Miguel Enríquez

Mario Amorós

Fragmento

Creditos

1.ª edición: febrero, 2015

© Mario Amorós Quiles, 2015

© Ediciones B Chile, S. A., 2015

Avda. Las Torres 1375-A Huechuraba - Santiago, Chile

www.edicionesb.cl

Registro Propiedad Intelectual Inscripción N° 244599

ISBN DIGITAL: 978-956-9339-31-8

Portada: Francisca Toral

 

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Para quienes lucharon con Miguel

Para quienes le recuerdan, 40 años después

Para quienes en el Chile de hoy proyectan sus ideales

 

 

 

 

 

… avísales

a todos que Miguel estuvo más alto que nunca,

que nos dijo adelante cuando la ráfaga escribió su nombre en las estrellas…

Gonzalo Rojas, "Cifrado en octubre"

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Prólogo

Presentación

Capítulo I

Talcahuano, 1944

Saint John's School

El Bauchi, otro hermano

La huella de Marco

Capítulo II

Un mundo nuevo

Tati y Andrés

Las luchas estudiantiles

Robert Kennedy en el volcán

Vocación de médico

Capítulo III

Insurrección socialista

Asaltar el cielo

Declaración de principios

En China y en Perú

La risa de Miguel

La muerte del Che

Capítulo IV

Secretario general

Alejandra

Contra el estalinismo

Clandestinidad y crisis

Hasta el último día de nuestras vidas

Un atajo revolucionario

Javiera

Capítulo V

Los pobres de la ciudad

La victoria de la UP

Salute frate

Manuela

¿Ministro de Salud?

Capítulo VI

Los pobres del campo

Frei acusa

Luciano

Socialismo o fascismo

Un golpe demoledor

El arte de la Revolución

Capítulo VII

La cuestión del poder

La polémica con el PC

Carmen

Entrevista con Marta Harnecker

Después de la batalla

Capítulo VIII

El magnetismo de un líder

La pugna electoral

Inés

Marco

Un crudo invierno

Con todas las fuerzas de la Historia

Recordando a Saint Just

La hora de Miguel

Capítulo IX

El MIR no se asila

¿Dónde están?

El puño de Pinochet

El debate con la "colonia Valparaíso"

Un largo septiembre

Capítulo X

Hasta siempre

El cerco

Aquel día de octubre

El dolor de un pueblo

"Miguel, hijo mío…"

Luto internacional

Miguel Ángel y Edgardo

Epílogo

Documentos y bibliografía

Testimonios

Siglas

Prólogo

Adelante con todas las fuerzas de la Historia

Por Evo Morales

Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia

En estos días de octubre de 2014, en Chile y en muchos lugares de América Latina y el mundo evocaremos a Miguel Enríquez. También en Bolivia. Pensaremos en el hijo de don Edgardo y doña Raquel, en el hermano de Marco, Edgardo e Inés, en el papá de Javiera, Marco y Miguel Ángel, en el médico, en el joven revolucionario que participó en la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en el secretario general del MIR, en quien supo, desde el apoyo crítico al Gobierno del Presidente Salvador Allende, movilizar a “los pobres del campo y la ciudad” en el tenaz combate por el Socialismo. Recordaremos al dirigente que permaneció en Chile después del golpe de Estado y la derrota del 11 de septiembre de 1973 para levantar la Resistencia Popular. Al muchacho de solo 30 años que cayó acribillado por las balas de la DINA el 5 de octubre de 1974, en los días en que muchos de sus compañeros y compañeras eran detenidos, torturados, ultrajados y hechos desaparecer por la dictadura criminal. Han transcurrido ya, nada más y nada menos, que cuarenta años. Y sin embargo, el nombre de Miguel permanece en nuestra Memoria, forma parte de lo mejor de nuestra Historia.

El 22 de enero de 2006, al tomar posesión en el Congreso Nacional como Presidente del que hoy es el Estado Plurinacional de Bolivia, inicié mi discurso pidiendo un minuto de silencio por los mártires de los cinco siglos de resistencia indígena y por los compañeros y compañeras que antes que nosotros ofrendaron su vida por la liberación de los pueblos de América Latina. Entre estos cité singularmente a Ernesto Che Guevara.

Miguel y sus compañeros del MIR, como tantos y tantos otros revolucionarios de la Patria Grande, forjaron su conciencia política al calor de la Revolución Cubana, a partir del ejemplo luminoso de aquel médico argentino que combatió en Cuba, en el corazón de África y en la sierra de mi patria. Después de décadas de terrorismo de Estado y saqueo neoliberal, los ideales del Che, los ideales de Miguel, permanecen vivos en nuestros pueblos e inspiran la acción de gobiernos como el del MAS-ISP que presido.

Agradezco a mi amigo y compañero Marco Enríquez-Ominami que me haya solicitado estas líneas para presentar el libro de Mario Amorós, historiador y periodista español a quien tuve la oportunidad de conocer en Madrid en mayo de 2010, cuando colaboró con nuestra embajada en el trabajo de prensa para la Cumbre Unión Europea-América Latina y el Caribe. Así me ha permitido leer antes que ustedes estas páginas que recorren la intensa vida de Miguel. Su infancia y su vida familiar, su vocación por la Medicina y su humanismo, su temprano compromiso político, su papel en la fundación del MIR y el rol que este partido jugó especialmente durante el Gobierno de la Unidad Popular, su relación fraternal y sincera con el Presidente Salvador Allende, su claridad política alertando tempranamente acerca de la ofensiva golpista, su permanente lealtad al pueblo, ejemplificada en su comportamiento el 11 de septiembre de 1973 y después, su opción por unir a las fuerzas democráticas para derrotar a la dictadura y recuperar la libertad. Este libro relata la vida de un hombre que junto con muchos y muchas intentó cambiar el curso de la Historia en favor del pueblo. Dio su vida por ello.

Y no fue en vano. Poco a poco, lo vamos logrando en América Latina y, como Eduardo Galeano advirtió en una ocasión, “no caminamos en el aire, sino sobre las huellas de los compañeros caídos”. Caminamos sobre las huellas del Che. Sobre las huellas de Miguel.

Por eso les digo, como proclamara Miguel Enríquez en el Teatro Caupolicán el 12 de julio de 1973: “¡Adelante con todas las fuerzas de la Historia!”.

Presentación

Yo pisaré las calles nuevamente

de lo que fue Santiago ensangrentada,

y en una hermosa plaza liberada

me detendré a llorar por los ausentes.

Yo vendré del desierto calcinante

y saldré de los bosques y los lagos,

y evocaré en un cerro de Santiago

a mis hermanos que murieron antes...

Pablo Milanés, 5 de octubre de 1974

Se cumplen cuarenta años de la muerte de Miguel Enríquez en el combate desigual de la calle Santa Fe. Aquel 5 de octubre de 1974 el secretario general del MIR cayó acribillado por las balas de la DINA. Moría un muchacho de 30 años, un joven que abandonó su vocación de médico para consagrar su vida a la utopía revolucionaria. Derramaba su sangre sobre la tierra chilena el hijo de don Edgardo y doña Raquel. Aquel 5 de octubre nacía también el mito de Miguel Enríquez, el combatiente que simbolizó el valor de la Resistencia en el momento más terrible de la represión.

Esta biografía histórica revisa toda su trayectoria política y personal a través de los testimonios de dieciocho personas entrevistadas, de la documentación generada por el MIR, de sus discursos y de sus entrevistas de prensa, de una amplia bibliografía y también de las más de mil páginas que acumula ya la investigación judicial sobre su muerte que el ministro Mario Carroza instruye desde noviembre de 2012 y en la que han declarado tanto los dos supervivientes (Carmen Castillo y Humberto Sotomayor) como los principales agentes de la DINA involucrados. Recorremos su infancia en Concepción, su época escolar, las primeras amistades, los años en la universidad, su participación en la fundación del MIR en agosto de 1965, su elección como secretario general el 8 de diciembre de 1967, su labor, junto con sus compañeros, para transformar un pequeño partido en un movimiento político y social que fue parte del intento de construcción del socialismo entre 1970 y 1973 y que, después de la derrota del 11 de septiembre, intentó unir a todas las fuerzas democráticas y al pueblo en la Resistencia.

Llegué a la historia de Chile a través de las páginas de la revista Punto Final en el otoño europeo de 1996, en la vieja biblioteca de la Fundación CIDOB de Barcelona. En sus columnas, leyendo a Manuel Cabieses, Augusto Olivares, Mario Díaz, Augusto Carmona o Lucía Sepúlveda Ruiz, descubrí al MIR y a Miguel Enríquez. Decidí dedicar mi tesis doctoral a un militante mirista, Antonio Llidó, valenciano como yo, secuestrado por la DINA el 1 de octubre de 1974, el único sacerdote que está detenido-desaparecido. La defensa de la tesis en la Universidad de Barcelona, el 18 de noviembre de 2005, se transformó en un acto de memoria rojinegra cuando veteranos luchadores llegados desde Tours y Madrid rompieron la liturgia académica para reivindicar la acción revolucionaria de su partido.

También me aproximé a la historia y a la memoria del MIR (para mi libro Después de la lluvia. Chile, la memoria herida) a través de los testimonios de hijos de los militantes, como Natalia (hija de Alfonso Chanfreau y Erika Hennings), Dago (hijo de Sergio Pérez y Lumi Videla) o José Miguel (hijo de Manuel Cortez Joo y Gabriela Wenger). Y de sus madres, como doña Otilia Vargas (mamá de Dagoberto, Carlos Freddy, Aldo, Iván y Mireya Pérez Vargas), doña Baldramina Flores (mamá de Humberto Lizardi), doña Luisa Joo o doña Inelia Hermosilla (mamá de Héctor Garay). O de sus compañeras, como Erika Hennings o Gabriela Wenger. En mi archivo conservo ya más de medio centenar de testimonios de personas vinculadas al MIR.

En cualquier caso, este libro no hubiera sido posible sin el apoyo de Marco Enríquez-Ominami y de la Fundación Miguel Enríquez. Tras conocer mi biografía de Salvador Allende, Marco me animó a emprender un proyecto que sopesaba desde hacía algunos años y le estoy profundamente agradecido por la confianza y el respeto a mi enfoque, mis puntos de vista y mi trabajo. Conocerle ha sido un grato descubrimiento, conversar con él durante horas sobre la historia de su familia, un privilegio.

Otras muchas personas me han ayudado decisivamente en esta tarea: en primer lugar, quienes me han brindado su testimonio sobre Miguel Enríquez y entre ellos quisiera destacar a su hermana Inés, quien me ha precisado un sinfín de detalles de la historia familiar; Cristián Warner en distintos asuntos; Andrés Pascal Allende; Carlos Ominami; dos compañeros de Concepción, Pedro Abarca y Wilson Cid, quienes, una vez solicitada, se preocuparon de recoger la documentación que se conserva en el Colegio Saint John’s, en el Liceo Enrique Molina Garmendia y en la Facultad de Medicina; el profesor Boris Hau, quien me envió a Madrid algunas páginas de diarios que no alcancé a recopilar durante mi última estancia en Santiago de Chile en abril de 2014; quienes me han proporcionado las imágenes del pliego interior (Inés Enríquez, Manuela Gumucio, Ana Pizarro, Carmen Castillo, la Fundación Salvador Allende, la revista Punto Final, Amy Conger); y también mi amigo habanero José A. Buergo, quien me envió las declaraciones de Beatriz Allende publicadas en Juventud Rebelde el 7 de octubre de 1974.

Por último, es un honor contar con el prólogo del Presidente Evo Morales, quien junto con otros gobiernos de izquierda ha abierto de nuevo una época de esperanza para los pueblos de América Latina. Su contribución confirma la huella que Miguel Enríquez dejó en la Historia y en la Memoria popular de este continente. Así lo anticiparon Pablo Milanés y Silvio Rodríguez cuando compusieron para él, para nosotros, “Yo pisaré las calles nuevamente” y “Canción contra la indecisión”.

Han transcurrido ya cuarenta años y su nombre, como escribiera el poeta Gonzalo Rojas, quedó cifrado en octubre, grabado en las estrellas.

Capítulo I

Una infancia maravillosa

Miguel Enríquez nació en Talcahuano en 1944, en el seno de una familia de clase media ilustrada. Su infancia y su adolescencia transcurrieron en un hogar cálido, con acceso a una excelente preparación académica e intelectual y a una cultura amplia. Su padre, don Edgardo Enríquez Frödden (Concepción, 1912-Santiago, 1996), médico de la Armada durante tres décadas y distinguido profesor de Medicina en la Universidad de Concepción, y su madre, doña Raquel Espinosa Towsend (Temuco, 1915-Santiago, 2003), egresada en Leyes, brindaron a sus cuatro hijos todas las herramientas para descubrir los secretos de la vida y del mundo y decidir libremente sus propias opciones.

Miguel Enríquez se educó en un colegio inglés de Concepción, donde la familia se instaló en 1946, y posteriormente en el emblemático Liceo Enrique Molina Garmendia, donde trabó amistad con un muchacho que fue para él como otro hermano: Bautista van Schouwen. Fue un buen estudiante, con un interés por una variada relación de materias, desde la biología hasta la historia. Su conciencia política se fue formando a partir de un vasto repertorio de lecturas, del descubrimiento de la dura realidad de las grandes mayorías y de la influencia de su hermano mayor, Marco. En la campaña electoral de 1958, él le llevó a las masivas concentraciones populares del candidato Salvador Allende. Allí debió sentirse, por primera vez, parte del movimiento popular que aspiraba a cambiar la Historia. Meses después, en Cuba, los insurgentes de Sierra Maestra demostraron que era posible.

Talcahuano, 1944

Desde enero de 1938, don Edgardo trabajaba en el Servicio de Sanidad Naval en el puerto de Talcahuano, distante unos quince kilómetros de Concepción. Inaugurado en 1929, este hospital de la Armada contaba entonces con 120 camas. Especialista en Anatomía, pertenecía a una destacada familia penquista con ancestros españoles por vía paterna y daneses por la materna. Su padre, el abogado Marco Antonio Enríquez, fue un destacado prohombre liberal en la región, balmacedista de corazón. Su tío Carlos Frödden Lorenzen, capitán de fragata de la Armada, fue ministro de Guerra y Marina y después de Interior durante la dictadura del coronel Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931)1. El 21 de enero de 1939 contrajo matrimonio con Raquel Espinosa, con quien pololeaba desde que se conocieron en 1932 en el baile anual de los estudiantes de Medicina y se juntaban en la Plaza de Armas2.

De todos los regalos que recibieron en su enlace, el que más apreciaron fue un reloj obsequiado por el personal del Hospital Naval, puesto que, desde que en 1946 se instalaron en la casa de la Avenida Roosevelt de Concepción, aquel reloj presidió la chimenea del living y fue testigo de la vida familiar. En los años 80, en el exilio en México, don Edgardo aún se conmovía al evocar aquel tiempo: “Durante los largos días de invierno la chimenea pasaba prendida; en el tocadiscos o la radio se escuchaba música selecta, los adultos conversábamos o leíamos y yo preparaba mis clases. Los niños, tendidos boca abajo en la alfombra, leían o hacían sus tareas o conversaban entre ellos. Reinaba un ambiente de paz y de armonía. Personas que llegaban y veían este espectáculo que reflejaba lo que era nuestra vida familiar no podían dejar de celebrarlo”3.

El 16 de noviembre de 1939 nació el primero de sus cuatro hijos en una clínica de Concepción y le pusieron el nombre del abuelo paterno: Marco Antonio. Dos años después, el 15 de diciembre de 1941, llegó Edgardo. En mayo de 1943 la familia se trasladó en arriendo a la casa 120 del Apostadero Naval de Talcahuano, donde nacieron Miguel Humberto, el 27 de marzo de 1944 (en un parto muy complicado), e Inés el 3 de julio de 1945. Los cuatro fueron bautizados por el rito católico.

En abril de 1946, cuando Miguel justo acababa de cumplir dos años y su hermana apenas empezaba a dar sus primeros pasos, la familia se trasladó al que sería su hogar hasta 1973. Como profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, don Edgardo pudo adquirir una de las 49 casas construidas por la Caja de Empleados Públicos y Periodistas en pleno Barrio Universitario, en el número 1674 de la Avenida Roosevelt, a un kilómetro de la Plaza de Armas y solo cuatro cuadras del Instituto de Anatomía, donde impartía sus clases.

Por supuesto, no faltaron las inevitables señoras de la base naval que en las reuniones sociales reprocharon a doña Raquel que se trasladaran a una población de rotos y no aguardaran a tener más antigüedad en la Armada para poder comprar una casa en la exclusiva Viña del Mar. “Invariablemente les respondíamos: somos de Concepción y no nos gusta Viña del Mar”, escribió don Edgardo. “Concepción está rodeada de industrias, de minas, tiene una universidad. Va a ser la región industrial de Chile y un importantísimo centro cultural. Además, no tiene Casino, como Viña del Mar, donde la juventud va a jugar a los naipes y a la ruleta. En Concepción, existe mejor ambiente para formar y educar una familia. Y mi porvenir está en la universidad, que queda al lado de la casa que acabamos de comprar”4.

Aquella casa unifamiliar de dos plantas tenía cuatro dormitorios, por lo que inicialmente Edgardo y Miguel compartieron uno de ellos, dos baños “y medio”, el living, una cocina amplia, una pieza para la empleada doméstica (Celfia Romero) con su propio aseo y un gran patio, en el que construyeron un almacén para guardar la leña, el carbón y útiles diversos. La parcela ocupaba unos 400 metros cuadrados y la superficie edificada era de 160. La separación con las propiedades contiguas era una simple corrida de arbustos y con el tiempo la familia levantó tapias divisorias, una pieza con baño al fondo del patio para Miguel y plantaron un parrón y árboles frutales. Incluso tuvieron un gallinero y varios perros; uno de los más queridos para aquellos niños se llamaba Gurkha.

Inés Enríquez es la única de los cuatro hermanos que vive, puesto que Marco falleció en Francia en octubre de 2005. Desde México, evoca aquellos años: “Fuimos niños felices, vivíamos en una casa grande con patio, perros, con juguetes y juegos múltiples. Mis padres se dedicaban por entero a nosotros. Teníamos una nana que estaba encargada de nuestro cuidado y era una mujer adorable, iletrada, inteligente. Miguel y yo éramos sus preferidos”5.

Su padre registró que los primeros años de Miguel Enríquez transcurrieron sin más sobresaltos que las correspondientes epidemias, como el sarampión o la varicela, que sorteó sin mayores complicaciones6. Era un niño “sumamente despierto, inteligente, alegre, juguetón y bromista”7.

Cuando Marco creció y se volcó a la lectura, Miguel se convirtió en el compañero de juegos de Edgardo, preferiblemente en el patio cuando el clima del sur lo permitía. Allí pasaban horas y horas, “a veces observando a los pajaritos que hacían sus nidos en los árboles, otras a las hormigas cuando el agua de riego inundaba su hormiguero”. No pocas veces también el hermano del medio asistía divertido a los arrebatos y rabietas del menor. “Un día que íbamos por la calle –relató su padre–, Miguel se adelantó indignado, no me acuerdo por qué razón, motivos nunca le faltaban. Se me acercó Edgardo y me dijo: ‘Padre ¿es el mismo enojo de antes o este es nuevo?’. Se entendían muy bien”8.

En 1952, don Edgardo fue designado director del Hospital Naval de Talcahuano, con el grado de capitán de navío en Sanidad, ocupación que compatibilizó con la enseñanza en la Facultad de Medicina hasta que renunció a la Armada tras ser elegido rector de la Universidad de Concepción en diciembre de 1968, en el tiempo de la Reforma Universitaria. Además, entre 1949 y 1967 presidió el Consejo Regional del Colegio Médico y fue un destacado miembro de la masonería, cuando esta institución era muy relevante entre los prohombres de la nación. La figura de don Edgardo (“un hombre muy recto, muy sencillo, meticuloso, muy austero, capaz de escribir una autobiografía que supera las 1.500 páginas”, describe su nieto Marco Enríquez-Ominami) moldeó, sin duda alguna, la personalidad de sus hijos.

También doña Raquel, una dueña de casa bondadosa, simpática, generosa, inculcó a sus hijos los valores más nobles. Cuando falleció, el 3 de abril de 2003, la Red Charquicán, que vincula a miristas repartidos por todo el planeta, recogió decenas de mensajes de reconocimiento. Uno de ellos resumió a la perfección el sentimiento colectivo: “Gracias Raquel, por los hijos que nos diste, por tu fuerza y tu alegría, por mantenerte siempre al lado de nuestro pueblo venciendo el dolor y el miedo que a otros paraliza. Eres quizás la parte más invisible de una familia que dio frutos generosos que seguirán germinando en nuestro recuerdo, el de nuestros hijos y las nuevas generaciones”9.

1 Entrevista a Marco Enríquez-Ominami. Abril de 2014.

2 Avendaño, Daniel y Palma, Mauricio: El rebelde de la burguesía. La historia de Miguel Enríquez. CESOC. Santiago de Chile, 2001. p. 19.

3 Gilbert, Jorge: Edgardo Enríquez Frödden. Testimonio de un destierro. Mosquito Editores. Santiago de Chile, 1992. p. 127.

4 Enríquez Frödden, Edgardo: En el nombre de una vida. Tomo I. Universidad Autónoma Metropolitana. México DF, 1994. pp. 401-402.

5 Entrevista a Inés Enríquez. Mayo de 2014.

6 Enríquez Frödden, Tomo I, p. 408.

7 Gilbert, p. 156.

8 Gilbert, p. 131.

9 Sepúlveda Ruiz, Lucía: “Madre coraje”. Abril de 2003. Artículo consultado en: http://www.archivochile.com/Miguel_Enriquez/Doc_sobre_miguel/MEsobre0042.pdf

Saint John’s School

En la enseñanza básica, que se prolongaba a lo largo de seis años en aquel tiempo, don Edgardo y doña Raquel inscribieron a sus cuatro hijos en un colegio privado inglés, el Saint John’s School, fundado en la calle Pedro de Valdivia de Concepción en 1942 con el apoyo del Gobierno británico. “Era un centro nada barato, no sé cómo mis padres podían pagar la colegiatura de los cuatro. Allí todos aprendimos inglés”, recuerda Inés. La rutina empezaba con el desplazamiento matinal en autobús y concluía con las clases vespertinas, tras el almuerzo en la misma institución escolar10.

Miguel Enríquez ingresó en marzo de 1949. Desde hacía dos años su rector era Mr. George Knight, quien pronto le llamó Smiling porque le tenía “particular simpatía y afecto”, según recordaba don Edgardo. A menudo, incluso, le invitaba a almorzar a su lado porque le agradaba conversar con él, aunque no solo por ese motivo… “Es tan desordenado y bromista que molesta a todos, por eso lo traigo aquí y lo siento en mi mesa”, le explicó Knight. Al niño no le importaba compartir asiento con el director del colegio, más bien al contrario. “Me gusta oírlo, me gusta verlo, me gusta cómo trata a su señora, que es muy hermosa, muy agradable… Además, tengo otra ventaja estando en la mesa del director: ¡me puedo repetir el postre!”.

Parte de la cotidianeidad al regresar a casa por la tarde era el infaltable vaso de leche caliente, costumbre que doña Raquel y don Edgardo mantuvieron hasta que sus hijos llegaron a la universidad y años más tarde practicaron igualmente con sus nietos en el exilio.

Miguel e Inés, los pequeños de la familia, tuvieron una relación especialmente afectuosa. “Él adoraba a Inés, su hermana menor”, relató su padre. “Cuando llegaban del colegio inglés, siendo muy niños, mientras tomaban su leche caliente, conversaban como dos personas adultas. Se contaban los detalles diarios de las clases y principalmente lo ocurrido en las horas de recreo en los patios… Reían y cantaban felices de la vida. Nosotros con Raquel procurábamos no interrumpirlos. Los mirábamos de lejos y gozábamos emocionados de su sana alegría”11. Así lo evoca también su hija: “Siempre fuimos los mejores amigos, nunca peleábamos, hablábamos de todo. Nos regaloneábamos mutuamente. En el Saint John’s él me protegía si alguien me había ofendido o pegado, pero casi siempre me defendía sola y él llegaba a casa riéndose a contárselo a mis padres”.

Uno de los mejores amigos de Miguel Enríquez en la infancia fue Eduardo Trucco, quien llegó al Colegio Saint John’s en el último trimestre de 1952 tras regresar con su familia de Estados Unidos. “Fuimos amigos y compañeros de clase desde entonces y hasta 1956. Permanentemente iba a su casa y él llegaba a la mía. Hacíamos muchas actividades juntos fuera del colegio: a veces un grupo de amigos íbamos a la Plaza de Armas a conversar, a compartir con las chiquillas. También salíamos con un perro muy lindo, muy inteligente que tenía, Gurkha, a recorrer los cerros vecinos a la universidad, una actividad que nos fascinaba”. Cuando apenas tenían 9 o 10 años tejieron una amistad cuya cálida memoria Eduardo Trucco conserva hasta hoy. “Era una persona que tenía una riquísima y variadísima conversación. El diálogo entre ambos llegaba hasta los detalles más íntimos, nos conocimos muy bien”12.

Al igual que sus hermanos, Miguel Enríquez hizo deporte durante su etapa estudiantil, pero sin sobresalir en ninguna especialidad. “Miguel era un buen deportista”, relató su padre. “Le gustaba nadar y los ejercicios gimnásticos. Su naturaleza inquieta e impaciente congeniaba con los deportes, pero, eso sí, no era fanático”13.

Tampoco solían participar en uno de los entretenimientos más populares de los niños de la época, las pichangas, los partidos de fútbol silvestres descritos magistralmente por el periodista Eugenio Lira Massi, quien creció en la comuna santiaguina de Independencia14. “No practicábamos deportes exactamente. En el colegio teníamos la asignatura de gimnasia y hacíamos algo de atletismo”, explica Inés Enríquez. “En los veranos íbamos a un campo en Chillán, donde montábamos a caballo, nadábamos, jugábamos a las cartas con los hijos de los dueños de casa. Lo pasábamos de maravilla. De muy niña, me gustaban las muñecas, a mis hermanos los soldados, las pistolas de juguete, pero yo también jugaba a esas cosas con ellos. Nos gustaban los dulces, las papas fritas, los bistecs, pero no el bacalao ni las algas. Había demasiada comida en mi casa: tres platos más el postre”.

La conversación sobre la política nacional e internacional era habitual en esta familia, tanto por el interés de los padres como por el aprendizaje apasionado de sus hijos y las personalidades que solían visitar la casa. Además, tenían un vínculo muy estrecho con el Partido Radical (PR), al que don Edgardo y doña Raquel adhirieron en la alborada del Frente Popular. “Soy radical desde 1936, cuando era estudiante. Me hice radical en los tiempos en que el partido era de avanzada. Después se fue quedando atrás…”, explicó en 199115.

Los Enríquez fueron parte de la aristocracia del radicalismo chileno durante tres décadas. Don Edgardo no ocupó ningún puesto de responsabilidad política hasta que Salvador Allende le designó ministro de Educación el 5 de julio de 1973, pero su hermano Humberto (1907-1989), abogado, profesor y en un tiempo decano de Derecho en la Universidad de Concepción, fue ministro de Educación en 1946, diputado entre 1949 y 1961 y senador desde entonces hasta 1969, además de presidente nacional del PR entre 1965 y 1967.

Igualmente, su hermana Inés (1913-1998), también abogada, tuvo una prolongada presencia en la política nacional desde que en 1951 fuera designada como la primera intendente del país, precisamente en Concepción, y también aquel año se convirtió en la primera diputada chilena al ganar una elección complementaria. Como su hermano Humberto, fue miembro del Congreso Nacional hasta 1969 y aquel año ambos adscribieron a la tendencia conservadora del partido, que se marginó de la Unidad Popular y formó Democracia Radical, que sería parte de la oposición al Gobierno de Salvador Allende.

Su hermano René, ingeniero agrónomo, fue subsecretario de Agricultura en 1946 con el Presidente González Videla. En cambio, Hugo Enríquez Frödden desarrolló su carrera profesional en el ámbito exclusivo de su profesión, la Medicina, y llegó a ser director de los hospitales de Ovalle, Concepción y del Barros Luco y José Joaquín Aguirre en Santiago.

En el hogar de la familia Enríquez Espinosa la política siempre estuvo presente, más aún en un país donde las larguísimas campañas presidenciales se vivían de manera apasionada cada seis años. En 1952, cuando Miguel Enríquez tenía ocho años, Chile vivió una singular campaña electoral. Agotado el radicalismo después de la traición de González Videla a su aliado comunista, debilitada la izquierda a consecuencia de la proscripción del PC y las divisiones que sacudían las filas socialistas, la candidatura populista de Carlos Ibáñez del Campo concitó un gran apoyo social y sacudió el sistema político. La izquierda, agrupada por primera vez en torno a Salvador Allende en el Frente del Pueblo, representaba una opción testimonial y el electorado tradicional del Partido Radical estaba desorientado. El partido de la familia Enríquez entraba de manera irreversible en su ocaso histórico tras ocupar La Moneda de manera ininterrumpida desde la luminosa primavera de 1938.

Poco antes de la elección presidencial del 4 de septiembre de 1952, el doctor Jorge Sanhueza Cruz, profesor de la Universidad de Concepción, visitó a don Edgardo en su domicilio. Conversaban en la sala cuando los niños de la casa y unos amigos suyos entraron a tomar la merienda. “La verdad es que esta vez no voy a votar por el candidato de la izquierda [en alusión a Pedro Enrique Alfonso, del Partido Radical]. No ha hecho un buen gobierno, me ha defraudado”, comentó Sanhueza. Miguel Enríquez, que había vertido su cotidiana taza de leche en un plato para que se enfriara más rápido y la bebía de manera apresurada para retomar los juegos en el patio, le interrumpió desde sus ocho años y medio: “Usted habla de la izquierda chilena y dice que lo ha defraudado porque ha hecho un mal gobierno; pero ocurre que esa es una mala izquierda, no representa los verdaderos intereses del pueblo. Gabriel González Videla, por el contrario, ha traicionado a la izquierda abierta y cobardemente. Usted no puede votar por la derecha, lo que debe hacer es exigir una buena, una verdadera izquierda”. Su interlocutor, el doctor Sanhueza, quedó “asombrado” ante tales reflexiones, registró don Edgardo16. Quince años después se reencontrarían durante el internado de Miguel Enríquez como estudiante de Medicina…

10 La única documentación que se conserva hoy en el Colegio Saint John’s del paso de los cuatro hermanos Enríquez Espinosa es un libro de registro donde se anotaron los datos personales y en qué año cumplieron cada curso. Agradezco a su rector, James Coulson, y a su asistente, Paulina Einersen, la amable atención prestada.

11 Gilbert, pp. 157 y 161-162.

12 Entrevista a Eduardo Trucco. Junio de 2014.

13 Gilbert, pp. 170-171.

14 Véase la recopilación de artículos de este genial periodista: Lira Massi, Eugenio: El hombre del momento. Universidad Diego Portales. Santiago de Chile, 2013.

15 Entrevista de David Albala a Edgardo Enríquez Frödden. En: Verdugo, Patricia (ed.) Chile 1973. Así lo viví yo. Universidad Andrés Bello. Santiago de Chile, 1994. p. 11.

16 Gilbert, p. 163.

El Bauchi, otro hermano

Marco, Edgardo, Miguel e Inés Enríquez cursaron sus estudios secundarios en los mejores centros públicos de Concepción. Los tres muchachos ingresaron en el emblemático Liceo de Hombres Nº 1, fundado en 1823, el tercero más antigu

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