Introducción
Gatos y gatos
Mi nombre es Josefa Ramírez y soy etóloga clínica, médico veterinaria, especialista en terapias naturales y cat lover. Soy educadora vincular felina y tutora de dos hermosos gatitos, Simba y Leo, de un guacamayo, Harrots, y de dos perros, Pepe y Zaraki. Vivimos en una comunidad de paredes, en armonía y sin polidramas. Mi sueño es mejorar la conexión entre personas y animales, entenderlos mejor y ayudarlos a tener una vida que valga la pena vivir. Estoy segura de que, con la información necesaria, las personas podrán tomar mejores decisiones sobre sus animalitos y mejorar su bienestar y su relación. Desde el entendimiento podemos reducir los problemas de comportamiento y abandonar las expectativas de que actúen de cierta forma, porque no existen animales «bien portados» o con comportamientos «perfectos», sino con experiencias y aprendizajes particulares. Nosotros tenemos que ser capaces de ver quiénes y cómo son (aplíquese a todo tipo de ser vivo).
Así como lo ves, soy la reina de la banda Gangrena, compuesta por los animalitos con los que convivo. Mientras escribo este libro debo honrar la partida de mi perrito Pilli y celebrar la llegada de mi nuevo compañero Zaraki, un galgo rescatado.
A pesar de ser casi la loca de los gatos, sigo cuerda y estudiando para ser una buena tutora y una gran profesional.
Te voy a contar cómo llegó Leo a mi vida. Antes de eso, yo tenía un montón de prejuicios sobre los gatos. Creía que eran ariscos y poco cariñosos. Esta es una historia un poco personal, pero ya siento que me conoces y que somos amigos. Hace un par de años sufrí uno de los mayores quiebres amorosos de mi vida. Un sinvergüenza se fue de mi casa con un solo mensaje: «No puedo seguir en esta relación por tus animales». Tuve que elegir y, para sorpresa de nadie, opté por mi familia: mis animales. En la desesperación de un corazón roto busqué en qué ocupar mi mente y mi tiempo, pues no tenía cabeza más que para escuchar a Taylor Swift. Un amigo me invitó a su casa y conocí a mi gato soñado, en el que vertí toda mi ilusión gatuna. Era un minino precioso y naranjo, enamorado de mi amigo, su tutor. Al principio no lo podía creer. Era una locura ver cómo le agarraba la cara y la pegaba a la de él al dormir. Yo me enamoré de él... (del gato, claramente). Despertó algo en mí, que ni los cursos ni maestrías lograron antes.
De la nada, un día mi padre me contó que una amiga suya había escrito el libro Cuando empecé a hablar con mi gato. Me lo recomendó muchísimo. Para que te hagas una idea del contexto, yo vivía con mis dos perritos y Harrots... ¡Imagínate que no podía ni con los tres! En ese momento no tenía gatos ni necesitaba hablar con ellos, pero tenía al de mi amigo en la cabeza y no podía olvidar su ternura y perfección, así que empecé a leerlo. Mientras lo hacía, me imaginaba a mi futuro gato —idéntico al de mi amigo— ronroneando encima de mí.
Me obsesioné y lo comenté con mi gente: «¿Para qué sumarte otra responsabilidad?», «Ocúpate de ti», «¿Qué vas a hacer con un gato?», «Ya tienes dos perros y un loro», y bla, bla, bla.
El único comentario positivo fue el de mi mejor amiga, que me banca en todo. Tres doritos después, me llamó para contarme que se había encontrado un gato. Sin preguntarle nada más, le dije que lo quería y, en menos de lo que canta un gallo, ya estaba pensando en un nombre.
Me envió fotos y, claramente, era el mío. Era ese con el que yo había soñado, el que imaginaba ronroneando encima de mí mientras leía. Mi amiga lo encontró de forma muy random, mientras paseaba: estaba abandonado en una casa. De forma espontánea, Leo comenzó a maullar.
Estaba claro que su nombre tenía que representar su magnificencia: Leonidas (Leo para los amigos).
Estos animales son mágicos. Leo llegó a sanar un dolor y lo convirtió en puro amor y esperanza. Me abrió el portal para escribir este libro y regalarte un manuscrito íntimo, para que te ahorres malos ratos y transformes la relación con tu compañero felino, y lo entiendas. También exploraré su poder sanador y chamánico, así que mantén la mente bien abierta. Espero que lo disfrutes tanto como yo al escribirlo.
Estoy convencida de que vincularte de forma efectiva, satisfacer sus necesidades y quererlo tal cual es, dejando de lado las expectativas, son las claves para afrontar los problemas de comportamiento. El primer paso es conocerlo.
Con este libro espero traspasar mis conocimientos y reunir en un solo lugar toda la información y las herramientas que tanto me costó encontrar. Aquí están las bases para que te vincules desde el amor con este maravilloso ser vivo, que ahora debe de mirarte con ojitos de aceituna: tu gathijo.
JOSEVETERINARIA
Mi gato es perfecto
Cómo los tutores idealizamos a nuestro gato, el impacto del gato a nivel mundial, la fiebre de los cat lovers y más
Estoy segura de que lo piensas tanto como yo... Nuestros gatos son perfectos.
Cuando mi psicóloga me preguntó en qué momento me doy más cariño, le conté que es cuando estoy viendo una serie, acostada con ellos, uno a cada lado —en mis hombros, como loros—, descansando y ronroneando. Si eres como yo, seguro que tiendes a idealizar a tu compañero felino. Es parte de la familia y tiene cualidades únicas. Leo, por ejemplo, es muy protector: cada vez que lo miro siento que todo está bien; de algún modo encarna la seguridad y la estabilidad que tanto me ha costado construir en mi vida caótica. Simba, mi nuevo bebé —que ya tiene un año—, representa ternura e inocencia. Sonrío con solo verlo: parece un niño pequeño descubriendo el mundo.
Tus grandes poderes como tutor son la observación y, por supuesto, el respeto. Si miras con atención, notarás qué representa para ti: qué piensas cuando lo ves y qué emociones aparecen cuando estás a su lado. Te invito a reflexionar desde ahí, sin perder de vista algo clave: es difícil conocer a plenitud a un animal con el que no convives a diario. Por eso cuesta tanto entender a los que viven fuera o aparecen de vez en cuando. Mantenerlos en el exterior no solo afecta al ecosistema, también los expone a riesgos y debilita el vínculo. Si el tuyo prefiere no estar dentro, quizá no se sienta seguro, se aburra, tenga miedo o haya habido cambios que lo empujan a salir. Todo eso abre oportunidades de mejora.
Una vez, un chico me contó que, desde que su novia se mudó con él, su gata empezó a pasar más tiempo fuera. No era casualidad: ella tenía un perro que también llegó a la casa y a veces la molestaba. Dejó de sentirse segura y eligió instalarse en el patio. Siempre hay un motivo detrás de estas conductas, nada ocurre porque sí. Es nuestro deber cuestionarnos.
La convivencia dentro del hogar favorece la cercanía emocional, la interacción diaria y aporta beneficios físicos y ecosistémicos. Ese es el primer paso: compartir el espacio. Incluso personas con alergia lo hacen y deciden convivir con los síntomas. Si eso no es lealtad emocional, no sé qué lo sería.
En el imaginario de muchos tutores, su compañero no solo es especial: es perfecto. Y no es solo una idea romántica; estudios recientes muestran que se desarrolla una conexión tan intensa que incluso se prioriza por encima de la comodidad o la salud. Este vínculo se nutre de la interacción diaria, de la percepción estética y de la sensación de refugio que ofrecen.
No es extraño el auge cat lover: no es moda, sino bienestar. El apego reduce la soledad y el estrés, y mejora la salud. La calma que transmiten —su respiración acompasada, el ronroneo, el calor— tiene algo casi mágico. Son leales: su compañía en momentos difíciles es invaluable.
Es importante mirarlos como lo que son: felinos. Sin compararlos con perros ni esperar comportamientos humanos. Cada uno tiene una gatonalidad única. Algunos buscan contacto constante, otros prefieren distancia. Compararlos solo genera frustración. La invitación es a aceptarlos tal cual son.
Muchas veces castigamos conductas naturales, como arañar o marcar, interpretándolas como si las hubiera cometido un humano. Eso daña la relación. En lugar de intentar cambiarlos, es mejor comprenderlos.
Un buen ejercicio es anotar lo que hace único al tuyo: sus gustos, rutinas y manías.
A Leo, por ejemplo, le gusta:
- Observar desde lo alto y controlar accesos.
- Descansar a mi lado, sin necesidad de contacto constante.
- Dormir solo, sin interrupciones.
Al analizarlo, entendí que no le gustan los besos constantes; solo elige el contacto cuando quiere. Tolera compartir, pero disfruta más de la tranquilidad.
Simba, en cambio, es puro movimiento: le encanta cazar, explorar y recibir caricias (aunque solo mías). Es más sociable y curioso.
El vínculo es tan fuerte que nos acompañan incluso en momentos íntimos, como cuando vamos al baño. No es casualidad: buscan estar presentes cuando somos más vulnerables. Son observadores, atentos, y perciben nuestros estados físicos y emocionales.
Una noche me sentía mal del estómago y desperté con Leo acurrucado justo donde me dolía, ronroneando. Era como un guatero vivo. Su presencia me alivió.
También he visto cómo acompañan procesos emocionales: una amiga atravesó un momento difícil y su compañero no se despegó de ella, como si supiera exactamente lo que necesitaba.
Tu responsabilidad es observar y atender esas señales sutiles: miradas, acercamientos, tiempos. Todo comunica.
Nuestro vínculo se
