Las universidades han soportado tiempos difíciles desde que los gobiernos decidieron moverse hacia una educación superior masiva, ninguna tanto como las instituciones de élite que conocí tan bien en Londres —University College, Imperial College y la London School of Economics— además de las principales universidades cívicas. Son estos lugares, más Oxford y Cambridge, los guardianes de la vida intelectual. No pueden enseñar las cualidades que las personas precisan en política y en negocios. Tampoco pueden enseñar cultura y sabiduría, no más que teólogos enseñan santidad, o filósofos bondad o sociólogos un plan para el futuro. Existen para cultivar el intelecto. Todo lo demás es secundario. Las cuestiones que conciernen a ambos, a dons y a administrativos, son secundarias. La necesidad de mezclar clases, nacionalidades y razas es secundaria. Las agonías y alegrías de la vida estudiantil son secundarias. También las reglas, costumbres, el pago y la promoción del personal académico y sus debates en cambiar el currículo o procurar facilidades para investigar. Incluso el despertar de un sentido de la belleza o el shock vital de una nueva experiencia, o la búsqueda de la bondad por sí —todos estos son secundarios frente al cultivo, formación y ejercicio del intelecto—. Las universidades deben levantar en admiración la vida intelectual. El regalo más precioso que pueden ofrecer es poder vivir y trabajar en torno a libros o en laboratorios y permitir que los jóvenes vean aquellos raros scholars que han dejado a un lado el mundo del éxito material, tanto adentro como afuera de la universidad, a fin de estudiar con una devoción y un solo motivo respecto a algún tema porque eso más allá de todo lo demás les parece importante a ellos. Una universidad está muerta si los dons son incapaces de alguna manera de comunicar a los estudiantes la lucha —y las frustraciones tanto como los triunfos en dicha lucha— para producir, a partir del caos de la experiencia humana, algún grado de orden ganado por el intelecto. Ese es el fin al que todos los acuerdos de la universidad deben ser dirigidos.
Sigo creyendo que éste es el principio que debe gobernar a Oxford y a Cambridge y a nuestras universidades de élite.
NOEL ANNAN, The Dons. Mentors, Eccentrics and Geniuses, 1999
Numerosos edificios de herencia moderna en la ciudad han sido invadidos durante los últimos años. En la mayoría de los casos han sido ocupados con invasiones violentas que terminan en acuerdos o pactos, no sólo con las autoridades y vecinos del área, sino también entre los propios invasores, reacondicionando los espacios y alterando su arquitectura para satisfacer las necesidades grupales y que allí se establecen. Una innovadora arquitectura, resultado de las nuevas formas de lazo social, se evidencia en las alteradas estructuras externas de los edificios tomados.
ALEXANDER APÓSTOL, Modernidad tropical, 2010
Sé tanto hoy como supe entonces acerca del conflicto que me mantendría duramente trabajando en un mundo que no es mi mundo, aunque haya resultado ser mi vida.
LILLIAN HELLMAN, An Unfinished Woman, 1969
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CON VOZ PROPIA
Escribir una historia íntima de un hecho que enfoca a una figura central que no es central para entender dicho hecho, invita a que de inmediato se hagan preguntas sobre la debida competencia del historiador, o, efectivamente, respecto a sus honorables motivos. La figura seleccionada puede que le sea conveniente aunque no crucial para la historia que narra. Semejantes comentarios cínicos obviamente los podría provocar la elección de nuestro protagonista en particular [sí mismo]. Cabría señalarse que, en este caso al menos y para este historiador, no existe otra opción posible. Aunque lo dicho recién no sea necesariamente impreciso, una presentación de sus buenos motivos debiera ofrecerse desde ya.
NORMAN MAILER, The Armies of the Night, 1968
Es riesgoso en un libro de ideas hablar con la voz propia, pero esto sirve para recordarnos que las verdades más verdaderas son, de manera inevitable, profundamente personales.
SAUL BELLOW, «Prólogo», The Closing of the American
Mind de Allan Bloom, 1987
Recuerdo perfectamente —estas son memorias— el momento exacto en que decidí que iba a escribir una historia de la toma de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile que ocurriera en mayo-junio del 2009.
Estaba redactando un largo correo electrónico a Mauricio Tapia, profesor de derecho civil de la Facultad, en respuesta a una pregunta suya sobre cómo yo veía la toma, si había o no una solución, y cuál era mi postura en todo este enredo que nos tenía parados desde hacía varias semanas sin visos de salida alguna. Tapia, al final de cuentas, resultó ser uno de los tomistas más furiosos, y eso que, hasta entonces, había sido un mignon del oficialismo, al cual la toma ahora amenazaba. Por qué quería mi opinión es una cuestión que todavía no logro comprender. Con todo, presumiendo de buena fe que le hablaba a alguien que no me merecía dudas (en ese entonces), le escribía sin filtro alguno. Aunque, pensándolo ahora más en frío, a esas alturas, Tapia me importaba un pucho. La toma llevaba diez días y el correo, para qué decir el humo espeso del enésimo cigarrillo fumado uno tras otro mientras redactaba, me tenían entusiasmadísimo, en estado febril.
Retrataba allí a cuanto personaje recordaba de la Escuela, desde que entré a estudiar en 1979, muchos de los cuales —no todos vivos— aún me los sigo topando en los pasillos y rincones de Pío Nono s.n.1 Intempestivamente a veces, cuando subo las escaleras o tras quedarme solo, después de mis clases, en alguna de las salas-gallineros del primer o segundo piso. Espectros, algunos benevolentes como los de mi profesor don Avelino León Hurtado, brillante civilista; otros, pompo-fúnebres como el de Hugo Rosende Subiabre, «brazo jurídicamente armado» de la dictadura, con su largo abrigo azul marino (incluso cuando hacía calor, siguiendo a su álter ego, Jorge Alessandri, de quien fuera alguna vez confidente hasta que el presidente lo echara de palacio con el rabo entre las piernas). Ambos personajes, decanos de la venerable Escuela en el período en que fui alumno entre 1979 y 1984.
Tecleaba y tecleaba, tratando de exorcizar de mi cabeza a tamaños espíritus, cuando la Emilia, mi hija, baja del segundo piso de la casa, entra al comedor donde en ese momento escribía, y me informa, solemne, la noticia de último minuto: Roberto Nahum, el entonces todavía decano, acababa de ingresar a la Facultad. Recién se lo habían comunicado sus compañeros de escuela (mi hija entonces era alumna de segundo año de Derecho en la Chile) a través de una cadena de mensajes desde cierta radio estudiantil, luego retransmitidos cuan avalancha en cascada a través de Facebook, Messenger, y gmails-chats (Twitter recién se estrenaba), desde dentro y fuera del caserón en toma. Deben haber sido las 2.15 de la mañana, del décimo día de la toma, y si no recuerdo mal un domingo.
La escena me pareció, de inmediato, descabellada. Incluso, dudé por un minuto de Nahum. ¿Es que estaba fuera de sí? ¿Qué diablos hacía en la Escuela a esas horas de la madrugada, acompañado además de su señora? ¿Había ido a qué? ¿A negociar, a doblarles la mano a los golpistas-tomistas (Nahum es diestro negociador), ofrecerles su renuncia, su persona, cuan «cabeza de turco» en bandeja, para que depusieran el arbitrario acto de fuerza que habían montado en su contra? Sólo uno de los tres cabecillas de la toma —Sebastián Aylwin (ex ayudante de mi curso)— estaba de guardia esa noche; el resto, un puñado de alumnos, arropados en sacos y frazadas para combatir el frío, dormían. El edificio, una suerte de mausoleo de estilo modernista mussoliniano inaugurado en 1938 —anticipo urbano del zoológico y cementerio un poco más al norte en Recoleta—, siempre ha sido gélido e inhóspito, a tono con las típicas relaciones humanas que se cultivan en su interior y luego proyectan al país entero normándolo.
Encandilada, convertida de repente en pila eléctrica, nunca esta usina (por eso la torre y el reloj) al borde del río, me ha parecido tan aparatosamente teatral. Años antes, en junio de 1982, me había maravillado el Mapocho a punto de salirse de su cauce —las aguas subieron casi a ras del puente de Pío Nono amenazando con llevárselo (hubo quienes esperaban que ojalá también la Escuela)—, pero esa vez se trataba de un hecho natural; ahora, unos vivos vivísimos, no fantasmas, ni aluviones, protagonizaban el drama en su interior.
Me cuesta explicar de otra forma la excitación con que seguí las noticias sintonizando de inmediato el sitio web de los tomistas —www.derechoenreconstruccion— que confirmó la noticia. Dos imágenes, para peor históricas, nada de halagadoras, cruzaron mi mente. La primera, la de Hitler en una de sus penúltimas horas saliendo del búnker a tomar aire, ocasión en que también saluda a unos niños reclutas que cuidaban su guarida. La segunda, la de «RN», Richard Nixon, yendo a parlamentar a tempranas horas de la mañana, allá por 1970, con unos melenudos manifestantes en contra de la guerra de Vietnam en el Lincoln Memorial.2 La sola posibilidad de que Roberto Nahum (curiosamente también «RN»), y a quien yo apoyaba, se me confundiera con el Führer o con Nixon —un majamama mental en exceso nicotínico— era patético.
Un ajuste de cuentas
Así de tenebrosa y teatral la escenificación que se estaba llevando a cabo a sólo diez minutos en auto desde mi casa —estuve a un pelo de correr a la Escuela y cerciorarme en directo— opté, en cambio, por escribir la historia de la toma del 2009 en la Facultad a partir del correo que redactaba. Corté rápido la lata con Tapia, despachando el escrito destinado a él y sus amigotes, no sin antes consignarle lo que pasaba. Las horas siguientes me las «fumé» hasta que oí amanecer la pajarería que se congrega y despega en bandada desde los estanques de agua gigantes cercanos a mi casa. Debe haber sido una docena de cigarrillos, imaginándome lo que podía ser alguna vez este libro.
¿Una crónica?, ¿una obra sesuda?, ¿por qué no una novela, una novela en clave y, en una de éstas, ni tan en clave, como son siempre las novelas en clave? Preguntas con que batallo desde entonces, a las cuales creo haber resuelto más o menos de la siguiente manera.
Nunca me han convencido los géneros literarios estrictos, no cuando soy quien escribe. Prefiero el ensayo libre, ágil, ojalá lo más variado. Es el medio por excelencia en nuestra medianamente larga tradición historiográfica, el que tiene más llegada al público lector, ilustrado y políticamente sensible.3 Es más, si narraba el cuento a modo de novela, seguro que me hubiesen dicho que mentía. La realidad, en cambio, suele ser más increíble que cualquiera invención. «Hay demasiada ficción en el mundo», rezaba un ingenioso título de un festival de cine documental algunos años atrás.4 También deseché la posibilidad de un libro «académico», lo cual me habría entrampado en bizantinismos bicharracos —ya veremos— que pretendo denunciar. Una crónica estricta, por último, no hubiese pasado más allá de los meros datos; los cuales, aunque descarnados y capaces de hablar por sí solos, tienden a quedarse cortos cuando no se les contextúa e interpreta. Por eso, he preferido tejer un relato comentado, conscientemente híbrido, lo cual no le viene nada de mal a las memorias —Sergio Pitol un buen ejemplo5—, y con mayor razón tratándose de un tema en que he sido testigo y partícipe; de ahí mi entusiasmo por lo que hace Norman Mailer en su Armies of the Night.
Lo que tuve claro desde un comienzo es que tenía que ser una respuesta al ajuste de cuentas iniciado por los otros. Esta vez contando la firme, lo que ellos esconden, y, bueno, sí, cómo no, dando a conocer quiénes son, sus nombres y apellidos, qué pretenden, a qué aspiran o ambicionan con maniobras tan audaces apoderándose de una facultad como Derecho de la Chile. «No se puede hablar impersonalmente de nadie», decía Enrique Lihn.6
Ocurre también que desde siempre los historiadores sabemos nuestro oficio y sus riesgos. Heródoto inicia Los Nueve Libros de la Historia precisando el propósito: que no se desvanezca «con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres […] así de los griegos como de los bárbaros». A mí, esto de los bárbaros siempre me ha intrigado. El olvido, además, dispensa, extingue culpas. Agreguémosle que la impunidad no se condice con una Escuela de Derecho digna de su nombre. Si algo aprendí en Pío Nono, siendo alumno, fue que toda responsabilidad ha de ser personal nunca colectiva. La historia tiende siempre a un relato ad hominem; lo otro es sociología o filosofía pura, de las que me eximo, no por incompetencia, sino porque ángulos tan abstractos no vienen al caso en esta ocasión. El asunto es más terrenal. Adueñarse de un centro indiscutible de poder ha sido el único norte de quienes aquí se retrata. Adelanto, pues, que es una imagen descarnada la que se presenta en estas páginas, pero una imagen —quiero también creer— no desproporcionada en su realismo crudo si se la compara con el empeño tanto más real-brutal en que se empecinaron. Conste que tampoco, del todo, en vano. Tras un largo año de toma, no sólo esos primeros 43 días (también hubo una toma desde rectoría), la obstinación de esta gente fue de tal magnitud que logró algunos de sus más codiciados fines.
Estamos hablando de, nada menos, que la institución académica más antigua del país. De las cinco facultades originales de la Universidad de Chile fundada en 1842, la de Derecho es la que menos ha cambiado estos últimos 173 años. A la de Humanidades no hace mucho la dictadura la hizo pebre. A Teología, un anticlericalismo mal planteado la borró del mapa en 1927. Medicina y Ciencias Físicas y Matemáticas se han profesionalizado en extremo. Derecho, sin embargo, mantiene un marcado perfil humanista. Aquí se siguen formando no sólo los futuros abogados del país sino también nuestros principales políticos, parlamentarios, ministros, presidentes de la república, diplomáticos, y alguno que otro empresario, figura de la prensa escrita, historiador, literato, sociólogo, filósofo o intelectual de nivel nacional.7
Eligieron bien el blanco. Sabían perfectamente a lo que iban y cuándo atacar la presa. Es más, la animosidad con que, desde hace varias décadas, vienen cercando a la Universidad de Chile, no debiera ser ningún misterio a estas alturas. Quienes lo ignoran o descartan, fingen. Medios periodísticos, grupos de poder, entre ellos intereses económicos potentísimos, dueños de todo un mundo universitario privado en paralelo a la institucionalidad pública, hace rato que la tienen entre ojos y entre cuerdas. Un desgaste sistemático se ha ido articulando tanto desde afuera como desde dentro de esta casa de estudios, esto último lo más devastador. Es decir, contando con la complicidad cuando no con el derrotismo implosivo de sus propios académicos, y, ahora, a partir de esta toma de la Escuela de Derecho, en colusión con sus estudiantes. Muchos de ellos entre los supuestamente mejores alumnos del área humanística que acceden cada año desde las instancias más plurales de educación secundaria de este país, con una fuerte vocación política, todavía cruda, por lo visto. Que, en esta vuelta, se hubiese contado, además, con la intervención descarada de La Moneda, bajo Bachelet (versión primer gobierno), resulta alarmante. Por eso este libro.
Qué pito toco
Permítaseme un poco de historia personal entrelazada con esta otra general, razón que también motiva esta reflexión en voz alta; Mailer me avala. Llevo varias décadas en el sistema universitario chileno. Treinta y seis años desde que ingresé en 1979 a estudiar Derecho en la Universidad de Chile, dos de esos años conjuntamente como alumno del Instituto de Historia de la Universidad Católica; treinta y uno desde que fui profesor por primera vez en la Universidad de Talca; veintisiete desde que se me nombró para lo mismo en la Universidad de Santiago; y más de veinte, también impartiendo clases en universidades privadas, en la Diego Portales, en la Andrés Bello y en la Finis Terrae. En la actualidad soy profesor en tres facultades de la Universidad de Chile, en Derecho, en Filosofía y Humanidades, y en Ciencias Físicas y Matemáticas.8
Aunque mi pregrado es de la Universidad de Chile, entré algo más tarde que el resto del curso, cuando tenía veinticuatro años de edad. Previamente, había estudiado en la Universidad Johns Hopkins (EE.UU.), donde obtuve el doble grado de Licenciado en Historia del Arte y el Máster en Estudios Humanísticos, ambos en 1977. Un año después, fui aceptado y me incorporé al Doctorado en Historia del Arte del Warburg Institute de la Universidad de Londres, estudios que abandono en 1979 para volver a Chile, tras vivir catorce años fuera del país. Volví a residir en Inglaterra, entre principios de 1985 y fines de 1987, donde seguí el doctorado en la Universidad de Oxford.
En efecto, he estado estrechamente vinculado a diez universidades, tres de ellas no chilenas, y entre las trece instituciones más prestigiosas del mundo según algunas de las mediciones internacionales más citadas; por cierto, discutibles estas mediciones, no así sin embargo las casas de estudio en particular. Las otras siete, nacionales. Aunque muy dispares en cuanto a calidad, historia y trayectorias recientes, ninguna de estas otras siete alcanza rangos equivalentes a la institución donde primero me formé intelectualmente, ni tampoco donde, luego, me perfeccioné como historiador.9 Nada me impedía, por tanto, haber hecho carrera fuera de Chile. Cuestión que subrayo no por motivos de vanidad sino porque da cuenta de una opción, no es que me haya visto obligado a ello: he querido vivir aquí y no en EE.UU. o Europa.
Mi fascinación con la universidad data de antes, de cuando todavía adolescente de unos doce o trece años, tuve bien claro que quería dedicarme a ser profesor y escribir libros. Que, al final de cuentas, haya sido en Chile donde se ha terminado desarrollando esta inquietud y no en lugares más idóneos a una vida de estudio, reposada e infinitamente más cómoda, es algo de lo que nunca me he arrepentido. Puede resultar más desafiante y creativo trabajar en un mundo precario como el nuestro; hay quienes optan por ser misioneros en una Ruanda semibárbara («las nieblas de África») que purpurados de sacristía vaticana olor a incienso aunque, por favor, no se me confunda con Felipe Berrios; dije Ruanda, no Burundi o el Congo. Éste es, además, mi país, y se ha convertido en objeto de estudio y pasión personal en las últimas tres décadas. Muchas otras figuras de la cultura nacional a quienes admiro pudieron, ya antes, cumplir propósitos similares en este lugar. En definitiva, de lo que se trata es desarrollar una vocación intelectual en un entorno universitario que, a pesar de todo, pueda seguir resultando significativo. Privilegio que se lo quisieran muchos en esa cofradía desarraigada que es el mundo académico del primer mundo.
Chile y su Universidad
Espero, sin embargo, que cierto tono crítico, no siempre cómodo, incluso para quien enjuicia, confunda al lector. Reprocharle al presente sus excesos no significa despreciar lo que aún queda vivo del pasado. El Chile actual puede que nos parezca agobiante (las columnas semanales que publico suelen insistir en ello), pero eso no supone que el Chile de siempre, el Chile historiable, vara con que se puede medir la actualidad, no me impresione como algo óptimo. Un país lleno de virtudes, de sentidos compartidos, de individuos —algunos geniales— a la par que lleno de momentos notables, secuencias enteras dignas de recuerdo. Un Chile que, incluso anacrónico, persiste a contrapelo con lo que se espera de este «hoy» en que estamos. Un hoy que se empina por alcanzar un futuro ofertado hasta la saciedad pero esquivo; de hecho, un futuro que aún no llega, tan sólo se profetiza. Es que los anacronismos no nos asustan a los historiadores. Sabemos que a partir de las ruinas se suele volver a reescribir la historia; el Renacimiento, un buen ejemplo, y al que le dedicara mis primeros años de estudio. En efecto, las instituciones supuestamente más desfasadas en el tiempo poseen una extraordinaria capacidad de sobrevivencia no esperada. Dilucidar el por qué es tarea que nos compete a los historiadores.
¿El caso de la Universidad de Chile? Por supuesto. La trayectoria de ahora último, su mejor constatación. Una universidad a la cual la han ido carcomiendo gusanos y no pocas buenas intenciones en querer «salvarla». La dictadura reciente, desde luego, terremoto como pocos otros. Y, ya antes, la politización/ideologización de los años 1960 y 1970 encaprichada en volverla «relevante», «comprometida», llevándola a calamidades si bien no peores (hasta el 73 todavía no hacían desaparecer a nadie), no menos odiosas. Recordemos cómo las tomas de aquellas décadas impidieron cualquier trabajo en serio y en paz. La cantidad de profesores de la Universidad de Chile que, en esos turbulentos años, debió migrar del Pedagógico a otras sedes, o bien fuera del país o a otras universidades, me ahorra mayores explicaciones.10
Es muy posible que la decadencia de la Universidad de Chile venga de antes, desde la década de 1930 cuando se produce una fuerte intervención, también, de manos de una dictadura militar, la de Ibáñez. Obvio que no igual al paso de la bota lustrada a partir de 1973. Ahí el azote fue con picana. Mataron a alumnos y a profesores, exoneraron masivamente a académicos, impusieron rectores y decanos «designados», vestidos incluso con uniforme (un rector les dio la bienvenida a los estudiantes entrantes, luego de aterrizar en paracaídas en el campus Antumapu), baleaban la Escuela,11 intervinieron el Canal 9 de televisión, eliminaron carreras, llenaron de soplones los patios, promovieron a mediocres, barrieron con las sedes de provincia haciendo añicos la aspiración nacional de la universidad y, por supuesto, le pusieron fin al antiguo Pedagógico. ¿«Arruinaron» a la Universidad de Chile? ¿Alguien lo duda?12
Sin embargo, esta institución ha seguido resistiendo. En parte por inercia, también por auténtica convicción pública de muchos de sus profesores, aunque no todos, ni siquiera la mayoría, sí quizá, gracias a sus mejores docentes. Dije docentes, no investigadores, sutil matiz en que habría que siempre reparar al referirse a una institución como ésta. Puede ser que criterios docentes importen hongo de un tiempo a esta parte, prefiriéndose la cuantificación indexable por «desempeño» comprobado (tantas participaciones en reuniones académicas, tantos artículos que nadie lee, tantos cursos y «diplomados» de perfeccionamiento…), la sonsa manera como se evalúa y «acredita». Sin embargo, no está de más pecar de conservador en esto. Alguien alguna vez me señaló que la Universidad de Chile funciona con un tercio de sus académicos; una suerte de carromato a tres ruedas —lo suficiente como para seguir renqueando—; claro que todavía una institución algo más decente que la media en su rubro, probablemente porque los niveles de docencia de la UCh son todavía los más altos de la plaza. Incide, otro tanto, el que siga siendo una de las más lúcidas «ideas» que se han pensado en toda nuestra modesta historia como país. Escribí, años atrás, una columna para El Mercurio precisando el punto.
Este país nunca se ha caracterizado por sus ideas. Lo dijo Huidobro: «¿Qué sabios ha tenido Chile? ¿Qué teoría científica se debe a un chileno? ¿Qué teoría filosófica ha nacido en Chile? ¿Qué producto del alma chileno se ha impuesto en el mundo?». De hecho, antes del siglo XVIII, es posible que apenas pensáramos más allá de cómo hacer un buen charquicán. Las legendarias lentejas de las Monjas Rosas, los porotos de las Capuchinas, el ajiaco de las Monjas Claras, o los «duraznitos de la Virgen» envueltos en almíbar, quemaron más de alguna neurona mística levitante, pero no nos han inmortalizado entre los pueblos pensantes, y, en una de éstas, han sido un impedimento grave a fin de oxigenar los fluidos cerebrales.
Días atrás, preocupado por el tema, pregunté a mis alumnos de Derecho de la Universidad de Chile cuál era la gran idea chilena, equivalente a la de «revolución» de los franceses, o de «parlamento» de los ingleses o de «espíritu del pueblo» [Volkgeist] de los alemanes. Entre otras, mencionaron la «Vía Chilena al Socialismo», la Teletón, y las AFP. Tardaron una hora en acordarse del «estado-nación». Decidí que, obviamente, por ahí no iba el asunto.
La hora restante la dediqué, por tanto, a explicarles que quizá nuestro único planteamiento medianamente sensato era la institución que generosamente aún nos albergaba. Les hice ver que «la Chile», entendida como algo más que un equipo de fútbol y algo menos que una «gran» idea original, en su momento, había asustado a uno que otro «manso y gordo huaso, semibárbaro y beato echado entre viñas y sandiales, el vientre repleto de trigo, para no sentir el hambre del trabajo, la almohada henchida de novenas y de reliquias para no tener miedo al diablo y a los espíritus en su lóbrega noche de reposo», en palabras de uno de sus más prominentes ex alumnos [Vicuña Mackenna]. Que si bien «Don Andrés» era bastante temeroso, al menos se atrevió a hablar de «sed de libertad», «autoridad de la razón», «adelantamiento en todas líneas», y «república de las letras» como contrapuestas a «ecos oscuros de declamaciones antiguas»[…]13
Si aceptamos que la Universidad de Chile es una idea, es decir, algo más que un conjunto de edificios, una función social, una instancia de acreditación de saberes, un cuerpo de profesores y estudiantes, o incluso, una tradición —todos los cuales lo ha sido y sigue siendo—, comenzamos a entender qué está en juego cuando se la desnaturaliza, se la quiere convertir en mero logo, fachada para cualquier otra cosa no siempre honesta, o simplemente por qué se la olvida, no se la piensa, o se la ha dejado de comprender.
Si a la universidad ya no se la piensa es porque seguramente su sentido ya no hace sentido, o peor, se sabe y sospecha lo tremendamente peligrosa que podría llegar a convertirse si se la volviera a entender. No exagero. Sin ir más lejos, durante el siglo XX, odiosidades antiintelectuales se dieron con suficiente insistencia periódica en el mundo como para que no tengamos que confundir, a estas alturas, historia (abusos debidamente consignados) con histeria. La quema de libros; la persecución y reclusión de individuos finos y sofisticados, creativos, en campos de concentración, gulags u hospitales psiquiátricos por el solo hecho de que pensaran críticamente; las censuras previas y amordazamientos de prensa; las revoluciones «culturales», también las religioso-fundamentalistas; las dictaduras de «mayorías silenciosas» en plena democracia, en fin, buena parte del siglo recién pasado, me libran de tener que detallar lo que todos sabemos aunque prefiramos borrarlo de la memoria. Chile también ha contribuido a esa historia infecta de antiintelectualismo. No exagero nada.
Lo llamativo de la universidad en este plano es que siendo una idea muy frágil no es fácil de exterminar. A las ideas se las puede querer borrar, otra cosa es que se logre arrancarlas de cuajo. Domingo Faustino Sarmiento cuenta cómo, al exiliarse de la Argentina rosista (bajo el caudillo Juan Manuel de Rosas), y dirigiéndose a Chile, escribió con carbón tiza la famosa cita de Volney en una sala: «On ne tue point les idées».
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión encargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos innobles, insultos y amenazas. Oída la traducción, «¡y bien! —dijeron» ¿qué significa esto?».14
La verdad es que siguieron no entendiendo nada. Sarmiento, con este rayado, no pretendía hacer declaración platónica alguna, nada semejantemente pedante; sólo quería dejar en claro que así como hay mandones como el dictador Rosas que aspiran a prohibir las ideas, hay otros tantos que, de seguro, se lo impedirán.
Este libro, acorde con dicha convicción, no ambiciona otra cosa que recordar, volvernos de nuevo conscientes de esa también idea potente y combustible: que a las ideas se las defiende con ideas, tanto mejor si tienen una larga historia anterior. En otras palabras, dejar en claro que a esta universidad «no se la mata», no impunemente al menos. Con ello me contento por un rato, aunque —vamos, lo sé— hace tiempo que la universidad no es ninguna gran ilusión, y eso que, alguna vez, lo fue. De ahí estas páginas… esta descripción y vergüenza (de al menos uno de sus profesores).
Instrucciones para subir una escalera
Este libro no es una pura crónica de la toma de la Escuela de Derecho y la posterior intervención por rectoría. Cinco capítulos (éste incluido) versan sobre esos dos momentos específicos. Los siguientes tres —todos ellos textos ensayístico-históricos, no relatos— tratan el estado actual de las universidades en general. El capítulo 6 aborda la Universidad de Chile. El capítulo 7, las restantes universidades privadas y tradicionales públicas; y el capítulo 8 amplía el foco, y se pregunta en qué están las universidades en el resto del mundo hoy día. El epílogo, por último, remite a la explosión estudiantil chilena del 2011, aunque también se hacen referencias a lo que, en paralelo, estaba ocurriendo en otros lugares, en el norte de África, España, Nueva York... Aunque siempre tuve la intención de hacer algo más que una crónica de la toma, lo que sucediera el 2011 mientras aún escribía el texto, confirmó la necesidad de ampliar la perspectiva. Que algunos protagonistas de la toma reaparecieran dos años después a nivel nacional, de nuevo, aconsejó no limitarse al 2009.
Con todo, la toma me pareció y me sigue pareciendo la clave de lo que viene después. Por eso el libro es un continuum. No es que los primeros capítulos sólo interesen a abogados o a gente interiorizada con las intrigas de Pío Nono s.n. El libro está pensado para el público general. Presumo que lo que ocurre ahí puede ser de amplio interés. La Escuela de Derecho no es cualquiera facultad del rubro, ni por tradición, ni por lo estratégica que sigue siendo. Los tomistas lo tuvieron muy en claro. Es más, la toma produjo un enorme impacto y contó con una cobertura de prensa inusitada. En el epílogo trato de explicar por qué la toma puede que sea hasta más significativa que el estallido del 2011. Desde un punto de vista estrictamente histórico, la toma permite acotar y puntualizar el objeto de estudio que interesa: el deplorable estado actual de las universidades chilenas. En cambio, la revuelta del 2011, de por sí, no pretende que se la entienda, le basta con que impacte y se la admire como un fenómeno espontáneo, épico, en tanto génesis ex nihilo (postura algo sospechosa). Haberse concentrado en el 2011 habría supuesto, además, tener que ahondar en diversas otras variables —el país, la evolución política estos últimos años, el fin del consensualismo—, a las que les he dedicado otros ensayos, algunos recientes y al día. Por tanto, no es que lo de la Escuela el 2009 haya sido una suerte de prehistoria de lo que vendría después, sino, por el contrario, lo entiendo como un fenómeno histórico actual de primer orden: participa de las mismas lógicas, anticipa escenarios posteriores (el 2011, la vuelta de Bachelet), y permite identificar mejor quiénes estuvieron detrás del tipo de complot que también lo fue el 2011, aunque más difícil de probar, no porque no sea obvio, sino por su escala. Por su parte, las inevitables reescrituras y correcciones, en un texto que ha tomado tanto tiempo en redactar, han obligado a tener en cuenta lo que ha estado pasando desde el 2009, y así se hace ver al lector cada vez que se estima pertinente.
Escribir este libro, sin duda, ha resultado una tarea difícil, más de lo normal en mi caso, y eso que esto de hacer análisis con un estribo en la actualidad lo hago bastante a menudo. El tema, innumerables veces, se volvió cuesta arriba. Ningún otro libro me ha tocado tan directamente. Expongo nada menos que mi desengaño a concho con la universidad y mi labor como profesor, mi relación con la institución donde sigo haciendo clases, con mis colegas profesores, las autoridades y, desde luego, con mis alumnos, algunos de ellos ayudantes de mi cátedra en la Escuela. Mi escepticismo para con las instituciones en concreto (no así para con la idea de institución) viene de antes de la toma del 2009. A su vez, respecto a la Escuela de Derecho es desde siempre, desde que entré a estudiar allí, en plena dictadura. Con todo, esta desconfianza, durante años estuvo compensada por mi fe en los estudiantes. Ésta, sin embargo, se quebró a raíz de la toma y con ocasión de la intransigencia de sus líderes, algunos de ellos gente especialmente cercana. Tener que aceptar este quiebre ha sido tremendamente doloroso. Procesarlo ha tomado tiempo, me ha frenado —ha significado varios borradores e infinitas correcciones—, al mismo tiempo que he tratado, por autenticidad al menos, no tener que autocensurarme demasiado. La frase de Maurice Bowra, profesor de Oxford —«espero pasar por este mundo sólo una vez, de modo que si hay alguien al que quiero pegarle en las que te dije, es mejor que le pegue ahora, porque no supongo que pase por estos lados de nuevo»—, aunque brutal, no ha dejado de rondarme una y otra vez por la cabeza.
Otras de las dificultades con las que me he visto envuelto es la extraordinaria cantidad de material que he ido acumulando. Desde antes de la toma del 2009 venía recolectando material de prensa. Después de la toma abrí dos grandes carpetas, una sobre actualidad política, la otra sobre educación y actualidad universitaria. Podrán comprender que estos archivos, sumados a la facilidad con que se pueden almacenar materias digitalizadas hoy en día (amén de que no he dejado de recortar artículos de prensa en papel), y los intercambios vía correos electrónicos, ha generado un corpus, a la postre, monstruoso. Los archivos de prensa suman, estos últimos cinco años, más de seis mil páginas. Los puros correos electrónicos, al día de hoy, algo así como 1.400. Es decir, nunca me imaginé en lo que me metía. Esto explica por qué las notas al pie son tan extensas sin que pretenda que, por ello, se las justifique. El libro se entiende igual, y quizá, hasta mejor, si se lee de corrido prescindiendo de las notas, en especial en los capítulos finales. Si llegaran a resultar fatigosas, recomiendo saltárselas. Sin embargo, hay material y comentarios ahí que me han parecido valiosos registrar y consignar. Es más, pretenden fundamentar lo sostenido en el texto principal y, tratándose de artículos de prensa, forman parte del dominio público, no es materia enteramente desconocida. Constituyen prueba suficiente de que sabemos lo pésimo que están nuestras universidades aunque no tengamos el coraje de reconocerlo. Quisiera pensar que es un aporte haber compilado y ordenado estos datos, además de ofrecer una lógica comentada al respecto. Valga otro tanto el descargo por las extensas citas a las que recurro, en especial ciertos intercambios que tuve durante la toma (e.g. mis polémicas con José Zalaquett en el capítulo 5 y los correos con ayudantes en el capítulo 3). He preferido mantenerlos tal y cual porque además de que dejan entrever el nivel de la discusión, retratan mejor que ninguna otra fuente —pienso— los ánimos vividos en ese momento, ciertamente los de su autor.
En algún momento, hace años atrás, mi amigo Gabriel Salazar me preguntó por qué perdía el tiempo con este libro, cuando debería estar abocado trabajando en mis otros volúmenes de la Historia General, que esto no era sino «caza menor», o algo así, el giro que usó. Viniendo de él no dejó de impresionarme, y varias veces he tenido la misma duda. Sin embargo, pienso que, al final, la experiencia ha resultado más cercana a un safari que a una cacería de gatos o tórtolas. Me ha sacado varias canas, me ha tomado un exceso de tiempo, he dejado de fumar cigarrillos (con el desgaste neurótico que ello conlleva), se ha ido muriendo gente muy cercana en el camino, en fin, el libro se ha terminado por confundir con todos estos años a los que le he dedicado; seguramente, también una de las razones por qué me ha costado tanto ponerle fin, aun a sabiendas de que no volveré nunca más sobre el tema, lo cual es un alivio. Con mi querido amigo Pablo Ruiz-Tagle siempre conversamos y nos prometimos, allá por los años ochenta, cuando nos conocimos en la Escuela, que ninguno había de convertirse en un «universitólogo», que eso estaba bien para los Jaime Lavados, Luis Scherz y la CPU (la Corporación de Promoción Universitaria), pero no para nosotros. Lo siento mucho, Pablo, reconozco mi falta. Pero, en descargo, no me queda más que decir que me he metido en el tema por necesidad, y porque me he sentido moralmente obligado. En cuanto a Gabriel, le diría que si ahora entiendo el tema de la revolución es porque he tenido que participar en este safari y le he visto la cara a la bestia, por tanto, ha valido la pena. Me va a servir para cuando me ponga a redactar el tomo IV de la Historia General, que va a versar sobre el primer impacto de la idea de revolución en Chile.
Permítaseme una última prevención: se me podrá criticar que no reparo en todo lo bueno que ocurre en las universidades; vale, pero este libro no pretende ser un estudio de nuestra educación superior sino una acusación, un libro de tesis crítica y denuncia, algo muy distinto. Les corresponde a otros, más comedidos, hacer ese trabajo general, también sobrellevar la carga de la prueba si están por hacer apologías. No creo, sin embargo, que un esfuerzo de esa índole pueda desmentir la evidencia que aquí acopio.
En cuanto a la dedicatoria, en lo referido a los ayudantes, quisiera mencionar a, al menos, dos de ellos, a Joaquín Trujillo Silva, ya todo un profesor en la escuela, y a Omar Astorga Báez. Con Omar nos conocimos después de la toma. Me escribió solicitando incorporarse al equipo de ayudantes, y aunque había apoyado activamente la toma, nunca hemos tenido un sí o un no sobre estos temas. Quisiera creer que ese es el espíritu que deberíamos tratar de recuperar en la Facultad.
En cuanto a la dedicatoria respecto a mis profesores, estoy pensando específicamente en notables académicos, como Avelino León Hurtado, Mario Mosquera Ruiz y Juan Carlos Soto, en Derecho de la Universidad de Chile; en Mario Góngora, en la Universidad Católica; en Egon Verheyen, Richard Macksey, Nancy S. Struever, Phoebe Stanton, Charles Singleton, Hugh Kenner y Maurice Mandelbaun, en Johns Hopkins; y, last but not least, en Malcolm Deas, mi supervisor de tesis en Oxford.
De más está señalar que los errores son enteramente del autor, y que las traducciones del inglés son de mi autoría.
Agradecimientos
Agradezco a Andrea Viu, mi editora, por su fe y paciencia, más allá de todos los límites de tiempo y demases, todos los cuales los he sobrepasado, lo sé. También a Penguin Random House, que si bien inicialmente no iba a publicar el libro, al final, por esas vicisitudes del mundo editorial, me han devuelto a mi propia casa editorial. A Antonio Leiva López, que hizo de corrector. También a Germán Marín, que fue clave en los inicios del libro, por su valiosa opinión sobre los primeros capítulos y por su permanente ejemplo como autor honesto (y eso que escribe ficciones); al Center for Latin American Studies de la Universidad de Chicago, y muy especial a su director, Mauricio Tenorio, donde fui Tinker Professor, el semestre de invierno 2012, y en cuyo Latin American Workshop se leyeron y comentaron los primeros capítulos del libro. También a The Clinic, aunque de un tiempo a esta parte no tengo vínculos con el semanario, le agradezco la publicación de varios artículos durante la toma. Agradezco al programa radial Desde Zero, Radio Zero, que me ha servido enormemente para irme formando, en voz alta, una idea de muchas de las noticias que ahí y aquí se tratan. Lo mismo respecto a la revista Qué Pasa, bajo Enrique Mujica, y muy especialmente a La Tercera, y a su equipo de «Opinión» y, en particular, a su editor, Manuel Silva Garín. Las columnas concernientes a las movilizaciones estudiantiles no habrían sido posibles sin cierta resonancia, sin cierto feedback que sirve para sentirse menos solo escribiendo; los diarios proporcionan esa compañía. Agradezco también a Gonzalo Rivera, quien me proporcionara su fotografía de la portada. Roberto Nahum no tuvo nada que ver con la redacción de este libro, pero quisiera dejar expresa mención de mi admiración por cómo manejó la Escuela durante años; se le va a echar de menos.
Numerosas personas de la Facultad de Derecho de la UCh, a sabiendas de que estaba escribiendo el libro, me fueron entregando información sin que yo se la hubiese solicitado. Por razones, a veces obvias como se apreciará cuando se lea el texto, he preferido no revelar sus identidades; igual, vaya para ellos mi más sincero reconocimiento. Este libro se ha escrito, de más está decirlo, con la ayuda de mucha gente, aunque sin asistencia de ayudantes.
Quisiera destacar, eso sí, a algunas personas sin cuyo apoyo este trabajo habría sido aún más arduo, probablemente no habría sido posible, varios de ellos leyeron el manuscrito (si bien, toda responsabilidad sigue siendo del autor). A María Beatriz Arriagada Cáceres, quien asistió un curso desastroso mío sobre la «Idea de Revolución» en Gómez Millas en plenas movilizaciones el 2011 (valga la ironía); a Pablo Moscoso Farías, otro tanto en Ingeniería; a Víctor Vial del Río, cuyo criterio, tanto jurídico como estético, lo respeto desde hace años, desde antes que entrara a la universidad; a Andrés Velasco Carvallo, quien siempre ha sido un aliciente en todos los trabajos que hago; a Alexis Ramírez Donoso y Emilia Jocelyn-Holt Correa —ellos dos últimos conviviendo con el libro, los paros y las tomas (me temo que estudiaron en la Escuela)—, y, como siempre, a mi primera y más rigurosa lectora, además de tanto más, a Sofía Correa Sutil. Infinitas gracias a todos ellos.
Santiago, 2009
Cerro Castillo, Viña del Mar, 2015
2
EL ITER CRIMINIS
Pocos elementos más se necesitaban para construir certezas en una universidad como aquélla, que, sin que sirva de menosprecio, tenía mucho de corral gallinero o patio de vecinas, aunque fuera un patio político.
ISAAC ROSA, El vano ayer, 2004
[…] todo hallábase seguro y tranquilo, coyuntura que para el conspirador no podía ser más propicia.
GAYO SALUSTIO CRISPO, Conjuración de Catilina
No recuerdo —no con precisión— el momento en que tuve la certeza de que la toma iba en serio. Había señales que, ahora en retrospectiva, me resultan evidentes; pero, hay que andarse con cuidado cuando la memoria sabe lo que ha pasado ya antes. Cuando uno mira hacia atrás todo parece despejado, lo haya o no sido. Quienes maquinaron para que se llegara a esta toma y sus efectos tan funestos, por supuesto que podrían confesar lo que el resto de nosotros simplemente ignoráramos aunque, después de un rato, se nos develara de a poco. La «ley del gallinero» en casos como éste es a la inversa de su práctica corriente. En los renglones de más abajo, en el patio raso de las gallinas, donde se acumulan las capas más espesas de estiércol (presumo que una atmósfera proclive para inspiraciones de este tipo), allí, de antemano, se sabía lo que se urdía. Ahí se cocinaba a fuego lento «la bofetada y el puñetazo» como dijera Marinetti con intenciones, claro está, estéticas las suyas.
Aquí pasa y no pasa nada
Por cierto que se hablaba de que podía haber una toma mucho antes de que estallara, pero eso forma parte de cualquier cronograma semestral en una universidad pública chilena, con mayor razón a principios de año; mayo, casi siempre, el mes elegido para las movilizaciones.1 Nadie que yo sepa le dio crédito a los normales rumores de patio y pasillo. Y, menos en un lugar como Derecho, una facultad en que no se estilan atrevimientos de esta especie; la vez última que se produjo algo semejante —el 2002— quedó claro que, de llegar a repetirse, no sería muy en serio.
¿Por qué, entonces, hubo toma, y esta toma, además? Supongo que porque no bastaba con montar un puro paro como tantas veces antes. Un tongo de unos pocos días, a la corta, fácil de adivinar y desarticular. El decano y su gente muñequeando, el Centro de Alumnos consiguiendo una que otra prebenda y sanseacabó; todos sacándose la foto al término de la jornada. Los «colegas» nunca se pelean de verdad: es lo que se enseña en clases. No, esta vez sería en serio; había que mandárselas con todas las de la ley (del más fuerte), con sonajera externa. Sólo así se le podía torcer el pescuezo a una habituada convivencia institucional más ceremoniosa que auténtica, más de cortesanos trapecistas que de grandes lumbreras, por eso —reconozcámoslo— la decreciente trascendencia fuera de las rejas de entrada que viene produciéndose desde hace rato.
Lo cual no quiere decir que, puertas adentro, el ambiente no se haya estado emputeciendo más de la cuenta. En el transcurso del año 2006, Roberto Nahum fue reelegido decano, sin que nadie se atreviera a disputarle el cargo, cuestión que resintieron agriamente sus opositores, un puñado de profesores en torno a Antonio Bascuñán Valdés, ex decano, dos veces derrotado por Nahum (2002 y 2006). A raíz de lo cual algunos de ellos, el núcleo duro y único resto de la oposición todavía en pie, un clique que se remonta a cuando eran promisorios alumnos —Antonio Bascuñán Rodríguez (hijo del anterior), Rodrigo Correa, Fernando Atria y Ximena Fuentes (marido y mujer estos dos últimos)— se «fueron» de la escuela aunque nadie, de hecho, los correteara; por el contrario, aceptaron puestos a tiempo completo en la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI) sin, por supuesto, haber dejado de hacer clases en Pío Nono.
Fue entonces que se produjo el giro. No pudiendo contar con el apoyo de sus pares, el foco de tensión fue de a poco, como si no quiere la cosa, deslizado hacia los estudiantes, involucrándolos. La sala de clases se convirtió en una tarima para vocear críticas, jeremiadas y acusaciones denigratorias, las mismas que comenzarían a engrosar el supuesto «prontuario» contra Nahum: la Escuela ya no sería la mejor del país, vivíamos de marchitas glorias pasadas, no se estaba haciendo investigación, eran mucho más estimulantes las nuevas facultades privadas (la UAI pagaba mejores sueldos); el personalismo clientelista del decano bloqueaba una mayor participación; «el turco» Nahum, vecino de Patronato y con bazar en Ñuñoa, no poseía la estatura suficiente para ocupar tan distinguido puesto2; en fin, peor no podíamos estar.
Más inquietante en retrospectiva, por sus graves implicancias posteriores, fue el llamado a conceptuar en términos schmittianos la política y el derecho. Su consecuencia inevitable —mirar todo en términos de «amigos y enemigos»— se hizo evidente al enfrentarse Fernando Atria y el constitucionalista Pablo Ruiz-Tagle. Las diferencias se tornan patentes por escrito en 2006 cuando Ruiz-Tagle, junto a Renato Cristi, en su libro, La república en Chile, le encaran a Atria el haberse dejado influir por Schmitt, incurriendo en todo tipo de contradicciones, despreciando el derecho, en especial el derecho constitucional, y apelando a la mera fuerza, muy en la línea del Kronjurist del Tercer Reich. El libro de Cristi y Ruiz-Tagle circula profusamente entre los alumnos a fines de 2006, y se presenta en la escuela a comienzos de 2007, suscitando comentarios y encendidas polémicas a lo largo del primer semestre.3
En agosto 2007, con ocasión del Tercer Congreso Estudiantil de Derecho y Teoría Constitucional sobre «poder constituyente» (un concepto extrajurídico que, de aceptarse, hace recaer el inicio de cualquier ordenamiento en la mera fuerza volviendo todo lo que sigue en «legítimo»), me subo al baile, y desafío duramente a Atria por sus alambicados raciocinios. Como era de esperar, Atria, aunque hallándose en la primera fila del público, no se hace cargo de las críticas. El fuerte encontrón que tuvimos a la salida del Teatro de la Teletón esa noche fría, lluviosa, me parece un primer atisbo de lo que vendría después. Al día siguiente, en un correo de respuesta a ciertos reproches que me hiciera mi ayudante Renato Garín, quien moderara la mesa —a su juicio, yo había sido en exceso duro con Atria, también con él (le había advertido que no había que «atriarcarse»)—, le respondo:
Renato, te agradezco (créeme) tu preocupación. Pero Atria no es un perro chico. Por lo que tú mismo dices se podría tratar de un «notable» intelectual («Las tesis de Atria, bien comprendidas, dándose un tiempo para entenderlas, son notables. Notables porque muestran cuestiones difíciles de demostrar y porque son convincentes» [me había escrito Garín]). A mí no me lo parecen. Me cuesta incluso entenderlas, y eso que he hecho el esfuerzo. Pienso que lo que Atria produce (y aquí no estoy rebajando a los alumnos) es cierto asombro intelectual. Debate, da vuelta argumentos, precisa, cita libros, etc. En sí, todo esto es impactante y explica por qué los alumnos se asombran con él. Pero una vez que uno se adentra en lo que dice, ahí la cosa se complica. Detrás de la pirotecnia verbal surge, por ejemplo, su adhesión a Schmitt. Adhesión para justificar una dictadura (ésta tendría un principio jurídico), y solapadamente, para justificar las proyecciones institucionales de esa dictadura en nuestros días. He ahí el punto, y por eso Atria es peligroso. En el fondo, al sostener que las dictaduras pueden ser un principio institucional, Atria impide discutir sobre la falta de legitimidad de actos de fuerza que la Concertación ha mantenido durante la transición. Atria es un DC. Viene de ese tronco. Él y su familia son muy políticos. Discutir con él por tanto sirve para falsear posiciones que merecen ser criticadas.
Ahora bien, ¿cómo discutir contra Atria? Yo podría caer en las beaterías academicistas, no ser ofensivo, ni ad hominem, a lo más hablar mal del personaje a sus espaldas. Es decir, podría ser como Atria. No me lo parece. De ahí que lo enfrente cara a cara, le anticipe que voy a ser frontal, y luego a la salida voy donde él y le pregunto por qué no me contestó. Ante eso me responde que yo no di ningún argumento. Cuestión que sí di. Le dije en su cara que era un sofista. Si a mí me dicen algo semejante le respondo, le aclaro, o lo tiro a partir. Pues, Atria es distinto. No contesta, se hace la víctima. No me preocupa esto último. Pero sí creo que retrata al personaje. Y éste es el personaje que últimamente mueve el ambiente, anda diciendo para arriba y para abajo que la Escuela está en crisis, porque gente como él, como Bascuñán y Correa, se tuvieron que ir. ¿Ir a dónde? ¡Si están haciendo cursos en la Escuela! Lo siento, Renato, yo encuentro que alguien tenía que salir y enfrentarlo. Personajes tan sofistas, intrigantes, confusos (que «convencen», así me dices en tu primer mail) son peligrosos, son dignos de que se les diga en su cara lo que son. Eso fue lo que hice […] Agradezco tu preocupación. La bulla alrededor, sin embargo, nunca me ha preocupado mucho para serte franco.4
Tras el altercado, Atria partió al extranjero por varios meses, con lo cual bajó considerablemente la tensión en la Escuela.
Agitación democrática
No así en el país. Por aquel entonces, el mundillo universitario pasaba por uno de sus momentos más agitados, y eso que el jaleo no se había iniciado en las universidades. Esto último es clave si hemos de entender lo que sucedió en la Escuela tiempo después. Es que el año anterior —en mayo-julio 2006— el «Pingüinazo» había tomado por sorpresa a medio mundo. Un millón de estudiantes de secundaria en paros encadenados sin, a primera vista, orquestación partidista detrás, produjo una convulsión a tan gran escala que puso en jaque al gobierno «ciudadano» de Bachelet apenas inaugurado dos meses antes.5
En el fondo, los universitarios, sorprendidos como cualquier otro grupo, se subirán tarde al carro triunfante del alboroto, sin haber liderado la principal movilización estudiantil chilena en más de veinte años; una vergüenza para gente usualmente «comprometida» con causas de esta especie. De ahí que, a lo largo del 2007 y 2008, mientras siguen produciéndose aletazos «pingüinos», la escena estudiantil a nivel universitario trata de ponerse al día mediante acciones forzadas, ruidosas, tratando de desmentir y superar a pendejos tanto más de vanguardia. El ejemplo más desesperado a que se llega: los pirómanos encapuchados que, en noviembre 2006, extraen libros de un depósito de la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades en la sede Gómez Millas de la Universidad de Chile —unos 1.200 libros— que procedieron a incinerar en la vía pública.6
En junio del 2007 volvieron a producirse nuevas arremetidas tanto en Santiago como en Valparaíso. En el puerto, estudiantes de Arquitectura y otras facultades de la Universidad de Valparaíso pasearon un muñeco ridículo de su rector, en calidad de «pequeño gigante en busca del sobre azul» (con calcado parecido a Pinochet y aludiendo a la «Pequeña Gigante», una celebridad callejera por esos días) a fin de denunciar las irregularidades que se venían destapando en dicho plantel de estudios.7
En la capital, protestas callejeras de alumnos secundarios culminaron, curiosamente, en incidentes que tuvieron lugar en recintos de la Universidad de Chile, sea que los secundarios se «refugiaron» en la Casa Central (junio), o bien intentaron ingresar al edificio de Pío Nono (agosto) con igual excusa, siendo repelidos por carabineros con lacrimógenas y piedras. Pacos devolviendo peñascazos: difícil pedir algo más emocionante.
Como consecuencia del clima enrarecido y anticipando desmanes de mayor calibre, las autoridades tomaron diversas medidas, aunque nimias. A lo sumo clases y otras actividades en las principales universidades, incluyendo a la muy monjil Católica, debieron paralizarse durante agosto y septiembre de 2007. Con todo, salvo el grave atentado de la quema de libros, no se pasaría a mayores; no, hasta que, al inaugurarse el flamante nuevo edificio de la Facultad de Derecho, «Los Presidentes» —la obra «faraónica» de Nahum, su «pirámide» según sus detractores—, el día 5 de noviembre en plena ceremonia, congregada entera la Escuela de Derecho, se abucheó a Ricardo Lagos como nunca antes. Debió haber sido terrible para Lagos, comenté en La Tercera.
Lagos hace su entrada con séquito y guardaespaldas —un error garrafal—, precedido de un murmullo prometedor. Al final de su mandato también hizo una aparición en la Escuela, donde recibió una aclamación triunfal en que los alumnos no sólo lo aplaudían, lo sobajeaban. Pues bien, esta vez, calcula mal y le fallan las antenas. Alza prematuramente sus dos brazos en gesto de viejo estadista, y le gritan, a voz en cuello, «ladrón, ladrón, devuelve las platas» y otros epítetos de similar calibre, ante lo cual, desconcertado, atina sólo ir bajando los brazos en cámara lenta.8
Era como para desconcertarse. De repente, sin aviso, los principales líderes gobiernistas, presentes en el acto, recibían una andanada de abusos a quemarropa. Aylwin, sin desprenderse de su mueca aunque le dijeran «golpista», y Bachelet de su bonhomía y peso presidencial (le gritaron «Concertación, vergüenza nacional, hay platas para coimas y no para estudiar»), tuvieron que soportar un atado de rechiflas aunque menores que las dirigidas a Lagos.
Algo había pasado y, a juzgar por el momento y lugar en que se le escenificaba, ese algo-huele-infecto tenía que ver con el lío educacional; a esas alturas, una inquietud tan extendida, lo suficientemente transversal como para hacer intuir un nuevo mapa político. Es decir, aunque puramente ceremonial la ocasión en que se estaba, el propósito político-disruptivo se consiguió. En el fondo, una escuela, con un estudiantado tradicionalmente de centro-derecha, supuestamente fácil de manejar por el consensualismo oficialista entonces predominante, aparecía desatada, de extrema izquierda (afín a su versión extraparlamentaria) a pesar que no lo haya sido nunca, ni entonces ni ninguna vez antes.
Días después, Gabriel Boric, futuro líder de la toma en 2009, envía una carta a El Mercurio aplaudiendo «la espontánea reacción de los alumnos» (peculiar el calificativo de espontánea que emplea) de la que, por supuesto, según él, no habría por qué «escandalizarse»: «La democracia debe ser una construcción cotidiana de todos los sujetos miembros de una comunidad, y actualmente, un gran porcentaje de los jóvenes de este país, no nos sentimos parte del proceso chileno», concluye Boric, sin antes recalcar en otro comentario al pasar, que la tan «democrática» reprobación juvenil también estuvo dirigida en contra, entre otros (quiso decir «especialmente»), de Nahum, el decano de la Facultad.9 En otras palabras, lo que importaba no era a quién políticamente se tuviera en las miras sino a quién, en tanto autoridad representativa del proceso chileno (ergo a todos los que estaban en el podio, en especial el decano), se le podía abuchear. Es justamente este subtono «anarco» lo novedoso de la ocasión, sin el cual se hace difícil explicar todo lo que vendría después.
«Universidades: Preparar el futuro empieza hoy» [sic]
Tiempo antes, en mayo 2007 (ojo con la fecha, de hecho, se estaba a un año del Pingüinazo), José Joaquín Brunner posteó en su blog (www.brunner.cl/) un artículo con exactamente este encabezado falto de sintaxis.10 El artículo, plano y un tanto incomprensible salvo para el público puntual al que estaba dirigido —muy del gusto de Brunner, quien escribe así también—, versaba sobre por qué España y por rebote «América» (su versión latina y «colonizada») debían sumarse al itinerario universitario mundial previsto en el texto. En efecto, a lo que se aludía era la imposición de una serie de medidas conducentes a homologar grados y currículos académicos a nivel multinacional, precisamente a lo que aspira el llamado «proceso de Bolonia».11 De todo lo poco que se entiende del texto, las siguientes ideas-fuerzas son las que más sobresalían:
[Hay] que incentivar el proceso reformador […] Esto supone otra ola reformadora en muchos países […] Es decir, que la reforma curricular actual, prometedora y hasta ejemplar […] es un paso que llevará a otros y el inicio de un camino que se construye caminando [mis cursivas].
El artículo no es gran cosa aunque sintoniza con lo que Brunner viene planteando desde siempre: a más reforma educacional, más educación reformada. Si lo menciono es porque con título tan gramáticamente no castellano el del artículo (un indicio no solo gramatical, torcida también su lógica), la mollera calva de Andrés Bello seguro que se habría encendido cuan ampolleta —no me puedo imaginar de otro modo la impresión que le habría producido—. Claro que a José Joaquín Brunner poco le podría haber importado. En 1999, el «experto top en educación» apareció en El Mercurio con foto a página entera en un también ininteligible, esta vez, aviso de Paz Ciudadana, afirmando: «Los jóvenes bien educados no cometen delitos».12 Rara la frase, si uno la mastica con cuidado sin tragársela. Por de pronto, clasista y estigmatizadora: los mal educados (muchos, miles, millones de jóvenes chilenos) ¿serían, por tanto, qué?... ¿Unos criminales, a no ser que se les «educara», es decir, se les «reformara» para dejar de ser qué… delincuentes? ¿La educación si no proviene «de arriba», de iluminados de Bolonia, de expertos educacionales, de donde sea con tal que no sea «de abajo», tendrá que venir de dónde, «de abajo» pero reformada, es decir, guiados por los «de arriba»? En definitiva, if you can’t beat them (para el liberalismo iluminado siempre hay una barbarie por vencer) join them: si no puedes destruirlos, sé pragmático, súmate a los tiempos que corren, también a los activistas siempre presentes en estas coyunturas y a lo que exigen, cualesquiera sean las consecuencias y costos.
La escalada estudiantil del 2006-2007 tuvo precisamente ese efecto mareador en círculos oficialistas. Tanto los mal educados por nuestro deficiente sistema escolar como los illuminati que lo vienen dirigiendo desde hace más de veinte años (Brunner et al.) comenzaron a hablar igual de gramáticamente pésimo, hasta el cansancio, de más y más y más reforma educacional. «Wi Guant A Veter Edukeichon. Tradukción: Keremos Una Mejor Educación. Gordi: ¿Estás Conmigo?»,13 rezaban los carteles de los pingüinos que inundaron liceos y escuelas por esa época. Al punto que quienes estaban con el gobierno y el orden establecido se dejaron llevar, corriente y marea adentro. Ergo, la extraña combinación o trenza que, de ahí en adelante, se produjo entre bandos opuestos, ahora amigos entrañables, no tan distinto a lo que estaba sucediendo en la Escuela de Derecho.
En efecto, al año siguiente, el 2008, recrudecieron las manifestaciones, al punto que el portal «Universia», entidad creada gracias al mecenazgo del Banco Santander, uno de los principales promotores de Brunner14, se preguntaba a fines de mayo si no se estaba ante «el inicio de un segundo pingüinazo»:
El descontento entre los alumnos de enseñanza media y superior por la situación actual de la educación se ha incrementado durante el año. La LGE [Ley General de Educación], el pase escolar, la calidad y el rol del Estado en esta materia ha generado que nuevamente los estudiantes salgan a la calle para hacerse escuchar, lo que puede ser el presagio de una nueva revolución estudiantil.15
Nótese, de nuevo, el lenguaje empleado. El artículo es claramente condescendiente con el activismo estudiantil, no trepida en ensalzarlo a nivel de «revolución». Lo cual invita a preguntarse si la nota en «Universia» no habrá sido, acaso, ¿una crónica de una revolución anunciada? Y es que, de haber sido así, de nuevo se explican muchas cosas que siguieron.
Por de pronto, el «presagio» se aventura justo entremedio del recrudecimiento estudiantil pingüino y su desplazamiento, ahora sí que con todo y a gran escala, al ámbito principalmente universitario. El 24 de abril 2008 se informa por la prensa que 470 estudiantes fueron detenidos en Santiago a causa de disturbios y protestas; en Valdivia, otros 140 en una manifestación que congregó a 3.000; en Concepción, 73 manifestantes caen presos; en Coronel, 400 estudiantes quemaron parte del mobiliario público; a su vez, en Valparaíso la cifra asciende a 15 estudiantes detenidos en protestas que congregan a más de 7.000 estudiantes en las calles. Según informes de prensa,
[…] idénticas movilizaciones se produjeron en las ciudades de Talca, La Serena, Ovalle y Coquimbo, sin que se registraran detenidos, según el reporte de Radio Bío-Bío. En la movilización, convocada por la Asociación de Estudiantes Secundarios (ANES) y la Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECH), también participan algunos dirigentes del Colegio de Profesores.16
Claramente, a esas alturas del juego el asunto de «espontáneo» no tenía nada.
Al mes siguiente, en mayo 2008, la situación se volvió crítica. En la Universidad de Chile, seis unidades (incluida la Casa Central) estaban en toma, mientras que otras nueve estaban en paro. Otras 13 universidades de provincia y de la capital también estaban en toma, y 15 en paros. Paralelamente, el Colegio de Profesores se había declarado en paro, 41 liceos en toma, 45 liceos en paro, y varios otros en «debate» o en «jornadas reflexivas».17
La punta de lanza de este movimiento en la Universidad de Chile fue, esta vez, la Facultad de Ciencias Sociales, que mantuvo paralizado por varias semanas el campus Gómez Millas. En su acción más vergonzosa, alumnos de esa repartición irrumpieron en la sesión del Consejo Universitario en la Casa Central (20 de mayo), insultando y emplazando al rector Víctor Pérez Vera, a los distintos decanos y a las otras autoridades y consejeros asistentes. Según el esperpéntico blog estudiantil «El Gran Vitoko»:
Los atados en la Chile no tienen fecha de término. Claro, si este año nos hemos encontrado con el «Chocolito» Pérez [el rector] haciéndose el lindorfo, con el Lusho Ayala [el vicerrector económico] manejando de muy mala forma la Casa de Bello, con los Decanosaurios haciendo y deshaciendo en sus espacios locales, con mateos en Dicom por culpa de la administración del huastecoide, con funcionariosaurios descharcheteados sin sumario ni nada […] y con actitudes dictatoriales, fraudulentas y hasta sadomasoquistas dentro de este plantel. La situación de la Chile estaba igual que el volcán Chaitén…, porque tarde o temprano esto iba a explotar y dejar la mansaca […]
Ahora, la cosiaca entró a calentarse y a sacar la mansa fumarola el martes 20 de Mayo Monumental..., porque el Consejo de Ancianos [el Consejo Universitario] estaba listoco para firmar un convenio que llamaban con lujo de felonía «Convenio Bicentenario», ese que dejaba a las Facultades de Artes Encinas [por la calle en que se entra al campus], Ciencias, Ciencias Sociales, Filosofía, Bachi [Bachillerato] y Faridelandia [Periodismo y en alusión a Faride Zerán, su decana entonces] con ataque de caspa y cagadera monumental, eso es en este casolio, deuda en cientos de miles de millones de machacantes. A raíz de la cuática, el Consejo de Ancianos fue interrumpido por los Zamyboys y otros 300 compadrurris que le enrostraron a Pérez, «Bife Chorizo» Las Heras [el prorrector que nació en Uruguay] y a Ayala —alias el Señor de la Querencia— el manso condoro que se iban a mandar.
La funa del martes fue tremenda, tanto así que los pobres animales empezaban a quedar con ataque de caspa tras las paradas de sopaipilla de los gomezmillanos, los cuales entraron a ponerle tapones Cornina a Pérez, el cual se defendía como mínino de espalda reculando por el «beneficio» que se iban a llevar a costa de mateos y reyes de la chupeta. Y conste que los viejitos tenían la clara intención de mandar a la zorra a la Chile, venderla por millones de tellebis verdosos con su proyecto y privatizarla de un plomazo.18
Un intento, a su vez, el día 20 de junio de tomarse la Escuela de Derecho es sofocado por carabineros, quienes prontamente desalojan sin mayores consecuencias a 60 estudiantes del hall central.19 Y, de ahí en adelante, cosa rara que nadie entendió en su momento, el temido «Chaitenazo», se apaga, y se vuelve a una calma chicha, como si nada hubiese pasado. «Todo hallábase seguro y tranquilo», había dicho Salustio al referirse al ambiente previo a la conjura de Catilina. Coincidentemente, en septiembre (el día 25) el grupo político de los «Autónomos», de la Escuela de Derecho, con estrechas conexiones surdistas en la Facultad de Ciencias Sociales, es elegido para presidir el Centro de Estudiantes de Pío Nono (CED), liderado por su cara visible y de niño Jesús de Praga, Gabriel Boric Font, el redactor de cartas al director que El Mercurio no publicaba, no aún.20
Comienza la conjura
Por esta misma época, fines del 2008, me entero que amigos personales de Antonio Bascuñán Rodríguez y Fernando Atria, específicamente Lucas Sierra y Julián López, ambos profesores de la Escuela y entre quienes arremeterían con todo contra Nahum al año siguiente, comienzan a sondear nombres alternativos para el decanato. Lo hacen como suelen hacerse estas cosas en Pío Nono. En medio de una conversación informal en la sala de profesores, por ejemplo, o bien, a la hora de firmar el libro de asistencia, sirviéndose de un chiste en el patio, una invitación a almorzar, unos minutos antes o después de participar en una mesa redonda en algún seminario conforme los casuales y ni tan casuales gestos con que se hace «política» interna en la facultad. El punto es que la maniobra, la baraja de nombres con que empezaban de nuevo a entretenerse, se terminó por filtrar. Con todo, el tanteo era absurdamente prematuro (el mandato de Nahum expiraba en 2010), a menos que esta vez se haya estado procediendo muy profesionalmente, tratándose de una típica movida para ir «quemando» nombres en el camino, o bien, y aquí ya estamos hilando más fino, preparándose para un repentino cambio de circunstancias que, en ese momento, sólo algunos sabían que venía. Cualquiera que haya sido la finalidad, el ardid fracasó, delatándolos; sé de un académico que fue abordado pero no los pescó, a principios de diciembre para ser más exacto, que es cuando comenzaba a advertirse cierto tímido movimiento de tropas. Frustrada la intriga, sin embargo, se empezaron a barajar otras alternativas, más ingeniosas, mandando al tacho las convencionales.
Y es que en eso estaban los nuevos dirigentes del Centro de Alumnos (ganándoles el quién vive a los profesores), Gabriel Boric a la cabeza. A diferencia de lo que ocurría en el resto de la universidad, en la Escuela de Derecho «todo hallábase seguro y tranquilo». El nuevo Centro de Alumnos preparaba su debut para el año siguiente, no en el patio, no todavía. Hacia fines de año y comienzos del 2009, además de dejarse crecer los pelos (no exagero), los recién elegidos estaban dedicados calladamente a producir una agenda de anotaciones y datos prácticos que debía entregarse en marzo a los mechones entrantes. Un dispositivo, a la postre, menos inocente de lo que uno podría haber supuesto a pura y simple vista.
La Agenda, como se autotitulara la publicación de regalo, mirada en perspectiva, resalta como un claro indicador a dónde, a esas tempranas alturas, apuntaban sus autores y «creativos». La libreta, sin embargo, llegó a mis manos mucho tiempo después, una vez ya iniciada la toma el 2009; solo entonces, y pareciéndome evidente su subtexto a la luz de las nuevas circunstancias, capté su sentido y no dudé en calificarla de «Agenda de la Toma», tesis que consigné en un artículo al respecto en The Clinic.21 De hecho, lo que de inmediato me llamó la atención fueron los auspicios publicitarios. Desde luego, en la página más estratégica del cuaderno, la ubicada justo debajo del espacio donde habían de anotarse los «datos personales» del dueño del ejemplar, aparecía un destacado aviso (en otros tiempos habría sido el de alguna peluquería de barrio) de nada menos que el estudio jurídico Harasic y López, cuyos dos principales socios, profesores de la Facultad —Davor Harasic y Julián López— figurarían, más tarde, entre los principales acusadores de Nahum. López, recordemos, era también quien venía haciendo gestiones junto a Lucas Sierra para levantar una posible futura candidatura en contra del decano Nahum. Y, tal y cual, el segundo aviso publicitario prominente de la Agenda correspondía al de la revista Estudios Públicos del Centro de Estudios Públicos, donde por aquel entonces Lucas Sierra trabajaba en calidad de investigador22 y donde también Enrique Barros, otro de los furibundos enemigos del decano, ha centrado buena parte de su influencia pública siendo uno de los directores más connotados de aquel think tank, desde sus inicios. Entre los demás auspiciadores se contaba también Movistar, pero eso resultó, de nuevo, fácil de explicar toda vez que el responsable económico de la Agenda, Vicente Saiz, era hijo de un alto ejecutivo, gerente general de dicho negocio.23 Evidentemente, el Centro de Alumnos no había estado perdiendo su tiempo; se venía moviendo sigilosamente para financiar la costosa libreta recurriendo a los muchos vínculos personales que sus líderes mantenían con profesores y poderosos grupos empresariales.24 De más está decir que nunca antes un grupo político en la Facultad había actuado con tan esmerado profesionalismo y desfachatez.
Lo segundo que resultaba evidente al hojear esta Agenda era su sesgo zurdo radicalizado (no hay «revolución» que se respete que no disponga de un «manifiesto»). Por supuesto que un cariz camuflado. A lo sumo, se presentaba una cronología que debía de acompañar al mechón entrante, a lo largo de todo el año; recordándole, paso a paso del calendario, a modo de guión presuntamente «histórico», una serie de hitos o efemérides nacionales, no pocos con su cuota callejera de molotovs y otras sulfúricas ocurrencias de antiguos estudiantes de la UCh en tomas universitarias y otras movilizaciones afines a causas de izquierda a lo largo de la historia del país.25 De nuevo, pues, la misma extraña combinación: gente zurda
