INTRODUCCIÓN
«Los tres Pepes orientales».
Hernán Patiño Mayer
La banda oriental primero, la provincia oriental luego y el Uruguay como tal, fueron marcados a fuego por tres hombres. Cada uno en su tiempo y contexto, asidos a su pueblo y circunstancias, sostenidos sobre sus bases ideológicas, dejaron su huella en el ser nacional. O visto desde otra perspectiva, estos personajes –hijos de su tiempo– fueron marcados por la impronta popular. El huevo o la gallina. Hace muchos años José Pedro Barrán escribió sobre José Artigas y su dualidad como «conductor y conducido».1 Hasta qué punto estos personajes forjaron su tiempo o su tiempo los moldeó como arcilla para convertirse en los líderes que ese tiempo y ese pueblo necesitaba. La identidad quizás no sea más que un espejo cóncavo, en el que nos reflejamos. Cuando el sol da de lleno en el espejo, las imágenes pueden agrandarse por la misma característica del espejo, aunque a veces, depende de dónde y cómo nos paremos, el espejo puede reflejar imágenes reales o virtuales, diríase ficcionadas.
Estos tres personajes son quienes han marcado nuestra historia, de forma real o ficcionada, acoplados al poder o renegando de este, creando y siendo creados. Conduciendo y siendo conducidos, generando identidad nacional o siendo paridos por esta misma identidad. Tres personajes además que aparecen cada un siglo y desordenan las mesas de los historiadores, como parte del poder o alternativa, pero patean los tres el tablero. Comparten además una característica poco importante, un detalle nada más pero que hace al ser nacional. Los tres comparten nombre de pila, los tres se llaman José y la historia los conoce con el sobrenombre de Pepe.
Pepe es un hipocorístico de José, que tiene una historia muy antigua y al mismo tiempo muy sugerente, relacionada con estos tres personajes. Pepe deviene de P.P., en latín pater putativus, y se refiere a José de Nazaret, padre de crianza de Jesús según la biblia; justamente putativo proviene de «quien es considerado».
De este modo, nuestros tres personajes comparten un nombre y un apodo (los tres suelen ser llamados popularmente con este apodo) extremadamente sugerente. No son los padres de nuestra identidad, pero son considerados como tales por mucha gente, sobre todo los dos primeros. Aunque vale decir que el Pepe contemporáneo, con quien hemos compartido tiempo histórico, también ha sido sindicado como padre de una identidad esencialmente uruguaya, relacionada con la democracia en su forma más visceral. Pero ya llegaremos a esos temas.
Los tres Pepes aparecen entonces cada 100 años –por lo menos– como personajes históricos destacados, líderes y sobre todo padres e hijos –tal vez padres putativos– de una identidad nacional, de un ser oriental y/o uruguayo que nos define. Ya sea cabalgando los campos orientales con tres libros en el recado, o transitando las calles en una cachila alimentada por alconafta, o más bien en bicicleta haciendo campaña por los barrios más humildes, allí va un trozo de nuestra identidad –o por lo menos lo que nosotros ansiamos desesperadamente que sea nuestra identidad.
Embarcarnos en un viaje de esta envergadura puede resultar en un naufragio casi seguro. Las aguas más turbias que vamos a navegar son las de los anacronismos y sobre todo de las críticas atiborradas de presente. Debemos entonces tomar este libro nada más que como un ejercicio historiográfico –una especie de juego– en el que vamos a contrastar a tres personajes históricos muy distintos, pero con puntos en común bien marcados. Personajes de diferentes tiempos históricos, o sea, disímiles contextos y sobre todo abrazados a distintas sensibilidades. Tres personajes creadores y creados, tres líderes que han –cada uno a su manera– sido creados a imagen y semejanza de un ser hipotético, irreal, construido por necesidad del colectivo. El ser oriental/uruguayo en esa exquisita esquizofrenia vernácula.
Los uruguayos creemos tener determinadas características como pueblo, que nos definen y sobre todo nos separan del resto de los países del concierto sudamericano, especialmente Brasil y Argentina. La condición de provincia levantisca y finalmente secesionista nos coloca especial (y necesariamente) enfrentados con la vecina orilla. Un enfrentamiento simbólico a través del cual hemos construido nuestra identidad. Las naciones nacen en contraposición a otras naciones, y la nuestra, sin dudas se reflejó en el espejo argentino. De este modo hemos ido armando ese andamiaje necesario de la nación, ese relato, esa historia oficial y oficiosa de la que podemos extraer de forma quirúrgica los valores que sostenemos como nuestros. Más allá de los lugares comunes en las naciones, de valentía y heroicidad, hay determinados conceptos que los uruguayos suponemos que nos definen y es a través de esos conceptos que nosotros delineamos a nuestros personajes históricos. Parece inevitable no ver a nuestros personajes a través de esos lentes. República, democracia, libertades individuales, autodeterminación, defensa de la soberanía, el papel del Estado, entre otros, son los conceptos que definen a estos personajes y a través de los cuales los hemos definido. Se despegan de estas nociones determinadas valores morales, un deber ser del uruguayo que lo determina como tal, y a su vez lo diferencia de sus vecinos. Estos tres personajes parecen ser construidos a imagen y semejanza de estos valores, que son en definitiva un curso acelerado del ser nacional. La humildad como valor en sí mismo, la solidaridad, cierto espartanismo (traducido a la lengua uruguaya como austeridad) y entre otros valores, el enfrentamiento con el enemigo (no específicamente bélico), ya sea los godos, los porteños o los lusitanos, o el Imperio británico o el imperio (en amplio sentido) o contra el capitalismo como modelo egoísta.
Este trío además ha sido –más allá del pueblo– conductores y conducidos por la historia, por las interpretaciones que cada época hace de ellos. Definen y son definidos, y esta característica es la que los empareja, más allá de la casualidad (o causalidad) de su nombre, sobrenombre y la sincronicidad de haber dejado su huella cada 100 años.
Este libro entonces no es un libro para sostener nada, más que para tender puentes entre distintos tiempos históricos, distintos personajes, pero siempre bajo la lupa de esa identidad, que testarudamente los uruguayos pretendemos alzar por encima de nuestras contiendas domésticas locales.
1 José Pedro Barrán. Las brechas en la historia. Tomo I. Ed. Brecha.1996. Pág. 33.
LOS MITOS Y EL HÉROE EN LA MEMORIA COLECTIVA
«Mujica sólo fue posible en Uruguay, y Uruguay es, nos guste más o menos, Mujica».
Martín Aguirre. Diario El País
En la modernidad los Estados nacionales suelen tener la necesidad de narrar su historia en clave épica. En general –y valen las excepciones–, las naciones nacen en contraposición a otras naciones y de este modo, van gestando su historia a partir del conflicto. Esos conflictos suelen estar narrados desde la épica y sobre todo a partir de determinados personajes, que suelen ser aupados hasta el hartazgo y colocados en el panteón de los héroes. Un lector atento podrá tener miles de reparos a lo que aquí se narra, pero no podrá quitar la vista de su biblioteca, observando un libro sobre José Artigas.
La heroicidad romántica y necesaria es hija de las naciones en los países modernos, y es constante a lo largo de su historia. Por tanto, seguirán apareciendo personajes que llenan determinados requerimientos y ha
