La nueva perimenopausia

Mary Claire Haver

Fragmento

Carta a la lectora

Carta a la lectora

He escrito este libro pensando en mis dos hijas, que ahora tienen veintipocos años, con la esperanza de otorgarles conocimientos, nuevas perspectivas y mucha confianza en sí mismas. Quiero que entiendan sin lugar a dudas que sus experiencias se tienen en cuenta y son válidas. Y que, al aprender cómo abordar su salud con intención y resiliencia, pueden asegurar las bases de su bienestar y vitalidad en un futuro lejano.

Es lo mismo que quiero para ti.

Porque la verdad es que te mereces mucho más de lo que les ofrecieron a nuestras madres, abuelas y bisabuelas. Te mereces más que respuestas vagas y pasividad ante tus síntomas. Necesitas herramientas para prosperar al máximo en cada etapa de la vida, sobre todo en la perimenopausia y lo que viene después. Necesitas una guía hacia un futuro en el que estés totalmente informada, te sientas apoyada y tengas la seguridad de tomar las riendas de tu salud bajo tus términos. Lo tienes todo aquí, en La nueva perimenopausia.

Este libro es en muchos aspectos una representación de lo mejor que puedo ofrecer. Es una coproducción de mi cerebro de médica, que investiga sin cesar la ciencia capaz de cambiar vidas, y de mi corazón, un órgano que no puede evitar prometer solo lo mejor para mis hijas. También es en muchos sentidos una carta de amor para mi yo más joven. Esta es la guía, repleta de información, que me habría gustado tener antes de llegar a mi propia perimenopausia. La confusión, la frustración y la incertidumbre a menudo ligadas a esta fase de la vida habrían sido mucho más fáciles de gestionar con los conocimientos y el apoyo adecuados. Unos conocimientos que, a pesar de ser ginecóloga, no recibí nunca. Espero que, al compartir esto contigo, no tengas que enfrentarte a las mismas dificultades.

Una de las lecciones más valiosas que he aprendido durante los años en los que me he dedicado como médica especialista al cuidado de las mujeres de mediana edad es que la experiencia de cada mujer con la perimenopausia y la menopausia es única. Cada viaje es válido. Lo que podría ser gestionable para una persona, para otra es abrumador. Cada cuerpo responde de manera distinta y deberíamos honrar, sin juzgar, el camino que transita cada una.

Durante demasiado tiempo, no se ha dado la importancia que merecía a la salud de la mujer. La ciencia nos ha tratado, de hecho, como versiones más pequeñas y más emocionales de los hombres. Este enfoque ha dejado un hueco tremendo tanto en el conocimiento que se tiene sobre nosotras como en la atención que se nos presta, lo que ha dado lugar a que apenas se financien o incluso a que se ignoren problemas de salud femenina como la perimenopausia y la menopausia.

Pero este libro no solo trata de señalar lo que se ha pasado por alto, sino que intenta rellenar esos huecos con las investigaciones, los conocimientos y las herramientas que necesitas para adentrarte en la mediana edad y lo que viene después. Mi objetivo es ayudarte a sentar las bases para envejecer con la mayor salud y energía posible.

Tengo cincuenta y siete años y me siento en el mejor momento de mi vida. Estoy más sana y soy más feliz que nunca, sé poner límites más claros y disfruto de relaciones más satisfactorias. Eso es lo que quiero para todas las que leéis este libro: que entréis en cada fase de la vida con seguridad, claridad y vitalidad. Juntas podemos reescribir la narrativa sobre la salud de la mujer. Podemos exigir una investigación de mayor calidad, una atención más integral y un enfoque informado y compasivo que apoye a las mujeres de cualquier edad. Ha llegado la hora de un cambio que empieza pidiendo lo que merecemos: una atención personalizada y especializada que respete nuestras experiencias particulares. Creemos un futuro donde todas las mujeres se sientan apoyadas, valoradas y plenamente preparadas para avanzar, sin importar en qué etapa del viaje se encuentre cada una.

Lo que viene a continuación, La nueva perimenopausia, se divide en cuatro partes. La primera establece un contexto histórico y clínico para el estado actual de la atención perimenopáusica. La segunda expone las vulnerabilidades introducidas por los cambios hormonales que son el sello distintivo de esta etapa de transición. En la tercera parte detallo los cambios fisiológicos y reproductivos que puedes experimentar en las áreas relacionadas con el sexo, el embarazo y la menstruación. Y en la parte final del libro encontrarás todo lo que quieres saber sobre la terapia hormonal en la perimenopausia, los hábitos más importantes para apoyar tu salud, ahora y en el futuro, y cómo sacar el máximo partido a tus citas con los profesionales de la salud.

Introducción

Empecemos

«Me noto cansada e inquieta todo el tiempo».

«Estoy irritable y menos resiliente».

«Me siento muy desconectada de la persona que era antes».

«No sé qué me está ocurriendo».

«No sé qué hacer».

«¿Qué me pasa?».

Como obstetra y ginecóloga en activo, esas son frases que he escuchado a muchas de mis pacientes de edades comprendidas entre los treinta y cinco y los cincuenta años. Durante mucho tiempo, respondí basándome en mi formación médica, que por aquel entonces me había enseñado tan solo que este conjunto de molestias formaban parte de la experiencia femenina, era un aspecto del envejecimiento que no tenía explicación ni cura y estábamos destinadas a sufrirlas. Me temo que hice poco más que ofrecer mis condolencias: «Lo siento, es parte de la experiencia de ser mujer» o «Lo siento, estás en una edad y en una etapa de mucho estrés».

Semejantes palabras no aportaban consuelo ni soluciones, y ahora me doy cuenta de que tan solo reforzaban la sensación de impotencia de mis pacientes. Veía la decepción en sus caras, pero no tenía herramientas para ofrecerles nada más. Con mis supervisores exigiéndome que viera a otras treinta pacientes al día, a la vez que llevaba a las parturientas en el hospital, atendía a las llamadas nocturnas y hacía frente a las exigencias de mi papel como esposa y madre, no tenía tiempo para llegar a más.

La medicina ha formado durante mucho tiempo a los médicos para que interpreten muchos de los síntomas de las mujeres a través del marco de la somatización, un concepto que atribuye los síntomas físicos al malestar psicológico o emocional. En definitiva, se ha condicionado a los médicos para que diagnostiquen las mujeres con un sesgo implícito que susurra: «Todo está en su cabeza». No es broma.

La mayoría de las pacientes que llegaron a mi clínica describiendo estos síntomas estaban, en muchos aspectos, en el mejor momento de su vida. Experimentaban el estrés habitual que llevaban años gestionando, pero al mismo tiempo las embargaba una perturbación existencial que no sabían identificar. Para algunas, se trataba de una alteración sutil pero perceptible; para otras, era una oleada de cambios y malestar. Las unía el hecho de que tenían que arreglárselas por sí mismas y encontrar formas de superar este estado difuso pero muy real, aunque clínicamente no reconocido o no diagnosticado.

Por suerte, investigaciones recientes empiezan a afirmar que estos cambios emocionales, la sensación de desconexión y los problemas de resiliencia no son imaginarios ni únicamente circunstanciales, sino que son reales y tienen una base fisiológica arraigada en los cambios hormonales. Algunos de los hallazgos más recientes han confirmado que determinados conjuntos de síntomas, que pueden incluir fatiga, una mayor irritabilidad, dificultad para concentrarse y tomar decisiones, la sensación de no poder calmarse por dentro, más ganas de llorar y un aumento de las preocupaciones, son probablemente algunos de los primeros indicadores clave de que tus hormonas están entrando en la perimenopausia.

La primera vez que lo vi publicado en la revista Menopause en mayo de 2024, ya solo el título de la investigación me sacudió como un rayo: «“No sentirse como una misma” en la perimenopausia». Ahí estaba, justo delante de mis ojos. La experiencia vivida por las pacientes recibía el sello académico. Parecía un punto de inflexión en la historia de la salud femenina. ¿Acaso por fin estábamos dejando de atribuir una causa psicológica a algo de naturaleza biológica?

Antes de continuar, es importante que vuelva la vista atrás para darte un poco de contexto sobre ese momento. Habían sucedido muchas cosas antes de que yo leyera ese estudio. Había pasado por mi propia menopausia, que puso mi mundo patas arriba y me situó en el lugar de las pacientes que durante tanto tiempo me habían estado contando sus síntomas.

Entendí por fin a qué se referían de una manera completamente nueva.

También comencé a publicar mi experiencia en redes sociales y la respuesta por parte de mis seguidoras fue abrumadora. Sus mensajes y su desesperada necesidad de ayuda me impulsaron a ampliar mis propios conocimientos médicos más allá del programa estándar de obstetricia y ginecología y de la formación médica continuada. Asistí a seminarios sobre el estado de la atención médica a la menopausia y me esforcé por convertirme en una mejor profesional. Me impresionó lo que aprendí, en especial la revelación de que mis propias prácticas terapéuticas se basaban en una de las interpretaciones erróneas de datos científicos más grandes de la historia. Esta mala interpretación surgió a partir del estudio Women’s Health Initiative sobre los riesgos y beneficios de la terapia hormonal de 2002, que, como un tsunami, arrasó con cualquier avance que se hubiera logrado hasta ese instante en el tratamiento de las mujeres en su etapa posreproductiva. Me sentí engañada por mi formación médica y por quienes marcaban las pautas científicas.

Estaba enfadada: estábamos ante un fracaso moral que había dejado a legiones de pacientes abandonadas por el camino; estaban luchando para mantenerse a flote y no se les ofrecía nada más que un «lo siento» para ayudarlas a no hundirse. Me dolió ser consciente de ello, pero también me dio un nuevo propósito: formarme a mí misma y también a los millones de mujeres que, como mis pacientes y muchas de mis seguidoras en redes sociales, se había dejado sin información y se les habían negado opciones de tratamiento, o incluso la posibilidad de hablar sobre las opciones de tratamiento para sus síntomas. El mantra «todo está en tu cabeza» debía desaparecer de una vez por todas. La verdad sobre la implicación del sistema multiorgánico en la transición de la menopausia y el uso de la terapia hormonal debía revelarse de nuevo (otros la habían divulgado antes), pero esta vez desde una plataforma más amplia.

Dediqué toda mi energía, mis emociones y mis recursos intelectuales a investigar para escribir un libro llamado La nueva menopausia. Nada podría haberme preparado para la acogida que tuvo, para la avalancha de gratitud y los miles de mujeres que conocí en persona y que esperaban para tomarse una foto conmigo, abrazarme o simplemente decirme: «Gracias. Me siento comprendida. Me siento validada. Ahora tengo las herramientas que necesito».

En medio de todo aquel entusiasmo, conseguí mantenerme centrada en una misión más amplia, que se volvió más clara a medida que seguía hablando con mujeres de todo el mundo y se ampliaban mis contactos con médicos influyentes y pioneros. Mi objetivo es revolucionar la atención y la formación sobre la menopausia. Quiero ofrecer a las mujeres datos basados en la evidencia y asegurarme de que se sientan informadas, validadas y apoyadas mientras atraviesan esta etapa de transformación en la vida.

En muchos aspectos, estaba claro que el trabajo apenas había comenzado. Mi investigación reveló que la perimenopausia, a la que también me refiero como la fase de caos, requería mucha más atención. Aunque era una etapa que había abordado, en parte, en La nueva menopausia, allí no estaba en primer plano, y era necesario que lo estuviera. Especialmente porque apenas se publicaban investigaciones científicas sobre el tema (hablaré más sobre el escasísimo número de estudios sobre la perimenopausia en el capítulo 1). Lo que descubrí dejaba claro que, para las mujeres premenopáusicas y perimenopáusicas, no había tiempo que perder. Muchas mujeres de la generación X estamos tratando de ponernos al día al mismo tiempo que intentamos ignorar la presión cultural en torno a las dietas para adelgazar; un gran porcentaje de nosotras tenemos más de cincuenta años y, por primera vez en nuestra vida, estamos aprendiendo a priorizar el desarrollo del músculo y la fuerza, las verdaderas claves para la salud y la longevidad, de vital importancia para evitar la fragilidad en la vejez. Nos perdimos nuestros años de máximo desarrollo muscular y fortalecimiento óseo porque estábamos demasiado ocupadas contando calorías, pero tú estás en una situación diferente y tienes la oportunidad única de anticiparte y ganar el juego del envejecimiento.

Es esta oportunidad, tu oportunidad, lo que más me entusiasma de la idea de encontrarme contigo aquí, en La nueva perimenopausia. Sin duda, debería estar preguntándote: «¿Cómo te sientes tú?». Quizá también te sientas entusiasmada por la idea de empaparte del apoyo, de los conocimientos científicos y de las estrategias que encontrarás en las siguientes páginas. O, al igual que muchas de mis pacientes y de los miles de mujeres encuestadas para investigar y entender mejor la cuestión, puede que digas: «No me siento yo misma». A lo que por fin puedo contestar con las palabras a las que ojalá hubiera tenido acceso hace varios años: «Por lo que me cuentas, diría que es muy probable que hayas entrado en la perimenopausia, y hay mucho que podemos hacer juntas a favor de tu salud y bienestar durante esta transición».

primera parte

Estás aquí

1

La vivencia habitual de la perimenopausia

Amy había vivido toda su vida con un propósito y una determinación claros. A los cuarenta y tres años, compaginaba con éxito los roles de esposa, madre y profesional de carrera. Criaba a sus hijos con dedicación y gestionaba los desafíos cotidianos de la vida con una sensación de logro. Gozaba de una razonable buena salud, sin problemas importantes que destacar. Como muchas otras mujeres, seguía las pautas que marcaba la sociedad para mantenerse sana: años de dieta y ejercicio regular, sobre todo en forma de paseos. No era fácil, pero se las arreglaba. El cardio adicional de su clase de spinning la mantenía feliz y, aunque a veces deseaba un camino más fácil, estaba orgullosa de su capacidad de ser disciplinada.

Pero entonces, de repente, algo cambió. Comenzó a sentirse rara, como si ya no fuera ella misma. Al principio, fue sutil. El peso comenzó a acumularse en la barriga, una zona que para ella nunca había sido un problema. Era frustrante. Todo lo que había hecho hasta entonces para conservar la línea ahora parecía inútil. Redobló sus esfuerzos, redujo las calorías y empezó a hacer más deporte, pero no sirvió de nada. Con el aumento de peso, llegó la irritabilidad; empezó a contestar mal a sus seres queridos por nimiedades. En el trabajo se sentía frustrada constantemente. Lo atribuyó al estrés, pero, en el fondo, sabía que algo no iba bien.

Su primera visita al médico para tratar de llegar al fondo del asunto no le dio una respuesta satisfactoria. «Es algo por lo que pasan todas las mujeres —le dijo—. Haga más ejercicio y coma menos. Podemos recetarle un antidepresivo para su estado de ánimo». Salió sintiéndose ignorada, invisible. Su irritabilidad empeoró y empezaron los problemas para dormir. Se despertaba a las tres de la madrugada y se quedaba mirando el techo, incapaz de volver a conciliar el sueño. La fatiga se convirtió en su constante compañera y el aumento de peso continuó.

Volvió a la consulta del médico y le recetaron somníferos. La doctora anotó un aumento de peso de dos kilos y le recomendó una dieta de 1.200 calorías y más ejercicio. A Amy le entraron ganas de gritar, porque ya comía apenas 1.000 calorías al día y asistía a clases de entrenamiento por intervalos de alta intensidad tres veces por semana. Comenzó a caérsele el pelo y su libido desapareció. En su siguiente revisión ginecológica, mencionó tímidamente la pérdida de deseo sexual. «Tú relájate y tómate un vino —le aconsejó la ginecóloga, mirándola por encima de las gafas, y añadió—: Lo que no se practica, se olvida».

Su frustración se convirtió en desesperación cuando una enfermera la llamó para informarle de que sus niveles de colesterol habían aumentado y ahora era prediabética. Le recetó metformina y una estatina, y le dio el consejo habitual: «Coma alimentos bajos en grasas y continúe esforzándose en perder algo de peso». La niebla mental y un constante agotamiento la disuadieron de solicitar el ascenso por el que había trabajado durante años. Su marido cada vez estaba más frustrado por su falta de interés en las relaciones íntimas, lo que solo agravó la sensación de incompetencia de Amy y su aislamiento.

Poco después, sus periodos se volvieron abundantes e impredecibles, y se despertaba a menudo en mitad de la noche para lidiar con un sangrado excesivo. Su ginecóloga le mandó hacerse dos pruebas: una ecografía y una biopsia, muy dolorosa, en la consulta, pero ninguna de las dos mostró anomalías. Aun así, la solución recomendada fue una histerectomía, aunque le aconsejaron que, debido a su edad, solo se extirpara el útero. Le explicaron que sus ovarios sanos seguirían produciendo hormonas importantes. Anémica y desesperada por encontrar alivio, aceptó operarse.

Después de la operación, el sangrado excesivo cesó, pero surgieron nuevos problemas. Al cabo de unos meses, empezó a experimentar sofocos intensos y sudoración nocturna, además de una sensación de agotamiento cada vez mayor. Se le ocurrió que podría ser la menopausia, pero cuando se lo mencionó a su doctora esta desestimó la idea; al fin y al cabo, seguía teniendo ovarios. «Eres demasiado joven para eso», le dijo, y otra vez le aconsejó que perdiera peso.

La desesperación llevó a Amy a las redes sociales, plagadas de anuncios de «curas para los sofocos» y «potenciadores de la libido». Compró suplementos de hierbas que le prometían alivio, pero ninguno se lo proporcionó. Las relaciones sexuales, cuando lograba mentalizarse para mantenerlas, se le hacían insoportables. Notaba un fuerte dolor, como si le cortaran con cuchillas, y terminaba llorando. Se armó de valor para visitar a otro médico y mencionó el dolor, solo para que le dijeran que podría ser herpes. Mortificada, esperó los resultados de las pruebas, que fueron negativos.

En una de sus noches de insomnio, mientras miraba internet en el móvil a altas horas de la madrugada, vio un anuncio de una empresa de telemedicina especializada en la atención a la menopausia. Escéptica, pero a la vez esperanzada, se puso en contacto con ellos y por primera vez un médico la escuchó de verdad. Después de una evaluación exhaustiva, le diagnosticaron menopausia y síndrome genitourinario de la menopausia (SGM). Hablaron sobre terapia hormonal, sistémica y local, y juntos analizaron los riesgos y los beneficios. Amy por fin se sentía vista, escuchada y validada. Empezó el tratamiento y poco a poco su vida comenzó a cambiar.

La triste verdad es que no es exagerado definir esta historia como habitual; de hecho, apostaría que si no te identificas directamente con algunas partes, solo tienes que preguntar un poco a tu alrededor para encontrar a alguien que sí lo haga.

Estoy aquí para transmitir un mensaje importante: esta no tiene por qué ser tu historia. Juntas podemos reescribir la vivencia habitual de las mujeres en la perimenopausia y crear un movimiento que modifique la trayectoria de la salud femenina. Tu tarea en la lucha por el cambio es sencilla: debes negarte a aceptar el tipo de tratamiento consistente en que un médico u otro profesional de la salud te ofrezca sus condolencias condescendientes. Nuestro movimiento, creado para ti y contigo, se define por todo lo contrario, por la escucha activa y las prácticas proactivas que mejoran la calidad de vida y protegen contra los efectos de la inevitable pérdida hormonal.

Estadísticas de los síntomas de la perimenopausia

En 2024, realicé una encuesta comunitaria para tener una idea clara de los síntomas más comunes que sufren las mujeres en la perimenopausia. Hubo más de ochocientas participantes. Tal vez te veas reflejada en estos datos.

Esquema estadístico sobre los síntomas de la perimenopausia basado en una encuesta comunitaria de la doctora Haver realizada en 2024 con más de 800 mujeres encuestadas. Tiene dos apartados. En el primero hay los cinco síntomas principales más comunes están ordenados de mayor a menor porcentaje: sofocos y sudoración nocturna, 85,9 %; aumento de peso y redistribución de la grasa, 82,4 %; ansiedad, depresión y ataques de pánico, 82,3 %; alteraciones del sueño, 81,7 %; cansancio, 80,6 %. En el apartado Otros posibles síntomas hay barras horizontales con los siguientes datos: disfunción sexual y cambios vaginales, 74,5 %; problemas gastrointestinales, hinchazón y trastornos digestivos, 70,1 %; niebla mental, migrañas, mareos y problemas de memoria, 68,6 %; dolor articular, dolores musculares u osteoporosis, 62,0 %; palpitaciones cardíacas o arritmias, 51,8 %; cambios en la piel, el pelo y las uñas, piel seca, acné, caída de cabello y uñas quebradizas, 46,0 %; sequedad o picor en los ojos, 32,3 %; sensación de ardor bucal, 28,9 %; alteraciones en el gusto, 23,9 %; disfunción urinaria, 16,3 %; alergias, 7,9 %; cambios en el olor corporal, 7,9 %.

El origen del statu quo actual

Una experiencia estándar no surge por casualidad, sino que es el resultado de varios factores que con el tiempo convergen y se convierten en el «así es como se hace». En el caso de la perimenopausia, es difícil decir con certeza qué factores (porque hay muchos) han tenido el mayor impacto en cómo se ha tratado, o más bien no se ha tratado, a las mujeres durante esta etapa hormonal. Es difícil, pero no imposible. Basándome en la historia, la ciencia y mi propia experiencia personal y profesional, puedo ofrecer una opinión fundamentada sobre cómo es posible que una mujer en perimenopausia tenga más probabilidades de ganar la lotería que de que un médico le diga: «Puede que hayas entrado en la perimenopausia. Veamos qué maneras existen de apoyar proactivamente tu salud y bienestar durante esta transición».

Es importante, lo primero, reconocer lo que está en juego cuando no se ofrece una conversación clínica sobre la perimenopausia, es decir, por qué es fundamental que cuestionemos el statu quo. Tengo mucho que decir al respecto y lo iré explicando a medida que avancemos en el libro, pero en definitiva se reduce a tu calidad de vida, ahora y en el futuro. La calidad de vida tiene que ver con el bienestar emocional, la salud física y la salud sexual. La perimenopausia puede representar un punto de inflexión en cualquiera de estas áreas o en todas ellas, y no para mejor. Informarte te permitirá tomar medidas que pueden mejorar hoy mismo tus síntomas, y establecer hábitos que podrían prevenir las enfermedades cardiacas, la demencia, la osteoporosis y la sarcopenia (la pérdida muscular relacionada con la edad) más adelante. No se trata de infundir miedo, sino de impulsar un empoderamiento generacional. Debemos cuestionar el statu quo para que, a partir de ahora, la perimenopausia sea una transición fortalecida por la concienciación y el conocimiento práctico.

Pero volvamos a algunos de los factores que han contribuido a crear la situación actual.

Falta de formación sobre la perimenopausia

Para ser médico se necesitan varios años de estudios universitarios. Después, si decides optar por una especialidad, debes completar una formación adicional en ese campo. En mi caso, elegí especializarme en obstetricia y ginecología. Las mujeres están acostumbradas a ver a un solo médico, un ginecólogo obstetra, para estas dos especialidades, pero el caso es que abordan elementos distintos de la salud femenina. La obstetricia es la atención a la mujer durante el embarazo, el parto y el posparto, mientras que la ginecología incluye todo lo relacionado con el sistema reproductivo, que comprende la vagina, el útero, el cuello uterino, los ovarios y los senos.

Cuando te especializas en obstetricia y ginecología, debes completar una residencia de cuatro años trabajando bajo la supervisión de médicos en ejercicio. A lo largo de esos años, los residentes pasan miles de horas tratando el sistema reproductivo femenino, asimilando todo lo que hay que saber sobre los órganos y las hormonas involucradas en la menstruación y el embarazo, y estudiando los factores ambientales, culturales y genéticos que pueden influir en las enfermedades propias de la mujer. Nos convertimos en enciclopedias andantes sobre los órganos enfermos y la reproducción. Sin embargo, la formación parece no fluir de la misma manera cuando llega el momento de hablar sobre la salud femenina a medida que los años reproductivos disminuyen y al final terminan.

¿Quieres saber cuánto de ese tiempo, como estudiante de Medicina y residente, dediqué a formarme sobre la perimenopausia? Aproximadamente lo mismo que tardas en pronunciar la palabra «perimenopausia». Es desconcertante, pero apenas se le dedicó importancia.

Estudié lo que era la perimenopausia, sí, pero me enseñaron poco más que su definición como fase de transición anterior a la menopausia. Todos los conocimientos útiles sobre el tema los adquirí mucho más tarde, cuando experimenté mis propios síntomas disruptivos de la perimenopausia y comencé a investigar esta etapa de cambio hormonal.

La triste realidad es que no ha cambiado gran cosa, por lo que se refiere a la formación sobre la perimenopausia, desde que me gradué en Medicina hace casi veintiocho años. Aunque fuera de las sagradas aulas de la facultad sí que ha habido muchos cambios, y las mujeres en perimenopausia quieren más información y orientación de las que la mayoría de los médicos están preparados para proporcionar. Muchos son conscientes de ello y quieren formarse, quieren hacer más por sus pacientes, pero se sienten atrapados, porque los canales tradicionales no ofrecen en la actualidad la formación necesaria para tratar a fondo a la paciente perimenopáusica.

Este dilema es lo que ha llevado a muchos médicos que desean tratar la perimenopausia y la menopausia a alejarse de la práctica tradicional. Bueno, eso y el sistema sanitario actual, que es donde trabajan la mayoría de los médicos y que no concede el tiempo ni la flexibilidad necesarios para ofrecer un tratamiento al máximo nivel. ¿Sabes cuánto tiempo tiene tu médico asignado para tu cita si trabaja para una compañía de seguros? Quince minutos. Francamente, apenas es tiempo suficiente para que un profesional se lave las manos y haga un examen pélvico. (No es un problema exclusivo de la perimenopausia; la rigidez en torno a los tiempos asignados para el tratamiento del paciente hace que la atención sea deficiente en todo el mundo médico). La mayoría de los médicos que se han pasado al modelo de consulta privada, entre los que me incluyo, no tienen múltiples niveles de supervisores que dicten cuánto tiempo pueden pasar con los pacientes o que les digan qué pueden o no recetar.

Cómo ha contribuido todo ello a la situación actual: Los médicos ofrecen diagnósticos y hablan sobre los protocolos de tratamiento basándose en la amplia formación que han recibido. La perimenopausia nunca ha recibido la atención adecuada en el plan de estudios que se imparte en los primeros años de la carrera de Medicina, lo que hace que la mayoría de los profesionales de la salud no disponga de conocimientos básicos sobre esta etapa de cambio. Algo que tiene consecuencias tanto para las pacientes como para los médicos.

Creo que lo mejor para las pacientes y para los ginecólogos obstetras es que la transición menopáusica se reconozca como una cuestión multiorgánica porque, como desarrollaré en la segunda parte, eso es lo que es: los cambios hormonales que comienzan en la perimenopausia afectan a la gran mayoría de los órganos y los tejidos del cuerpo. Debido a este impacto sistémico, la perimenopausia y la menopausia deberían convertirse sin duda en una especialidad propia, una centrada en la salud holística de una mujer a medida que se acerca o entra en la etapa posreproductiva. Hasta que eso ocurra, los médicos de obstetricia y ginecología con una formación insuficiente serán injustamente criticados por su tratamiento inadecuado de las pacientes que entran en fase de perimenopausia, y más allá de ella. Y esas pacientes, a su vez, lucharán, a veces durante años, para recibir la validación clínica de sus síntomas y un protocolo que les proporcione alivio en el presente y protección para el futuro.

Cómo se está transformando el statu quo: En 2025, escribí Guía ciudadana en defensa de la menopausia, junto con Jennifer Weiss-Wolf, directora ejecutiva del Birnbaum Women’s Leadership Center de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York. Parte de nuestra motivación a la hora de crear este recurso fue exigir una legislación que exigiera una mejor atención para las mujeres a medida que se acercan, entran y superan la transición a la menopausia. En el momento de escribir estas líneas, existen veintiséis proyectos de ley a favor de la menopausia en dieciséis estados (republicanos y demócratas) que exigen una mayor formación y mejoras en la cobertura médica.

Definición de perimenopausia, menopausia y otros términos

Antes de que continúes leyendo, quiero que conozcas algunas definiciones importantes relacionadas con la perimenopausia.

Perimenopausia: Etapa de transición anterior a la menopausia que se caracteriza por fluctuaciones en los niveles hormonales, principalmente de estrógenos y de progesterona. Esta etapa también se conoce como transición menopáusica y puede comenzar a los cuarenta años o incluso a mitad de la treintena. La duración de la perimenopausia varía: de promedio son alrededor de cuatro años, pero puede alargarse hasta diez.

Menopausia: Momento en el que se cumplen doce meses desde la última menstruación. Esta fecha marcará el final de tu ciclo menstrual y tus capacidades reproductivas naturales. El promedio de edad de la menopausia son los cincuenta y un años, y la menopausia normal se produce entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años. La menopausia precoz es la menopausia que ocurre antes de los cuarenta y cinco años, y la menopausia prematura, la que llega antes de los cuarenta.

Posmenopausia: El resto de tu vida después de la menopausia. En la posmenopausia, observamos una mayor prevalencia de síntomas vasomotores, como sofocos, palpitaciones cardiacas y sudoración. Tales síntomas pueden durar entre cuatro años y medio y nueve años y medio tras el último periodo menstrual.

En algunos casos, la palabra «menopaúsica» se utiliza en publicaciones científicas para referirse de manera general a alguna o todas las etapas anteriores.

Organizaciones médicas que promueven pautas obsoletas

Quiero dejar muy clara una cosa: he sido y soy miembro del Colegio de Obstetras y Ginecólogos de Estados Unidos (ACOG, por sus siglas en inglés) a lo largo de mi carrera y es algo de lo que estoy muy orgullosa. Pero el ACOG, al igual que el resto de las organizaciones médicas profesionales, sufre de lo que se conoce como brecha de traslación del conocimiento o brecha entre la evidencia y la práctica. Eso significa que, cuando se obtienen nuevas evidencias dentro del campo de la investigación científica, se produce un lapso entre el momento en el que esas pruebas salen a la luz y el momento en el que se incorporan a las pautas clínicas. Esto es importante porque solo cuando se incluyen en las pautas se convierten en parte de la formación médica continuada obligatoria y pueden llegar a implementarse en el tratamiento de los pacientes.

Pero ¿de cuánto tiempo estamos hablando? Te sorprenderá saber que se necesita un promedio de diecisiete años para que la evidencia científica cambie la práctica clínica. Sí, en un momento de la historia en el que en cuestión de segundos podemos hacer una videollamada a un amigo que está a medio mundo de distancia o pedir por internet nuestras mallas favoritas y recibirlas ese mismo día, tu médico en algunos casos tardará más de diecisiete años en conocer e incorporar los nuevos avances científicos a tu tratamiento.

Veámoslo en relación a una mujer en perimenopausia. Si tienes cuarenta años cuando se produce un avance científico revolucionario en el uso de la terapia hormonal en ese periodo, es posible que tengas que esperar hasta los cincuenta y siete para que tu médico comience a aplicar esta información en su consulta. Y a los cincuenta y siete años es muy probable que ya estés en posmenopausia y que hayas dejado atrás la fase de tu vida en la que esa información habría sido relevante, o incluso podría haberte cambiado la existencia.

La otra parte que debemos tener en cuenta es lo infrarrepresentadas que están la menopausia y la perimenopausia en los estudios que los obstetras y ginecólogos deben llevar a cabo para poder seguir ejerciendo. Pongamos de ejemplo mi propia carrera médica: en los miles de artículos que he tenido que revisar como parte de mi formación continuada, menos del 3 % eran clínicamente relevantes para la menopausia o perimenopausia de la mujer; la mayoría se centraban, sobre todo, en el embarazo y las enfermedades ginecológicas. Esto no significa que las actualizaciones de las pautas que me presentaron no fueran importantes, solo que había un claro desequilibrio, y que no me permitían tratar como era debido a las pacientes en perimenopausia o en etapas posteriores.

Por suerte, un pequeño pero poderoso grupo de médicos e investigadores ha estado diciendo durante años: «Nos negamos a aceptar este ritmo tan lento de cambio y vamos a acelerar el progreso, porque es lo que nuestras pacientes merecen». En ese grupo se incluyen personas como los profesionales de la salud que en 1989 fundaron una coalición con visión de futuro, la North American Menopause Society (ahora The Menopause Society), en respuesta a la falta de avances por parte de las organizaciones profesionales establecidas. En 2022, The Menopause Society presentó unas pautas actualizadas con prácticas de prescripción basadas en las investigaciones más recientes. Por desgracia, estas pautas no fueron reconocidas o adoptadas por el ACOG entonces ni lo han sido hasta ahora; en el momento de escribir estas líneas, el ACOG sigue utilizando las pautas de 2014, que se centran únicamente en los sofocos y la sequedad vaginal y no mencionan la perimenopausia ni la prevención de la osteoporosis.

Cómo ha contribuido todo ello a la situación actual: Las organizaciones médicas profesionales perpetúan la escasez de formación sobre la perimenopausia al no acelerar la incorporación de prácticas basadas en la evidencia en las pautas clínicas. Nadie ha tomado las riendas de lo que ocurre durante el final de la etapa reproductiva y a posteriori.

Cómo se está transformando el statu quo: He tenido el honor de verme junto a un grupo de médicos, científicos y otros líderes intelectuales que promueven una revisión de la práctica clínica a partir de las nuevas evidencias. Sí, estamos nadando contra corriente, pero empezamos a ver hacia dónde va el cambio actual. Aun así, esto es algo que no podemos hacer solos. Necesitamos tu ayuda. Necesitamos el apoyo ciudadano en forma de pacientes y activistas que estén comprometidos con la transformación del statu quo. Necesitamos que las mujeres se nieguen a conformarse con que se les dé información obsoleta y se les haga creer que se trata de un nivel aceptable de atención al paciente.

¿Qué es la Menoposse?

Hemos estado hablando del movimiento de la menopausia, pero déjame hablarte de la pandilla de la menopausia, también conocida como la Menoposse. No es una tendencia ni un club. Es una coalición global de más de doscientos cincuenta científicos, profesionales de la salud y de otros campos, entre ellos ginecólogos, médicos de familia, cardiólogos, psiquiatras, oncólogos, urólogos, endocrinólogos, médicos internistas, especialistas en medicina de la obesidad, enfermeras practicantes e investigadores. Decidimos unirnos para desafiar la narrativa defectuosa y reduccionista de una serie de artículos sobre la menopausia en la revista The Lancet.

No empezamos como un equipo, sino que nos juntamos por necesidad y por un propósito común: la creencia inquebrantable y compartida de que las mujeres en la menopausia merecen más. Más ciencia, más atención precisa y más respeto, en especial por parte de los profesionales de la salud que se encargan de ello, día tras día. El statu quo no nos incluía. Así que desarrollamos algo por nuestra cuenta.

Y no se trata solo de datos, sino de lo que sucede cuando confluyen ciencia, defensa y empatía en torno a las mujeres. La doctora Kelly Casperson se atrevió a decir lo que a muchos médicos se les enseñó a evitar: las mujeres merecen placer y la vergüenza no tiene lugar en la consulta médica. La doctora Emily Nagoski replanteó el deseo desde la perspectiva de la neurociencia y la compasión. La doctora Lauren Streicher nos dio estrategias que podíamos utilizar al día siguiente en la consulta. La doctora Rachel Rubin dejó las cosas claras sobre la anatomía, la testosterona y la salud sexual con su impresionante aparición en el pódcast The Drive.

Partimos también del trabajo de colegas que llevan años pidiendo cambios, como el doctor Avrum Bluming y la doctora Carol Tavris, cuyo atrevido libro Los estrógenos importan ayudó a desmantelar el discurso basado en el miedo en torno a la terapia hormonal. O la doctora Sharon Malone, que ha utilizado su plataforma y su experiencia clínica para hablar de menopausia a nivel nacional. O la doctora Corinne Menn, cuya voz matizada, basada siempre en la evidencia, continúa guiando tanto a pacientes como a profesionales. O la doctora Suzanne Gilberg, que combina la ciencia con el alma en su defensa de la atención integral. O la doctora Rocío Salas-Whalen, líder en medicina de la obesidad, que se ocupa con claridad y compasión de la salud metabólica de las mujeres de mediana edad.

Y hay muchos más.

Compartimos investigaciones, casos de pacientes, complicaciones, triunfos, libros, escenarios y micrófonos. Nos apoyamos mutuamente y no damos el brazo a torcer, porque sabemos que, cuando los profesionales de la salud y los científicos se unen, no solo luchamos contra normas obsoletas, sino que construimos otras nuevas.

Financiación insuficiente del sistema de atención sanitaria a la mujer

Los Institutos Nacionales de la Salud (NIH, por sus siglas en inglés) son una agencia del gobierno de Estados Unidos que financia la investigación biomédica y conductual en ese país y en todo el mundo. Cuenta con un presupuesto anual de alrededor de cincuenta mil millones de dólares (sí, hablamos de miles de millones), y cada año estos fondos se dividen entre distintas áreas de salud. El porcentaje de este megapresupuesto que se dedica en exclusiva a la salud de las mujeres suele ser inferior al 10 %. Un informe de 2024 de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina, un grupo de expertos sin fines de lucro con sede en Washington, D.C., reveló que solo el 8,8 % del gasto en subvenciones de los NIH entre 2013 y 2023 se destinó a la investigación sobre la salud femenina. También señalaron que, a pesar del aumento constante en el presupuesto de la agencia, el porcentaje dedicado a este ámbito ha disminuido con el tiempo.

Te proporciono este contexto porque la financiación inadecuada tiene una relación directa con la atención médica que recibirá una persona a lo largo de su vida. Las lagunas sobre problemas específicos de las mujeres como los fibromas uterinos, la endometriosis y el síndrome de ovario poliquístico existen debido a una financiación insuficiente. Tenemos muy pocos conocimientos sobre las diferentes maneras en que ciertas enfermedades, como las cardiovasculares, afectan a las mujeres (pese a que su evolución es peor que la de los hombres después de un ataque al corazón o un derrame cerebral) debido a la falta de financiación. Todavía no comprendemos del todo cómo las complicaciones durante el embarazo pueden estar asociadas con enfermedades crónicas posteriores debido a la falta de financiación. Podría seguir con los ejemplos, pero ya se me entiende.

Por lo que se refiere a la menopausia y la perimenopausia, la situación es muy similar, si no peor. Todo lo relacionado con las transiciones reproductivas y el envejecimiento ocupa los últimos puestos en la lista de prioridades de financiación. Se estima que la menopausia cuenta con menos del 1 % del presupuesto destinado a la investigación sobre la salud de la mujer (y recuerda que es el 1 % de una porción ya pequeña del pastel). El resultado es que los estudios sobre la perimenopausia tienen un alcance y profundidad limitados, además de ser en general poco frecuentes: hasta 1977, la perimenopausia se mencionó solo en treinta y cinco artículos de investigación médica, un número que, cuando lo descubrí, me resultó chocante. Desde entonces, las cosas han mejorado y esa cifra ronda los siete mil.

A primera vista, esto parece un aumento significativo, y lo es. Sin embargo, si consideramos esta cifra en comparación con otros temas que caen bajo el paraguas de la salud femenina, es minúsculo, sobre todo cuando la comparamos con las alusiones al embarazo, el tema que recibe con creces más atención en lo que respecta a las mujeres. Una búsqueda en la base de datos PubMed revela casi 1,2 millones de menciones de embarazo, 102.000 menciones de menopausia y alrededor de 7.000 menciones de perimenopausia. La perimenopausia y la menopausia tampoco se encuentran entre los 292 temas listados en el sistema de herramientas de presentación de informes en línea del portafolio de investigaciones de los NIH, lo que dificulta el seguimiento y la priorización de la inversión en investigación en esta área.

Cómo ha contribuido todo ello a la situación actual: La perimenopausia implica múltiples síntomas y sistemas orgánicos. Para comprenderla del todo, necesitamos estudios científicos rigurosos y exhaustivos que ofrezcan una visión de los procesos biológicos que se llevan a cabo y nos ayuden a encajar mejor las piezas. El problema es que estos estudios cuestan dinero. La mayor parte de la financiación para la investigación científica proviene, en Estados Unidos, de los Institutos Nacionales de Salud, que históricamente no han destinados fondos suficientes a temas relacionados con la salud femenina, y la perimenopausia no es una excepción.

Cómo se está transformando el statu quo: A pesar de la falta continua de financiación por parte de los NIH en Estados Unidos, se están llevando a cabo investigaciones increíbles en todo el mundo y los resultados se están difundiendo de forma global a médicos y otros profesionales de la salud involucrados. También estamos viendo cambiar el panorama de la financiación a medida que las organizaciones privadas comienzan a invertir en investigación de nuevas y apasionantes maneras. Además, se está realizando una increíble labor de financiación a nivel internacional. Por ejemplo, en 2025, Australia votó para destinar quinientos millones de dólares a iniciativas de educación sobre la menopausia y a ampliar la cobertura de su tratamiento.

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