Los diarios de Emma M. Lion 4

Beth Brower

Fragmento

Personas de interés mencionadas con anterioridad

Personas de interés mencionadas con anterioridad

Emma M. Lion: Yo, por supuesto. En vías de recuperar Lapis Lazuli House.

Archibald Flat: Tramposo, ladrón, villano. Una plaga universal para la humanidad.

Prima Matilde: Hermana mayor de Archibald. Ogresa.

Lady Eugenia Spencer: Mi imponente tía. Leal, aunque no cariñosa.

Damian Spencer: Mi primo mayor, actualmente escondido en el continente.

Arabella Spencer: Diosa divina. Belleza radiante. Mi cómplice.

Parian: Ayuda de cámara, mayordomo, hombre bastante insufrible. Encima, haragán.

Agnes: Fregona, cocinera. Mal pagada. Opiniones extrañas. Escocesa. Maravillosa.

Niall Pierce: El Inquilino. Píramo demostrado. Sigue rodeado de misterio.

Joven Hawkes: «El Formidable Nigel Hawkes». El insólito vicario de St. Crispian’s.

Duque de Islington: Me desaprueba. Bien educado, creo.

El Romano: Fantasma residente de St. Crispian’s al que aún no he visto en persona.

Mary Bairrage: Compañera superviviente de Fortitude, escuela preparatoria para señoritas.

Jack Hollingstell: Primo ficticio de Mary. Un libertino. Le debo dos favores.

Roland Sutherland: Némesis de la infancia convertido en un apuesto dios Sol.

Saffronia March: Vieja amiga. Artista. Actualmente está pintando en Italia.

Señorita Hunt: Antipática. A la caza de marido. Le tiene echado el ojo a Roland.

Charles Goddard: Alto, delgado, un palillo. Mi pretendiente no pretendido.

Señor Penury: Banquero muy serio.

Evelyn Stuart: Hermano mayor de Maxwell.

Maxwell Stuart: 31 de enero de 1861 – 27 de julio de 1880.

1 de septiembre

El doctor Fairchild acaba de marcharse.

¡Cielo santo!

Ha sido una hora entera de espectáculo. Parian se ha pasado la mayor parte del tiempo preparando el batín elegido por el primo Archibald (para su regreso al Mundo de los Vivos). Yo, por el contrario, he quedado relegada al cajón de los calcetines (en el cual moraba un mítico par que, según él, sería delicado para con sus pies). Mientras tanto, Fairchild se afanaba en tratar de convencer a mi excéntrico primo de que el bastón que iba a utilizar no había sido saboteado por una tal Emma M. Lion.

Tentador en retrospectiva.

Tentador aún.

El primo Archibald ya no está postrado en la cama y, hasta por desgracia, es capaz de subir y bajar las escaleras.

—Dos veces al día durante la primera semana —prescribió Fairchild—. La semana que viene, le sugeriré que haga todas las comidas abajo y que dé un paseo corto, solo hasta el final de la calle. Volverá a estar casi normal en un abrir y cerrar de ojos. Opino que hoy le convendría tomar el té en el salón de recibir. Un dulce incentivo para empezar. Lo ayudaré a levantarse. Allá vamos.

(Cabe señalar que Parian, Agnes y yo nos estremecimos cuando pronunció esas palabras).

Con aire abatido, seguimos al doctor y al primo Archibald escaleras abajo hasta el salón. Una vez que se acomodó, todos nos retiramos.

El rostro de Agnes mostraba una expresión valiente, pero la melancolía de su sonrisa mientras regresaba a la cocina para prepararle el té a Archibald recordaba una época pasada.

Fairchild estaba ansioso por marcharse.

—Me complace que ya esté resuelto —me dijo mientras lo acompañaba a la puerta—. Volveré a visitarlo dentro de un mes, pero a su primo debería sanarle bien la pierna.

Me sonrió y luego salió de la casa a toda prisa, antes de que un gemido quejumbroso pudiera reclamarlo de nuevo.

Un médico maravilloso, el doctor Fairchild. Pero tengo la sensación de que ha liberado algo horrible en el mundo.

2 de septiembre

CREO QUE DEBERÍA ADVERTIRLA.

¡Cielos! ¿De qué?

AHORA QUE TENGO UN ESTUDIO FIJO, PLANEO DARLES LA DIRECCIÓN A MIS AMIGOS, CONOCIDOS Y CLIENTES.

¿Acaso un acto tan normal requiere de una advertencia, Pierce?

CONSIDERO QUE SÍ. ME PREGUNTO, SIN EMBARGO, ¿QUÉ DIRECCIÓN DEBERÍA FACILITAR? ¿EL SERVICIO POSTAL DE SU MAJESTAD CONOCE «LAPIS LAZULI MINOR»?

Oh, vaya. No me lo había planteado. No creo que tengan constancia de ella. ¿Por qué no da la dirección de Lapis Lazuli House y que Agnes le pase la correspondencia por debajo de la puerta del estudio? No creo que suponga ninguna molestia.

CREE MAL. ES POSIBLE QUE SUPONGA UNA GRAN MOLESTIA.

Tonterías. Las cartas que llegan a esta casa se clasifican en un momento en la mesita del recibidor. Las suyas se añadirán al sistema hasta que le consiga una dirección independiente.

SI SE EMPEÑAAUN ASÍ, CONTRIBUIRÉ CON UNA CESTA.

¿Una cesta?

PARA REUNIR MI CORRESPONDENCIA SI RESULTA QUE NO HAY ESPACIO EN LA MESITA DEL RECIBIDOR.

No creo que sea necesaria. No obstante, contribuya con dicha cesta si eso lo ayuda a dormir aunque solo sea un rato mejor de lo que lo hace ahora.

3 de septiembre

Mary, que ha estado espantosamente ausente durante las últimas semanas debido al exceso de trabajo que le imponen tanto la compañía telefónica como su profesor, ha salido a pasear conmigo por Regent’s Park esta tarde. Sus pasos eran largos, señal de que está contenta con cómo le van las cosas en la vida a pesar del ritmo riguroso.

Le pregunté si estaba haciendo alguna otra actividad, aparte de trabajar.

—Oh, sí —respondió—. Jack me ha llevado a ver una obra de teatro, dos museos y una revista de variedades. La señorita Lamb tiene una norma estricta respecto a que sus huéspedes no deben asistir a revistas de variedades. Sin embargo, él (me refiero a Jack, claro) se mostró tan encantador que ella accedió. En cuanto salimos a la calle, le di un pescozón y le expliqué que la próxima vez tenía que decir que me llevaba a la iglesia.

—Si dice eso, es posible que la señorita Lamb te interrogue sobre el sermón —advertí.

—Solo tendré que recurrir a mi comodín.

—¿Que es…?

—Los panes y los peces, Emma, los panes y los peces. Una puede parecer tan santurrona como sea necesario si es capaz de hablar con autoridad sobre los panes y los peces. Es irrefutable.

(No estoy segura de que esto sea válido para todas las ocasiones. No obstante, revisé el capítulo correspondiente cuando llegué a casa. Irrefutable es irrefutable).

—¿Y tú, Emma? —preguntó Mary—. ¿Has hecho algo digno de mención?

Así que le narré los acontecimientos más significativos: el baile de los Bedford, la cena de lady Trewartha, el desafortunado regreso del primo Archibald a la tierra de los vivos, etcétera, etcétera.

Mary me aplaudió cuando correspondía.

—Sigo asombrada de que tu inquilino e Islington se llevaran tan bien. ¿Es algo normal en el caso de dos subespecies de hombres de ese tipo?

Con la intención de adoptar un tono de comedia frívola, respondí:

—Los ricos y nobles suelen entablar amistad con artistas. Hace que se sientan interesantes. —Y luego, como la mitad de las veces la sinceridad no es una idea tan horrible, añadí—: En realidad, hicieron tan buenas migas porque a ambos les convenía, y se convirtió en una velada bastante memorable. Durante aquella última hora junto a la fuente, me sentí como si los tres fuéramos amigos desde hacía siglos. Aunque ellos dos estén al tanto de lo que ocurrió en París y yo no.

Una nota de mordacidad impregnaba esta última frase.

Mary sonrió.

Y con un brillo pícaro en los ojos dijo:

—Has andado de aquí para allá, Emma, dedicándote a todo tipo de juegos, acertijos y diversiones. Pero, si mal no recuerdo, en casi todas las cartas desde que saliste de la escuela hace tres años te has quejado sin parar de que no tenías tiempo suficiente para estudiar. Ahora que por fin vives en Londres, no oigo ni una sola palabra acerca de lo que estás leyendo. Para aspirar a convertirte en literata, eres tremendamente sociable.

Era cierto.

Me di por reprendida.

—Tengo un libro de ensayos de un estadounidense llamado Emerson —me defendí—. Además, estoy estudiando frases en latín.

—¿Como por ejemplo?

—Credo quia absurdum.

—¿Qué significa?

—«Creo porque es absurdo».

Mary reflexionó sobre la expresión durante un momento y luego afirmó:

—Sí, diría que eso describe bastante bien tu vida.

A lo que respondí:

—Veritas.

Así, continuamos con nuestro paseo —aunque se me prohibió emplear cualquier frase en latín— y estábamos riendo alegremente cuando, al doblar una esquina, nos topamos con un bigote conocido, que resultó estar fijado al rostro de mi banquero, el señor Penury. A su lado, iba una mujer.

Estuve a punto de no reconocerlo de tan… despreocupado como parecía.

Nada típico de un banquero.

(¿Debería una sentirse avergonzada al ver a su banquero en tal estado de desnudez financiera?).

Antes de que yo pudiera reprimir la risa por completo, me reconoció.

—¡Ah! Hola, señorita Lion. Parece que está disfrutando del día.

—Buenos días, señor Penury. —A continuación, haciendo gala de mis excelentes modales, tendí la mano hacia el lado y dije—: Mi estimada compañera en todas las cosas, Mary Bai­rrage.

Mary sonrió.

—Hola.

—Un placer —respondió el señor Penury—. Permítanme que les presente a mi esposa, la señora Rebecca Penury.

A primera vista, la señora Rebecca Penury era una mujer sencilla: cabello castaño, ojos castaños, nariz fácil de olvidar. No obstante, una segunda mirada me reveló que era atractiva a su manera.

—Encantada —respondió Mary.

—¿Cómo está, señora Penury? —dije yo justo a la vez.

Sin embargo, no recibí respuesta. La mujer se limitó a permanecer allí quieta con una sonrisa tranquila en el rostro y la mirada afilada. Como si fuera lo más normal del mundo.

—Mi esposa no habla, señorita Lion. Ya no —aclaró el señor Penury.

¿Ya no?

Sentí una obvia curiosidad.

No me dio tiempo a preguntar si se debía a un accidente —como que unas monjas le hubieran cortado la lengua— antes de que ella le apretara el brazo. Entonces el señor Penury dijo:

—Una noche, tras un agotador evento social, la señora Penury me informó de que llevaba más de cuarenta y cinco años hablando de su vida y, habiendo dicho ya todo lo que quería decir, abandonaba tal actividad por completo. Lleva casi una década en silencio, y le ha ido de maravilla.

—¡Qué genialidad! —exclamamos Mary y yo al unísono, lo cual nos provocó una carcajada a los tres. (La señora Penury solo sonrió).

Aunque no estoy segura de si yo sería capaz de elegir lo mismo —¿quién se imagina a una mujer decidiendo que ya no tiene nada más que decir?—, brava!, por ser tan resuelta. Así se lo dije a la señora Penury, y su sonrisa se ensanchó. Luego, le apretó el brazo al señor Penury con los dedos enguantados y asintió. A lo que este respondió:

—Ha llegado el momento de seguir adelante, por lo que veo. Bien, tenemos fijada una reunión para dentro de quince días, señorita Lion. No la habrá olvidado, ¿verdad?

—¿Cómo dice?

—Le envié una nota.

—Me temo que no ha llegado a mis manos.

—Entonces, este encuentro ha sido realmente providencial. La tengo apuntada para el 17 de este mes a las tres en punto —dijo Penury—. Repasaremos los detalles de sus cuentas.

—Sí, capitán.

Y saludé llevándome una mano a la sien.

Ni que decir tiene que el estado poco convencional de la señora Penury dio pie a una larga conversación entre Mary y yo.

—Serías del todo incapaz de hacer algo así, Emma —proclamó Mary—. Y yo también. Las dos estamos demasiado entregadas a escuchar nuestras propias opiniones.

Se me escapó la risa por la nariz.

4 de septiembre

Por la mañana Agnes subió a la buhardilla bastante temprano.

—¿Señorita Lion? —dijo vacilante.

—¿Sí? —logré contestar con un bostezo.

—Alguien ha dejado una cosa para usted, creo.

—¿A qué te refieres?

—Creo que debería bajar a verlo.

—¿Ahora?

—Ahora, señorita.

Me puse una bata vieja y la seguí hasta la puerta delantera.

La abrí esperando… Bueno, no sé. Agnes tenía la cara pálida como un fantasma y una expresión tan perpleja que me esperaba algo shakespeariano, como un hombre con cabeza de asno.

Pese a que no encontré nada así de sobrenatural, lo que vi podría haber sido el resultado de cualquier sueño de una noche de verano.

Esparcidas por las escaleras, había varias botellas de licor, todas ellas desprovistas de su contenido y sosteniendo una sola flor. Rosas de un tono rosa pálido abriéndose a la mañana.

Dos de las botellas se habían volcado. Una había rodado hasta la calle.

—¿Es una maldición, señorita? —preguntó Agnes con inquietud.

Mi risa se tropezó con un ceño fruncido mientras contaba las botellas.

Había nueve.

Nueve botellas. En cuanto recordé la cena de lady Trewartha, lo tuve claro.

—Agnes, creo que hemos sido bendecidas, por así decirlo, por Los Diez Réprobos.

—¿Los Diez Réprobos? —repitió ella con los ojos muy abiertos—. ¿Qué son?

—Supongo que son ese tipo de personas que dejan botellas vacías con flores en los escalones de una puerta. Como hay nueve botellas, apuesto a que fueron Los Diez Réprobos.

—¿Por qué no diez botellas entonces?

—Por la sencilla razón de que no me imagino a un vicario (ni siquiera al nuestro, por muy encantador que sea) dejando una botella de licor vacía en la puerta de una feligresa.

Nada de todo aquello tenía sentido para Agnes, que frunció aún más el ceño mientras recogíamos las botellas y nos retirábamos a la cocina, donde metimos todas las flores en un jarrón que sacamos de la sala del desayuno.

Mientras arreglaba y cortaba las rosas, comenté que tal vez fuera a hacerle una visita a mi pobre amigo inválido. (Me refería a Roland Sutherland del Brazo Roto). Al oír la palabra «inválido», Agnes adoptó una expresión grave y dijo:

—Haré una tarta para el pobrecito.

Me temo que se está imaginando una situación desesperada y melodramática en la que visito a una familia arruinada que pasa por grandes apuros. Cuando lo cierto es que su humilde tarta —aunque sin duda será maravillosa— va a ir a parar a manos de uno de los hombres más ricos y apuestos de todo Londres.

Creo que dejaré que Agnes mantenga esa fantasía. Si le escribe a su madre que Emma M. Lion está visitando a los indigentes, es posible que eso compense parte de las absurdas realidades de mi vida.

Ah, qué bonito. Un pétalo de rosa acaba de caer sobre la página. Meteré mi diario debajo de mis libros para que se prense mientras estoy fuera.

Más tarde

Acabo de regresar de Sutherland House, donde he estado para ver cómo le iba a Roland con el brazo roto.

Su mayordomo —después de aceptar mi tarjeta y desaparecer— volvió y me condujo a un estudio en el que Roland se encontraba sentado a un escritorio imponente con un aspecto demasiado serio para su propio bien.

Eso cambió cuando levantó la vista y me vio allí de pie.

Dijo él:

—¡Emma Lion! Veo que no me has olvidado por completo.

Dije yo:

—Hola, Roland. Pareces un hombre de importantes negocios. Se podría llegar a pensar que no eres todo belleza frívola. Quedas advertido.

—Sí, mis asuntos requieren de ciertas gestiones —respondió mientras se ponía en pie.

Seguía llevando el brazo en cabestrillo, pero no mostraba ningún signo de dolor.

Tres hurras por ello.

Yo dije:

—Estás mucho mejor que la última vez que te vi.

Él dijo:

—He evitado todos los parques y a todos los niños. Y mi ama de llaves me ha alimentado con una cantidad asombrosa de sopa de pollo. Asegura que el caldo es bueno para sanar los huesos, pero empiezo a cansarme de él.

—Alma atormentada. Por suerte para ti, mi cocinera ha sido tan bondadosa como para preparar una tarta de limón con sirope de saúco, que también es bueno para sanar los huesos, según toda clase de leyendas completamente falsas. La he mandado a la cocina.

Fue un detalle muy considerado por parte de Agnes.

—Emma Lion, malcrías a tu némesis de la infancia.

Es verdad.

A pesar de que la belleza de Roland procede de la Edad de Oro, esta tarde su semblante tendía a la palidez.

Consideré que era mi deber comentarlo.

—Tienes cara de estar un poco pachucho.

—No he tenido cara de estar pachucho ni un solo día en toda mi vida.

—Claro que sí. Cuando teníamos quince años y estuviste a punto de cortarte el dedo de un tajo.

Su gesto fue casi de indignación.

Es posible que a causa del giro creativo que le había dado a nuestra historia común.

—¿Que yo estuve a punto de cortarme el dedo de un tajo? —replicó—. Si mal no recuerdo, eras tú la que se había hecho con la espada de su tío…

—Ese pequeño detalle no tiene excesiva importancia para el tema de qué cara tenías, Roland —insistí mientras me quitaba los guantes—. ¿Te quedó cicatriz?

—Sí. Un trabajo concienzudo.

—Parece que tengo cierto talento para eso. Para herir hasta dejar cicatriz. En cualquier caso, de verdad que deberías tomar un poco el sol. ¿Tienes jardín?

—La Temporada ha terminado, Emma —respondió Roland—. No tengo que impresionar a nadie.

—¿Ni siquiera a la señorita Hunt?

No pude contenerme.

Eso no es del todo cierto.

Supongo que podría haberme contenido.

Pero ¿por qué?

Roland esbozó una media sonrisa.

—La señorita Hunt, según tengo entendido, encandiló a Alphonso Dorring, conde de No Sé Qué o No Sé Cuántos, en la cena de lady Spencer. Desde entonces, su hermano y ella se han trasladado a casa de su tío, que se encuentra a dieciséis kilómetros de la residencia campestre del conde. Por ahora, me he librado de sus atenciones.

¡Menudo alivio!

—¡Estupendo! —respondí—. ¿Nos tomamos la tarta en el jardín con una taza de té?

Y eso hicimos.

Roland y yo nos contamos nuestras desventuras del verano y, después, lo informé de que me vería obligada a tacharlo de mi Lista de Enemigos en cuanto volviera a casa.

—Es una pena, pero, tras haber compartido una tarta en tu jardín, debe hacerse.

—¿Tienes una Lista de Enemigos? —preguntó con una sonrisa que le marcó los hoyuelos.

—¿No debería tenerla todo el mundo? Contigo en la lista, era un cuatro equilibrado. Ahora queda un poco coja. Le falta elegancia. Tendré que sustituirte en breve.

—Bueno, no te precipites a la hora de buscar a otro si puedes evitarlo. —Roland se arrellanó en su silla y sonrió mientras decía—: Yo no tengo enemigos.

—De ahí tu resplandor celestial, Roland. Bravo. Qué buen carácter has desarrollado después de haber sido un niño tan terrible.

—No es buen carácter, Emma. Es buena sangre.

Le lancé una mirada bastante exagerada.

5 de septiembre

Tía Eugenia iba a pasar toda la tarde ocupada con una reunión de su sociedad benéfica: Féminas Loables para la Obliteración de los Pobres. O, más bien, FLOP, que es la nomenclatura que preferimos Arabella y yo. Una vez le pregunté a mi tía si eso significaba que intentaban eliminar la pobreza o a los propios pobres. Su respuesta fue rápida.

—No estoy segura de que sea necesario hacer distinciones, Emma. Ambas cosas conducen

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