Alia Trabucco Zerán: «Me parece imposible proponer otro futuro sin un lenguaje para nombrarlo»
El lenguaje es política. En «Las otras» (Lumen, 2026), su último ensayo, la pensadora y abogada chilena analiza la capacidad performativa de las palabras para la construcción de realidades (interesadas), explorando cómo la involución moral global y el auge de la intolerancia hacia el diferente se ven instigados por una retórica que poco o nada tiene de espontánea. La resistencia, como tantas veces, pasa por desmontarla.
Por Carmen Cocina
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Alia Trabucco Zerán. Crédito: Lorena Palavecino Hunting.
Valga una perla para ilustrar cómo la batalla del lenguaje es el último peldaño para la integración y el primero para desbaratarla: cuando allá por 2004 José Luis Rodríguez Zapatero legalizó el matrimonio igualitario en España, una de las principales arengas de sus detractores era, precisamente, su denominación como tal: «Que hagan lo que quieran, pero que no lo llamen matrimonio». Que era otra forma de decir «yo no soy como ellos», o más propiamente, «ellos son distintos de nosotros». La letra escarlata del diferente, la perpetuación de la otredad y el estigma, siempre se han vehiculado a través del lenguaje, y los reaccionarios saben bien que la homogeneización verbal es el primer paso para la asimilación social, cultural y hasta legal: mismo nombre, mismos derechos. En un contexto en el que la censura de libros, el borrado de palabras (de «transexualidad» a «género») y la repetición machacona del neologismo woke como comodín para tratar de desprestigiar al adversario político se han convertido en moneda corriente por parte del país más poderoso del mundo, resulta de lo más pertinente que la ensayista Alia Trabucco Zerán haya decidido dedicar su último libro, Las otras, a la reflexión sobre el estrecho vínculo entre el pensamiento, la palabra y la construcción de realidades políticas, todo ello a través de la cita documental y el análisis de las voces disidentes que ya lo hicieron antes que ella. Con una prosa que combina la reflexión con la narración, haciendo gala, paradójicamente, del potencial emotivo de la elipsis y el silencio (ahí está, por ejemplo, el capítulo en el que confiesa su lesbianismo a su madre), Trabucco Zerán teje una urdimbre heterogénea en el que hay cabida tanto para cuestionamientos anticapitalistas (¿qué dice de nuestra sociedad que los profesionales denominados «esenciales» durante la pandemia (cajeros, reponedores, transportistas, basureros), que siguieron trabajando in situ mientras el resto de los ciudadanos permanecía en la seguridad de sus casas, sean también los más infravalorados y los peor pagados?) como la conveniencia de un perfil bajo en la autoexpresión para evitar males mayores («La discreción es la moneda de cambio para vivir o sobrevivir», señala Trabucco en un pasaje dado). Ahora bien, cuando uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios, ¿no está asumiendo, a priori, su propia derrota frente a la jauría social?¿Cómo se libra esa tensión entre la libertad y los derechos legítimos frente a la seguridad y la supervivencia? No todos los interrogantes que plantea la autora tienen respuesta, y tampoco las hallará el lector para los que, sin duda, le surgirán con este incisivo ensayo, pero todos merecen ser considerados. Porque la puesta en duda, la reflexión, es de por sí fuente de conocimiento, que es nuestra principal arma frente a la barbarie.
LENGUA: Escribe usted en Las otras: «Imaginar es recobrar porfiadamente la imagen negada». ¿A qué se refiere con ello?
Alia Trabucco Zerán: A mirar no solo lo que los ojos ven, sino lo que ven las palabras al nombrar ciertas realidades que algunos insisten en negar. Y a la vez, a imaginar más allá de los estrechos márgenes que impone un presente de gran desazón.
LENGUA: A tenor de esa reflexión sobre la imaginación, añade una cita de Olga Tokarczuk: «Ser imaginado es la primera etapa de la existencia». Sin embargo, la construcción en voz pasiva de la frase se opone a la propia condición de la existencia, más ligada a la acción o, al menos, a la fisicidad; como decía Tomás Moro en Utopía, uno siempre puede imaginar lo que no existe. ¿Cómo explica entonces esa afirmación de Tokarczuk?
Alia Trabucco Zerán: Tokarczuk está en busca de otro punto de vista, otra forma de narrar lo visible y lo invisible. Habla de inventar un nuevo narrador, lo que ella llama el «narrador tierno», capaz de ver y narrar más allá de lo aparente. La voz pasiva de esa frase indica que antes de la propia existencia estuvo precisamente la imaginación, de cada uno, de cada una de nosotras.
LENGUA: Parafrasea a Hélène Cixous: «El pensamiento ha trabajado siempre por oposiciones: palabra/escritura, arriba/abajo». Esta correspondencia estricta y dicotómica, ¿no es contraria al libre flujo que caracteriza a la imaginación? ¿En qué se diferencian, entonces, el pensamiento y la imaginación?
Alia Trabucco Zerán: Héléne Cixous no está suscribiendo ni avalando esa forma de pensamiento, sino precisamente criticándolo y planteando que tras esas dicotomías hay jerarquías y que esas jerarquías han ubicado a las mujeres en un lugar de inferioridad. Plantea Cixous, y yo con ella, la necesidad de subvertirlas, de pensar entre, sobre, bajo, pero no a corriente de ese ejercicio de bifurcaciones y jerarquías. La imaginación, precisamente, es una forma de romper con esas dicotomías, de ver más allá de esas opciones que parecen ponernos entre la espada y la pared.
«Trump firmó un decreto con decenas de palabras declaradas prohibidas en las instituciones públicas. Hablo de palabras como transexualidad, aborto, clima, racismo, machismo, género, incluso mujeres. ¿Qué pretende borrar al prohibir esos términos? Nombrar es un acto político, siempre».
LENGUA: En el pasaje en el que revela su lesbianismo a su madre, usted opta por una elipsis para el momento clave. ¿Por qué? ¿En qué medida salir del armario es menos peliagudo hoy de lo que era hace unas cuantas décadas, especialmente en el caso de las mujeres?
Alia Trabucco Zerán: Más que una elipsis hay un cuestionamiento de las palabras empleadas, una duda, un abismo y a la vez una escisión del yo. El texto, en ese momento, pasa de la primera persona a la tercera: un desdoblamiento y un extrañamiento. Y la no mención de las palabras precisas ilumina algo que abordo una y otra vez en este libro: que las palabras son imprecisas, inexactas, traicioneras, pero también imprescindibles para ver y nombrar. Ahora bien, sobre «salir del armario», creo que como acto, como gesto, es algo muy cercano a la lógica confesional de la que habla Foucault en su obra: una lógica donde un sujeto es ubicado en una posición de inferioridad confesando algo: su delito, su «pecado». Por lo mismo, creo que el propio acto, en sí, ya implica cierta violencia y jerarquización que ojalá superemos y que la propia frase «salir del armario» quede en desuso junto al acto.
LENGUA: En alusión a la transición de género de un amigo, escribe que lo primero que hizo fue cambiarse el nombre. ¿Las palabras crean realidades?
Alia Trabucco Zerán: No fue lo primero que hizo. De hecho, el tema del nombre fue un campo de incomodidad y que solo más tarde fue abordado de manera directa. Fue más bien plantearnos que «ella» y su nombre de nacimiento habían dejado de identificarle, pero en ese momento tampoco la «o» era precisa. De allí viene toda mi reflexión sobre esa incómoda «e». Indudablemente el lenguaje produce mundos o acaso la palabra más precisa sea que «los ve» o los «descubre» o los «vuelve a ver» o los «urde» a través de su delicado andamiaje, y también con el silencio. Y precisamente por eso la censura de ciertas palabras, como ha ocurrido durante el gobierno de Trump, es tan violenta. Entre tantas barbaridades de su presidencia pasó casi inadvertido, pero Trump firmó un decreto con decenas de palabras declaradas prohibidas en las instituciones públicas. Hablo de palabras como transexualidad, aborto, clima, racismo, machismo, género, incluso mujeres. ¿Qué pretende borrar al prohibir esos términos? Nombrar es un acto político, siempre.
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Alia Trabucco Zerán. Crédito: Lorena Palavecino Hunting.
LENGUA: Siguiendo con la «e» de «elles», existe la creencia de que los cambios en el lenguaje deben ser espontáneos y progresivos, pero hay lingüistas que discrepan y los consideran necesarios para el cambio y la acción política. ¿Está de acuerdo?
Alia Trabucco Zerán: Ambos fenómenos pueden ir en paralelo, pero dudo que la espontaneidad sea parte de la ecuación. Si observamos la historia de la palabra «abogada» lo que veremos es que también allí hubo una disputa. Las primeras mujeres en estudiar derecho eran llamadas «abogado» y se llamaban a sí mismas «abogado» porque la palabra «abogada» designaba en algunos contextos a la esposa del abogado. La «o» entonces era una conquista y el cambio no fue espontáneo sino fruto de disputas explícitas que siguen vigentes. Por algo Milei, Trump y Kast se empeñan en eliminar el lenguaje inclusivo. Creo que esos cambios lingüísticos son a la vez causa y efecto de cambios culturales muy hondos.
LENGUA: Su ensayo está sembrado de citas y referencias a escritores y, sobre todo, escritoras: Viginia Woolf, Siri Hustvedt, Gabriela Mistral, Maggie Nelson... ¿Qué es lo que busca en un libro?
Alia Trabucco Zerán: En este libro, que es un conjunto de ensayos, busqué precisamente eso: ensayar ideas, frases, preguntas. Busco también la escritura misma, ver hacia dónde me conduce sin saberlo de antemano. Las otras es una exploración del lenguaje y las heridas que causa, un abordaje en profundidad de la pregunta de qué hacer con esa herida. Es un libro donde quise pensar en inquietudes que me rondaban hace años: la potencia o impotencia del lenguaje, lo queer, la llamada «corrección política».
LENGUA: Es casi unánime la convicción de que sin leer no se puede escribir. Cuando un autor se empapa de lecturas, ¿cómo puede mantener su identidad, en fondo y forma, sin que el rédito de sus lecturas acabe fagocitándolo?
Alia Trabucco Zerán: Creo que la identidad, dentro y fuera de la literatura, siempre es impura.
LENGUA: Hablando de la novela En breve cárcel, escribe usted que en ella aparece el lesbianismo, pero no se tematiza. Cuando uno pertenece a un colectivo minoritario y lo visibiliza, ¿cómo puede evitar que lo único que los demás vean sea esa condición o pertenencia no normativa, eclipsando sus otras facetas e intereses?
Alia Trabucco Zerán: Complejizando, no cediendo a esa lectura que acota y simplifica, abordando las subjetividades de manera más amplia, comprendiendo que son móviles y que las conforma siempre más de un factor.
«Y comencé a escribir un ensayo donde me pregunto por las mujeres en el espacio público pero también por otros finales posibles que, a través de las palabras, tengan el potencial de desactivar esa capacidad castigadora».
LENGUA: Citando a Zambra, escribe que «escribir es mostrar la cara y leer es ocultarla». ¿Cómo se trasluce el yo en la no ficción?
Alia Trabucco Zerán: Hay distintos tipos de no ficción. La autobiográfica, la testimonial. Este, en cambio, es un libro de ensayos y por eso ese «yo» está en permanente transformación. Es un «yo» que aparece y desaparece, que busca, que pregunta, que duda, que afirma, en ocasiones desde una posición más periférica, como ocurre en los ensayos sobre Palestina o lo queer, y otras veces desplazando el centro a la periferia (una expulsión del centro), como sucede con los ensayos sobre el lenguaje y el fascismo. En ese sentido, el «yo» construido sobre la página (siempre distinto del yo «verdadero», si acaso lo hay) es inestable.
LENGUA: En uno de los capítulos cuenta cómo un grupo de policías franceses arresta a una mujer árabe por llevar pañuelo en una playa de Niza. ¿Por qué a algunos les molesta tanto que otros mantengan sus propias costumbres cuando salen de su terreno?
Alia Trabucco Zerán: No sé cuál sería «su terreno». Se trataba de una mujer francesa, en Francia, cuya religión era musulmana. Entonces, en realidad, era «su terreno», en «su país», solo que la religión quedaba bajo sospecha. Contextualizaré: hace diez años, en 2016, se dictó en Francia una ordenanza prohibiendo el uso de distintivos religiosos en espacios públicos. Una ordenanza que podría haber implicado que a las monjas las multaran por usar hábito pero que en la práctica iba dirigida a mujeres musulmanas: al velo. Una de ellas, de nombre Siam, estaba en la playa, tendida en la arena, cuando se acercó la policía a multarla y forzar el retiro de su velo. La prensa fotografió esa escena y la imagen se multiplicó en la prensa. Yo la vi en ese momento y pensé, como otras veces, en el carácter castigador de esa imagen. Y comencé a escribir un ensayo donde me pregunto por las mujeres en el espacio público pero también por otros finales posibles que, a través de las palabras, tengan el potencial de desactivar esa capacidad castigadora. Porque esa «molestia» a la que aludes es más bien intolerancia y odio y también temor, y es parte de un discurso nostálgico de una homogeneidad pasada que también es construido.
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Alia Trabucco Zerán. Crédito: Lorena Palavecino Hunting.
LENGUA: Volviendo a la relación entre lenguaje y política, señala cómo las universitarias que en 2018 se alzaron contra el machismo estructural en las aulas y calles de Chile fueron tachadas de «histéricas», «rabiosas» y, sobre todo, «feminazis». ¿Hasta qué punto resultan disuasorias estas descalificaciones y cómo caló su rebelión en la sociedad chilena?
Alia Trabucco Zerán: Creo que no han sido disuasorias dentro del propio feminismo, pero a la vez es indudable que hay una reacción conservadora encarnada hoy en el alza de la ultraderecha. En la última década hemos sido testigos de la reaparición de feminismos que han desnaturalizado la violencia y el acoso sexual, que han interrogado el lenguaje con el que nombramos el mundo y que también han cuestionado el borrado de las mujeres en todos los planos. Es decir, un feminismo que ha intentado reponer palabras como igualdad, cuidados, comunidad, entre tantas otras. Pero a la vez estamos atravesando esa restauración conservadora y autoritaria que no solo tiene como objetivo reponer un orden jerárquico y desigual en materia de género, sino, como indica Judith Butler, restaurar estructuras raciales de sometimiento e incluso un ordenamiento colonial, hoy encarnado en el discurso y el actuar de Trump que es sumamente explícito. En Las otras pienso en esta restauración desde varios ámbitos, incluso a partir de la acusación de «woke» a los progresismos y del intento por reponer en el lenguaje una «incorrección política» que parecía desplazada o expirada. Son viejos discursos que han encontrado mucha resonancia y que hoy avanzan peligrosamente intentando retrocesos en derechos para las mujeres y las disidencias, entre otros grupos. Y Chile, que vivió esa rebelión feminista, hoy atraviesa ese intento de restauración.
LENGUA: En 2023 su país sometió a referéndum una nueva Constitución que pretendía acabar, entre otras cosas, con la privatización del agua, la desigualdad, la tala de bosques o la opresión contra los indígenas. El resultado fue abrumador: solo un 38 % votó sí. Cuenta que el pueblo se quedó mudo; ¿cómo se explica ese rechazo a la oportunidad de cambio en medio del descontento general?
Alia Trabucco Zerán: Durante el primer proceso constituyente (ese que muchos han intentado borrar o caracterizar como irrelevante y que tantos otros solo enmarcan desde su resultado, el rechazo, o incluso desde la ridiculización) hubo un intento que no se veía desde hace décadas no solo por disputar el lenguaje imperante sino por instalar otro lenguaje para nombrar futuros posibles. Hubo ahí conceptos como la interdependencia entre el ser humano y su entorno, los cuidados, los derechos sociales como derechos, la idea de recuperación ecológica, la desmercantilización del agua, entre tantos, con los que se intentaba plasmar un proyecto, es decir, un futuro. Un futuro extraño para esta época en que parece haber solo clausura en el horizonte. La derrota electoral fue aplastante, claro que sí, pero la derrota mayor vino después: cuando algunos de los protagonistas políticos de ese proceso renunciaron a las palabras que nombraban ese otro futuro. Ahí, a mi parecer, hubo un plegarse de manera acrítica al campo discursivo del adversario y, de pronto, las mismas personas que hablaban de interdependencia o cuidados pasaron a hablar de seguridad y poco más que eso. Como si un 38 % no fuera nada. O como si otros derechos que hoy nos parecen tan obvios, como el sufragio femenino, por ejemplo, no hubiesen sido rechazados también. Proponer otro futuro sin un lenguaje para nombrarlo me parece imposible, y en esa renuncia, la discursiva, veo la mayor derrota, aunque confío en que hay una salida también de ahí.
«Ante esa crítica algunos autores se sienten censurados y vociferan, indignados, frases como "ya no se puede decir nada". Al parecer lo único que tenían para decir era esa frase racista y machista y al dejar de ser aceptado ese discurso, entonces ya no tienen "nada" que decir».
LENGUA: En relación al cambio climático, escribe que estamos al borde de una extinción masiva por la desidia colectiva a la hora de imaginar otro futuro. Pero aún hay grupos de resistencia, como Extinction Rebellion o Fridays For Future. ¿Cree que aún tenemos posibilidades?
Alia Trabucco Zerán: No lo sé. Lo que sí sé es que debemos actuar como si las tuviéramos. No hacerlo, asumir como un destino nuestra propia destrucción y la de nuestro entorno, puede operar como una profecía autocumplida.
LENGUA: Hoy en día hay quien habla de una «dictadura de lo políticamente correcto», muy ligada a la denominada «cultura de la cancelación». Recientemente, Rebecca Solnit afirmaba en una rueda de prensa que quienes usaban esa expresión eran privilegiados que creían no solo que pueden decir y hacer lo que les dé la gana, sino que nadie tiene el derecho a llevarles la contraria. ¿Qué le inspiran a usted estas dos expresiones?
Alia Trabucco Zerán: El poder de la representación (el poder de ver o de borrar, de nombrar o de hacer desaparecer) está en el centro de la política actual y lo que hoy se llama «vigilancia moral» es algo más complejo que prefiero examinar con cautela. Con frecuencia se clasifica como censura la mera expresión de una crítica, y eso es peligroso. Criticar a una obra tildándola de racista o machista, por ejemplo, no es censura en la medida que la obra continúa circulando, como suele suceder. Si acaso esa palabra, «racista», altera su interpretación, eso es otro punto. Una pregunta interesante, y que abordo en el libro, es por qué ante esa crítica algunos autores se sienten censurados y vociferan, indignados, frases como «ya no se puede decir nada». Al parecer lo único que tenían para decir era esa frase racista y machista y al dejar de ser aceptado ese discurso, entonces ya no tienen «nada» que decir.
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