Los deseos del corazón son retorcidos cual sacacorchos,
no nacer es el mejor sino del hombre;
el segundo mejor es una orden formal,
las pautas del baile, baila mientras puedas.
Baila, baila, que la figura es fácil,
la melodía es pegadiza y no se detendrá;
baila hasta que se desprendan del techo las estrellas;
baila, baila, baila hasta que no puedas más.
W. H. AUDEN, «El eco de la muerte»*
Vamos a morir, y eso nos hace afortunados. La mayoría de la gente no va a morir nunca porque nunca va a nacer. La gente que podría haber estado en mi lugar pero nunca verá la luz del día supera los granos de arena del Sahara. Sin duda, esos fantasmas que no nacieron incluyen mejores poetas que Keats y científicos superiores a Newton. Lo sabemos porque el conjunto de gente posible que permite nuestro ADN supera enormemente el conjunto de gente real. Frente a esas probabilidades asombrosas, tú y yo, tan corrientes, estamos aquí.
RICHARD DAWKINS, Destejiendo el arco iris
Ah, las palabras son pobres recipientes para lo que el tiempo se ha llevado…
JOHN CLARE, «Remembrances»
Prólogo con premoniciones
¿Qué tiene que ver la Inglaterra de 1940 con la Inglaterra de 1840? Pero después, ¿qué tienes que ver tú con el niño de cinco años cuya fotografía guarda tu madre sobre la repisa de la chimenea? Nada, salvo que sois la misma persona.
GEORGE ORWELL, «El león y el unicornio:
el socialismo y el genio inglés» (1941)
Lee tu propio obituario; dicen que vives más. Te da nueva savia. Un nuevo contrato vital.
LEOPOLD BLOOM en Ulises
Delante de mí tengo una hermosa edición de Face to Face, la elegante revista que reciben los socios de la National Portrait Gallery de Londres. Contiene los habituales anuncios de futuros actos y exposiciones. La página que ha atraído y atrapado mi mirada es la que llama la atención sobre una exposición que empieza el 10 de enero de 2009, titulada «Martin Amis y amigos». La muestra presentará la obra de una talentosa fotógrafa llamada Angela Gorgas, que fue amante de Martin entre 1977 y 1979. En la página hay una fotografía hecha en París en 1979. Muestra, de izquierda a derecha, a mí, a James Fenton y a Martin, apoyados en una balaustrada que domina la ciudad de París. Recuerdo bien el momento: fue tras una comida decente en algún lugar de Montmartre y mirábamos la horrible arquitectura de tarta de bodas del Sacré Coeur por encima de los torneados hombros de Angela. (Quizá eso explique la expresión dispépsica de mi rostro.) En el texto que acompaña la imagen, aparentemente escrito por Angela, figura la siguiente frase sobre la ocasión en que conoció por primera vez al cautivador joven Amis:
Martin era director literario del New Statesman, donde trabajaba con el difunto Christopher Hitchens y Julian Barnes, que estaba casado con Pat Kavanagh, por entonces agente literaria de Martin.
Así que ahí está, negro sobre blanco, la expresión fea y sin adornos que un día será indiscutiblemente cierta. No está al alcance de todo el mundo leer sobre su propia muerte, y menos cuando se anuncia de pasada y con un tono tan flemático. En el momento en que escribo estas líneas, en los meses finales de 2008, tras haber recibido esta nota de recuerdo del futuro, ese futuro todavía contiene la inauguración de la exposición y la publicación de estas memorias. Pero la exposición y las referencias de su catálogo ejemplifican elementos todavía vitales de mi pasado. Y ahora, un tanto abruptamente:
Entre la idea
y la realidad
entre el movimiento
y el acto
cae la Sombra.*
«Los hombres huecos» de T. S. Eliot no constituyen mi cohorte, o eso espero, aunque a veces uno puede desear hallarse entre los estoicos «que han cruzado, con la mirada fija, al otro Reino de la muerte». La verdad es que todos los intentos de imaginar la propia extinción son, por definición, fútiles. Uno solo puede visualizar los aspectos banales del acontecimiento: en mi caso, no los deudos en el funeral (de nuevo excluidos por las propias reglas del juego), sino las constantes paladas de correos electrónicos que llegarán a mi bandeja de entrada el día de mi fallecimiento, y también cómo mi buzón terrestre quedará congestionado, hasta que alguien haga algo para detener la robótica estupidez electrónica, o hasta que la falta de pago lleve a una abrupta cancelación de las cuentas y los cheques y las peticiones, ninguno de los cuales llegó durante mi vida en las proporciones correctas el día correcto. (¿Acaso podría obtener una suscripción para toda la vida a Face to Face, y que esto continuara para siempre, o —quizá quiero decir— para toda la eternidad?)
El director de la National Portrait Gallery, el excelente Sandy Nairne, me ha escrito una angustiada carta en la que no solo pide disculpas por haberme matado, sino que ofrece una explicación y una restitución. «La muestra —explica— también incluye una fotografía de Pat Kavanagh con Kingsley Amis. Se hizo un cambio de último minuto en el texto, y en vez de decir “la difunta Pat Kavanagh” se refiere a ti.»
Esta bienintencionada misiva hace las cosas más dolorosas y espeluznantes, en vez de menos. Acabo de abrir una carta del marido de Pat Kavanagh, Julian Barnes, en la que me agradece mi nota de condolencia por la repentina muerte de su esposa a causa de un cáncer cerebral. También le había felicitado por el enorme éxito de crítica que ha cosechado su reciente meditación sobre la muerte, Nada que temer, que constituye una extensa reflexión sobre ese «país desconocido». En mi carta a Julian, elogiaba su equilibrio en el contraste entre Lucrecio, que decía que, puesto que uno no sabrá que está muerto, no hay que temer a la muerte, y Philip Larkin, que observa en su imperecedera «Albada» que ese es exactamente el elemento de la condición post mórtem que asusta de verdad, y debe hacerlo (las cursivas son mías):
La segura extinción
a la que siempre vamos y en que nos perderemos.
No estar aquí, ni estar en ningún otro sitio,
y pronto; nada más terrible ni más cierto […]
esa tela ilusoria
que dice: «Ningún ser racional teme lo
que no siente», sin ver que ese es nuestro temor…*
Así que es algo pequeño y algo grande que me haya ganado esas palabras transpuestas, «el difunto», que editorialmente pertenecían a la adorada esposa de Julian y que se han adherido a mí por accidente. Cuando por primera vez di forma a la idea de escribir unas memorias, tuve las reservas habituales: me parecía que todo el empeño llegaba quizá «demasiado pronto». Nada disuelve esa mezcla de falsa modestia y reticencia natural más rápido que la brusca conciencia de que el proyecto podría quedar, en cualquier momento, descartado definitivamente, por haber comenzado demasiado «tarde».
Pero todos somos «hombres muertos de permiso», como dijo Eugene Levine en el juicio que le hicieron en Munich por revolucionario tras la contrarrevolución de 1919. Todavía existen quienes, a menudo, por alguna razón, en la India, se ganan la vida reclamando impuestos patrimoniales a los difuntos. De Gógol a Google: si ahora uno repasa la cofradía de aquellos que han vivido para leer sobre su propia muerte, encuentra desde el relativo buen humor de Mark Twain, que como es bien sabido declaró que la noticia era una exageración, hasta Ernest Hemingway, cuyo biógrafo cuenta que leía cada mañana las necrológicas con una copa de champán (al final se cansó de su alegre novedad y sacó su escopeta), o el nacionalista negro Marcus Garvey, que, según algunas versiones, sufrió un derrame cerebral mientras leía la noticia de su muerte. Robert Graves vivió como un roble durante casi siete décadas después de que lo declarasen muerto en el Somme. Los medios de comunicación informaron dos veces de la muerte de Bob Hope: en la segunda ocasión me llamó una cadena de televisión para que confirmara o desmintiera la información, y ahora desearía no haber dicho tan confiado, tras haberlo atisbado hacía poco en la embajada británica en Washington, que la última vez que lo había visto parecía bastante muerto. Paul McCartney, el papa Juan Pablo, Harold Pinter, Gabriel García Márquez… el hilo de honor y vergüenza persiste, pero hay un llamativo ejemplo que resulta más caprichoso. Se dice que Alfred Nobel, celebrado fabricante de explosivos, se sintió tan disgustado por el especial énfasis que se hacía en la faceta de «mercader de la muerte» en las erróneas noticias sobre su propia extinción que decidió compensarlo y donar fondos para un premio por la paz y servicios a la humanidad (que, añadiría yo, ha supuesto un aburrimiento y un fraude gigantescos desde entonces). «Mientras no hayas hecho algo por la humanidad —dijo el gran educador estadounidense Horace Mann—, debería darte vergüenza morir.» Bueno, ¿quién puede superar esa prueba?
En algunos sentidos, la fotografía que me muestra con Martin y James es del «difunto Christopher Hitchens». En todo caso, es de otra persona, o de alguien que en realidad no existe en la misma forma corpórea. Las células y moléculas de mi cuerpo y cerebro se han sustituido y han disminuido (respectivamente). El joven relativamente esbelto que miraba el futuro se ha metamorfoseado en una persona bastante corpulenta que sabe, con pena pero también con resignación, que cada día representa cada vez más y se sustrae de cada vez menos. Mientras escribo estas palabras, tengo exactamente el doble de la edad del chico de la imagen. El placer ocasional del paso de los años —mirar hacia atrás y reflexionar sobre lo lejos que ha llegado uno— es rápidamente modificado por la idea que surge inmediatamente después, sobre el relativo poco tiempo que queda. Siempre supe que había nacido en una lucha que iba a perder, pero ahora lo «sé» de una forma más objetiva y subjetiva que entonces. Cuando el obturador se cerró en París esperaba y trabajaba por el derrocamiento del capitalismo. Cuando me senté a escribir esto, después de que con el capitalismo me fuera algo mejor de lo que nunca esperé, los mercados financieros se habían desplomado, casi el mismo día en que cumplía cincuenta y nueve años y medio, y por tanto podía utilizar mis «fondos para la jubilación» administrados por Wall Street. Mi viejo marxismo regresó mientras contemplaba el «trabajo muerto» que se había acumulado en esa cuenta, lo veía despilfarrado en una victoria del capital financiero sobre el capital industrial, observaba la vieja dicotomía entre valor de uso y valor de cambio, y veía de nuevo la victoria de los monopolistas que «hacen» dinero sobre aquellos que solo tienen el poder de ganarlo. Decididamente, era interesante encontrarme actuarialmente extinto en el último trimestre del mismo año que también me había «eliminado» desde un punto de vista más literario y artístico.
Ahora poseo otra fotografía de esa misma visita a París, y demuestra ser un apuntador proustiano todavía más fuerte. Tomada por Martin Amis, me muestra junto a la ravissante Angela, en el exterior de una pastelería que parece encontrarse bastante cerca de la rue Mouffetard, elogiada en la primera página de París era una fiesta. (¿Es posible que la caja que llevo en la mano contenga una magdalena?) De nuevo, la persona que aparece no soy yo mismo. Y hasta hace poco no habría podido darme cuenta, pero ahora veo claramente lo que mi mujer discierne en cuanto se la muestro. «Te pareces muchísimo a tu hija», exclama. Y así es, o más bien, para ser justos, ella se parece a mí, o al menos a como era entonces. El siguiente comentario es también más evidente para ella que para mí. «Lo que de verdad pareces —dice tras una pausa— es judío.» Y en algunos sentidos lo soy —aunque el concepto de «aspecto» judío me molesta un poco—, como explicaré. (También explicaré por qué el chico de la foto no conocía su origen judío.) Todo esto también es un atisbo de la mortalidad, porque no hay nada que nos haga pensar más en nuestra inminente extinción que el crecimiento de nuestros hijos, a quienes hay que hacer sitio, y que de hecho son el único indicio del matiz de una esperanza de inmortalidad.
Y sin embargo sigo aquí, decidido a seguir adelante. De los muchos rostros que fueron bellos y hermosos en el catálogo, una dolorosa cantidad pertenece a antiguos amigos (el maravilloso ilustrador y caricaturista Mark Boxer, el encantador pero frágil Amschel Rothschild, el adorable personaje de sociedad y derrochador —y medio hermano de la princesa Diana— Adam Shand-Kydd) que murieron mucho antes de alcanzar mi edad actual. Las noticias de otras partidas todavía no habían llegado hasta mí. «Nunca habría creído que la muerte hubiera deshecho a tantos.» A lo largo de mi carrera, me las he arreglado para asumir casi cualquiera de las tareas que se le pueden pedir al gacetillero, desde ser un corresponsal aficionado en el extranjero hasta sustituir al crítico de cine, pasando por escribir editoriales polémicos a contrarreloj. Sin embargo, puede que haya empleado mal la palabra «asumir» más arriba, porque hay dos trabajos que nunca he podido realizar: cubrir un acontecimiento deportivo y escribir el obituario de una persona viva. El primer fracaso se debe a que no tengo el menor conocimiento o interés por los deportes, y el segundo a que —pese a que estoy firmemente convencido de no ser supersticioso— no puedo, ni siquiera a cambio de dinero, escribir sobre el fallecimiento de un amigo o colega antes de que la lechuza de Minerva haya desplegado sus alas y yo sepa que la oscuridad ha llegado de verdad. Me atreveré a decir que alguien, en algún lugar, ya ha escrito mi necrológica provisional. (Stephen Spender estaba en casa de W. H. Auden cuando este último recibió una invitación del Times para escribir la necrológica de Spender. Se lo dijo en el desayuno, preguntándole con aire pícaro: «¿Hay algo que te gustaría que dijera?». Spender pensó que ese no era el momento de decirle a Auden que ya había escrito su necrológica para el propio editor del mismo periódico.) Varios directores de los observatorios de la muerte me han rogado en distintas ocasiones que haga lo mismo para Edward Said, Norman Mailer y Gore Vidal —por citar unos nombres que se repetirán si te quedas conmigo—, y siempre he tenido que rechazar la oferta. Pero ahora me encuentras aquí, intentando construir mi propio puente, si no desde la mitad del río, al menos a cierta distancia de la otra orilla.
El periódico de hoy lleva la noticia de la muerte de Edwin Shneidman, que dedicó toda su vida al estudio y la prevención del suicidio. Se refería a sí mismo como «tanatólogo». La necrológica, repleta de la pseudoironía que tanto le gusta a la profesión casi moribunda del periodismo diario impreso, se cierra con estas palabras: «Morir es una cosa, quizá la única, de la vida que no tienes que hacer —escribió Shneidman—. Quédate por aquí el tiempo suficiente y estará arreglado sin que tengas que hacer nada». Un escritor más refinado podría haber observado la relación con unos celebrados ripios de Kingsley Amis:
Tengo algo que decir a favor de la muerte:
no te obliga a dejar la cama, y es una suerte.
A cualquier parte, estés de pie o tumbado
llega hasta ti sin cobrar recargo.
Y, sin embargo, no puedo aplaudir ese admirable fatalismo. Personalmente, quiero «hacer» la muerte en voz activa y no pasiva, y estar allí para mirarla a los ojos y estar haciendo algo cuando venga a buscarme.
Examinando la lista de todos los amigos que la Parca se había llevado, el gran bardo escocés William Dunbar escribió su «Lament for the Makers» a principios del siglo XVI y terminó cada estrofa de duelo con las palabras Timor mortis conturbat me. Es un estribillo casi litúrgico —«El miedo a la muerte me angustia»— y no confiaría en nadie que no haya sentido algo así. Pero imagina lo nauseabunda que resultaría la vida, y qué rápidamente, si nos dijeran que no tendría fin… Para empezar, yo no tendría ningún incentivo para escribir estos recuerdos. Incluirán algún relato sobre las varias veces que podría haber muerto y sobre las veces en que estuve a punto de hacerlo.
La mención de algunos de los nombres que he citado hace que me pregunte si, sin que yo fuera consciente de ello, me he convertido retrospectivamente en parte de un «grupo» literario o intelectual. La respuesta parece ser afirmativa y, por tanto, prometo ofrecer algún relato sobre cómo los «grupos» no se forman deliberadamente ni se construyen, sino que, como dijo Oscar Wilde, «sencillamente ocurren».
Jano es el nombre que dieron los romanos a la deidad tutelar que vigilaba las puertas y, por tanto, miraba hacia los dos lados. Las puertas de sus templos se mantenían abiertas en tiempos de guerra, el momento en que las ideas de la contradicción y el conflicto reinan con más naturalidad. Las guerras más intensas son las guerras civiles, del mismo modo que los conflictos más vívidos y desgarradores son internos, y lo que espero hacer a continuación es dar una idea de cómo es luchar en dos frentes al mismo tiempo, intentar mantener ideas opuestas vivas en la misma mente e incluso mostrar dos caras distintas al mismo tiempo.
Yvonne
Siempre hay un momento de la niñez en el que la puerta se abre y deja que entre el futuro…
GRAHAM GREENE, El poder y la gloria
Algo debo al suelo que crece —
más a la vida que alimentó —
pero sobre todo a Alá que dio dos
partes separadas a mi cabeza.
RUDYARD KIPLING, Kim
Por supuesto, no creo que sea «Alá» quien determina esas cosas. (Comentando mi libro dios no es bueno, Salman Rushdie señaló incisivamente que el principal problema del título era la falta de economía: dicho de otro modo, le sobraba exactamente una palabra.)
Pero, sea cual sea la ontología de cada uno, siempre resultará tentador creer que todo debe tener una causa primera o, si no queremos algo tan grandilocuente, al menos un principio definido. Y en ese aspecto no siento vaguedad o indecisión. Sé un poco cómo llegué a tener dos mentes. Y así es como empieza para mí.
Estoy en un ferry que cruza un hermoso puerto. Desde entonces he aprendido muchas versiones y variaciones de la palabra «azul», pero digamos que un sol brillante aunque levemente áspero ilumina una cerúlea bóveda celeste y un mar azulado y también dibuja cómo esas dos texturas chocan y se reflejan. El resultante matiz verdoso ofrece un titilante contraste con la vegetación más oscura de las laderas de las colinas y crea una combinación casi cegadora cuando, aliado con esos azules discrepantes pero unidos, golpea los edificios blancos que llegan hasta el borde del agua. Como destello de drama, belleza, paisaje terrestre y paisaje marino, no puede desearse mejor recuerdo inaugural.
Puesto que este pequeño viaje se produce en 1952 y yo he nacido en 1949, no tengo forma de apreciar que estoy en el Gran Puerto de La Valeta, la capital del diminuto estado insular de Malta y una de las más bellas ciudades barrocas y renacentistas de Europa. Esta joya situada en el mar que se extiende entre Sicilia y Libia fue durante siglos el lugar de una espada de doble filo entre los mundos cristiano y musulmán. Su población es tan abrumadoramente católica romana que dentro de la ciudad amurallada hay una gran plétora de iglesias decoradas y la catedral está ornamentada con los murales del mismo Caravaggio, el seductor devoto de la maldad. La isla soportó uno de los asedios turcos más largos de la historia de la «Cristiandad». Pero el maltés es una versión dialectal del árabe que se habla en el Magreb y la única lengua semítica que se escribe en caracteres latinos. Si por casualidad visitas una iglesia católica maltesa durante una misa, verás que el sacerdote alza la hostia y llama a «Alá», porque, después de todo, esa es la palabra local para «dios». Mi primer recuerdo, en otras palabras, es de una frontera desigual e irregular, pero también permeable y encantadora, entre dos culturas y civilizaciones.
En esa etapa me siento demasiado seguro y confiado como para registrar algo así. (Si hablo unas pocas frases de maltés, no es con la idea de hacerme bilingüe o multicultural, sino para dirigirme a las niñeras dominadas por los curas y a las cocineras que arrastran enormes proles de niños. Ese fue el lugar en el que aprendí a ver la imagen del catolicismo como una pintura de pastores rechonchos y corderos delgados.)1 Malta es en efecto una colonia británica —su episodio heroico más reciente ha sido la resistencia ante un histérico bombardeo aéreo de Hitler y Mussolini— y una sólida posesión de la Marina Real, en la que mi padre sirve con orgullo, desde las guerras napoleónicas. Y, sobre todo, estoy en la cubierta del navío en compañía de mi madre, que me coge de la mano cuando lo deseo y me deja corretear y explorar si insisto.
Así que, bien mirado, no es un mal principio. Voy bien vestido y estoy bien alimentado, tengo una buena melena y una cintura esbelta, me muevo en un entorno de sobrecogedora belleza arquitectónica y natural, y estoy lleno de brío y confianza en mí mismo, y en un barco, en compañía de una mujer hermosa que me quiere.
No la llamaba así en la época, pero «Yvonne» es el eco con el que evoco su recuerdo con más desgarro y añoranza. Después de todo, era su nombre, y era así como la llamaban sus amigos, y mi fino oído detectó bastante pronto una diferencia entre eso y las varias y confortables Nancys y Joans y Ethels y Marjories —todas excelentes— que solían ser las esposas y compañeras de los otros oficiales. Yvonne. Un poco de clase: un poco de estilo. Un toque o una pizca de ajo, oliva y romero para suavizar el viejo y buen pan inglés del que, hay que afrontar el hecho, yo también había sido cortado. Pero habrá más de eso cuando hable del comandante Hitchens. No debo fingir que recuerdo más de lo que en realidad recuerdo, pero soy muy consciente de que supone una gran diferencia tener desde temprana edad a una mujer apasionada de mi parte.
Por ejemplo, cuando se dio cuenta de que me había saltado la etapa del balbuceo infantil y había empezado a decir frases completas directamente (aunque a veces poco originales, como, según la leyenda familiar: «Vamos a tomar una copa al club»), me sentó y sacó un elemental libro de lectura fonética, o lo que los humildes solían llamar «una cartilla». Trataba de las tediosas aventuras de un elfo o duende de los bosques llamado Lob-a-bog (su nombre estaba amablemente dividido de ese modo), pero, cuando lo terminé, había adquirido para toda la vida el compromiso de tener algún tipo de material de lectura junto a mí en todo momento, y siempre iría por delante de mi clase en materia de lectura.
Para entonces, sin embargo, nuestra familia había dejado Malta y había sido enviada a los alrededores mucho más austeros de Rosyth, otra base naval en la costa oriental de Escocia. Creo posible que Malta fuera una especie de punto álgido para Yvonne: los británicos estaban por encima de los demás en la semicolonia y había un bar de cócteles e incluso la oportunidad de tener «ayuda» local. No es que deseara regodearse en la ociosidad, pero, tras soportar una niñez de escasez, depresión y posterior guerra, no le podía molestar un poco de color y energía mediterránea, y quizá pensara que se lo había ganado. (Cuando regresábamos de Malta nos detuvimos unas horas en Niza: ella y mi primera experiencia de la Riviera. Recuerdo lo feliz que parecía.) La grisura y la monotonía del «cuartel para matrimonios» en un lugar azotado por la garúa como Fifeshire debió de ser un duro golpe para ella.
Pero mi padre y ella se habían unido por primera vez precisamente gracias a la garúa y la austeridad, y a la denodada y terrible guerra contra los nazis. Él, un oficial de carrera de la Marina, estaba en la base de Scapa Flow, la enorme ensenada de aguas frías en las islas Orcadas que ayudó a establecer y mantener el control británico del mar del Norte. Ella era voluntaria en el Servicio Femenino de la Marina Real, o, en la jerga de la época, una «Wren». (Mi fotografía más querida la muestra vestida de uniforme.) Tras un breve cortejo durante la guerra se casaron a principios de abril de 1945, no mucho antes de que Adolf Hitler se metiera una pistola en la boca (que al parecer tenía un aliento fétido). Una chica joven y entusiasta de un destrozado hogar judío de Liverpool, casada con un hombre doce años mayor que venía de una familia baptista de Portsmouth, severamente unida aunque algo reprimida. La época de la guerra estuvo llena de ese tipo de uniones improvisadas, en las que probablemente al principio los dos se sentían afortunados, pero sé sin duda que, aunque mi padre nunca dejó de considerarse feliz, mi madre pronto dejó de hacerlo. También decidió, por una razón que creo adivinar, llevar a cabo el engaño no tan pequeño de ocultar a todos los miembros de la familia Hitchens su origen judío.
Ella misma quería «pasar» por inglesa tras observar algo levemente desagradable cuando la visitó mi abuela, que en la década de 1930 trabajaba en asuntos militares. E Yvonne también podía pasar como una morena clara de ojos color avellana y (siempre en mi fantasía e imaginación) aire «francés». Pero, más concretamente, ahora estoy seguro de que no quería que mi hermano y yo pagáramos el impuesto de die Judenfrage, la cuestión judía. Lo que no sé es lo que le costó esa ocultación o reticencia. Lo que puedo contar es lo que significó para mí.
La paradoja era esta: en la Gran Bretaña de posguerra, como en la Gran Bretaña de todas las épocas, solo había una forma probada y verificada de movilidad social. El primogénito (por lo menos) debía ser educado en una escuela privada, con el fin de asistir a una universidad decente. Pero las tasas escolares eran altas y a los primerizos les resultaba difícil navegar por los bajíos de la clase, el acento y la posición social. En uno de mis primeros recuerdos coherentes estoy sentado en lo alto de la escalera, escuchando a escondidas una discusión doméstica. Era bastante fácil seguirla. Yvonne quería que fuera a un colegio de pago. Mi padre —el Comandante, como a veces lo llamábamos con ironía y afecto— presentó la objeción pesada pero obvia de que estaba muy por encima de nuestras posibilidades. Yvonne no quería saber nada de eso. «Si va a haber una clase alta en este país —declaró decidida—, Christopher formará parte de ella.» Puede que no haya reproducido exactamente sus palabras —¿pudo decir «clase dirigente» o establishment, unos términos que habrían resultado opacos para mí?—, pero la intención era muy clara. Y, desde mi asiento oculto en el gallinero, aplaudí silenciosamente. Así se revela una paradoja adicional: mi madre era mucho menos británica que mi padre, pero quería por encima de todo que me convirtiera en un caballero inglés. (Sé tú, querido lector, quien juzgue qué tal salió eso.) Y, aunque quería mantenerme cerca, necesitaba defender con vehemencia que me enviaran lejos por mi bien.
Registré esa contradicción de forma muy aguda cuando, alternando las sonrisas del ánimo maternal y las lágrimas calientes de la separación, me acompañó al internado a los ocho años de edad. Siempre lamentaré un poco no haberme esforzado más en fingir que yo también estaba desolado. Sabía que iba a echar de menos a Yvonne, pero supongo que para entonces había tenido la experiencia esencial de ser amado sin ser excesivamente mimado. Estaba ansioso por seguir adelante. Y en la escuela, que ya había visitado como potencial interno, se encontraba una biblioteca con estantes que parecían inagotables. No había nada parecido en nuestra casa e Yvonne me había enseñado a amar los libros. Lo más cruel que hice nunca, al final de mi primer trimestre lejos de casa, fue volver en Navidad y dirigirme a ella como «señora Hitchens». No olvidaré su cara conmocionada. La etiqueta impuesta en la escuela obligaba a dirigirse a todas las mujeres, desde las esposas de los profesores al personal, así. Pero todavía sospecho que cometí un mezquino subterfugio para llamar la atención.
Acaso esto explique la disminución de mi almacén de recuerdos sobre Yvonne: entre los ocho y los dieciocho años estuve lejos de casa durante la mayor parte del año y los cruciales ritos de paso, desde los sufrimientos de la madurez sexual a la adquisición de amigos, enemigos y una educación, ocurrieron fuera del ámbito familiar. No obstante, siempre supe de alguna manera cómo era ella, y en general podía adivinar lo que no sabía, o lo que se podía inferir leyendo entre líneas sus cartas semanales.
Mi padre era un hombre muy bueno, respetable, honrado y trabajador, pero la aburría, al igual que el resto de su vida. «El único pecado imperdonable —solía decir mi madre— es ser aburrido.» Ella quería la metrópoli, con cócteles, visitas al teatro, amigos elegantes y conversaciones ingeniosas, como los que había tenido en su juventud en el Liverpool de antes de la guerra, donde había vivido cerca de Penny Lane y había conocido brevemente a personas como el vehemente gay Frank Hauser, que más tarde se convertiría en director del Oxford Playhouse, y donde un novio la había introducido en la obra del apuesto poeta del Ulster Louis MacNeice, contemporáneo de Auden y autor de Autumn Journal y (su preferido) The Earth Compels. En cambio, lo que tenía era la vida de provincias, en una sucesión de pequeñas ciudades y pueblos ingleses, primero como esposa de un miembro de la Marina y más tarde como esposa de un hombre que, después de que la Marina lo «dejara ir» tras toda una vida de servicio, se dedicó durante el resto de sus días a desempeñar trabajillos insignificantes como contable o «tesorero». Es horrible que te den pena tu madre o tu padre. Y, además, es espantoso sentir eso y al mismo tiempo conocer la impotencia del adolescente para hacer algo al respecto. Todavía peor, quizá, es el consuelo egoísta de que educar a tus padres no es tu trabajo. De todos modos, sabía que Yvonne tenía la sensación de que la vida pasaba a su lado, y sabía que el dinero que podría proporcionarle de vez en cuando unas vacaciones glamourosas o un viaje a la ciudad se gastaba (por su propia insistencia) en cuotas escolares para mí y mi hermano, Peter (que había nacido cuando vivíamos en Malta), así que decidí al menos trabajar muy duro y ser digno de su sacrificio.
No se quedó de brazos cruzados mientras yo estaba fuera. Intentó convertirse en una figura en el mundo de la moda. Quizá respondiendo a la llamada de sus antepasados sombrereros, pero en todo caso decidida a no sucumbir ante la inelegancia que dominaba la Gran Bretaña de posguerra, siempre estaba metida en planes para mejorar la ropa de sus amigas y vecinas. «Si una cosa tengo —decía en un tono levemente defensivo, como si careciera de otras cualidades— es un poco de buen gusto.» Personalmente, yo pensaba que también tenía las demás cualidades: durante las vacaciones oficiales en las que los padres visitaban el internado y muchos chicos estaban a punto de morirse de vergüenza, Yvonne nunca hizo ni llevó nada que después sirviera a los otros chicos para mofarse de mí (y eso sucedía en la época en que las mujeres todavía llevaban sombreros). Era sin duda la más guapa e inteligente de las madres, y siempre podía besarla encantado delante de todo el mundo, sin temor a la sensiblería, las manchas de pintalabios u otros desastres. En esos momentos habría desafiado a cualquiera que la utilizara para meterse conmigo, aunque yo era pequeño para mi edad.
Sin embargo, la tienda de ropa no fue bien. De hecho, si no fuera por la mala suerte, Yvonne no habría tenido suerte en absoluto. Recuerdo que con varios amigos y socios intentó lanzar una tienda llamada Pandora’s Box y otra llamada Susannah Munday, en honor de una antepasada nuestra de la parte paterna de Hampshire. Esas empresas no despegaron, y la única razón que se me ocurría era que las amas de casa locales eran demasiado grises, miopes y avaras. Me encantaba la idea de pasarme por allí cuando iba de compras, para que pudiera presumir de mí ante sus amigas, se riera y compartiera los cotilleos mientras tomaban un café, pero siempre me daba cuenta de que el negocio no marchaba bien. Con qué sobresalto de reconocimiento leí, años después, el misterioso diagnóstico de la situación que hizo V. S. Naipaul en El enigma de la llegada. Escribía sobre Salisbury, que está lo bastante cerca de Portsmouth:
Una tienda podía estar a solo dos o tres minutos a pie de la plaza del mercado, pero podía encontrarse fuera de la principal zona comercial. Muchos negocios pequeños fracasaban, rápida, claramente. Especialmente patéticas resultaban las tiendas que —sin comprender que la gente que tenía importantes compras que hacer las realizaba en Londres— aspiraban al estilo. ¡Qué deprimentes se volvían enseguida esas boutiques y tiendas de ropa de señoras, la histeria de sus dueños se veía en los escaparates!
Podría discrepar con la elección de la palabra «histeria», pero si se sustituyera por «callada desesperación», quizá no anduviera muy lejos. Años más tarde, cuando para mí el término «lucha» se había convertido casi en sinónimo de las palabras «liberación» o «clase trabajadora», nunca olvidé que los pequeñoburgueses también conocían la lucha.
Hablo de la época de mi adolescencia. Mientras la realidad de esa evolución se hacía ineludiblemente evidente (a principios del otoño de 1964, según mi recuerdo más preciso) y mientras se acercaba el momento de regresar a la escuela, mi madre me llevó a hacer un memorable viaje en coche por el puerto de Portsmouth. Creo que tenía una idea de lo que se aproximaba cuando me eché en el asiento a su lado. Había habido unos pocos intentos fatuos y fallidos de hablar de «las cosas de la vida» protagonizados por mis reprimidos e incómodos maestros (y algunas especulaciones espeluznantes de algunos de mis compañeros de clase más avanzados: yo era lo que eufemísticamente se llamaba un chico «de desarrollo tardío»), y de algún modo sabía que mi padre no querría, muy enfáticamente, asumir ningún momento de áspera intimidad masculina con su primogénito, como confirmó mi madre para explicar lo que iba a decir. En los siguientes instantes, mientras guiaba con suavidad el Hillman por la carretera, logró transmitir con una levedad y una destreza casi mágicas la idea de que, si tus sentimientos hacia alguien son lo bastante fuertes y aprendes a tener sus deseos en cuenta, la mutualidad y reciprocidad resultantes compensarán el esfuerzo con creces. No sé cómo lo logró, y todavía me maravilla cómo reconoció y trascendió mi inocencia, pero la consecuencia fue una paz y una satisfacción profunda que todavía siento (y, en algunas ocasiones especialmente buenas, he podido traer a mi mente con claridad).
Nunca le gustó ninguna de mis novias, jamás, pero, aunque a veces sus críticas eran bastante directas («Sinceramente, cariño, es muy dulce y todo eso, pero se parece a un poni de esos que hay en las minas»), nunca me hizo pensar que era una de esas madres que no pueden entregar sus hijos a otra mujer. Tenía tan poco de madre judía que ni siquiera me permitió saber de su ascendencia, algo por lo que le guardo un rencor muy leve. No era sobreprotectora, me dejaba vagabundear y hacer dedo por ahí desde una edad bastante temprana, solo anhelaba que mejorase mi educación (¡ajá!), tenía dos libros de poesía estupendamente encuadernados, además de las obras de MacNeice (Rupert Brooke y The Golden Treasury de Palgrave), que moriré por salvar aunque mi casa se queme; me llevó en coche hasta Stratford para celebrar el aniversario de Shakespeare en 1966 y en el invernal día de ese mismo año en el que me aceptaron en el Balliol College, en Oxford, supe con absoluta certeza que sentía que al menos parte del sacrificio, del tedio y el desánimo de esos años había merecido la pena. De hecho, la bastante rara y copiosa cena «fuera» de esa noche es casi la única celebración familiar de pura alegría que puedo recordar (quizá porque, principal si no exclusivamente, era por mí).
Me duele decir esto último, pero recuerdo muchos paseos agradables por el campo e incluso un épico partido de golf con mi padre, y también muchos buenos momentos con mi hermano Peter, y más momentos con Yvonne de los que puedo contar aquí. Sin embargo, como muchas familias, no siempre conseguíamos actuar como una «unidad». Era mejor cuando había invitados, u otros parientes, o al menos una mascota a la que todos pudiéramos dirigirnos. Cerraré esta reflexión con un recuerdo que no puedo omitir.
Habíamos pasado unas vacaciones familiares —creo que las últimas que pasamos juntos— en la costa de Devonshire, en el centro turístico de Budleigh Salterton, que parecía sacado de la obra de John Betjeman. No pensaba que hubiera sido demasiado tenso para los parámetros de los Hitchens, pero el último día mi padre anunció que los hombres de la familia volveríamos a casa en tren. Al parecer, Yvonne quería tener un poco de tiempo para ella e iba a coger el coche y regresar a casa en etapas fáciles y ociosas. Descubrí que aprobaba la idea: la podía imaginar avanzando alegremente con el vehículo, fumando de la forma y en el momento en que le apeteciera, entablando conversaciones informales e ingeniosas en algunas de las mejores posadas de la carretera. ¿Por qué demonios no? Merecía un poco de sofisticación y refinamiento y unos días de indulgencia sin preocuparse por los malditos gastos.
Al día siguiente estaba en casa con un collarín, después de que un idiota chocara con ella por detrás antes de que hubiera podido embarcarse como era debido en el premio que le correspondía por derecho. Mi padre se encargó silenciosa y eficientemente de todos los aburridos detalles del seguro y la reparación, mientras Yvonne parecía, por primera vez, desalentada y derrotada. Nunca, antes o después, he sentido tanta pena por alguien, ni me he sentido tan impotente para ayudar, o tan preocupado por el futuro o tan incapaz de decir por qué me sentía tan preocupado. Hasta hoy, me cuesta soportar la versión de Danny Williams de una de sus canciones preferidas, «Moon River», porque capta esa especie de nota lánguida que resulta más dolorosa por ser incompleta. Cuando, no mucho después, hice de tramoyista en el Oxford Playhouse (por uno de los primeros sueldos que gané), vi una función de El jardín de los cerezos entre bambalinas —un buen punto de vista para una obra de Chéjov, por cierto— y sentí una punzada de identificación vicaria con las mujeres que nunca llegan a las brillantes luces de la gran ciudad y tampoco pueden contar con la supervivencia de su idilio provinciano. Oh, Yvonne, si hubiera algo de justicia deberías haber tenido la oportunidad de disfrutar al menos de una de las dos opciones, si no las dos.
Poco después me regaló un esmoquin con corbata negra para Oxford, segura de que necesitaría ropa formal para todos los debates de la Union y otros actos de elevada categoría que sin duda iba a protagonizar. Llevé esa ropa unas cuantas veces, pero a mediados de 1968 Yvonne se había acostumbrado sobre todo a leer que me arrestaban cuando llevaba unos vaqueros y una chaqueta de lanilla. Tengo que decir que no se quejaba tanto como habría podido («aunque detesto bastante, cariño, que mis amigas llamen y finjan que lamentan tanto verte así en la tele»). Sus posiciones políticas siempre habían sido liberales y humanitarias y sentía una gran aversión por toda suerte de crueldad o intimidación: pensaba afectuosamente que yo había contraído compromisos sobre todo con los desamparados. Sentía poca simpatía por el inflexible apoyo que mi padre brindaba al Partido Conservador. (Recuerdo que una vez me preguntó por qué había tantos revolucionarios profesionales sin hijos: en su momento me pareció que la pregunta no venía al caso, pero he vuelto a pensar en ella de vez en cuando.) A menos que la policía viniera a casa con una orden de arresto —lo que hicieron en una ocasión, tras detenerme cuando estaba bajo fianza por una infracción anterior—, apenas emitía un gemido. Y yo, bueno, estaba impaciente por separarme de mi familia y volar del nido, y en las vacaciones de Oxford y después de licenciarme me trasladé impaciente y ambiciosamente a Londres, y solo volvía a casa el tiempo estrictamente necesario.
Incluso después de todos estos años, veo que apenas soporto criticar a Yvonne, pero había algo acerca de lo que podía tomarle el pelo, y lo hacía. Tenía una ligera —en realidad definitiva— debilidad por las atracciones pasajeras, sectarias y New Age. En mi infancia, era el régimen «Mantente joven, vive más» de Gayelord Hauser: el libro de dietas de un sonriente embaucador que cautivaba a la mitad de las mujeres de clase media baja que conocíamos. Conforme pasaba el tiempo, fueron los falsos resplandores de Khalil Gibran y las enfermizas tautologías de El profeta. Como digo, ella sabía soportar mis burlas, al menos cuando se trataba de cuestiones superfluas o versos ilegibles. Pero (y este es con mucha frecuencia el horrible destino del que se mofa) no me di cuenta de la infelicidad que había tras esas aficiones y no supe valorar, ni remotamente, el daño provocado, hasta que fue demasiado tarde. Permite que lo cuente tal y como se desarrolló ante mis ojos.
Un día que regresé a Oxford, después de haberme mudado a Londres y empezar a trabajar en el New Statesman, avanzaba por High Street y me encontré con Yvonne justo a la salida de The Queen’s College. Nos abrazamos inmediatamente. Mientras la soltaba, vi a un hombre tímidamente apartado: era evidente que llevaba las bolsas con las compras de Yvonne. Nos presentaron. Propuse entrar en la cafetería de Queen’s Lane. No recuerdo cómo fue: yo estaba en Oxford para mantener unos urgentes compromisos políticos y sexuales que en aquella época parecían importantes. El hombre parecía bastante agradable, aunque un poco soso, y tenía una sonrisa contagiosa. Se llamaba Timothy Bryan y recuerdo que pensé que era un nombre sin gracia. No sentí ninguna premonición.
Pero la siguiente vez que la vi, mi madre estaba muy ansiosa por saber qué pensaba de él. Mientras me ponía vaga pero finalmente alerta, le dije que parecía estupendo. ¿De verdad, de verdad, me lo parecía? De repente me di cuenta de que me pedía que aprobara algo. Y todo llegó rápidamente: Yvonne lo había conocido en unas cortas vacaciones que había logrado tener en Atenas, él parecía comprenderla perfectamente, era un poeta y un soñador, ella ya había decidido contárselo todo a mi padre, el Comandante, y se iba a vivir con el señor Bryan. Entre mis pensamientos, el que más recuerdo, mientras el sol se inclinaba sobre nuestro viejo apartamento familiar, situado en un segundo piso, fue: «Por favor, no me digas que has esperado a que Peter y yo fuéramos lo bastante mayores». Ella añadió, con total sinceridad, que había esperado hasta que mi hermano y yo fuéramos lo bastante mayores. También fue por entonces —abandonando toda precaución, como suele decirse— cuando me contó que había tenido un aborto provocado antes de mi nacimiento y otro después. Puedo forzarme a pensar en el de después con ecuanimidad, o al menos con cierto grado de ecuanimidad, pero el anterior es demasiado por los pelos, demasiado cercano con respecto a moi.
Eran los relajados comienzos de la década de 1970 y no tenía el deseo ni la habilidad de «juzgar». En cualquier caso, Yvonne era el único miembro de mi familia con el que podía hablar de sexo y amor. Entonces me informó de que ella y Timothy tenían otra cosa en común. Él había sido ordenado ministro de la Iglesia de Inglaterra (en la famosa iglesia de St.-Martin-in-the-Fields, junto a Trafalgar Square, como descubrí más tarde), pero había calado la naturaleza de la religión organizada. Tanto ella como él eran devotos de Maharishi Mahesh Yogi: el siniestro charlatán que había iluminado a los Beatles en el verano del amor. Me quedé algo aturdido por esa capitulación ante un farsante descarado —«¿Le has dado dinero al Maestro? ¿Te ha dado un mantra secreto para que lo entones?»—, pero cuando la respuesta a la segunda pregunta resultó ser un «sí» tímido y sincero, la perdoné con una carcajada a la que (con una ligera reserva, pensé) ella se unió pese a todo.
Acordamos que Yvonne y el ex reverendo vendrían a cenar conmigo en Londres. Sintiéndome más leal hacia mi madre que desleal hacia mi padre, llevé a la feliz pareja a mi restaurante bengalí favorito, The Ganges, en Gerrard Street. Era el corazón de mi Soho gastronómicamente izquierdista y sabía que el establecimiento sería cariñosamente hospitalario con cualquiera de mis invitados. Todo fue bastante bien, y también pude impostar un halo de relevancia a mis inicios como plumilla en la capital. Una pizca de Bloomsbury, Fitzrovia y Soho era, lo sabía, el tipo de especia que Yvonne apreciaría. Mencioné el nombre de un par de autores… pedí esa segunda botella con un vago gesto manual, pagué la cuenta despreocupadamente y me pregunté cómo podría ocultarla en mi cuenta de gastos al día siguiente. Aquel ex sacerdote, el señor Bryan, no tenía mala conversación, era aficionado a la poesía y las citas. En la calle, importunado por unos taxistas gitanos, utilicé la palabra «joder» por primera vez en presencia de mi madre, y sentí que se molestaba un poco y se encogía de hombros, divertida por lo inevitable del hecho. En todo caso, me daba cuenta de que estaba contenta por haber ido a la metrópoli, y contenta también de que su nuevo hombre me gustara lo suficiente. Todavía siento una aguda punzada cuando llego a esa esquina de Shaftesbury Avenue donde me despedí de ella, porque a su manera había significado absolutamente todo para mí y porque no volví a verla nunca más.
Creo que debí hablar con ella después, sin embargo, porque la cena de curry había sido a principios del otoño de 1973 y me llamó a Londres (y esa fue sin duda la última vez que oí su voz), en la época que algunas personas llaman la guerra del Yom Kippur y otras guerra del Ramadán, en octubre de ese año. El objeto de esa llamada era informarme de que quería trasladarse a Israel. Lo malinterpreté totalmente como otro impulso casi espiritual («Mami, sinceramente»: todavía la llamaba «mami» a veces) y mi impaciencia me granjeó una breve charla sobre cómo los judíos habían hecho florecer el desierto y estaban realizando esfuerzos heroicos. Quizá los dos fuéramos culpables: yo debería haber sido menos burlón y despectivo y ella podría haber decidido que ese era el momento de contarme lo que había ocultado sobre nuestros lazos ancestrales. De todos modos, le aconsejé que no se trasladara a una zona de guerra, y menos todavía ocupando la tierra sagrada y sangrante de otra persona, además de sus otros problemas y, aunque yo no lo sabía, nos despedimos. Cuánto daría por empezar esa conversación de nuevo.
Para mi padre, llamar era insólito: su laconismo era célebre y en esa época el teléfono se consideraba un gasto. Pero llamó, no muchos días más tarde, y fue al grano con su acostumbrada rapidez. «¿Sabes por casualidad dónde está tu madre?» Dije «no» con total sinceridad y después tuve esa sensación levemente nauseabunda que te asalta cuando te das cuenta de que, sencilla pero educadamente, no te creen. (Quizá esa sensación fuera el tardío residuo de mi reciente complicidad con Yvonne y Timothy, pero mi padre parecía claramente escéptico ante mi respuesta sincera.) «Bueno —continuó sin alterar la voz—, no la he visto ni sé nada de ella desde hace días, y su pasaporte no está donde suele estar.» He olvidado cómo terminamos, pero nunca olvidaré cómo retomamos esa conversación.
¿Qué significa tener veinticuatro años, ser bastante nuevo en Londres y abrirte camino en la ciudad? Había tenido algunos trabajos y bolos en Fleet Street y en televisión, y acababa de contratarme uno de los semanarios de literatura y política más conocidos del mundo de habla inglesa, y una mañana estaba en la cama con una nueva y maravillosa novia cuando el teléfono sonó y oí la voz de una antigua novia al levantar el auricular. Extrañamente, o así lo percibieron mis mimados y desordenados sentidos, me hizo la misma pregunta que me había hecho mi padre hacía poco. ¿Sabía dónde estaba mi madre? Nunca he sabido pedir perdón, pero ahora desearía haber podido reprimir la irritada idea de que era un poco mayorcito para ese tipo de averiguación.
En todo caso, Melissa fue tan enérgica y tierna como yo habría querido ser si nuestras posiciones se hubieran invertido. ¿Había escuchado las noticias de la BBC esa mañana? No. Bueno, había un breve sobre una mujer con mi apellido que había aparecido asesinada en Atenas. Sentí que todo se venía abajo. ¿Qué? A lo mejor no tenía sentido alarmarse, dijo Melissa dulcemente. ¿Había visto el Times de Londres esa mañana? No. Bueno, había otra breve noticia sobre el mismo asunto. Pero, oye, ¿podría haber un hombre involucrado en el caso? ¿Esa mujer llamada Hitchens (un nombre no muy común, pensé tediosamente) podría haber estado viajando con alguien? Sí, dije, y le di el nombre probable o presumible. «Dios mío, entonces lo siento mucho, pero probablemente es tu madre.»
Así que el ex reverendo Bryan, bastante inseguro y soso, al que había invitado a cenar hacía muy poco, había asesinado de forma sanguinaria a mi madre antes de quitarse la vida. Bajo ese magro exterior se escondía un psicópata enloquecido. Eso era lo que decían todas las noticas. Se había encontrado a la pareja en un hotel de Atenas; habían muerto por separado pero juntos, en habitaciones contiguas. Para mi padre, que fue el siguiente en llamarme, eso resultó especial y particularmente devastador. Le faltaba poco para cumplir sesenta y cinco años. También tenía que asumir la pérdida del afecto de su adorada esposa, en un momento en que el divorcio todavía se consideraba escandaloso, y había aceptado a regañadientes que ella pasara gran parte de su tiempo en la casa de otro hombre. Pero en la respetable escuela primaria para chicos donde llevaba las cuentas, y en la sociedad circundante del norte de Oxford, los dos respetaban un pacto. Si les invitaban a tomar un jerez o a cenar, iban juntos como si nada hubiera pasado. Ahora, y en primera página, todo se hacía público de inmediato para todo el mundo. No sé cómo llevó el golpe, pero ni siquiera se planteó la posibilidad de que fuera él a Atenas y, en todo caso, yo ya estaba en camino y sinceramente prefería afrontarlo solo.
Ese momento lacerante y atroz de mi vida no supuso la primera confluencia entre lo privado y lo político, pero fue de lejos la más vívida. Para mucha gente de mi generación, la toma del poder en Grecia por parte de unos militares fascistas había sido uno de los momentos definitorios de lo que ahora llamamos retrospectivamente «los sesenta». Que un país de Europa occidental —la frase hecha «cuna de la democracia» se omitía pocas veces— hubiera sido secuestrado por un dictador con gafas de sol y torturadores y cascos de acero, y sin embargo permaneciera en la OTAN: la idea era una sátira vulgar de la propaganda de la guerra fría sobre cualquier «mundo libre». Yo habÃ
