Índice
Introducción
ESCRITURAS GEOLÓGICAS
1. Fincar sobre tierra firme: Gerardo Arana
2. El drama del desierto: José Revueltas
3. Los ahuehuetes han visto todas las catástrofes: Elena Garro
4. Un cerro lleno de balas viejas: Juan Cárdenas
5. Rapiña: Balam Rodrigo
6. Debe ser que algo de uno queda cuando se muere: Selva Almada
7. ¿Acaso nosotros sabemos mirar en este mundo palpitante?: Claudia Peña Claros
8. El regocijo de la materialidad: Gabriela Cabezón Cámara
9. Todo esto suena en la noche de la selva: César Calvo
DESEDIMENTACIONES
10. Sonar wildly: una desedimentación con Gloria Anzaldúa
11. Una línea invisible en el centro de un río: apuntes para una desedimentación del Río Bravo
12. Escribir en migración: una desedimentación con Lina Meruane
13. Un texto breve, de apenas 22 cuartillas, que incluye testimonios: historia de una desedimentación de Antígona González, de Sara Uribe
14. Los noriginales: desedimentar un feminicidio
15. El desamueblamiento: desedimentar también es deshabitar
Bibliografía
Notas
Índice onomástico y conceptual
INTRODUCCIÓN
Regresamos a la tierra. Nunca nos hemos ido, ciertamente, pero el olvido estratégico de la materia que nos sostiene y que somos, sobre el que se fundan los quehaceres y la saña de las economías extractivas que ven al globo terráqueo como un caudal sin fin de recursos naturales dispuestos para la explotación, se ha topado con el límite del cambio climático. No se trata, por supuesto, del sueño alucinado de un demente, sino de la realidad ya palpable de la degradación de los suelos, la recurrencia de desastres naturales cada vez más catastróficos y, en fin, la extinción de miles de especies de animales y plantas, incluida, en un futuro que se presiente cercano, la humana. Si bien “Geology of Mankind”, el artículo que publicó Paul Crutz en la revista Nature en 2002 desató una conversación todavía álgida sobre el advenimiento del antropoceno, la era geológica en que la actividad humana ha sido determinante en el clima y el medio ambiente, utilizo aquí el término capitaloceno, tratando de recalcar el papel fundamental del capital, en tanto sistema e ideología, en la devastación que nos circunda.1 Una versión ligera del antropoceno pudo bien haber acontecido cuando nuestros ancestros primero domesticaron el fuego y lo utilizaron para esculpir el medio ambiente, como lo argumenta James Scott en Against the Grain, pero la expansión de procesos de acumulación capitalista, que se acelera con la así llamada conquista de América, marca el inicio de un proceso de colonización y una crisis ecológica que se desarrollan a la par y que se acrecientan hasta el día de hoy.2 En este contexto es cada vez más difícil escribir sobre “la condición humana” sin tomar en cuenta los territorios en disputa sobre los que colocamos los pies y los cuerpos de las especies que, en constante e irresuelta compañía, conforman nuestra condición de presente.3
Por eso es necesario hablar ahora de las escrituras geológicas. Hay que escarbar, por ejemplo, en la obra de José Revueltas y su manera de escribir el drama del desierto fronterizo —atiborrado, acaso paradójicamente, de capullos de algodón— como una calamidad humana y no humana. Y hay que examinar las andanzas de César Calvo por ese pedazo del Amazonas peruano herido por las plantaciones de caucho y salvaguardado, también, por las pintas de la ayawaskha que invoca Ino Moxo, un vegetalista, un curandero, un chamán. También habremos de hurgar en la maleza que desorienta a los que se pierden en los bosques de Bolivia bajo la mirada escrutadora de Claudia Peña Claros. Y seguir de cerca a ese agenciamiento formado por dos mujeres, una vaca y una perra que atraviesa y reconfigura la pampa y el desierto argentino en la pluma de Gabriela Cabezón Cámara. Hay que zambullirse en este río, este cauce, este sitio que ha visto el pervivir de los fantasmas porque, tiene razón Selva Almada, siempre queda algo de nosotros en los lugares donde morimos. Es necesario, en fin, hablar de un puñado de muy diversos escritores y escritoras —entre los que también están Gerardo Arana, Elena Garro, Juan Cárdenas, Balam Rodrigo, Gloria Anzaldúa, Emmy Pérez, Vanessa Angélica Villareal, Ire’ne Lara Silva, Lina Meruane, Sara Uribe—, cuyos libros dan cuenta, y cuentan, el territorio y los cuerpos bajo la amenaza permanente del capitaloceno, pero de otra manera.
Tenía razón el escritor mexicano José Revueltas cuando argumentaba que la pregunta sobre la pertenencia era la más importante de nuestras vidas.4 Todos los seres —humanos, plantas, animales, piedras— tenemos una ubicación, decía, todos ocupamos un espacio sobre la Tierra: eso es pertenecer. Esa es nuestra condición irrevocable y primigenia. Pero ese sitio concreto y material que designa nuestra pertenencia no ha sido nunca una tabula rasa, separado de los avatares de la historia del planeta ni de la humanidad. Con una visión de largo alcance tanto hacia el pasado como al futuro, Revueltas reconocía a “la ubicación” como un escenario radicalmente compartido y, por lo mismo, constantemente en disputa. Ahí, especies distintas y comunidades con un acceso desigual al poder se encuentran y se oponen, se acoplan o se expulsan. ¿Cómo es que nosotros estamos aquí, en este punto del territorio, y otros no? ¿Quiénes o qué se ubicaron aquí antes, en el lugar que ahora ocupamos? ¿Qué fuerzas los arrancaron de aquí o qué imanes los atrajeron a otros sitios del orbe? Esas preguntas, que surgen de la imaginación política de un escritor, reverberan también en el trabajo crítico de Kathryn Yusoff, quien al argumentar que “la categorización de la materia es una ejecución espacial de lugar, tierra y persona que han sido arrancadas de esa relación por una dislocación geográfica”5 localizaba ahí, en ese contexto de acumulación, desposesión y violencia extrema, el origen mismo de la geología: “un régimen que produce sujetos y regula sus vidas subjetivas —un lugar donde las propiedades del pertenecer se negocian”.6 Por eso la geología no solo es un campo de saber, sino, más generalmente, una tecnología de la materia, una praxis racializada y colonialista que va mano a mano con los procesos de extracción y desposesión que han desmantelado regiones enteras del planeta, expulsando a poblaciones nativas y esclavizando a cuerpos negros o nativos a quienes, desde entonces, una geo-lógica indiferente categorizó como materia inerte, es decir, no humana. Las narrativas de origen de la geología, y por ende de la Tierra misma, tienden a ocultar esta experiencia de opresión y sufrimiento que, sin embargo, permanece en el presente de manera material en forma de sedimentos. Yusoff ha llamado desedimentación al proceso a través del cual es posible “poner al descubierto la vida social de la geología” —en tanto lenguaje y en tanto práctica de acumulación y racialización— “y sus gramáticas de violencia”.7 Es necesario, añadía, producir una “economía distinta de la descripción” y comprometerse con otro modo de escribir capaz de llegar “más allá de la objetividad de la materialidad geológica, para tocar sus dimensiones inhumanas y anti-humanas en tanto praxis material y condición subjetiva”.8 Una escritura geológica se propone así, por principio de cuentas, como una operación desedimentativa.
La geología, por otra parte, nos recuerda constantemente que somos tiempo. Y esta no es una tarea menor en una sociedad que, por temerle tanto a la muerte, se empeña con singular fervor en omitir, si no es que rechazar directamente, la mera noción del paso de los años. “Las rocas no son sustantivos, sino verbos”, argumentaba Marcia Bjornerud en Timefulness, subrayando su papel como testigos y materializaciones de eventos que se han llevado a cabo a lo largo de siglos, e incluso eras geológicas enteras.9 Visto así, el presente no es sino el sedimento más reciente y, por lo mismo, el más superficial —la punta del iceberg, diría Hemingway— que anuncia, aunque no permite ver a cabalidad, las múltiples capas que, sobrepuestas una sobre otra, constituyen un pasado que nunca se pierde, sino que se conserva en rocas, paisajes, glaciares y ecosistemas varios.10 La Tierra es, así, nuestro primer gran archivo geológico: el repositorio de las experiencias iniciáticas, y las últimas también. Al escarbar y sacar a la luz, el trabajo en conjunto de paleontólogos, geo-químicos, estratígrafos, geo-cronógrafos ha ido produciendo una conciencia del tiempo que nos permite tener una idea más clara de dónde estamos parados en relación a un pasado que aconteció sin nosotros y un futuro que nos sobrevivirá y, más específicamente, del tiempo profundo, que los geólogos han utilizado para medir la edad de nuestra casa terrestre. A este tiempo más allá del binomio vida-muerte, donde la no-vida se convierte en un polo magnético, Elizabeth Povinelli le ha llamado sinalmidad.11 La importancia política de este concepto de tiempo profundo no le ha pasado desapercibida a Christina Sharpe, quien, en In the Wake. On Blackness and Being, insiste en investigar el pasado en sus constantes reapariciones, especialmente cuando irrumpe en el presente, abriendo grietas por las que se cuelan la crítica, la subversión y el trabajo colectivo del duelo.12 El pasado, concluye, nunca es pasado del todo. Milorad Pavi´c lo decía de otro modo, aunque decía lo mismo: el pasado siempre está a punto de ocurrir.13 En su exploración acerca de las vidas que sobreviven a la esclavitud y el trabajo de duelo que acompaña dichas pérdidas, Sharpe utiliza otro concepto geológico —tiempo de residencia— para insistir en la persistencia del material que compone los restos de nuestros muertos. “Ellos, como nosotros, están vivos en hidrógeno, en oxígeno, en carbón, en fósforo, en hierro; en sodio y en cloro, ellos están todavía con nosotros en el tiempo de duelo que es el tiempo de residencia”.14 Sharpe se refiere fundamentalmente a los esclavos que fueron arrojados al mar durante las travesías trasatlánticas del Middle Passage, pero podría estar hablando por igual de los migrantes que pierden la vida en el desierto entre México y Estados Unidos, ahora vueltos máquinas totémicas que hacen el trabajo sucio de la política migratoria, o a los cientos y miles de mujeres que nos son arrebatadas por la violencia feminicida. Escribir geológicamente es, en muchos sentidos, compartir ese tiempo de residencia: el trabajo de sentarse a convivir con otros para marcar y recordar y honrar las vidas de las personas, animales, plantas y rocas que nos han precedido y también, por qué no, de los que vendrán.
Ya en Los muertos indóciles abundé sobre las escrituras desapropiativas en referencia al “tipo de trabajo escritural que, en una época signada por la violencia espectacular de la así llamada guerra contra el narco, se abre para incluir, de manera evidente y creativa, las voces de otros, cuidándose de esquivar los riesgos obvios: subsumirlas a la esfera del autor mismo o reificarlas en intercambios desiguales signados por la ganancia o el prestigio”.15 No sabía entonces, pero lo argumento ahora, que lo que ahí llamaba voces son en realidad sedimentos textuales que nos toca auscultar y levantar, interrogar y subvertir, en ese recorrido vertical y descendente o ascendente, si la materia bajo escrutinio es la atmósfera que exige la conciencia del tiempo profundo. Ya en forma de papeles de archivo o de transcripción de entrevistas, ya en forma de material gráfico o de notas de campo o de documentos de segunda mano, estos sedimentos textuales no solo ponen de manifiesto la persistencia del pasado, su aglomeración en futuros que parten de nosotros ahora mismo, sino también el arduo, y muchas veces gozoso, proceso de investigación que sustenta toda escritura geológica. Lejos de ser una tarea rígida con formato prestablecido, la investigación es en realidad una forma de imaginación y de cuidado. Lo que nos permite acercarnos a los enigmas que poco a poco generan la práctica de la escritura no es una identidad compartida, sino el trabajo propicio, y propiciatorio, de la atención, que es una praxis tanto material como espiritual. La que investiga convoca y reúne, crea contactos, invita al diálogo. Investigar es una forma de extender el abrazo.
En la literatura, como en la Tierra que nos sostiene sobre huellas de otros, no hay tabula rasa. Si algo puede ser escrito ahora es porque ha sido escrito, seguramente de otra forma, antes, y será reescrito, con algo de suerte, después. Acaso por eso una buena parte de los libros y piezas que leo y desmenuzo en este texto utilizan la reescritura como una estrategia de trabajo. En Las aventuras de la China Iron, por ejemplo, Gabriela Cabezón Cámara trae a colación y subvierte el Martín Fierro, uno de los textos canónicos de la literatura y la nacionalidad argentina, rescribiendo, tanto el libro como la nación, en clave queer. A la manera del DJ que mezcla sonidos, el poeta mexicano Gerardo Arana entrelaza los versos de Suave patria, el poema fundacional que Ramón López Velarde publicó en 1921, en los albores de la posrevolución mexicana, con palabras y ritmos de “Septiembre”, del poeta búlgaro Milev, para decir de otra manera —de manera geológica— la violencia estructural que aqueja al país el día de hoy. Lejos de ser un gesto nostálgico, que sueña con un pasado en que todo fue mejor, estos autores testerean y remueven, cortan y entremezclan, haciendo, en fin, todo lo posible para abrir esa grieta en el presente por donde irrumpirá, con toda su potencia crítica, el pasado que pervive bajo nuestros pies o vuela en la atmósfera junto con el aire que respiramos. El que rescribe geológicamente inacaba el pasado: no confirma el estado de las cosas, sino que las interroga; no perpetua los vectores del poder, sino que los desvía. Una cita, después de todo, es una cosa de más de uno. Una cita es una mutación que contiene ya, en sí, otro futuro.
Tocar los materiales de un pasado que no es pasado siempre tiene consecuencias. Si Jalal Toufic tiene razón, y creo que la tiene, en el contexto de los desastres insuperables de nuestros tiempos, el capitaloceno incluido, convocar a un material latente de la tradición cultural, como lo hace la reescritura, es provocar una especie de resurrección. Los desastres insuperables, después de todo, no se mid
