No manden flores

Martín Solares

Fragmento

Título

I

Les dijo que había una persona capaz de encontrar a la niña: un ex policía.

Les dijo que si ese sujeto seguía vivo, después del enfrentamiento que tuvo con sus propios colegas, sería la persona ideal, pues al menos un par de veces había sobrevivido a este tipo de encargos, en los que se necesitaba más un suicida que un detective. Les dijo que si acaso seguía vivo, y eso no era improbable, quizás lograrían encontrarlo en alguno de los estados contiguos, Veracruz o San Luis Potosí, pues de vez en cuando alguno de sus informantes decía haberlo visto en la carretera que baja a La Eternidad. Según estos sujetos, les dijo, aún conduce un auto color blanco, y acostumbra visitar cierto restaurante que está a la orilla del río, frente a las escolleras. Se instala un par de horas allí, platica con los propietarios, hace sus negocios y de inmediato vuelve sobre sus huellas, nadie sabe muy bien en qué dirección. Otros dicen que no, que va y viene todo el tiempo, que quizás anda en el contrabando, pero no me parece probable, subrayó el cónsul, siempre estuvo alejado del crimen: no sería extraño que trabaje para el señor De León, y miró al empresario. Sea como sea, si ese hombre siguiera con vida, juró el cónsul Don Williams, sería la persona ideal.

El señor De León preguntó cómo se llamaba ese sujeto y el gringo informó:

—Carlos Treviño.

—No lo conozco —reviró el empresario. Se ufanaba de conocer a cada uno de sus empleados y ese individuo jamás había estado a sus órdenes—. No lo conozco ni me suena su nombre. No me voy a arriesgar, no vaya a ser que trabaje para esos sujetos.

—Treviño jamás trabajaría para el crimen —insistió el cónsul—, al menos no de manera consciente, vaya, como la mayoría de la gente que vive en esta ciudad.

Un ruido seco y crepitante se escuchó con total claridad:

—¿Qué fue eso? —preguntó el extranjero, y los guardaespaldas enderezaron el cuello, como un par de perros olfateando el peligro—. Se oyó muy cerca… —insistió el cónsul, pero ni la mujer ni los hombres que estaban sentados frente a la mesa se movieron de sus sitios. Oír a lo lejos balaceras, granadazos, tiros aislados o ráfagas largas al caer de la tarde se había vuelto normal en el puerto, tan normal como la palabra extorsión o la palabra secuestro. Al ver el gesto de preocupación del cónsul, Valentín Bustamante, alias el Bus, el jefe de guardaespaldas del señor De León, salió a la terraza a mirar por el telescopio del empresario. El gordo de bigotito delgado movió su metro noventa de estatura y su enorme volumen con una agilidad impensable para alguien tan grande, como si las leyes de gravedad no existieran, y apuntó el instrumento hacia el barrio contiguo. Al verlo allí, inclinado, con ese rostro pequeño y redondo, de rasgos infantiles, subrayados por ese bigotito ridículo, se diría que no tocaba a una mosca, lo cual era cierto siempre y cuando la mosca midiera menos de un metro y no amenazara al señor De León. Mientras tanto Rodolfo Guadalupe Moreno, el segundo guarura en la línea de mando, un hombre serio como la muerte, con sus cejas densas y su barba de candado, sus botas vaqueras y su chamarra de piel negra, fue a ocupar la posición que su colega dejó vacante junto a la puerta y se cruzó de brazos allí.

Durante algunos segundos sólo se oyó cómo se cimbraban las copas de las palmeras. Se acercaba uno de esos vientos venidos del norte, que siempre rondan el Golfo, que pueden durar diez o doce horas y tumban las casas y árboles más viejos o endebles. Un brazo del ventarrón llegó y se instaló junto a la cafetera, a fin de agitar con la punta de los dedos un puñado de servilletas de papel, que durante un instante parecieron cobrar vida, como si quisieran transmitir un mensaje. Estaban en la mansión del señor De León, sin duda la quinta más grande en esa zona del puerto, un barrio de millonarios, ubicado junto a la barranca en que se asentaban las colonias populares, de este costado del río. Se trataba de una quinta inspirada en el estilo colonial de California, de tres pisos de alto, con ventanales inmensos y terrazas adornadas con hierro forjado y cantera labrada. Se hallaba en el centro de un jardín que incluía unos cuantos hoyos de golf, una piscina y un ojo de agua, y sólo se podía visitar si te permitían cruzar la barda principal y sus enredaderas y guardaespaldas. Por las ventanas se veía la laguna de La Eternidad, sin duda el sitio más bello del puerto —pero no se encontraban ahí para hablar de belleza.

—¿Para qué nos hacemos tontos? —la esposa del señor De León era una rubia alta y broncuda, acostumbrada a imponer su voluntad: una mujer echada para adelante, que se conservaba en forma a sus cuarenta y cinco años en buena medida gracias a su mal humor. Vayan a hablar con los jefes de los tres grupos, ofrézcanles lana y acabemos con esto.

—Eso pondría a tu hija en un riesgo inmenso —la regañó el cónsul—. Si no se han enterado que desapareció es preferible aprovechar que lo ignoran. Hay que intentar otra vía.

—Pues yo los veo muy tranquilos —reclamó la señora—, y no quiero ni imaginar lo que está sufriendo Cristina: secuestrada y vejada por esos canallas.

El cónsul miró su reloj: en efecto, habían pasado más de treinta y seis horas desde que desapareció la muchacha, y a cada minuto le parecía menos probable encontrarla con vida.

Los frenos de un tráiler rugieron en alguna de las avenidas cercanas y el cónsul encaró al señor De León:

—No deberíamos perder tanto tiempo. En lugar de seguir esperando a que nos contacten envía a un especialista a buscarla, uno que no levante sospechas. El detective que te sugiero es discreto y valiente. Él podría investigar y coordinar la estrategia: conoce la zona, tiene un equipo, o lo tenía hasta hace unos meses. Es un individuo brillante, que nunca se queda encerrado: podría salir de la panza de una ballena de ser necesario.

El rostro del señor De León se oscureció, como si estuviera a punto de estallar la tormenta:

—¿Por qué debería contratar a este tipo, si tengo a todo un ejército de guardaespaldas a mi disposición? —y señaló al más fornido de sus escoltas, al hombre de barba de candado—. Moreno es un as en estrategias de asalto, fue entrenado por el ejército alemán, ¿por qué recurrir a un sujeto que no sé de dónde salió?

El cónsul, consciente de que el empresario era un gran nudo de nervios, un nudo de nervios de noventa kilos, agregó con toda la diplomacia posible:

—Me temo que tus guardaespaldas no podrían infiltrarse sin que los detecten, Rafael, sobre todo tu personal de confianza; quien se haya acercado lo suficiente para secuestrar a tu hija habrá estudiado tu sistema de seguridad durante los últimos meses; y en lo que respecta a la policía y al ejército de La Eternidad no recomiendo llamarlos para esta misión: la policía vendería su alma al diablo siempre y cuando sea el diablo el que pague mejor; y el ejército depende de los políticos en turno, que ya sabes para quién trabajan. En cambio este elemento era el mejor detective del puerto hasta hace unos años. Fue él quien detuvo al Asesino de la Sierra.

La esposa del empresario frunció las cejas con desconfianza:

—¿Al Asesino de la Sierra? ¿El que mató a las muchachas? —se refería a un demente que secuestraba y torturaba a jovencitas levantadas en cualquier parte de la ciudad—. Eso no tiene ningún mérito —agregó la señora—, todo el mundo sabe que el tipo al que detuvieron es un chivo expiatorio.

—En efecto —le dijo el cónsul—, el hombre al que acusan de los crímenes es inocente, pero el detective que les recomiendo detuvo al verdadero culpable, y por eso tuvo problemas con sus compañeros.

Al oír esto el señor De León alzó la vista con cierto interés. El caso había resonado largamente en el Golfo de México, dada la crueldad extrema del delincuente, las dificultades para identificarlo y sobre todo, el escándalo que estalló cuando se supo que dejaron libre al demente y que un inocente purgaba una pena en la cárcel a nombre de aquel asesino.

—Eso pasó hace mucho tiempo —tronó el empresario—; si es tan bueno como dices, ¿por qué no se sabe de él? ¿No debería ser más famoso?

—Un buen detective nunca es famoso —añadió el cónsul, y el señor replicó:

—¿Tú me respondes por él?

El cónsul se aclaró la garganta:

—No creo que sea una blanca palomita, vaya, supongo que como todos sus colegas en la comandancia habrá aceptado sobornos. En el caso del Asesino de la Sierra eléctrica yo creo que fue el único de toda la jefatura que efectivamente trató de detener al culpable, aunque sus enemigos dicen que sólo iba por la recompensa, ya sabes cómo son las cosas aquí; pero mientras estuvo en servicio siempre colaboró conmigo y con el consulado, en la medida en que se lo permitía la ley mexicana, por supuesto, y nunca hizo algo incorrecto. Por eso apenas duró cuatro años en el puesto: Treviño es una de las pocas personas honorables que he conocido en el Golfo —y luego de reconocer el silencio que provocaba en el otro extremo de la mesa, agregó—: Una persona honorable, digna de trabajar en tu empresa.

El señor De León y su esposa asintieron, como quien acaba de recibir una satisfacción, y el cónsul apuntó en alguna parte de su cerebro que debía mostrar más respeto a esos dos.

La puerta que daba a la terraza volvió a abrirse y el gordo del bigotito ridículo regresó a la habitación, al tiempo que decía “Afirmativo” y concluía una llamada en su radiocomunicador. Se plantó a un lado del señor De León y no dijo palabra hasta que el cónsul le preguntó:

—¿Qué pasa allá afuera?

—Hay movimiento de autos y gente en la colonia Pescadores. Son los de la Cuarenta: es fin de semana, deben estar hasta atrás. Y me informan que el muchacho no ha despertado, pero estamos pendientes.

Se refería al novio de la muchacha, que seguía internado en el hospital. El señor De León se puso negro de furia:

—Te dije que lo dejaran en paz.

—Yo fui el de la idea. No me quise arriesgar, lo estamos vigilando por precaución —lo interrumpió el cónsul.

Aunque era poco probable que el novio de la muchacha recuperase el habla algún día, el cónsul estaba pendiente de las palabras del muchacho, pues era el único testigo que podría explicar qué ocurrió. Quien lo viera ahí sentado, un viejo barrigón casi calvo, vestido con una camisa a cuadros, botas industriales y chamarra con cuello de borrego, no daría un peso por él. Pero desde hacía más de diez años era cónsul de los Estados Unidos en La Eternidad y una de las personas mejor informadas sobre el crimen en la región. Para sus amigos era Don Williams; para el comandante Margarito y compañía era Nuestro cónsul, si estaban de buenas, o El cabrón de Don Williams, si les parecía que sobrepasaba las funciones que le habían asignado en el consulado de La Eternidad. Al señor De León no le quedaba duda de que si había un experto en seguridad en el puerto era el gringo. Tan pronto le informaron que habían encontrado el coche de Cristina, y que el novio apareció malherido, casi a punto de morir, lo convenció de hacerse cargo de la indagación y las negociaciones.

—Si lo vigilan que sea con discreción… no olviden que su padre es mi socio —dijo el empresario—. Pinche cónsul: no pierdas tiempo, fueron Los Nuevos.

Aunque nada confirmaba las sospechas del empresario, al cónsul le preocupaba esa opción: si se confirmaba que habían sido Los Nuevos era cuestión de tiempo para que encontraran a la muchacha muerta y con huellas de tortura. Pero nadie llamaba para pedir el rescate y no había novedades ni pistas.

—Pato, ve a hablar con Margarito… —suplicó la señora, usando el mote que sólo los amigos cercanos usaban con el cónsul en La Eternidad.

Dado que no pudieron evitar que la policía local se mezclara en esto, ya que fueron ellos los que encontraron el auto, De León y Don Williams recibieron al comandante Margarito en la casa la noche anterior. Fue un encuentro hostil, en el que casi no cruzaron palabra con el jefe de policía del puerto: escucharon lo que tenía que decir (Encontraremos a la muchacha, no se preocupe, señor) y se despidieron de él. Para el cónsul era el primer sospechoso. Conociendo la fama del comandante, no podían descartar la posibilidad de que se hallase involucrado en el secuestro, o que pensara hacerlo: el comandante era capaz de rescatar a la muchacha para volver a esconderla y exigir un rescate tres veces mayor. Por eso no le soltaron mucha información, como no fuera una foto reciente de Cristina.

Por desgracia era impensable esperar apoyo de los diputados y ni siquiera del alcalde en activo: cachorros fieles al poder, entrenados para aplaudir al gobernador del Estado, a pesar de que el señor De León había patrocinado la campaña de más de uno, y tenía amigos y parientes entre ellos. Del gobernador corrían dos rumores: según la versión pesimista, el Gober permitía la ola de violencia porque era él quien había creado a Los Nuevos, el grupo criminal más siniestro que operaba en el Golfo, una banda criminal numerosa, especializada en atemorizar a la población con su tendencia a torturar y a destazar a sus rivales. En cambio, según el rumor optimista, el gobernador no formaba parte de los delincuentes: únicamente se había comprometido a ignorar sus delitos a cambio de recibir una generosa renta mensual. Cuando el crimen alcanzó niveles de escándalo en el estado un grupo de comerciantes fue a ver al gobernador y denunció cuán frecuentes eran los secuestros, los robos, los intentos de extorsión en sus empresas, y el cinismo con que Los Nuevos se presentaban a cobrar una mensualidad millonaria a la Asociación de Comercio dizque a cambio de protección, con tal de dejarlos trabajar en paz. Pero mientras los empresarios contaban todo esto, y mostraban una carpeta con las fotos de los extorsionadores, el Gober no dejaba de mirar su Blackberry, e incluso de escribir en ella, todo sonrisas, como si estuviera jugando, o enviándole chistes a alguien, hasta que uno de los comerciantes cubrió el aparato con la mano y le preguntó: ¿Entonces qué hacemos, señor gobernador? Y el dirigente les dijo: Pues páguenles, ¿no? Esto se lo había contado al Pato uno de los presentes en esa junta, mientras sumía sus penas en una botella de whisky: así estaban las cosas en esa región. El Pato conocía Chihuahua y Durango, Nuevo León y Coahuila, Baja California y Sonora, y había llegado a la conclusión de que si bien costaba trabajo destacar en ello, desde hacía más de tres años no había nada tan sanguinario y despiadado como la organización criminal de Los Nuevos en el Golfo de México: un Estado dentro del Estado, dirigido por sicópatas que actuaban con total impunidad.

El cónsul bebió un sorbo de su botella de Evian, y luego de aclararse la garganta, insistió:

—Debemos desarrollar la investigación por nuestra cuenta, antes de que la pista se enfríe; en lugar de mandar a tu gente —señaló al Bus y a Moreno con un movimiento de la barbilla—, yo te recomiendo enviar a alguien capaz de atravesar hasta el último cerco de seguridad en las colonias vigiladas por estos tipos: el Cártel del Puerto, Los Nuevos, la Cuarenta inclusive, y averiguar si alguno de estos grupos es el autor del secuestro. Si eso se confirma, podemos planear el rescate, vaya, tanto como lo permite esta situación excepcional.

La noche anterior, mientras se dirigía a la casa del señor De León, el cónsul pudo confirmar que la tensión reinaba en el puerto: los vigías de los diversos grupos criminales se mostraban descaradamente en lugares públicos con el walkie-talkie en la mano, listos a reportar a sus jefes cualquier movimiento sospechoso; había camionetas que recorrían las calles con gente armada sentada en la parte trasera de la cabina y el gringo contó hasta tres falsos retenes a lo largo de la avenida principal, instalados para bloquear el acceso a las calles en las que vivían los principales capos de la ciudad.

El cónsul sabía que tan sólo en La Eternidad el señor De León tenía treinta guardaespaldas asignados a sus diferentes negocios; todos actuaban por parejas, se hallaban convenientemente entrenados y listos para reaccionar; que el empresario pagaba una mensualidad al comandante Margarito, como todos los empresarios de la zona, y que hacía lo mismo con los generales Rovirosa y Ortigosa, de la Zona Militar y la Marina, pero el cónsul descartaba la posibilidad de pedir ayuda a cualquiera de los anteriores. No querían remover el avispero, pues tan sólo en La Eternidad Los Nuevos tenían un centenar de personas bien entrenadas, y todo el tiempo llegaban más elementos, provenientes de los campos de entrenamiento en algún lugar al norte del estado.

—En lugar de poner en guardia a los secuestradores —insistió el gringo—, contrata a Treviño: no cualquiera aceptaría moverse en esta ciudad. Mientras estamos hablando el tiempo corre y perdemos la oportunidad de encontrarla…

El señor De León apretó las quijadas y dijo:

—Haz lo que tengas que hacer, yo necesito a mi hija de vuelta.

—De acuerdo.

El Pato respiró hondo, se puso de pie y salió a la terraza, a hablar por su teléfono celular. A medida que el viento arreciaba lo veían revisando en su agenda, tomando notas, apuntando de vez en cuándo algunos números en ella para colgar y marcar de inmediato, de repente taparse un oído y gritar en dirección de la bocina. A veces el viento agitaba las copas de los árboles con tanta furia que parecía que el Pato se iba a caer desde el segundo piso.

—Que se venga pa’dentro este pendejo —dijo la señora.

Pero antes de que fueran a buscarlo el cónsul empujó la puerta de cristal, se sentó de nuevo frente a ellos y alzó el celular:

—Ya lo encontré. Pero no será fácil convencerlo.

—Que estos dos vayan a buscarlo —el empresario señaló al Bus y a Moreno.

—Debería ir yo mismo —sugirió el Pato. Pero el señor De León no quiso hablar del asunto:

—Tú te quedas aquí, ¿qué tal si llaman mientras estás buscando a este tipo? ¿Quién va a tratar con los secuestradores?

El Pato se encogió de hombros:

—De acuerdo, pero sean muy respetuosos con él. Puede ser muy explosivo.

—No te preocupes —se burló el señor De León—, estos dos son de lo más diplomático.

Y dijo a los guardaespaldas:

—Tráiganlo. No acepten un No por respuesta. ¿Entendido?

Luego añadió, sin mirar hacia el Pato:

—Si ese sujeto nos falla, Don Williams nos va a responder.

—¿Dónde lo encontramos? —preguntó el Bus.

—Vive en la Playa de las Ballenas —el Pato dibujó un veloz croquis sobre una tarjeta de 8 × 10—. En el estado de Veracruz, a la altura de la Isla del Toro. Pregunten por el Hotel de las Ballenas. La persona que buscan es el gerente de ese lugar.

—Queda a cuatro horas de camino —dijo el Bus.

—Tres y media, si no se detienen —corrigió el cónsul.

El Bus y Moreno dieron media vuelta, extrañados, y bajaron por la monumental escalera de caracol. Al verlos salir al jardín, tres sujetos vestidos con chamarras negras se acercaron a recibir instrucciones.

—Nos vamos de comisión, regresamos mañana temprano. Se queda a cargo Rafita —dijo Moreno, y subieron a una de las dos camionetas Lobo de color negro estacionadas frente a la puerta.

—Carlos Treviño, alias el detective —el Bus se secó el sudor de la frente.

—Que vaya y chingue a su madre —Moreno resopló antes de encender el motor—. ¿Jalo por el puente Pánuco?

—No, agarra por el puente nuevo. Hay que evitar los retenes.

Mientras el Bus echaba para atrás el asiento, Moreno dudó un instante, como si no estuviera seguro de haber escuchado correctamente. ¿El puente nuevo? ¿Qué no era ahí donde asesinaron al anterior chofer del señor De León, su predecesor en el puesto? Mas como el Bus lo apremiara, Pícale cabrón, Moreno arrancó y dejó tras de sí una nube de polvo y de humo, una puerta de entrada a los hechos terribles que iban a ocurrir en los próximos días.

Título

II

—Por supuesto que no voy —les dijo Treviño—. Por supuesto que no. Tendría que estar loco.

El cónsul tamborileaba nerviosamente con dos dedos sobre la mesa, mientras estudiaba al recién llegado. El detective se veía más bronceado que antes, sin duda no tan delgado como en la época en que fue policía, pero no había perdido la legendaria confianza en sí mismo que tantos problemas le trajo. Y alguna bronca tuvo con los guardaespaldas en el camino, pues el Bus lo miraba con un resentimiento notorio.

Lo abordaron en la terraza del hotel, al final de la tarde, el sabor a sal inundando su boca. Reparó en ellos de inmediato: la gente que viene a la playa sólo tiene ojos para las olas, pero a los recién llegados el mar les resultaba invisible.

Los vio estacionarse al final de la carretera, donde comienza la arena, y avanzar junto a la doble hilera de pinos. Fueron los tres perros negros quienes presintieron la amenaza y corrieron en dirección de la cortina vegetal. Sus ladridos cada vez más urgentes le enviaron la segunda advertencia y comprendió que lo habían encontrado.

Los vio detenerse junto a uno de los vendedores ambulantes que surcaban de ida y vuelta la playa, tratando de vender dulces de coco. Los hombres le marcaron el alto y el vendedor se paralizó de terror. Vio cómo el más alto de los dos sujetos se inclinaba sobre el comerciante y este señalaba hacia el hotel. Lejos de manifestar el regocijo habitual de los turistas, los visitantes examinaron la vieja construcción de madera y le pareció que distinguían su silueta sentada en la terraza, enredada en una cobija, pero no se movieron: inmóviles contra el sol de la tarde, calculando cómo acercarse. No parecían militares ni delincuentes: quizá asesinos a sueldo, enviados por el comandante en persona. Entretanto, los perros parecían a punto de enloquecer: Aquí hay dos extraños, ¿es que nadie piensa hacer algo?

Los vio ponerse en movimiento, y maldijo en voz baja: Me lleva, pensó. Agradeció que en la inmensa fila de palapas no hubiera mucha gente instalada: tan sólo cuatro gringas, que jugaban voleibol a lo lejos, y dos viejos canadienses que bebían cocteles de frutas. Vio que una ola inmensa se formaba y venía a caer en la orilla con un ruido atronador y se dijo que había llegado el día y la hora en que su vida tranquila estaba a punto de terminar. Así que se levantó, dobló la cobija, que tenía estampado el dibujo de un tigre de bengala, y corrió al interior del hotel en busca de su arma.

Al entrar a la construcción de madera se topó con los ojos color miel de su esposa, y ésta le preguntó si algo estaba mal. Él le ordenó: No salgas. Vienen dos sospechosos. Vio su expresión alerta y aterrada y se dirigió al final del pasillo. Pasó junto a las primeras cuatro recámaras, destinadas a los huéspedes, subió un par de escalones y abrió la puerta número cinco, a fin de entrar al cuarto familiar: una mesa, una cama, una cuna, un fregadero atestado de biberones, un clóset de madera, y una miríada de juguetes de plástico esparcidos en el suelo. Se asomó por la ventana que daba a la carretera y los vio acercarse. No había tiempo qué perder.

Abrió la puerta de madera del clóset y sacó la caja de zapatos que guardaba en el último rincón. Aunque se lo prometió a su esposa, no pudo separarse de la Taurus PT99, a pesar de que representaba casi un kilo de peso, ni porque al ser un civil podían arrestarlo por guardar un arma que usaba cartuchos de nueve milímetros. Lo suyo era la pistola de dieciséis tiros, de reacción rápida y disuasoria. Nunca se halló a sus anchas con un pesado revólver de seis disparos. En fin, se dijo, No es fácil superar tu pasado. El detective Carlos Treviño, que vivía bajo un nombre falso desde hacía dos años, se fajó la Taurus en la parte delantera del pantalón, la cubrió con la camisa, y salió a la terraza. No tuvo tiempo de hacer nada más porque ellos ya estaban allí.

Tuvo la impresión de que los visitantes se miraban para ponerse de acuerdo y se instaló tras una de las dos columnas de la terraza. El más alto de los dos, que era también el más ancho, un hombre de pequeña cabeza redonda y bigotito a lo Pedro Infante, dio un paso en dirección de los escalones pero un gesto de la mano de Treviño, Hasta ahí nomás caballero, lo disuadió de intentarlo. Lejos de apocarse por el incidente, el hombre del bigotito ridículo se detuvo al borde de los escalones y preguntó por el gerente del hotel. Había que gritar para hacerse oír sobre el gruñido constante de los perros, más furiosos que nunca, y los golpes de las olas en la orilla. Treviño miró al tipo inmenso y no respondió hasta que el del bigotito repitió la pregunta:

—Estamos buscando a Carlos Treviño —y como el hombre de la Taurus no parpadeara, agregó—: Uno que fue policía.

Treviño lo estudió atentamente y preguntó:

—¿Qué se le ofrece?

El gordo lo miró y le dijo:

—Lo busca el señor Rafael de León.

Parecía una broma: ¿Rafael de León, uno de los hombres más ricos del Golfo de México? Un rumor persistente lo acusaba de haber contratado a los sujetos que golpearon y dejaron en silla de ruedas a Juan de Dios Gómez, el único periodista medianamente respetado de la capital del estado.

—El señor quiere encargarle un trabajo —añadió el gordo—, el pago es muy bueno.

A lo lejos el grupo de las gringas estalló en carcajadas. El detective lo pensó un momento y meneó la cabeza:

—No soy el que buscan.

El segundo visitante, mucho más impaciente, tronó sin moverse de su sitio:

—Usted fue policía, ¿no? ¿Y trabajó para el jefe Margarito?

Treviño lo miró, cada vez más molesto:

—Te informaron mal, ya no le hago a eso.

Fue cuando los dos hombres pusieron sus manos a la altura del cinturón:

—Pues lo sentimos mucho, pero el señor quiere verlo.

Treviño pensó: Esto ya se jodió.

Menos de cuatro horas después entraba a un salón muy amplio en un quinto piso, al fondo del cual había una impresionante pared de cristal. Por ella se veían filas de empleados en los edificios que componían el Grupo De León: algunos cargando varillas, otros cargando costales.

La junta no empezó nada bien. Desde que vio al mediador, Treviño estuvo a punto de mentarle la madre: Es el gringo traidor, ¿y ahora con qué va a salir? La última vez que trabajaron juntos las cosas habían terminado muy mal. El alcalde ofreció una recompensa al que capturara al asesino que levantaba mujeres en esa ciudad. Luego de superar más pruebas que Ulises, y de trabajar contra la corrupción y la falta de interés de sus propios colegas, Treviño consiguió identificar y aprehender al maleante, un enfermo mental, que resultó ser hijo de un hombre pudiente, pero el cavernoso comandante Margarito soltó de inmediato al asesino, fabricó un falso culpable, se embolsó la recompensa, acusó de narcotráfico a Treviño, ordenó que lo torturaran y estuvo a punto de aplicarle la ley fuga. Y mientras tanto, el Pato muy bien, gracias, muy cómodo en el interior del consulado: no movió un dedo para ayudarlo.

El detective apoyó una mano en la cintura y el cónsul vio que los guardaespaldas no lo convencieron de dejar la pistola en la entrada. Por eso estaban tan inquietos, y no se separaban de él.

—Bienvenido —le dijo el señor De León, y le indicó que tomara asiento. Al comprobar que Treviño no iba a saludarlos, el empresario recogió la mano extendida, y la bajó con toda la elegancia de que fue capaz—. ¿Gusta un café?

Treviño negó con la cabeza y examinó al empresario. Había oído hablar mucho del señor Rafael de León, pero nunca se lo imaginó tan joven: el hombre detrás del escritorio era rubio y muy alto, de alrededor de uno ochenta; tendría cuarenta y cinco años pero la energía de uno de veinte. Desde el primer instante se cayeron mal, pero se cuidaron de disimularlo: De seguro va a tratar de estafarme, pensó De León; Este cabrón vendería a su propia madre, e incluso abriría sucursales, se dijo Treviño.

Y no le faltaba razón. Desde los años treinta la familia De León había reunido una de las principales fortunas del estado. Los primeros De León eran de La Habana, pero decidieron probar fortuna en La Eternidad, atraídos por la bonanza petrolera mexicana. Gracias a sus esfuerzos, en menos de diez años estos comerciantes incansables abrieron casi todas las tiendas automotrices que podían encontrarse a lo largo del Golfo de México; se jactaban de que cada año inauguraban un nuevo centro de distribución. A finales de los cuarenta incursionaron en la industria del acero, con idénticos resultados y a principios de los años ochenta fundaron las farmacias El Tucán y lograron convertirlas en la principal distribuidora de productos médicos en el noroeste del país, gracias a una docena de clientes decisivos: entre ellos los sindicatos de Petróleos y del ministerio de Educación Pública, así como los sucesivos gobiernos del estado. Pero toda esa gloria corresponde al abuelo y al papá del señor Rafael de León, se dijo Treviño, éste tiene fama de haragán. Del empresario ahí presente, recordó el detective, se contaban suficientes historias de corrupción para llenar una enciclopedia. Considerado la oveja negra de la familia, al morir su padre en 1980, el heredero se vio obligado a abandonar su vida de fiestas en el extranjero y a hacerse cargo de las empresas familiares. Para sorpresa de todos, en lugar de derrochar el imperio de sus ancestros con su estilo de vida, Rafael sacó a la empresa y a sus socios de la incertidumbre en que cayeron tras la muerte de su fundador: en menos de tres años consiguió que los negocios de su familia vieran resultados cada vez más impresionantes. Luego de un arranque desastroso, en que los socios accionistas consideraron pedirle la renuncia, el entonces joven empresario logró unas ventas tan grandes y abrió tantas tiendas que sus socios se limitaban a sonreír.

Don Williams, el cónsul de los Estados Unidos en La Eternidad, y por lo visto, asesor de seguridad en sus ratos libres para millonarios en problemas, echó un vistazo a la guayabera blanca de Treviño y se aclaró la garganta:

—El señor De León necesita tu ayuda.

Hay que reconocerle dos cosas al gringo, se dijo Treviño: una, que se atreve a seguir en esta región, donde tanta gente lo odia. La otra es tener pantalones para ir a buscarme.

—Secuestraron a mi hija antier por la noche —el empresario tomó un pequeño portarretratos de plata—. Se la llevaron saliendo del Keops.

Se refería a una discoteca de moda, construida con la forma de una pirámide, en la cual iban a bailar y a emborracharse todas las adolescentes y muchachos de la zona.

—Acuda a la justicia —dijo el detective.

—No queremos a la policía en esto, ni nada que tenga que ver con el comandante Margarito. Quiero que usted vaya y encuentre a mi hija.

El empresario le dio media vuelta al portarretratos y mostró la imagen de una esplendorosa rubia ojiverde, que podría haber pasado por una actriz europea. Aunque lo primero que llamaba la atención eran los ojos claros e insondables, cargados con inmensa malicia, de inmediato la vista se iba a explorar las curvas del cabello que enmarcaba su frente como una corona y de ahí al óvalo perfecto del rostro; la nariz era una escultura digna de atención, y daban ganas de admirar por largo tiempo el diseño de sus labios, grandes y sensuales: Esa muchacha está hecha para comerse el mundo a mordidas. Como le ocurría a todos los que veían a Cristina por primera vez, su belleza impresionó vivamente a Treviño.

—Tiene dieciséis años —dijo su papá.

—Pronto va a cumplir diecisiete —rectificó la madre.

Luego de examinar el rostro de la muchacha una vez más, esa magnífica sonrisa llena de picardía, el detective miró a la señora:

—¿Han discutido recientemente?

La señora Cecilia De León asintió, sin darle importancia:

—Como cada fin de semana. Nada importante. No es fácil ser madre de una adolescente que es hija única —el comentario cargado de resentimiento iba dirigido a su esposo.

—¿Ya revisaron en casa de las amigas y del novio? Si su hija tiene el motivo y los recursos, podría estar escondida en casa de una persona de confianza. A su edad hacen eso.

—No está con ellas —explotó la señora—. Sus amigas son chicas serias, responsables, y sus padres me juran que no está escondida en sus casas. Jamás mentirían.

—¿Tiene celular?

—La llamamos cada cinco minutos pero ya no responde.

—Yo sé que le encantaba la fiesta —el señor De León adoptó un tono grave—: es joven y la eduqué para hacer su santa voluntad, pero esto no es un berrinche infantil.

Extendió sobre el escritorio una serie de fotos de ocho por quince centímetros. En la primera podía apreciarse un convertible de lujo color rosa, con las dos puertas abiertas, arrumbado en un estacionamiento; la segunda mostraba la mancha de un líquido oscuro sobre el pavimento: no había que esforzarse para comprender que era sangre. La última foto retrataba a un joven conectado a un respirador artificial, en lo que parecía una costosa clínica privada.

—Este es su novio. Lo dejaron en coma.

A juzgar por el número de cables que entraban y salían de su cuerpo, ese muchacho jamás se volvería a levantar.

—Llegaron y salieron juntos de la discoteca… A él lo encontraron. Pero a mi hija…

El señor De León lucía exhausto: los ojos vidriosos, la quijada caída… Este hombre no puede más, pensó el detective. La noche en vela y la adrenalina le estaban pasando la cuenta. Su esposa señaló la foto del muchacho en el hospital:

—Si así dejaron al novio no queremos imaginar qué le hicieron a ella.

Treviño lo pensó un instante antes de agregar:

—Y supongo que ya revisaron a conciencia los hospitales y la morgue…

El señor asintió:

—No está en ningún lado, ni en los hospitales privados ni en la Cruz Roja, y ya mandamos a su dentista a ver los cadáveres que no se pueden identificar… Tampoco han llamado para pedir rescate. Es como si se la hubiera tragado la tierra.

Treviño miró un teléfono que estaba en el centro del escritorio, instalado en una pequeña base con bocinas. A un costado, una laptop y un sofisticado aparato electrónico con el mapa de la ciudad esperaban a que los secuestradores se pusieran en contacto: como bien recordaba, la tecnología de rastreo era la especialidad del señor Don Williams, también conocido como el Pato Donald, o el pinche gringo, allí presente.

El detective suspiró: la realidad no estaba de parte de la muchacha. Si sus padres recurrían al laberinto de la ley, sus colegas en la policía tardarían al menos una semana en dar resultados. Si la policía de La Eternidad fuera confiable, habría que poner una denuncia ante un representante del Ministerio Público, el cual la turnaría a la policía ministerial, esta abriría un expediente, y si llegaran a identificar a los culpables o a encontrarlos en flagrante delito solicitaría al ministerio público ejercer la acción penal necesaria. Este turnaría la averiguación al juez, quien revisaría el caso y libraría la orden de aprehensión contra los presuntos culpables; se abriría el procedimiento y en caso de detenerlos se dictaría una sentencia en su contra y se les presentaría primero ante el ministerio público, y después, ya consignados, ante el juez. Un procedimiento lento y tortuoso, que en otros países sería más veloz y tendría buenos resultados. Pero estamos hablando de La Eternidad, Tamaulipas, donde la ley es un negocio que se renta al mejor postor, y los policías completan su sueldo con el patrocinio de los delincuentes.

—Necesitamos tu ayuda, Treviño. Conoces como pocos el puerto y fuiste un buen policía —dijo el cónsul.

Y porque esa fue la misma frase con la que lo convenció de hacer lo correcto hace un par de años, estuvo a punto de pegarle:

—Cómo se nota que los mentirosos tienen mala memoria —explotó—. Mándeles a su amigo, el comandante Margarito.

El rostro del gringo se ensombreció, y todos, incluso el señor De León, presintieron que la respuesta del ex policía había insultado a Don Williams. Viendo la tormenta a punto de estallar, Moreno y el Bus se acercaron discretamente a Treviño, pero el empresario los detuvo con un gesto de la mano, y desvió la conversación:

—Con Margarito no quiero nada —acotó el empresario—. En cambio Don Williams insiste que nadie conoce mejor que usted los procedimientos del comandante, así que para nosotros usted representa la opción ideal para encontrar a mi hija… Dicen que gracias a su experiencia como policía también sabe a quién dirigirse entre la gente que se dedica al negocio, sin entrar en conflicto con ellos. Que más de uno le debe favores: yo lo que le pido es que mientras llaman usted vaya a averiguar si Los Nuevos o los del Cártel tienen a mi hija.

Treviño meneó la cabeza:

—No tengo relación con esos grupos.

—¿Ni siquiera con la Cuarenta? —intervino la esposa.

—Con ninguno —insistió Treviño—. Sólo el trato profesional, apenas lo necesario, cuando fui policía.

El Pato lo interrumpió:

—Vaya, la investigación no debe empezar por ahí necesariamente. Es prematuro concluir que la gente que se dedica al negocio tiene algo que ver con la desaparición de Cristina…

—Fueron Los Nuevos —insistió el empresario.

Dos cascadas de lágrimas descendieron por las mejillas de la señora. Ésta lloraba en silencio, limpiándose el rostro con un pañuelo. Treviño miró a De León con desconfianza:

—¿Por qué sospecha de ellos?

El empresario clavó la vista en la ventana antes de responder:

—En el último año… en los últimos dos años algunas personas que se identificaron como miembros de esos grupos han venido a extorsionarme. No en una, sino en varias ocasiones… —De León midió muy bien sus palabras— …y mi gente se vio obligada a repeler las agresiones. Es probable, pero sería la peor de las posibilidades, que se hayan llevado a mi hija como una represalia por la manera como los tratamos aquí.

El cuerpo de la señora se convulsionó de manera visible. El empresario se puso de pie y fue a consolarla. Entretanto, el detective miró al Bus y a Moreno, y comprendió que el gordo de bigotito ridículo y el sujeto de barba de candado muy bien podían ocuparse sin remordimientos de ciertos delincuentes… No debía ser fácil recibir, entrevistar y anular a los sucesivos grupos de maleantes que insistían en cobrar derecho de piso al Grupo De León.

—¿Quiénes eran los que vinieron a extorsionarlo? —preguntó el detective.

—Por lo que hemos podido establecer, ha habido de todo —se adelantó el Pato. Y el empresario añadió:

—Algunos dijeron ser de Los Nuevos, pinches cabrones gandallas, que llegaron aquí a amedrentar a mis secretarias; otros decían ser de los Viejos, del Cártel, del grupo del señor Obregón: más serios y hasta respetuosos, pero decididos a dar la mordida. También han sobrado infelices que dicen trabajar para cualquiera de ellos: criminales de poca monta, pandilleros que chantajeaban por su cuenta. Desde que empezó el desorden en esta ciudad cualquier pendejo agarra una pistola y se pasea por aquí cobrando derecho de piso.

—¿Y hubo bajas? —el ex policía miró a los guardaespaldas.

—No sabría decirte —respondió el señor De León—. Pero no les pago para cruzarse de brazos.

Treviño se preguntó cuántos de los cuerpos que aparecieron con tiro de gracia en el puerto en los últimos meses serían cortesía de los dos guardaespaldas allí presentes, y cuánto habría tenido que pagar el señor De León a la policía y a la prensa local para que tales hallazgos apenas atrajeran la atención de los periódicos.

—Lo siento —apoyó ambas manos en las rodillas, como si fuera a ponerse de pie—. Espero que encuentre a su hija, sana y salva. Me gustaría ayudarlo pero no estoy buscando problemas.

—Ni siquiera hemos dicho una cifra. Sería nomás mientras llaman… —insistió el señor De León.

—Lo asesoraron mal —miró al gringo—. Ya no me dedico a eso. Investigar cualquiera delito es un riesgo, pero investigar a los que andan en el negocio es un suicidio.

—Hombre, habrá alguna manera…

—¿Por qué no manda a su gente?

—A mi gente la necesito aquí, cuidando la empresa.

—Traiga a alguien de la capital del país —se encogió de hombros—. O a un detective del otro lado, del FBI, con la ayuda del gringo.

—No duraría vivo ni cinco minutos —dijo el empresario.

—Hazlo por mi hija —la señora De León se zafó de los brazos de su marido y tomó las manos del detective—. Piensa en la niña. Mi esposo sabrá agradecerte.

—Lo lamento —Treviño alzó la mirada—, pero ya no hago esas cosas. Se lo dije muy claro a su gente, pero ellos insistieron en traerme.

—Treviño —los ojos claros de la señora refulgían más que nunca—… Por favor… Nomás mientras llaman…

Luego de soltarse lentamente de las manos de la señora, Treviño se sintió obligado a explicar:

—Mire: si aceptara la chamba tendría que volver a arrancar desde cero en otra parte del país. Ya no podría vivir en la zona después de eso, y no me conviene. Aquí ya tengo mi vida hecha, no estuvo fácil, y me gusta así como está… Sin contar con que mi mujer me mata si acepto este encargo. Le prometí que nunca volvería a hacer estas cosas. Usted, como esposa, me entenderá.

—Mira —el señor De León apunto una cantidad sobre el papel y la mostró al visitante—: con esta cantidad tú y tu familia podrían empezar de nuevo en la ciudad que tú quieras. Y empezar bien.

—Si salgo vivo —el detective sonrió con la mitad de la cara.

—Como padre entiendo tu posición —dijo el empresario—, te pido que tú comprendas la mía. Si algo malo te ocurre, yo me haría cargo de los tuyos. No les faltaría nada.

Treviño miró al empresario a los ojos, dubitativo. Lo pensó un instante y concluyó:

—No, gracias.

Viendo las cosas perdidas, el Pato respiró hondo, se puso de pie y caminó hacia la ventana, de modo que Moreno quedara entre ellos. Entonces dijo:

—También podrías ayudar a tu hermano. Sabemos que entró de manera ilegal a los Estados Unidos, huyendo de Los Nuevos. El pobre, que era un contador público muy competente, se ve obligado a trabajar como acomodador en un estacionamiento de autos de San Antonio, y vive de las propinas y de lo que encuentra en los botes de basura. Imagínate: un hombre con su formación y su calidad moral, pasando tantos problemas para comer. Desde hace meses está pasando una situación muy difícil, y en cualquier momento podrían deportarlo. Imagínate que Los Nuevos tuvieran ocasión de agarrarlo… Tu hermano necesita una green card y yo podría conseguirla. De otro modo —el cónsul carraspeó dos veces— pronto podría estar de regreso, y eso no sería conveniente.

Treviño cerró ambos puños y le dirigió al gringo una mirada muy elocuente. Ni el Bus ni Moreno perdían de vista a ese joven que pesaba la mitad de cualquiera de ellos, pero que era capaz de crearles problemas, como había demostrado cuando fueron a buscarlo.

Un camión de cemento pasó frente a la ventana, y el edificio vaciló por unos segundos. Entretanto la señora De León vio la cifra que su esposo había apuntado sobre el papel, elevó los ojos al cielo y dijo con un murmullo:

—No seas miserable, aumenta la cantidad, le estás ofreciendo una miseria.

El señor De León alzó los ojos al cielo:

—Le triplico la oferta —pero el detective resopló con desprecio y meneó la cabeza.

Cuando dejó de temblar el edificio, el detective se dio media vuelta y miró al empresario:

—Cinco días: si no encuentro nada en ese lapso se termina el acuerdo. La condición es que le den la green card a mi hermano.

El empresario y su mujer respiraron: cinco días era mejor que nada.

—Es un trato —dijo el gringo.

—Te pago de un solo tirón, en cuanto encuentres a mi hija —interrumpió el empresario—. Y un bono si la encuentras, eh… con vida. ¿Qué necesitas para empezar?

Treviño ni siquiera volteó a verlo.

—Con un coche será suficiente… Y dinero para los informantes.

—El coche te lo doy ahora mismo, sal al estacionamiento y agarra el que mejor te convenga. Que te acompañe uno de estos —señaló al Bus y a Moreno.

—¿Que me acompañe? —se extrañó el detective.

—Sí. No es conveniente andar solo. No es fácil moverse en el puerto.

Treviño miró a los dos gorilones y meneó la cabeza:

—No te imaginas cómo está la ciudad —insistió el Pato—. Además puede ser de mucha ayuda si te toparas con Margarito.

Treviño miró a los guardaespaldas y consideró la propuesta. No parecía convencido.

—¿Cuánto requieres para empezar? —como el detective no contestaba, De León abrió el cajón superior de su escritorio, tomó un fajo de billetes, lo metió en un sobre y lo deslizó al otro extremo de la mesa—. Aquí tienes doscientos mil pesos.

El detective miró al empresario con desconfianza:

—Usted sabe que falta algo importante.

—Tú dirás…

—Si no firmamos un contrato como guardaespaldas, mi intervención sería ilegal. Si me detiene el ejército, o Margarito, tendría que justificar que voy armado.

De León le dedicó la sonrisa que reservaba para los negocios a su favor:

—El contrato lo tenemos listo hace un par de horas, sólo falta tu firma.

Le hizo una señal a Moreno, que salió de la habitación. Ay mi vida, se dijo el detective, en qué me vine a meter.

En eso sonó el celular de Treviño. Luego de ver la pantalla, el detective se excusó y fue a responder en uno de los rincones de la habitación. El cónsul no perdió palabra de la llamada:

—Sí… Estoy en una junta con el señor Rafael de León… Sí, el de las farmacias. Yo no lo busqué, él me buscó a mí… No, no tienes de qué preocuparte, me están ofreciendo una vacante en su empresa. Ya casi voy para allá… Te llamo en un rato y te lo cuento todo. No, no pienses en eso, no estaré aquí mucho tiempo. No va a pasar nada. Muy bien. Yo te llamo, hasta luego.

El detective se rascó la nuca y dijo:

—Mi esposa —y se dirigió al cónsul por primera vez durante la reunión—. Me imagino que tiene a alguien vigilando las salidas de la ciudad.

—En efecto: cinco personas que conocen a la muchacha montan guardia —explicó Williams—. Uno en el aeropuerto. Otro en el puente a Veracruz. Uno más en el muelle y dos más en las carreteras que van hacia el norte y el oeste. No hay manera de que logre salir sin que reparen en ella.

—A menos que la lleven inconsciente, dentro de la cajuela —Treviño miró a la señora—. Y también es probable que

no piensen salir por ninguno de estos lugares. Hay otras maneras de entrar o salir de este puerto.

—¿Por ejemplo?

El detective meneó la cabeza:

—En lancha, por la parte desierta de la playa. En avioneta, por pista clandestina. En camioneta de carga, disimulada en bultos de fruta o maíz.

—Si me permites… —balbuceó el cónsul.

—Si me permite —lo interrumpió Treviño—, desde que lo conozco nomás me ha traído problemas. Y oiga: si mi hermano no recibe la green card así le va a ir.

—En un minuto viene el contrato —lo tranquilizó el empresario.

De pie frente a la ventana, el detective se cruzó de brazos y se dedicó a mirar a los obreros que entraban y salían de la fábrica, cargando materiales de construcción, hasta que Moreno volvió y dejó dos documentos engrapados frente al patrón. El detective se sentó frente al escritorio, tomó una pluma y leyó los papeles. Y dijo, a medida que los firmaba:

—Hablemos claro: en el último año han intentado extorsionarlo en repetidas ocasiones; su hija desaparece pero no piden rescate. Pasa el tiempo y nadie se manifiesta. Para mí todo se reduce a un solo punto: ¿quiénes son sus enemigos, señor De León? ¿Hay alguien que lo odie por encima de cualquier otra persona en el mundo?

El empresario quedó boquiabierto y tardó en responder.

—No tengo enemigos. No que yo sepa.

El detective siguió su mirada y comprendió que quizás se inhibía por la presencia de su mujer, así que sonrió con la mitad de la cara.

—Mejor piénselo y vaya haciendo su lista.

—¿Por dónde vas a empezar? —inquirió el Pato.

—Por la escena del crimen.

—No sería prudente… —lo interrumpió el cónsul—. Hace unas horas aún estaba ahí la policía.

—Por ahí hay que empezar.

—Entonces es mejor que te lleve en mi vehículo, que tiene placas diplomáticas.

El detective resopló, fastidiado:

—¿Por qué no consigue los videos de las cámaras de seguridad alrededor de la discoteca? Antes la comandancia tenía veinte cámaras instaladas sobre los semáforos, en los cruces principales de la ciudad. Si quiere ayudar en algo, consiga los videos de las últimas horas en la avenida Costera, la del Golfo y la Héroes de la Independencia. Con la amistad que lo une a Margarito no debería ser difícil…

—El comandante y yo no tenemos amistad —replicó Williams.

—Llámelo como quiera, pero vaya a conseguir los videos. Y si no quiere hablar con el comandante, estoy seguro que no le faltarán contactos en la policía. Y otra cosa —miró a la señora—: tengo que hablar con la amiga más cercana de su hija. Avísenle que la voy a buscar, o cítela aquí para que no se espante.

—No sé si quiera —dijo la señora—. Dudo que sus papás le permitan venir si saben que va a hablar con un policía… Están todos muy asustados.

—Si no hablo con ella, las posibilidades de encontrar a su hija se reducen en un cincuenta por ciento.

—Pues adelante —el señor De León miró a su esposa—. Aquí la traeremos. Sólo falta agregar una cosa en el documento: ¿cómo se llama tu esposa, para ponerla como beneficiaria?

Treviño miró con desconfianza a los dos guardaespaldas, y prefirió anotar el nombre:

—Aquí se lo apunto.

Cuando fueron por él a la playa, no le pasó por alto cómo miraron a su mujer. En particular el gordo de bigotito ridículo. A pesar de sus consejos, su esposa salió a ver qué ocurría mientras él enfrentaba a los visitantes. Notó que ella estaba ahí porque de repente el gordo y su acompañante se relajaron un poco y elevaron el rostro. Treviño miró de reojo y vio cómo su mujer usaba una mano como visera, para examinar a los presentes. Lucía despampanante en ese vestido floreado, que el viento disfrutaba en alzar. El detective vio cómo el gordo de bigotito se mojaba los labios:

—¿Es su familia?

Pero Treviño no respondió. El gordo revisaba con honda lujuria las curvas de la muchacha: su cintura ceñida y sus pechos redondos. A un par de pasos de allí, los canadienses sorbían sus cocteles color de rosa y observaban el drama con curiosidad de turistas. Finalmente el Bus sugirió:

—Venga con nosotros, en un rato estará de regreso.

El detective comprendió que no tenía escapatoria y los detuvo con un gesto de la mano:

—Espérenme aquí.

Treviño subió los escalones pausadamente y jaló hacia el umbral de la casa a la mujer. Ésta, que no se había movido un milímetro, sospechó lo que estaba a punto de ocurrir y se dio media vuelta, disgustada. El hombre la agarró por los hombros y ella meneó la cabeza una, dos veces. Los visitantes vieron que la mujer increpaba al detective con furia y lágrimas de desesperación, hasta que Treviño logró calmarla relativamente y la abrazó. Entonces se dio media vuelta, bajó de un salto y rebasó a los guardaespaldas:

—Vámonos.

El más fornido se puso en movimiento de inmediato, pero el hombre del bigotito ridículo tardó en despegarse de la arena, concentrado en disfrutar las curvas de la mujer.

Chula, pensó, dile adiós al marido.

Entonces se dio media vuelta y caminó tras los otros, de vuelta a la carretera. Horas después, en las oficinas del señor De León, Moreno decía:

—Ah qué buey tan suertudo. Se va a ganar un buen billete… si es que regresa.

—Treviño el elegante —r

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