Capítulo 1
Londres, 1811
La noticia de la llegada de su hermano mayor, Gunter, causó un gran revuelo en la casa Becker, un alboroto que aún reverberaba en cada rincón de la mansión, dos semanas después del anuncio.
A Alice esa noticia la llenó de felicidad, pues traía consigo una mucho mejor: el regreso de Arthur Wellesley y, con ello, la posibilidad de ver cumplidos sus más anhelados deseos: convertirse en su esposa. Sus mejillas se sonrojaron ante aquel furtivo y ambicioso pensamiento.
Nadie lo sabía, pero ella lo amaba en secreto desde que lo conoció a los doce años. El regreso de Arthur no era un asunto que se hubiera anunciado, pero Alice sabía que sus planes y los de Gunter eran muy similares. Era un secreto a voces que, al igual que su hermano, ambos necesitaban encontrar esposas. En su ingenuidad, Alice ya se había ofrecido para convertirse en la esposa de Wellesley, y nadie le iba a arrebatar esa posibilidad.
Por eso, rechazó de manera tajante a los últimos dos pretendientes que se atrevieron a solicitar su mano. En su interior, rogaba que no apareciera ningún otro más hasta que tuviera la oportunidad de encontrarse con Arthur.
Su madre entró en el salón de tejidos justo cuando ella intentaba enhebrar hilo en el diminuto ojal de una fina aguja, en su esfuerzo por mantener las costumbres y aprender el oficio de toda dama recatada, decidiendo dedicarse al punto de cruz, tras fracasar terriblemente con el bordado de crochet y sus derivados.
—Querida, parece que todavía no logras dar una puntada decente —dijo su madre, sentándose en el sillón frente a ella.
Alice frunció el entrecejo.
—El ruido no me deja concentrar —refunfuñó, quedándose casi bizca al intentar de nuevo.
Su objetivo era, al menos, conseguir bordar sus iniciales junto a las de su futuro esposo, Arthur Wellesley, en el pañuelo que iba a obsequiarle, sumado a todos sus sentimientos.
—Usa el dedal o te pincharás un dedo.
Su madre la sacó de sus cavilaciones, y ocultó una sonrisita furtiva que afloraba cada vez que la imagen de Arthur venía a su mente: su atractivo porte, su melena negra y desordenada por el constante peinado con los dedos, que denunciaba su aversión al protocolo.
Por todas estas y muchas otras actitudes, lo amaba; pero él no lo sabía. Ese era su secreto más profundo y prohibido, ya que una dama no podía alardear de sus preferencias. Sin embargo, ya había elegido el momento adecuado para revelárselo y por fin le contaría sobre sus sentimientos.
—Lo siento —respondió, distrayéndose un poco y tomando el pequeño dedal una vez logró ensartar la aguja, mientras su madre la observaba con recelo.
—Espero que estés contenta con el regreso de tu hermano.
—Lo estoy, madre —repuso a secas.
—Con tu padre enfermo, es necesario que esté aquí para hacerse cargo de varios asuntos.
—Confío en que ya está preparado para ello —dijo Alice, alzando la mirada hacia su madre para mostrarse convincente.
En el fondo, sabía que Gunter Becker odiaba las responsabilidades, pero las afrontaba porque no podía escapar de ellas. Sonrió, aliviada de que su madre no pudiera leer sus pensamientos llenos de secretos.
—También estará al frente de la búsqueda de tu futuro marido.
Alice irguió la cerviz y apretó los labios, mordiéndose la lengua para no revelarle que su hermano estaría encantado de entregarla a Arthur. No era algo que pudiera afirmar, pero confiaba en aquel vívido recuerdo de la conversación que Gunter sostuvo con Arthur y que escuchó a escondidas, cuando le dijo que ella un día se convertiría en una joven encantadora y digna de ser desposada.
—Entonces no me preocupa; sabrá elegir bien.
—Así será, porque no toleraremos un desaire más —sentenció su madre, recordando las dos propuestas que ya había rechazado.
—Sé que tú y papá esperan celebrar mi boda, pero es imposible ser feliz con alguien incompatible —añadió, maldiciendo para sí misma por haber cometido un error en los trazos.
—Tu padre y yo nos casamos, y créeme, querida, no congeniábamos en absoluto. Solo el tiempo y la devoción nos han mantenido juntos, y tú y Gunter son fruto de ello.
—Pero los tiempos han cambiado, mamá.
—Tal vez así sea, pero hay algo que jamás cambiará: la soltería no será compatible contigo.
—No he dicho que quiera convertirme en una solterona.
—Esperamos que eso sea cierto —arguyó su madre, apenas curvando sus labios, pero sin un atisbo de felicidad.
Capítulo 2
El día fijado para el regreso de Gunter llegó, y la mansión Becker se preparó con todas sus galas para recibirlo. Alice se colocó en primera fila, luciendo un vestido impecable y exhibiendo modales refinados, con una sonrisa que reflejaba la emoción que sentía, no solo por la llegada de su hermano, sino también por las noticias que traería consigo.
Solo faltaba el viejo señor Becker, quien, debido a la crisis reumática que lo aquejaba, prefirió esperar a su hijo en su estudio y observar todo a través de la ventana. La familia no pertenecía a la nobleza, pero destacaban lo suficiente para formar parte activa de la alta aristocracia londinense, lo que hizo que el recibimiento fuera un poco rimbombante.
—Deja de sonreír, Alice —la riñó su madre.
Ella se ladeó para mirarla, luego alzó la vista hacia la ventana del segundo piso, donde su padre se asomaba sonriendo. Se encogió de hombros, consciente de la adoración que él sentía por ella, mientras su madre fruncía el entrecejo, negando con la cabeza.
Por fin se escucharon los cascos de los caballos, y la señora Rufina Becker juntó las manos, sonriendo de emoción, ordenando que abrieran las puertas. Una vez que el galope de los equinos se detuvo frente a ellas, más de diez empleados de la casa se disponían para recibir al regreso de Gunter Becker, quien bajó de su brioso semental sacudiéndose el polvo de las solapas y quitándose el sombrero, mientras los empleados se encargaban del coche con todo su equipaje, que se detuvo detrás. Ambas se lanzaron a abrazarlo.
Con todo el alboroto de bienvenida, Alice no tuvo un instante para hablar a solas con él. Su madre lo acaparó rápidamente, impidiéndoselo; y, por último, después de almorzar y tomar un breve descanso, su padre lo encerró en el estudio, donde estarían recluidos el resto de la tarde, hasta la cena. Alice suspiró de aburrimiento.
—¿Tan pronto has desistido del punto de cruz? —le preguntó su madre, sacándola de su frustración.
—No, seguro que puedo hacerlo.
—¿Puedo verlo? —prosiguió Rufina, alzando la cabeza para mirar.
Alice escondió el bastidor.
—No es nada elaborado aún.
—¿En serio, querida?
Ella suspiró hondo.
—Sí, cuando termine, te lo mostraré.
—De acuerdo, necesito saber si mi hija resulta buena en algo.
—No creo que sea tan importante aprender a tejer.
—Lo es, querida.
—¿Quién lo dice?
—Siglos de nuestra historia —respondió su madre, exultante—. Además, es el símbolo de una mujer laboriosa, virtuosa y de estatus.
Alice frunció el ceño con descontento; le resultaba un argumento débil frente a lo que experimentaba en cada una de las reuniones de bordado a las que se veía obligada a asistir, donde su madre a lo mejor confundía estos estandartes con una oportunidad para hacer vida social y enterarse de los últimos rumores.
Para Alice, aquellas clases eran simplemente centros de chismes en los que se juzgaban reputaciones en secreto, y las odiaba aún más cuando el centro de la conversación se tornaba alrededor de Ruth Wellesley, solo porque ella se negaba a asistir a alguna.
El problema era que Ruth estaba lisiada de una pierna, lo que le impedía acudir a las reuniones, y por ello solía ser selectiva. La conocía en persona y podía dar fe de ello.
Lanzó un hondo suspiro antes de volver a hablar.
—Supongo que si no aprendo a tejer como lo hicieron la abuela y tú, y todas las honorables damas que dominan el arte, habré fracasado.
—Pero trabajarás duro por ello. —Su madre le sonrió, acariciándole la barbilla.
—Eso haré, mamá —respondió Alice, volviendo a dar un par de puntadas más, mientras Rufina la vigilaba por el rabillo del ojo.
—A propósito, sé que estás pendiente de tu hermano para preguntarle por Arthur —retomó su madre.
—Eso... no...
—Lo sé, querida, y ya es hora de que dejes de hacerte ilusiones con ese joven.
—¿Qué dices, mamá? No hago eso —trató de excusarse.
—De todos modos, no será necesario que se lo preguntes a Gunter; yo te lo diré. Pronto será un secreto a voces.
—¿Y qué tienes que decirme?
—Que el joven Wellesley también regresará el próximo mes —reveló Rufina, y Alice no pudo evitar emocionarse al escuchar la noticia—. Vendrá a casarse como se esperaba, y tal vez lo haga primero que Gunter, porque ya tiene con quién. Es lo que se dice.
Las últimas palabras de su madre la dejaron fría, y con una negación que seguramente le duraría por los siguientes días.
Capítulo 3
La noticia la sumió en una depresión que parecía agravarse con el paso de los días. Ni siquiera tenía ánimos para corroborarlo con su hermano, porque, tal como lo auguró su madre, el rumor de la boda estaba esparcido por cada rincón del West End de Londres.
—¿Así que estás decidida a evadirme hasta que te mueras, Alice? —preguntó Gunter al aparecer frente a ella, quien todas las mañanas se refugiaba bajo el peral del jardín. Ella no dijo nada, porque la esperanza que tenía anidada en su corazón yacía muerta y estaba a punto de enterrarla.
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar trabajando con papá?
—Me ha dado un descanso y he decidido confrontar a mi hermanita.
—No estoy enojada contigo —masculló entre dientes.
Gunter se movió de su posición y se sentó a su lado.
—Estoy seguro de que sí —repuso él, convincente.
Ella frunció el ceño y apretó los labios, sujetando la caja de bordado donde había decidido confinar el pañuelo que nunca sería entregado.
—Tal vez porque le pediste a mamá que me lo dijera.
—Y fue lo mejor.
—Ahora estoy desilusionada.
—¿De mí o de Arthur?
—De los dos —refunfuñó, lo que hizo reír a Gunter.
—Está bien si lo sientes, porque es lo mejor. Estoy de acuerdo con mamá en que no es conveniente que albergues sentimientos por Arthur.
La presunción de su hermano la hizo resoplar.
—N-no es... nada de eso —se quejó refunfuñando.
—Yo pienso que sí, por eso le pedí a madre que te lo dijera.
—¿Tenías miedo de contármelo?
—Tal vez no lo hubiera hecho, pero no sería bueno que sigas ilusionándote.
—No estoy ilusionada —gimió, sintiendo cómo se le aguaban los ojos y se le aflojaba la nariz.
Gunter la atrajo a su costado y la abrazó pese a su renuencia.
—Arthur llegará para el cumpleaños de Ruth. La invitación llegó muy temprano. Si no quieres ir, no habrá problema.
Alice guardó silencio, meditando el dilema que eso le significaba. Por un lado, apreciaba a Ruth y deseaba volver a encontrarse con ella; por el otro, añoraba a Arthur, aunque en el fondo deseaba no verlo nunca más. Sin embargo, no podía comportarse de manera infantil y convertirse en otra enemiga de Ruth, con quien, a pesar de llevarle cuatro años, habían congeniado muy bien desde que se conocieron.
—Asistiré —declaró, sorprendiendo a Gunter—. Me gustaría hacerle compañía a Ruth.
—Eso está perfecto, ella te lo agradecerá —respondió su hermano.
Ella sopesó su expresión con detenimiento, meditando en si su simpatía por Ruth tenía algún interés oculto, y no le molestaría que fuese así.
—¿Alguna vez has meditado en cortejarla? —le preguntó, haciendo que este enarcara la mirada y luego sonriera.
—Nunca, y es lo mismo que espero de Arthur —concluyó.
Después de darle un abrazo y besarla con cariño en la sien, él se puso en pie, listo para volver al despacho de su padre. Alice fijó su mirada en el pequeño libro encuadernado en cuero que él había llevado en la mano.
El título, apenas legible, rezaba: La doble moral del poder, y descubrió que no se parecía a ninguno que su padre tuviera en su biblioteca.
—¿Puedo verlo? —le preguntó, al notar que Gunter lo miraba.
De inmediato, él lo escondió de su vista.
—De ningún modo. No es lectura para chicas inocentes —respondió con serenidad, y con una sonrisa se despidió de ella tras revolverle el cabello como cuando era más pequeña, sacándole un enojado mohín.
Alice se quedó allí, observando cómo, en su camino de regreso a la mansión, él sacaba el libro para hojearlo. Esto le causó un atisbo de curiosidad, así como una nueva misión. Su hermano había llenado su cabeza con historias sobre un vasto mundo que apenas le dejaba vislumbrar, debido a que su madre desaprobaba de que le infundiera ideas poco adecuadas para una señorita educada, especialmente durante sus largas estancias en el extranjero por sus estudios.
Todo lo conocía a través de Arthur, ya que desde que coincidieron en Eton no dejaron de ser amigos, incluso durante sus últimos años en Oxford.
Alice regresó a su habitación, sintiendo que terminar de bordar las iniciales la había agotado. Cada vez que se sentaba bajo el peral, la opción de enterrarlo y olvidarlo se volvía más tentadora. Se acomodó frente al tocador, vacío de todo recuerdo sobre su amor por Arthur, que se había frustrado.
De repente, llamaron a su puerta
