Prólogo
San Francisco, California, 1916
Estaba ya amaneciendo cuando me atrapó de nuevo aquel sueño, el suceso que en los últimos años tantas veces me había arrancado sobresaltos en plena noche: estoy en uno de los botes salvavidas del Titanic, observando con terror las siluetas que corren frenéticas por la cubierta del barco. En pocos minutos, el coloso de acero comienza a inclinarse peligrosamente y un estruendo metálico, violento y ensordecedor se mezcla con los gritos desesperados de quienes, en un intento final por sobrevivir, se lanzan a las gélidas aguas.
De repente, un hombre de unos cuarenta y cinco años emerge del agua enfundado en un elegante frac, de cuyo cuello de la camisa de lino blanco cuelga una pajarita que aún puedo recordar. Asoma medio cuerpo e introduce su fuerte brazo en nuestro bote, tratando de subir, y con su peso hace que la embarcación se desestabilice y zozobre. Hay gritos de pánico entre las mujeres y los niños que me acompañan. En uno de esos vaivenes, pierdo el equilibrio y caigo al agua helada, sintiendo cómo un peso me arrastra hasta el fondo. Forcejeo con los brazos, luchando por salir a flote, sin aire, ahogándome…
Entonces unas manos infantiles me golpean el hombro y la mejilla con suavidad, como unas caricias, y una vocecita asustada repite mi nombre con insistencia: «¡May…, Amelia…, Amelia…, May…! —susurra la voz, tratando de que regrese a la realidad—. ¡Despierta!».
Al abrir los ojos, me topé con la mirada asustada de la pequeña Caridad sobre mí, que trataba de rescatarme de aquel aterrador recuerdo que aún me torturaba. Mi corazón latía con fuerza y estaba empapada en sudor. Los gritos, el agua, el frío…, todo había desaparecido. Solo quedaba el calor tierno de su cuerpecito abrazado al mío, buscando dar y recibir seguridad a la vez.
—¿Estabas soñando algo malo? —preguntó, mientras acariciaba mi mejilla con sus manitas.
Yo aún jadeaba, intentando alejar aquellos ecos de la pesadilla.
—Ya ha pasado todo. Estoy bien… —le dije con una sonrisa, en un intento de tranquilizarla.
Me levanté y fui a la ventana. El sol luchaba por abrirse paso entre la bruma que cubría cada amanecer la bahía de San Francisco, pero apenas reparé en él. La experiencia de aquella noche terrible seguía viva en mi mente, recordándome no solo el naufragio, sino también mi pasado en España y la vida que tomé prestada antes de recalar en California, como si todo fuera una escena sacada de una película muda.
Tres países, tres identidades, tres experiencias vitales distintas y grabadas a fuego en mi memoria. Cada una de ellas, una máscara cuidadosamente elaborada, un escudo contra un pasado que me perseguía tenaz e insaciable. Había desafiado a la muerte en una tragedia que aún poblaba mis pesadillas, y emergí de ella en un desconcierto absoluto, inmersa en una realidad que ni en mis fantasías más atrevidas habría llegado a imaginar. Fue como despertar en otra dimensión, en un país tan ajeno como extraño y en una clase social que no me correspondía ni por cuna ni por sangre.
Ahora estaba en California en busca del gran sueño americano, una tierra donde las oportunidades brotaban como las vides después de una lluvia de primavera, y rezaba para que fuera el último acto de mi odisea personal, el tramo final de un intenso viaje. El camino nunca fue fácil para mí, pero estaba decidida a labrar mi propio destino con la misma determinación que me había mantenido con vida hasta entonces en una trayectoria marcada por la reinvención constante.
1
Mi nombre ahora era May Desmond y había recalado en San Francisco un soleado día de abril de 1916, tras un largo viaje en tren desde Nueva York. Solo tenía veintiún años y llevaba de la mano a Caridad, mi hermana adoptada, de solo cinco.
Ante mí se mostró aquella ciudad que parecía tener un alma propia, con calles empedradas y colinas que ofrecían unas espléndidas vistas al océano Pacífico y su bahía, cubierta cada amanecer por una espesa niebla como un manto fantasmal. San Francisco se había recuperado del devastador terremoto de 1906 y exhibía edificios que reflejaban la diversidad de sus habitantes, con modernos pisos de nueva construcción que convivían con mansiones victorianas de jardines frondosos y fachadas profusamente decoradas, creando un puzle de contrastes muy interesante.
A pesar del desastre sufrido diez años antes, la ciudad conservaba el orgullo de considerarse la mejor de la Costa Oeste de Estados Unidos y presumía de lujosos hoteles, catedrales, sinagogas y espléndidas casas señoriales que contrastaban con las sórdidas chabolas de los barrios más afectados por el incendio posterior al terremoto, como Chinatown o North Beach, que albergaban una numerosa comunidad china e italiana.
Los tranvías que desafiaban las empinadas colinas con su tintineo constante me evocaban los días de mi estancia en Madrid. Sin embargo, allí, en la ciudad californiana, todo parecía impregnado de un impulso vital diferente: el espíritu emprendedor de sus gentes, el pulso del progreso y una diversidad racial y cultural que se evidenciaba en cada rincón, donde los olores exóticos de la cocina china se entremezclaban con los aromas del café recién tostado. Madrid, en cambio, se presentaba entonces como un escenario sereno, reflejo de una edad de oro que transcurría con la cadencia tranquila de un antiguo orden.
El hotel Fairmont, situado en la cima de Nob Hill, donde nos alojamos nada más llegar a la ciudad, irradiaba un ambiente elegante y cosmopolita que reflejaba la opulencia del inicio del siglo XX. Sus techos, realzados por intrincadas molduras, contrastaban con las paredes tapizadas en delicadas sedas de tonos claros, mientras que los muebles de sólida madera imprimían al conjunto una sobria distinción. En aquel entorno me desenvolvía con naturalidad, y tanto mi elegancia como mis modales no tardaron en llamar la atención.
Me había inventado un pasado ilustre que transmitía a todos, desde el director del hotel, Bruce Allen —un hombre amable de unos cincuenta años, siempre atento y solícito—, hasta las damas de la alta sociedad que solían reunirse allí y que a veces me invitaban a tomar el té en el salón, ataviadas con ostentosos y elegantes vestidos, extravagantes sombreros adornados con flores artificiales, largos guantes de piel y una inevitable aura de superioridad. También acudían allí jóvenes casaderas que, acompañadas por sus amigas, buscaban cruzarse con caballeros enfundados en impecables trajes y sombreros de fieltro, reunidos en los salones para hablar de negocios mientras fumaban aromáticos puros y tomaban whisky. Algunos de ellos, jóvenes y maduros, husmeaban a mi alrededor con curiosidad, intrigados por la circunstancia insólita de ver a una joven que viajaba sola, acompañada únicamente por una niña pequeña y sin la tutela de un hombre.
Para justificar nuestro acento español, a todos les ofrecía la versión de que nuestro difunto padre había sido un importante hombre de negocios de origen inglés afincado en España y que mi madre, española, había fallecido al poco de nacer mi hermana. Antes de quedarnos huérfanas, mi padre me indicó que debía viajar a Estados Unidos, concretamente a San Francisco, para reunirme con un hermano suyo que se había instalado aquí con su familia desde hacía varios años. Tenía una dirección, pero al acudir allí, descubrí que se habían marchado y nadie sabía adónde, así que seguía tratando de localizarlos en aquella ciudad en plena ebullición y constante cambio, de gente de paso y diversidad racial.
Nada en el físico de la pequeña Caridad delataba su origen, excepto el cabello oscuro y rebelde que se rizaba en espirales caprichosas. Su piel clara era un escudo invisible en este país, donde la discriminación contra los negros y los asiáticos era muy acentuada. Desde nuestra llegada a San Francisco, comencé a hablarle en inglés con el empeño de que dominara el idioma lo antes posible. Los primeros días fueron un desafío, porque hasta su nuevo nombre, Carol, sonaba extraño en sus oídos, como si fuera un disfraz que aún no le encajaba del todo.
Una tarde, mientras almorzaba en el comedor, no pude evitar escuchar la conversación de unas señoras sentadas en la mesa contigua. Una de ellas, de alrededor de cincuenta años y voz chillona, hablaba con orgullo de su marido, un influyente promotor que levantaba edificios en varias zonas de la ciudad, aún marcadas por la tragedia ocurrida diez años atrás. Tras alardear de su fastuosa casa allí, en Nob Hill, y de otra que había mandado construir para su hijo en Russian Hill, terminó quejándose con fingida resignación de los quebraderos de cabeza que a veces le ocasionaban algunas de sus propiedades.
—Joe heredó de un tío suyo unos viñedos y una bodega en el valle de Napa, y puedo aseguraros que ofrecían unos vinos excelentes. Mi marido lleva tiempo intentando quitársela de encima y no hay forma; incluso ha rebajado el precio en dos ocasiones y ni por esas encuentra un comprador. Ha vendido ya la mayoría de los toneles repletos de vino a un precio muy bajo entre los bodegueros del valle. Para evitar que se echara a perder, porque habría sido una pena. Es el único beneficio que le ha logrado sacar hasta ahora.
—¡Vaya! ¿Y dónde se encuentra esa bodega? —preguntó otra de las comensales.
—En Santa Helena. Yo la visité más de una vez; su tío Seamus tenía una mansión preciosa de fachada cubierta por grandes piedras y muy confortable. Pero, tras fallecer su esposa, no pudo soportar la melancolía y murió poco tiempo después. Desde entonces, aquello va de mal en peor.
Escuchaba con atención aquellas palabras y, de repente, pensé que eran la señal que estaba esperando: unas tierras en venta a buen precio, capaces de producir un vino de calidad, y un dueño ansioso por desprenderse de ellas. ¿Y si me aventurase a comprar una bodega?
Aquella noche apenas conseguí conciliar el sueño, pensando en la idea de que podría ser la oportunidad perfecta para echar raíces de una vez por todas. Había llegado allí movida por un impulso, recordando las confidencias de una dama muy elegante, oriunda de San Francisco, que me había hablado del valle, de sus viñedos, de sus bodegas y de un clima benigno parecido al de España.
Al amanecer había tomado una decisión. Con mi hermana de la mano, bajé a recepción y solicité un coche de alquiler con chófer para todo el día.
2
El valle de Napa era una extensa zona dominada por suaves colinas, viñedos perfectamente alineados y bosques de robles; una tierra fértil donde pequeños ranchos y granjas salpicaban un paisaje tranquilo y bucólico. El aire fresco, que prometía un día cálido y soleado típico del clima mediterráneo, hacía de este rincón de California un paraíso para el cultivo de la vid.
Recorrí los campos cubiertos de viñas y frutales y a lo lejos pude distinguir algunas bodegas sencillas, donde el vino se elaboraba para el consumo local. Eran construcciones modestas, de madera o ladrillo, pequeños negocios familiares donde la tradición se transmitía de padres a hijos durante generaciones. La población del valle tenía orígenes diversos, y esa mezcla de culturas y costumbres enriquecía una comunidad unida, donde todos se conocían y se ayudaban mutuamente.
También había algunas bodegas que destacaban sobre el resto por su robusta estructura, grandes mansiones y extensos terrenos de cultivo de vides. Una de ellas era Inglenook, en los alrededores del pueblo de Rutherford, un enorme edificio victoriano de fachada en piedra maciza con torreones y tejados inclinados que recordaban a los castillos franceses. Había sido fundada por un inmigrante finlandés a finales del siglo pasado y sus vinos habían sido premiados en la Exposición Universal de París en 1889. También destacaba la bodega Krug, en Santa Helena, una imponente construcción de muros gruesos de piedra y madera fundada en 1861 por Charles Krug, otro inmigrante prusiano que fue pionero en la viticultura del valle, además de abrir la primera sala de degustación de vinos en California.
Los recuerdos de mi infancia en España, rodeada de viñedos en mi pueblo natal de Aguilar de la Frontera, regresaron en tromba al contemplar por primera vez la vasta extensión de hileras de vides que se desplegaban en el valle, perdiéndose en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. El chófer me fue relatando los problemas que habían sufrido muchas bodegas en las últimas décadas debido a la plaga de un pequeño insecto que hizo enfermar las raíces de origen europeo de las cepas y que supuso, en algunos casos, la ruina de muchos viticultores. Aún en la actualidad quedaban terrenos por recuperar mediante las variedades americanas, y algunas antiguas haciendas habían cambiado el cultivo de la uva por el de frutales. Recordé entonces las conversaciones que escuché años atrás en Madrid, cuando trabajé como criada en un palacete perteneciente a una importante familia. Mi difunto señor era propietario de unas bodegas y de una gran finca de viñedos en La Rioja que se vio afectada por la plaga de la filoxera, que había perjudicado enormemente a las vides francesas y españolas.
Llegamos a los alrededores del pequeño pueblo de Santa Helena y pasamos por la falda de una colina donde se alzaba, casi mimetizada con el paisaje, una mansión con muros forrados en piedra y cubiertos por plantas trepadoras que apenas ofrecían un hueco para las ventanas y las puertas de la fachada. Tenía el tejado a dos aguas y el porche cubierto. La valla que rodeaba la propiedad estaba flanqueada por portones de hierro oxidado, de los que colgaba una cadena con un candado abierto. Accedimos con el coche por un camino de tierra que finalizaba en una alberca de agua verdosa, donde las crisálidas campaban a su libre albedrío. Los parterres laterales que precedían a la entrada de la casa estaban invadidos por plantas silvestres, y varios toneles de madera yacían con las lamas deshechas y esparcidas por el suelo.
A pesar del aspecto de abandono, había algo en aquella casa, de arquitectura sencilla y robusta, que me llamó la atención, quizá porque los portones de entrada, en madera labrada, me regresaron a mi infancia, a la mansión donde mi madre trabajó como criada mientras yo la esperaba jugando con una muñeca de trapo en el portal. Creo que por entonces debía de haber cumplido los cinco años, mi padre había fallecido y no teníamos más familia.
La puerta estaba abierta, pero no vi a nadie. Escuché ruido de golpes por la parte posterior y me dirigí hacia allí con Carol de la mano. Al doblar la esquina, un sendero de grava conducía a una construcción rectangular de anchos muros de piedra y techo de madera, cuya fachada frontal se había derrumbado, dejando a la vista seis enormes tinajas de barro de dos metros de alto rodeadas por un armazón de hierro que las mantenía en posición vertical. De repente, escuché una voz a mi espalda que me hizo dar un brinco. Era un hombre mayor, de rasgos indios y baja estatura, con la cara tostada por el sol y llena de pliegues verticales. Tenía una incipiente joroba que le impedía caminar erguido y unos ojos oscuros que no me infundieron miedo alguno.
—¿Puedo ayudarle en algo, señorita? —preguntó en un precario inglés con acento español.
—¡Oh! Perdone mi intromisión. He visto esta casa y me ha llamado la atención… —le respondí en nuestro idioma común.
—En otros tiempos fue muy bonita —dijo entonces en español—, y en la bodega que está detrás se elaboraba uno de los mejores vinos de la zona.
—¿Ya no los produce?
—No. El señor Brady, que era el dueño, pues ya se nos fue hace como dos años y desde entonces esto quedó bien abandonado. No tuvo hijos, así que lo heredaron unos parientes lejanos de San Francisco, pero no les interesa cuidar esto, ni siquiera ya siembran las tierras. Y con esa plaga que le cayó a las viñas, pues todo ha ido de mal en peor. Las de por acá cerca ya se están recuperando y andan a todo lo que dan, pero estas siguen igual, bien paradas. Mire las cepas —dijo señalando las tierras plagadas de maleza hasta cubrir el tronco de las vides—. Nadie les echa la mano, y yo pues apenas si puedo con mantener la casa. Soy el guardés.
Definitivamente, era la finca de la que habló la mujer en el Fairmont.
—Es una pena… ¿Sabe si está en venta? —pregunté para corroborar mi intuición.
—Sí, hay un representante de los dueños allá en Napa, un tal Dexter Robinson, que anda queriendo venderla. Han venido algunos a verla, pero no regresan… —Se alzó de hombros con resignación.
—Quizá porque piden demasiado…
—Es posible…
—¿Cómo se llama esta bodega?
—San Roque, señora.
—¿Podemos visitar el interior de la casa?
—Por supuesto. Adelante.
Era una mansión imponente, de anchos muros como los de una fortaleza y muebles que rezumaban historia bajo una capa de polvo, con paredes que lucían desconchones y grietas. El tiempo la había maltratado, pero aquella decadencia no había conseguido ocultar la elegancia que destilaba. La fachada, revestida por enormes piedras, culminaba en un torreón que se erguía como un centinela. A pesar de su evidente deterioro, durante un momento sentí una extraña calidez al cruzar el umbral, o quizá fue una brisa que se coló entre las piedras. Pero tuve, sin embargo, la certeza de que aquel lugar, en ruinas o no, iba a ser mi hogar. Imaginé la posibilidad de echar raíces, de ser la dueña de aquella casa y transformarla en mi propio refugio, de empezar de nuevo y, al fin, dejar atrás mi tortuoso pasado.
—¿Podría, si no es mucha molestia, ver la bodega? —pedí, señalando con la mirada la construcción rectangular que había sido edificada contra la ladera para aprovechar la frescura natural de la tierra.
—¡Claro que sí! Síganme.
Las puertas de madera maciza de la imponente bodega se abrieron hacia un interior silencioso y oscuro, en una estructura enorme de recios muros de piedra. Carol dirigía su mirada hacia las ventanas altas, cubiertas de polvo y telarañas, que filtraban la luz en haces dorados danzando sobre el suelo de tierra prensada. Allí, las huellas profundas marcaban el lugar donde una vez reposaron decenas de toneles, alineados como soldados en formación. Solo quedaba una hilera de ellos en el fondo. El eco de nuestras voces resonaba en la amplitud vacía, mezclándose con el olor a vino añejo que aún impregnaba el ambiente. Tuve la sensación de que aquella bodega esperaba la llegada de un nuevo dueño que les devolviera la vida a sus muros y llenara el espacio con barricas llenas de vino.
—Ha sido un placer, señor… —callé, esperando su nombre.
—Rafael Fernández, para servirles —dijo mientras inclinaba la cabeza en señal de respeto.
—Hasta pronto, Rafael. —Le ofrecí mi mano con la intención de verlo de nuevo.
Tras dejar atrás el camino polvoriento, llegamos a la ciudad de Napa y entramos en un pequeño hotel donde un hombre de unos cuarenta años y rostro amable me atendió con cortesía. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía el nombre de algún abogado honesto en la ciudad y me devolvió una sonrisa franca.
—Está de suerte. Conozco a uno que vive cerca, en la calle principal; se llama Dan Levy. Es un hombre competente y de fiar, se lo aseguro.
Daniel Levy resultó ser un hombre delgado, de unos cincuenta años, con el cabello entrecano y entradas pronunciadas en las sienes. Llevaba gafas de miope que le daban un aire atento y reflexivo. Me contó, con la serenidad de quien no esconde nada, que era de origen alemán y profesaba la religión judía.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita…? —preguntó invitándonos a tomar asiento frente a él.
—Desmond. May Desmond. Y esta pequeña es mi hermana Carol. Verá, he oído que la bodega San Roque y sus tierras están en venta; se trata de una finca situada en las afueras de Santa Helena.
—Pues la verdad es que desconozco esa circunstancia. ¡Hay tantas por este valle!
Su trato era directo, pero transmitía una confianza tranquila, como si cada palabra estuviera cuidadosamente elegida para no prometer más de lo que podía cumplir.
—¿Conoce a un tal Dexter Robinson?
—Sí. Es un comisionista que se dedica a intermediar en la venta de inmuebles y terrenos.
—Él tiene el encargo de vender la propiedad. Me gustaría que hablara con él en mi nombre. Estoy interesada en adquirir esa bodega.
—¿Y… su marido? O… su padre… ¿No podrían encargarse de esta gestión? —preguntó con delicadeza.
Volví a contarle la misma historia: mi procedencia, la búsqueda de mi familia y cómo, tras varios meses de intentos infructuosos, había decidido invertir los fondos que traje desde España en un negocio que conocía bien. Le expliqué que mi madre provenía de una familia con una larga tradición en el mundo del vino en España.
—Entiendo.
—Sé que el propietario está deseando vender, así que confío en que la negociación será sencilla —añadí, despidiéndome con la esperanza de recibir una respuesta rápida.
Quedé a la espera sintiendo que, por fin, las cosas comenzaban a moverse en la dirección correcta.
Tres días más tarde recibí en el hotel Fairmont un mensaje urgente del abogado, citándome en su despacho. Acudí convencida de que quería informarme sobre los detalles de la compra, pero pronto comprendí mi error. Levy, con ceño fruncido y voz grave, me explicó que, antes de iniciar cualquier trámite, había decidido investigar la historia de la propiedad. Habló con algunos vecinos del valle, y lo que descubrió era inquietante.
Me relató con detalle la desgracia que parecía perseguir a los antiguos dueños. El primero en adquirir las tierras, hacia 1865, había plantado las primeras vides y ordenado levantar la casa y la bodega. Muchos años después, su salud comenzó a deteriorarse de manera inexplicable. Los lugareños aseguraban que había perdido la razón, y su familia acabó internándolo en una institución para enfermos mentales. Poco después vendieron la finca y se marcharon a Los Ángeles, dejando atrás para siempre el sueño que una vez los había unido.
El segundo y último propietario, Seamus Brady, adquirió la propiedad en 1901. Estaba casado y no tenía hijos. Perdió a su esposa en 1912 y dos años más tarde se quitó la vida de un disparo en la cabeza. Mientras Levy hablaba, sentí que la atmósfera del despacho se volvía más densa. Aquello no solo era una propiedad en venta, sino un lugar marcado por la desgracia, y me encontraba en la tesitura de decidir si debía continuar adelante.
—Un familiar de Brady ha heredado la propiedad, pero vive en San Francisco y la tiene a la venta desde entonces, porque no está interesado en mantenerla.
—Lo sé.
—El problema es que las murmuraciones sobre la mala estrella de esa bodega están extendidas por todo el valle, y son la razón por la que nadie se ha interesado por ella desde que murió Brady.
—¿Es usted supersticioso, Dan?
—Bueno…, no demasiado. Pero aquí algunos sí lo son.
—Hablamos de un hombre que, como muchos otros, pudo tener problemas mentales. Puede que fuera debido al exceso de alcohol, por ejemplo; y por las fechas que me ha indicado, pasaron más de treinta años desde que construyó la bodega hasta que perdió la cabeza, luego pudo influir su edad avanzada. En cuanto al último dueño, se me ocurre que quizá le afectó mucho la muerte de su esposa y no logró soportar la soledad por su pérdida… No veo motivos para pensar que unas tierras puedan dar mala suerte a sus propietarios.
—Yo también lo creo así. Pero mi obligación era informarla por si pudiera ser de su interés…
—Y se lo agradezco. Pero no voy a cambiar de opinión. La intención de comprarla sigue en pie. ¿Sabe cuánto piden por la propiedad?
—Sí. He hablado con Robinson. Quieren sesenta mil dólares.
—Me gustaría que usted me representara y se hiciera cargo de este asunto. La cantidad máxima que puedo ofrecer es de cuarenta mil.
Advertí entonces la mirada de sorpresa del abogado.
—Debe considerar que la finca posee quinientos acres y, según dicen, tenía una uva excelente.
—Eso es, «tenía» —repetí—. La plaga de la filoxera ha perjudicado a muchos viñedos en los valles de Napa y Sonoma, y esas vides están en un estado de abandono total, porque nadie cuida de ellas desde que falleció Brady.
—También posee una gran casa…
—Que está completamente abandonada y necesita de una gran remodelación.
—Y una enorme bodega.
—Que está vacía. El dueño vendió casi todos los barriles a los bodegueros de la zona, según he oído.
—Vaya, señorita Desmond, parece que ha estudiado bien la finca —murmuró, visiblemente sorprendido.
—La he visitado ya y, para ponerla en marcha, necesitaré acometer una gran inversión.
—Es un negocio demasiado complicado para una joven; quizá debería reflexionar antes de embarcarse en él… —insinuó con prudencia el abogado.
—Daniel, me he criado entre barricas de vino. Mi familia era propietaria de una gran bodega en España —mentí con toda la convicción que pude reunir.
Esta vez noté que su mirada se tranquilizaba.
—Entiendo. Veamos, dígame un límite sobre el precio máximo al que podría llegar.
—Ya se lo he dicho: cuarenta mil dólares, pagados al contado. Esa propiedad necesitará de abundante mano de obra para limpiar las tierras y replantar casi todas las vides. Tendré que esperar alrededor de tres años para ver los primeros frutos. En cuanto a la casa, está medio en ruinas y exigirá una buena reforma, y también en la bodega habrá que acometer una gran inversión en toneles y todo lo relacionado con la producción del vino.
—Está bien. Contactaré con el vendedor y negociaré en su nombre, explicando todo lo que me ha expuesto.
Una semana después, Levy me hizo saber que el propietario había aceptado la oferta y la venta se realizaría por el precio que yo le había indicado.
—Robinson me confesó que tenía autorización de su cliente para llegar hasta un mínimo de cincuenta mil, pero al advertir que la oferta era firme y que solo podría vender por la cantidad ofrecida, habló con él. Y le puedo asegurar que la respuesta fue rápida. —Sonrió con complicidad—. La semana que viene se hará efectiva la compraventa. Jamás imaginé que accederían. He estado investigando precios por el valle, y por la última finca que se vendió llegaron a pagar sesenta y cinco mil dólares, y era más pequeña que la que acaba de adquirir…
—¡Claro! Porque estaría a pleno rendimiento. Debe tener en cuenta las condiciones de abandono en que se encuentra esta.
—Ya, ya, pero, aun así, es un precio bajo, incluso en esas circunstancias. Solo la casa y el edificio de la bodega valen ese precio. Y son quinientos acres de tierra… Ha hecho usted un buen negocio.
Yo sonreí y no quise revelarle que conocía la urgencia del propietario por vender, y aquella era una oportunidad para deshacerse de esa propiedad que tanto le inquietaba.
—Dan, a partir de ahora quizá necesite de su ayuda. Estoy sola, solo tengo a mi hermana pequeña y he traído conmigo el dinero de la herencia familiar. Me gustaría que me asesorara. Todo esto es complicado para mí: un país desconocido, un idioma distinto y, además, me he embarcado en un negocio con más sombras que luces, en un lugar donde no conozco a nadie…
—La entiendo perfectamente, May —respondió veloz, con una mirada llena de comprensión y calidez—. No tiene por qué preocuparse. Estoy a su disposición para representarla en cuantas cuestiones me necesite. En primer lugar, voy a recomendarle un banco de confianza en San Francisco donde podrá depositar sus ahorros con total seguridad. No dude en consultarme cualquier problema que le surja; estaré encantado de asesorarla. Sé que le espera un duro trabajo hasta ver prosperar las tierras que ha adquirido, pero puede contar conmigo para lo que haga falta.
—Gracias. Lo haré.
Aquel 17 de julio de 1916, al abandonar el despacho de Daniel Levy, una certeza me embargó: mi vida iba a dar un vuelco trascendental, un giro que esta vez se me antojaba definitivo. Tenía la necesidad de aferrarme a un lugar, después de tantas idas y venidas. Iba a asentarme allí, a cultivar aquella tierra fértil y a labrarme un futuro como empresaria bodeguera junto a Carol.
3
Al recorrer de nuevo la casa, ya como propietaria, tuve la seguridad de que era allí donde quería vivir. En mi mente fui visualizando y amueblando cada rincón; las habitaciones vacías se llenaron de vida con sillones, cortinas, lámparas…
Durante los meses que siguieron, mientras se realizaban las obras de reforma, elegí con esmero cada detalle, conservando algunos muebles y encargando otros nuevos en las elegantes tiendas de decoración de San Francisco. Quería darle un aire que evocara las casas españolas y convertirla en un refugio cálido, donde el crepitar del fuego en la gran chimenea de ladrillo llenara el salón y se mezclara con la quietud acogedora de los sillones de madera.
Y por fin, un día de marzo de 1917, Carol y yo nos instalamos en aquel hogar que ansiaba que lo fuera para siempre. Allí, bajo el cielo californiano, entre viñedos dorados por el sol, nos dispusimos a iniciar una nueva vida dejando atrás nuestro pasado. La pequeña estaba feliz en nuestra nueva casa. Su dormitorio, contiguo al mío, irradiaba alegría con los tonos pastel que yo misma había elegido, y sus juguetes dispersos daban a la sala una calidez especial. Aún recuerdo su mirada de asombro la primera vez que atravesó la puerta, como si dudara de que aquel espacio fuera para ella. Se me acercó, arrastrando su vieja muñeca de trapo, y me rodeó la cintura con sus bracitos.
—Me gusta mucho, Amelia… —susurró aferrándose a mí, y sentí cómo su cuerpecito temblaba, quizá por la emoción y por todo lo que habíamos vivido juntas hasta entonces.
Noté un nudo en la garganta; me agaché hasta quedar a su altura y la estreché con fuerza. Desde la primera vez que la vi tan sola y desvalida, había despertado en mí un instinto maternal, una necesidad casi obsesiva de protegerla.
—Pequeña, ahora soy May y tú eres Carol… —le recordé, acariciándole el pelo con ternura.
A pesar de sus escasos cinco años, me miró con expresión traviesa.
—Pero aquí no nos escucha nadie… —musitó con complicidad.
Una sonrisa apareció en mi rostro.
—Es que nuestros nuevos nombres me gustan más… —le dije como si le confiara un secreto.
La pequeña sonrió, asintiendo, y apoyó la cabeza en mi hombro. Permanecimos así, en silencio, compartiendo aquel instante.
La noticia de la compra de la bodega San Roque corrió como la pólvora en el valle de Napa, según me dijo el guardés, y muchos vecinos nos visitaron para darnos la bienvenida. Eran gente sencilla y hospitalaria, familias que vivían de la tierra y de sus vinos. No obstante, fui conociendo también a rudos y soberbios agricultores que no se dignaron a dedicarme un saludo.
Después comenzó la tarea de preparar las tierras. Estábamos en el inicio de la primavera y había que comenzar con el desbrozado para arrancar las malas hierbas que habían invadido las cepas, podar las que habían sobrevivido al abandono, arrancar las que se habían perdido y plantar nuevas. Conocía bien aquella tarea, pues de niña había acompañado a mi madre en la dura faena de la vendimia durante los meses de verano en mi pueblo natal de la provincia de Córdoba.
Volví a recurrir al abogado para que me ayudara a conseguir peones y me indicó que los temporeros solían llegar en verano para la vendimia y que entonces había menos en la zona.
—¿Cuánto se les paga?
—Pues… alrededor de un dólar al día, dependiendo de la cantidad de trabajo y de su experiencia. Estos braceros, en su mayoría inmigrantes procedentes de México, suelen vivir en campamentos temporales, en los mismos viñedos donde trabajan.
—¿Qué le parece si les ofrezco un dólar y medio? Quizá así consiga pronto una cuadrilla. Necesito mano de obra con urgencia.
—Por supuesto que sí, May. Aquí el dinero manda. —Sonrió—. Tengo conocidos que podrían correr la voz. Déjeme unos días para que contacte con ellos. Le puedo asegurar que con esa oferta los conseguirá. No obstante, creo que, para empezar, debería contratar a alguien para que se haga cargo de todo.
—Yo sé lo que hay que hacer. No es la primera vez que piso un viñedo.
—No deja usted de sorprenderme. —Sonrió con bondad.
Dos días más tarde contaba con veinte hombres de edad diversa dispuestos a trabajar, en su mayoría de origen hispanoamericano. Observé sus miradas de condescendencia hacia mí, pues nunca habían trabajado a las órdenes de una mujer joven en las rudas tareas del campo. Rafael, el guardés, se acercó con cierto temor y me habló en un susurro:
—Señorita May, tenga cuidado, ¿sí? Mire que esos hombres no son gente de su clase. Creo que no debería tratar con ellos directamente. Mejor contrate a un capataz.
—Rafael, conozco el trabajo del campo y, la verdad, no tengo a nadie en quien confiar.
—Mire, entre los que han venido hay uno a quien conozco bien. Es de toda mi confianza. Se llama Francisco, paisano mío de México, y le aseguro que es bien trabajador y honrado. Estoy seguro de que se pondrá a sus órdenes. Él conoce estos campos como la palma de su mano, lleva aquí décadas. Y además sabe cómo tratar a esta gente, ya me entiende…
—Está bien, dígale que se acerque y hablamos en la casa.
Francisco Carmona tenía alrededor de cuarenta y cinco años, grandes surcos en la cara debido al trabajo a la intemperie y manos rudas y callosas. Vestía vaqueros, camisa de franela a cuadros y un sombrero de paja muy peculiar. Negocié con él el sueldo, y al mirarlo a los ojos consideré que Rafael llevaba razón, pues hallé honradez y también necesidad. Le di instrucciones de lo que quería hacer y cómo distribuir el trabajo entre los obreros.
—Señora, déjeme a mí este asunto, no tiene por qué andarse metiendo con ellos. Eso sí, van a cobrar bien, pero yo me encargo de que trabajen más que en cualquier otro viñedo. Le aseguro que, en unas cuantas semanas, las tierras van a quedar limpias de malas hierbas y con todas las cepas bien revisadas. Si le parece bien, yo le voy avisando del tipo de uva que conviene plantar en las partes donde pegó más fuerte esa plaga, ese bicho que tanto daño ha hecho por acá.
Entonces miré a Rafael.
—¿Qué tipo de uva se cultiva en esta finca? Tengo entendido que en la bodega había un vino de excelente calidad.
—Sí, señorita. La mayoría de las cepas son de la variedad zinfandel. Esa uva aguanta bien el calor y es fácil de trabajar, además da muy buen rendimiento. En los últimos años, el señor Brady sembró unos cien acres de cabernet sauvignon. Esa uva es más delicada y tarda más en madurar, pero salía un vino bien bueno.
—Si le parece bien, vamos a conservar y cuidar las cepas que han sobrevivido de ambas. —Miré entonces al nuevo capataz y dije—: Y repondremos la misma variedad en las que se han perdido. Quiero mantener la calidad de los vinos.
Francisco me miró y afirmó con la cabeza.
—Sí, señora, me parece una buena idea.
4
Había transcurrido solo una semana desde el inicio de los trabajos en el campo cuando, una tarde, escuchamos unos fuertes golpes en la puerta que nos llegaron a alarmar. La pequeña Carol se aferró a mis faldas, mientras que Manuela, la mujer que había contratado para atender los trabajos de la casa, me pidió permiso para abrir con gesto inquieto.
En el umbral apareció un hombre de gran altura y corpulencia, de unos treinta años y con un rostro cuadrado que en aquel momento mostraba el ceño fruncido, aunque no abiertamente hostil.
—¿Es usted la nueva dueña de estas tierras? —preguntó con voz grave.
—Sí. —Lo miré a los ojos tratando de mostrar seguridad—. Me llamo May Desmond.
—¡Vaya! No esperaba encontrarme con alguien tan joven. Disculpe si soy directo, pero me ha sorprendido la situación.
—No sé a qué se refiere, señor…
—Mi nombre es John Harrison y soy el propietario de la bodega La Torre, situada más arriba.
—¿Y? —pregunté, observando su mirada seria.
—¿Sabe usted que ha dejado a varios viticultores de la zona sin peones? Tres de mis mejores hombres han abandonado mis viñedos en pleno trabajo de poda.
—Perdone, pero yo no le he quitado nada a nadie. Me he limitado a ofrecer un salario justo, porque tengo que empezar a preparar las tierras para la próxima vendimia.
—Aquí no funcionamos así —espetó con voz áspera—. En esta zona solemos acordar juntos los salarios de los obreros y respetamos ciertos acuerdos para no perjudicarnos unos a otros. Ha roto usted esa costumbre nada más llegar.
—Lo lamento, si he causado algún inconveniente —respondí con sinceridad—. No era mi intención, se lo aseguro. Pero tampoco pienso pedir permiso para gestionar mi finca. Tengo prisa por iniciar los trabajos en el campo y…
—Y se ha puesto a ofrecer dinero a diestro y siniestro. Y por lo visto tiene mucho. Parece que la vida en la ciudad le resulta aburrida y se ha venido al campo a jugar a ser agricultora…
—No, señor Harrison —repliqué con firmeza, tratando de contener mi enojo—. He comprado estas tierras con la intención de iniciar aquí una nueva vida. No soy una niña mimada ni he venido a jugar, sino a ganarme la vida honradamente. Y si le molesta que sus obreros prefieran estar en mi finca, súbales también el sueldo y así podrá conservarlos.
—Le advierto que no le conviene hacer enemigos en este lugar —dijo acercándose un poco más—. La vida en el campo no es tan sencilla como parece desde la ciudad.
—No me asustan los retos, señor Harrison. Vine aquí a trabajar, no a buscar problemas, pero tampoco a dejarme intimidar —respondí con seriedad, mirándolo a los ojos e indicándole que no me amedrentaban sus amenazas.
—Veremos cuánto le dura esa determinación —replicó con una media sonrisa dura—. Somos vecinos, nos veremos a menudo.
—Cuando usted quiera.
Harrison me sostuvo la mirada unos segundos antes de darse la vuelta y marcharse. Rafael, que había presenciado la escena desde el exterior, se acercó en cuanto el visitante abandonó la casa.
—¿Quién es ese hombre? —le pregunté.
—Ya se lo ha dicho él: John Harrison, el dueño de las tierras que lindan por el norte con las suyas.
—¿Y es siempre así de áspero?
—Pues la verdad, no sabría decirle, señorita. Hasta ahora yo lo tenía por un hombre serio y tranquilo. De hecho, se lleva bien con los vecinos de por aquí. Nunca ha habido broncas con él. Pero pues, ya ve, al quitarle usted los…
—Yo no le he quitado nada a nadie, Rafael.
—Bueno, lo que quiero decir es que, al contratar usted a los braceros y pagarles más, pues claro, ellos se quedaron sin gente…
—Pero ¿es que no hay más por esta zona?
—Sí, sí hay, y bastantes. Pero ahorita andan en otras plantaciones. La vendimia empieza en verano y por eso hay menos por estos rumbos. Y pues…, la verdad, sí les hizo un poco de daño, señorita May…
—¿Qué puedo hacer ahora? No quiero crearme enemigos nada más llegar.
—Pues mire, yo digo que, como un gesto de buena voluntad… Mire, Francisco, el capataz, conoce qué hombres trabajaban para Harrison y ahorita están aquí con usted. ¿Por qué no los despide? Así ellos regresarán con su antiguo patrón. Creo que eso mandaría un mensaje de que usted no quiere pleitos. Le juro que nunca había visto a ese hombre tan enojado como hoy.
—Muchas gracias, Rafael. Creo que voy a seguir su consejo. Mañana hablaré con el capataz. No quiero más enemistades con el resto de los vecinos del valle.
—Creo que es una buena idea. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Así es.
—¿Ese hombre es malo? —preguntó con inocencia Carol, que aún seguía pegada a mí.
—No, pequeña. Solo está algo enfadado, pero no va a hacernos daño. —Sonreí tratando de tranquilizarla y me dirigí entonces al guardés—: Entiendo que todos me subestimen, no es normal ver a una mujer y joven al mando de una bodega.
—Eso es porque todavía no la conocen, señorita. —Sonrió con bondad—. Yo estoy seguro de que pronto se va a ganar el respeto de todos. Además, no crea que es la primera mujer que se mete en esto de las bodegas. Mire, la señora Tychson se hizo cargo de la suya cuando falleció su esposo, y después la vendió a un italiano allá por finales del siglo pasado. Pero ella sigue viviendo cerquita, en Santa Helena, y la verdad es que la respetan mucho aquí en el valle.
Al día siguiente ordené despedir a los peones que procedían de otros viñedos y contratar a otros, no sin antes asegurarnos de que no estaban trabajando en otra finca del valle, con el fin de apaciguar las tensiones que se habían producido.
El trabajo en los viñedos resultó una tarea más ardua de la prevista. La limpieza de aquel terreno descuidado durante años se convirtió en una auténtica batalla contra la naturaleza; la poda de las cepas antiguas y el replantado de las nuevas se demoraron más de lo planeado, y mis esperanzas para la cosecha de aquel año se evaporaron. También invertí una fortuna en limpiar, remozar y modernizar el corazón de la bodega. Encargué cincuenta toneles de roble americano con capacidad para alrededor de doscientos veinticinco litros cada uno, que sumé a los veinte que estaban en la bodega repletos de vino. También adquirí una nueva prensa hidráulica para sustituir a la antigua de madera, que apenas servía ya. Esta prometía no solo una mayor capacidad de procesamiento, sino también la posibilidad de extraer hasta la última gota de las uvas.
Durante aquellos meses me vi inmersa en un torbellino de emociones al concluir que me había embarcado en algo más que un negocio: era un viaje de transformación de mi vida, que esperaba que estuviera unida a aquellos viñedos para siempre.
Sentada en el porche de mi nuevo hogar, en aquel rincón del planeta y aislada del mundo, me sentía libre. Contemplé el atardecer dorado sobre las colinas del valle y concluí que había elegido bien el lugar, aunque fuera lejos de mi España natal. Miles de kilómetros me separaban de sus costumbres y de una vida muy diferente que dejé atrás. Pero la distancia no solo era física, después de las experiencias que había vivido hasta llegar allí.
Había trabajado desde niña, conocido el amargo sabor de la soledad tras la pérdida de mis padres y realizado duras tareas como sirvienta. Me había enfrentado a la muerte en una aterradora experiencia que muchos no consiguieron vencer y que aún me seguía provocando pesadillas. En plena adolescencia, tuve que tomar decisiones que habrían abrumado a muchos adultos. Había conocido la bondad en personas que me tendieron la mano cuando más lo necesitaba, la maldad en truhanes que se aprovecharon de mi vulnerabilidad, la astucia en abogados de mirada ladina que trataron de manipularme con sus telarañas legales y, por último, la decepción amorosa con un hombre que aún me hacía palpitar el corazón al recordarlo.
A pesar de mi juventud, aquellas vivencias me habían otorgado la capacidad de leer el alma de las personas, de discernir la bondad de la maldad, de reconocer la inocencia tras una máscara de timidez o la generosidad escondida en una apariencia de rudeza. Cada bandazo me había llevado hasta allí, y en aquel valle había asentado mi nuevo hogar, que no era solo físico.
Levanté mi copa e hice un brindis imaginario por el camino recorrido, por el que aún quedaba por andar y por haber hallado al fin mi lugar en el mundo.
5
El sol de California brillaba sobre las calles polvorientas de Napa aquel cálido día de julio de 1917 cuando llegué conduciendo mi flamante Ford Modelo T, un vehículo de cuatro puertas y techo descapotable que había adquirido en San Francisco apenas unas semanas atrás. El rugido del motor de cuatro cilindros y el traqueteo de las ruedas anunciaron mi llegada, atrayendo miradas curiosas y a la vez sorprendidas de los vecinos. No era para menos. Los automóviles escaseaban en aquella pequeña ciudad vinícola, y ver a una mujer al volante resultaba toda una novedad. Aparqué, orgullosa de haber aprendido a manejarlo tras varios días de práctica en los viñedos, frente al despacho del abogado Daniel Levy.
Al descender del coche, percibí una sombra imponente que se acercaba desde el otro lado de la calle. Alcé la vista y mis ojos se encontraron con los de un hombre que cruzaba en mi dirección y al que reconocí al instante: era John Harrison, mi antipático vecino. Su mirada intensa y penetrante no se apartó de la mía mientras acortaba la distancia entre nosotros con pasos firmes y decididos.
Harrison se detuvo ante mí, irguiéndose en toda su estatura de tal manera que me hizo sentir pequeña e indefensa por un instante. Desde su altura, me escrutaba con una mezcla de curiosidad y algo más que no supe descifrar. Su rostro cuadrado y masculino estaba enmarcado por una abundante cabellera castaña, y la barba recortada con descuido le cubría la mandíbula y le resaltaba unos labios carnosos que se curvaron en una sonrisa enigmática. La piel morena por las largas horas bajo el sol revelaba el carácter de un hombre acostumbrado al trabajo duro, y las finas arrugas alrededor de sus ojos sugerían una naturaleza más compleja de lo que su apariencia ruda dejaba entrever.
—Buenos días, señorita Desmond.
—Hola, señor Harrison.
Durante un incómodo instante quedamos en silencio. En sus ojos de un azul profundo, que me estudiaban con una intensidad desconcertante, brillaba una chispa de curiosidad mezclada con algo más oscuro que me provocó inquietud. Después habló con voz pausada:
—Quería pedirle disculpas por mi comportamiento de hace unos meses en su casa. Y agradecerle también que me devolviera mis jornaleros.
—Yo no le he devuelto nada. Me limité a reemplazarlos. Si decidieron regresar con usted, no es asunto mío.
—Veo que tiene respuesta para todo.
—Y usted también tiene palabras para todo, aunque sean desagradables.
Él esbozó una sonrisa débil.
—Lamento si fui brusco la otra noche. Esta vez no lo estoy siendo.
—Bueno, pues lo consideraré un cumplido. Acepto sus disculpas.
—Entonces ¿somos amigos? —preguntó, ofreciéndome su mano.
Lo miré, vacilante, pero no tuve más opción que ceder. Extendí la mano, y la suya, grande y vigorosa, la envolvió con un apretón firme que no dejaba lugar a dudas.
—Somos vecinos, no tenemos por qué ser enemigos, pero tampoco amigos
