Introducción
Cuando han pasado ya más de ocho décadas de mi vida y treinta años desde que dejé el gobierno, cuando estoy alejado de la política activa, escribo este nuevo volumen de La historia vivida. El primero fue subtitulado El Herrerismo: 1980-1995. Este se centra en el gobierno que desde 1990 a 1995 fue mi responsabilidad.
Mi relato parte de una inevitable y natural subjetividad. Pese a ello, con la distancia y la maduración que favorece el paso del tiempo, he tratado de incluir una mención a mis errores, a las opciones equivocadas, a las decisiones que acarrearon consecuencias negativas para la gestión y para mi propia vida política. No ha sido fácil, pero creo que este trabajo testimonia una vez más con qué sentimientos y convicciones encaramos junto a nuestro equipo la tarea, durante el tiempo que nos tocó estar en el poder.
Desde el punto de vista de los valores, reconocemos como fundamento filosófico de nuestro actuar el concepto de «bien común», de antigua y honda raíz cristiana. Este es concebido como el fin último para el cual existe la organización estatal y, a su vez, es acompañado por la visión humanista de la sociedad, en una perspectiva antropocéntrica del mundo que toma al hombre como medida de todas las cosas, como origen y fin de la acción de un Estado constituido como mero instrumento y cuya presencia en el actuar social es de carácter subsidiario.
Algunos aspectos de la gestión de gobierno merecen especial consideración.
Primeramente, recordar que —a nivel personal— todo lo que hice o traté de hacer estaba contenido en nuestro breve y conciso programa de gobierno «La respuesta nacional». Justamente lo calificamos de «respuesta» en el entendido de que lo que abundaba eran interrogantes, lo que faltaba eran argumentos, ideas o proyectos para contestarlas y encarar su solución. Volver a leer ese documento, después de los cinco años de administración, me produjo una doble satisfacción: constatar que mucho fue hecho y reafirmar el valor de mi compromiso con el país, el valor de mi palabra.
Muchos son los que piensan que los programas de gobierno no se leen, que cumplen solamente con un ritual preelectoral sin mayores consecuencias. No es así por mi parte. Desde una lejana candidatura a diputado en 1966, pasando por la del Senado en 1984, siempre me pareció que correspondía decirles a los eventuales votantes qué rumbo iba a dar a mis actos.1
En la ocasión de 1989, ese programa me dio la tranquilidad de poder afirmar que nadie habría de sorprenderse de mis iniciativas, por revolucionarias que fueran. Todo estaba escrito de antemano.2
Por tanto, cuando acordamos una mayoría parlamentaria con el Partido Colorado creíamos —equivocadamente— que esta nos iba a acompañar en las principales propuestas. Quizá fue a falta de mayor diálogo con los pactantes para tratar de convencerlos de que en temas como empresas públicas o seguridad social cabía a los partidos fundacionales una gran responsabilidad en su reforma. Devolver al Estado eficacia, haciéndolo socio y no obstáculo del progreso, sanear el sistema jubilatorio, entre otras, eran tareas trascendentes, a la medida de la gran tradición nacional.
No fue así…
Herrera, en su último discurso político, en febrero de 1959, prácticamente con un pie en la tumba, sintetizó admirablemente el drama de gobernar:
Seductor el ensueño, lo difícil y grave el envasarlo, ponerle carnadura, darle consagración, trasladar a la tela de los hechos lo que dicta, afiebrado, el pensamiento. De ahí la contienda, el batallar sin término entre lo que se quiere y lo que se puede, entre lo que nace y lo que muere.3
Lo que se quiere y lo que se puede marcan la inevitable tensión en la que vive quien ejerce cualquier forma de poder. Los límites jurídicos que obligan al gobernante dentro del Estado de derecho; la complejidad de los hechos; las dificultades para dar a comprender lo que se quiere hacer realidad; las pasiones encontradas; los altos y los bajos sentimientos. En definitiva, ni más ni menos que el desarrollo de la vida en sociedad, en toda sociedad.
Era una tarea patriótica, necesaria y que —a nuestro juicio— estaba a la mejor altura de nuestras tradiciones nacionales.
No fue posible. Lo que se quería no encontró el eco que lo hiciera real, que lo bajara del plano del ideal al de los hechos. No obstante, en ambos casos nuestra responsabilidad política quedó a buen resguardo porque el país entero fue testigo de nuestro empeño.
Lo que queríamos lo teníamos claro y era nada más ni nada menos que adaptar el país a un mundo que se transformaba vertiginosamente, adecuar la estructura estatal pero también las prácticas políticas para aumentar la prosperidad, mejorar el ejercicio de la solidaridad, que siempre distinguió a nuestro país.
La resultante de dichos esfuerzos ya pertenece al ámbito de la historia. Lo que sigue es el testimonio de quien ambicionó alcanzar la máxima jerarquía política no como propósito vanidoso y vacío, sino como oportunidad de hacer, de modificar, de reformar para mejorar, teniendo siempre como fin último lo que el jefe de los orientales, José Gervasio Artigas, describía como «la pública felicidad».
Llegamos al gobierno impulsados por esa singular fuerza política de nuestro país que es el Partido Nacional. Su gloriosa historia, su capacidad de sobrevivir en el llano, los altos ideales de libertad cívica que lo animaron, su clara concepción de la nacionalidad oriental, su constante preocupación por los más débiles, su concepción del Estado como un medio y no como un fin, nos obligaban y nos alentaban.
Siempre he amado y servido a la divisa de mis mayores, tan superiores a nosotros en el sacrifico y en el talento, pero de ellos también aprendí que por encima de nuestra blanca insignia flameaba la bandera nacional.
Somos patriotas, adjetivo que muchas veces cuesta mencionar en el ámbito nacional. Pues reiterémoslo: patriotas orientales, uruguayos, de estos pagos, de nuestra tierra y de nuestra gente.
A esos ideales quise servir con mis limitaciones, pero con sincera y recta conducta.
*
La organización de este volumen no sigue permanentemente la línea cronológica. Lo hace cuando es imprescindible para que queden claros determinados eventos, sucesos y actividades.
Otros capítulos se dividen en tópicos, analizando la totalidad de lo realizado o lo pretendido respecto de esas facetas del quehacer gubernativo. Ejemplos claros son, entre otros, la reforma del Estado, la política internacional, la obra social.4
1 Siendo candidato a diputado por Flores, en 1966 publiqué el folleto «Dele una mano a Flores», detallando mis ideas para el ejercicio de dicho cargo. No fui electo. De igual forma procedí cuando me presenté como candidato al Senado en 1984.
2 En el anexo II puede apreciarse el cumplimiento de lo comprometido.
3 «La culpa recae en la propia mano». LaRed21, 11/4/2011, recuperado de: <https://www.lr21.com.uy/politica/447474-la-culpa-recae-en-la-propia-mano>.
4 Sobre nuestro período de gobierno se puede consultar: Atilio Garrido. Lacalle, con alma y vida. Montevideo: Tradinco, 2001; Lincoln Maiztegui. Orientales. Una historia política de Uruguay (tomo 11): 1990-1998. La presidencia de Luis A. Lacalle. La segunda presidencia de Julio M. Sanguinetti. Parte I. Montevideo: Planeta, 2016; Pablo García Pintos. Faltan 60 meses: peripecias del gobierno blanco (1990-95). Montevideo: Cruz del Sur, 2006; Varios Autores. Luis Alberto Lacalle: un salto al siglo XXI, Colección Los Blancos, t. XII. Montevideo: Ediciones de la Plaza, 2022; Fanny Trylesinski y Francisco Faig. El modelo de modernización nacionalista. Montevideo: Ediciones de la Plaza, 2013.
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PREPARANDO
EL GOBIERNO
I
El Parque Hotel
El día lunes 4 de diciembre de 1989, a las ocho de la mañana, entramos al Parque Hotel —actualmente edificio sede del Mercosur—. Una semana atrás la ciudadanía nos había confiado la conducción política del país, su gobierno, y no queríamos perder tiempo. Faltaban solamente ochenta y seis días para asumir formalmente la presidencia de la República.
Siempre hemos tenido una clara conciencia del paso del tiempo, la certidumbre de que este se escurre entre los dedos en forma implacable rumbo al día último de la existencia, que, por desconocido, está terriblemente presente en cada vida. Nuestro distinguido colaborador en la tarea gubernativa, Pablo García Pintos, calificaba esa sensación nuestra, esa obsesión, como «cronofagia». Esa visión del paso del tiempo provoca la ansiedad de aprovechar cada momento, de no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy. Es difícil transmitir esa manera de vivir, pero, sinceramente, creemos que mucho de lo que se hizo se logró por el permanente acicate a los colaboradores y equipos.
Sesenta meses pronto se vuelven cincuenta y nueve, cincuenta y ocho, en una continua secuencia hasta agotar el período de gobierno. Una forma de vivir…
En todo caso, el hecho de que el mandato gubernativo en nuestro país estuviera limitado a cinco años —o sea, sesenta meses—, porque gozamos de la verdadera bendición que es la prohibición de la reelección inmediata, ponía ante nuestros ojos esa acotada porción de tiempo. Adelantando tarea queríamos llegar a ese primer día de marzo con labores realizadas en materia de leyes, decretos y, por supuesto, acuerdos políticos y sociales. A ello nos abocamos ese mismo lunes.
La distribución de espacios de oficina entre nuestros colaboradores se organizó en función de cada uno de los ministerios para, desde ese momento, ir ordenando las competencias con los respectivos equipos. Los legisladores de nuestro sector, veinticinco diputados y seis senadores, también se ubicaron en el edificio. Considerábamos asimismo importante preparar algunos proyectos de ley de suma trascendencia para agilizar plazos parlamentarios. De la generosa actividad de quienes nos acompañaron hasta fines de febrero surgió un gobierno que ingresó al poder no solo teniendo claro lo que quería realizar, sino también con muchos actos jurídicos necesarios ya prontos.
La primera tarea fue el contacto con los líderes políticos que a partir de la elección tenían responsabilidades concretadas en cargos en el Poder Legislativo y, por tanto, eran elemento esencial de gobierno. El camino que seguimos en las entrevistas con esos compatriotas partió de un muy lógico criterio, en modalidad de círculos concéntricos. Ante todo, con nuestros compañeros del Partido Nacional, luego con los líderes del Partido Colorado, los del Frente Amplio y finalmente los del Nuevo Espacio.
En la semana anterior, la inmediata al episodio electoral, la mayoría de esos ciudadanos se habían expresado sobre el episodio de forma muy general, como es lógico en esas circunstancias, aunque lo excepcional del triunfo del Partido Nacional había teñido muchas de esas declaraciones.
Es natural y común mostrar semblantes positivos y simpáticos después de conocer resultados electorales, breve instante de bonhomía cívica, común a todo inicio de gobierno.
Así, el Dr. Tabaré Vázquez, flamante intendente de Montevideo, manifestó su plena coincidencia con nuestras consideraciones sobre diálogo y entendimiento nacional: «son reflexiones muy valederas que compartimos totalmente».5
El Cr. Danilo Astori comentó: «no creemos que haya tropiezos ni problemas de incoherencia con el gobierno nacional».
Por su parte, el Gral. Líber Seregni expresó:
Yo, personalmente, y nuestro Frente Amplio estamos dispuestos al diálogo, para eso nacimos, en lo que sea y en lo que es la búsqueda de las soluciones que nuestro país necesita. A esa tarea estoy seguro de que usted también se empeñará a partir de estas mismas horas de este venturoso lunes 27 de noviembre de 1989, que augura una nueva época para nuestro país. Para bien de la patria, que así sea.
El presidente en ejercicio, Julio María Sanguinetti,6 fue más concreto: «En cuanto a la cooperación al presidente electo y al nuevo gobierno, nadie la escatimará […] nosotros deseamos sí que nazca de acá un gobierno con mayoría parlamentaria, un gobierno que pueda gobernar, que incluso pueda hacer muchas transformaciones pendientes».
Sin embargo, no faltó de la prensa un sombrío augurio: «la luna de miel que tendrá el nuevo gobierno será infinitamente más breve que la que tuvo la actual administración», publicó Búsqueda el jueves 30 de noviembre.
El mismo día 4 de diciembre, ante una amable invitación del presidente Sanguinetti, lo visitamos en Casa de Gobierno, edificio Libertad. La ocasión sirvió para conversar y ajustar los mecanismos de la transición, para la cual el mandatario y su equipo prestaron la máxima colaboración.
Con Carlos Julio Pereyra, electo senador, habíamos compartido muchas leguas del camino escabroso de la dictadura, siendo su hogar un ámbito donde en algunas horas difíciles encontramos su afecto y el de su digna esposa, doña Rosa. Los pasos más recientes nos habían separado no solo en la elección, sino, especialmente, en el referéndum sobre la ley de Caducidad.
La entrevista con el recordado correligionario y sus declaraciones al final de esta fueron reflejo exacto de las posiciones respectivas. Claro fue Pereyra:
Creo que han existido más coincidencias que discrepancias […]. El Partido Nacional tiene un programa común de gobierno que todos vamos a defender y respetar y que fuera aprobado por las autoridades partidarias. El presidente electo tiene además de ese programa, una propuesta nacional sobre la que tenemos coincidencias en algunos aspectos, aunque en otros no, pero sobre los que seguiremos conversando […] hemos hablado de generalidades de la situación del país, de las posibles soluciones para este país que el Partido [Nacional] encuentra. No nos hemos aferrado a ninguna, sino que lo hemos hecho a un alto espíritu de comprensión, de ambas partes.
Con respecto a la privatización de sectores del Estado, Pereyra afirmó que «las diferencias no son tan tajantes como en general la opinión pública cree». Concluyendo: «Hubo más coincidencias que discrepancias». El paso del tiempo iría rebajando las primeras y acentuando las segundas, siempre dentro de un plano de respeto y mutua consideración.
Alberto Zumarán fue muy concreto en su declaración: «Luis Alberto Lacalle contará con el respaldo de todo el Partido Nacional», y no únicamente en determinadas áreas, sino a totalidad, «ya que no pusimos condiciones a la colaboración que prestaremos», aseguró.
El Movimiento Por la Patria había quedado muy disminuido en su representación a raíz de la elección. Solo había obtenido un senador —el propio Zumarán— y un diputado, Juan Raúl Ferreira. Muy pronto el primero se alejaría del gobierno.
Pero mientras el diálogo con todos los sectores del Partido Nacional fue de más fácil trámite, con el Partido Colorado fue otra cosa.
Cabe recordar en este momento que, en tiempos de vigencia de la Constitución de 1967, sin segunda vuelta electoral, la lucha se planteaba —como siempre— entre el Partido Nacional y el Partido Colorado. La dialéctica era esa, ellos en el gobierno, nosotros tratando de acceder a aquel. En esos momentos de recuperación democrática el tono era de mayor respeto y de nivel aceptable; sin duda, muy distinto del que conocimos antes de 1973, marcado por fieras batallas desde encendidas tribunas y periódicos partidarios. Anotamos esta característica de nuestras elecciones que perduró hasta 1994 porque marca la diferencia en la concreción de acuerdos con el actual sistema de balotaje, que necesariamente acerca tanto al Partido Nacional como al Partido Colorado porque resultan los opositores de hecho al Frente Amplio.
Pero 1989 era otro tiempo y para acercarse a un acuerdo con el Partido Colorado había que sortear tanto el calor de recientes controversias como legendarias diferencias. Si a ello agregamos que la historia había dado un vuelco con la muy contundente victoria del nacionalismo, la de mayor ventaja en votos del Partido Nacional sobre el Partido Colorado jamás alcanzada, la tarea no era fácil.
Nuestra propuesta de un gobierno de coalición, coincidencia, acuerdo o como se le quisiera llamar era tan conocida como necesaria si se quería tener una acción parlamentaria eficaz.
El primer interlocutor, el Dr. Jorge Batlle Ibáñez,7 había perdido la elección. Este episodio afectaba a quien era el continuador de la más exitosa tradición política de Uruguay. Lorenzo, José y Luis Batlle asomaban detrás de este nuevo portaestandarte del Partido Colorado. Seguramente, no fueron horas fáciles para este singular y destacado ciudadano.
Por otro lado, a ambos partidos nos acercaban visiones parecidas respecto de los caminos necesarios de reforma que nuestro país necesitaba transitar. Batlle Ibáñez había revolucionado al batllismo con su campaña previa a la elección de 1966, a la cual compareció pleno de juventud y ánimo modernizador, sacudiendo las bases del pensamiento político de su familia y de su viejo partido.8 Las respectivas posiciones acerca de la función estatal, acerca del papel de la actividad privada en el desarrollo nacional, eran similares.
Batlle traía a cuestas un conflicto interno dentro de su sector político que pronto se haría explícito al nacer el Foro Batllista inspirado por Julio María Sanguinetti. Así que, si bien los dirigentes colorados estaban coordinando su accionar, venían al Parque Hotel sin una posición común.
Batlle fue claro: «he venido a ayudar, no a poner piedras. Nuestro deseo es colaborar, dado que el país necesita que todos nos ubiquemos en esa actitud». No obstante, acotó: «no hablo en nombre de todo el Partido Colorado, sino de un sector». El líder de la 15 calificó la reunión como «franca, cordial y de viejos amigos que hemos compartido mucho de la vida política, cosa que nos hace hablar con franqueza de todas las cosas».
La entrevista más peculiar fue la mantenida con el expresidente Jorge Pacheco Areco. Nunca nos habíamos encontrado con él y, tal cual relatamos en El Herrerismo,9 como la mayoría de los jóvenes interesados en la acción política, nos habíamos opuesto a su gobierno. Ahora lo teníamos enfrente, mano a mano. Desde ese momento aprendimos a calibrar y respetar a ese destacado personaje. Un sentido claro del valor patrio, un manejo cómodo de los resortes del poder, una picardía muy criolla y un parco lenguaje lo caracterizaban. Es así que sus pocas pero claras palabras y una gran consecuencia con sus posiciones lo convirtieron en un aliado único y valioso. Después de escuchar nuestro planteo teórico y práctico acerca de la asociación que pretendíamos con el Partido Colorado, más que dijo, sentenció en su peculiar lenguaje antiguo: «Ni un guijarro de dificultad pondré en su camino». Así fue, y lo sintetizó manifestando su intención de «ayudar a este gobierno cuyos propósitos los sabemos desde antes del triunfo electoral. Por lo tanto, nuestra disposición es la de ayudar, Jamás la de obstruir, de ninguna manera».
Las consultas con el Partido Colorado se completaron con la entrevista al Dr. Enrique Tarigo, quien representaba al Dr. Sanguinetti y su corriente dentro del batllismo. La buena voluntad ante la nueva escena política fue expresada por el vicepresidente, estableciendo una condición que durante gran parte del período se repetiría. Nos comunicó que el Partido Colorado colaboraría «con gusto» con el nuevo gobierno, «siempre que este tenga tras de sí a todo el Partido Nacional». Con astucia se ponía como condición una unidad nacionalista que sabía de antemano sería difícil.
En el papel, basándonos en las citadas reuniones, parecía posible un acuerdo del Partido Nacional con el Partido Colorado. Desde el comienzo lo imaginamos como un entendimiento completo, es decir, instrumentado con integración en el gabinete y participación en las administraciones estatales. Un entendimiento que se reflejaría en una mayoría parlamentaria sólida.
Con el Gral. Seregni prácticamente descartamos una integración en el gabinete. El distinguido compatriota recordó que su decisión se limitaba a «coexistir con propuestas y proyectos tan distintos como los que presentamos nosotros [Frente Amplio] y el presidente electo».
El líder del Nuevo Espacio, Dr. Hugo Batalla, descartó integrar el gabinete; le fue ofrecido el futuro Ministerio de Vivienda, y marcó su posición afirmando: «siempre hemos apoyado, o no, lo que hemos creído necesario, o no, para impulsar el país. Esa ha sido nuestra línea de acción y que mantendremos».
Entre estos mensajes, declaraciones y aclaraciones de posiciones llegamos al fin del año. El siguiente, 1990, sería más complicado. En un clima sereno con el Partido Colorado se destacó la nota discorde del senador Pablo Millor. Inexplicablemente, el expresidente Pacheco había habilitado, para acompañarlo, dos listas de candidatos al Senado. Una de ellas fue encabezada por el Dr. Millor, quien pudo de esa manera mostrar su propio y personal apoyo electoral. Esto le permitió desde el principio actuar en forma independiente respecto de su candidato a presidente.
Ante las gestiones que llevamos a cabo, este dirigente marcó su discrepancia: «Hay una razón que es de carácter estratégico para no implicarse en esto. Si el gobierno sale bien, los aplausos son para el presidente Lacalle. Si el gobierno sale mal, a este país solo le dejamos la alternativa de la izquierda tradicional».
5 Esta y las siguientes declaraciones fueron publicadas en El País de esos días posteriores al 26 de noviembre de 1989.
6 Julio María Sanguinetti es uno de los actores políticos más importantes de la política y la historia nacional contemporánea. Ha sido diputado, senador, ministro y dos veces presidente, logro que muy pocos pueden ostentar entre nosotros (además de él, lo fueron José Batlle y Ordóñez y Tabaré Vázquez). A estos títulos cabe agregar una muy lúcida capacidad estratégica y un coloradismo pasional matizado por un batllismo ferv
