1
Mayo de 1880
Charlotte recordaría durante años cada detalle de aquella mañana: los olores de la vieja casa, las conversaciones y discusiones, el polvo del sótano sobre los frascos de mermelada. También se le quedaron grabados los manzanos, cuyas flores rosadas caían de las ramas como copos de nieve, así como el rostro pétreo del abuelo en el salón, silencioso y en penumbra. Aquel día sucedió algo terrible que cambió radicalmente la vida de esa niña de diez años.
Una mosca la despertó. Una mosca atontada que se posó sobre su mejilla acalorada por el sueño y le hizo cosquillas. Sintió las patitas sobre la piel y, con asco, dio un manotazo. La mosca echó a volar, zumbó en círculos sobre las camas y chocó dos veces contra el papel pintado de la pared. Eso tendría que haberla atontado un poco, pero siguió volando como si nada y desapareció entre las cortinas verdes de la ventana. Ya era de día.
Charlotte se tapó la cara con una esquina del edredón y se arrimó a Klara, que dormía a su lado, cálida y sonrosada. Klara tenía dos años menos que ella y era su prima preferida; siempre que visitaban a los abuelos, Charlotte dormía en su cama. Era lo que más le gustaba de aquellas visitas. Incluso se acostaba a la hora de las gallinas voluntariamente solo para poder cuchichear con Klara, contarse historias o decir tonterías. Las otras dos camas del angosto dormitorio eran de su prima mayor, Ettje, y de la tía Fanny. Charlotte no habría querido dormir con ellas por nada del mundo. Ettje rechinaba los dientes y a veces daba patadas y manotazos. Además, ya tenía el periodo y, cuando le venía, siempre se quejaba muchísimo, tanto que daba miedo. Compartir cama con la tía Fanny habría sido aún peor: por la noche se tumbaba boca arriba, recta y rígida, con las manos cruzadas sobre la tripa, y por la mañana se despertaba en la misma postura. En cuanto la tía Fanny se acostaba, en el cuarto ya no podían oírse susurros, risitas ni mucho menos carcajadas. En una ocasión, la tía se había levantado y se había acercado a ellas con la lamparilla de noche en la mano, como un fantasma blanco, para darle una bofetada a Klara. Charlotte habría merecido el mismo castigo, pero la tía Fanny no se atrevía a pegarle, papá no lo habría permitido. Así que fue la pobre Klara, hija de la tía Fanny, quien recibió el golpe.
Charlotte cerró los ojos e intentó percibir la respiración regular de Klara para quedarse dormida también, pero no lo conseguía. Seguramente se debía a la luz de la mañana que se colaba por las rendijas de la cortina y dibujaba bordes plateados alrededor del verde ajado. Se puso boca arriba de nuevo suspirando en silencio, con mucho cuidado de no despertar a su prima. A lo mejor era bueno que ya estuviera despierta; de todos modos, no habría vuelto a ver el velero sobre el océano infinito, un sueño nunca se repite una segunda vez. Además, el sueño había sido bonito, pero también triste, casi le había hecho llorar. El imponente barco de tres mástiles, que surcaba las olas con las velas henchidas, alejaba a sus padres y a su hermano cada vez más, la distancia entre su familia y ella crecía día a día, hora a hora. Viajaban a la India, donde vivían sus abuelos maternos, en aquel país soleado de personas morenas, donde las plantas despedían aromas misteriosos y las flores nacaradas flotaban en los estanques, sonrientes y hermosas como rostros humanos. Había suplicado que la llevaran con ellos, pero su madre se había mantenido firme. Habían llevado a Charlotte a Leer, con los abuelos paternos, porque un carguero no era sitio para una niña de diez años, aunque su padre fuera el capitán. En cambio, su hermano de siete años sí podía ir. Porque era chico, claro.
La madre de Charlotte había derramado muchas lágrimas cuando el abuelo había recogido a la niña en Emden, y Jonny también había llorado al despedirse; el muy tonto habría preferido ir con ella a Leer, porque habría podido jugar con Paul. Su padre la había levantado y había girado con ella en brazos, haciéndola flotar como un pájaro mientras reía. La próxima vez podría acompañarlos, le había prometido.
En su cama, Ettje estiró los brazos apretando los puños y bostezó adormilada.
—¿Todavía estáis dormidas? —graznó con voz mañanera—. No os creáis que podéis vaguear solo porque hoy no hay colegio. Mañana es Pentecostés y toca limpiarlo todo.
El rostro redondo de Ettje estaba enmarcado por un gorro de dormir de encaje que había pertenecido a la abuela. La prima de Charlotte opinaba que así su cabello estaba más protegido, y albergaba la esperanza de que también creciera más abundante. El pelo de Ettje era una pelusa rubia oscura que por las noches se recogía en una trenza; si lo llevaba suelto durante el día, se le apelmazaba en mechones delgados que reaparecían por mucho que se cepillara.
—¡Hace mucho que estoy despierta! ¡Me he despertado antes que tú! —se jactó Charlotte, mientras Klara apartaba un poco la manta y bostezaba en silencio. Todo lo hacía tan discretamente como un ratoncito, incluso caminar, ya que apenas hacía ruido. Era raro, porque la pierna izquierda de Klara era demasiado corta y su pie era grueso y amorfo.
—¡Pues ya podrías habernos traído agua caliente de la cocina para lavarnos! —replicó Ettje en tono de reproche.
—¿Y por qué yo?
—¿Y por qué no? ¿Alguna vez has pensado que yo lo hago por vosotras todos los días? Siempre he tenido que hacérselo todo a Klara.
—¡No metas a Klara en esto! —contestó Charlotte furiosa.
Se levantó de la cama y se echó el chal de lana azul de su madre sobre el camisón largo. Para coger el aguamanil, tenía que pasar por encima del baúl de madera. Dentro estaba el verdadero motivo del mal humor de Ettje: los hermosos vestidos de Charlotte, los zapatos y la lencería, además de sus juguetes, algunos libros y sus dos muñecas. Ettje nunca había tenido cosas tan caras, no había dinero para eso en casa del pastor jubilado Dirksen, que tenía que mantener a su hija viuda, Fanny, y a sus tres hijos.
—Si voy yo a traer el agua, me lavaré la primera —anunció Charlotte con voz alegre—. Luego Klara. ¡Y tú la última, Ettje!
—No des golpes al aguamanil, ¡y no derrames agua por la escalera, que deja manchas! —le gritó Ettje mientras se marchaba, y después se volvió hacia el costado para disfrutar un poco más del calorcito agradable de la cama.
La escalera era oscura y estrecha, olía a cera para suelos y madera vieja, y también un poco al tabaco para pipa del abuelo. Charlotte sostuvo la jarra con las dos manos y bajó a tientas los peldaños con los pies descalzos; por nada del mundo quería golpear el valioso recipiente decorado con flores lilas contra la pared o el pasamanos. No era de extrañar que Klara no sirviera para esta tarea, si hasta le costaba bajar los escalones.
Abajo, en el pasillo, había un poco más de luz. Entraba por la lumbrera situada encima de la puerta de entrada pintada de blanco, pero también había corriente y el suelo de baldosas estaba frío. En la cómoda del pasillo había recipientes de loza de todo tipo, con compota y otras cosas. Su abuela seguramente los había sacado del sótano, porque las tapas de coloridas telas estaban cubiertas por una capa de polvo gris. Al día siguiente era Pentecostés y seguro que su tía prepararía un pastel, quizá incluso hubiera asado.
Por suerte, la puerta de la cocina estaba entornada y se abrió con un crujido cuando la niña empujó con el pie descalzo. La recibieron el calor y el olor intenso de la lumbre, que se mezclaba también con el aroma a café y leche hervida. La abuela estaba frente a los fogones, había quitado la tapa redonda y atizaba el fuego levantando chispas.
—¿A ti te han mandado, renacuaja? —comentó, y volvió a cubrir al monstruo escupefuego de la lumbre con la tapa de hierro—. ¡Ten cuidado de no tropezar en la escalera y caer rodando con el aguamanil!
—¡Ya puedo sola! ¡Es fácil! —afirmó Charlotte ofendida, y colocó la jarra en el suelo, junto a la cocina económica.
—Bueno, ¡pues adelante!
La abuela Grete cogió el cucharón y llenó la jarra con agua caliente del depósito, que allí se conocía como «barco». El «barco» era un recipiente rectangular añadido a la cocina económica, que como mucho se parecía a un triste bote con el que remar un poquito en el río. Desde luego no era un auténtico barco como el que capitaneaba su padre, era demasiado tosco.
—Ay, Dios, no va a poder —se oyó decir a la tía Fanny, que raspaba la piel de las zanahorias en la mesa de la cocina—. Se le caerá la jarra, madre. Es una pena, con lo bonita que es. Voy a llamar a Ettje…
—Déjala —replicó la abuela impasible, y añadió agua fría—. Y vete a levantar a Paul; como no lo despierte nadie, acabará durmiendo hasta mañana.
La abuela Grete solo le sacaba media cabeza a Charlotte, pero era gruesa, se movía con rapidez y tenía una voz potente. Cuando se ponía seria, tenía el rostro completamente plano, solo las mejillas le colgaban un poco. Pero cuando reía —y lo hacía a menudo—, su piel parecía papel arrugado y le asomaban miles de pliegues diminutos. A pesar de ser tan pequeña, era la abuela quien mandaba en casa. Ni siquiera el abuelo se atrevía a contradecirla, y eso que había sido pastor y todos los buenos luteranos de Leer seguían teniéndole mucho respeto.
Charlotte levantó el aguamanil con cuidado; ahora estaba bastante lleno y pesaba muchísimo.
—Ve despacio y, cuando llegues arriba, ¡que la eche Ettje!
La abuela se volvió de nuevo hacia el fogón para recolocar una cazuela y pareció despreocuparse de la lucha que mantenía Charlotte con el aguamanil. En cambio, la tía Fanny dejó su tarea y siguió a su sobrina con mirada preocupada; se le veía en la cara que temía una catástrofe en cualquier momento. Sin embargo, era algo habitual: la pálida y delgada mujer siempre tenía cara de estar a punto de enfrentarse al Juicio Final. A pesar de todos sus esfuerzos, en el pasillo Charlotte derramó un poco de agua caliente, pero solo porque el estúpido gato gris pasó entre sus piernas. El líquido cayó encima del lomo del animal y este, del susto, salió zumbando hacia la cocina. En la escalera, tuvo que detenerse dos veces para no perder el chal azul claro de su madre. El agua se volvió a derramar y Charlotte intentó secar las salpicaduras con el pie descalzo. Arriba, en el pasillo en penumbra, estaba Paul con su camisón corto junto al pasamanos, observando atento los equilibrios que hacía su prima con la jarra. Cuando llegó al final de la escalera con el cargamento a salvo, el niño puso un gesto de decepción.
—Te he hechizado —rio con sorna—. Verás como se te cae la jarra.
—¡Déjame en paz!
—Se va a caer, se va a caer…
Daba saltitos a su alrededor y hacía todo tipo de muecas, pero no se atrevió a empujarla porque, si el aguamanil se rompía de verdad, se llevaría una buena bronca.
—¡Tienes ojos amarillos de gato! —se burló cuando Charlotte ya estaba delante de la puerta del cuarto y tuvo que dejar el jueguecito—. Ojos de gato, ojos de bruja…
Qué lástima que su hermano Jonny no estuviese allí, porque le habría dado una paliza a su primo, a pesar de ser dos años más pequeño. A Charlotte también le habría gustado darle una torta a Paul, pero tenía que sujetar la jarra, y además era una niña y no podía pelearse.
En el dormitorio, las cortinas seguían echadas, pero, por la rendija, un rayo de sol atravesaba la habitación como un estrecho velo dorado. Cuando Klara se incorporó en la cama, le dio directamente en la cara y la hizo pestañear.
—¡Ettje! —exclamó Klara en voz baja hacia la cama de su hermana.
—¡Chist! —siseó Charlotte negando con la cabeza—. Déjala dormir.
Cogió la palangana de la cómoda y la dejó en el suelo para poder verter el agua más fácilmente. Luego ayudó a Klara a levantarse. El grueso edredón le pesaba sobre las piernas porque, por la noche, las plumas se habían deslizado de nuevo hasta la parte de abajo. A Klara le costó un poco arrodillarse en el suelo, pero no se quejó, sino que imitó a su prima y sumergió el paño en la palangana para frotarse la cara y despejarse. También se lavaron las manos y los brazos con agua caliente, luego el pecho. Para eso había que desabotonarse el camisón y bajárselo, pero no hasta la cintura, eso habría sido inapropiado. La mitad inferior del cuerpo no se tocaba jamás con el paño húmedo, las manos debían dirigirse lo menos posible a esa zona en general. Únicamente había que lavarse los pies, pero solo hasta las rodillas. Una vez a la semana bañaban a los pequeños, primero a las niñas y luego a los niños, para aprovechar bien el agua. Sin embargo, solo los muy pequeños se desnudaban; los más mayores —incluida Charlotte— no se quitaban la camisola.
Klara tenía la piel pálida. A Charlotte le parecía que su pecho y sus brazos eran delgados y traslúcidos, pero eran completamente normales y no deformes como su pierna. Tenía el rostro estrecho, la nariz un poco demasiado grande y ojeras bajo sus ojos azules: seguramente se debían a que antes enfermaba muy a menudo. Al menos no tenía pecas como Ettje, que odiaba aquellas manchitas que le salpicaban la frente y la nariz, y que en más de una ocasión había intentado empolvarse con harina blanca. No había servido de mucho, porque las motas marrones se veían a través de la harina, y además había recibido una sonora bofetada de la abuela. En casa de los Dirksen no se malgastaba la comida, y mucho menos por vanidad, que era un grave pecado.
—Ojalá tuviera el cabello como tú —susurró Klara—. Tanto pelo y con tantos rizos.
Después de escurrir el paño y colgarlo del borde de la palangana, estiró la mano hacia la larga trenza de Charlotte. Nunca necesitaba lazos ni prendedores; bastaba con enrollarse el extremo en el dedo para formar un tirabuzón que sujetara la trenza.
—Cuidado con lo que deseas. ¡Tira muchísimo cuando lo peino!
—Es muy suave. Y tiene brillos azules.
—¿Azules? —preguntó Charlotte con una risita.
—Azules del todo no. Solo un poquito. Cuando le da la luz. Negro azulado. Azul plateado…
Charlotte se escudriñó el final de la trenza y negó con la cabeza. Luego la levantó para sostenerla a la luz del rayo centelleante de sol, que ahora era un poco más ancho y luminoso. Al moverse, le dio a la palangana con la rodilla y el agua se derramó por el suelo. Klara se apartó asustada para que no se le mojara el camisón.
—Pero ¡¿qué estáis haciendo?! —exclamó Ettje desde su cama—. ¡Seca eso, Charlotte! Si el agua se cuela entre los tablones, goteará en el salón.
—Pero si es muy poquito…
—¡Venga! Y luego os vestís. ¡Rápido!
Ettje salió de la cama, echó un vistazo en el espejo de pared ligeramente velado y se hizo una mueca a sí misma. Luego recogió la palangana echando pestes, la puso sobre la cómoda y observó con envidia a Charlotte levantar la tapa de su arcón de madera.
—Mira, esto podría valerte, Klara —susurró Charlotte.
—Es demasiado elegante para mí.
—Mañana es día de fiesta e iremos a misa, es perfecto para la ocasión. Este vestido lo cosió mamá, la tela vino de la India. Tócala, verás qué suave es.
Ettje no miraba, en lugar de eso se frotaba la cara con el paño y resoplaba con fuerza. Había cumplido catorce años y ya tenía formas femeninas, así que la lencería de Charlotte le habría quedado estrecha y los vestidos, cortos. De todos modos, era injusto.
—¡Peinaos! ¡Ya vale de perder el tiempo!
Charlotte tuvo que arrastrarse debajo de la cama para rescatar los feos zapatos de madera que tenía que llevar en casa de la abuela. Al ponerse de pie, espió curiosa a Ettje, que en ese momento se había bajado el camisón. Su madre nunca se desvestía delante de los niños, por eso le parecía tan emocionante contemplar los pechos de Ettje. Tenían un aspecto curioso, como dos picaduras de mosquito que se hubieran hinchado mucho. El izquierdo era más grande, el derecho aún tendría que crecer. No eran senos de verdad, porque cuando Ettje tenía puesto el vestido no se veían. Charlotte se alegraba de no tener su edad aún. Por nada del mundo quería tener esas hinchazones tan raras en el pecho. ¿Por qué no podía despertarse una mañana y que los pechos ya fueran como tenían que ser?
Klara ya estaba en la escalera y Charlotte se deslizó por su lado para bajar despacio delante de ella.
—No hace falta, Lotte. Baja a la cocina, ya llegaré —susurró Klara avergonzada.
—¡Voy despacio porque antes me he golpeado el dedo del pie contra la pata de la cama!
Klara solía resbalar en los peldaños y caer por la escalera, algo que no parecía inquietar a nadie de la casa, porque estaban acostumbrados. Sin embargo, Charlotte no quería que su prima pequeña se hiciera daño, así que bajaba siempre por delante y muy cerca de ella para que esta pudiera agarrarse a ella si tropezaba.
Abajo, Paul estaba sentado a la mesa del desayuno y devoraba una tostada con mantequilla acompañada de leche caliente. La tía Fanny se apretaba la hogaza de pan contra el pecho y cortaba rebanadas finas, para las que había mantequilla y compota de pera de color marrón oscuro, que se había hervido con agua para que cundiera más. La abuela estaba preparando el desayuno para el abuelo, que este tomaría en su pequeño despacho, como siempre. En la bandeja había una gran taza de café con leche y, al lado, en el plato, dos rebanadas de pan generosamente untadas con mantequilla y compota. Los demás solo tomaban café, como mucho, los días de fiesta o cuando había visita.
—¡Venga, rápido! —ordenó la abuela Grete—. Ettje tiene que ir a la carnicería y luego al mercado. Paul puede ayudarla a cargar con todo. Klara se quedará aquí a lavar calcetines y Charlotte nos ayudará a limpiar.
La abuela era como un mariscal de campo: cuando repartía las tareas, había que obedecer sin rechistar. Al día siguiente era Pentecostés y la casa tenía que estar inmaculada: había que fregar todos los suelos y sacudir las camas, no podía quedar ni una mota de polvo sobre los muebles, especialmente los del salón, por si recibían alguna visita inesperada.
Limpiar le parecía a Charlotte una tarea desagradable. En casa, en Emden, tenían una doncella que se ocupaba de eso. La colada también la recogía una mujer, su madre solo lavaba las prendas pequeñas.
—¿No sería mejor que fuera yo también al mercado, abuela? Recuerda que el otro día conseguí los huevos más baratos, y la mantequilla también.
La abuela Grete guardó silencio y entró en la despensa a descolgar el tocino del gancho. Siguió callada mientras cortaba una loncha y la picaba en daditos.
—Nos ahorramos cuatro peniques gracias a lo bien que se me da negociar —insistió Charlotte, y bebió un buen trago de la taza de leche—. Hoy podríamos ahorrarnos otros cuatro o cinco peniques.
Los chanclos de Ettje tabletearon por el pasillo. Entró en la cocina justo a tiempo para oír lo que decía Charlotte.
—Yo con esa no voy al mercado, abuela. Sus regateos me hicieron pasar vergüenza.
—¿Te sobra el dinero o qué? —le espetó la abuela a Ettje sin levantar la vista de lo que estaba haciendo. No le gustaba desdecirse, pero cuatro peniques eran cuatro peniques, y el dinero escaseaba—. Sabe Dios de dónde has sacado ese talento —le gruñó a Charlotte—. De tu padre seguro que no. Venga, acompáñala al mercado y a ver si tienes suerte.
Ettje dio un obstinado mordisco a su tostada. Ni siquiera tuvo oportunidad de descargar su enfado sobre Charlotte, porque tenía que memorizar los encargos de la abuela. Recoger el asado en la carnicería, que ya estaba pedido, además de tres salchichas de hígado y tres morcillas pequeñas. En el mercado, una libra de mantequilla, cebollas, huevos y tres hogazas recién hechas. Y un paquete de tabaco. A este último encargo le siguió un leve suspiro, ya que el abuelo se resistía a dejar de fumar. Ettje recibió el dinero justo y lo envolvió esmeradamente en un pañuelito para no perderlo bajo ningún concepto. Paul había tardado un abrir y cerrar de ojos en traer de la despensa la cesta grande para la compra y se situó, servicial, al lado de su hermana mayor, preocupado porque lo dejaran en casa, ya que ahora podía ser Charlotte quien ayudara a cargar con la compra. Sabía que en ese caso tendría que encargarse él de fregar, una tarea que odiaba.
Tuvo suerte. La abuela Grete siempre había tenido cierta debilidad por las miradas suplicantes de los muchachos, y le ordenó que se atara la chaqueta y se subiera los calcetines. Eso fue todo.
Fuera, el cálido sol de mayo los deslumbró; los setos verdeaban con fuerza y, junto a la puerta de entrada, había en el suelo una gran mancha blanca brillante. Su origen era el nido de golondrinas del alero del tejado, en el que ahora trinaba la vida. Al otro lado de la calle florecían los frutales de espaldera: la guirnalda blanca de orla rosa envolvía la larga hilera de ramas extendidas. Cuando se levantaba una brisita, las flores caían como la nieve sobre el sendero del jardín y flotaban incluso hasta la carretera.
La Ulrichstrasse estaba a un buen trecho de distancia del mercado y Ettje, que no prestaba ninguna atención a la belleza de la primavera, les metió prisa. Se cruzaban con vecinas que llevaban cestas llenas, algunas incluso tiraban de una carretilla o un carretón de mano en el que iban sentados, entre fardos, botellas y cestas, los pequeños que aún no llegaban muy lejos a pie. Hacía mucho tiempo que Charlotte había aprendido a ser amable y saludar, porque allí, en Leer, no era como en Emden; aquí se conocían todos. El pastor Henrich Dirksen gozaba de gran respeto, también por parte de los reformados, a pesar de no profesar la fe cristiana correcta, así que constantemente los paraba alguna mujer para charlar un ratito con ellos. ¿Era esta la nieta de Emden? La hija de Ernst. ¿Y dónde había dejado a su hermanito? Entonces Charlotte les contaba que sus padres y su hermano estaban de camino a la India, y sus miradas impertinentes le resultaban de lo más desagradables. A veces tenía la sensación de que las mujeres ya sabían todo aquello y solo querían escudriñarla con la mirada e interrogarla; a lo mejor también querían saber si hablaba alemán como era debido y no inglés o indio.
—¿Te quedarás con la abuela hasta el verano? ¡Qué alegría se habrá llevado, con la mocita despierta que eres!
Las gaviotas sobrevolaban en círculos la ciudad, ladronas de pluma blanca y pico afilado; venían del embarcadero de los pesqueros, donde a veces les caía algo. El sol de mayo hacía brillar el escaso verdor de las calles y los jardines delanteros, pero a Charlotte la ciudad le seguía pareciendo gris y, en cierto modo, desoladora. Los edificios eran bajos, los ladrillos estaban oscurecidos por el viento y la lluvia, y entre las casas había cobertizos destartalados, techados desvencijados para la leña y trastos de todo tipo, además de barcas rotas pudriéndose poco a poco. Las aspas de los molinos de viento giraban como monstruos que aleteaban y chillaban; curiosamente, aquel día su sonido asustó a Charlotte, a pesar de que en anteriores visitas a Leer siempre le había resultado gracioso. Quizá la ciudad solo le pareciera tan fea porque aún no habían florecido las rosas que enmarcaban numerosos portales, aunque también podía ser simplemente por lo mucho que habría deseado estar en el barco con Jonny y sus padres. El final del verano estaba tan lejos que no merecía la pena contar los días; toda una vida, una eternidad.
—Si vuelves a negociar tú y nos ahorramos algo de dinero, podríamos comprarnos regaliz —propuso Paul.
—Ni hablar —respondió Ettje enérgicamente—. Eso lo notarían.
Charlotte calló indignada. Si se esforzaba por negociar, era para impresionar a la abuela, para oír sus elogios cuando contaba sobre la mesa los peniques ahorrados, y no para comprar a escondidas dulces para Ettje y Paul, porque eso era un vulgar engaño.
Giraron hacia la izquierda, desde la Osterstrasse hasta la Norderstrasse, donde ya se oía el barullo del mercado. En las tiendecitas y los talleres también reinaba la actividad, y Paul y su enorme cesta estuvieron a punto de chocar con un carro de caballos que llevaba barriles de cerveza. Ettje tiró de su hermano pequeño en el último instante y aprovechó la ocasión para propinarle dos sonoras bofetadas.
—¡Mira que eres tonto! La abuela me dará una paliza si te atropellan.
Charlotte se había adelantado y solo oía débilmente los lloros de Paul, mezclados además con los ruidos del mercado. En la Pfefferstrasse, que desembocaba en la plaza del ayuntamiento, había dos escaparates altos y estrechos que pertenecían a la tienda de ultramarinos de Julius Ohlsen. Ni siquiera en Emden había un negocio como aquel, ya que en él se podía admirar la cabeza disecada de un león de verdad. Estaba colgada de una pared divisoria de madera, detrás del surtido de géneros. Era enorme, estaba rodeada por una melena de color castaño oscuro y tenía las fauces abiertas, de manera que se le veían los colmillos amarillos. La piel ya tenía varios agujeritos de polilla y el hocico también estaba gastado, pero seguía atrayendo a mucha gente ante la tienda, sobre todo a los niños.
Al principio, Charlotte había sentido lo mismo que el resto del público: terror mezclado con una sensación extrañamente agradable, por lo que era casi imposible apartar la mirada de esa fiera disecada. Sin embargo, después había comenzado a sentir lástima por el león. Debía de haber sido un majestuoso rey de la sabana cuando aún vivía en su hábitat, y ahora estaba ahí, colgado de la pared de madera, con dos canicas marrones en el lugar que ocupaban antes sus ojos vivos, y siendo observado por toda aquella gente. Qué pena que no existiera un hechizo para devolverle la vida. Habría sido divertido verlo rugir de repente, con la fuerza con la que solo puede hacerlo un león. Los estúpidos mirones habrían salido corriendo, algunos hasta se habrían desmayado, y los niños se habrían echado a llorar.
—Cuando sea mayor, seré cazador de fieras. —La voz de Paul sonó justo detrás de ella—. Mataré a todos los leones con una escopeta. Es facilísimo.
—¡Tú ten cuidado de que no te devoren!
Ettje los esperaba junto a los puestos del mercado. Ya había pasado por la carnicería con Paul y se había enfadado mucho al ver que Charlotte se había escaqueado.
—Lo contaré en casa. No tengo ningunas ganas de que me regañen por llegar tarde.
Charlotte no respondió, pero Ettje le pareció de lo más tonta. ¿A qué venía tanta prisa por llegar a casa si tenían que pasarse el día entero limpiando y ordenando?
—Venga, espabilad, todavía nos falta la mantequilla, las cebollas, los huevos y el pan.
Como venían días de fiesta, el mercado era mayor de lo habitual. Las mesas de los puestos se habían colocado muy juntas alrededor del edificio de ladrillo rojo de la aduana de Leer, donde se pesaba todo lo que se vendía, se importaba o se exportaba. Las campesinas se sentaban despatarradas en cajas, contaban los huevos que metían en las bolsas de papel, pesaban verduras y mantequilla, y por todas partes se oía a la gente charlar, gritar, reír y, a veces también, discutir. Los pescaderos y polleros estaban tan cerca de la orilla del Leda que casi parecía que el género se les fuera a escapar a nado. A cambio, eran quienes más fácil lo tenían después, cuando terminaba el mercado: solo tenían que cargar con las cajas y los tablones unos pocos pasos hasta sus barcas.
Charlotte, seguida por Ettje y Paul, se abrió paso entre la gente, observó el género, se fue fijando en los precios y comprobó que ese día no sería fácil, porque el negocio iba bien. Mientras siguieran llegando compradores, ninguno de los campesinos bajaría el precio.
—Tenemos que esperar —anunció—. Ahora es imposible.
—¿A qué quieres que esperemos? —rezongó Ettje—. ¿A que no haya nada? Ya no queda mucho pan, y la abuela no tolerará una mantequilla rancia.
—Vayamos primero a por el tabaco.
Ettje puso los ojos en blanco y suspiró. Para llegar a la tienda de Dietrich Zachra, a quien siempre le compraba el tabaco el abuelo, tenían que recorrer un buen trecho de la Pfefferstrasse y luego regresar al mercado. Podrían haber pasado por allí de camino a casa, sin tener que dar tanta vuelta.
—Vamos entonces a la tienda del señor Ohlsen, está aquí al lado.
—Ahí no.
—¿Y por qué no? También tiene tabaco.
Ettje no sabía cuál era el motivo, pero el abuelo le compraba el tabaco a Zachra desde siempre. Por otro lado, en el paquetito de tabaco no ponía de qué tienda era, y la abuela no les había dicho expresamente dónde comprarlo.
—¡Vamos a la tienda de Ohlsen! —lloriqueó Paul—. Así puedo tocar el león. Quiero meterle la mano en la boca. ¡Vamos a la tienda de Ohlsen, por favor, Ettje!
—Todo tiene que ser siempre como quiera Charlotte —refunfuñó Ettje—. ¡Qué ganas tengo de que vuelvas a Emden!
—¡Y yo más! —replicó Charlotte enfadada.
Se abrieron paso a duras penas a través del gentío del mercado. Ettje se aferraba a la cesta con la carne y el embutido por miedo a que un ladrón metiera la mano bajo la tela y robara algo. Se detuvo delante de la tienda de ultramarinos Ohlsen y dijo que prefería esperar fuera.
—¡Lo que pasa es que el león te da miedo! —se burló Paul.
Charlotte se dio cuenta de lo que estaba pasando: si los descubrían, Ettje siempre podría decir que ella no había entrado en la tienda de ultramarinos.
—¡Pues dame el dinero!
Ettje abrió el pañuelito y fue contando las monedas en la mano de Charlotte. Eso era lo que costaba el tabaco en la tienda de Zachra; si el señor Ohlsen lo vendía más caro, mala suerte para Charlotte.
Paul ya había subido los peldaños y había girado el picaporte de latón; la puerta con paneles de vidrio se abrió con un tintineo. A pesar del escaparate que tenía, el interior de la tienda estaba en penumbra: probablemente se debía a las estanterías de madera oscura, que rodeaban la estancia hasta el techo y estaban repletas de todo tipo de latas de colores, cajitas y objetos extraños. Charlotte inhaló con fuerza. Notó un embriagador aroma a especias remotas; sin duda olía a nuez moscada, cúrcuma y pimienta, especias que su madre utilizaba para cocinar en casa salsas indias, picantes y deliciosas. Frente al mostrador había dos mujeres con elegantes vestidos y sombreros: la viuda de Harmsen y su hija Ella, que pronto se casaría con el alto funcionario Bientje, de Aurich. Probaban las especias que el señor Ohlsen les presentaba en latitas, hablaban entre ellas, y era evidente que no se ponían de acuerdo en la cantidad que debían comprar. Charlotte comprobó asombrada que el comerciante, a pesar de su avanzada edad, poseía una reluciente cabellera castaña oscura y unas buenas patillas a juego; solo cuando inclinaba la cabeza en gesto servicial se veía asomar una calva rosácea entre los largos mechones de pelo. Junto a las dos mujeres esperaba un hombre mayor vestido con una levita oscura, que apoyaba todo su peso en el bastón y miraba con hostilidad a las parlanchinas.
—¡Christian! —gritó el señor Ohlsen por encima del hombro—. ¡La clientela quiere ser atendida!
Efectivamente, tras ellos había entrado más gente, dos jovencitas y una mujer gruesa de vestido azul, que enseguida se acercaron a la señora Harmsen y a su hija para felicitarlas por el compromiso.
—¡Christian! —volvió a llamar el dueño de la tienda, esta vez de forma más enérgica. Dirigió a las mujeres una sonrisa cautivadora y preguntó rápidamente al hombre mayor en qué podía servirle.
—¡Mi tabaco!
—Enseguida, estimado señor Jansson. Hace un espléndido día de mayo, resplandeciente, ¿no le parece?
—Ojalá aguante mañana y pasado mañana…
El señor Ohlsen cogió un paquetito de tabaco del estante sin mirar, por lo visto sabía exactamente dónde estaba cada cosa. En el mismo instante en que tintineó la caja registradora plateada, detrás del comerciante se abrió una puerta. Apareció un muchacho vestido con una chaqueta abotonada y un pantalón largo oscuro. Tenía el cuello delgado y los brazos le asomaban un poco por debajo de las mangas.
—Pregunta si puedo acariciar el león —susurró Paul, que permanecía detrás de Charlotte, acobardado.
—Pregunta tú.
El joven miró a Charlotte; tenía los ojos verdosos y unas pestañas oscuras, que hacían que su mirada fuera penetrante.
—¿En qué puedo ayudaros? —preguntó, y se sonrojó porque le había salido un gallo.
—Me gustaría acariciar el león —declaró Paul.
El chico sonrió y a Charlotte le resultó un poco más simpático. Seguramente no era la primera vez que le pedían aquello.
—¿Puede, padre?
El señor Ohlsen miró fijamente a Paul con gesto severo, la sonrisa le desapareció del rostro y en su lugar se le formaron varias arrugas en la frente, en intervalos regulares como las olas que se deslizaban por la playa.
—Queremos comprar tabaco —se apresuró a explicar Charlotte—. Para el pastor Dirksen.
—Ah, es la pequeña del capitán Dirksen —intervino la señora Harmsen—. ¿Estáis haciendo otra visita a los abuelos?
—Solo yo —contestó Charlotte, y observó que las olas de la frente del comerciante se alisaban. Al mismo tiempo, oyó que Ella Harmsen susurraba:
—¡Fíjate en su aspecto! Pero claro, es que su madre es india…
El chico, que al parecer se llamaba Christian, también lo había oído, porque su mirada vagó de Charlotte a Ella varias veces. Se mordió el labio.
—Puedes tocar el león, ¡pero con cuidado! —le dijo a Paul, animándolo con un gesto de la cabeza. Luego volvió a mirar a Charlotte—. ¿Tú también… quieres acariciar el león?
En realidad, le habría encantado. Pasar la mano, aunque solo fuera una vez por la melena castaña e hirsuta y saber qué tacto tenía el pelo de león. Deslizar el dedo con mucho cuidado por el pelaje del color de la arena de la frente, con delicadeza y sintiendo un pequeño escalofrío de miedo al mismo tiempo… Pero tuvo la sensación de que el chico estaba siendo amable después de oír lo que habían susurrado sobre ella, y no le gustó.
—No, gracias. Quiero un paquetito de tabaco.
—¿De qué tipo?
—Pues el de pipa.
—Tenemos distintas clases. ¿Cómo es el paquetito que compra tu abuelo?
Intentó acordarse, pero no era fácil, porque el abuelo enseguida metía el tabaco en su bolsita bordada.
—Tiene un escudo —recordó—. Paul, ¿te acuerdas de qué aspecto tiene el paquetito de tabaco?
—Tiene dragones y espadas y cosas de esas…
Estaba de puntillas para tocar una de las orejas del león. Por el escaparate se veía a Ettje, que esperaba enfadada en la calle y hacía señas a Paul para que salieran de una vez.
—¿Es alguno de estos? —preguntó Christian poniendo delante de ella cuatro bolsitas marrones, todas ellas con un bonito dibujo.
—No, no son como estas. ¿Tenéis más?
—A lo mejor en el almacén…
Dirigió una mirada rápida hacia su padre, que en ese momento se despedía de sus clientas, madre e hija, insinuando tres reverencias al tiempo que giraba la manivela de la caja registradora. Las dos muchachas que habían entrado en la tienda contemplaban asombradas la cera para bigote y los frasquitos de colores con crema facial que se exponían en una pequeña vitrina sobre el mostrador.
—¿Te gustaría venir conmigo? —preguntó Christian en voz baja—. El almacén está aquí al lado. También hay cocos y un trozo de colmillo de elefante.
Si pretendía impresionarla, se había equivocado, porque su papá también había traído cosas como aquellas de sus viajes, así como enormes conchas y preciosas tallas en madera negra.
—Si va a ser más rápido, te acompaño.
Tuvo que pasar al otro lado del mostrador, y él le sostuvo la puerta y la cerró rápidamente después de que hubieran pasado los dos. El pasillo era frío y lúgubre, de paredes toscamente revocadas y bastante agrietadas. Qué raro que detrás de aquella tienda tan elegante hubiera algo tan sucio y feo.
Christian abrió el pasador de una puerta mellada de madera y ante ellos se abrió un cuarto estrecho lleno de estantes. En el suelo había sacos de yute con letras negras; algunos estaban abiertos y otros todavía cosidos. Ahí, la mezcla de los aromas más variados era mucho más intensa que en la tienda, y la combinación era excitante y embriagadora. El dulzor exótico de la canela, el olor denso y opaco del té…, también se percibía el aroma del jabón de violeta y el de rosa, el del café y el de la madera de sándalo…
—Ahí dentro hay arroz —explicó Christian señalando uno de los sacos—. Viene del oeste de la India.
Charlotte clavó la mirada en el saco de yute e intentó leer la inscripción, pero no lo consiguió. Las letras se desdibujaban ante sus ojos. La India. El saco venía de allí donde estaban ahora sus padres y su hermano.
Christian no parecía tener ninguna intención de buscar el tabaco. En lugar de eso, se sentó sobre el saco de arroz y carraspeó. Al volver a hablar, le salió otro gallo.
—Te vi el miércoles. Saliste de la escuela y pasaste por delante de la iglesia luterana.
—Y el tabaco, ¿dónde está?
Echó un vistazo a los estantes y luego volvió a mirarla a ella, sonriendo y con las mejillas sonrojadas. Charlotte empezaba a sentirse incómoda. Con un gesto desgarbado, Christian se apartó de la frente el pelo liso y castaño, que ahora se le levantaba como una cresta.
—Es… ¿es verdad que tu madre es india?
Tenía un aspecto tan cómico con aquel tupé levantado que Charlotte se calló la grosera respuesta que había estado a punto de darle.
—Mi mamá es de la India —aclaró—. Su papá es un hombre inglés que se casó con una mujer de la India.
—Ah…
—Y ahora dame el tabaco, ¡si no, me voy!
—Enseguida…, espera…
Se levantó de un salto y rebuscó en un estante, luego abrió de un tirón una bolsa de papel. Varios paquetitos de tabaco cayeron al suelo. Al recogerlos apresuradamente, apoyó una rodilla en el suelo, y le quedó una mancha clara de polvo en la pernera oscura. No se dio cuenta, porque levantó de nuevo la mirada hacia Charlotte y dijo con prisa, como si quisiera sacárselo de dentro antes de que fuera demasiado tarde:
—Eres muy guapa, Charlotte. Mucho más guapa que las demás chicas de Leer. Antes te he visto plantada delante del escaparate. Te gusta el león, ¿verdad? Algún día, cuando sea mío, te lo regalaré…
Ella lo miró incrédula. ¿Qué tonterías estaba diciendo ese chico? Estaba ridículo con esa cresta, la cara roja y el cuello tan delgado.
—Enséñame los paquetitos —le ordenó con brusquedad—. No, estos tampoco son. Me voy.
A él no le sorprendió lo más mínimo, seguramente ya sabía que no era el tabaco que buscaba, pero de todos modos parecía triste.
—Te regalo uno.
—¡Estás loco!
Ya estaba en el pasillo. ¿Qué se había creído ese chico? ¿Que aceptaría regalos suyos? ¿Acaso necesitaba caridad?
—Es una promoción —insistió, siguiéndola—. El primer paquete es gratis. Si a tu abuelo le gusta, podrá comprárnoslo siempre a nosotros.
La propuesta sonaba extraña, pero en cualquier caso no sería un regalo, sino una muestra. Como hacían los campesinos del mercado cuando ofrecían a sus clientes un trozo de manzana o una ciruela para que las probaran.
—Bueno, vale, me lo llevo.
Él le puso rápidamente el paquetito en la mano y luego abrió la puerta que conducía a la tienda. Entretanto, el local se había llenado; además del señor Ohlsen, ahora también atendía a la clientela la madre de Christian, una mujer flaca y de aspecto envejecido que llevaba un vestido oscuro con cuello de encaje blanco.
No había rastro de Paul y Ettje tampoco parecía estar esperando fuera: seguro que habían regresado al mercado.
—Si mañana nos vemos en la iglesia, ¿me saludarás? —preguntó Christian.
—Adiós, tengo que irme.
Lo dejó allí plantado y se abrió paso entre los clientes hasta la puerta. Ettje estaría comprando sin ella y pagaría lo que le pidieran, la muy tonta. Cuando ya estaba casi fuera de la tienda, se dio cuenta de que había sido muy descortés; al fin y al cabo, podría ponerle a la abuela una buena suma de dinero sobre la mesa: el precio de un paquete entero de tabaco.
—¡Muchas gracias! —exclamó en dirección al mostrador.
No sabía si el chico la habría oído a través del barullo de voces, pero le daba igual: había dado las gracias, que era el gesto apropiado después de que él le hubiera hecho un favor. Así que con eso bastaba.
Tuvo que buscar durante un buen rato y por fin encontró a Ettje frente a un puesto justo donde acababa la Pfefferstrasse. Había dejado la cesta en el suelo, pero Charlotte ya veía desde lejos que estaba más llena. Seguro que ya había comprado el pan, y puede que también las cebollas.
—¡No voy a venir contigo nunca más! —siseó Ettje—. ¿Tú crees que yo quiero quedarme cruzada de brazos y que la gente se me quede mirando?
Solo había comprado las tres hogazas de pan, menuda suerte. Seguía reinando una actividad considerable en el mercado, pero la hora punta ya había pasado. Las amas de casa que salían pronto a comprar porque todavía tenían mucho que hacer para las fiestas ya habían regresado a casa; ahora solo quedaban por allí los rezagados, además de los jóvenes y los niños, que solo miraban, pero llevaban poco dinero en el bolsillo. Charlotte conocía al tendero del puesto de verduras, un hombre fornido de rostro arrugado y ojillos azul claro como los de un cerdito, que se hacía el huraño, pero con el que se podía negociar cuando no lo acompañaba su mujer, Olsche.
—Voy a buscar a Paul —dijo Ettje, a quien le resultaba embarazoso que Charlotte regateara—. Mucho cuidado con la cesta.
—¡Dame el dinero!
Charlotte cerró el trato justo antes de que la esposa regresara de comprar en el puesto del abacero y, a juzgar por la sonrisilla del campesino, él también había quedado satisfecho después de tanto tira y afloja. Había comprado mantequilla, cebollas, patatas y una docena de huevos y le habían sobrado diez peniques, además del dinero del tabaco; es decir, la enorme suma de un marco y veinte peniques.
Bajo la mirada reprobadora de la campesina, cargó con la pesada cesta hasta que por fin avistó a Ettje y esta la ayudó a llevar la compra. A orillas del Leda, donde los comerciantes ya cargaban las cajas y los tablones en sus barcas, tuvieron que buscar de nuevo a Paul. Por fin lo encontraron rodeado de un grupo de muchachos de su edad, en cuclillas junto al agua y lanzando piedras a los patos y las gaviotas.
—Ya es mediodía —se lamentó Ettje—. Por vuestra culpa voy a llevarme una buena reprimenda y no me dejarán salir de casa en Pentecostés.
A Charlotte le habría encantado que así fuera, pero estaba segura de que la abuela no la castigaría después de ver el dinero ahorrado. No le dijo a su prima ni una palabra de ello mientras volvían a casa; sería mejor que solo se lo contara a la abuela, sobre todo el asunto del tabaco. Ni hablar de decírselo a Ettje o a la tía Fanny, porque abrirían mucho los ojos y se llevarían la mano a la boca mientras ahogaban un grito, como siempre que alguien hacía algo prohibido o indecoroso.
El sol de mayo caía con fuerza, y, una vez más, comprobaron que el camino de regreso siempre parecía más largo que el de ida, aunque solo fuera porque tenían que cargar con la compra. Cuando Paul tropezó y cayó sobre los adoquines con la bolsa de las patatas y tuvo que recoger los tubérculos que habían salido rodando, Ettje permaneció tranquila, para variar, se limitó a suspirar y comentó que ya daba igual llegar un poco más tarde. A Charlotte, en cambio, le molestó el retraso, porque quería saborear su triunfo lo antes posible.
El cielo era azul, solo al norte se veían algunos jirones de nubes, fibrosas como redes de pesca muy tupidas. El viento había arrastrado una alfombra de flores mustias hasta la entrada de la casa de los abuelos, que se le pegaron a los zapatos a Charlotte cuando corrió hacia la puerta y la abrió de golpe.
En la cocina no había nadie aparte del gato, que dormía enroscado en su caja. Una cazuela grande de hierro borboteaba sobre el fogón y hacía rebotar la tapa; olía a guiso de zanahorias con tocino.
—Ya han comido y están limpiando —supuso Ettje acongojada.
—Pero si la cazuela todavía está llena —constató Paul con ojo experto—. Si no, no salpicaría.
—¡Entonces es que hay visita!
Por lo general, el día anterior a una fiesta nunca se recibían visitas, como mucho alguna vecina que iba a pedir huevos o una taza de harina y se quedaba a charlar un rato. Pero en ese caso se habrían sentado en la cocina, junto a la tía Fanny.
Una visita eran buenas noticias para Ettje y Paul, porque el castigo por llegar tarde se pospondría. Charlotte, en cambio, que no cabía en sí de orgullo y tenía prisa por lucirse ante la abuela, se disgustó.
Los niños regresaron de puntillas al recibidor, se detuvieron delante de la puerta del salón y aguzaron el oído. Efectivamente, había gente hablando, se oía una voz grave de hombre que a Charlotte le resultó familiar.
—Es el superintendente Doden —musitó Ettje—. ¿Por qué habrá venido hoy aquí?
—Alguien se ha reído —dijo Paul, que tenía la oreja pegada a la puerta—. O igual no. En realidad, creo que está llorando.
—Es mamá.
Todos se estremecieron al oír esas palabras porque no habían visto a Klara en la escalera en penumbra. Había estado sentada en el último peldaño y en ese momento se levantó para cojear hacia ellos.
—No me han dejado entrar —dijo en voz baja—. Por eso me he sentado aquí a esperar.
—¿Qué está pasando? —la tanteó Ettje—. Mamá no estará enferma, ¿no?
En ese instante se abrió la puerta del salón y Paul, que todavía tenía la oreja apoyada en la cerradura, se apartó rápidamente de un salto. No había nada raro en el aspecto del pastor Dirksen, aparte de las venitas rojas en los ojos y la barba, que de pronto le temblaba.
—Charlotte —dijo, sin mirar al resto—. Sube conmigo al despacho.
Los demás miraron a Charlotte; debía de haber hecho algo gravísimo para que el abuelo se ocupara personalmente de ello.
Charlotte echó un vistazo rápido al salón y la imagen que vio se le quedó grabada. El macizo sofá marrón oscuro con los cojines de ganchillo sobre el que estaba sentado el flaco superintendente, en una postura rígida y con el sombrero negro en las manos. La abuela en la butaca junto a un ramillete artificial hecho con plumitas grises. Sus ojos entornados, la mano surcada de venas oscuras tapándole la boca. Los reflejos del sol de mayo en los ventanucos, las figuritas sobre la cómoda, entre las que destacaba la cruz blanca de mármol que había traído su padre de Sudamérica. Una esquina del vestido azul oscuro de la tía Fanny, que todavía llevaba puesto el delantal blanco; el resto quedaba oculto tras la puerta.
El abuelo ascendió la escalera lentamente, paso a paso, deslizando la mano izquierda por el pasamanos de madera. Charlotte oía que jadeaba, pero no se detuvo a descansar. Arriba, en el pequeño despacho, la cama de Paul aún estaba sin hacer y el camisón se hallaba tirado en el suelo, junto a un zapato y dos calcetines.
El día terminó en aquel pequeño cuarto en penumbra, ante el escritorio de madera de roble, porque todo lo que sucedió después se borraría para siempre de la memoria de Charlotte. Solo recordaría el rostro petrificado de su abuelo, el color de su piel, que parecía tan blanca como el cabello y la barba, y sus labios apretados y azulados.
—A partir de ahora te quedarás con nosotros, hija mía.
—Hasta el verano, ya lo sé, abuelo.
—No, Charlotte. Para siempre.
No podía creerlo. Jonny y sus padres estaban en un barco muy lejos, en el océano, nadie podía verlos. Y mucho menos la naviera de Bremen que había escrito una carta al superintendente Doden. Esos no sabían nada de nada, ni siquiera la dirección de su abuelo, porque, de ser así, le habrían enviado la carta directamente a él.
—La tormenta se desencadenó cerca de la costa, no muy lejos de Bombay —sollozaba la tía Fanny cuando las visitas, vestidas de negro, se sentaban en el salón—. Ya debían de ver la costa, pero la tormenta empujó el barco de nuevo hacia mar abierto. Días después, las olas arrastraron los restos hasta la orilla. No sobrevivió nadie, todos reposan en las profundidades del mar…
La tía Fanny lloraba muchísimo, sobre todo cuando los invitados la escuchaban. En esos momentos también le gustaba hablar de su difunto esposo Peter Budde, que había sido encuadernador. Tenía un pequeño taller en la Süderkreuzstrasse y siempre estaba trabajando. El polvo y la cola le hacían toser, la tos se convirtió en una pulmonía, y finalmente acabó en tuberculosis.
—El Señor se lleva demasiado pronto a quienes más quiere…
—El mar se cobra sus víctimas cuando uno menos se lo espera…
—Y ahora esta mocita está completamente sola en el mundo.
Charlotte tuvo que vestirse de negro, y a veces la tía Fanny la llevaba al salón, donde se agasajaba con café con leche y tarta a quienes se acercaban al velatorio. Luego insistían en consolarla, decían que Dios nuestro Señor la protegía y, lo más horroroso, algunas mujeres la abrazaban maternalmente contra el pecho, la estrujaban hasta casi ahogarla y le acariciaban el pelo entre sollozos.
—No puede ser verdad —le susurró a Klara por la noche, en la cama—. Cuando acabe el verano vendrán a recogerme. Y la próxima vez me dejarán ir, papá me lo prometió.
—Tienes razón —musitó Klara—. Seguro que vienen. Me pondré muy triste cuando vuelvas a Emden, Charlotte.
—No estés triste, Klara. Le pediré a mamá que vengas a vivir con nosotros. Así estaremos juntas para siempre.
—¡Silencio! —siseó la tía Fanny desde su cama—. Me vais a volver loca. El día entero trabajando, encima con un profundo dolor, ¡y ni siquiera puedo descansar por la noche!
El domingo después de Pentecostés se celebró un funeral por sus padres y por Jonny en la iglesia luterana, al que acudieron muchos familiares. Delante, cerca del altar, estaba todo lleno de coloridos ramos y coronas, y la estancia, que normalmente olía a piedra húmeda y a madera, estaba impregnada del aroma dulzón de las flores de mayo. Charlotte tuvo que sentarse en la primera hilera de sillas, entre los abuelos; oía sollozar a la tía Fanny y a Ettje, y la tía Edine, de Aurich, y sus dos hijas, Marie y Menna, también lloraban sin cesar. Los abuelos permanecían sentados con el rostro impasible y no lloraban, pero el brillo en los ojos de la abuela y sus manos tensas y entrelazadas delataban que estaba al borde de las lágrimas.
Cuando el órgano comenzó a sonar al final de la celebración, los abuelos se pusieron de pie y Charlotte tuvo que caminar con ellos por el pasillo central hacia la salida; los siguieron los dos hermanos de su padre, Wilhelm y Gerhard, luego la tía Fanny con Ettje, Klara y Paul, y después la tía Edine con su esposo, el pastor Harm Kramer y sus dos hijas. Todos los demás se habían quedado sentados en los bancos y los miraban fijamente cuando pasaban por su lado. Le resultaba angustiante que todos estuvieran tan firmemente convencidos de que sus padres hubieran muerto. Sin embargo, cuando alguien moría, había un ataúd en el que se metía el cadáver. Y una tumba en el cementerio, con flores y una cruz de hierro o una lápida. Entonces era cuando alguien moría de verdad, no cuando desaparecía sin más en el océano. Igual se habían quedado varados en una isla. O habían llegado a África. O el barco seguía navegando por ahí y llegaría al puerto de Bombay en algún momento.
Los profesores de la escuela le acariciaban el pelo y la llamaban «la pobre chiquilla», algunos niños le decían que lo sentían mucho, pero la mayoría de sus compañeros actuaban como siempre. A Charlotte no le gustaba la escuela de Leer, le parecía lúgubre y fea, los niños eran tontos y no tenía ninguna amiga. Quería regresar a su escuela en Emden, donde jugaba con Ernestine y Juliane, donde la rolliza Anna de trenzas rojas se sentaba a su lado, y donde la profesora sabía hasta inglés. Su madre casi siempre hablaba en ese idioma; cuando lo hacía en alemán, muchas veces sonaba gracioso por la cantidad de errores que cometía.
Ahora el abuelo iba a Emden a menudo, a veces se llevaba a la abuela; entonces los niños se quedaban solo con la tía Fanny y, cuando regresaban de la escuela, comían en la cocina.
—Eres rica —dijo Ettje con envidia—. Recibirás todo lo que tenían tus padres.
Charlotte tenía la mirada clavada en el plato sopero y removía lentamente la pasta amarronada con la cuchara. Alubias, zanahoria, cebolla, trocitos de patata, apio y perejil. ¿Por qué no podía taparse los oídos? ¿Por qué la gente decía siempre esas cosas que no podían ser verdad?
—¡No quiero recibir nada!
—¡Pues regálamelo a mí!
—Tú tampoco. Nadie va a recibir nada.
—¡Que sí! ¡Tú sí! La abuela ha dicho que va a vender vuestra casa de Emden y todos los muebles y lo que haya dentro. ¡Todo! Y a cambio conseguirán mucho dinero. Que será para ti.
Charlotte dejó caer la cuchara, se levantó de golpe y agarró furiosa el cabello como de pelusa de su prima.
—¡Estás mintiendo! —chilló y le tiró del pelo a Ettje—. ¡No pueden vender nuestra casa, no es suya! ¡Es de papá!
Ettje gritaba y trataba de liberarse. Al intentarlo, metió la nariz en la comida caliente y, si Klara no hubiera actuado con rapidez, el guiso y el plato habrían acabado en el suelo. La tía Fanny no se anduvo con rodeos, agarró a Charlotte de los brazos y la arrastró de vuelta a su silla, y luego le propinó dos fuertes bofetadas. Después se inclinó sobre la mesa para darle una torta a su hija también.
—¡Pero si yo no he hecho nada! —se quejó Ettje.
—Esto es por ese piquito fino que tienes.
—¡Pero si solo he dicho la verdad!
—Me da igual. Es la hora de comer. Después lavarás tú los platos, Ettje. Y Charlotte barrerá.
Charlotte no lloró. Permaneció sentada en silencio delante del plato, apenas sentía el ardor de las mejillas por los golpes. En su interior había nacido un dolor oscuro que se le extendía de forma imparable por el cuerpo. Su padre y su madre ya no existían, y el calor, el apoyo y la protección que le habían dado habían desaparecido con ellos. No había impedimento ahora para que vendieran su casa familiar, los muebles de su madre, los libros de su padre y sus colecciones, sus propios juguetes y también el castillo de Jonny con sus jinetes y caballos. No había impedimento tampoco para que la tía Fanny le diera bofetadas, porque ya no tenía que preocuparse de que papá la regañara por ello.
—¡Ya veréis cuando vuelvan! —gritó obstinada.
No lloró hasta la noche, cuando Ettje y la tía Fanny seguían abajo, en la cocina, y ella se metió en la cama con Klara. Esta la rodeó con los dos brazos y Charlotte lloró hasta empapar de lágrimas el camisón de su prima.
—No pasa nada —susurró Klara una vez que Charlotte se tranquilizó, y ambas permanecieron tumbadas y abrazadas para viajar juntas al país de los sueños y el olvido—. Lo importante es que te hayas desahogado.
Pasó la primavera y llegó el verano. De la pared del salón, por encima del sofá, colgaba ahora una foto enmarcada que la madre de Charlotte había encargado en un estudio de Emden poco antes de salir de viaje. En ella su madre estaba sentada en la silla, con uno de sus bonitos vestidos, detrás estaba su padre, de pie y con su uniforme de capitán, pero sin gorra, de manera que se le veía el pelo claro y rizado. El fotógrafo había situado a Jonny y a Charlotte a la derecha de su madre: Jonny llevaba chaqueta, bombachos y botas. Estas le quedaban estrechas y su madre había pasado mucho tiempo convenciéndolo de que se las pusiera. Su padre tenía la mano derecha apoyada en el respaldo de la silla de su madre, y la izquierda, sobre el hombro de Charlotte. La había estado pellizcando una y otra vez para hacerla reír. Había sido horrible tener que estarse quietos tanto rato mirando a la gran boca negra de la cámara; Jonny estaba de lo más revoltoso y su madre había acabado prometiéndole algún dulce para que se estuviera quieto de una vez.
Encima de la foto enmarcada habían drapeado una cinta negra traslúcida que caía un poco sobre la imagen. Había más cambios en el salón. La tía Fanny y la abuela habían movido la cómoda hasta llevarla debajo de la ventana y su lugar lo ocupaba ahora el piano de su madre. Se habían producido fuertes disputas porque ni la tía Fanny ni la abuela querían aquel piano que, en su opinión, «saturaba» el salón. Sin embargo, para gran sorpresa de Charlotte, el abuelo había tenido la última palabra esa vez.
—Es un instrumento hermoso, y si las circunstancias vitales de Gerhard mejoran, puede venir a por él.
El tío Gerhard era el hermano menor de su padre. Vivía en Hamburgo y le habían contado a Charlotte que enseñaba música, pero ella no estaba segura de que fuera verdad, porque la abuela siempre suspiraba cuando hablaba de él.
—¡Qué será de ese chico!
En realidad, el tío Gerhard ya tenía treinta años, así que ya tendría que haber sido algo de él. A Charlotte le caía bien, a pesar de que solo lo había visto dos veces en toda su vida. En una ocasión los había visitado en Emden, y había tocado música con su madre: ella al piano y él al violín. La segunda vez había sido en el funeral, había llegado después de la misa y había comido con ellos, pero el alboroto familiar no le había dejado tiempo a Charlotte para hablar con él. Le habría encantado regalarle el piano, sobre todo porque ella no tenía ningunas ganas de tocarlo. Pero el piano era de su madre: ¿qué iba a tocar ella cuando regresara?
Las cerezas maduraron, hicieron conservas de grosellas y fresas, la uva espina pronto estaría dulce también. Los prados se cortaron por segunda vez y se segó el maíz. En el mercado había coles y zanahorias frescas, apios, puerros, además de las primeras patatas y ciruelas. Vientos más frescos tironeaban de la colada que la tía Fanny tendía en el jardín trasero, y las manzanas maduraban en las espalderas del vecino. El verano se preparaba para dar paso al otoño.
El camino de regreso de la escuela era una dura prueba de paciencia. Charlotte caminaba junto a Klara, que avanzaba lentamente y a veces también se detenía un ratito porque le dolía la pierna. Charlotte no se habría adelantado a ella por nada del mundo, pero, cuando por fin tomaban la Ulrichstrasse, el corazón se le desbocaba de emoción y alargaba el cuello para ver si había algún vehículo delante de casa de los abuelos. En una ocasión, ya a finales de agosto, había avistado un coche de caballos y se hizo muchas ilusiones. Pero no era más que un conocido del abuelo, que había estado en Emden y les había llevado varias cajas, entre ellas una cajita de madera negra con un dibujo sobre la tapa protegido por un cristal.
—Esta es tuya —le dijo la abuela cuando entró con Klara—. Si cabe en el cuarto, debajo de la cama, llévatela arriba.
Charlotte negó con la cabeza. La decepción le había formado un nudo tan fuerte en la garganta que no podía hablar. No, no quería tener allí esa caja; su sitio estaba en Emden, en su habitación.
Ahora, por las tardes, se encendía la lámpara grande del salón, porque la tía Fanny y la prima Ettje tenían mucho que coser: ropa interior, faldas y chaquetas, un traje para el abuelo y pantalones nuevos para Paul. También le harían una falda y un vestido a Klara, aunque esta no los quería porque los harían a partir de la ropa de los padres de Charlotte. Las telas eran buenas, no había que modificar demasiado las prendas y así se ahorraban mucho dinero.
Cada vez anochecía antes, las manzanas ya estaban cosechadas hacía tiempo, las hojas habían amarilleado y el viento las arrancaba de los árboles y las arrastraba por la calle. En los campos se formaba niebla, que envolvía el río y difuminaba los contornos de las casas. La ciudad era gris como una triste cárcel. Charlotte se ponía calcetines gruesos y se envolvía en el chal azul claro de lana de su madre, y aun así pasaba muchísimo frío, ni siquiera entraba en calor en la cocina, donde ardía la lumbre.
Poco antes de Navidad hubo una tormenta tan fuerte que las estufas ya no tiraban y a la gente le preocupaba que el río Leda se desbordara con la marea alta. Por la noche, el viento hacía que la casa tableteara y gimiera. Afuera, aullaba como un animal salvaje recorriendo la ciudad y tramando maldades. Charlotte no podía dormir. Se incorporó en la cama en silencio y trató de distinguir en la oscuridad si la tía Fanny y Ettje estaban dormidas. No había movimiento, y de la cama de su tía le llegaban suaves ronquidos.
—¿Qué pasa? —susurró Klara a su lado—. ¿Tienes que salir?
—No, no. Sigue durmiendo.
Se deslizó por debajo del edredón y avanzó a tientas hacia la puerta. Vestida solo con el camisón y los calcetines, tenía un frío horrible, pero el cuarto estaba demasiado oscuro como para encontrar el chal azul por el suelo, en algún lugar cerca de la cama. Hasta que no llegó al pasillo, no se dio cuenta de que Klara la había seguido.
—¡Vuelve a la cama!
—No estoy cansada. De todas formas, las tormentas nunca me dejan dormir.
En el pasillo había un farol sobre un taburete y al lado estaban las cerillas, para poder encenderlo rápidamente cuando fuera necesario. Charlotte necesitó tres fósforos para encender la velita por lo entumecidos que tenía los dedos, pero también por la corriente que entraba por las grietas del ventanuco del pasillo.
—Tienes que subir tú primero —dijo Charlotte señalando la escalera hacia el desván—. Si te caes, te sujetaré.
—¿Por qué quieres ir ahí arriba?
—Ya lo verás…
La escalera era muy estrecha y empinada, y además carecía de barandilla, de manera que Charlotte tenía mucho miedo de que Klara diera un traspié y se hiciera daño. Pero logró llegar hasta la trampilla del desván y Charlotte solo tuvo que sujetarla mientras abría el pestillo oxidado. Se oyó un rechinar desagradable que las hizo estremecer. Ambas se quedaron inmóviles.
—Ya voy yo primera —musitó Charlotte después de un ratito.
El farol proyectaba un círculo de luz amarillenta y temblorosa sobre el suelo de madera, y distinguieron una vieja cómoda sobre la que reposaban tarros de manteca y compota. Al lado había una silla que ya no se usaba y una cuna de madera que habían utilizado los cinco hijos de los abuelos; los nietos también habían dormido en ella cuando iban de visita.
—Ahí está.
El arcón negro estaba tapado con un viejo mantel y lo habían empujado al fondo, donde la inclinación del techo era más pronunciada. Cuando Charlotte levantó la tela y el farol iluminó el baúl, las dos niñas distinguieron el colorido dibujo bajo el cristal: una inmensa montaña con tres cumbres, una de las cuales estaba cubierta de nieve. A sus pies crecía una jungla verde, y sobre la cima blanca el cielo era azul oscuro y maravillosamente nítido.
Su padre le había regalado aquella caja por su noveno cumpleaños, y en ella había guardado sus tesoros. Un monito de hojalata que daba saltitos haciendo ruido de matraca cuando se le daba cuerda. Muñecas de papel que había recortado cuidadosamente junto con sus vestidos, sombreros y zapatos. Una pequeña bola de marfil con filigranas talladas que tenía dentro otra bola, y había incluso una tercera, diminuta, también completamente decorada. Una concha que parecía una mano arqueada, rosa por fuera y de un color plateado brillante por dentro; al ponerla contra la oreja, se oía el rugido del mar.
—¡Sujeta el farol, Klara!
Con cuidado, sacó el ídolo negro que su padre le había traído de África. Estaba tallado en madera; tenía los ojos muy grandes y los labios anchos; el cuerpo estaba extrañamente acurrucado y era demasiado pequeño en comparación con la enorme cabeza, pero tenía unos pies anchos que le permitían tenerse en pie. Charlotte extendió sus tesoros sobre el suelo polvoriento a la luz oscilante del farol, porque a Klara se le estaba durmiendo el brazo, ya no podía sostenerlo quieto e iba cambiando de mano.
—¿Te parecen bonitas estas cosas? El mono da saltitos, pero no quiero darle cuerda porque hace demasiado ruido.
—Lo que más me gusta es la concha.
Charlotte devolvió al baúl todos los objetos muy despacio, con cuidado, para que nada se dañara o se rompiera.
—Creo que al final no regresarán —dijo en voz baja y cerró la tapa—. Mamá, papá y Jonny están muy lejos, en el océano, y se han olvidado de mí.
La luz del farol titiló, después se deslizó a un lado porque Klara iba a dejarlo en el suelo. Se arrodilló a duras penas y abrazó a Charlotte.
—Pues claro que no te han olvidado —le susurró al oído—. Pensarán en ti toda tu vida. Estoy completamente segura.
A la mañana siguiente Charlotte se despertó con un intenso dolor de cabeza. Hubo que llamar al doctor para que fuera a visitarla, ya que la fiebre le subió tanto que empezó a delirar y a decir cosas absurdas.
—Quiera Dios que esto no se convierta en una pulmonía —se lamentó la tía Fanny—. Mira que subir al frío desván en plena noche… Hay que quitarle sin falta esa costumbre de ir por libre.
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Diciembre de 1880
En Nochebuena, Charlotte se envolvió en un edredón y se sentó en el salón, donde una rama de pino adornada con bolas de colores y galletas decoraba la cómoda. En casa siempre habían puesto un abeto y su madre solía tocar villancicos al piano, no como los que cantaban aquí, sino ingleses. Sin embargo, Charlotte se sentía tan débil que ni siquiera estaba triste. Las peroratas del abuelo sobre el nacimiento del Señor y la luz del mundo; el oratorio de Navidad, al que la tía Fanny se unía cantando fuerte y mal; el pesaroso silencio de la abuela; nada de todo aquello le afectaba, era como si no estuviera sucediendo allí mismo en el salón, sino muy lejos de ella, en una casa ajena. Incluso le dio igual que le regalaran a Paul el magnífico castillo y los caballos que habían pertenecido a su hermanito Jonny. Paul derramó varias lágrimas al descubrir los regalos, puede que de pura felicidad, pero también porque le tenía simpatía a Jonny y echaba de
