero no es más que una fatamorgana elaborada por nuestras convicciones. En este caso, tal vez fue la secuencia de los tragos con la que me adentré a una noche plagada de estrellas o el incitante crepitar de las brasas de los cigarros suaves con los que suelo terminar el día. No lo sé. Si fuera cosa de escoger, optaría por la suma de las tres circunstancias, pero elegir una sola sería desperdiciar el resto. Da igual. El caso es que antes de irme a la cama ya lo había olvidado.
Ha venido a mi memoria al día siguiente. El aviso me recibe en cuanto termino el desayuno. En el escritorio me esperan mi consabida jarra de café y mi computadora portátil. Antes de levantar la tapa para enterarme del estado del mundo, de los correos, presiono con calma el émbolo que colará el grano, apresándolo contra la base plástica de la cafetera. Más que presionarla, descanso la muñeca sobre la perilla; su tacto metálico responde a la gravedad conforme se entibia. Va cediendo poco a poco al peso hasta que acaba su recorrido. Sólo entonces me sirvo la taza, reclino el asiento y me preparo para el primer sorbo mientras miro mi pedazo de mundo por la ventana. Disfruto de la sorpresa que me regala un gránulo de café fugado del tamiz.
Hay quien asegura que los rituales son propios de los inseguros o de los neuróticos; también se puede incluir a los artistas. Salvo que se equivoquen, las tres cualidades me vienen bien, con sus matices. Aunque yo creo que el asunto del ritual tiene además un componente atávico que se ha ido acrecentando conforme pasan los años. Entonces los rituales son propios de los viejos y eso es algo que, en definitiva, aún no soy. Mas no por ello se me podría convencer de que el café tiene el mismo gusto si se sirve directo de la percoladora, de la marmita, o si se disuelve el contenido deshidratado de un frasco en agua caliente y se revuelve como sin querer, de manera prosaica.
Así que el mundo bien puede esperar a que yo tome este primer sorbo.
Media taza más tarde, una de las ventanas de la computadora me proyecta las esquirlas angustiantes de la espera. Termino por convencerme de que mi suspicacia es exagerada y le contesto a Emily en los términos habituales. Si va a venir acompañada, habrá que resignarse. Yo nunca he sido uno de esos padres que se escandalizan por la vida sexual de sus hijos y no voy a empezar a serlo a estas alturas. Además, los últimos años ya se había hecho acompañar de noviecillos de estación, tan insulsos que no alcanzaron a tomar un lugar en mi memoria. Si acaso hubo un ligero arrebato de celos la primera vez que llegó con uno de ellos, empalagoso hasta decir basta. Lo superé como he superado al resto: resignándome a la idea de que mi hija no es una niña, de que no hay nada que le pueda prohibir que no sea capaz de hacer en otra parte. Así la he visto llegar con una colección variopinta de especímenes. A la hora de escoger prefiero a los que hacen de su cuerpo un templo bien cuidado y se ocupan de presumirlo. Al menos han de ser buenos en la cama.
Como tampoco tengo ánimos de escribir, en cuanto mando el mensaje salgo a caminar un rato con la esperanza de convertir el sendero que baja desde mi casa en un puente sobre el océano. Es una de las ventajas de ser exitoso. Uno puede darse la vida que siempre ha deseado. Y eso es justo lo que he venido haciendo a lo largo de los últimos años: bajo sin presiones hasta donde las olas acarician mis pies, arremango los pantalones del lino más fino que he conseguido, me siento sobre la arena, tomo un nuevo trago de café y me dispongo a que la vida siga su curso.
Decido ir a recogerla por vía terrestre; algo impensable hace apenas unos años, cuando llegué a esta isla. Entonces era necesario cruzar el océano ya fuera en el trasbordador colectivo, en la lancha alquilada o en la embarcación propia. Por suerte ya no es así. El aeropuerto queda a unos veinte minutos por la autopista una vez que se ha llegado a tierra firme desde la península. Es usual que muchos visitantes, sobre todo los que vienen a hospedarse a uno de los grandes complejos hoteleros, contagiados por el exotismo del lugar, prefieran tomar el autobús hasta el embarcadero, desde donde una nave los llevará a la isla, arribando a uno de los tantos muelles que tienen instalados los hoteles. Es una de esas trivialidades que se vuelven irrenunciables a la hora de lanzarse a la aventura, de dejarse seducir por el paisaje. Visto con calma, resulta un desatino porque implica padecer ciertas incomodidades. Verse sometido, por ejemplo, a una nueva documentación de equipaje tras varias horas de vuelo no lo compensa la barrera de coral sobre la que pasa la embarcación con fondo de vidrio. Para ello hay tours mejor planeados. Mojarse las sandalias de lona tan propias para el viaje aéreo o padecer náuseas por el cambio de transporte, tampoco. Cuando no había alternativas uno se aguantaba, ahora es una necedad.
Así que me subo al coche para dirigirme al cordón umbilical de la isla. Una ancha carretera que la une a tierra firme y le quita la posibilidad de pensarse apartada del resto del mundo. La tira de concreto y asfalto que conecta a toda la península desemboca en un pequeño islote que es el epítome del lujo, representado por un fastuoso hotel. Desde que construyeron el camino, mi isla es apenas un satélite adherido al continente, como en las maquetas escolares de la infancia, en las que unos alambres unían a los planetas del sistema solar o como un modelo mostrando las articulaciones y huesos de una extremidad imposible.
Mientras manejo sobre la cinta anclada al fondo del mar por más de un centenar de pilotes, la crispación vuelve a alterar el ritmo pausado de la mañana en el que las gaviotas marcan la pauta a la hora de procurar el frenesí. Es tal el shock que experimento que, por un instante, temo perder el control del automóvil. Me paso al carril de la derecha, reduzco la velocidad y me quito las gafas protectoras. Tal es el impacto de una oscuridad nublándome la vista en uno de los días más soleados de la estación que pienso que, quizá, ésta sea la sensación asociada con la muerte.
Derrapo un poco antes de detenerme sobre el acotamiento de grava rojiza. Estoy sudando pese al clima artificial puesto a la temperatura mínima. Es un sudor frío de los que estremecen con el simple contacto de la camisa sobre la piel. En definitiva, algo está mal y no sé qué es. Jalo aire a bocanadas. Intento convencerme de que todo se relaciona con el correo de Emily, con ese aviso tardío de que vendrá acompañada. Insisto: no soy un padre celoso. Al menos no soy un tipo capaz de armar un escándalo cuando encuentra la mano de un muchacho recorriendo las piernas de su hija con la acuciosa necesidad de los adolescentes por sentir el tacto terso de una piel casi virginal. Habría preferido apartarme a interponer mi veto al descubrimiento de su sexualidad. Además, Emily ya es una mujer adulta, responsable y libre de hacer lo que le venga en gana. Me lo repito en voz alta sin poder asociar mi indisposición con su comparsa: no es la primera vez, concluyo bajando la voz hasta el límite de los pensamientos.
Termino convenciéndome de que, si acaso, lo que empaña mi ánimo tiene relación con no estar a solas con ella. Desde hace varios años todos nuestros encuentros han estado acompañados de testigos distrayendo el acontecimiento que me significan sus visitas. Tal vez me haya ilusionado injustamente y el que Emily me avisara de último momento rompió con la idea de los dos solos: padre e hija desvelados bajo la luz de las estrellas mientras comparten las circunstancias de sus vidas.
Sí, eso debe ser.
He logrado recuperar el ritmo cardiaco a fuerza de respiraciones lentas y profundas. Reanudo la marcha para llegar al aeropuerto con anticipación. Es grande, moderno a fuerza de remodelaciones. Si no fuera porque da servicio a toda la zona turística, parecería exagerado para el número de habitantes de la región. Mis constantes viajes han hecho que termine acostumbrándome a su movimiento, al tráfago de sus visitantes, a la brisa en medio de los arribos debido a la potencia del aire acondicionado. Me estaciono en una zona poco concurrida, a diferencia del resto de los automovilistas, que prefieren la aglomeración acercándolos a las puertas. Yo prefiero estar próximo a la salida pese al golpe de calor que se siente en cuanto bajo del auto. Suelo tener más urgencia por llegar a casa que a un destino fijado por mis compromisos.
Una vez dentro del gran vestíbulo, me dedico a pasear por los corredores. Las pantallas anuncian un aterrizaje a tiempo pero sé, por exasperación propia, que en vuelos como el de Emily se debe aguardar una media hora antes de ver salir a sus pasajeros desesperados por los trámites aduanales y traslados internos. Intento distraerme con las tiendas, pero son una réplica exacta de todas las del mundo: ofrecen chucherías y recuerdos a precios de escándalo. Muy a mi pesar termino en un puesto de libros y revistas. Es curioso cómo un comercio que apenas acumula un par de docenas de títulos diferentes, repetidos en anaqueles y grandes pilas, pueda vender más que una librería en forma.
Debo decir que me sorprende toparme con una nueva reimpresión de Bajo la sombra blanca del abedul. Está en una pila al lado de mi más reciente novela, la única que esperaba encontrar en estos comercios de rauda caducidad que sólo tienen cabida para las novedades. Dar de frente con mi primer libro me resulta tan extraño que termino comprándolo. A la hora de pagar, el cajero se detiene un par de segundos para verme con detenimiento. Por suerte, un grupo de clientes le impide identificarme y salgo aprisa con el ejemplar en una bolsa plástica. Es una edición en rústica con una portada nueva: un fondo entre ocre y rojizo y, justo en el centro, la silueta de un árbol negro proyectando una sombra nívea; resulta chocante la poca creatividad de los editores, aunque es probable que la decisión la haya tomado un grupo de mercadólogos insumisos. Bajo el retractilado, un cintillo anuncia: “Más de cinco millones de ejemplares vendidos”. En la contraportada, elogiosos comentarios publicados en la prensa especializada a lo largo de dos décadas. Sonrío con indulgencia al recordar la andanada aun mayor de frases denostando mi novela. Por supuesto, ésas no han sido incluidas.
En cierto modo, esos críticos tenían razón. Bajo la sombra blanca del abedul no es un buen libro. Apenas un melodrama que no se acerca, ni de lejos, a una propuesta literaria valiosa. Una novela ligera pese a su medio millar de cuartillas que “se van como agua”. Con ella descubrí que la buena literatura tiene más facetas de las que busca reconocer el canon. ¿Por qué tendría que ser mala si a tantas personas les ha gustado? Incluso, a lo largo de los años, me he topado con lectores agradecidos por haberles cambiado la vida. Si ellos sospecharan que a mí no me gusta esa novela… Al menos, no me encanta. Me pregunto qué pasaría si se incluyeran las críticas adversas. Sería un experimento interesante. Desecho la idea porque sé que mis editores nunca la aceptarán.
Calculo que faltan pocos minutos para que las puertas lancen a Emily a mis brazos. Me dirijo a la zona de arribos internacionales y me recargo en una columna; siempre evito sentarme para no dar oportunidad a otras personas de iniciar una plática. Me sorprende la gente que está dispuesta a exhibir su intimidad al menor pretexto. Quito el plástico a mi libro y me deshago del cintillo. Es una edición barata, burda, de ésas que tienen palabras casi al borde de la hoja. En las últimas páginas encuentro reseñas de mis otras novelas y, al final, una foto mía en blanco y negro de la época en la que la había escrito. La falta de color consigue atenuar la palidez de aquel entonces. A cambio, mi frente se ve libre de entradas y mi piel se nota lozana. Sin afán presuntuoso puedo decir que me veo bastante guapo. Sonrío nostálgico pese a que los años me han tratado bien. Busco un espejo para compararme, pero mi mirada se topa con la de Emily a la distancia.
Antonia tiene todos los atributos que me gustan en una mujer, al menos si soy lo suficientemente objetivo. Lo descubro desde que Emily rompe nuestro abrazo para presentármela.
—Antonia, mi papá, mi papá, Antonia —dice justo antes de que mi mano tendida sea ignorada para, a cambio, plantarme un par de besos.
Debe ser varios años menor que mi hija. Es decir, apenas es una niña que no alcanza la veintena, la edad precisa para despertar el deseo del más ecuánime. En medio del vestíbulo del aeropuerto, a expensas del trajín cotidiano, la descubro alta, casi de mi estatura. Me gusta la seguridad que irradia y el tono dulce de su voz. Me ofrezco a ayudarles con sus bolsas de mano mientras las conduzco hacia la salida, seguidos por un maletero que se empareja a nuestro ritmo, como queriendo apresurarnos para atender a otros clientes.
En cuanto salimos a la cálida luz exterior, que resulta sofocante, Antonia deja caer sobre sus ojos las gafas que descansaban sobre su cabeza. Me vuelvo testigo de su cabellera dejándose seducir por una ligera ventisca, la misma que casi me envuelve en una breve fantasía: como muchos de los turistas neófitos, ha cometido el error de viajar ataviada por el destino y no por el trayecto. Su breve vestido floreado acusa los efectos del aire y se levanta un poco, lo suficiente para mostrar casi por entero sus muslos, en donde podría perder la mirada. No se inmuta. Como tantos veraneantes en clima tropical, asume que los lugareños están acostumbrados a la contemplación de la piel desnuda. No sé si sea cierto. A mí me sigue causando un gran deleite la semidesnudez que me ofrendan las mujeres en reposo sobre la franja de playa que alcanzo a contemplar desde mi terraza. En los días más aciagos, hasta me apresuro a recorrer distancias largas en pos de un atisbo que me salve de la melancolía.
Ignoro si es una condición compartida por todo el género al que pertenezco pero, desde que tengo memoria, no puedo pensar en un solo día en que no haya fantaseado con recorrer una piel desconocida, con tomar por el talle a una mujer o con hacerle el amor de tan diversas formas que he acabado por repetirme. Me basta un pretexto nimio como una sonrisa, el avistamiento de una rodilla que debería cubrir la falda o la cadencia de un andar resuelto y voluptuoso para dar rienda suelta a mi imaginación estimulada por mis deseos. Desde ahora sé que Antonia no saldrá indemne de mi acoso despiadado, aunque éste sólo tenga cabida en mi mente urgida de historias placenteras.
Antes de llegar hasta donde he aparcado, Emily me arrebata Bajo la sombra blanca del abedul. Yo lo llevaba para incluirlo en el librero donde acumulo reimpresiones y reediciones de mis obras. Si bien sé que la editorial tiene la obligación de mandarme algunos ejemplares de cada nuevo tiro, apurar el proceso del acomodo sirve para mantener contento a mi yo interior. El ego crece conforme se van llenando las estanterías.
Antonia se muestra interesada por mi libro. Por lo que puedo colegir, ella sabía bien quién soy; incluso ha leído alguna cosa escrita por mi pluma. No sé precisar si una novela o alguno de los artículos que mando cada tanto a periódicos alrededor del mundo. Antonia lanza la más común de las preguntas respecto al libro:
—¿De qué se trata?
Me refugio en la conducción del automóvil para evitar la respuesta. Siempre he sostenido que nadie es capaz de contestar a esa pregunta salvo el propio libro. El resto son síntesis parciales filtradas por la subjetividad de quien las elabora. Pedirle al autor ese trabajo es un doble contrasentido: se le obliga a adoptar una postura parcial y nueva frente a su obra, a escoger qué vale la pena de ella como para comentarlo y, peor aún, debe trabajar de nueva cuenta, como si no bastara con lo ya escrito. Por eso, desde hace algunos años me niego a responder pese a la gravedad de mi negativa durante una entrevista en vivo, por ejemplo. Vaya si me he acarreado algunas enemistades.
—Vamos a ver —interviene Emily, componiendo la situación—, voy a intentar ser clara. Si me equivoco en algo, me avisas.
Asiento con la cabeza. Durante todo el recorrido hacia la casa, Antonia escucha la entusiasta explicación de Emily describiendo la trama. Le cuenta cómo Ogashi, un viejo militar japonés, se sentaba todas las tardes bajo la sombra que le brindaba un abedul para recordar lo que había sido su existencia acatando órdenes, siguiendo la estricta disciplina castrense. Era un sobreviviente de la guerra. Había estado en el ataque a Pearl Harbor y, por una suerte que en nada lo ennoblecía, se había salvado de perpetrar un ataque suicida en contra de uno de los barcos anclados en el puerto porque su avión tuvo problemas técnicos. En el presente de la novela, él se encuentra vencido, es viejo y su familia lo ha abandonado. Se resigna a pasar lo que le quede de vida al amparo de sus recuerdos. Sin embargo, en un trágico accidente mueren su hija y su yerno, y queda malherido su nieto.
Ogashi es el único familiar que acepta hacerse cargo de Kioki a quien trasladan a la casa de reposo donde vive. Los médicos le han diagnosticado un estado similar al del coma. Si bien en un principio el viejo se descubre renuente por atender al pequeño, pretextando que a su edad él debería recibir los cuidados, poco a poco va encontrando gusto en su compañía. Cada tarde Ogashi empuja la silla de ruedas desde donde el pequeño intenta pelear contra la inconsciencia. En cuanto llegan bajo el abedul, el anciano le cuenta la historia de su vida con la esperanza de que esa rutina alcance para que Kioki se recupere. Aunque no se sabe si servirá para que el niño mejore, lo cierto es que, a fuerza de repetir este proceso, Ogashi se va reconciliando con su pasado.
—¿Qué pasa después? —la pregunta de Antonia es sincera. Su voz entusiasmada lo confirma. Estamos llegando a casa. Durante todo el camino la he espiado por el retrovisor. Llevaba la vista perdida en el paisaje, absorta, mientras escuchaba a Emily contándole el inicio de mi novela.
—Después debes leer lo que este señor escribió… —dice Emily antes de aventarle el libro— con suerte y te lo dedica cuando lo termines —concluye entre carcajadas por hacerme parecer un ogro.
Antonia hace un mohín pero se queda con el libro entre las manos. Se le nota la decisión de leerlo.
Les ayudo a llevar su equipaje hasta la habitación. Es una terna de maletas que me obliga a dar dos vueltas. Me pregunto qué tanto pueden cargar para ir a la playa. En lugar de responder, descubro que mi pregunta buscaba ocultar el hecho de que no soy tan joven como quiero creer. En otros tiempos habría bastado sólo un recorrido. Le resto importancia a mis temores y deposito el equipaje en las camas. Me dicen que van a acomodar la ropa, que se pondrán cómodas y que me alcanzarán en la terraza dentro de algunos minutos. Entretengo la espera preparándoles unos cocteles con vodka, jugo de frutas y hielo frapé. Para cuando me alcanzan, ya las aventajo con un par de tragos; una de las prerrogativas del trópico es que el efecto del alcohol se dilata y entretiene en un estado casi permanente. En cuanto escucho el inconfundible sonido de las sandalias contra el piso de barro, una nueva crispación llega junto con el aroma de aceite de coco, brisa marina, atardecer y mujer joven.
Lo que más me gusta de una mujer son sus piernas y, sobra decirlo, me encanta verlas sin el estorbo de la ropa. Aunque, siendo sincero, también le encuentro sus ventajas al observarlas enfundadas en licra o en cualquier tela que me permita ver el contorno exacto de sus formas. Desde adolescente me descubrí capaz de perderme contemplándolas durante largos minutos. Me bastaba un atisbo para perderme en la ensoñación. Con los años me volví menos exigente. No quiero decir que sea incapaz de escoger unas sobre otras; hay las que me alteran el pulso y la respiración pero, también, me basta con que una falda me regale, en el acto de cruzar una sobre la otra, un fragmento mayor de piel, para que se me olvide que la mujer en cuestión es poco agraciada. En verdad, me resultan suficientes unos cuantos centímetros para echar a volar mi fantasía. El problema, claro, radica en que estas miradas pertenecen a lo subrepticio. A pocas mujeres les gusta el peso de una mirada fija, contemplándolas con descaro. Quizá ésa haya sido la razón principal para mudarme a este paraíso. Si bien hubo una época cuando el juego del descubrimiento era lo sensual, ahora prefiero la brevedad impuesta por el clima, sin especulaciones ni angustias.
Me siento un poco frustrado cuando Antonia y Emily se presentan con shorts, porque yo esperaba ver a la española ataviada sólo con un diminuto bañador que me permitiera apreciar a todo lo largo sus extremidades. Aun así, en cuanto se acomodan en las tumbonas, me armo de paciencia, cubro mi mirada con las gafas y me dedico a apreciarla.
Antonia es demasiado blanca, casi rosada. Tiene una de esas pieles que, de inmediato, acusan los efectos del sol y enrojecen. Ya he dicho que es alta por lo que se puede inferir que tiene piernas largas, quizá un poco delgadas. No importa. A la hora de elegir, prefiero las extremidades más llenas, con más forma; las modelos de pasarela nunca me han gustado, todo es hueso sin sustancia, líneas rectas, poca superficie para el tacto; pocas variantes que ofrecer a la caricia. Antonia no llega a esos extremos. Sus piernas son lindas. Además, cuando una mujer está sentada, siempre se ven más gruesas de lo que son. Sobre todo si, por ejemplo, alzan una mientras la otra está estirada.
Así es como se sienta Antonia, adoptando esa postura para dejar su bebida cómodamente sobre la mesa que está entre ellas, sin sospechar que es vulnerada por el padre de su amiga. Entre los tres formamos una especie de círculo desde donde yo puedo observarla sin ambages. Los lentes para el sol son la bendición de los fisgones. Brindamos todos, por el gusto de estar aquí, reunidos; por el gusto de que estén aquí, conmigo; por el gusto de poderla contemplar, impune. Brindamos por la tarde que brama su presencia a manera de brisa y resplandor.
Antonia es una persona que no puede estar sin moverse. A cada momento se reacomoda, cambia de posición, tiene la inquietud de los insumisos. En contraparte, Emily puede quedarse quieta por horas, abandonando a su cuerpo mientras sus pensamientos y sus palabras transitan por todo el entorno, inundándolo. Una y otra vez he tenido ocasión para ver desde diferentes ángulos las piernas de Antonia. Al moverse, las marcas rosáceas que le producían las tiras de las sillas le creaban franjas sobre la piel. Incluso he escuchado el chasquido inconfundible cuando una parte de su cuerpo se despega de la superficie de madera. Si por mí fuera, me quedaría mirando el cambio paulatino de color durante toda la jornada pero pronto el hambre hace su llamado y tengo que irme para preparar algo de comer.
Durante la tarde, Emily le cuenta a Antonia la primera visita que hizo a esta casa. No hacía mucho que me había divorciado de su madre. La tensión se respiraba y no eran suficientes la enorme sábana de playa desierta ni el imponente turquesa matizando los destellos del sol. La casa había sido terminada con prisas por lo que se encontrada urgida de adornos y sutilezas; apenas había lo suficiente para permitirme la rutina de hombre solitario, nada que ofrecer a una adolescente en ciernes. Mucho menos si su arribo se acompañaba de una hostilidad difícil de diluir en las aguas tranquilas del paisaje.
Lo que para cualquier niño o joven habría sido un paraíso, para Emily significó constatar que cada uno de los mandobles con los que su madre había atacado a mi persona en ausencia, se convertían en pesadas lápidas que no podían ser eliminadas con explicaciones. Fueron días difíciles que se volvieron más aciagos cuando descubrimos la grieta en la piscina. A partir de ese momento, mi hija se pasó gran parte de las mañanas mirando melancólica la excavación vacía. Hasta entonces no se había metido a la alberca pero eso poco le importó a la hora de culparme por su aburrimiento. Su madre tenía razón: yo era un mal hombre que no se ocupaba de satisfacer las más elementales necesidades de sus seres queridos.
Al menos, eso es lo que Nora le dijo a Emily a lo largo de todo un año sin entablar contacto conmigo. Nunca busqué defenderme de los ataques, mucho menos tomar la ofensiva, tampoco ignorar la responsabilidad que yo había tenido en la ruptura; pero eso no justificaba que me hiciera culpable a los ojos de nuestra hija. El divorcio vino tras el éxito de Bajo la sombra blanca del abedul. Nora me atacaba con cualquier pretexto, no me daba tregua ni me escuchaba. Pronto descubrí que, en su fuero interno, odiaba la idea de que tuviera más éxito que ella. No tuve problemas cuando habló de divorcio, incluso accedí a la exagerada lista de exigencias de su abogado. Lo único que me interesaba era que Emily estuviera bien conmigo pero el mal parecía hecho. Tanto, que fue mi frustración la que la condujo de vuelta al aeropuerto con la promesa de una nueva visita meses más tarde. Una nueva visita que, justo entonces, ninguno de los dos necesitaba.
—¿No nadaste durante ese primer viaje? —pregunta Antonia mostrando interés. Me gusta su actitud, cualquier plática le llama la atención como si fuera lo más importante del mundo, resulta sencillo hablar con ella. Se ha incorporado un poco en su silla, las piernas replegadas, mostrando un perfil más interesante que cuando las estira.
—No nadé ni lo disfruté, pero fue la única vez. A partir de entonces no he dejado de gozar esta maravilla —conforme Emily esboza su exagerado discurso, hace un extenso ademán con los brazos. Luego se levanta para quitarse los shorts y lucir un bikini que da cuenta de su piel apenas bronceada pero que ya muestra la tonalidad de la cerveza oscura que alcanzará en unos días—. ¿No me acompañas? —se dirige a Antonia con un dejo de coquetería, sabedora de que yo casi nunca nado. Si acaso me meto para descansar los codos en una orill
