Dinero para la cultura

Gabriel Zaid

Fragmento

Dinero para la cultura

Dinero para la cultura

Hay cinco fuentes de financiamiento para la cultura: el sacrificio personal, la familia, los mecenas, el Estado y el mercado. Todas pueden liberar o esclavizar de distintas maneras. Todas tienen consecuencias en la obra, más allá de sus efectos financieros.

El gran arte popular tiene la situación ideal. Que la obra excepcional llegue a todos, y sea apreciada y pagada por quienes la reciben, sin necesidad de patrocinios ni sacrificios, es una plenitud para todos los que participan. También es una renovación creadora de la tradición que gusta a la mayoría y sorprende a los conocedores. Las circunstancias pueden ser pueblerinas (como en la pintura de Hermenegildo Bustos) o mediáticas (como en las canciones de los Beatles), con resultados económicos muy distintos, pero secundarios. Bustos y sus vecinos alcanzaron en sus retratos una plenitud semejante a la que, cantando, alcanzaron los Beatles y su público.

A falta de eso, lo ideal sería recibir una herencia sin ataduras. Así se han hecho cosas notables. Un joven heredero, encerrado en su casa de Copenhague (y pensando en danés, una lengua tan marginal como su vida para los grandes centros filosóficos), llega a cuestionamientos decisivos del pensamiento occidental. Nadie le hubiera dado una beca para eso, menos aún anticipos sobre futuras regalías autorales. Y ¿quién le hubiera dado a una señora de Buenos Aires dinero para hacer una editorial que nunca fue negocio, aunque modificó la cultura argentina y abrió horizontes para todos los lectores de habla española? Es asombroso lo que hicieron Sören Kierkegaard y Victoria Ocampo con la libertad que les dio una cantidad relativamente modesta. Y está claro que no lo hubieran hecho sin esa oportunidad. Es asombroso lo que hizo Van Gogh, que se pasó la vida como un fracasado, mantenido por su hermano; o Sor Juana Inés de la Cruz, mientras tuvo protección. En el caso de Van Gogh, el mercado permite calcular la inmensa desproporción entre lo que costó la manutención del pintor y lo que vale su obra. Pero puede decirse lo mismo de los otros. Algo que vale mucho costó poco; y, aunque era poco, el mercado no lo pagó.

Kierkegaard se hundió al recibir el último pago de la pensión que le dejó su padre. En el camino del banco a su casa, cayó muerto. Otros se hunden en el resentimiento y la mediocridad, o dan la pelea con furia. Raymond Carver, con ese realismo sórdido tan suyo, ha contado el odio que sintió contra sus hijos pequeños, a los que tenía que mantener, a costa de no poder escribir.

Se entiende que un organista cargado de hijos, bajo la presión de un calendario de servicios religiosos y una clientela convencional, vaya sacando mal que bien los encargos que recibe, dejando para después hacer su propia música; y que se deje arrastrar por la depresión o el resentimiento de ver que nunca llega el momento soñado: la oportunidad de hacer lo suyo, con toda libertad. Lo milagroso es que Bach haga de sus deberes una oportunidad creadora, encuentre su libertad en tocar el órgano por obligación y convierta cualquier vulgar encargo en un prodigio.

Toda vida es creadora de muchas maneras, y lo mejor sería que, sobre la marcha, supiéramos convertir nuestra opresión en libertad, nuestra vida cotidiana en milagro. No es imposible que el resultado de un encargo sea prodigioso y satisfaga plenamente al autor y a los otros, a buen precio para ambas partes. Pero este cielo del encuentro feliz entre unos y otros, objetivado en una obra de valor perdurable, puede nublarse de muchas maneras. El desencuentro puede ser terrible. El mercado son los otros, y esta realidad puede vivirse como “El infierno son los otros” (Sartre, A puerta cerrada). Si mis obras no gustan (o gustan, pero no me dejan dinero), estoy condenado a vivir de otra cosa.

Si el mercado fuese perfecto en sus juicios de valor (como parecen creer muchos economistas), yo debería dejar lo que no deja, porque no vale. Si mi obra respondiese a las necesidades populares (como querían los revolucionarios), sería reconocida por el pueblo: serviría para liberarlo y liberarme. Pero las cosas son como son. Es posible que mi obra no valga nada, y que, al rechazarla, con buen juicio, el mercado o el pueblo me ayuden a situarme en la realidad, para que me dedique a otra cosa. También puede suceder algo peor, aunque parezca una bendición: que mi obra valga poco y guste mucho, y me la paguen maravillosamente y me levanten monumentos revolucionarios. La verdadera bendición es que valga mucho, y me la reconozcan y paguen bien; aunque los cínicos no lo crean y reduzcan todo a mercados, chifladuras, promoción, enjuagues y relaciones públicas.

Lo más incómodo de todo es creer en algo objetivamente valioso que los demás no ven: la buena música, los libros sin erratas, el rescate de un pintor desconocido, la novela que escribí o pienso escribir, las bibliotecas públicas, el teatro, la astronomía, todo lo que parece prescindible a los que se niegan a pagarlo. Y, para sentirse todavía más tonto, a los veinte o treinta años de no convencerlos, puede aparecer de pronto el funcionario, el mecenas, el mercado, que diga: Esto vale muchísimo. Es obvio. Aquí está el dinero. No hace falta explicarlo... Los mismos cuadros, antes arrinconados, de pronto valen oro.

Mientras se llega a eso (si se llega), ¿qué hacer en los años anteriores, si uno cree que los otros están equivocados? ¿Renunciar, sacrificarse? El sacrificio personal puede ser tan terrible que resulta difícil de entender. Parece una locura. Para ciertas vulgatas teóricas, ni siquiera es posible. No hay sacrificio: hay placeres masoquistas —dice un psicólogo. No hay sacrificio: hay un hobby costoso —dice un economista. No hay sacrificio: todo es un fraude escandaloso —dice un periodista.

El sostén último de las obras valiosas está en el sacrificio personal: en creer en lo que se cree, a pesar de las opiniones de los otros, a pesar de las consecuencias deprimentes que eso tiene en la práctica, a pesar de la familia, los mecenas, el mercado y el Estado. No es un buen augurio para la cultura que el sacrificio personal empiece a parecer inaceptable y hasta ridículo. Cuando se produce únicamente lo que tiene mercado o patrocinio, hace falta un milagro para que la cultura no termine siendo próspera y mediocre.

Dinero para la cultura

La cultura como fiesta

Toda forma de financiar el desarrollo cultural tiene limitaciones y peligros. El financiamiento público tiene peligros para la libertad, además de los inconvenientes comunes en el gasto público (se desperdicia más fácilmente, se mediatiza políticamente, se presta a la corrupción). El financiamiento comercial tiene peligros para la calidad, y se limita a lo que tiene mercado. Los mecenazgos pueden ser caprichosos. Y el sacrificio es de alcances limitados, además de injusto, en cuanto el sacrificio es personal y el beneficio colectivo.

No hay una sola fuente de financiamiento preferible en todos los casos. Lo razonable es que todas convivan. Lo ideal es que todas respondan al sentido último de la cultura: la revelación, el asombro, las ganas o la furia de vivir, el amor al arte, la pasión de entender, la inspiración creadora, la plenitud personal y colectiva.

Todavía hoy, la cultura puede ser como una fiesta de amigos, en la que todos contribuyan con sus propios recursos de imaginación, talento, iniciativa, cosas o dinero, al margen del Estado y el mercado. En la cultura, la vida sube de nivel; y eso es lo importante: la inspiración festiva, la conversación entre lectores inteligentes, las aventuras de buenos aficionados que se lanzan a la exploración, la experiencia de lo mejor: lo que resplandece y conmueve, la información curiosa, la reflexión que hace más habitable el mundo. Ese nivel logrado es un premio en sí mismo, aunque no gane puntos curriculares, aplausos ni dinero.

Lo importante está en esos manantiales festivos y creadores donde culmina la vida. Canalizarlos puede favorecer la cultura, siempre y cuando las conexiones produzcan animación (no sólo tubería), por el contacto de unos entusiasmos con otros. Los canales de radio y televisión, la internet, las publicaciones, las aulas, los talleres, las bibliotecas públicas, las librerías, los museos, las tiendas de discos y de arte, los conciertos, los espectáculos, pueden animar la conversación, subir el nivel de la vida; y al mismo tiempo ser un negocio, una carrera, un renglón del producto interno bruto. Claro, con el peligro de que la tubería y sus intereses conexos vuelvan turbios los manantiales, los bloqueen o los sequen.

Para ser justos, hay que reconocer que la sociedad misma, sin intervención del Estado o el mercado, puede secar, bloquear o degradar el desarrollo cultural. En 1868, Ignacio Manuel Altamirano (que reanimó la cultura en México, empobrecida por invasiones y una guerra civil) organizó unas veladas literarias que entusiasmaron a los participantes. Y tuvo la sabiduría de cancelarlas, cuando la competencia generosa empezó a desbocarse por el lado fácil: no discusiones más inteligentes ni mejores trabajos presentados para celebrar en la fiesta, sino reuniones más rumbosas de los anfitriones en turno. Decidió continuar la fiesta en las páginas de una revista, que resultó fundadora de una larga dinastía editorial: El Renacimiento. Desgraciadamente, para esto hubo menos generosidad. Apenas pudo sostenerse, y cerró antes de un año.

La pasión de aquel joven poeta por subir de nivel la conversación en México resultó histórica. Logró renovar los manantiales de nuestro desarrollo cultural, cegados por las pasiones ideológicas. A pesar de lo cual, la revista fue un mal negocio. Altamirano perdió sus ahorros, y se pasó la vida escaso de recursos, aunque era admiradísimo, tenía mucha influencia y escribió un bonito bestseller que todavía se vende (La Navidad en las montañas). Se quejaba de que el presidente Juárez, su compañero de armas y de ideas liberales, no viera la importancia de apoyar la cultura. Tuvo que recurrir a apoyos particulares y marcarles el alto, cuando no entendieron de qué se trataba.

Era de una integridad ejemplar. El 8 de marzo de 1870 escribe amargamente en su diario: Soy fiscal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, vicepresidente de la Academia Nacional de Ciencias y Literatura, vicepresidente del Conservatorio Dramático, miembro de la junta directiva de la Sociedad Filarmónica “y ahora mismo, ahora mismo, casi escribo estas líneas para entretener el hambre. ¡Poco faltó para no tener qué comer hoy! Al fin, comimos un guisado y laus deo. ¡Esto es para hacer de los diplomas, de los manuscritos y de los periódicos una hoguera, y quemarse en ella! ¡Qué mundo!”

Y ¡qué tiempos aquellos, cuando los grandes mexicanos hacían patria y cultura muriéndose de hambre! Pero eso quedó atrás. Cien años después, en 1970, el Estado era millonario. Nunca la clase política (en primer lugar), las universidades (secundariamente), las artes y las letras (incomparablemente menos), habían recibido tanto dinero. Lo cual, como en las veladas de Altamirano, atrajo una multitud de intereses conexos que, en vez de subir el nivel de la conversación y auspiciar el desarrollo de trabajos valiosos, promovieron el desarrollo (burocrático, sindical, carrerista) que dificulta los trabajos valiosos.

Siempre ha habido una fauna parasitaria de la cultura, pero la de antes (los bohemios improductivos, los mecenas ridículos, los aventureros hábiles para colocarse) palidece ante la fauna que prospera con las instituciones millonarias: los mediocres hábiles, los burócratas necios, los sindicatos irresponsables.

También ha prosperado la falsa conciencia. La cultura libre podía ser despiadada con los improductivos, ridículos y farsantes: nadie se engañaba sobre lo que eran. En cambio, la cultura asalariada en las instituciones apapacha a sus mediocres. Los legitima con títulos académicos, cargos rimbombantes, trayectorias administrativas, relaciones de poder, cancha mediática, premios, viajes internacionales y grandes presupuestos.

Peor aún: gracias a los apapachos, ni se enteran de que son mediocres. Sinceramente creen que los grandes edificios, la hinchazón administrativa y su prosperidad personal son la esencia del desarrollo cultural. Sienten que la cultura como fiesta (ver, leer, escuchar y convivir en el más alto nivel) es un subdesarrollo que ha de ser superado: cosa de aficionados, frente a la tubería y conexiones de los grandes aparatos; frente a las carreras que permiten las instituciones, los medios y el mercado.

Con resultados paradójicos. A mediados del siglo XX, el gabinete presidencial tenía una escolaridad promedio que apenas llegaba a la licenciatura. Sin embargo (¡lo que es el subdesarrollo!), muchos funcionarios de entonces creían en los libros, en el arte, en la cultura, como algo importantísimo para la vida nacional, aunque no supieran traducirlo en medidas adecuadas. Ahora hay altos funcionarios con doctorados en el extranjero a los cuales no es fácil explicarles qué es un libro, ni por qué la literatura y las artes son fundamentales para el desarrollo nacional. No ven la diferencia con cualquier otra mercancía.

¿Cómo liberar a las instituciones culturales de su fauna parasitaria? Parece difícil, y no por falta de soluciones prácticas. La dificultad no es operativa, sino política y mental. La cultura libre opera en forma artesanal, diversa y dispersa; lo cual es bueno para el desarrollo cultural: le da más fuerza a los manantiales que a los intereses conexos. Pero los intereses conexos del gigantismo tienen una fuerza política y económica que no tendrán jamás las operaciones artesanales.

También es gigantesca la dificultad mental. Una vez que la educación superior produce millones de ignorantes de su propia ignorancia, como si fuera natural; y universitarios que no leen, como si fuera natural; la incultura se vuelve el paradigma del éxito, porque la clase política está formada por universitarios. Por eso, el ogro filantrópico se ha vuelto omiso o destructivo para el desarrollo cultural. Algunos atribuyen el daño resultante a intenciones siniestras, sórdidos intereses o rencores inconscientes. Una explicación más sencilla está en la ignorancia.

Ver el milagro de la cultura como una actividad más o menos superflua es no tener sentido de la realidad. La cultura es el origen y la culminación del desarrollo.

Dinero para la cultura

Echeverría y la cultura

Hay estadísticas para documentar que en el sexenio de Luis Echeverría (1970-1976) la cultura mexicana se volvió millonaria. ¿Cómo sucedió? Por un truco político muy viejo: sofocar las protestas con generosidad y concesiones. Lo dijo Porfirio Díaz: Hay que echarles huesos a los perros, para que dejen de ladrar. Y también Álvaro Obregón: No hay general que resista un cañonazo de 50 mil pesos.

Luis Echeverría siguió la tradición en los hechos, pero la rebasó en los dichos. En vez de burlas cínicas, dijo mentiras delirantes con una seriedad tan absoluta que hasta se convencía a sí mismo (o daba esa impresión). Una sola vez, al final, se rió descaradamente de cómo había engañado a todos, con la baraja de los siete presidenciables. Pero, al principio, nos dejó con la boca abierta: empezó a criticar el Sistema ¡cómo si estuviera en la oposición!

En 1968, Gustavo Díaz Ordaz había hecho ostentación del poder sin ley que se ejercía desde la presidencia. Fue una gran lección de realidad: para los estudiantes, para el mundo de la cultura y para todos los que creían que la Revolución ya no era matazón, sino desarrollo. Luis Echeverría, que apoyó la represión y recibió de Díaz Ordaz el mayor apoyo posible: el nombramiento como sucesor, cambió de estrategia. Sintió que, después de aquel baño de sangre y realidad, lo que el país necesitaba era un baño de irrealidad.

Así empezaron los cubetazos de millones de pesos, los apapachos generosos y el bálsamo de las promesas sobre todas las llagas del país y sus heridas recientes. El delirio llegó al extremo de que muchos jóvenes idealistas creyeron que el Sistema les daba becas, puestos, viajes, ayudantes y presupuestos, para acabar con el Sistema.

Y es que Luis Echeverría (como aquel presidente suramericano que, cuando supo de una manifestación en su contra, dejó el Palacio y se adelantó a encabezarla) tomó las banderas del movimiento estudiantil como si el líder de la protesta fuera él; como si hubiera llegado a presidente encabezándola; como si los estudiantes, la cultura y la crítica gobernaran con él.

La derrama de millones sobre el aparato universitario y cultural fue caudalosa. Las universidades empezaron a nadar en dinero. La burocracia cultural se hinchó. Hubo abundancia para todo y para todos. A Echeverría le bastaba escuchar la palabra cultura para desenfundar la chequera. El resultado fue muy extraño. Prosperaron los administradores culturales, los sindicatos culturales, las constructoras de edificios culturales, los proveedores de escritorios culturales, las agencias de viajes culturales, los choferes y porros culturales, pero no la cultura.

Por el contrario, los trabajos abnegados y bien hechos (por lo general en casa, por gente conocedora y con amor al oficio, aunque sin nombramientos, títulos, ni protección institucional): esos trabajos artesanos, sin los cuales no puede haber excelencia, perdieron prestigio.

La cultura es artesanal, no institucional. Un gran curador de libros vale más para la cultura que muchos grillos trepadores en el aparato cultural. Pero en la burocracia no se ganan puntos por la cantidad y calidad del trabajo hecho en casa, sino por la asistencia a marcar tarjeta, y a los actos que el sindicato o la administración requieran; por los títulos académicos, por los nombramientos ganados en el escalafón o en la grilla, por la producción de actos ceremoniales, por lo que produce notas en los periódicos y méritos en el currículo.

Para Luis Echeverría, los peligros inmediatos de inestabilidad política venían de la cultura inquieta, no de tales o cuales generales inquietos. Pero aplicó el sistema tradicional: no hay cultura que resista cañonazos de queso. Y así fue: los cañonazos acabaron con la cultura. Había que repartir el queso políticamente, pero con programas, sistemas y procedimientos que parecieran (como el PRI) revolucionarios e institucionales. El resultado fue la cultura del rollo. Las personas que trabajaban de verdad quedaron anuladas por la multitud que llegó tras el queso. Una multitud que llegaba con la nueva administración, la infinita burocracia, los intocables sindicatos, los trámites y todo lo que desde entonces sofoca el trabajo serio.

Favorecer la cultura del rollo superó los métodos de Porfirio Díaz. Echeverría no sólo echaba huesos a los perros, sino que permitía ladrar al mismo tiempo, sobre todo a la luna, mientras seguía de largo, impunemente, el responsable de los muertos del 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971.

Según Víctor Bravo Ahúja y José Antonio Carranza (La obra educativa [1970-1976], SEP Setentas número 301, 1976, p. 200-201), el gasto cultural de la Secretaría de Educación Pública (difusión artística y conservación del patrimonio cultural) subió de 155 a 557 millones de pesos (3.6 veces) y el gasto en educación superior, de 1,147 a 6,792 millones de pesos (5.9 veces), de 1971 a 1976.

Según Pablo Latapí (Análisis de un sexenio de educación en México, 1970-1976, Editorial Nueva Imagen, 1980, p. 179): “El fuerte aumento de recursos [a la educación superior] y la expansión consecuente no se vieron precedidos por medidas que los prepararan. Ni las instituciones ni el sistema contaban con los planes, programas, personal calificado y estructuras administrativas para soportar esa expansión. Podría decirse que los recursos adicionales produjeron ‘más de lo mismo’, cuando no serios deterioros por una masificación imprevista. La actitud reconciliatoria del gobierno le impidió sujetar sus subsidios a condiciones de excelencia académica o de eficiencia administrativa. Así se desperdició una oportunidad excepcional de mejoramiento e innovación [...] Dos efectos negativos de la expansión impreparada fueron el descenso en la eficiencia terminal [el porcentaje de estudiantes que sí terminan sus estudios] y el deterioro de la calidad académica.”

A partir de distintas fuentes (que detallo en “México: diez años después de 1968”), construí la siguiente tabla:

Dinero para la cultura

Democracia y cultura

Con la democracia llegó a México la indiferencia cultural de la clase política. En la democracia, decía Alexis de Tocqueville, se multiplican los ambiciosos, pero las ambiciones se vuelven más pequeñas (De la démocratie en Amérique, II, 3ª, 19).

Desde el porfiriato hasta el PRI, la monocracia presidencial legitimó su hegemonía de muchas maneras, y la más alta era la afirmación nacional frente al poder externo, en el marco de una historia, una cultura y un territorio propios, que justificaban el derecho a la autonomía del país (y, de paso, la hegemonía interna). Además, la disciplina monocrática impedía a los políticos moverse por su cuenta y exhibir descaradamente sus pequeñas ambiciones. Tenían que subsumirlas (o disfrazarlas) en el marco de las grandes ambiciones nacionales.

Ahora todos buscan abiertamente sus intereses, se mueven para beneficiarlos y no llegan a un puesto para atenderlo, sino para buscar otro mejor. Tanta rotación y pequeñez no es favorable para un buen gobierno, menos aún para la cultura. Quizá por eso, el PRI del nacionalismo revolucionario y los puestos que duraban seis años le dio más importancia a la cultura que los gobiernos posteriores del PRI, del PAN y del PRD.

En las campañas para las elecciones de 2006 y 2012, la indiferencia de todos los partidos hacia la cultura fue evidente. Se explica, en primer lugar, porque la cultura no vende en el mercado electoral. En segundo lugar, porque (con excepciones) la clase política, aunque más escolarizada que nunca, no tiene tiempo o ganas de leer libros, ni de apreciar las artes en su vida personal. Y, en tercer lugar, porque vive tan ajena a la cultura que no sabe cómo tratar con un sector al que todo le parece mal.

En el viejo PRI, no faltaban los políticos que veían en la cultura un sector marginal que convenía apoyar, para tenerlo controlado, aunque estuviese lleno de irresponsables, comunistas y maricones. Pero no lo decían. En el nuevo PRI, la discusión democrática del presupuesto federal permitió que un ilustre universitario (Marco Antonio Bernal, licenciado en psicología por la Universidad Veracruzana, maestro en ciencias políticas por El Colegio de México y luego presidente de la Fundación Colosio) legislara en forma claridosa: “¡Para qué darle dinero a esa bola de jotos!” (El Universal, 24 de diciembre de 2006).

En la Nueva España, el fomento de la cultura estuvo a cargo de la corte, la Iglesia y los ricos. La tradición se rompió en el siglo XIX, por las guerras de Independencia y de Reforma. Lo urgente fue desplazando a lo importante. Un Estado inestable no podía ser el relevo de la corte en el fomento de la cultura. Como si fuera poco, la Reforma confiscó los recursos de la Iglesia y exterminó al Partido Conservador.

Los liberales vieron la importancia política de apoderarse de la educación, que estaba a cargo de la Iglesia, pero no querían ser conservadores de lo que veían como un lastre: la cultura indígena, la cultura católica, la cultura novohispana. Veían en España y Francia el peligro de un retorno colonial. Tenían los ojos puestos en los Estados Unidos, el futuro, el progreso, la tecnología, la iniciativa privada y la apertura comercial. Ni el presidente Juárez ni los nuevos ricos beneficiados por el liberalismo dieron importancia al fomento de la cultura. Las fuentes de patrocinio virreinal no fueron reemplazadas, sino destruidas, en el primer medio siglo del México independiente (1821-1871).

El fomento de la cultura resurgió por Ignacio Manuel Altamirano, desde la sociedad. Su ejemplo movió a muchos a las tareas de reconstrucción, en medio de las ruinas que dejaron la Independencia y el triunfo liberal. Ya en el siglo XX, un discípulo suyo, Justo Sierra, inició el fomento cultural desde el Estado, con el apoyo del dictador Porfirio Díaz, de 1901 a 1911. La Revolución desquició sus proyectos, reactivados por José Vasconcelos en 1921, con el apoyo del dictador Álvaro Obregón.

Altamirano, Sierra y Vasconcelos no sólo fueron hombres cultos y creadores, sino grandes estadistas, que veían claramente la importancia de la cultura para el desarrollo del país. Altamirano llamó a la sociedad civil desde la sociedad civil, como una especie de estadista ciudadano, para crear una literatura nacional. Vasconcelos, como secretario de Estado, y con un presupuesto asombroso (eran los tiempos del primer auge petrolero), transformó aquel llamado nacionalista en un proyecto de cultura oficial: el nacionalismo revolucionario.

Sierra y Vasconcelos fueron decisivos para que el gasto dominante en la educación y las artes fuera público, no privado. Financiaron su desarrollo y crearon la ideología oficial de la cultura como redención nacional, con sus fiestas, santorales y catecismos.

El Estado patrocinador de la cultura se fortaleció en 1946, cuando los generales permitieron el ascenso pacífico de los universitarios al poder. En reemplazo de la corte virreinal, la Iglesia y los ricos, apareció la tecnocracia y el monopolio cultural del Estado. Esto llegó a considerarse normal, aunque se trata de una singularidad mexicana, en comparación con los Estados Unidos, España o Argentina.

Con notable miopía, los empresarios estuvieron contentos de que el mundo de la cultura no les pidiera dinero, sino al gobierno. La Iglesia, después de la Reforma y la persecución carrancista y callista, trataba de sobrevivir, no estaba para patrocinar, había descendido a una incultura nunca vista en el clero mexicano y, ante la urgencia de la cuestión social, asumió la incultura como una especie de perfección moral. El Estado fue la zona de refugio de la cultura, y su esplendidez se exhibió ante las cámaras del mundo entero, que dieron testimonio de las Olimpiadas Culturales en 1968. En ningunos Juegos Olímpicos, en ningún país, se había hecho tal.

La otra cara de los universitarios en el poder también se mostró en 1968, cuando dieron una lección inesperada a sus jóvenes émulos que tomaron las calles: la cultura oficial “con sangre entra”; también es parte del sistema “pan o palo” que estableció Porfirio Díaz. Dentro de este sistema, después de las palizas sangrientas del 68 y el 71, el pan se repartió a manos llenas, sobre todo en el foco del conflicto: las universidades.

Pero llegaron los economistas, que hicieron de la incultura una perfección teológica mayor: sostuvieron principios supremos que daban legitimaciones teóricas al filisteísmo práctico. En los últimos sexenios del PRI todavía quedaban políticos de la vieja escuela que los frenaban. Después llegó la democracia, y ahora toda la clase política tiene cosas más urgentes que hacer: colocarse.

Es cierto que a los medios culturales todo le parece mal, y que su crítica puede ser irresponsable. Pero la crítica es mejor que el silencio y el conformismo. (Aunque también es cierto que el conformismo y el silencio pueden disfrazarse de crítica: sumarse a la cargada del momento, contra esto o aquello.) Por otra parte, el descontento no es un fenómeno exclusivo de los medios culturales. La diferencia está en su parcela de poder: el acceso al público, que otros medios no tienen (o evitan, porque prefieren presionar sin ruido). En todo caso, la crítica no es el problema. Un patrocinador con ideas claras puede aprovechar la crítica válida y reírse de lo demás. Pero ¿dónde están ahora los políticos que tengan ideas claras sobre la cultura? Todo lo que saben es administrar el clientelismo: Organícense, nombren una comisión y tráiganme un plan razonable, para ver qué les puedo conseguir.

Desgraciadamente, ni en los medios culturales abundan las ideas claras. Todo el mundo está de acuerdo en que “no hay política cultural”, pero no en qué sería una buena política cultural. Se manejan criterios muy distintos, y por lo general no concretados en soluciones prácticas. Se considera imperdonable la falta de fomento, pero todo fomento es acusado de intereses oscuros. El reconocimiento póstumo es criticado porque no se dio en vida, y el reconocimiento en vida es señalado como favoritismo y cooptación. Ni siquiera hay claridad sobre lo que merece el nombre de cultura, ya no digamos sobre el tipo de fomento deseable.

Los antropólogos contribuyen a la confusión. Ampliaron el concepto de cultura hasta que ya no quiere decir nada. Si todo es cultura, el 100% del PIB está dedicado a la cultura. Si toda forma de ser es un rasgo de identidad cultural, digno de respeto y apoyo, ¿hay que fomentar la coca en Bolivia, que está integrada a sus usos y costumbres? ¿Hay que fomentar la Coca Cola en México, cuyo consumo en litros por persona es el mayor del mundo, incluso los Estados Unidos? La Coca es parte de la cultura familiar y deportiva en México. Para otros, la música de Bach puede ser una pausa que refresca, pero son otros.

El darwinismo de los economistas también existe entre los antropólogos: no hay que intervenir (en las culturas, en el mercado) con una oferta de satisfacciones más elevadas. No hay satisfacciones más elevadas. Todo lo que se vende es satisfactorio (si no, no se vendería). Ninguna cultura es superior a otra. Es elitista, cuando no imperialista, ofrecer satisfacciones pretendidamente superiores, en vez de respetar la identidad cultural. Es irracional actuar contra el mercado, subsidiar la oferta de satisfacciones que tienen poca demanda. Es más: resulta injusto que la mayoría (con sus impuestos) pague satisfacciones de una minoría. Finalmente, si todo es cultura, no hace falta dinero para la cultura: todo lo que se gasta, se gasta en cultura.

Para Altamirano, Sierra y Vasconcelos, la importancia de la cultura en el desarrollo de la especie humana, del país y de cada persona era obvia. Despertaba en ellos grandes ambiciones de fomento cultural. Desgraciadamente, hoy que la clase política tiene más títulos universitarios que nunca, más ingresos que nunca y más recursos que nunca para desplegar sus ambiciones, son pequeñas.

Dinero para la cultura

Cultura y desarrollo

Aunque sea bochornoso, hay que explicar lo que antes era obvio: la importancia de la cultura.

A) Es deseable que todas las personas sean más libres, que desarrollen su conciencia individual, social e histórica, que ejerzan su autonomía y responsabilidad, que cultiven su inteligencia, la sensibilidad de sus cinco sentidos y el uso creador de todas sus facultades intelectuales, emotivas y corporales.

Esto no niega las condiciones biológicas que permiten la aparición de la cultura en la evolución de las especies. Tampoco niega la cultura en un sentido antropológico. Pero va más allá. Una cosa es la disposición congénita para el habla, que compartimos con los cuervos y cotorros; otra, la admirable variedad de lenguas del planeta; otra, El cantar de los cantares y la Apología de Sócrates. Se puede hablar de cultura en los tres niveles, pero se presta a confusiones. Para evitarlas, habría que hablar de cultura 1 (animal), cultura 2 (antropológica) y cultura 3 (la cultura de la libertad creadora).

Históricamente, se habló primero de cultura para referirse a la cultura 3 (que sigue siendo el uso recomendable, como primer significado). Después, el concepto se extendió a la cultura 2 (la que tienen todas las tribus del planeta) y finalmente a la cultura 1 (las conductas animales que se trasmiten socialmente, no genéticamente). No hay inconveniente, mientras no haya confusión.

No se debe ignorar que somos parte de la naturaleza, que también los animales son inteligentes y que algunas conductas animales se transmiten observando las innovaciones de los innovadores. Pero la música de las aves (“con su cantar süave, no aprendido”), la canción aprendida por un perico y la música de Francisco Salinas (“a cuyo son divino, el alma, que en olvido está sumida, torna a cobrar el tino” y “se conoce” a sí misma –como dijo Fray Luis de León) no son lo mismo. Las innovaciones de Bach están prefiguradas por el accidente evolutivo que produjo el canto del jilguero, pero no tienen el mismo nivel.

La libertad, el amor y la crítica son fenómenos tardíos en la evolución de los homínidos. El cantar de los cantares, la Apología de Sócrates, Las Meninas, las Variaciones Goldberg, tienen un nivel desconocido en millones de años. No se pueden reducir a la cultura 1 ni a la cultura 2, aunque surgen de esos niveles previos.

En las culturas 1 y 2, se nace: biológica y socialmente. La cultura 3 se hace personalmente, ejerciendo la libertad y aumentándola así. Es la cultura creada por la libertad creadora de más libertad. Su aprecio, conservación, continuación y desarrollo es deseable, porque es deseable que todas las personas suban de nivel como personas.

B) Nadie puede vivir al margen de las culturas 1 y 2. Pero millones viven al margen de la cultura 3, lo cual es una inferioridad, digan lo que digan antropólogos, sociólogos y economistas. Es un error negar el desnivel, o reducirlo a términos geopolíticos o de clase. Que la cultura 2 haya aparecido en África, y desde ahí se haya extendido por el planeta, puede verse como imperialismo africano, pero sería ridículo. Tan ridículo como suponer que la cultura 3 es una plaga occidental.

No hay que rehuir la conversación de Sócrates como si fuera la imposición de un imperialismo cultural. Hay que admirarla, frecuentarla, continuarla. Hay que subir nuestra conversación al nivel que tuvo en Atenas hace 24 siglos. La cultura 3 es un proyecto abierto para todos, un nivel superior de toda cultura 2.

C) Es deseable que el fomento cultural sea innecesario; que, una vez alcanzado el nivel 3, se extienda por el ejemplo, la memoria, la convivencia familiar y comunitaria: como se transmite la cultura 2. Puestos a soñar, hasta es deseable que los delfines, los pájaros y las especies más inteligentes suban al nivel 3: el de la libertad, el amor y la crítica, por el trato con las personas que los quieren y les hablan.

Pero sería poco realista (y hasta contradictorio con la naturaleza misma de la cultura 3) limitarse a esperar milagros. Hay que crear y cuidar las circunstancias propicias para que se produzcan los milagros. El ascenso de todas las personas a la cultura 3 puede y debe facilitarse de muchas maneras. Afortunadamente, la cultura creadora ha producido y sigue produciendo obras perdurables, que mantienen latente el virus de la libertad, el sueño del amor, el ejemplo de la crítica, la experiencia de una conversación que sube de nivel la vida humana.

Es deseable que el acceso a las grandes obras creadoras esté al alcance de todos, sin necesidad de fomento cultural, por el simple contagio de unos aficionados a otros, en circunstancias favorables. Pero hay que crear esas circunstancias favorables.

Si, para crearlas, basta la organización de mercados, enhorabuena (y, dicho sea de paso, los mercados no se organizan solos: hacen falta empresarios culturales de la iniciativa privada y el Estado). Pero no basta: hay que subsidiar l

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos