2
Al comisario Luigi Alfredo Ricciardi no le disgustaba trabajar en domingo; esa era otra de sus rarezas. Sus colegas escurrían el bulto con mil pretextos, durante el reparto de turnos surgían madres enfermas que cuidar, antigüedad en el puesto, necesidades familiares convenientemente exageradas; cualquier excusa era buena con tal de ahorrarse trabajar el día en que toda la ciudad tenía fiesta.
Por el contrario, Ricciardi callaba, como siempre, y, como siempre, le tocaba lo peor. No por ello se ganaba la benevolencia de sus compañeros, que no perdían ocasión para murmurar a sus espaldas.
Solitario, con las manos en los bolsillos, perpetuamente sin sombrero incluso en invierno, no participaba en las fiestas, en los brindis, no se lo veía nunca en ningún encuentro. Dejaba pasar las invitaciones, no trababa amistades y no se abría a las confidencias. Los ojos verdes destacaban en la cara morena, llevaba siempre en la frente un mechón de pelo que echaba hacia atrás con un gesto seco. Era de pocas palabras y soltaba frías ironías que no todos captaban. A pesar de todo, su presencia llamaba la atención.
Trabajaba sin descanso, sobre todo cuando se ocupaba de algún caso de homicidio, entre la malevolencia de esos colegas que no estaban en condiciones de seguir ni en sueños los ritmos que imponía a las investigaciones; los militares que le asignaban lo maldecían a escondidas por las horas que debían pasar bajo la lluvia o el sol, en vigilancias larguísimas y a veces inútiles. Comentaban insidiosos que en cada uno de los casos que investigaba daba siempre la impresión de que el muerto fuera alguien de su familia, se tratara de un noble o de un pobre diablo.
Por otra parte, sus habilidades eran indiscutibles. Sin respetar el procedimiento ni atenerse a las normas de sus superiores, seguía unos caminos peculiares que lo conducían siempre al culpable. Se había corrido la voz de que el comisario Ricciardi hablaba directamente con el diablo y que este le sugería los pensamientos de los asesinos; con ello aumentaba el vacío a su alrededor, porque la superstición estaba arraigada en el alma de la ciudad. De su vida nadie sabía nada; tal vez no hubiera nada que saber. Vivía solo con su vieja tata, no se le conocían parientes ni amigos. Nada de mujeres ni de hombres, nadie se lo había encontrado nunca en un burdel ni en el teatro, jamás pasaba la velada fuera de casa. Inspiraba el recelo que inspira siempre quien no parece tener vicios y, por tanto, no puede tener virtudes.
Sus propios superiores, empezando por Angelo Garzo, el subjefe de policía, no ocultaban cierta incomodidad en presencia de un hombre que, pese a sus inmensas habilidades y competencias, carecía de ambiciones. Se decía que era riquísimo, un latifundista con tierras en lugares remotos, y que por ello no aspiraba a un sueldo mejor. Las investigaciones eran lo único que parecía interesarle.
Ahora bien, no demostraba satisfacción alguna cuando le echaba el guante al culpable. Se limitaba a mirar fijamente con sus inquietantes ojos transparentes, se daba media vuelta y seguía con lo suyo. Otro delito. Más sangre.
Ricciardi llegaba temprano al despacho, incluso cuando tenía guardia los domingos. En el largo paseo desde la via Santa Teresa hasta el final de la via Toledo encontraba menos gente, y eso no le disgustaba; la ciudad se despertaba despacio, con algún carrito de venta de fruta o leche que recorrían traqueteando la calle y los primeros cantos de las lavanderas en las fuentes ocultas de los barrios populares que cruzaba. En este terrible agosto, tras dos meses sin una gota de lluvia, resultaba agradable gozar del fresco sobrante de la noche durante el trayecto.
En la semipenumbra de los postigos entornados, sentado ante el escritorio, el comisario organizaba el día. Gestos mecánicos, burocracia, actas por redactar, la hoja del personal de servicio, muy escaso ese día. Debajo de la ventana la plaza todavía estaba desierta. Un borracho entonaba su canto ronco; a ese también le tocó el turno de guardia del domingo, pensó Ricciardi.
La puerta estaba entornada para crear una mínima corriente de aire. Unos haces de luz como cuchillas caían sobre la pared, debajo de los retratos oficiales del pequeño rey y del enorme jefe de gobierno. Una gaviota hizo de contrapunto al canto del borracho, y a Ricciardi le pareció sin duda más entonada. Miraba ociosamente por la rendija de la puerta hacia el tramo de pasillo que conducía a la escalera y alcanzaba a ver.
A pesar de la penumbra, los dos cadáveres se ofrecían nítidos a su vista. De pie, uno al lado del otro, unidos por toda la eternidad tras haberse apenas conocido en vida. Un monumento al guardia y al ladrón, pensó Ricciardi. Pero un monumento invisible… para casi todos.
Desde su silla, a varios metros de distancia, el comisario veía el boquete quemado en el costado de la cabeza del ladrón y el agujerito de entrada del proyectil en la sien del guardia, el hilillo de sangre y de masa cerebral que le bajaba por el cuello; y oía como un leve murmullo el último pensamiento de ambos. Vosotros no estáis de guardia, pensó con resentimiento. Estáis aquí todos los malditos días, envenenando el aire con el dolor inútil de vuestras jóvenes vidas desperdiciadas.
Apartó la vista y se levantó de la silla; el calor apretaba por momentos, en la calle empezaba a oírse algún motor de camino a la playa. Se acercó al calendario y arrancó la hoja del día anterior. Leyó la nueva fecha: domingo, 23 de agosto de 1931I-X. Año noveno. De la nueva era. La era de las borlas en los sombreros y las botas pesadas, de las fotos a toda página en mangas de camisa, con el arado. Del entusiasmo y del optimismo. Del orden y de las ciudades limpias por decreto.
Ojalá bastara un decreto, pensó Ricciardi. Por desgracia, el mundo gira como lo hacía antes del año primero: los mismos delitos, las mismas pasiones corruptas. La misma sangre.
Lanzó una mirada al pasillo, oyó el murmullo de los pensamientos de los muertos. Fue a cerrar la puerta, como si con eso bastara para borrar la emoción del alma, como si las palabras llegaran a sus oídos y no a su corazón. Antes de lanzarla a la papelera, leyó otra vez la fecha en la hoja arrancada del calendario: año noveno. Sin embargo, desde mi primer agosto ardiente han pasado veinticinco. Se cumplen hoy, para ser exactos.
La baronesa Marta Ricciardi de Malomonte era una mujer menuda, elegante, silenciosa. En el pueblo de Cilento, dominado por el antiguo castillo, todos la apreciaban, pero de lejos; había algo extraño y distante en esos hermosos ojos verdes y tristes. Algo que inquietaba.
El destino no había sido especialmente benévolo con la esposa niña del barón, mucho mayor que ella, fallecido cuando el pequeño Luigi Alfredo tenía apenas tres años; ella no había querido regresar a la ciudad y participaba activamente en la vida del pueblo, ayudando a las familias más pobres, enseñando a leer y a escribir a los más pequeños para que ese hijo tan parecido a ella tuviera compañía. Pero la distancia social no era una buena premisa para establecer la amistad; por eso, Luigi Alfredo prefería pasar el tiempo con Rosa, la tata que vivía con ellos desde jovencita, y con Mario, el granjero que se ocupaba de la finca, un enamorado de Salgari que le contaba historias de tigres y guerreros. El niño soñaba despierto y reconstruía las historias jugando en el jardín del castillo. Rodeado de compañeros y enemigos imaginarios, combatía la soledad con la imaginación, blandiendo la espada que Mario le había hecho uniendo dos pedazos de madera en cruz.
El mundo de Luigi Alfredo se componía de realidad e imaginación a partes iguales; alimentaba la segunda con la primera, eligiendo los elementos más fascinantes para inventarse nuevas aventuras que vivir en las largas tardes solitarias. Su madre y los sirvientes se habían acostumbrado a oírlo murmurar en el jardín, incitando a tropas invisibles a la batalla y decapitando monstruos marinos de un limpio mandoble; por la noche, le tocaba a la rezongona Rosa curarle los arañazos de las rodillas y remendar las camisas rotas, antes de darle un rudo abrazo de consuelo.
Un día había entrado en la casa gritando y llorando a lágrima viva; le contó a su madre y a Rosa que había visto un hombre muerto que le hablaba. La tata lo había calmado y por la noche, con cara de perro, había preguntado a las doncellas cuál de ellas había cometido la tontería de contarle al niño el homicidio del jornalero que el invierno anterior había muerto a cuchilladas víctima de los celos; las mujeres protestaron y juraron que en presencia del señorito jamás habían mencionado «el Asunto». Luigi Alfredo que, como siempre, escuchaba a escondidas debajo del alféizar de la ventana, definiría más tarde como «el Asunto» esa otra vista de la cual disponía, la capacidad de sentir el dolor suspendido en el aire tras una muerte violenta. Y de ver su procedencia.
Casi había olvidado aquel encuentro, la mañana de agosto en que su madre le ordenó que se vistiera porque iban a dar un paseo; tenía seis años y estar con ella era el mayor placer de su vida, aunque no le contara las bonitas historias que le contaba Mario, ni le diera los rudos abrazos que le daba Rosa. Lo miraba con sus enormes ojos verdes, le sonreía dulce y melancólica y le acariciaba la frente, echándole hacia atrás el mechón rebelde. Con eso a él le bastaba. Pero aquel día la expresión de su madre era diferente, la veía tensa, distante. Luigi Alfredo pensó que quizá no se sintiera bien, quizá tuviera una de sus habituales jaquecas.
Habían enfilado el camino que llevaba a las afueras del pueblo. Ahora, pese a los años transcurridos, Ricciardi recordaba aún el calor sofocante y el olor a estiércol y a campo, a medida que avanzaban dejando atrás las últimas casas. Le había preguntado a su madre adónde iban, pero ella le había estrechado la mano y no le había contestado. Él sudaba muy poco, aun así, el calor le quitaba todas las energías, tenía sed y no veía la hora de detenerse. La mujer seguía andando. Al cabo de casi una hora llegaron a una casa que parecía abandonada. La cancela de madera estaba abierta, la maleza y los rastrojos cubrían lo que en otros tiempos había sido un sendero. De la rama de un árbol frondoso, en el centro de la era, colgaban una cuerda y una tabla, un viejo columpio roto. Su madre se detuvo a unos metros del árbol; miraba a su alrededor ceñuda, titubeante. La amplia ala del sombrero blanco ocultaba su mirada, pero Luigi Alfredo percibía su inquietud. De pie, detrás del tronco, vio a una niña más o menos de su misma estatura; no se había fijado en ella porque la ocultaba la sombra, pensó. Se acercó sonriendo y le preguntó:
—¿Quieres jugar?
Su madre dio un respingo y se llevó la mano a la boca. La niña estaba pálida, el pelo sucio de tierra caía sobre un vestido de tela basta. En su recuerdo Ricciardi la vio real como veía el retrato de Mussolini colgado de la pared. La parte anterior del vestido era de otro color, parecía negra. Luigi Alfredo se acercó más para verla mejor: el vientre de la niña estaba desgarrado por los perdigones disparados a quemarropa. A través de la carne quemada y destrozada asomaba el blanco de las costillas. Mirándolo fijamente con los ojos apagados le dijo:
«¡Mamá, corra, han roto la cancela, corra!».
Luigi Alfredo retrocedió un paso, estupefacto. Se volvió para mirar a su madre al tiempo que señalaba a la niña.
—¡Madre, ayúdela! ¿No la oye?
Marta no se movía, parecía una estatua de piedra. Miró hacia el árbol y Ricciardi se dio cuenta de que no veía a la niña, pero que oía algo. Entonces se volvió hacia la casa; él mismo habría ido a llamar a la madre de la niña. Avanzó unos metros; sentado junto a una piedra grande, vio a un muchacho. Le pareció que estaba durmiendo, pero cuando se acercó para despertarlo, notó que por la boca abierta le salía un gorgoteo, como de agua. Se le acercó un poco más y oyó que eran palabras:
«¡Papá, papá, los bandoleros, han venido los bandoleros, salga, salga!».
Por una abertura en la garganta manaba a borbotones un líquido negro y espumoso que no se detenía. Luigi Alfredo se echó a llorar sin darse cuenta. Caía sobre él un dolor sordo e infinito, a borbotones como la sangre del muchacho, y a cada borbotón se sentía más sucio y desesperado. De lejos tendió la mano hacia su madre, que seguía de pie, sin moverse, cerca del árbol con el columpio roto, la mano en la boca. Avanzó unos pasos hacia la casa. En el umbral de la puerta una mujer de rodillas, medio oculta por la sombra del interior, tendía la mano hacia el patio.
«¡Lucia, Gaeta’, corred!»
El cuerpo de la mujer estaba cosido a puñaladas de la garganta hasta el vientre; el vestido hecho jirones dejaba al aire la decena de heridas que le habían provocado. En el suelo, entre las piernas, el gran charco de sangre iba en aumento. A sus espaldas el niño atisbó a un hombre, él también de rodillas; había perdido la mitad de la cara, borrada por un disparo de fusil a corta distancia. La otra mitad era la imagen del terror. Del ojo abierto de par en par descendían las lágrimas, de la boca deformada por una mueca salía un incesante balbuceo:
«Tened compasión, lleváoslo todo, llevaos a la pequeña y al muchacho, tened compasión…».
Luigi Alfredo notó una mano que lo agarraba del hombro y lanzó un grito, era su madre que se lo llevaba a rastras.
La miró y vio que lloraba como él.
—¿Qué has visto? ¿A cuántos, a cuántos has visto?
El niño levantó la manita y le enseñó cuatro dedos. Jamás olvidaría las palabras de su madre:
—Entonces los ves a todos. A todos. Estás maldito, pobre hijo mío. Maldito.
El mismo calor irrespirable envolvía a Ricciardi veinticinco años más tarde, en su despacho de la jefatura de policía. El policía pensó: ¿Y qué más podía hacer? Contagiado por el dolor, perdido en la corrupción de las pasiones, ¿qué más podía hacer? Quizá no sirva de nada, más que para poner remedio tardío a los sufrimientos.
Se había mantenido escrupulosamente alejado de las pasiones. Había mantenido todos los afectos alejados de su vida, porque era muy consciente de hasta qué punto el amor era capaz de destruir y corromper. Las tumbas de los cementerios están llenas de amor, pensó. Entonces lo mejor es estar solos y al amor verlo de lejos, lo más lejos posible.
Sin embargo, desde hacía unos meses esa distancia se había reducido de un modo preocupante e imprevisto. Ricciardi abrió los postigos y dejó entrar el sol; el primer rayo iluminó los documentos por rellenar apilados encima del escritorio. Suspiró y se puso a escribir. Mejor trabajar; bendito sea el turno de guardia de los domingos.
3
Maldito sea el turno de guardia de los domingos, pensó con un bufido el sargento Raffaele Maione mientras bajaba de la piazza Concordia en dirección a la jefatura. Ya hacía un calor infernal, y apenas eran las ocho. Y maldito también el verano.
El sargento estaba furioso, aunque no debería estarlo. Pensaba, sin embargo, que tenía sus motivos. En realidad, vivía su mejor época de los últimos tres años, desde cuando su hijo Luca había muerto acuchillado por un atracador. Tan terrible suceso, además de destrozarle el corazón, había hecho que su esposa se alejara de él y de sus otros hijos para encerrarse en un dolor mudo sin consuelo.
Hasta que la última primavera se había producido el milagro, precisamente cuando estaba a punto de perder la esperanza de recuperar el encanto de su sonrisa. Recobraron la confianza y volvieron a ser como habían sido tanto tiempo atrás, y a los cincuenta años, Raffaele había tenido otra inesperada ocasión de ser feliz. En casa de los Maione se volvieron a oír las sonoras carcajadas de la madre y los hijos; el padre volvió a dejar afablemente que se mofaran de él; los domingos el aroma del legendario ragú de Lucia volvió a abrir el apetito y el corazón al optimismo. Entonces, ¿por qué el sargento se dirigía enfurecido a cubrir el turno de guardia del domingo? Y, sobre todo, ¿por qué motivo había elegido adrede ese turno en sustitución de un compañero que no daba crédito a sus oídos cuando Maione se lo había pedido?
Las cosas sucedieron así: una semana antes, Raffaele había salido de casa a dar un paseo del brazo de su hermosa mujer, seguido de sus cinco hijos. A pocos metros del portón de su casa pasaron delante de la verdulería de Ciruzzo Di Stasio, antiguo compañero de colegio del sargento y desde siempre proveedor oficial de la familia. El hombre se había acercado a ellos, se había quitado el sombrero y le había hecho un cumplido muy galante a la esposa de Maione.
—Doña Luci’, es usted un encanto. Tiene el cabello como el oro y los ojos del color del mar. Un día de estos le escribo una canción, ya sabe usted que me gusta cantar. No sé qué hace al lado de este oso. —Y había acariciado con afecto la chaqueta del uniforme del sargento, que a duras penas contenía la barriga prominente.
Lucia se había echado a reír y le había dado las gracias. A Maione no le había hecho ninguna gracia; sintió la punzada de los celos en el corazón. Pero no había querido que se le notara y se había mordido la lengua cuando Lucia había comentado que Ciruzzo se cuidaba, y con cincuenta años estaba delgado como un palo. Maione, que pesaba ciento veinte kilos, se había sentido todavía peor; en realidad, el comentario de Lucia estaba motivado más por la preocupación por la salud de su marido, cuyo padre había sido igual de corpulento y había fallecido joven de un infarto.
A partir de ese momento, cada vez que comía algo, se acordaba de Ciruzzo y Lucia, y le entraba el malhumor. Por eso había decidido adelgazar, y de inmediato, para demostrarle a ese verdulero galante y paleto quién era el marido de la mujer más hermosa de los Quartieri Spagnoli. Y ahí estaba, blasfemando entre dientes mientras iba a trabajar en domingo por un motivo que no habría confesado ni siquiera bajo tortura: evitar el delicioso ragú de Lucia.
Entre los postigos entornados para mantener lejos el sol ya feroz, Lucia miraba a su marido mientras iba a la jefatura. En domingo. Precisamente cuando ella acababa de guisar el mejor ragú de la ciudad: nueve pedazos de distintas carnes, rehogados en manteca de cerdo y luego cocidos a fuego lento un día entero con tomates, cebolla y vino tinto. No era posible, conocía bien a su marido. Jamás habría renunciado al ragú. El motivo no podía ser más que uno: Raffaele rondaba a otra mujer.
Solo así podían explicarse los silencios y malestares de los últimos días, desde que habían salido a pasear con los chicos; era evidente, había conocido a otra y eso le había cambiado el humor.
Mientras mezclaba con la cuchara de madera el contenido de la cazuela de barro, recordó que su madre decía que el humor de la cocinera cambia el sabor de las comidas que prepara, y para cocinar hay que ser felices. Este ragú me quedará amargo como la hiel, pensó.
Notó en el pecho la punzada de los celos. No iba a permitir que el destino le quitara otra vez a quien tanto quería. Mordiéndose el labio, Lucia se apartó de la ventana.
Enrica Colombo adoraba despertarse temprano los domingos y preparar lo necesario para la comida mientras su familia remoloneaba en la cama aprovechando el día festivo. Su carácter metódico necesitaba el orden y el orden exigía tiempo. Disponía encima de la mesa los ingredientes para el ragú y se preguntaba qué pensarían sus padres y hermanos si se hubiese puesto a cantar.
No era por el día festivo que acababa de empezar, puesto que hacía un calor tremendo ya de buena mañana, ni por el paseo que darían por la Villa Nazionale donde, como de costumbre, el padre compraría avellanas para los más pequeños. El motivo era otro.
Enrica tenía veinticuatro años y nunca había tenido novio. No podía decirse que fuera hermosísima, pero tampoco fea, pues estaba dotada de una gracia y una gentileza muy femeninas y de unos rasgos muy delicados. Tal vez era demasiado alta y poco propensa a dar confianza a los desconocidos; detrás de las gafas de carey los ojos sabían cómo helar a quien tratara incautamente de reducir la distancia que imponía a los extraños. Esa actitud era fuente de gran preocupación para sus padres, que temían que su primogénita se quedara para vestir santos; su hermana menor ya llevaba casada dos años y Enrica no se mostraba siquiera dispuesta a conocer a nadie. Había tenido algunos pretendientes, pero los había desanimado al rechazar con firme cortesía sus invitaciones.
En realidad, a Enrica no le faltaba interés por el tema. Sencillamente esperaba. Esperaba que el hombre del que se había ido enamorando en las largas noches ventosas de invierno y en las dulces noches perfumadas por las flores primaverales, se pronunciara de algún modo.
Tras un año había tenido ocasión de hablar con él. Claro que las circunstancias no habían sido las que ella había imaginado; había descubierto que el hombre de sus sueños era un comisario de policía cuando fue interrogada a raíz del homicidio de una cartomántica a la que había consultado en un par de ocasiones. El interrogatorio no había sido cordial, él no había abierto la boca y ella estaba furiosa por haber acudido al encuentro desprevenida; pero al menos se había roto el hielo y ahora, cuando por la noche se sentaba a bordar junto a la ventana de la cocina, al verlo le hacía una señal inclinando levemente la cabeza, y él le respondía saludándola tímidamente con la mano. Podía parecer poco, pero para ella era muchísimo.
Ahora debía esperar a que el comisario Luigi Alfredo Ricciardi, así se llamaba, encontrara el medio para conocer a su padre y solicitarle permiso para visitarla. Haría falta tiempo, pero seguramente acabaría haciéndolo; de lo contrario, ¿por qué todas las noches, puntualmente, entre las nueve y las nueve y media, se asomaba a la ventana para verla bordar? Solo era cuestión de tiempo.
Pero Enrica Colombo tenía un carácter apacible y decidido. Y sabía esperar.
Livia Lucani, viuda de Vezzi, consideraba que ya había esperado bastante. Por ese motivo se encontraba en la estación de Roma, aguardando el tren expreso a Nápoles, para tomarse unas largas vacaciones. Obviamente no había elegido ese destino por casualidad; y obviamente había provocado perplejidad en amigos y parientes hasta el punto de convertirse en el tema preferido de los chismorreos que circulaban en la alta sociedad de la capital.
Livia Vezzi era todo un personaje, no había más que verla: era muy hermosa, morena y felina, con una figura sinuosa y rasgos regulares adornados por un hoyuelo en la barbilla y una sonrisa deslumbrante. Había sido la esposa de Arnaldo Vezzi, el tenor más famoso del país, un genio absoluto, protagonista de las crónicas mundanas durante una década; ella misma había sido una cantante de ópera con una preciosa voz de contralto y una buena carrera que interrumpió al contraer matrimonio. Su marido había tenido muchas amantes antes de acabar asesinado, cuatro meses antes, en su camerino del teatro San Carlo de Nápoles. Livia también había tenido algunos escarceos amorosos que no dejaron más rastro en su corazón que una mayor soledad. En cuanto a su matrimonio, Livia ni siquiera lograba recordar la última vez que había sido feliz.
Tras enviudar había recibido muchas propuestas; no solo los atraía por su belleza, sino por su posición económica y social. No eran muchas las mujeres que podían incluir entre sus amistades a la hija del Duce, que la invitaba siempre, sin falta, a sus recepciones. Sin embargo, ella no parecía dispuesta a iniciar nuevas relaciones; se mostraba serena y alegre pero los mantenía a todos a distancia. Se comentaba que tenía otras cosas en la cabeza.
Indiferente a los dos hombres que intentaban hablar con ella en la sala de espera de la estación, la mujer reconocía para sus adentros que lo que se decía era cierto: tenía otras cosas en la cabeza. Y lo que tenía en la cabeza era el recuerdo de unos extraordinarios ojos verdes, cuya mirada se había cruzado con la de ella en un momento completamente inadecuado, en el curso de la investigación por la muerte de su marido.
Unos ojos que se habían mostrado insensibles a sus encantos, algo a lo que ella no estaba acostumbrada; sin embargo, no era un simple capricho lo que la llevaba a subirse a un tren hacia la ciudad de las luces cegadoras y las sombras profundas. A sus amigas, ansiosas por saber si el propósito en apariencia macabro de regresar de vacaciones precisamente al lugar donde habían asesinado a su marido ocultaba una historia de amor, les había dicho que su decisión respondía al deseo de exorcizar el fantasma de Arnaldo de una vez para siempre; la verdad era que quería saber qué escondía la inquietud de sus sueños. Y para saberlo debía volver a ver esos ojos.
Contemplando el tren expreso que hacía su entrada en la estación, tras sonreír levemente a los dos hombres que se habían ofrecido a llevarle las maletas, pensó que ya había esperado bastante para comprenderse a sí misma.
Demasiado incluso.
4
La puerta del despacho de Ricciardi se abrió y asomó la cara sudorosa del sargento Maione.
—Buenos días y buen domingo, comisario. ¿Usted también está entre los afortunados que tienen que trabajar?
Ricciardi esbozó una sonrisa.
—Hola, Maione. Pasa, pasa. ¿Qué tal se presenta el día?
Maione entró secándose la frente con el pañuelo y se dejó caer en una silla.
—Como ayer, comisario. Caluroso, muy caluroso. No hay quien respire y eso que la mañana acaba de empezar como quien dice. No he pegado ojo en toda la noche, todo el rato vuelta para aquí y vuelta para allá, como un bistec. Al final tuve que salir a sentarme en el balcón para ver si al menos allí me daba algo de brisa. Pero nada, no hubo manera. Despierto estaba y despierto me mantuve. ¿Puede usted creer, comisario, que no veía la hora de que amaneciera para levantarme y venir a trabajar?
Ricciardi sacudía la cabeza.
—No entiendo por qué te empeñas en venir los domingos. Tienes una hermosa familia, y a lo mejor hoy, tu mujer ha preparado ragú. ¿No te convenía quedarte en casa con tus hijos?
La cara de Maione se contrajo en una mueca.
—Dottore, no me hable de comida. Tengo decidido que voy a adelgazar, por narices, la chaqueta del uniforme ya no me cierra y, fíjese, he tenido que ponerme la de invierno y estoy que me desmayo del calor. Para que lo sepa, justamente porque Lucia ha preparado ragú he pedido cubrir el turno de guardia del domingo. Si no, ya sé lo que pasa, no resisto y me zampo tres platos. No, no, estoy mejor aquí. Total, debería ser un día tranquilo, ¿no cree? ¿Quién se pone a hacer nada malo con el calor que hace?
Ricciardi se levantó de su escritorio y se asomó a la ventana con las manos en los bolsillos.
—No sé. Nunca se sabe. La gente es rara. Las pasiones encuentran energía en los momentos más inesperados. El calor hace enloquecer, vuelve intolerantes a las personas; las cosas que soportarías en invierno o en primavera, en verano te sacan de quicio. Créeme, en esta estación ocurren los hechos más absurdos.
Maione observaba enternecido la espalda de Ricciardi. Era el único en toda la jefatura, y sospechaba que en toda la ciudad, que apreciaba al comisario. Le gustaba la manera en que Ricciardi hacía suyo el dolor de las víctimas y sus familiares, y cómo sabía comprender los motivos de ciertos delitos, aunque no los justificara, y cómo participaba en el tormento de los culpables.
A veces se había preocupado por la soledad del comisario y por el sufrimiento que percibía como perenne trasfondo de su vida. Lo había comentado incluso con Lucia, que, sonriendo enigmática, le había dicho que todas las frutas maduran a su debido tiempo. A saber lo que habría querido decir.
Lo que estaba claro, pensó, era que de Ricciardi se podía decir cualquier cosa, menos que fuera optimista.
—¿Qué quiere que le diga, comisario? Ojalá que hoy no se irrite nadie. Que en lugar de matarse o emprenderla a puñetazos se vayan a dar un buen baño a la playa de Mergellina, y a comerse un platazo de pasta, malditos los que pueden comérselo, y que después se duerman al sol. Así a nosotros nos dejan tranquilos, que somos cuatro gatos y estamos obligados a estar aquí sudando la gota gorda.
No acababa de pronunciar la frase cuando llamaron a la puerta. Por el resquicio asomó la nariz aguileña de Ardisio, que estaba de guardia en la centralita.
—Comisario, sargento, disculpen. Hemos recibido una llamada de Santa Maria la Nova, han encontrado un cadáver.
Maione se levantó de la silla con cara de desaliento.
—Imagínate si iban a dejarnos tranquilos. Y menos, comisario, si uno llama las desgracias…
Ricciardi ya se había puesto la chaqueta.
—Déjate de gracias y tratemos de no ser supersticiosos, al menos aquí dentro. Ardisio, manda llamar a un fotógrafo y al médico forense, averigua si está el doctor Modo, dale la dirección y dile que se reúna allí con nosotros. Maione, llama a dos guardias. ¿Quién está de servicio?
El sol ya estaba alto y no hacía prisioneros. La parte de la piazza del Municipio donde las copas de las encinas no proyectaban su sombra aparecía desierta, salvo por algún que otro automóvil que pasaba raudo. Los raros viandantes buscaban la sombra de los edificios, como el teatro Mercadante o el hotel de Londres, aun a riesgo de tener que dar un rodeo de doscientos metros. Desde el puerto no llegaba más ruido que el tranquilo chapoteo del mar.
Como de costumbre, a causa de la crónica falta de medios motorizados, la brigada móvil se desplazaba a pie. Por otra parte, la meta no estaba lejos y, además, según los datos anotados por Ardisio, lo que debía suceder ya había sucedido y nada podía hacerse al respecto. Ricciardi sabía de sobra que no había muchas esperanzas de conservar intacta la escena del crimen, a menos que uno se encontrara ya en el lugar; en una ciudad donde todos vivían fisgando en los asuntos ajenos, nadie iba a reconocer haber visto nada, pero cada cual trataría de echar una mano cambiando los objetos de sitio, recogiendo pruebas, manipulando cadáveres. Más valía acercarse con tranquilidad y aplomo, para reunir la mayor información posible según el procedimiento característico impuesto por Ricciardi.
Para llegar a la piazza Santa Maria la Nova convenía recorrer la via Emanuele Filiberto di Savoia, a la que el pueblo que no leía las nuevas placas de mármol seguía llamando via Medina, su nombre desde hacía siglos. La parte en sombra bordeaba antiguos y nobles edificios detrás de los cuales partía una maraña de calles que llevaban al mar. Los habitantes de esas callejuelas, oscuras incluso en pleno día, no estaban censados, no sabían leer ni escribir, y vivían una existencia de ratas, siguiendo unos códigos que la ley desconocía. Al paso de la brigada encabezada por Ricciardi y formada por el jadeante Maione y los dos guardias Camarda y Cesarano se atisbaban unas sombras que se movían frenéticas en los estrechos espacios entre los edificios para ocultar los trapicheos en curso.
El otro lado de la calle, bañado por el sol, estaba desierto. O casi. Ricciardi vio la imagen de un muerto, de pie delante de un portón. Recordaba el caso: habían encontrado el cadáver una mañana, hacía un par de meses; la víctima había muerto a patadas y puñetazos y por los golpes asestados con un elemento contundente, quizá un bastón. El asesino, o más probablemente, los asesinos se habían ensañado. Por increíble que pareciera, o tal vez no tanto dados los tiempos que corrían, la familia no había presentado denuncia aduciendo que se había tratado de una caída; como si fuera posible que alguien que se cae mientras va andando pudiera partirse la frente por la mitad como una sandía. Pero, como había dicho el subjefe de policía al ordenar el archivo del caso, si dos familiares, un hermano y un primo, habían estado presentes y lo declaraban de ese
