Últimas sombras
Cuando estoy en Venecia fotografío a ancianos de espaldas. Me refiero a parejas de ancianos.
Son gente que no he visto en ninguna otra parte. En ningún otro lugar del mundo he visto esa clase de yuntas lentas, silenciosas y arrebujadas. Sus pasos se combinan con el chapoteo, con el ruido de las embarcaciones que se chocan. Puedo afirmar con certeza que siempre han vivido ahí. Avanzan solos por callejas vacías, cabizbajos, pegados el uno al otro, visitantes asiduos de los muros, los peldaños, saben dónde torcer y desaparecer en una sombra. A veces es el hombre quien se ha colgado del brazo de la mujer, otras veces es al revés. La mayoría de mis fotos están tomadas a la caída de la tarde o en plena noche. A esas horas es cuando los veo enfundados en pieles inmemoriales, visones extra anchos de hombros y de todo o, en el caso de los hombres, abrigos tipo loden con trabilla, de anchura no menos espectacular y pasados de moda. Ellos lucen sombreros de fieltro; las mujeres, bonetes redondeados de ganchillo que les cubren las orejas y les confieren cabezas desmesuradas.
Cuando desaparezcan, sus atavíos majestuosos se arrojarán a una barca, se colgarán de las perchas de un mercadillo o se destruirán. Yo al menos habré visto pasar las últimas sombras de este laberinto de agua.
La otra cara de la vida
Édith Scaravetti mató en plena noche a su marido, Laurent Baca, de un tiro en la sien con una carabina 22 Long Rifle.
Durante un buen rato no logro distinguir su cara, a pesar de que la sala es pequeña y mi banco no queda lejos. Con el pelo negro recogido, el cuerpo engurruñido, como helado, Édith mira fijamente un punto situado poco más allá de sus zapatos.
Ella era auxiliar de enfermería, él trapicheaba, instalaba electrodomésticos en negro. Vivían en una casita que había sido del abuelo de Édith.
Una mañana, ella hace creer a los niños que Laurent duerme en el sofá del salón. Los lleva al colegio y a continuación esconde el cadáver bajo el emparrado de la terraza. Al cabo de unos días lo arrastra, sabe Dios cómo, al fondo del jardín, cava un hoyo y lo entierra.
Tarda casi una semana en denunciar su desaparición.
Cuenta que Laurent se marchó sin teléfono a Italia para hacer una entrega relámpago.
Los chiquillos juegan en el jardín durante quince días. Bueno, hasta que aparecen las moscas. Porque en un momento dado la tumba se convierte en una pestilencia llena de moscardones monstruosos.
Édith lo desentierra para subirlo a la buhardilla.
Para ello hay que pasar por una trampilla que se encuentra en el techo del dormitorio del más pequeño.
Édith mete a rastras en el cuarto del niño el cuerpo putrefacto de su padre con las moscas y los gusanos dentro de una bolsa de basura.
Baja de nuevo al garaje, pone en marcha la hormigonera, sube de nuevo con el cemento. Como se queda corta, baja de nuevo, sube de nuevo, arma el encofrado, una vez seco el cemento pone el revestimiento. En el banquillo se la ve tan menuda y enclenque que cuesta imaginar todos estos actos.
Ante la familia del desaparecido, ante los tres niños, Édith sostiene que Laurent se fue por un negocio.
Cuando su suegra le pregunta qué regalo quiere por Navidad, ella contesta: «Que vuelva Laurent».
Miente durante tres meses hasta que se viene abajo durante un registro en su domicilio.
Es un juicio curioso.
Poca gente, un jurado mayoritariamente femenino, una acusada inmóvil y durante mucho tiempo sin voz. La psicóloga declara en bermudas y zapatos de charol. El perito en balística se presenta con un cráneo metido en una bolsa de plástico del supermercado Proxi.
La cara del muerto ondea en el reflejo de unas aguas revueltas.
Para unos: alcohol de la mañana a la noche, porros —cuando no coca—, carácter obsesivo, violencia. Para otros, su madre: «Puro amor». Un testigo más independiente: «Era un buen tío que andaba preocupado. Y ahora descubrimos a un hombre que empuñaba una carabina a todas horas».
Sus hijos lo querían. Su mujer se marchitaba.
La vida de una pareja es impenetrable. Se trata de una formación social que se afana en callar o deformar su realidad.
Con doce años, Édith sufrió una violación en un camping. Antes de contárselo a Laurent, nadie supo nada. A la edad en que las chicas salen a pasarlo bien, ella cuidaba de un abuelo enfermo de Alzheimer para que su madre pudiera rehacer su vida. Su padre, transportista, vivía en la carretera. Introvertido, poco hablador también. «En el camión ya se sabe, aparte de cantar y escuchar las noticias, uno está solo».
Édith se acostumbra a esta vida sin brillo y desértica.
«Está resignada», afirma la psicóloga en pantalón corto. Laurent Baca la saca del aislamiento. Se quieren. Él también es frágil. Son felices: durante un tiempo. Antes de que la infelicidad y toda clase de heridas salgan a la superficie. Antes de que ella cargue sin ayuda con todo el peso de una vida cada vez más gravosa: la casa, la compra, los niños, el marido tiránico, el alcohol, las malas compañías.
Se hizo amiga de la hermana de Laurent. Podría haber hablado con ella.
Pero, cuando te construyes en la certeza de que nadie puede ayudarte, no te confías a nadie. Además: «Es difícil contarle a otro algo que no quieres confesarte a ti misma».
Un día, Édith conoce a un hombre, es bombero, otra criatura aislada. Se embarcan en una especie de coqueteo. Se ven por ahí, a escondidas, en distintos lugares, conversan. Nada realmente íntimo. Ante el tribunal que pregunta qué representaba para ella, el hombre responde con un marcado acento de Toulouse:
—Yo era su válvula de escape.
—¿La expresión es suya o ella lo formulaba de otro modo?
—Pues… es cierto que yo era su válvula de escape.
—¿Y de qué hablaban?
—De todo un poco.
—¿Por ejemplo?
—Eh… Hablábamos de todo un poco.
—De todo un poco.
—Sí, eso es… De todo un poco.
En los tribunales se declara a menudo que las conversaciones versaban «de todo un poco». Se ven en sitios que no están en ninguna parte, se dicen cosas cuya sustancia se desvanece al instante. Ni reproches ni penas. Es la otra cara de la vida. Hacerse compañía, pasar el rato. Algo liviano. De todo un poco significa ni más ni menos que estar presente, ni siquiera por las palabras.
Toulouse - marzo de 2018 - Tribunal Penal de Haute-Garonne
Paseo por las orillas frías del Spree
Una tarde del invierno de 2021 paseábamos él y yo en paralelo al Spree, en Berlín.
Era la víspera de un estreno de Arte en el Berliner Ensemble y habíamos ido a ver el cartel. Yo iba agarrada de su brazo, como de costumbre. Él se detenía para hablar, avanzaba despacio y cojeaba de cuando en cuando. Hacía frío. Dije:
—¿Podemos apretar un poco el paso, Rainer?
—Difícil, con mi rodilla. Además, ya no soy tan joven como antes.
—¡Por favor!
—Tengo ochenta y un años, ¿sabe usted, Yasmina?
El paseo ya no fue el mismo. ¿Qué clase de broma de mal gusto era que Rainer, al que recordaba haber conocido no mucho mayor que yo, con su cigarro y su bolsito de cuero en bandolera, de pronto tuviera ochenta y un años, cifra absurda, alarmante? Es lo que sucede entre las personas que viven lejos. Van acumulando años furtivamente y, cuando se encuentran, una o dos veces al año, se acicalan, sacan sus mejores galas de vigor. No lo ves venir. Y uno hace tres cuartos de lo mismo. De modo que no te esperas el golpe que recibes en medio del viento glacial a orillas del Spree. Me sorprendió sentir la fragilidad de su brazo por encima del mío. La claudicación que de pronto se llamaba vejez. Esa cifra que de pronto significaba la ausencia de porvenir. La vejez había surgido para los dos. Pues a cada instante de uno corresponde un instante del otro, todos avanzamos en el tiempo como la moneda de Borges tirada desde la cubierta al océano.
Rainer Witzenbacher fue mi primer agente extranjero y, de todos los que he tenido, el único que mantengo hasta el día de hoy. Toda una vida de trabajo y amistad. Una vida de andanzas por ciudades germánicas, de ansiedad codo con codo en salas oscuras, de confrontaciones (es testarudo) y de grandes alegrías.
Las personas que se ven de higos a brevas hacen lo posible por no defraudar. En Un dios salvaje, una mujer habla de un hombre que le había gustado hasta que, por desdicha, lo vio luciendo un bolso en bandolera. El accesorio marcaba el fin abrupto de la atracción. Cuando llegué a Zúrich para ver el (formidable) estreno de la obra dirigida por Jürgen Gosch, Rainer me dijo mientras andábamos por los pasillos del aeropuerto:
—¿No hay nada que le llame la atención?
—¿Ha adelgazado?
—No.
—¿El bigote? ¿Algún cambio?
—En absoluto.
—… Lo veo bien. Pero no sé a qué se refiere.
—¿No se ha dado cuenta de que ya no llevo el bolso?… Lo he abandonado por usted. Aunque lo paso mal. Ahora no sé dónde meter la funda de las gafas, la cartera, los pañuelos. ¿Dónde guardo las llaves?
Ochenta y un años quiere decir que algún día no muy lejano, de un modo o de otro, nuestra pareja dejará de existir, al igual que todo se convierte por supuesto en polvo gris y sin importancia. Ese rincón de Berlín junto al río Spree, cerca del teatro Berliner, al que he regresado desde entonces, incluso con él, incluso en primavera, viendo a gente bailar tangos, está unido a este paseo nocturno en el que el Tiempo me recordó su existencia de un modo aterrador.
«Desesperación»
El 3 de agosto de 2021, en un tren de la línea 13 del metro, dirección Châtillon, Dalila perpetró una pequeña masacre.
Apuñaló en el tórax a un joven repartidor negro mientras lo cubría de insultos racistas, le abrió una raja en la mano a un cocinero blanco que se interpuso y le hizo otro corte en la rodilla a una mujer de setenta y seis años que tuvo la desgracia de encontrarse allí.
La persona que entra y se sienta en el banquillo con vivacidad infantil es un retaco hosco y bigotudo. Labios fruncidos, tez sumamente morena, pelo negro rizado, jersey de cuello vuelto negro.
La presidenta del tribunal:
—¿Le parece normal ir por ahí con una navaja automática?
—La tengo desde que me robaron el ciclomotor y no me pude defender.
La voz que sale del cuerpo fornido es curiosamente dulce y clara.
En el momento en que comparece ante el tribunal, Dalila lleva dieciocho meses en la cárcel de Fresnes.
—¿Va todo bien en prisión?
—Sí, va todo bien.
Al otro lado, frente a ella, ocupando los asientos laterales, los señores Dansoko y Esposito, los dos heridos que denunciaron.
Dalila Ezzitouni avanzaba por un pasillo del metro escuchando música por los auriculares y cantando. Al adelantarla, mientras hablaba con su primo por teléfono, Kouré Dansoko se dio la vuelta.
A Dalila no le sentó nada bien esa mirada.
«Yo estaba cantando una canción, a lo mejor un poco más alto de la cuenta. Me miró un poco raro desde mi punto de vista. Me pareció que se estaba burlando de mí… Soy una persona muy susceptible. Una mirada insistente con una ceja levantada me transmite la impresión de que se ríen de mí».
Kouré Dansoko niega haberla mirado raro, y las imágenes de las cámaras de seguridad lo corroboran.
Ambos suben al mismo vagón. La grabación pone de manifiesto que es ella quien lo sigue a él, ella la que se le pega como una lapa, la que lo busca.
—Llevaba la nariz por fuera de la mascarilla. Le dije que se la colocara bien. Me contestó que así se iba a quedar. Se me cruzaron los cables.
—En su declaración, Laurent Esposito afirma que estaba usted «furiosa» y que realmente su intención era apuñalar al señor Dansoko.
—Se abalanzó sobre la navaja y luego sí, es verdad, se armó un poco de jaleo.
—Le dijo usted: «¡Ponte la mascarilla, negro de mierda, que nos vas a contagiar a todos!».
—Estaba cabreada. Por culpa de la crisis del coronavirus me había quedado sin trabajo y sin casa.
—Le dijo usted: «¡Negro de mierda, hijo de puta, cabréate, así te mato!». El señor Dansoko mantuvo la calma; de hecho, el señor Esposito afirma que le asombró la inusitada amabilidad del señor Dansoko, que en ningún momento la insultó.
La presidenta subraya el valor de Laurent Esposito al intervenir. Él mismo declarará ante el tribunal que en un primer momento no vio la navaja. Cuando se abalanzó sobre ella para reducirla, Dalila estaba golpeando a Kouré Dansoko al grito de: «¡Te mato, te mato, mono de mierda!».
—¿Es usted racista?
—No, no creo. No… Si hubiese sido blanco, habría dicho blanco de mierda.
—¿Seguro? Durante la primera audiencia confesó «ser un poquitín racista» y parecía achacarlo a la pérdida de sus empleos.
—Todos los trabajos que he tenido, en BHV, en Carrefour… siempre con inmigrantes… y siempre me han echado.
—¿Por culpa de los inmigrantes?
—Siempre he tenido problemas con ellos, complicaciones…
—Habla usted de inmigrantes, pero podrían ser franceses…
—Sí.
—Su madre es marroquí y su padre argelino, usted nació en Francia. ¿Acaso usted misma o sus padres no podrían haber sido víctimas de una agresión similar?
—Sí. Estoy un poco en el mismo saco.
—Háblenos de su situación profesional en el momento de los hechos.
—Me había salido trabajo en un restaurante del distrito catorce, pude coger una habitación de hotel en Porte de Clichy, gané algo de dinero, pero no duró mucho.
—¿Por qué?
—El dueño del restaurante no me renovó después del periodo de prueba. Tenía que empezar de cero otra vez.
—Tiene usted veintiocho años. ¿Siempre ha trabajado?
—Sí… Camarera de piso en Holiday Inn, personal de equipo en McDonald’s, asesora de ventas en Zara, empleada en Carrefour Market, camarera en un restaurante… También he trabajado en los almacenes BHV…
—Y de su infancia, ¿qué nos puede contar?
—Mucha violencia con mi madre. Me pegaban. Hacía muchas tonterías. Mi madre era alcohólica. Ahora trabaja en un almacén.
—¿Su padre?
—Ausente.
—¿Está su madre en la sala?
Dalila hace un repaso entre los presentes y dice que no.
—No fue fácil cuando le dije a mi madre que me gustaban las chicas. En el colegio se reían mucho de mí. Estaba gorda. Estaba… En un principio yo no era una mala persona.
—¿Y el racismo?
—La ira va por delante.
—Tiene en sus antecedentes penales cuatro condenas por actos de violencia. En un centro de acogida rompió la bicicleta de la jefa.
—Tengo mucha ira y mucha violencia dentro.
—¿Bebía usted?
—Fumaba mucho hachís. Consumía un poco de cocaína. Cuando la cocaína, estaba totalmente perdida, empeoró mi desesperación. En la cárcel ya no tomo nada. Solo fumo tabaco.
—¿Está en tratamiento?
—Sí. Estoy atendida. Un antidepresivo y calmantes.
De pronto se forma revuelo en la pequeña sala de audiencias. Se alza una voz desde el fondo:
—Soy la madre. Soy yo su madre.
Ha llegado de improviso. Tiene buen porte, ojos azules. Alta, guapa a pesar de las facciones hi
