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Informe PISA o la grieta en el Titanic: qué está fallando en la educación en España
Los malos resultados de España en el informe PISA 2026 son, para José Antonio Expósito, la expresión de una crisis educativa que llevaba tiempo gestándose en las aulas. En este artículo, el autor de La rebelión de Las Musas. Cómo transformar la educación (Debate, septiembre de 2025) examina las causas de este deterioro: la falta de inversión y recursos, el descrédito del profesorado, el peso de la burocracia, el abuso de las pantallas y la pérdida de atención y hábitos lectores entre los jóvenes. Frente a un modelo que considera deshumanizado, Expósito plantea recuperar el diálogo, la creatividad, la lectura y una relación más cercana entre profesores y alumnos como ejes para transformar la educación.

Madrid, 23 de mayo de 2026. Miles de profesionales de la educación infantil se movilizaron en toda España, tras semanas de huelgas, para reclamar una reducción de las ratios, mejoras salariales y mejores condiciones laborales. Crédito: Getty Images.
Pocas interpretaciones caben ante resultados tan pobres como presenta España en el último informe PISA (2026). Los profesores, quienes mejor conocen la situación real en que se encuentran los centros educativos, ya daban inquietantes voces acerca de lo que vivían en distintos rincones del país. Y la conclusión que exponían siempre era la misma. La sociedad, que apenas escucha a sus maestros, ahora se sorprende tras la debacle de nuestros alumnos en PISA, pero si se hubiera preguntado antes a cualquier docente, la hubiera anunciado sin titubeos, independientemente de la comunidad autónoma en que enseñara.
No hay un único motivo, como algunos pretenden simplificar, que explique este descalabro. El culpable no es solamente el abuso del móvil con el evidente retroceso que conlleva en la capacidad lectora de los estudiantes. Esa es una respuesta rápida y obvia; sin embargo, otros asuntos pasan más desapercibidos o ensombrecidos, porque familias, administraciones y medios de comunicación se deslumbran solo con el brillo de las pantallas. Pero el profesorado cada día certifica un ambiente áspero e incómodo en las aulas; las familias cuestionan constantemente las actuaciones de los docentes con el consiguiente descrédito para todos; las administraciones exigen a su profesorado unas tareas cada vez más burocráticas y diversas para las que no han sido formados, pues muchas son propias de administrativos, asistentes sociales, sanitarios, psicólogos y terapeutas. España optó hace décadas por una enseñanza barata y no de calidad. Nunca hemos invertido el 5% de nuestro PIB en educación, cuando otros países de la OCDE alcanzan el 6% y hasta el 7%. Así, sin medios, sin respeto, sin un clima educativo adecuado, sin personal especialista, sin desdobles, sin horarios ni ratios razonables, sin unos sueldos suficientes, ¿cómo esperar entonces un milagro educativo? Esto, como las tormentas, se veía venir.
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Los ciudadanos se preguntan extrañados: ¿por qué las notas en EVAU suben cada curso, mientras las de PISA descienden de forma continuada desde hace una década? Uno de los factores que lo explica es la correlación milimétrica entre los contenidos de bachillerato y lo que se evalúa en la EVAU; algo que no sucede entre cómo se enseña en la ESO en España y lo que mide PISA. Esta paradoja nos invita a ajustar objetivos, metodologías, recursos y exigencias que, sin duda, darían como resultado un modelo educativo diferente al poner el foco en otras prioridades.
Vivimos en un mundo demasiado acelerado. El ritmo trepidante de series y películas se ha incrementado aún más con las redes sociales y ha saltado de la ficción a la vida real. Con esa velocidad por sus venas los jóvenes han perdido capacidad de atención, de concentración, de escucha, en resumen, de diálogo. A algunos adolescentes ya les cuesta incluso seguir una película de hora y media de duración. No digamos ya una explicación académica de veinte minutos. El método socrático de conversación recogida entre profesor y alumno, que con tanto acierto revivió Francisco Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza, es la base del mejor modo educativo. Sin embargo, resulta cada vez más escaso por falta de concentración de los alumnos y por un profesorado desbordado. Para combatir esta carencia hay que reducir estímulos superfluos, meditar, recuperar momentos de soledad y apartamiento, y regresar a la naturaleza para aprender a observarla y a escucharla. Vivimos en unos entornos demasiado artificiales unas vidas contaminadas de superficialidad.
Educamos entre todos: docentes, no docentes y familias, en definitiva, la sociedad entera. Hay muchos factores ajenos a lo pedagógico que interfieren negativamente en la labor educativa. En general, los referentes en los que se fijan los adolescentes pocas veces encarnan los valores que transmite la escuela. Tampoco en algunas familias, a menudo, los menores hallan un ejemplo cierto en el uso del móvil ni en los hábitos lectores ni en la consideración debida al profesorado, así, ¿qué actitud cabe esperar de nuestros jóvenes?

San Sebastián, 4 de febrero de 2026. Una adolescente consulta las redes sociales en su teléfono móvil. El Gobierno español anunció su intención de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años para protegerlos de contenidos perjudiciales, una medida que provocó duras críticas de los empresarios tecnológicos Elon Musk y Pavel Durov. Crédito: Getty Images.
Para revertir esos malos resultados de PISA, se precisa rehumanizar la educación. Recuperar una enseñanza cercana y cordial, en la que el profesor no atienda, como ahora sucede, a doscientos o trescientos alumnos a la semana con las prisas propias de un vendedor a comisión. Se necesitan unos horarios humanos, el tempo educativo es otro muy diferente al de una fábrica o una empresa. Un niño de doce años (tampoco un adulto) no posee la capacidad suficiente para recibir siete clases diarias (de 8:30 a 15:15 horas) con apenas un descanso de media hora. ¡Y además sin comedor en los centros públicos! ¿Qué ecuaciones o sintagmas puede entender ese muchacho después de haber recibido ya cinco o seis clases previas? Y así un día tras otro.
Los cambios obligados para mejorar la enseñanza atañen tanto a lo material como a lo ideal. En primer lugar, hay que dignificar las escuelas, invertir en ellas para modernizar los espacios educativos actuales más propios del siglo XIX que del XXI. Colegios e institutos permanecen anclados en el pasado. Son el Atapuerca de nuestra democracia. Tienen que resultar atractivos para las nuevas generaciones y motivadores para el profesorado. Si queremos lograr una educación avanzada y verdadera, es crucial que se sustente en la creatividad, en la originalidad y en la investigación en todas y cada una de las tareas que se emprendan en los centros. Debemos apartarnos de un modelo atado exclusivamente a lo repetitivo y a lo memorístico, para reivindicar la imaginación.
Y ¿qué mejora se espera del profesorado? Si bien están suficientemente preparados en sus respectivas materias, deberían actualizar su capacidad comunicativa y promover un aprendizaje más dinámico, práctico y participativo. Al mismo tiempo, es imprescindible que recobren el prestigio y el protagonismo que les arrebataron tantas pantallas, proyectores, tabletas, ordenadores, programas y demás cacharrería informativa que ha inundado nuestras aulas en la última década. El problema de fondo es que la informática ha secuestrado la educación. Ahora la IA amenaza con acabar con ella. Hoy es más necesario que nunca volver al papel y al lápiz, a la lectura en voz alta, a las prácticas de laboratorio, al debate y a rescatar una enseñanza más humana como la de los sabios griegos (Platón, Sócrates, etc.) de diálogo permanente con un número razonable de alumnos mientras paseaban bajo los árboles entre jardines.
Un viaje por la enseñanza española
Historias inspiradoras de escuela, familia y vida

