Realidades a medida

Brandon Sanderson

Fragmento

Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

Aunque las historias que contiene este volumen están escritas por mí, llevar este libro a vuestras manos es un trabajo en equipo increíble. Los siguientes párrafos contienen el nombre de las numerosas personas a las que debo dar las gracias por hacer llegar estos relatos a los lectores.

En Tor: Stephanie Stein, la editora interna de este libro, y todo un excelente equipo de revisores, diseñadores, publicistas, comerciales y demás, entre ellos Heather Saunders, Julianna Kim, Peter Lutjen, Rafal Gibek, Emily Mlynek, Eileen Lawrence, Steven Bucsok, Aelxis Saarela, Sarah Reidy, Steve Wagner, Terry McGarry, Christina MacDonald, Hayley Jozwiak, Devi Pillai, Lucille Rettino, Claire Eddy y Will Hinton.

En la agencia literaria JABberwocky: Joshua Bilmes, Susan Velasquez, Christina Zobel, Valentina Sainato y Brady McReynolds. En la agencia literaria Zeno: John Berlyne.

En Dragonsteel: la directora ejecutiva, reina y copresidenta Emily Sanderson.

Desarrollo Creativo: Isaa< Stewart (vicepresidente), Shawn Boyles y Ben McSweeney (directores artísticos), Rachael Lynn Buchanan, Jennifer Neal, Hayley Lazo, Priscilla Spencer y Anna Earley.

Departamento Editorial: El inductivo Peter Ahlstrom como vicepresidente, la directora editorial Kristy S. Gilbert, la directora de continuidad Karen Ahlstrom, Jennie Stevens, Betsey Ahlstrom, Emily Shaw-Higham y Jack Rose.

Publicidad y Márketing: vicepresidente Adam Horne, alias Experto en Godzilla, Octavia Escamilla, Tayan Hatch, Taylor Hatch y Donald Mustard III.

Operaciones y Recursos Humanos: Matt «El RHinator» Hatch (vicepresidente), Jane Horne (directora de operaciones), Lex Willhite, Jerrod Walker, Kathleen Dorsey Sanderson, Ethan Skarstedt, Becky Wilson, Christian Fairbanks y Makena Saluone.

Productos y Acontecimientos: Kara Stewart (vicepresidenta de productos, acontecimientos y firmar grandes talones), Christi Jacobsen (directora de productos), Kellyn Neumann (directora de acontecimientos y apoyo), Emma Tan-Stoker (directora financiera), Richard Rubert, Dallin Holden, Matt Hampton, Ally Reep, Brett Moore, Joy Allen, Katy Ives, Daniel Phipps, Braydonn Moore, Mem Grange, Michael Bateman, Alex Lyon, Jacob Chrisman, Camilla Waite, Quinton Martin, Hollie Rubert, Gwen Hickman, Amanda Butterfield, Logan Reep, Pablo Mooney, Rachel Jacobsen, Zoe Hatch, Owen Knowlton, Laura Loveridge, Jake Dellamas y Mary Nolivos.

Departamento Narrativo: Dan Wells (vicepresidente) sigue siendo el único miembro del Departamento Narrativo, porque, con lo buenos que son sus fanfics de One Direction, ¿para qué necesitamos a nadie más?

Ilustradores: Bryan Mark Taylor al cargo de la ilustración de cubierta, acompañado por Jessi Ochse y Ben McSweeney en las ilustraciones interiores.

Expertos en fuerzas y cuerpos de seguridad consultados para Momento Cero: Troy S. Thurston, Zachary Zavala, Moises Mascorro y Tiffany Kalinowski.

Lectores beta: Kendra Alexander, Jessica Ashcraft, Rahkeem Ball, Joe Deardeuff, Ted Herman, Jana King, Lyndsey Luther, Suzanne Musin, Kalyani Poluri, Billy Todd, Paige Vest, Glen Vogelaar y Rob West.

Lectores gamma: gran parte de los lectores beta, además de Amir Kasra Arman, Siena «Lotus» Buchanan, Tim Challener, Taylor Cole, Violette Colla, Dariyan Edsinger, David Fallon, Aaron Ford, Craig Hanks, Joshua Harkey, Brian T. Hill, Alexis «Lex» Horizon, Sarah Kane, Jayden King, Bob Kluttz, Ashley Kowalczyk, Ari Kufer, Valencia Kumley, Erika Kuta Marler, Eliyahu Berelowitz Levin, Mark Lindberg, Brian Magnant, Karen Marks, Chris McGrath, TJ McGrath, Seth «Forger» Mosey, Aerin Pham, Bao Pham, Jennifer Pugh, Rachel Rada, Becca Reppert, Britton Roney, Nisarg «Strifelover» Shah, Amit Shteinheart, Gary Singer, Lauren «Mamá de Biz» Strach, Philip Vorwaller, Spencer White, Deana Covel Whitney, Dale Wiens, Rosemary Williams, Kendra Wilson, Kyle «Dorksider» Wilson y Lingting «Botanica» Xu.

BRANDON SANDERSON

Pequeña ilustración en blanco y negro de seis abejas, y se lee el título, Instantánea

Ilustración a página completa en blanco y negro que recuerda a una página de cómic. La primera viñeta es un hombre de pelo corto, vestido con chaqueta y corbata, empuñando con ambas manos una pistola apuntada hacia arriba. La segunda es la silueta de un hombre de pie, sobre unas tazas que hay en el suelo, apuntando con una pistola a otro hombre arrodillado que tiene las manos levantadas en gesto de súplica. La tercera viñeta es un hombre tatuado, vestido con camiseta de tirantes, fumando con cara de atontado mientras mira a dos chicos que juegan a baloncesto. La cuarta viñeta es un hombre sonriente, con traje, corbata y un lunar en el pómulo derecho, que luce una sonrisa cruel mientras enseña una placa policial refulgente. La quinta viñeta es una mujer con gafas y pelo moreno recogido, que levanta una mano levantada y está rodeada por las seis abejas de la ilustración anterior, una de ellas en la mejilla y otra en su ojo. La sexta viñeta es una mujer de ojos rasgados, pelo corto y blusa de manga corta sentada a una mesa, con una taza y un azucarero, ante una foto de otra mujer de cabello largo y rizado con un niño.

Uno

Anthony Davis, una de las dos únicas personas reales en una ciudad de veinte millones de habitantes, atrapó el burrito que su compañero le había lanzado.

—¿Qué punta es la que lleva mostaza? —preguntó.

—¿Cómo que mostaza? —dijo Chaz—. ¿Quién le echa mostaza a un burrito?

—Tú. ¿En qué punta?

Chaz sonrió, mostrando unos dientes blancos perfectos. Eran falsos. Después de que le atizasen en toda la cara con un taburete de bar dos años antes, se había puesto un diente postizo, pero se había empeñado en que el dentista lo hiciera demasiado perfecto como para encajar con los demás. A aquellas alturas, ya había tenido que cambiarse casi todo el resto también.

—La mostaza está en la punta de tu izquierda —dijo Chaz señalando el burrito con el mentón—. ¿Cómo lo has sabido?

Davis se limitó a gruñir mientras arrancaba el extremo del burrito. Alubias, queso, ternera. Y mostaza. Chaz se aferraba a la absurda creencia de que algún día su compañero daría un mordisco amostazado y se convertiría a la verdadera fe. Davis negó con la cabeza y tiró el pedazo arrancado a una papelera.

Los dos iban paseando por la calle vestidos de paisano. La inmensa ciudad de Nueva Clipperton los envolvía, tan auténtica que nadie habría sabido decir que era una instantánea, la recreación de un día concreto en la ciudad real. Empleando unos métodos que a un simple poli como Davis le costaba entender, habían reproducido la ciudad entera.

En realidad estaban en un enorme complejo subterráneo, pero a él no le daba esa impresión. Veía un sol en lo alto y le llegó la peste del callejón junto a cuya boca pasaban. A él todo le parecía real. Porque, a su manera, era real: estaba construido a partir de materia en crudo que uno podía tocar, oler, oír y, como demostraba el bocado que Davis le dio al burrito, también saborear.

Vaya, hombre. Se había dejado un poco de mostaza.

—¿Alguna vez te has parado a pensar cuánto cuestan estos burritos? —comentó Chaz, que hablaba con la boca medio llena—. Su coste real, digo. La energía necesaria para crearlos, meterlos aquí dentro y que podamos comprarlos.

—Cuestan un ojo de la cara —dijo Davis, y dio otro mordisco—. Y, a la vez, no cuestan nada.

—Pues vaya. ¿Más o menos igual que cuando dices cosas, pero, a la vez, no significan nada?

—El Proyecto Instantánea es lo que se llama un coste hundido, Chaz —dijo Davis—. Los trajeados pagaron en su día el espacio y la tecnología necesarios para crear esto. Está ya todo aquí, y el coste de montarlo fue gigantesco. Pero tampoco es que tuviéramos muchas opciones.

Cuando el nuevo Gobierno de Estados Unidos se retiró de Clipperton, decidieron no eliminar la instalación que habían construido debajo de la ciudad. Davis siempre había supuesto que los estadounidenses querían conservar aquel lugar, por si en algún momento decidían volver y jugar un poquito más con su experimento. Pero tampoco habían querido cederlo sin más. Así que le habían ofrecido a Nueva Clipperton, que oficialmente era una ciudad-Estado independiente, la «oportunidad» de tomar el control del Proyecto Instantánea. Por un precio desorbitado.

Davis le dio otro mordisco al burrito.

—Todo esto nos costó una burrada, pero está pagado. Así que, ya puestos, ¿por qué no usarlo?

—Que sí, que sí, pero me refiero a los burritos, tío. Nos preparan burritos. Siempre me he imaginado a esos rácanos de Contabilidad pensando: «Los burritos son demasiada frivolidad. Quitémoslos».

—No funciona así. Cuando utilizas la instantánea para recrear un día, tiene que ser exacto. Así que estos burritos, el grafiti de esa pared, la mujer por la que estás babeando… viene todo en el paquete. Es caro, pero gratis, las dos cosas a la vez.

—Sí que está buenorra, ¿eh? —dijo Chaz, volviéndose para retroceder y ver mejor a la mujer.

—Va, ten un poco de decencia, Chaz.

—¿Por qué? ¡Si no es real! Ninguno de ellos es real.

Davis dio otro mordisco al burrito. Sus papilas gustativas no distinguían que no fuese real. Aunque, claro, ¿qué significaba ser «real»? Las alubias y el queso estaban modelados a partir de un burrito real en la ciudad real, y era una copia exacta a nivel molecular. No era una mera simulación virtual. Si se pusiera ese burrito al lado de uno procedente del mundo real, ni un microscopio electrónico podría detectar alguna diferencia.

Chaz gruñó y le dio un mordisco a su propio burrito.

—¿Quién compraría estos en la ciudad de verdad?

Era una buena pregunta. Aquella instantánea se había creado a lo largo de la noche anterior y era una réplica exacta de diez días atrás, el 1 de mayo de 2018. La recreación entera se borraría después de que Chaz y Davis ficharan a la salida del trabajo esa tarde. Alguien pulsaría un botón y todo lo que había allí dentro regresaría a su estado anterior de materia y energía en crudo.

Pero Chaz y Davis sí que eran reales, reales «como la vida misma», por así decirlo. Insertarlos allí, por necesario que fuese, también resultaba problemático. A medida que los agentes interactuaban con la instantánea, provocarían lo que se llamaba desviaciones, diferencias entre la instantánea y la manera en que se había desarrollado el auténtico día 1 de mayo.

Algunas de las cosas que hicieran —aunque era imposible saber cuáles por anticipado— terminarían causando un efecto dominó por toda la instantánea, haciendo que la recreación se desarrollara de forma distinta al día real. El porcentaje de desviación, calculado por expertos en estadística, sería un factor relevante en cualquier juicio relacionado con las pruebas que descubrieran en la instantánea.

Chaz y Davis solían dejar que fuesen los chupatintas quienes se preocuparan por eso. A veces se pasaban el día entero haciendo cosas que estaban seguros de que les echarían a perder el caso, pero al final todo salía bien y el porcentaje de desviación resultaba ser pequeño. Y luego, en otra ocasión, Davis se había encerrado en una sala segura de un hotel, decidido a no crear absolutamente ninguna desviación. Pero, por desgracia, al cerrar la puerta, despertó a una mujer en la habitación contigua. Gracias a eso la mujer llegó a una entrevista a tiempo y eso tuvo sus efectos a lo largo y ancho de la instantánea, que provocaron un nivel de desviación del veinte por ciento. Les había costado el caso entero.

Nadie se lo reprochó. Los policías que entraban en la instantánea iban a producir desviaciones sin remedio; era la naturaleza de su trabajo. Pero él seguía lamentándolo. Allí dentro, todo lo demás era falso, pero Chaz y él… de algún modo constituían algo peor. Eran defectos en un sistema inmaculado. Intrusos. Virus que dejaban una estela de caos a su paso.

«Da lo mismo —pensó mientras se terminaba el burrito—. Tú céntrate en la misión». La loquera del departamento siempre le decía que se preocupara de lo que estaba haciendo, del trabajo que tenía delante. No podía ser eficiente si se obsesionaba con las desviaciones.

Llegaron juntos a la esquina de la Tercera con la Veintidós, donde había tiendecitas en todos los bajos de los edificios. Colmados, y también una licorería con barrotes en las ventanas. Las señales de stop rebosaban de pegatinas de grupos de música en la parte de atrás. No era un barrio bien; ya no quedaban muchos de esos.

Davis abrió los parámetros de la misión en su móvil para repasarlos otra vez.

—Creo que deberíamos entrar —dijo señalando la licorería.

—Desde ahí no podremos perseguir a nadie.

—Ya, pero él tampoco nos verá. Así evitamos las desviaciones.

—Las desviaciones son inevitables.

Chaz tenía razón. Cada día respondían a preguntas sobre lo que habían hecho y descargaban los datos de sus teléfonos, que registraban su posición en todo momento. Los chupatintas de Asuntos Internos inspeccionaban todos sus actos, pero siempre se hablaba de «minimizar el riesgo de desviación sobre los objetivos», nunca de eliminar por completo las desviaciones.

Además, los datos del móvil podían falsificarse, como bien sabía Davis, y las señales del exterior tenían problemas para llegar dentro de la instantánea. Así que, en realidad, nadie sabía a ciencia cierta qué era lo que hacían allí dentro.

De todos modos, Chaz no puso más pegas mientras Davis los llevaba dentro de la licorería, abierta pese a lo temprano que era. El local olía a limpio y estaba bien cuidado, por muy barriobajero que fuese. Un hombre sij con un vistoso turbante rojo barría el suelo alrededor de la caja. Los miró con expresión curiosa mientras se colocaban cerca del escaparate.

Davis leyó de nuevo los parámetros de la misión y luego miró el reloj. Media hora. No era mucho tiempo. No tendrían que haber parado a desayunar, por mucho que Chaz se que­jara.

El tendero siguió barriendo, pero sin dejar de mirar hacia ellos cada cierto tiempo.

—Va a darnos problemas —predijo Chaz.

—Solo somos dos clientes normales.

—Que no compran nada. Que solo vigilan por el escaparate mientras uno de ellos mira el reloj cada quince segundos.

—No estoy…

Davis se interrumpió al ver que el tendero dejaba la escoba e iba hacia ellos.

—Voy a tener que pedirles que se marchen —dijo—. Es mi hora de cerrar para… esto… para comer.

Davis sonrió mientras preparaba una mentira que apaciguara al hombre.

Chaz le enseñó su placa.

A ojos de Davis, era una placa normal y corriente. Un escudo plateado con el típico relieve de aspecto muy oficial. No tenía nada de raro. Solo que era una placa de realidad. Para cualquier persona de la instantánea, para cualquier entidad falsa, no parecería en absoluto la típica placa de policía. Si eras un duplicado, la verías como una certificación de que quien te la enseñaba era real.

Y, por tanto, como una certificación de que tú no lo eras.

El sij observó la placa con los ojos cada vez más abiertos. Davis siempre se preguntaba qué verían ellos. A todos se les ponía la misma expresión distante, como si estuvieran contemplando un vasto paisaje. Se quedaban aturdidos. Incluso un poco asombrados.

«¿Algún dupli mío habrá visto alguna vez una de estas? —se preguntó—. Creería que era el yo real, ajeno por completo al hecho de que él mismo, como su mundo entero, es solo una instantánea. Hasta el momento en que ve la placa y…».

El tendero se sacudió y los miró.

—Caramba, sí que es buen truco. ¿Cómo ha…? O sea, ¿cómo hace que…?

Dejó la frase en el aire y bajó la mirada de nuevo hacia la placa. Los duplis siempre las identificaban por instinto. Algo en su interior sabía lo que significaban aquellas insignias, aunque nunca hubieran oído hablar de ellas. Solo que, por supuesto, la mayoría sí que habían oído hablar de ellas, por culpa de los recientes jaleos en materia de privacidad. Y, además de eso, el público en general de la Unión Americana Restaurada tenía una fascinación casi irracional con el proyecto, que estaba convirtiéndolo en uno de los temas favoritos que tratar cinematográficamente. En los servicios de streaming había media docena de series policiacas sobre inspectores que trabajaban dentro de una instantánea, aunque la única instalación oficial, que Davis supiera, estaba allí, en Nueva Clipperton.

Las series policiacas nunca mostraban el aspecto de la placa de realidad. Parecía ser como una norma no escrita. Era mejor dejarlo a la imaginación del espectador.

El tendero susurró algo casi inaudible en su idioma natal. Después volvió a mirarlos, con gesto más sombrío. Chaz asintió.

El hombre se lo tomó bien. Se limitó a… marcharse. Abrió la puerta de su tienda con aire desorientado y lo dejó todo atrás. ¿Para qué iba a seguir trabajando nadie en la venta al por menor si acababa de descubrir que no era real? ¿Para qué molestarse en hacer nada si su mundo entero iba a terminar a la hora de irse a la cama?

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Chaz en tono desenfadado mientras se guardaba la placa en el bolsillo de la camisa, señalando con el mentón hacia los estantes recién desprotegidos.

—No tenías por qué hacer eso —le dijo Davis.

—Quedan pocos minutos. No había tiempo para ponernos a charlar. Era la mejor manera.

—Ese hombre introducirá desviaciones.

—No hay forma de impedir que…

—Cierra el pico —lo cortó Davis.

Apoyó la espalda en el escaparate y comprobó el reloj otra vez. «A veces te odio, Chaz». Pero, a la vez, también lo envidiaba. A Davis le iría mejor si fuese capaz de empezar a ver todo lo que había allí dentro, incluso la gente con la que se cruzaban, como falsificaciones. Títeres creados a partir de materia cruda y animados durante un breve intervalo de tiempo.

Pero pasaba que… eran reproducciones exactas, idénticas incluso en la química cerebral. ¿Cómo no iba a considerarlas personas reales? Chaz y él se comían los burritos y eso sí que lo consideraban real, ¿pero a la vez debían fingir que las personas de allí no eran más que simulacros? No le encajaba.

Chaz le dio un apretón en el hombro.

—Es mejor así. Ahora podrá disfrutar de lo que le queda de vida, ¿no? —Se metió la mano en el bolsillo y dejó un puñado de monedas en el alféizar—. Ten. Son del puesto de burritos.

Chaz se marchó a buscar una IPA. Davis echó un poco más de humo por las orejas y después repasó los parámetros de la misión. Otra vez. Tenían dos casos ese día. Estaba el de aquella esquina y luego otro cerca de la calle Varsovia a las 20.17. Para entonces el porcentaje de desviación podría ser bien alto, sobre todo si Chaz tenía el día girado, pero aun así podrían hacer algún bien. Ayudar a que los casos avanzaran en el mundo real. Conseguir información para los auténticos policías.

Y la calle Varsovia. 20.17.

Al final, Davis cogió el puñado de monedas y empezó a examinarlas, levantando cada una hacia la luz matutina que entraba por el escaparate para comprobar su fecha de acuñación. Chaz regresó con paso tranquilo y negó con la cabeza.

—Podríamos ir a un banco, ¿sabes? Pedirles un cubo entero lleno de monedas.

—No contaría —respondió Davis.

Miró ceñudo la moneda de veinticinco centavos que sostenía en alto. ¿Tenía ya la de 2002 acuñada en Filadelfia? Sacó el teléfono y fue bajando por la pantalla.

—¿Cómo que no contaría? —preguntó Chaz—. ¿Según qué reglas?

—Mis propias reglas.

—Pues cámbialas.

—No puedo —respondió Davis.

Sí, la de 2002 ya la tenía. La que le faltaba era la de 2003. No era fácil encontrar sitios que usaran monedas últimamente. Quizá los vendedores callejeros, y alguna tiendecita que otra.

—Eres consciente —dijo Chaz— de lo mucho que te complicas la vida, ¿verdad?

—A veces sí —reconoció Davis—. Pero no puedo hacer trampas o la colección perdería todo su significado. Además, Hal conoce las normas.

Davis había recibido un e-mail de su hijo la semana anterior. El chico ya casi tenía la colección completa de los dosmiles. En el colegio de Hal había una máquina de refrescos que daba cambio en efectivo.

—Supongamos que encuentras una aquí dentro —dijo Chaz—. Tienes un trocito de metal que, por pura casualidad, lleva el número correcto para emocionaros mucho a los dos o lo que sea. ¿Qué haces entonces? No se puede sacar nada de la instantánea.

—A no ser que esté dentro de nosotros —respondió Davis, señalando la cerveza de Chaz.

—Entonces ¿te…?

—¿Me comería la moneda? Pues claro. ¿Por qué no? ¿Qué van a hacer los chupatintas de comisaría, hurgar en lo que cago?

Chaz dio un largo sorbo de cerveza.

—Eres un tipejo bastante raro, Davis.

—¿Ahora te das cuenta?

—Soy lento —dijo Chaz—. Y, además, tú eres un raro sutil. Raro a escondidas.

El reloj de Davis vibró e hizo que mirase la hora. Faltaban cinco minutos. Se inclinó hacia el escaparate y observó el edificio de enfrente. Un bar a pie de calle, viviendas encima.

Chaz echó mano a la pistolera que llevaba bajo el brazo.

—No te hará falta —dijo Davis.

—No me quites la ilusión, anda —respondió Chaz, pero soltó la pistola—. ¿Por qué es tan especial este tío, por cierto? Habrá como mil asesinatos al año en la ciudad, ¿y justo de este hacen una instantánea?

Davis no respondió. En serio, ¿Chaz no podía molestarse en mirar las noticias de vez en cuando? ¿O en leer los documentos del caso, como mínimo?

Casi no oyeron el disparo al otro lado de la calle. Desde donde estaban, el tenue ruido podría haber sido casi cualquier cosa. Alguien tirando una botella a un contenedor, una ventana al romperse, incluso un portazo. Davis se sobresaltó de todos modos.

El sospechoso, Enrique Estévez, bajó deprisa la escalera del edificio un minuto después, con las manos en los bolsillos. Miró alrededor con gesto nervioso y echó a andar calle abajo. No del todo a la carrera, pero sí evidentemente inquieto.

—Voy para allá —dijo Chaz.

—Que no te vea.

Chaz le lanzó a Davis la mirada que significaba: «¿Qué pasa, te crees que es mi primer día?». Luego salió por la puerta para seguir a Estévez, teléfono en mano.

Davis salió también al cabo de un momento y dobló por un callejón, siguiendo el mapa de su móvil en dirección a la calle Sexta. Iba a esperar en el último lugar donde habían visto a Estévez en el día real, por si Chaz le perdía la pista.

Llamó a su compañero por teléfono.

—¿Cómo lo ves?

—Está nervioso —respondió Chaz—. La calle se ha vaciado. Queda muy poca gente. ¿Quieres que les saque fotos, para que los polis del mundo real busquen testigos?

—No —dijo Davis—. Demasiado sospechoso. ¿Y qué iban a testificar, que Estévez iba por la calle? Tú síguelo y ya está.

—Muy bien. Espera. Acaba de girar hacia la Octava.

Davis se detuvo en seco. Era la dirección equivocada.

—¿Estás seguro?

—Sí. ¿Pasa algo?

—Lo vieron en la Sexta dentro de unos minutos —respondió Davis—. ¿Está retrocediendo?

—Qué va. Seguimos hacia el este, cruzando avenidas. Ahora parece estar más decidido. Ya no mira tanto a su alrededor.

Davis maldijo en voz baja, dio media vuelta y volvió por el callejón a paso rápido. La testigo que afirmaba haber visto a Estévez en la Sexta se equivocaba. O eso, o alguna desviación había enviado al sospechoso por donde no debía. Si el porcentaje estaba ya tan alto, podían dar por perdida la instantánea entera.

—Voy en paralelo a ti —dijo Davis, tratando de evitar ponerse nervioso—. ¿Ya estás en la Octava?

—Acabo de pasarla —respondió Chaz—. Uf. Davis, acaba de meterse en un callejón que va hacia el sur. Va a ser casi imposible seguirlo sin levantar sospechas.

No podían asumir ese riesgo. Si Estévez se mosqueaba, la suspicacia podría generar un millón de desviaciones en su comportamiento. Y esa era una clase de desviación sobre la que sí tenían algún control.

—Voy hacia el sur por la Veintiuno —dijo Davis—. Creo que podré interceptarlo.

Paró en la esquina de la Octava Avenida, intentando ocultar el hecho de que resollaba por la breve carrera al trote. En el mundo real, no habría superado las pruebas físicas para el trabajo sobre el terreno. Ya no.

Aun así, se había puesto en posición lo bastante rápido como para divisar a Estévez saliendo de una callejuela más adelante. El sospechoso giró al este por la calle Veintiuno, y Davis fue tras él.

—Lo tengo —dijo mientras lo seguía a paso tranquilo, fingiendo despreocupación.

Era solo otro tío que hablaba por teléfono. Nada en lo que fijarse, ni de lo que preocuparse. Mierda, ya empezaba a notarse nervioso. ¡Sería idiota! Aquello era una persecución sencilla. Podía hacerla sin venirse abajo.

—Así me gusta —lo felicitó Chaz—. Yo voy hacia el este por la Veintidós, en paralelo a ti.

—Entendido.

Davis le mantuvo el ritmo a Estévez. El sospechoso era un hombre delgado, pero se lo veía más alto, más… amenazador que en las fotos policiales. Había cometido un gran error, no solo al asesinar a un hombre, sino al elegir a su víctima. El sobrino del alcalde.

El caso ya apuntaba maneras de ser importante para el fiscal, que pensaba que no tardaría en recibir presiones de los peces gordos de la ciudad. Pero, por desgracia, las pruebas que tenían contra el acusado eran bastante endebles. Así que el fiscal había pedido una orden judicial para ejecutar una instantánea.

El ayuntamiento de Nueva Clipperton había comprado el Proyecto Instantánea. Había pagado un riñón a la Unión Americana Restaurada por él. Pero ¿qué sabían sobre su funcionamiento? Apenas nada. Había una de aquellas… cosas atrapada en algún sitio y la mantenían inconsciente, con electricidad zumbando a través de su cuerpo para que crease aquello. Obligándola a reconstruir días, en su totalidad, a partir de materia en crudo.

Y no había mucho margen para crear una instantánea de un día concreto. Al cabo de unas semanas, ya era imposible. Había que poner en marcha la instantánea de buena mañana e insertar a la gente enseguida. Si esperabas, se volvía más difícil. Era como si la puerta de entrada ya no se abriera. Y extraer los datos era… Bueno, los polis tenían que llevarlos encima. Por lo general, era posible enviar mensajes de texto seguros, pero incluso eso tenía interferencias de vez en cuando.

Los vigilantes de la privacidad se habían vuelto tarumbas cuando descubrieron la existencia del Proyecto Instantánea. Sobre todo cuando se enteraron de que, al principio, el alcalde había estado utilizándolo para su disfrute personal, detalles censurados.

La oleada resultante de leyes y restricciones significaba que era necesario obtener una orden judicial para recrear un día, y el proyecto solo podía utilizarse para asuntos oficiales del Gobierno. En teoría, podían introducir drones para que grabaran lo que pasaba, y el departamento había experimentado con ese método. Incluso era posible que algún día terminaran haciéndolo a tiempo completo, pero, de momento, el trabajo policial a la antigua usanza parecía lo más efectivo. Así podía ponerse a un poli en el estrado para que testificara sobre lo que había visto con sus propios ojos. Los jurados respondían bien a esa clase de cosas.

Davis se enorgulleció de estar siguiéndole la pista a Estévez sin que hubiera ni la menor señal de que hubiera alertado al hombre de su presencia. Como un poli de verdad.

Chaz se reunió con él en una intersección y siguieron juntos tras los pasos de Estévez, que llamaba a alguien por teléfono. Estaban demasiado atrás para oír nada, pero el resultado fue que vieron que el sospechoso se arrodillaba al borde de la acera, manipulaba algo y luego se levantaba para internarse a toda prisa en otro callejón.

Chaz renegó, acelerando el paso, pero Davis lo cogió del brazo.

—¡Que se escapa! —exclamó Chaz, y metió de nuevo la mano bajo el otro brazo en busca de su pistola.

—Pues que se escape. Esto es lo que nos interesaba.

—¿Esto? —preguntó Chaz.

Davis llegó al lugar donde Estévez se había arrodillado. Había un desagüe en el borde de la calzada. Escrutó por él y luego metió su teléfono y sacó unas fotos. Lo levantó y fue pasándolas hasta que encontró un buen encuadre. Se veía una pistola entre la mugre de la alcantarilla.

—El arma homicida —dijo Davis, levantándose para enseñársela a Chaz—. Los inspectores del mundo real han estado buscándola donde no debían.

Abrió la aplicación de comunicación segura con el cuartel que tenía instalada en el móvil y adjuntó la foto a un mensaje para enviárselo a María, su enlace.

«Arma homicida localizada —escribió—. Desagüe delante de un salón de belleza en la parte norte de la Veintiuno, entre las avenidas Décima y Undécima».

—No me hace ninguna gracia dejar que se marche —dijo Chaz, cruzándose de brazos.

—Lo que no te hace gracia es no poder meterte en ningún tiroteo —replicó Davis.

Esperó, temiéndose que tendría que volver a enviar el mensaje. Era imposible saber qué datos saldrían de la instantánea y cuáles no. Por suerte, al cabo de unos minutos su reloj vibró y Davis miró el teléfono. Había una línea abierta, al menos de momento.

«Información recibida —envió María—. Bien hecho. ¿Entre la Décima y la Undécima? Es muy lejos de donde deberíais estar».

«La testigo se equivocaba —respondió Davis—. Estévez fue al este después del asesinato, no al oeste».

«¿Probabilidad de desviación?», envió ella.

«Pregúntasela a los chupatintas —dijo Davis—. Yo solo informo de lo que averiguo».

«Entendido. Estoy enviando un equipo a esa alcantarilla en la vida real. No os alejéis, por si necesitan más datos».

Davis le enseñó el teléfono a Chaz.

—Pues entonces —dijo Chaz mirando alrededor—, tenemos tiempo. ¿Quieres acercarte a la calle Ingred?

—Es mediodía —respondió Davis en tono seco.

—¿Y?

—Y hoy hay colegio.

—Ah. Claro. Entonces ¿qué?

—Bueno, ya nos hemos tomado unos burritos de un millón de dólares —dijo Davis, señalando una cafetería con el mentón—. ¿Los bajamos con unos cafés de un millón de dólares?

Dos

Davis no pudo evitar preguntarse cómo reaccionaría todo el mundo en la cafetería si supieran que eran duplis. La mujer gorda de detrás de la barra que repasaba los tíquets. Los dos tíos blancos con camisa de franela y gorra de camionero que comían sándwiches de ternera con queso mientras hablaban entre ellos a gruñidos. La madre con una recua de chiquillos que intentaba silenciarlos metiéndoles patatas fritas en la boca.

Tenía la sensación de que podía evaluar a la gente fijándose en cómo reaccionaban a la noticia de que no eran reales. Era un momento incómodo, íntimo, fascinante de ver. Algunos se enfadaban, otros se enfurruñaban. Otros se reían. En ese momento, captabas algo que esa persona jamás sabría, ni jamás podría saber, sobre sí misma.

Le vibró el reloj mientras la camarera llegaba con un plato de patatas fritas para él y le rellenaba la taza de café. Davis tuvo una fugaz visión sádica de sí mismo poniéndose a adivinar cómo reaccionaría cada uno de los presentes para luego sacar la placa, enseñársela a todos y confirmar si tenía razón. El problema era que su compañero podría hacer algo parecido si se aburría demasiado.

Chaz volvió del cuarto de baño mientras Davis comía patatas.

—Ah, claro —dijo Chaz sentándose—. A eso sí que le pones mostaza.

—Es que la mostaza pega con las patatas fritas.

—Igual que con los burritos.

—Qué asco.

—Lo que pasa es que te niegas a disfrutar de la vida, Davis —dijo Chaz mientras le robaba una patata—. Te niegas a probar cosas nuevas, ¿sabes?

—Y dale. Esto no es nuevo —dijo Davis, y leyó el mensaje de su teléfono—. Llevas tres años, sin exagerar, intentando que coma igual que tú.

—Por eso soy un buen detective —respondió Chaz—. Por la tenacidad. ¿Qué te cuenta la buenorra?

—¿Buenorra? ¿María?

Chaz asintió.

—Pero si tiene veinte años más que tú.

—Y está buena. ¿Qué te dice?

—Han encontrado la pistola en el mundo real —le explicó Davis—. Estaba ahí, en la alcantarilla donde Estévez la ha tirado. Cubierta de la mugre de diez días, pero han metido prisa a los de balística y resulta que la bala coincide. A lo mejor nos toca testificar.

Por fin tenían las pruebas suficientes para enchironar a Estévez, y el testimonio de dos esforzados policías serviría para reforzarlas. Chaz gruñó.

—Aun así, habría preferido meterle un tiro a ese tipejo. Que pruebe su propia medicina, ¿sabes?

—Pero si ni siquiera sabes lo que hizo —respondió Davis, brusco.

—Mató a alguien. ¿A… una chica? —Chaz se encogió de hombros—. Bueno, da igual. ¿Quieres saltarte las clases que nos quedan hoy?

Davis alzó la mirada con un escalofrío.

—Porque, total —añadió Chaz—, el siguiente trabajo no lo tenemos hasta… ¿cuándo, hasta casi las veintiuna?

—Las ocho y cuarto. Altercado doméstico. Quieren que vayamos a ver quién dio el primer golpe. Corroborar un testimonio u otro.

—Menuda pérdida de tiempo.

Davis se encogió de hombros. No era raro que les asignaran misiones menores como esa a lo largo del día, después de haber investigado el caso principal.

—No me apetece nada esperar ocho horas por aquí solo para ver quién le soltó un bofetón a quién —dijo Chaz—. Venga, ahorrémosle tiempo y dinero a todo el mundo largándonos de aquí. La loquera dice que tengo que contárselo si siento alguna «aflicción emocional».

—¿Y eso qué significa?

—¡Y yo qué sé! Creo que piensa que tendría que angustiarme por pasar días enteros en las instantáneas.

—¿En serio? —replicó Davis—. ¿Angustiarte tú? Pero ¿esa mujer te conoce de algo?

—Y ni siquiera está buena —dijo Chaz.

Davis suspiró, pero el gesto sirvió de poco para encubrir su repentina ansiedad. No podían marcharse, ¿verdad?

«Igual sí que sería para bien».

No. Calle Varsovia. 20.17. Davis tenía una cita.

—Venga —insistió Chaz—, vámonos. Hasta te dejo que aprietes tú el botón que apaga la instantánea.

—Siempre aprieto yo el botón —dijo Davis.

—Pues hoy no me quejaré.

—No, escucha, tengo una cosa que podemos hacer. —Davis se apresuró a sacar el teléfono otra vez—. He estado leyendo el foro del escáner…

—Por favor, otra vez no.

—… y hablan de una incongruencia este día, cuando transcurrió de verdad. No he encontrado nada en los registros de comisaría, pero en el foro dicen que varios coches patrulla acudieron para investigar un edificio de viviendas. Eso ocurrirá en la instantánea dentro de una hora, poco más o menos. ¿Quieres que lleguemos antes y veamos qué pasaba?

—Lo dicen en el foro —repitió Chaz en tono seco—. En un foro conspirativo. Y, según tú, no había nada en los registros oficiales.

—Nada a lo que yo pudiera acceder.

—Probablemente significa que no encontraron nada.

—No, porque eso también lo habrían registrado. Es como si no hubiera ocurrido.

—Significa que no tenías autorización, entonces. No quieren que los inspectores de poca monta se enteren de ello, sea lo que sea.

—¿Y no te da curiosidad? —preguntó Davis—. Podríamos hacer un poco de trabajo detectivesco real. Husmear. ¿Quién sabe? A lo mejor, alguien intenta dispararte.

—¿Tú crees? —dijo Chaz animándose.

—Podría pasar. Eres una persona muy disparable.

Chaz asintió.

—Sí. Conque trabajo detectivesco real, ¿eh? —Se rascó la barbilla—. Sabes lo que vamos a encontrar, ¿verdad? Algún político con una fulana. Por eso lo ocultan. Suponiendo que pasara de verdad y que los majaras esos del foro no estén inventándose cosas.

—Ya, bueno, supongo que también podemos saltarnos las clases —respondió Davis—. Volver al aburrido mundo real. Quedarnos allí cruzados de brazos. Ver una peli, en vez de vivir en una.

—Vale, me has convencido. —Chaz se levantó—. Pero antes tengo que ir al tigre.

—¿Otra vez?

—Menudo burrito, tío. —Chaz negó con la cabeza—. Menudo burrito.

Se marchó en dirección a los servicios.

Davis relajó el puño y se permitió dejar de contener el aliento, temblando. Iban a quedarse en la instantánea, al menos de momento. Pagó la cuenta con dinero de verdad, pero aquella cafetería solo devolvía cambio en la tarjeta de crédito. La transacción no le llegaría nunca. Aquella instantánea de la ciudad existía por sí misma, sin ninguna infraestructura externa. Si alguien salía de la zona cubierta por la instantánea, desaparecía al instante. Si alguien tenía que llegar a la ciudad, la instantánea creaba su cuerpo y su vehículo y los colocaba en la carretera, circulando a la hora adecuada.

Él nunca había sido capaz de entender bien los detalles. ¿Cómo funcionaban las transacciones de crédito para la gente que estaba allí dentro? ¿Cómo se las ingeniaba la instantánea para reproducir todas las entregas salientes y entrantes? ¿El tendido eléctrico, internet, la luz solar? ¿Qué nivel de realidad tenían esas cosas? Davis comía allí dentro. ¿Qué cantidad debería ingerir para que el sistema lo identificara como parte de sí mismo, y no como un individuo real? Si comía demasiados burritos, ¿algún día la placa brillaría para él, igual que hacía con los duplis?

Se obligó a abandonar aquella vía de pensamiento. «Concéntrate en la tarea». Se volvió en su asiento y miró hacia la mujer de los niños, que había hecho que se levantaran y estaba llevándolos en manada hacia la puerta. El mayor tenía seis años, según le espetó a su hermana en plena discusión.

Eso eran dos años menos que Hal, pero Hal siempre había sido menudo para su edad. Como su padre.

La madre y sus hijos se marcharon y entonces Davis se descubrió mirando a otra mujer distinta, sentada casi al final de la cafetería, cerca de la ventana. Delgada, con el cabello moreno corto. Rasgos angulosos. Guapa. Muy guapa.

—Bueno —dijo Chaz regresando con paso firme—, pues ahí va otra parte de mí que se añade al sistema: mi caca. La reciclarán cuando deshagan el día, ¿verdad?

—Supongo —respondió Davis distraído, aún mirando a la mujer.

—Me gusta saber que se utilizará una parte de mí la próxima vez que reconstruyan esto. Reciclarán mi caca para hacer abogados. Mola, ¿eh?

—¿Qué diferencia hay con la vida real?

—Pues que… —Chaz calló y se rascó la cabeza—. Ah. Sí, supongo que tienes razón. Je. Bueno, ¿vas a ir a hablar con ella?

—¿Con quién?

—Con la tía buena esa de ahí.

—¿Qué? ¡No! O sea, no deberías decir esas cosas.

—Venga ya. —Chaz le dio un codazo—. Esas miradas que le echas harían saltar chispas. Anda, ve a decirle hola.

—No quiero acosarla.

—Hablar no es acosar.

—Estoy bastante seguro de que es uno de los principales métodos de acoso —dijo Davis.

—Ya, puede, sí. Pero ella también te mira a ti. Está interesada, Davis. Se le nota.

Le dio un par de vueltas a la idea, mientras un pequeño aguijonazo de pánico se alzaba en su interior como una bomba al explotar.

—No —dijo mientras se levantaba—. ¿Para qué molestarme? De todas formas, no es real.

—Más motivo para probar. Así practicas.

Davis negó con la cabeza y abrió la marcha hacia la calle. Por desgracia, cuando pasaron junto a la mesa de la mujer, Chaz fue hacia ella.

—Hola —le dijo—. Mi amigo es un poco tímido, pero estaba preguntándose si querrías darle tu número de teléfono.

Davis notó que el corazón casi se le paraba.

La mujer se sonrojó y apartó la mirada.

—Siento haberla molestado —dijo Davis, y agarró a su compañero del brazo para sacarlo por la puerta. Una vez estuvieron fuera, exclamó—: ¡Serás idiota! Te he dicho que no lo hicieras.

—En realidad —respondió Chaz—, me has dicho que tú no ibas a hacerlo. No que yo no pudiera.

—Ha sido humillante. Ha sido…

Davis se quedó muy quieto cuando la puerta de la cafetería se abrió y salió la mujer. Se sonrojó de nuevo y luego le dio a Davis un papelito antes de volver a entrar en la cafetería. Davis miró el papel y leyó el número de teléfono que tenía escrito. Chaz compuso una sonrisa enorme y traviesa.

«A veces, Chaz —pensó Davis guardándose el papel—, te quiero».

—Bueno, ¿adónde vamos? —preguntó Chaz.

—A la Cuarta —dijo Davis, y echó a andar calle abajo.

—Queda un poco lejos.

—¿Autotaxi?

—Qué va —dijo Chaz con las manos en los bolsillos—. Era hablar por hablar.

Pasearon callados un rato, Davis tocaba el papel que llevaba en el bolsillo. Estaba sorprendido, incluso avergonzado, por lo mucho que le complacía tenerlo. Por lo bien que le hacía sentir. Aunque jamás fuera a llamar a esa mujer, aunque ella no fuese real. Caray. Llevaba años sin sentirse así, desde antes de conocer a Molly.

—¿Nunca piensas que deberíamos aprovechar esto más? —preguntó Chaz mientras caminaban.

—¿A qué te refieres?

Chaz señaló con la cabeza los coches que recorrían la amplia avenida. Por lo menos la mitad eran autotaxis que circulaban con suavidad y cautela, coordinados unos con otros. También había coches más viejos en la calzada con ellos, la mayoría con una conducción igual de suave…, pero se notaba cuáles estaban manejados a mano, por los volantazos que daban, por cómo lo embrollaban todo. Eran como peces que de pronto se hubieran separado del resto del banco.

—Tendríamos que aprovechar esto mejor —insistió Chaz—. Estamos en un día que ya ha ocurrido. Así que ¿no deberíamos poder…? Yo qué sé, ¿comprar billetes de lotería o algo por el estilo?

—¿Para ganar un dinero que desaparecerá al terminar el día?

—Podríamos tragárnoslo —propuso Chaz—, como tú decías.

—Hay muchísima diferencia entre una moneda y los millones del premio de la lotería. Y tampoco te lo pagan en el momento, al menos en los tipos de sorteos que podríamos consultar por adelantado. Además, seguro que lo considerarían falsificación si al final te las apañaras para sacar el dinero.

—Ya. —Chaz se metió otra vez las manos en los bolsillos—. Pero estaría bien ganar. En todo caso, es solo que creo que deberíamos ser capaces de hacer más. Enderezar lo que otra persona torció.

—Es justo a lo que nos dedicamos.

—No me refiero a asuntos legales, Davis. —Chaz suspiró—. No sé explicarlo.

Cruzaron la calle y los coches arrancaron otra vez a su espalda. Pasaron algunos viejos, con motor de combustión, que hicieron a Davis volver la cabeza. Era un sonido de su pasado. Como el olor a gasolina.

—Te entiendo —dijo.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Eso pareció reconfortar al hombre más alto que él.

—Dime, ¿tienes alguna idea de qué buscar cuando lleguemos a ese sitio que dices?

—La verdad es que no —dijo Davis—. Es solo una de esas incongruencias en las que se fija la gente del foro. Una llamada urgente e inesperada, varias respuestas… y luego silencio. Sin informe. Sin nada.

—Y crees que alguien tiene miedo de que lo averigüemos.

Ya habían hablado de esas cosas otras veces. Allí dentro, ellos dos eran la autoridad absoluta. Enseñar la placa les permitía superar cualquier obstáculo, desobedecer cualquier orden. Eran dos hombres entre una multitud de sombras.

Allí dentro, eran los únicos que tenían derechos. Allí dentro, eran dioses. Cuanto más tiempo trabajaba Davis en las instantáneas, más se daba cuenta de que había cierta gente en el exterior que encontraba aterrador el poder que ostentaba allí dentro. Detestaban la idea de que hubiera simulacros suyos a los que un par de inspectores pringados pudieran mangonear. Había una conversación constante sobre las formas de ponerles trabas, de proteger la intimidad de la gente.

—Me extraña —dijo Chaz mientras por fin llegaban a la Cuarta Avenida— que no se hayan acordado de enviarnos a alguna sala segura.

Davis asintió. Tampoco habrían ido, nunca lo hacían. Pero en comisaría seguían ordenándoselo, afirmando que, si Davis o Chaz se topaban por casualidad con su propio dupli en la ciudad, les dejaría secuelas mentales. Lo cual era una idiotez.

—Si no encontramos nada en esta dirección tuya —dijo Chaz—, pienso tomarme el resto del día libre.

—Me parece bien. Pero creo que sí que habrá algo. Es sospechoso.

—Te lo estoy diciendo. Un político con una buscona.

—No habrían llamado coches patrulla por eso. —Davis se mordió el labio—. ¿Te has fijado en que últimamente nos encargan el menor trabajo posible para los casos? Encontrar el arma homicida, presenciar la actividad criminal. Nada de interrogatorios, y muy poco trabajo policial de verdad.

—Supongo que han pensado que no conviene que nos acostumbremos demasiado a esas cosas —dijo Chaz—. Qué narices, directamente no quieren a inspectores del mundo real aquí dentro. Por eso envían a tipos como nosotros.

El lugar de la misteriosa llamada a las fuerzas de la ley, una llamada que aún tardaría una hora en producirse dentro de la instantánea, era un viejo edificio residencial con firmas y grafitis pintados por toda la fachada. Las ventanas, rotas y mugrientas, proclamaban a los cuatro vientos que ya no estaba habitado.

—No parece la clase de sitio al que yo llevaría a una prostituta —comentó Davis.

—Como si tú hubieras llevado a una prostituta a algún sitio —dijo Chaz, haciéndose visera para mirar hacia arriba—. Me conozco esta zona. Antes era un barrio bien, y seguro que estos pisos costaban una pasta.

Subieron los escalones y probaron a entrar, pero estaba cerrado con llave. Davis miró a Chaz, que se encogió de hombros y abrió el portal de una patada.

—Qué cosas —dijo—. Ha sido más fácil de lo que esperaba.

—¿Ya te sientes como un poli de verdad?

—Poquito a poquito —respondió su compañero, y miró por el pasillo.

La búsqueda somera que hicieron no dio resultado. Los apartamentos de la planta baja estaban abiertos, con las cerraduras sin echar, pero los encontraron arrasados y vacíos a excepción del nido que alguna persona sin hogar se había hecho contra la pared, debajo de más pintadas. Y hasta ese nido parecía llevar meses sin usarse.

Algo olía raro. ¿A moho? Davis retrocedió hasta la escalera del edificio, cerca del portal, y olisqueó el aire.

Chaz subió unos escalones hacia el primer piso.

—Este edificio tiene como veinte plantas, Davis. Si vamos a registrarlas todas, ten muy claro que me debes un burrito. Con extra de mostaza.

—Probemos hacia abajo primero —dijo Davis.

Agarró a Chaz y lo llevó hasta una puerta del vestíbulo, entreabierta, con solo oscuridad al otro lado. La abrió del todo y dejó a la vista una escalera descendente. El olor era más fuerte allí. Una humedad mohosa.

Chaz probó el interruptor de la luz, pero el edificio no tenía corriente. Davis sacó una linterna pequeña y la enfocó escalera abajo.

—Qué práctico —dijo Chaz, probando con su móvil, que no daba tanta luz.

—Antes siempre llevaba linterna —dijo Davis mientras empezaba a bajar los peldaños—. En la vida real, cuando era inspector. No sabes la de veces que le sacaba provecho.

Al final de la escalera había otra puerta que Chaz abrió de otra buena patada. Una oleada de humedad los inundó mientras entraban en el sótano, que tenía las paredes cubiertas de espejos rotos. En una esquina yacían viejas pesas de gimnasio abandonadas.

—¿Lo ves? —dijo Chaz, y levantó el móvil para iluminarlas—. Este sitio era bastante pijo, en sus buenos tiempos.

Davis abrió la marcha por el gimnasio del sótano, enfocando la linterna hacia la derecha y luego hacia la izquierda, cada vez más nervioso. Pero allí abajo no parecía haber nada. A lo mejor les tocaba esperar a que hicieran la llamada telefónica y aparecieran los coches patrulla para enterarse de lo que pasaba.

Su compañero no se alejó de él, moviendo la tenue luz de su teléfono. Tal vez la llamada sería porque el techo de algún piso se había derrumbado o algo así. Les estaría bien empleado, ¿verdad? Dos inspectores venidos a menos, muertos en un mundo falso porque no les dio la gana sentarse en algún sitio a tomarse un descanso.

Chaz le dio un codazo y señaló. Davis giró la linterna hacia allí y reparó en que había una puerta. Más allá, la luz se reflejaba en un suelo embaldosado. Y al otro lado de ese suelo…

—¿Agua? —dijo, y avanzó a zancadas. De pronto, el olor a humedad tenía sentido—. ¿Una piscina? ¿Cómo es que aún está llena en un sitio como este?

—Y yo qué sé —respondió Chaz, y cruzó la puerta con él.

Sí que era una piscina cubierta, de tamaño medio, teniendo en cuenta que estaba en el sótano de un edificio de viviendas. Davis se apoyó una mano en la cadera e iluminó aquí y allá con la linterna. La piscina estaba solo llena hasta la mitad. No había…

La luz pasó por un rostro bajo el agua.

Davis se quedó petrificado y mantuvo el haz apuntado a unos ojos muertos, vidriosos. Chaz soltó una palabrota y echó mano de su pistola, pero Davis se quedó allí plantado sin dejar de mirar. Era una mujer joven, quizá solo una adolescente. A su lado había otro cadáver, asentado al fondo de la piscina, bocabajo.

Tembloroso, Davis enfocó la linterna más despacio por todo el fondo de la piscina. Otro. Y otro.

Cadáveres. Ocho cadáveres.

Tres

–¿Qué leches pasa aquí, tío? —exclamó Chaz—. ¿Qué leches pasa?

Davis estaba sentado en los escalones del edificio de enfrente del que tenía los cadáveres en el sótano.

—O sea…, ¿qué leches?

Chaz no dejaba de caminar de un lado a otro con la pistola en la mano. Davis no se lo reprochaba. Tenía también su pistola aferrada por delante, como si fuese a aparecer algún asesino desde debajo del edificio blandiendo un machete oxidado.

—¿Cómo pudieron silenciar este asunto? —preguntó Chaz—. En ese edificio hay ocho cuerpos. ¡Ocho! Cómo es que no abrió todos los informativos de la ciudad, ¿eh? ¿Cómo es que no pusieron a todo el departamento a trabajar en esto? ¡Mierda!

Dio media vuelta y anduvo en la otra dirección.

«Me lo tengo bien merecido —pensó Davis, encorvado sobre los escalones—. Tendría que haber dejado estar las cosas». Lo único que había pretendido era mantener a Chaz en la instantánea hasta las 20.17. Y ahora… aquello.

—Vale, Chaz —murmuró Chaz para sus adentros, dando otra media vuelta—. Vale, vale, vale. No son cadáveres de verdad, ¿estamos? Solo duplis. Duplis muertos. Eso es lo que has visto. —Miró a Davis—. Davis, ¿estás bien, colega?

A Davis le temblaba la mano con la que sostenía la pistola.

—¿Davis? —dijo Chaz—. ¿Qué vamos a hacer ahora, tío? Tú eres un poli de verdad. ¿Qué hacemos?

—No soy un poli de verdad —susurró Davis.

—Vale, ya no. Pero lo fuiste durante… ¿diez años?

—Estuve en el cuerpo diez años —dijo Davis—. Pero nunca fui un poli de verdad.

Chaz, en cambio, fue agente durante menos de un año antes de que lo asignaran a trabajar en las instantáneas para sustituir al antiguo compañero de Davis, que por fin se había jubilado.

—Bueno, ¿y qué hacemos?

—Hay dos opciones, supongo —dijo Davis mientras enfundaba el arma. Respiró hondo—. Podemos irnos, suponer que los inspectores del mundo real están trabajando en esto y fingir que no hemos visto nada. Borramos el rastro en los teléfonos, decimos que estuvimos en la cafetería unas horas más y nos olvidamos de todo esto.

—Vale, sí —asintió Chaz—. Sí. Tampoco tenemos por qué involucrarnos, ¿verdad? Y está claro que no quieren que sepamos nada de este asunto. Así que, si nos largamos, nadie tiene por qué enterarse. —Miró la pistola que tenía en la mano—. ¿Cuál es la otra opción?

—Bueno, tenemos que quedarnos aquí hasta ese altercado doméstico por la noche. Podemos hurgar un poco en estos asesinatos, quizá averiguar alguna cosa que ayude con la investigación en el mundo real. Y, si no…, bueno, a lo mejor nos enteramos de por qué narices el departamento nos lo ocultó. Esos cadáveres parecían bastante recientes. No estaban muy inflados, ni tampoco se les caía la carne. ¿Ocho cuerpos ahogados en un edificio viejo, y no les dicen ni mu a los dos tíos que podrían volver atrás en el tiempo y descubrir quién lo hizo? ¿Por qué leches no nos involucraron?

—Pues sí. —Chaz lo miró—. Sí, mierda. ¿Qué pasa aquí?

La gente se hacía poli por una gran variedad de razones. Algunas personas porque era lo que se esperaba de ellas: porque era tradición familiar o porque se consideraba un buen empleo para alguien de clase obrera. A otros les gustaba el poder. Chaz era de esos.

Pero, muy al fondo, había algo en toda esa gente. Algo relacionado con querer arreglar el mundo. Aunque te enrolaras por presiones familiares o porque te reclutaran en el momento adecuado, siempre había una historia que te contabas a ti mismo. Que estabas haciendo algo bueno, algo correcto.

Había días en los que esa historia resultaba difícil de creer. Otros días llegaba, te soltaba un bofetón y te decía: «¿Vas a hacer algo respecto a esto o qué?».

«Es una buena forma de irme —pensó Davis—. Volver a hacer algo que parezca real».

—Quieres investigarlo, ¿verdad? —preguntó Chaz.

—Sí —dijo Davis levantándose—. ¿Te apuntas?

—Claro, ¿por qué no, carajo? —Chaz se estremeció y por fin guardó la pistola—. ¿Qué hacemos?

—Esperar —dijo Davis mirando su teléfono.

Al poco rato un autotaxi aparcó y de él salieron un hombre y una mujer. Blancos, vestidos con ropa ejecutiva. «Agentes inmobiliarios —supuso Davis—. O, a lo mejor, empleados del banco propietario del edificio». La mujer buscó unas llaves en su bolso mientras el hombre señalaba las ventanas rotas y decía algo que Davis no alcanzó a oír.

Parecían preocupados por la puerta forzada. Con un poco de suerte, haberla abierto no introduciría demasiada desviación. Entraron sin dejar de charlar entre ellos.

A los pocos minutos salieron a toda prisa, visiblemente alterados. El hombre se sentó en los peldaños hiperventilando y hundió la cara en las manos. Vomitó poco después. La mujer se puso a chillar por teléfono histérica.

Los coches patrulla tardaron unos diez minutos en aparecer. Eran dos, seguidos al poco tiempo por un tercero, que llegó con un minuto de adelanto respecto a los registros de Davis, sin la sirena encendida. Davis no reconoció a ningún policía, pero, como llevaba años destinado a las instantáneas, tampoco se extrañó. Conocía a gente en el cuartel general, pero no a muchos agentes de calle.

Varios uniformados intentaron tranquilizar a los agentes inmobiliarios mientras los demás confirmaban que el edificio fuera seguro. ¿Por qué no aparecía nada de aquello en los registros de comisaría? Lo habían silenciado por completo. Según los participantes del foro, los coches patrulla habrían desaparecido al cabo de media hora.

—Qué raro es esto —comentó Chaz—. ¿Se puede saber qué está pasando?

—Ni idea —dijo Davis en voz baja—. Pero creo que sé cómo averiguarlo.

Chaz lo miró un momento y luego sonrió. Parecía empezar a asimilar lo que habían visto.

—¿Cuartel general?

Davis asintió.

No estaba pensando en el verdadero cuartel general, por supuesto. Irían al falso, al de dentro de la instantánea.

—Vamos —dijo Chaz ansioso—. Hacía meses que no teníamos una excusa para hacer esto.

Cuatro

Davis y Chaz irrumpieron por la puerta principal de la comisaría del distrito 42, que albergaba el servicio de instantáneas, entre otras jurisdicciones especiales de la ciudad. Davis intentó proyectar la misma confianza que Chaz, pero era difícil. En el mundo real, cuando visitaba aquel edificio, se sentía insignificante. Fuera de lugar. Quizá incluso despreciado.

Se detuvo nada más cruzar la puerta. El olor a café, el ajetreo de agentes, todo el mundo haciendo lo que debía… y todos parecían conocer las vergüenzas de Davis. Parecían estar al tanto de que les había fallado y lo habían desterrado por ello.

Menos mal que tenía a Chaz. La palabra «inseguridad» no formaba parte del vocabulario de ese hombre. Chaz levantó su placa bien alta y gritó:

—¿Sabéis qué, amigos? ¡Ninguno de vosotros es real!

Avanzó con paso chulesco, apuntando con la placa en todas las direcciones mientras sonreía como si acabara de tocarle la lotería. La mayoría de quienes la vieron se detuvo, poniendo esa mirada vidriosa. Gina Gutiérrez soltó su taza de café, que salpicó por todas partes al estrellarse contra el suelo. Marco se quedó boquiabierto y se puso a palparse el cuerpo, como intentando demostrarse a sí mismo que era real.

Davis siguió a su compañero, al principio compadeciéndose de los agentes que veían la placa. Luego su empatía acabó consumida por los recuerdos de la última vez que había llegado a esa misma sala en el mundo real. Gina lo había mirado como si fuese una rata colándose en pleno banquete de bodas. Marco le había retirado la palabra.

La gente se apelotonaba alrededor de las mesas, se asomaba desde detrás de sus cubículos, todos queriendo ver la placa con sus propios ojos. Chaz no tenía motivo alguno para enseñarla como estaba haciéndolo, levantada sobre la cabeza para que todos la viesen. Podrían haber hecho una incursión quirúrgica, ir directos al cubículo de María, enseñarle la placa solo a ella y obtener la información sin montar ese jaleo. Era lo que se suponía que debían hacer. Menos desviaciones así.

Pero Davis no regañó a su compañero. A lo mejor esas desviaciones impedirían que pasara lo de la calle Varsovia a las 20.17, y evitarlo era lo que una parte de él anhelaba con toda su alma.

El cubículo de María estaba en la mitad trasera de la enorme estancia abierta. Chaz y Davis se detuvieron a la entrada del cubículo y miraron dentro mientras empezaban a oírse bisbiseos, incluso lágrimas, a su alrededor.

María era una mujer recatada de cincuenta y pocos años, con gafas y el pelo teñido de negro. Los miró por encima de los cristales, que denotaban su tozudez, ya que siempre se había negado a operarse para librarse de ellos, y clavó los ojos en la placa que Chaz llevaba en la mano.

—¿Cómo habéis podido falsificarla? —preguntó mientras se volvía de nuevo hacia la pared de su cubículo, que tenía varias pantallas virtuales flotando encima.

—No es ninguna falsificación, María —dijo Davis, y ocupó la silla libre del cubículo. Chaz se quedó de pie sobre ellos como la luz de un faro, placa en mano—. Me temo que eres una dupli. Estamos en una instantánea.

La mujer gruñó, pero, por lo demás, no parecía molesta. Sabía, pese a lo que acababa de decir, que la placa no era falsa. Los duplis siempre lo sabían. Pero María acostumbraba a reaccionar con aquella calma, que era una de las razones por las que acudían a ella en busca de información. Había personas que eran fiables incluso después de averiguar que nada de lo que hicieran tenía la menor importancia.

—Habéis recibido una llamada —dijo Davis, haciendo caso omiso de Holly Martínez, que entró, giró a Chaz para ver bien la placa y luego retrocedió trastabillando y tapándose la boca con una mano—. Hará como una hora, desde un edificio residencial en la Cuarta. Por lo que sea, no consta en la base de datos cuando busco en los registros de llamadas a comisaría.

—Significa que no estás autorizado para ver ese caso —respondió María con brusquedad—. Ya sabes que la base de datos es dinámica, gestionada según el nivel de acreditación.

—Se supone que tengo acceso pleno.

—Y así es. Lo que pasa es que hay niveles por encima del «acceso pleno».

—Bueno, por suerte, aquí dentro también tengo todos esos niveles.

Davis levantó la mano y dio un golpecito en la placa que sostenía Chaz. María la miró, absorta por un momento. ¿Qué sería lo que veían?

—Voy a tener que consultarlo con el jefe —dijo ella, obligándose a apartar la mirada de la placa.

—¿Consultar qué? —preguntó Davis—. Aquí dentro, tengo autoridad suprema. ¿Qué ha pasado en ese edificio de la Cuarta?

—Deja que llame al jefe.

—No hace falta —intervino Chaz.

Señaló al jefe Roberts, que venía como un elefante en una cacharrería por el pasillo entre los cubículos. Llevaba traje, así que debía de tener reuniones con políticos ese día. Nunca terminaban de quedarle bien los trajes, por muy a medida que se los hicieran. Siempre parecían demasiado ceñidos.

Se plantó delante de Chaz y le quitó la placa de entre los dedos. El jefe la observó un momento, volvió a ponerla en la mano de Chaz y se marchó a toda prisa sin mediar palabra.

—¿Jefe? —lo llamó María levantándose.

—Tres, dos, uno… —dijo Chaz.

Davis se reclinó. Odiaba aquella parte. Oyó el portazo que daba el jefe en la puerta de su despacho, al fondo de la sala.

El disparo llegó un segundo después. María dio un respingo y tuvo que apoyarse hacia atrás en la mesa, con los ojos como platos.

—Parece que te has quedado sola —comentó Chaz—. No te cortes si quieres ir a comprobar que está muerto de verdad. Lo haces más o menos la mitad de las veces.

María lo miró moviendo la boca en silencio. Después se hundió en su asiento.

—¿Cuántas veces? —susurró—. ¿Con qué frecuencia hacéis esto?

—Cada seis meses o así —dijo Davis—. Es más fácil que intentar sacaros información en la vida real.

—Hum… —María respiró hondo—. ¿Qué es lo que queréis saber?

—Esa llamada de hace una hora —le recordó Davis en tono suave—. La de la Cuarta Avenida. Creo que eran unos agentes inmobiliarios.

María abrió otra pantalla, que cobró existencia flotando sobre su escritorio. Tecleó sobre la mesa en un teclado invisible.

—Huy —dijo—. Huy…

—¿Qué pasa? —preguntó Chaz.

Se inclinó al lado de Davis y los dos leyeron la pantalla. Estaba llegando información directa de los policías que investigaban el viejo edificio residencial. Ocho cadáveres. Todos con el ahogamiento como supuesta causa de la muerte.

«Encaja con el patrón previo», decía una nota.

—¿Patrón previo? —preguntó Davis.

Estiró la mano y tocó el escritorio para abrir más información. El aire se llenó de imágenes de cadáveres con los labios azules. Tres personas halladas muertas por asfixia, aparecidas en las costas de la ciudad, dentro de bolsas. Las habían preservado después de muertas empleando productos químicos.

El segundo descubrimiento había sido de cinco cuerpos, en esa ocasión flotando a cierta distancia de la costa. Estaban metidos en bolsas de plástico, igual que los primeros, aunque esas muertes no habían sido por asfixia, sino por envenenamiento.

—Ay, la leche —susurró Chaz.

—¿Qué relación hay entre esos dos grupos de cadáveres y el que acaban de encontrar? —preguntó Davis, frunciendo el ceño mientras arrastraba algunas holofotos por el aire sobre el escritorio.

—Parece que el líquido de embalsamar —dijo María leyendo—. Descubierto por los inspectores en el escenario y considerado importante.

—Lo cual significa que haber encontrado hoy a esos ocho ha sido un golpe de suerte —susurró Davis con los ojos entornados—. A los otros los tiraron al mar, pero estos han aparecido mientras el asesino todavía estaba preparándolos. Sumergidos en agua antes de deshacerse de ellos. Por lo tanto, esta es una oportunidad para resolver el caso.

Una lectura en diagonal de los archivos le reveló que los inspectores habían estado perdidísimos hasta ese momento. Se enfrentaban a un asesino meticuloso que escogía víctimas fáciles de pasar por alto: personas sin hogar, prostitutas. A veces era sorprendente lo fácil que resultaba hacer desaparecer a según que gente sin que nadie lo notara, o, al menos, nadie capaz de atraer la atención de policías y políticos sobre el asunto.

«Es listo —pensó Davis, y sintió un escalofrío mientras leía las notas de los casos—. Es muy listo. De hecho…».

Había algo en todo aquello que le impactaba, algo que, muy en el fondo, le daba asco.

—El caso es de Gina —dijo María—. O ella está al mando, al menos. Tenemos a muchísima gente investigándolo. Yo también estaba siguiéndolo, por motivos obvios.

—¿Obvios? —preguntó Chaz mientras estiraba la mano por delante de Davis para apropiarse unos M&M’s que María tenía en la mesa.

María frunció el ceño y amplió una ventana para que mostrara un informe escrito por Gutiérrez, en el que apodaba al asesino «el Fotógrafo».

—¿Cómo? —preguntó Chaz—. ¿Por qué lo llama así? ¿Tiene algo que ver con las instantáneas?

—Mata a la gente de una forma muy concreta —susurró Davis—, para impedir que los agentes que trabajamos en las instantáneas seamos capaces de localizarlo.

María asintió adusta.

—El Fotógrafo, o la Fotógrafa, preserva los cuerpos después de matarlos, con lo que evita darles a los forenses una pista de cuándo murieron. Luego los tira al océano para que vayan a la deriva y terminen llegando a la costa. Está claro que le da igual si los encontramos, y hasta puede que sea lo que quiere, pero el hecho es que nos impide utilizar una instantánea para avanzar en el caso. Sabe que necesitamos poder señalar un día o un lugar específicos para pedir la orden judicial.

Se puso a leer el informe del edificio, que aún estaban actualizando los policías desplegados en el escenario.

«Los cuerpos muestran evidencias de lo que ya suponíamos —escribió uno—. El asesino los tenía sumergidos en la piscina para dificultar que estimemos cuándo los tira al mar».

Davis asintió.

—¿Y por qué ocultar esto? ¿Por qué silenciar tan por completo la llamada de hoy?

—La mejor manera de atrapar a alguien es que no sepa que estás persiguiéndolo. —María hizo una mueca—. Esto ya no tardará mucho en estallar. Pero nos conviene retrasar todo lo posible su aparición en las noticias, ¿no te parece?

«Hay algo más aparte de eso», pensó Davis mientras repasaba una ventana, leyendo notas e informes. «Es peligroso —decía uno—. Si la gente pierde la fe en las instantáneas, podrían empezar a rechazar la herramienta en los juicios».

—Aun así, tendríais que habérnoslo dicho —insistió Davis.

—¿Para qué? —replicó María—. ¿Qué sentido habría tenido?

—Para que, cuando estemos en las instantáneas de según qué días —farfulló Chaz, con la boca llena de M&M’s—, podamos husmear. Obtener más información.

—¿Dónde? —respondió María—. ¿Cuándo? ¿No habéis oído que el asesino opera con el objetivo específico de volveros irrelevantes a vosotros dos?

Davis lanzó una mirada a su compañero. María estaba demasiado a la defensiva. Se ponía así a menudo, igual que los demás. Se suponía que Chaz y él no debían meterse en los asun

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