Nieves conduce en la noche por una carretera secundaria. Los árboles han perdido su color. Parecen negros, oscuros como la brea. Sabe que no lo son realmente, que el verde la recibirá por la mañana. Casi casi es lo que más le gusta de esta vida: colores y olores nuevos. Hasta el aire es distinto aquí, tan puro que pincha cuando sale de casa para ir a la consulta. Lo que le advirtieron que sería lo más pesado, conducir de un dispensario a otro para atender a sus pacientes, lo disfruta. A un lado, bosques y barrancos, al otro, bancales; más allá, la vega con sus campos de almendros, de olivos, de cereales. Y de fondo, los montes, siempre los montes.
Pero en la noche no hay más que estrellas como tules en el firmamento. El resto es negrura rota por los faros de su utilitario. «Firmamento», un término que no cabía en su vocabulario urbano. En la ciudad las farolas cancelan cuanto queda por encima de ellas.
En la casa que ha alquilado encontró una silla plegable, y en noches templadas la saca al patio, mira al cielo e intenta deducir las constelaciones. Entonces lamenta no haberse apuntado de niña a los scouts como su hermano. Sabría muchas más cosas del firmamento, de los bosques, de los animales. No era muy aventurera. Tampoco lo es ahora, quizá por eso ha aprendido poco sobre la naturaleza en estos dos años. Le da apuro preguntar. No quiere que sepan que no sabe. No es que le inquiete el qué dirán, es que se pone colorada con solo imaginarse preguntando al pastor o a la masovera. Prefiere estudiar. Lo primero implica arriesgarse y tocar al otro, lo segundo lo puede hacer por su cuenta. Además, sería delatar que no pertenece, como ellos, al campo. Y si algo lamenta Nieves es no pertenecer. Le gustaría sentir cercanía, pero es reservada. No, digámoslo con claridad: es tímida, no sabe acercarse. Puede permanecer muchas horas callada, sin necesitar a nadie a quien contarle ni que le cuente. Si echa en falta la voz humana, enciende la radio. Con eso le basta.
Tampoco comenta nada cuando se dirigen a ella en esa lengua que ellos denominan «chapurreado». Se esfuerza por hacerse con su vocabulario y sus giros. No revela que le gusta cómo suena y que desearía aprenderla. Aspira a ser una más, a mezclarse con ellos, aunque sepa que esto es improbable; que, aunque pasara cuarenta años en el pueblo, seguiría siendo una forastera. Por eso no quiso ocupar la señorial casona del médico, para no distinguirse aún más.
Y porque Manuel se empeñó en tener un poco de terreno para hacer barbacoas y poner huerto. Nieves le creyó, se ilusionó con el entusiasmo de su novio. Fue a la cooperativa y compró herramientas. Por Navidad le regaló una barbacoa que ahí sigue, en el garaje-cuadra-bodega-trastero. Nieves a veces baja a buscar alguna cosa y ve ese armatoste metálico sin estrenar. Su brillo la hiere, un futuro que no llegó a nacer. Manuel se marchó como vino: sin saber sembrar, ni podar, ni recoger.
Delante de pacientes y vecinos disimula sus carencias, cree que así se protege de habladurías. Sospecha que no serían benevolentes con su desconocimiento, con la fragilidad que siente a veces mientras cena sola frente a la tele. Y es que en general no son benevolentes, al menos no de entrada. Aunque lleve dos años atendiéndolos, aunque la necesiten, aunque su labor sea indispensable y sienta que aprecian su trabajo, marcan distancias. La confianza no la otorgan hasta que se ha demostrado que se merece. Ella se pregunta si tendrá que ver con tantos siglos de miseria y desigualdad, con una sociedad severa dividida entre amos y trabajadores de la tierra, poca escuela y demasiados curas.
Vino de la ciudad creyendo que ese tiempo de penurias estaba superado, que la España en la que vive se pone al día, es parte de la Comunidad Económica Europea y prepara grandes acontecimientos internacionales: unas Olimpiadas en Barcelona y una Exposición Universal en Sevilla. Lo ve en el telediario mientras cena y le parece que ocurre en algún lugar remoto. También hablan de un tren rapidísimo que unirá la meseta con el sur y que van a llamar AVE, pero ella se siente más cerca de los pájaros que se posan cada mañana en el alféizar de su ventana.
Al fin llega al mas, la casa de campo característica de la zona. Apaga el motor. Un perro se acerca ladrando con voz ronca y furiosa. A Nieves la asalta un temor instintivo y vuelve a cerrar la portezuela.
«Venga, que son pastores y no se han comido nunca a nadie», intenta tranquilizarse. De niña la mordió un perro en casa de su mejor amiga, aún conserva unas pequeñas marcas. Perro o no perro, la visita hay que hacerla. La gente de los mases no llama por pequeñeces, están habituados a bregar solos con las dificultades, también las de la salud. Se arma de valor y sale.
—Hola, bonito... Hola, perrito guapo...
El ladrido bien pudiera ser una bienvenida, su modo de celebrar la visita, pero Nieves sabe lo mismo de perros que de estrellas. Al fin se arriesga, baja la mano y lo acaricia. El perro calla y agita el rabo. El corazón de Nieves se apacigua. En la casa se abre la puerta y la silueta espigada de una mujer se recorta contra la luz. Nieves agarra el maletín y se acerca a la casa.
—¿Qué tal, Josefina? ¿Cómo va todo?
—Perdone que la hayamos molestado a estas horas, doctora. Pase usted, pase.
—Para eso estamos.
—¡Quita, Duglas! Qué meloso se pone.
La mujer aparta al perro sin miramientos y ella sonríe encubriendo su temor.
En el dormitorio espera Julián, un hombre mayor acostado bajo unas cuantas mantas, aunque en la habitación no haga frío. No tiene buen aspecto. Le ausculta, le hace preguntas, escribe una receta, deja unos medicamentos. Sin prisa y poniendo cuidado en utilizar un lenguaje claro, le explica a la mujer cómo administrarlos.
—Mañana me llama y me dice cómo responde. No deje de hacerlo. Si no le hace efecto enseguida le tendré que cambiar el tratamiento.
—Descuide, doctora.
—¿Tiene quien les vaya a la farmacia?
La señora asiente mientras la acompaña fuera.
—Sí, señorita Nieves, sí. Baja el mediero en cuanto amanezca. Y perdone que la llame por su nombre, pero la veo tan joven que me cuesta mentarla por el apellido.
No se ofende. Sonríe porque, excepto Josefina, nadie pronuncia su nombre por aquí. Siempre es «doctora» y eso es como no tener nombre, y no tener nombre es como no ser nadie. Se mete en su coche, el perro vuelve a ladrar.
—¡Calla, Duglas, calla de una vez!
Arranca y solo cuando está maniobrando para dar la vuelta, repara en que, en el suelo, junto al asiento del copiloto, hay una bolsa con huevos, unas manzanas, un tarro de miel. Le parece excesivo. La abruma que la agasajen, como si contrajera una deuda involuntaria que se ve incapaz de saldar. Baja la ventanilla:
—¿Por qué se molesta, Josefina?
La masovera hace un gesto vago de negación:
—Si la miel no le va, la vende en el mercadillo. Y no se preocupe por la huevera. ¡Ya me la devolverá!
Antes de que pueda replicar, la señora se recoge en su casa y cierra. El coche parte, ya de regreso.
Hasta que prende la luz de la cocina, la casa está sumida en la oscuridad. Es confortable, demasiado funcional, áspera en el estilo práctico y austero de los pueblos: algunos muebles con pretensiones, pero de poca calidad, lámparas que cuelgan de los techos con bombillas de poco voltaje... Solo el fuego de la chimenea, cuando la usa, emana amabilidad. Pero encenderla es un lujo que se niega a sí misma; no estaría tranquila marchándose. No se fía de los rescoldos, los extingue meticulosamente con un vaso de agua, de modo que solo la enciende en fin de semana.
Cuando Nieves entra con la miel, los huevos, las manzanas, recuerda otra ocasión en que llegó con obsequios similares. Entonces apenas llevaba unos meses en el pueblo. Aquella otra noche, hace ya año y medio, la casa no estaba a oscuras. La recibió el murmullo de la tele y el crepitar de la chimenea, esa noche sí, prendida, porque había alguien vigilándola, alguien enamorado del ritual del fuego y la leña. Quizá solo de eso se había enamorado. Cuando Nieves entró aquel día, el salón estaba vacío, la tele encendida hablaba para nadie. Le extrañó.
—¿Manuel...?
Se asomó a la cocina. Luego fue al dormitorio donde la recibió una maleta abierta sobre la cama. De primeras no comprendió lo que significaba. ¿Había llegado alguien? ¿Se iban de viaje y no lo recordaba? Las puertas del armario abiertas y también los cajones. Él apareció desde el baño, cerrando su neceser.
—¿Qué haces, Manuel?
—¿Ya has vuelto? —dijo, parecía desconcertado, pillado en falta.
—Me han regalado miel y...
Tontamente le mostró el frasco, quizá intentando mantener una cierta normalidad, tratando de que se borrara aquella maleta y lo que podía implicar.
—No te he oído entrar —repuso él.
—¿Qué haces?
—Me han llamado.
—¿Quién?
—De Barcelona. Me han dicho que sí.
—Pero habías dicho que... aunque te dijeran que sí...
—Me tengo que marchar. Nieves, yo no puedo estar aquí. Esta casa, este pueblo... Todo el día sin hacer nada... No lo soporto.
—Si esperas un poco... Tal vez si vuelvo a solicitar el traslado... Me han dicho... No sé... Las plazas... El año que viene...
Manuel terminó de colocar el neceser en la maleta y la cerró. Nieves reparó en la mitad vacía del armario. Pero él ya salía de la habitación. Lo siguió. Tenía decididos sus pasos, no pensaba demorarse más de lo estrictamente necesario ante aquella cama que habían compartido apenas ocho meses.
—Nieves, no es solo eso. Lo sabes como yo. Somos nosotros. Esto no va.
Ella calló.
—Me voy. Empiezo a trabajar en la universidad y... Ya veremos —dijo Manuel y la besó en la mejilla.
Ella se dejó hacer pasivamente. No correspondió, ni lo abrazó, dolida por ese beso de amigo, de hermano, de cualquier cosa menos de amante.
—Bueno... —concluyó él ante la falta de respuesta de ella.
Le pareció nervioso, emocionado. Quizá dar ese paso le costaba más de lo que quería aparentar. Ya desde la puerta, Manuel se volvió:
—¿Me puedo llevar la miel?
Nieves asintió. Él cogió el tarro y salió. Nieves se quedó mirando al fuego toda la noche, hasta que el último rescoldo se apagó. Las manzanas, los huevos, aún sobre la mesa.
Ponerle de nombre Silencio, como fue su primera idea, habría llevado a equívoco cuando la llamara desde la ventana, así que le puso Silans, porque lo que sí estaba claro era que aquella gata no maullaba. A la semana de tenerla, cayó en la tentación de hacerle un examen de las cuerdas vocales. No sabía nada de veterinaria, pero el aparato fonador de aquel mamífero no podía ser, en lo esencial, muy distinto del de un humano, otro mamífero. Resultó un fiasco. No llegó a explorar nada. Un cachorro de gato es tan pequeño como un niño prematuro y, cuando hizo la residencia, no se sintió dotada para la pediatría. Además, un gato, por muy cachorro que sea, es infinitamente más ágil que un neonato. Había recortado el palito a un tamaño adecuado para usarlo como depresor (en estas cosas se entretiene), pero fue un esfuerzo inútil. La gata escapó de un brinco, profiriendo algo parecido a un maullido. Algo era algo.
Entonces se le ocurrió que quizá, como los humanos, los gatos aprendieran a maullar por imitación, y esta vivía sin otra compañía que la suya. Probó a maullar. Miau, miau. La gata la miraba perpleja. ¿Y si era sorda? Tiró un libro al suelo. La gata pegó un respingo y miró el libro, primero irritada, luego curiosa. Nieves no estaba convencida: ¿había percibido el ruido o la vibración del piso? Sin más capacidad ni ganas de seguir indagando en la constitución felina, asumió que le había tocado una gata muda y se fue a la cocina a prepararse otro café. Cuando volviera a coincidir con el veterinario, le consultaría.
No tardó en cruzárselo en el bar, y el veterinario, hombre casi tan inexpresivo como Silans, le respondió que gatos, como personas, hay de todas las clases: habladores y retraídos. Nieves se sintió un poco avergonzada, como si, con aquella respuesta displicente, el veterinario hubiera querido decirle algo más, algo del tipo: «Esto es el campo. A ver si te enteras de una vez».
Había sido su mentalidad de urbanita la que había traído a Silans a casa. A pesar de llevar un año como doctora de aquel pueblo, no se habituaba a la realidad de la naturaleza. Cuando por fin terminó de acondicionar la casa y empezaba a sentirla suya, notó ruidos, sonidos que antes, cuando convivía con Manuel, o no percibía o no la incomodaban. «Parece que están rayando queso», se dijo en la cama. «Parece que alguien separa lentejas», matizó luego. «Parece que un rastrillo diminuto rascara la madera». La despertaban en mitad de la noche. Intentaba serenarse diciéndose que en el monte los animales son muchos y es natural que se escuchen sus movimientos, no hay que dejarse amedrentar. Además, quizá se equivocaba y fueran los árboles, que al crecer crujen. O el viento agitando las ramas. Se engañaba y una parte de sí lo sabía, pero el ardid le permitía conciliar el sueño.
Una mañana encontró unas bolitas negras en el suelo. Su parte más cobarde trató de ignorarlas. «Será material que escupen estas viejas vigas». Pero otra mañana el pan para sus tostadas apareció roído. Ni se duchó. Se vistió a la carrera y salió pitando al bar a desayunar, angustiada. Entró el veterinario y pidió su sempiterno café, Nieves se limitó a saludar con la cabeza y fingió estar enfrascada en el periódico comarcal, demasiado avergonzada para confesar sus temores.
Cuando Loreto, la enfermera, llegó al consultorio, Nieves ya estaba allí con sus tostadas cuidadosamente envueltas para que le diera su parecer.
—Vaya madrugón te has pegado. No son ni las ocho. Están roídas. Tienes ratones.
—¿Y qué hago? —preguntó Nieves, horrorizada.
—¿No tienes gato? Tienes que hacerte con un gato. Te has puesto el jersey al revés —contestó Loreto con esa seguridad suya, mientras Nieves se miraba y veía la etiqueta por fuera.
Y así llegó Silans a casa de Nieves.
No sabe que su ama la quiere por interés. La recibe con alborozo, la sigue fiel y curiosa allá donde va, duerme pegada a ella. En la cocina, cuando Nieves, poco hábil en los fogones, se prepara algún plato frugal, Silans la contempla con aprobación. Nieves tiene el recetario de la Sección Femenina, anticuado, pero eficaz. Se lo regaló su madre la primera y única vez que, de momento, ha venido a verla, pero no lo consulta. Todas las recetas son para seis comensales. Su madre ha amenazado con regalarle otro, las 1080 recetas de cocina de Simone Ortega, pero cuando lo menciona Nieves cambia de tema. No quiere decepcionarla, oculta sus desastres culinarios. No es una buena ama de casa como a su madre le gustaría.
La decepción es un sentimiento al que Nieves es muy sensible, tanto si la provoca ella como si son otros quienes la dejan con sabor a poco. Tiene demasiado fresca la reacción de su padre a su traslado al pueblo. Haber estudiado Medicina, haber aprobado el acceso al MIR con nota y haberlo concluido brillantemente, no basta para él. Su opción de ser médico rural deslució todos los logros. Para su padre esos montes, esos dispensarios avejentados y sencillos que ella disfruta, son una chaladura. ¿Médico de pueblo? ¿Qué lustre tiene eso? Desde el día en que lo contó en casa, prácticamente le retiró la palabra.
Sin interés por la cocina, come de menú en cualquier bar del camino. Al principio, cuando nadie la conocía, era más sencillo, se sumergía en la lectura del periódico o en el televisor y listo, pero ahora, según entra, la saludan el camarero, la cocinera, los parroquianos... Ella devuelve una sonrisa de cumplido y responde con monosílabos para evitar que se sienten a su lado a charlar. No quiere que el momento de tregua de su jornada laboral se convierta en una extensión de la consulta. O eso se dice.
Hoy toca el bar de un pueblo pequeño. Pocos habitantes son garantía de pocos clientes que importunen. La cantina antes fue escuela, pero ahora los niños van a otra más grande en otro pueblo y el local ha pasado a ser bar-teleclub-sala-de-reuniones-casa-de-comidas. Si avisa con antelación, la mujer que atiende le rehoga unas verduras y le fríe unas chuletillas de cordero. Tiene mano para guisar y algunas veces Nieves se lleva una tartera para la cena. Le gusta este pequeño cobijo al margen de todo, un refugio dentro del refugio que es de por sí esta provincia alejada. Si hay mucho viento, la antena se descoloca, apagan la tele y entonces reina ese silencio que Nieves ama. Pero ¿de qué necesita refugiarse? Esta es la pregunta que le hizo Manuel la última vez que hablaron, hace ya seis meses, cuando ella le llamó para felicitarle por su cumpleaños. Sus conversaciones tras la ruptura se han ido espaciando hasta diluirse. Primero eran llamadas esporádicas, casi de trámite, como para demostrarse que los siete años de novios no habían sido inútiles. Y muy pronto nada. Nieves a veces piensa que habría sido mejor entrar directamente en esa fase, la de la nada, sin intentar engañarse a sí mismos, que es la forma de engaño más peligrosa que hay.
El potaje de borrajas la calienta por dentro. Es una verdura que no conocía y le gusta. Saca el dinero y le choca que la mujer del bar lo acepte. En general todo son detalles para con la doctora, no le suelen dejar pagar ni un café. La sorpresa es grata, porque Nieves prefiere pagar. Pagar es no quedar en deuda. Tiene un olfato muy fino para distinguir los regalos sinceros, desinteresados, como los de Josefina, de los que son una inversión cuyo beneficio se cobrará más adelante. Y la falsedad, la hipocresía son algo que no solo detesta, también la inquietan. Desea que el mundo sea sencillo y transparente. Unos a esto lo llaman ingenuidad; otros, idealismo.
—Me parece que la maestra la andaba buscando —dice la tabernera.
—¿Vive en este pueblo? —pregunta Nieves.
—Ahí, a la vuelta de la iglesia vive. Una casa roja.
Le choca, pues la escuela está en el pueblo vecino, que es más grande.
—¿Y está enferma?
La tabernera niega.
—No me lo parecía.
—¿Ha dejado algún recado? ¿Le ha dicho algo concreto?
—Me preguntó cuándo pasaba usted consulta. Pero, claro, coincide con el horario de la escuela.
—Le apunto aquí mi teléfono de casa. Que me llame cuando quiera. Por las noches siempre estoy.
Nieves saca el maletín de su coche y se acerca a ver a una mujer recién parida, a su bebé y a otros pacientes que no pueden acudir al dispensario: un hombre que se quemó la pierna, unos críos con varicela... Acabada la ronda, antes volver a casa, se le ocurre tocar en la puerta de la maestra. Son casi las cinco y media. Con un poco de suerte estará de vuelta de la escuela.
Jacinta abre cuando Nieves ya se marchaba. Es una mujer de sesenta años, alta, con buen aspecto a pesar de que lleva puesto un chándal de hombre que le queda grande.
—Hola, soy la doctora. Me ha dicho la señora del bar que me buscaba usted.
—Hola —responde Jacinta sorprendida—, perdona que haya tardado en bajar. Me estaba cambiando. No esperaba visita. Pensé que sería la vecina que me guarda la bombona. No suelo estar cuando pasa el repartidor.
—Si molesto...
—No, no. Pasa, pasa, por favor. No te importa que te tutee, ¿verdad? Eres tan joven... Jacinta, encantada.
—Nieves.
—Sí que eres rápida atendiendo los avisos —dice con un tono que a Nieves le suena un poco a guasa y que no sabe cómo tomarse, pero pasa dentro y lo primero que piensa es que esta casa le gusta. No sabe nada de la propietaria, no ha tenido que visitarla en estos dos años, pero ya le gusta su estilo. Hay libros, hay algún cuadrito, trazas de la cultura de clase media ilustrada a la que ella también pertenece.
—La hora en que vuelvo de trabajar es poco menos que sagrada. Me gusta tumbarme un rato a leer y, no te voy a mentir, a veces me quedo traspuesta. Por eso lo del chándal. No te vayas a pensar que soy deportista —se justifica Jacinta con la misma sorna de antes.
—La culpa es mía. Tendría que haber avisado. Si he venido en mal momento, me marcho y hablamos mañana —se disculpa Nieves un poco desconcertada. ¿Necesita o no necesita un médico esta señora?
—Que no, que no. Ya que te has molestado, no voy a dejarte en la calle.
—¿Qué le pasa? —inquiere Nieves.
—Estoy estupendamente —responde rápida Jacinta.
—Mejor —contesta escueta Nieves y calla, expectante. No sería la primera vez que un vecino la hace venir sin estar enfermo. Los pacientes delegan su integridad física en ella, pero también sus anhelos y turbaciones y, ocasionalmente, además de tratar las enfermedades, le toca hacer el papel de consejera, confesora o trabajadora social, llámalo como quieras. Ven al médico a la antigua usanza: como una figura de autoridad con capacidad de influencia, cercano a las estructuras de poder. A Nieves le parece exagerado, no se ve capaz de influir en nada que no sea la salud de los pacientes. Loreto, la enfermera, la previno desde el primer día: «No te dejes enredar, que luego ya, metida hasta las trancas en sus problemas, no hay marcha atrás». Pero el carácter de l
