{

Soltar para avanzar

Dori Sánchez

Fragmento

soltar_para_avanzar-4

INTRODUCCIÓN

Bienvenido al viaje que vas a emprender a través de esta lectura. Me gustaría comenzar presentándome para aquellos que no me conocen. Mi nombre es Dori Sánchez y se me conoce en las redes sociales como @dorisanchez_psicologa. Hace algunos años me adentré en el mundo de la psicología al descubrir que lo que de verdad me movía y me hacía feliz era escuchar y ayudar a las personas acompañándolas en los momentos complicados de la vida, tratando de ser un sostén emocional para ellas.

Probablemente has llegado aquí porque llevas muchas cargas emocionales en la mochila, algo que todos tenemos y que a menudo nos impide avanzar. Quiero que te sientas acompañado y comprendido, ya que cada uno tenemos nuestra propia mochila. No es fácil vivir sin preocupaciones, sin recuerdos dolorosos o sin patrones aprendidos; sin embargo, podemos trabajar para que el peso de esas cargas sea cada vez menor.

Este libro es solo una guía y no puedo asegurarte de que su lectura vaya a resolver todas tus cargas emocionales; sin embargo, mi objetivo es hacerte reflexionar y que puedas entender muchas de las cosas que te suceden. Quiero que sea un punto de inflexión para que comiences el cambio que quizá necesitas, que depende únicamente de ti y que será tu propio mérito.

La mochila emocional es una metáfora que se define como el conjunto de emociones, sentimientos, experiencias y situaciones no resueltas que llevamos con nosotros en la vida diaria. Esta carga emocional puede afectar a nuestro bienestar emocional y nuestra capacidad para afrontar nuevas situaciones.

No todas las cargas son negativas; también pueden incluir experiencias positivas, como recuerdos de momentos felices y logros alcanzados. Estas valencias positivas equilibran las cargas negativas, por ejemplo, los traumas, el dolor emocional y los miedos. Estos elementos negativos pueden tener un impacto significativo en cómo se siente una persona y en cómo se comporta en diferentes situaciones.

Es importante destacar que la mochila emocional puede ser tanto consciente como inconsciente; es decir, la persona puede ser consciente de las emociones y experiencias que carga consigo, o puede que no lo sea y que estas emociones se manifiesten de forma subconsciente en su comportamiento y relaciones interpersonales, a través de otras emociones tapadera con las que evitamos enfrentarnos a sentimientos que quizá son más difíciles o a los que no nos apetece plantar cara.

No podemos borrar el pasado ni eliminar esos momentos complicados por los que hayamos podido atravesar. Forman parte de nuestra historia de vida; gracias a ellos también somos las personas en las que nos hemos convertido hoy en día, y han influido en nuestra forma de sentir, pensar y actuar.

Tendemos a enfocarnos en los aspectos negativos del pasado y permitir que estos influyan en nuestro presente, dificultando nuestra capacidad para avanzar. Es importante aprender a gestionar esas emociones y pensamientos, así como encontrar la forma de procesar y aceptar los sucesos pasados para progresar hacia un futuro más pleno y feliz.

Además de las cargas del pasado que arrastramos, existen otras que nos dificultan progresar y se encuentran cronológicamente en el presente. Algunas de ellas son las inseguridades, la autoexigencia, el perfeccionismo, los miedos, los conflictos interpersonales, las relaciones que no suman, etc. Todo ello nos impide centrarnos en nuestras metas y objetivos, y nos aleja de la primera posición en nuestra lista de prioridades.

Está muy estandarizado poner a los demás en primer lugar, pensar siempre en los otros, y, claro, es algo importante. Pero ¿y nosotros? ¿En qué lugar te colocas tú en tu lista de prioridades? Es fundamental que ocupes la primera posición. Nadie te va a querer o cuidar como tú deberías hacerlo. No es ser egoísta, como culturalmente nos han hecho creer al inculcarnos la idea de que poner a los demás en primer lugar es una virtud y que pensar en uno mismo es algo negativo. Esta creencia puede llevarnos a descuidar nuestra propia salud mental y emocional, y abocarnos a una sobrecarga de responsabilidades y preocupaciones ajenas que nos haga olvidar nuestras propias necesidades.

Para cuidarnos a nosotros mismos tenemos que aprender a poner límites, a decir «no» cuando sea necesario y no sentirnos culpables por hacerlo. Debemos permitirnos tener tiempo para nosotros mismos, hacer cosas que nos gusten y nos hagan felices, y trabajar en nuestro propio bienestar emocional.

No te sientas culpable por poner tu salud mental y emocional como prioridad; al hacerlo, no solo nos beneficiamos nosotros mismos, sino que también podemos cuidar mejor a los demás y contribuir positivamente a nuestras relaciones interpersonales.

Acabaremos el recorrido cronológico con las cargas emocionales que vienen del futuro. Y me dirás: ¿Cómo voy a tener una carga por algo que no ha sucedido y aún no existe? Te diré que gran parte de los pensamientos que nos impiden disfrutar del aquí y el ahora provienen de la incertidumbre sobre lo que ocurrirá en el futuro. Por lo general, nos cuesta mucho gestionar esa incertidumbre y tendemos a preocuparnos por lo que podría suceder, dejándonos atrapar por el miedo y la ansiedad, incluso cuando aún no ha pasado nada. Nos preocupamos por nuestra salud, nuestra situación financiera, nuestras relaciones, nuestro trabajo y una larga lista de etcéteras que generan una gran carga emocional y nos hacen sentir paralizados y limitados.

Es importante tener en cuenta que el futuro es incierto y que, por más que intentemos controlarlo, nunca podremos prever exactamente qué sucederá. Por lo tanto, nuestra mejor baza es centrarnos en el presente y en las acciones que podemos emprender en este momento para construir el futuro que deseamos.

PRIMERA PARTE

EL PASADO

1

LA FAMILIA Y NUESTRA HISTORIA DE VIDA

La familia es uno de los pilares fundamentales en la vida de cualquier ser humano. Es el primer grupo social al que pertenecemos, en el que se construyen las primeras relaciones afectivas y emocionales. Nuestra familia conforma el primer modelo de referencia y en ella aprendemos a relacionarnos con los demás, comunicarnos, resolver conflictos y establecer los primeros vínculos emocionales.

Nuestra historia de vida está íntimamente ligada a la historia de nuestra familia, ya que somos el resultado de todas las experiencias, enseñanzas y aprendizajes que hemos adquirido desde la infancia. Desde que nacemos, pasamos a formar parte de la familia y a desempeñar un papel dentro de ella. Además, ejerce una función relevante en la formación de nuestra identidad y valores. Desde pequeños, aprendemos lo que es importante y valioso para nuestra familia, como la religión, las tradiciones, la educación o el trabajo. Estas lecciones pueden seguir influyéndonos en la vida adulta y moldear tanto nuestra forma de ver el mundo como nuestras decisiones.

Cada familia es única y tiene sus propias creencias y valores, pero existen patrones y dinámicas que se repiten en muchas de ellas. Por ejemplo, el papel de los padres en la crianza de los hijos es algo que se reitera. Ellos son los encargados de proporcionar amor, apoyo emocional y orientación a sus hijos, que a través de esta relación aprenden a sentirse seguros y a desarrollar su autoestima. En general, la familia es un espacio seguro y acogedor donde sus miembros pueden crecer y desarrollarse, los lazos familiares suelen ser fuertes y duraderos, y constituyen la base de la identidad y el sentido de pertenencia.

No obstante, es primordial tener en cuenta que la familia no siempre es un lugar seguro y acogedor. En algunos casos puede ser un ambiente abusivo o tóxico que nos perjudique en lugar de ayudarnos. En estas situaciones es fundamental buscar ayuda y apoyo para ir al encuentro de una vida mejor, ya que la familia no es sagrada.

Esta idea de sacralidad es muy común en muchas culturas y sociedades. Se nos enseña desde pequeños que la familia es la base de todo, que en ella encontraremos amor, protección y apoyo incondicionales. Sin embargo, la realidad es que la familia es un grupo de personas que comparten lazos de sangre, pero esto no garantiza que siempre estén en sintonía o compartan los mismos valores y creencias. En algunas familias, la violencia, el abuso emocional o físico, la negligencia y la falta de respeto son constantes, y esto convierte el hogar en un lugar tóxico y dañino.

Además, es básico destacar que la familia no es el único lugar donde podemos encontrar amor y apoyo. A veces, las amistades, las parejas, los grupos de interés común, entre otros, pueden ser tan relevantes como la familia en el desarrollo de una vida plena y satisfactoria.

Es cierto que la familia puede ser una fuente de apoyo emocional y psicológico en muchos casos, pero también es importante reconocer que no todas las familias cumplen con esta función. Debemos ser críticos y reflexivos al hablar de la familia y no idealizarla como un espacio en el que todo es perfecto y todos son felices. En su lugar, debemos trabajar en crear relaciones sanas y positivas con las personas que forman parte de nuestra vida, sean o no de nuestra familia.

Ejercicio

Árbol genealógico de tu familia

Es importante conocer la historia de nuestra familia para comprender en muchas ocasiones la conducta de nuestros padres, hermanos y abuelos, ya que determinados acontecimientos pueden dejar una marca en los miembros de la familia, que afectará a todos en general. Por eso te propongo un ejercicio inicial para adentrarte en el pasado, entenderlo y sanarlo.

Te invito a elaborar un árbol genealógico de tu familia, empezando por ti mismo y luego agregando a tus padres, abuelos, bisabuelos y así sucesivamente. Incluye su nombre completo, la fecha de nacimiento y, en caso de que hayan fallecido, la fecha de fallecimiento, junto con cualquier otra información relevante que conozcas. Puedes añadir todos los detalles que consideres pertinentes, como lugar de nacimiento y profesión u oficio, ya que, cuanto más completo sea, más conclusiones podrás extraer.

El árbol genealógico es una herramienta muy útil para comprender la historia familiar y nuestras raíces. También nos ayuda a entender patrones o tendencias en nuestra familia en términos de características físicas, personalidades, profesiones y otros aspectos. Además, elaborar un árbol genealógico puede ser una actividad interesante y enriquecedora para compartir con nuestros seres queridos, ya que les permite conocer más sobre sus antepasados y la historia familiar. También puede fortalecer los lazos familiares y generar una mayor conexión con nuestra identidad y origen.

LA FAMILIA COMO UNA UNIDAD DINÁMICA

La familia constituye un sistema dinámico compuesto por sus miembros, sus relaciones y sus interacciones. Cada miembro aporta su propia personalidad, necesidades, expectativas y emociones, lo que hace que el sistema sea complejo y variable.

El funcionamiento familiar se basa en gran medida en la comunicación entre los miembros y en su capacidad de adaptación a los cambios y desafíos del entorno. Cada familia tiene su propia dinámica y formas de funcionar. Los patrones de interacción pueden ser positivos o negativos, y tienen un impacto en nuestra personalidad y en nuestra forma de relacionarnos con los demás.

Por ejemplo, un entorno familiar cálido, amoroso y de apoyo favorece el desarrollo de habilidades sociales saludables y una autoestima sólida. Por el contrario, un ambiente hostil o crítico puede generar dificultades para confiar en los demás y en uno mismo, así como diversos problemas emocionales.

Los roles y las responsabilidades familiares también influyen en la dinámica familiar, aunque pueden cambiar con el tiempo y varían de una familia a otra. La dinámica familiar puede estar influida por factores externos, como el entorno social y cultural en el que se encuentra. Las creencias, los valores y las tradiciones también tienen un papel relevante en las relaciones familiares. Además, las situaciones estresantes o traumáticas, como enfermedades, divorcios, pérdidas de seres queridos o violencia doméstica pueden afectar a la dinámica familiar. Estas situaciones requieren adaptación y apoyo por parte de los miembros.

Comprender la dinámica familiar es importante para entender las relaciones entre los miembros y poder brindar apoyo en situaciones de estrés o trauma.

TIPOS DE FAMILIAS SEGÚN EL ESTILO DE CRIANZA DE LOS PADRES

Los estilos de crianza son patrones de comportamiento y actitudes que los padres utilizan para criar a sus hijos. Existen cuatro estilos de crianza: el autoritario, el permisivo, el negligente (o desapegado) y el democrático. Sin embargo, es posible que identifiques rasgos de tu situación personal en diferentes estilos.

Estilo autoritario

El estilo autoritario en el caso de Marina

Marina vivía en una familia donde sus padres siempre imponían su autoridad sin permitir que ella tuviera voz ni voto. Desde pequeña, le enseñaron que obedecer era la única forma de ganarse su amor y aprobación. Marina siempre sintió que no encajaba en su familia, sus intereses y deseos eran diferentes a los de sus padres, pero temía expresar su opinión, puesto que sus padres la ridiculizaban o incluso la castigaban por hacerlo.

Con el tiempo, Marina empezó a sentirse cada vez más angustiada y deprimida. No tenía control sobre su vida y no podía expresarse con libertad. Sin embargo, no sabía cómo cambiar su situación, ya que siempre había vivido bajo el régimen autoritario de sus padres. Un día tomó una decisión importante: irse de casa y empezar su propia vida. A pesar de la incertidumbre y el miedo, sintió que era la única forma de liberarse de la opresión de su familia.

Marina aprendió a tomar decisiones por sí mis-ma y a confiar en su propio criterio. Se rodeó de personas que la apoyaban y respetaban como persona, y poco a poco comenzó a construir una vida que la hacía feliz. Aunque fue un camino difícil, se dio cuenta de que la familia no es sagrada y de que es importante valorar nuestro propio bienestar emocional y mental por encima de las normas impuestas por nuestros padres o familiares.

Marina ha vivido su infancia en el seno de una familia con un estilo de crianza autoritario, con padres muy estrictos y un alto nivel de exigencia, obediencia y respeto. Son padres que no explican las razones por las que se impone un castigo o una regla; simplemente detrás de ellos hay un «Porque sí», «Porque lo digo yo», «Porque soy tu padre».

Entre las consecuencias que puede tener crecer con unos padres similares a los de Marina se encuentra la baja autoestima debida a la falta de reconocimiento por parte de los progenitores, «Es lo que debes hacer» en lugar de «¡Qué bien, hija, estoy muy orgullosa de ti!», por lo que se pasan la vida buscando ese reconocimiento por parte de sus padres que en muchas ocasiones nunca llega y que les ocasiona en muchos casos ansiedad o estrés. También pueden producirse problemas de conducta, ya que no todos los niños y jóvenes son como Marina, y muchos de ellos, en especial con la llegada de la adolescencia, necesitan reivindicar su opinión y criterio, por lo que aparecen conductas de rebeldía, como la agresividad o el aislamiento social. La falta de habilidades sociales es otra de las repercusiones que pueden producirse, ya que, al no dar su punto de vista en las diferentes situaciones, no han aprendido a expresarse de forma asertiva, por lo que encontrarán dificultades para establecer vínculos sociales y desenvolverse en situaciones sociales. Y, por último, igual que le ocurría a Marina, que no sabía cómo salir de ese ambiente de control excesivo, otra de las repercusiones es la dificultad para tomar decisiones por uno mismo.

En resumen, vivir en un ambiente de crianza autoritario puede tener graves consecuencias a largo plazo y limitar la capacidad de la persona para relacionarse con los demás, tomar decisiones y alcanzar su máximo potencial. Pero tranquilo, nada es irreversible y poco a poco, como Marina, vas a ir adquiriendo esa autonomía que quizá ahora eches en falta. Hacer las cosas por primera vez solo, a veces, es complicado; tendrás nervios, te familiarizarás con el fantasma de la duda, pero CONFÍA en TI, estás más que capacitado para tomar tus propias decisiones y enfrentarte a nuevos retos, y con retos no me refiero a subir el Everest, porque cuando has vivido en el seno de una familia así hasta enfrentarte a una simple gestión te supone el esfuerzo de subir un ocho mil.

Estilo permisivo

La historia de Nerea en una familia permisiva

Nerea creció en una familia cuyos padres siempre le permitían hacer lo que quisiera, sin establecer límites claros ni poner reglas. Desde muy pequeña Nerea disfrutaba de una familia en la que el afecto y las muestras de cariño por parte de sus padres estaban muy presentes; se sentía apoyada y respaldada por ellos. También disfrutaba de una gran libertad y autonomía, y no tenía que rendir cuentas a nadie. No había ningún tipo de norma: podía irse a la cama a la hora que quisiera, sacar los juguetes y no recogerlos, tener su habitación desordenada, no organizarse con las tareas del colegio. En ese momento lo veía como algo superpositivo; se sentía una niña muy afortunada, libre, feliz y querida. Qué podía haber de malo en todo ello, ¿no?

A medida que Nerea fue creciendo, comenzó a darse cuenta de las consecuencias de vivir en un ambiente permisivo. Con el paso del tiempo empezó a afrontar dificultades en la vida diaria. Nerea tuvo que luchar con la falta de disciplina y estructura en su vida. No había aprendido a establecer metas ni a gestionar su tiempo de manera efectiva. Le costaba concentrarse en sus estudios y en sus responsabilidades laborales, lo que afectaba a su rendimiento y a su progreso profesional.

Además, Nerea experimentaba dificultades en sus relaciones personales. No había aprendido a establecer límites ni a respetar los límites de los demás. A menudo se encontraba en situaciones de conflicto o había personas que se aprovechaban de ella debido a su naturaleza complaciente.

A medida que Nerea entró en la edad adulta, se dio cuenta de que necesitaba hacer cambios en su vida para superar los patrones de crianza permisiva que habían influido en su desarrollo. Buscó terapia y asesoramiento para aprender habilidades de autorregulación, establecer límites saludables y fortalecer su autoestima.

Como ocurrió en la historia de Nerea, los padres permisivos son muy relajados y no establecen muchas reglas. Tienen dificultades para establecer límites y decir «no» a sus hijos. Les resulta complicado poner normas porque afrontar los sentimientos de tristeza o rabia de los hijos no es sencillo.

Con las demandas que exige la vida conforme crecemos, aparecen dificultades de organización, aceptación y establecimiento de límites, comunicación asertiva y resolución de conflictos. En ese momento, como persona individual, toca aprender a disciplinarse, como hizo Nerea. Ella supo enfrentarse a los desafíos que surgieron y fue capaz de superarlos. Aprendió lecciones valiosas sobre la importancia de la disciplina, los límites y el autocuidado, y logró construir una vida equilibrada y satisfactoria para sí misma. Ella lo hizo con terapia, pero no en todos los casos es necesario. Si no tienes esa guía, tendrás que buscar otro tipo de apoyos, como libros, ejercicios de organización, etc.

Estilo negligente/desapegado

Juan y su infancia marcada por el desapego y el abandono

Juan creció en un hogar desestructurado, donde el cuidado y la atención emocional brillaban por su ausencia. Sus padres estaban ausentes tanto física como emocionalmente y no cumplían con las responsabilidades básicas de cuidado y apoyo que implica el cuidado de un niño.

Tuvo que aprender a valerse por sí mismo desde niño, asumiendo tareas que no le correspondían por su edad. En un hogar marcado por la negligencia, la falta de atención de sus padres lo empujó a convertirse en una figura de cuidado para sí mismo y, en ocasiones, incluso para sus hermanos menores. Mientras otros niños disfrutaban de juegos y actividades propias de su edad, Juan se veía inmerso en tareas domésticas y labores que normalmente quedaban a cargo de los adultos. Aprendió a cocinar, limpiar la casa y ocuparse de su propia higiene personal sin recibir instrucciones adecuadas ni el apoyo necesario.

La carga que Juan sostenía a tan temprana edad tuvo un impacto significativo en su infancia. A medida que crecía, la sensación de tener que cuidar de sí mismo y de los demás le generaba un peso emocional abrumador. Se sentía como si tuviera que llevar el mundo sobre los hombros, sin poder disfrutar de la ligereza y despreocupación propias de la niñez. Todo esto lo hacía desconectar y sentirse alejado de sus compañeros y amigos; tenía dificultades para relacionarse con otros niños de su edad, ya que sus experiencias y preocupaciones eran diferentes de las de ellos.

Esta falta de atención afectó a su desarrollo emocional. Juan creció con una profunda sensación de abandono y rechazo. También afectó a su autoestima, ya que no recibía de sus padres el reconocimiento ni el afecto que necesitaba. Esta falta de conexión emocional le generó dificultades para establecer relaciones saludables y confiar en los demás.

En la escuela, Juan luchaba por concentrarse y cumplir con las tareas académicas, pero esa falta de motivación y apoyo por parte de su familia le impidió alcanzar su potencial académico.

A medida que Juan se adentraba en la adolescencia y la edad adulta, las secuelas de la crianza negligente se hicieron palpables. Experimentaba sentimientos de vacío y soledad, y a menudo lidiaba con problemas de autoestima y ansiedad. Tenía dificultades para establecer metas y perseguir sus sueños, ya que no había recibido el apoyo ni las herramientas necesarios para desarrollar su potencial.

A pesar de los desafíos y las secuelas emocionales que arrastraba, Juan decidió que no permitiría que su pasado definiera su futuro. Buscó apoyo en amigos, referentes y profesionales de la salud mental para sanar las heridas emocionales y aprender a disfrutar de su vida sin el peso constante de la responsabilidad. A través de un trabajo introspectivo y de reconstrucción de su identidad

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos