Los diarios de Emma M. Lion 3

Beth Brower

Fragmento

Personas de interés mencionadas con anterioridad

Personas de interés mencionadas con anterioridad

Emma M. Lion: Yo, por supuesto. En vías de recuperar Lapis Lazuli House.

Archibald Flat: Tramposo, ladrón, villano. Una plaga universal para la humanidad.

Prima Matilde: Hermana mayor de Archibald. Ogresa.

Lady Eugenia Spencer: Mi imponente tía. Leal, aunque no cariñosa.

Damian Spencer: Mi primo mayor, actualmente escondido en el continente.

Arabella Spencer: Diosa divina. Belleza radiante. Mi cómplice.

Parian: Ayuda de cámara, mayordomo, hombre insufrible. Encima, haragán.

Agnes: Fregona, cocinera. Mal pagada. Opiniones extrañas. Escocesa. Maravillosa.

Niall Pierce: El Inquilino. Píramo demostrado. Sigue rodeado de misterio.

Joven Hawkes: «El Formidable Nigel Hawkes». El insólito vicario de St. Crispian’s.

Duque de Islington: Me desaprueba. Bien educado, creo.

El Romano: Fantasma residente de St. Crispian’s al que aún no he visto en persona.

Mary Bairrage: Compañera superviviente de Fortitude, escuela preparatoria para señoritas.

Jack Hollingstell: Primo ficticio de Mary. Un libertino. Le debo dos favores.

Roland Sutherland: Némesis de la infancia convertido en apuesto dios Sol.

Saffronia March: Vieja amiga. Artista. Actualmente está pintando en Italia.

Phineas y Oliver Brookstone: Gemelos. En huida del matrimonio. Divertidísimos.

Señorita Hunt: Antipática. A la caza de marido. Le tiene echado el ojo a Roland.

George West: Posible marido para Arabella. Le encantan los mapas y los guisantes de olor.

Charles Goddard: Alto, delgado, un palillo. Mi pretendiente no pretendido.

Evelyn Stuart: Hermano mayor de Maxwell.

Maxwell Stuart: 31 de enero de 1861 – 27 de julio de 1880.

1 de julio

Un ruido me despertó de mis sueños esta mañana. Seguí acurrucada en la oscuridad bajo la manta, con los ojos cerrados, sumida en una sensación general de bienestar que acabaría siendo pasajera. Después de oír el ruido una segunda vez, abrí los ojos de golpe y me aparté la manta de la cara. La peor de todas las pesadillas: una aparición se cernía sobre mí en la penumbra, una nariz brillante que asomaba por debajo de unos anteojos torcidos. La nariz ya la había visto antes; los anteojos no.

Aunque no me sienta para nada orgullosa de lo que sucedió a continuación, tengo el compromiso de relatar la verdad.

Chillé.

Y el primo Archibald salió disparado hacia atrás, envuelto en su ligero batín de seda.

—¡Primo Archibald! —dije con calma grité—. ¿Qué haces aquí?

Pasó varios segundos intentando hacerme callar, llevándose un dedo a los labios y escupiendo saliva por la boca.

—¡Shhh! ¡Silencio! ¡Calla!

—¡No pienso callar! —repuse subiéndome la manta hasta la barbilla en Nombre del Decoro—. ¿Qué haces en mi habitación?

Tenía la cara encendida y me dio la impresión de que se moría de ganas de aporrearme la cabeza.

—¡Despertarás a El Inquilino!

—Sobrevivirá —le espeté—. ¡Y ahora, por el amor de Dios, cuéntame qué haces aquí!

Imaginé que estaba allí por venganza, por haber puesto fin a su ruinosa intromisión en mi vida.

Archibald se enderezó y se secó la boca con la manga de su batín morado.

—Quería comunicarte que tengo la intención de acompañarte a la iglesia.

—¿A la iglesia? —repliqué.

—Sí, a la iglesia —respondió.

—¿Al servicio que empieza a las once? —insistí, presionándolo.

—Sí —me confirmó.

—¿Al servicio donde se habla de moralidad, honestidad y altruismo?

—Sí. A ese mismo.

Momento en el cual a duras penas pude contener una carcajada burlona.

—¿Qué hora es, primo?

—Las cuatro y media —contestó.

Me dejé caer de nuevo en la cama y, siendo como era domingo, recé una oración para que el demonio me dejara en paz. Pero, cuando abrí un solo ojo, vi que mi súplica había sido en vano. El primo Archibald seguía plantado en mi habitación.

—¿Por qué te presentas aquí a las cuatro y media de la mañana para decirme que quieres ir a la iglesia?

—Debemos llegar temprano —fue su respuesta.

—¿Por qué? —quise saber, y tuve que contener mis deseos de estrangular al anciano.

—¡Es primero de julio! —chilló casi con desesperación.

—¡Shhh! —susurré yo en respuesta—. Sí, ya ves que, a pesar de todos tus esfuerzos, he conseguido acabar con vida el mes de junio. Y ambos estamos de acuerdo en que hoy es primero de ju­lio. Pero ahora cuéntame, ¿a qué viene todo esto?

—¡Eres una pagana! —exclamó con ponzoña.

Ponzoña, digo bien.

Y entonces se hizo la luz. Bueno, no es que se hiciera la luz en sentido literal. Faltaba aún mucho para que amaneciera y me resultaba imposible perdonar a Archibald por haberme despertado tan pronto. Fue, más bien, que mi mente se iluminó.

—Es primero de julio. —Me llevé las manos a la cabeza—. Con razón actúas como si estuvieras loco.

—¡Tenemos que ser listos si queremos asegurarnos el premio!

—¿Tenemos? —Miré al hombre que me había arrebatado toda mi seguridad financiera y la había dilapidado en carreras de caballos y batines de seda. Al hombre que lo había hecho todo para provocar mi fracaso. Al hombre que estaría dichoso viéndome abocada a la miseria. Archibald Flat, una amarga y ridícula caricatura de ser humano—. ¿Tenemos? —repetí—. ¿Piensas que, después de todo lo que me has hecho, voy a ayudarte? ¡Es un milagro que no te haya echado todavía de esta casa!

En un arranque inesperado de emoción, Archibald se transformó en la personificación tanto del orgullo como de la derrota.

—Ya no puedo hacerlo solo —admitió con voz temblorosa—. Lo he intentado y no puedo. Antes tu padre me ayudaba, pero ya no está. Lo echo de menos cada año, era mi actividad favorita.

Y entonces levantó una mano trémula para apartarse el mechón rebelde que le caía sobre la frente. Pensé que lo hacía para dejar al descubierto La Cicatriz, pero parpadeó varias veces y vi que sus ojos brillaban como el cristal.

Estaba haciendo esfuerzos por no llorar.

Una indignación teñida de superioridad moral me hinchó el pecho, aunque enseguida se desinfló parcialmente. No soy inmune a lo patético, y el primo Archibald es precisamente eso.

Con un suspiro, pregunté:

—¿Crees que en la iglesia nos darán la pista?

—¡Sí, sí! —Su recuperación fue sospechosamente rápida—. ¡Siempre es así cuando el primero de julio cae en domingo!

Era el momento de tomar una decisión. Quizá una mala decisión.

¿Unir mi destino al del primo Archibald? ¿O negarme por principio? Las visitas a la casa durante mi infancia siempre habían sido en junio, razón por la cual este es mi primer primero de julio. Pero recordé que a mi padre le encantaba este juego cuando era joven. Y achaco a ese momento de sentimentalismo el haber accedido a aventurarme con mi primo en tal empresa.

—En ese caso, habría que llegar mucho antes de las once.

—¡Sí, sí!

—¿Sabe Agnes que tiene que preparar el desayuno antes de lo habitual?

—Ya la he despertado.

—¡Pobrecilla! ¿A qué hora pretendes salir de casa?

—A las seis en punto.

Me froté los ojos para contener las ganas de estrangularlo.

—Primo, estaré lista para ir a la iglesia a las nueve y media, ni un minuto antes.

—Pero…

—Si a ti te apetece llegar con tanta antelación para coger sitio, puedes hacerlo sin ningún problema. Yo llegaré una hora y media antes de que empiece el servicio, lo cual ya me parece de lo más excepcional, se mire por donde se mire. Y ahora lárgate. ¡Fuera de mi habitación!

Con las facciones contraídas hasta asemejarse a una pasa arrugada, el primo Archibald protestó solo un instante antes de aceptar su destino.

—La generación joven es una generación débil, y cuando los tuyos tomen el poder todo se irá al garete.

—¿Los míos?

Pero ya se había largado, furibundo.

Me quedé tumbada en la cama, con el corazón dividido entre emociones de lo más humanas: fastidio, curiosidad y un sentimiento de traición hacia mí misma por haber decidido ayudar a aquel hombre en algo.

Cuando por fin me levanté, después de dos horas acostada sin poder volver a conciliar el sueño, me aseé, me vestí y me recogí el pelo lo mejor que pude; Agnes se merecía que no la molestaran más.

El Inquilino estaba despierto, así que le envié una misiva.

Mis disculpas por haberlo molestado a esas horas intempestivas de la mañana.

Agnes me trajo el desayuno en una bandeja —fruta, tostadas y jamón— y, mientras comía, llegó una nota desde el otro lado de la pared.

ESTABA DESPIERTO.

¿Dormiría alguna vez ese hombre?

No se lo pregunté, puesto que aún poseo cierto sentido de la decencia, por laxa que sea la definición del término.

Mientras comía mis tostadas y contemplaba mi estantería repleta de obras de Shakespeare, oí al señor Pierce ocupado con sus abluciones matutinas. Después oí que se abría la puerta de su armario y, acto seguido, Teobaldo se coló por la cortinita que cubre su puerta personal en la pared, cruzó la habitación sin siquiera saludar y se adueñó de mi cama aún por hacer.

Es una criatura tremendamente mimada.

—Buenos días, Teobaldo.

Al oír su nombre, el gato movió una oreja hacia mí, pero ya estaba medio acurrucado y, después de menear la cola, acabó acomodándose por completo sin ningún reconocimiento ulterior hacia mi persona.

Fue entonces cuando el señor Pierce se calzó las botas.

Lo sé porque, si bien el sonido que viaja a través de la pared que compartimos es amortiguado —salvo, imagino, por los locos que gritan a altas horas de la madrugada—, resulta más fácil oír sus pasos cuando va calzado con botas. Actúan a modo de mapa de sus movimientos.

No podría decir por qué me gusta este fenómeno, pero me gusta. Pasos potentes, paradas bruscas, detalles que marcan su misteriosa vida al otro lado de la pared.

Estoy divagando.

El señor Pierce se acercó a su escritorio —¡botas!— y, pasado un momento, llegó otra nota desde el otro lado de la pared.

¿SE ENCUENTRA USTED BIEN ESTA MAÑANA, SEÑORITA LION?

Me encuentro bien, gracias.

Teniendo en cuenta que el señor Pierce nunca había iniciado una conversación —ni en persona ni a través de la pared— con la pregunta «¿Se encuentra usted bien?», añadí:

¿Por qué lo pregunta?

LA HE OÍDO GRITAR, Y ME DISPONÍA A ACTUAR CUANDO HE OÍDO QUE EL SEÑOR FLAT GRITABA TAMBIÉN. MOMENTO EN EL CUAL HE SUPUESTO QUE TENÍA USTED LA SITUACIÓN CONTROLADA.

ADEMÁS, NO ME HA PREGUNTADO QUÉ HACÍA YO DESPIERTO A HORAS TAN INTEMPESTIVAS. NI ME HA EXPLICADO LA CAUSA DE TANTO ALBOROTO. EN NUESTRA BREVE AUNQUE INTENSA RELACIÓN, ME ATREVERÍA A DECIR QUE LO NORMAL ES QUE YA HUBIESE HECHO AMBAS COSAS.

DE AHÍ MI PREGUNTA DE SI SE ENCUENTRA USTED BIEN ESTA MAÑANA.

¡Menudo resumen de mi carácter! Por lo que al incidente en cuestión se refiere, tenía la situación prácticamente controlada. Y, en cuanto a preguntarle por sus hábitos de sueño en particular, considero que podría verse como una impertinencia. Además, puesto que la impertinencia es un bien escaso (solo disponemos de una cantidad limitada al día), me parece de­sa­tinado dilapidarla en su totalidad antes del desayuno.

CAREZCO DE ESCRÚPULOS EN LO REFERENTE A UTILIZAR LA MÍA TAN TEMPRANO. ¿A QUÉ VINO ESE ALBOROTO?

Es primero de julio en St. Crispian’s.

¿Y ESO SIGNIFICA…?

Significa que dentro de quince días habrá una representación de Julio César en algún lugar del vecindario. Nadie, excepto el comité —un asunto sombrío cuyos miembros son un secreto para todos—, sabe quién representará cada papel ni dónde tendrá lugar. Existe un número limitado de entradas y para conseguirlas hay que seguir un juego de pistas y dar con ellas antes de que se agoten. Es una de las grandes tradiciones del año en St. Crispian’s.

Y como este año el primero de julio cae en domingo, la primera pista estará escondida en el sermón. El señor Flat quiere asegurarse de que estemos en la iglesia muy temprano.

¿ME ESTÁ DICIENDO QUE LOS ACTORES AFICIONADOS DE ST. CRISPIAN’S DISPONEN SOLO DE QUINCE DÍAS PARA PREPARAR UNA REPRESENTACIÓN DE JULIO CÉSAR Y QUE SE DESPIERTA ANTES DEL AMANECER CON LA ESPERANZA DE PODER PRESENCIAR SEMEJANTE DESASTRE?

Mi grito de indignación debió de oírse a través de la pared. Fue entonces cuando mi pasión por el proyecto se me fue de las manos.

Señor Pierce, ¡un poco de respeto! Llevamos representando esta obra desde hace más de cien años. Y le aseguro que estamos más que a la altura de las circunstancias. ¿Actores aficionados? ¡Para nada! Nuestro humilde vecindario ha matado a César con más efectividad que nadie en el mundo.

Y repetidas veces.

Para citar a El Bardo: «¡Cuántos siglos verán representar esta sublime escena en naciones que están por nacer y en lenguas aún desconocidas!».

Además, es mi primer primero de julio en St. Crispian’s. Es un día memorable en mi vida.

Aunque se trate de actores aficionados.

LE PIDO DISCULPAS Y LE DESEO BUENA SUERTE.

Gracias.

Una advertencia adicional: los vecinos de St. Crispian’s pueden pararse ante usted y citarle espontáneamente fragmentos de Julio César.

QUEDO ADVERTIDO.

Más tarde

El Joven Hawkes, por mucho que hable sin parar sobre hacer el bien, posee un sentido del humor ciertamente taimado. La iglesia estaba llena a rebosar cuando se levantó dispuesto a dar su sermón. Archibald estaba sentado a mi lado, posado en el borde del banco como un polluelo a punto de volar del nido. Suspiré, traté de no sentirme incómoda con tal compañía y me concentré en Hawkes, que permaneció un minuto entero sin pronunciar palabra y con un brillo de lo más impropio en sus ojos. Y entonces dio comienzo el sermón más largo que había pronunciado jamás. Nos sentíamos todos como arenques en una cuba, sin esperanza alguna de poder escapar de allí. Y se prolongó no solo una hora, ni siquiera dos, sino tres. Habló —en detalle— sobre cada uno de los Diez Mandamientos y luego dedicó una cantidad considerable de tiempo al Nuevo Testamento. Daba la impresión de que se lo estaba pasando en grande a nuestra costa. Los de estómago débil se marcharon poco después del mediodía. Los de corazón débil no tardaron mucho más en abandonar. Pero muchos de los presentes aguantamos hasta el final y, total, para nada, puesto que en todo el sermón no hubo ni una frase que pudiera considerarse la primera pista. Finalmente, cuando ya eran casi las dos, dijo con tono indolente:

—Soy cirujano de almas viejas: cuando están en gran peligro, les devuelvo la salud.

Le di un codazo al primo Archibald.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¡Shhh! —Me llevé un dedo a la boca—. Acaba de decir «Soy cirujano de almas viejas».

—¿El zapatero? El zapatero remendón dice eso en el primer acto.

—Exactamente.

Archibald se irguió con aires de superioridad.

—En la obra, el zapatero habla de «calzas» no de «almas». Me conozco de memoria la obra entera. Eso no puede ser la pista.

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