Prólogo
Iron Shadow
Lo mejor de ser un monstruo es que nadie espera que te detengas, que hagas las cosas bien, que tomes decisiones justas. Iron Shadow lo sabía, lo entendía y lo disfrutaba. Ser un monstruo no era un castigo. Suponía un privilegio. Nadie le pedía explicaciones y, si lo hacían, no vivían lo suficiente para que él las escuchara.
En los últimos milenios, había visto mares de sangre derramarse por sus manos. No gotas ni litros: océanos. Y no sentía remordimiento alguno. Torturar a las almas más oscuras y destructivas que llegaban al territorio Bankai resultaba su placer más retorcido, su pasatiempo favorito. Esas almas, monstruos en vida, que se alimentaban del sufrimiento ajeno, que habían arrasado con los inocentes…, ellos conformaban su premio.
Iron Shadow no era un héroe. Ni lo pretendía. Era la oscuridad que acechaba en las esquinas de cada historia, el villano que todos temían pero nadie podía enfrentar. Era la muerte en su forma más pura, un apodo que se había ganado con cada grito, con cada alma rota, con cada vida que terminaba en sus dominios. Pero claro, ¿cómo no ganarse el título cuando todo lo que significaba muerte estaba ligado a él?
La humanidad necesitaba a alguien a quien culpar, un agujero negro donde arrojar toda su miseria y podredumbre. Y él estaba más que feliz de serlo. ¿Por qué? Porque era fácil. Porque las almas rotas que llegaban a su mundo no tenían las agallas para enfrentarse a sus propios errores. Era más sencillo odiarlo a él, a la oscuridad hecha carne, que mirar su propia mierda de frente. Y eso… eso lo divertía como ninguna otra cosa.
Iron Shadow se reclinó en su trono, un asiento construido con sombras y huesos que parecían respirar al compás de la oscuridad que lo envolvía. En su mano, giraba una y otra vez una parte del colgante que siempre llevaba consigo, esa pieza rota que miraba cuando se sentaba allí, como si buscara respuestas en su forma incompleta.
A veces, incluso él tenía que admitirlo: su trabajo era una jodida mierda. Claro, jamás lo diría en voz alta. Gobernar Bankai, controlar el flujo interminable de almas, mantener el puto equilibrio entre los vivos y los muertos… Era agotador, un ciclo eterno que desgastaría a cualquiera. Pero no a él. Porque, por mucho que lo odiara, era suyo. Y nadie, absolutamente nadie, tenía los cojones ni la fuerza para cargar con ese peso como lo hacía él.
Aunque sí había alguien que lograba hacerlo todo un poco más soportable: Rai Raider, su mano derecha. O, como al maldito le gustaba llamarse a sí mismo, el Cuervo.
Rai era más que un simple acompañante; era los ojos y los oídos de Iron en los territorios más lejanos y en las zonas que no tenía tiempo de supervisar en persona. Si Iron era el creador y dueño absoluto de Bankai, Rai era el custodio silencioso que se aseguraba de que todo siguiera bajo control. Juntos controlaban cada paso de aquellos que se atrevían a cruzar sus dominios. Cada alma, cada intruso, cada ser que ponía un pie en Bankai estaba bajo su vigilancia. Nadie escapaba de la mirada de Iron Shadow y Rai Raider, ni siquiera aquellos que creían ser intocables en el mundo de los vivos.
Como Dalton Basilius.
Solo pensar en su nombre hacía que una sonrisa torcida se dibujara en los labios de Iron, un gesto que no contenía ni una gota de alegría. Era burla, puro desprecio, el reflejo de una aversión tan antigua como el propio Dalton.
—El hijo de un emperador que no merecía su trono —murmuraba para sí.
Dalton Basilius no era más que el resultado de una dinastía de farsantes, un linaje que durante generaciones había fingido una grandeza que no les pertenecía. Para Iron Shadow, los Basilius siempre habían sido un chiste cósmico: débiles, cobardes envueltos en la apariencia de poder tratando de sostener un trono construido sobre mentiras. Eran mortales, con nada más que orgullo y tradición para mantenerlos en pie. No suponían nada comparados con él, con lo que él representaba.
Pero Dalton… Dalton era diferente.
El héroe perfecto en un mundo lleno de farsas.
La historia de su linaje decadente comenzaba mucho antes de Dalton, con el antiguo imperio de Pramvera.
Pramvera, un lugar que alguna vez había sido el centro del mundo, un reino lleno de magia y criaturas feéricas que hacían temblar el aire con su poder. Sus bosques cantaban con el murmullo de la magia y sus ríos parecían fluir con un brillo propio. Era un imperio donde la magia no solo existía: dominaba. Era la fuerza vital que daba forma a cada rincón del reino.
Hasta que cayó bajo las llamas.
La Gran Guerra.
La destrucción de los territorios de los vivos no fue un simple accidente. Fue un acto frío y calculado, una catástrofe provocada y desatada por una de las tres llamas, esas fuerzas primordiales y devastadoras, tan antiguas como el tiempo y tan poderosas que podían reducir mundos enteros a cenizas.
Un imperio devastado.
Un imperio en llamas.
Las consecuencias de esa destrucción fueron profundas, incluso para alguien como él. La magia desapareció casi por completo del mundo de los vivos. Sin Pramvera como epicentro, los mortales quedaron huérfanos de poder. Lo que alguna vez había sido un mundo de magia y maravillas se convirtió en una tierra gris.
Y como los mortales suelen hacer, comenzaron a fingir.
Pramvera se reconstruyó, pero nunca volvió a ser el glorioso imperio que alguna vez fue; la magia verdadera había desaparecido de sus venas. En su lugar, se alzaron leyendas e ilusiones cuidadosamente tejidas para mantener la apariencia de poder. Los Basilius, descendientes de emperadores caídos, reclamaron un trono vacío y se proclamaron herederos de una magia que ya no existía.
Iron había observado cómo esa farsa se extendía durante milenios, cómo los Basilius se aferraban a su falsa gloria, rodeándose de símbolos que no significaban nada.
Pero entonces hacía cuatrocientos años algo cambió.
En el recién fundado imperio de los farsantes, nació un niño. Un simple nacimiento, uno de tantos, que no habría significado absolutamente nada para Iron Shadow. Ni siquiera había girado la cabeza ante la noticia; otro emperador de sangre Basilius, tan irrelevante como los que lo precedieron.
Sin embargo, algo ocurrió lejos de Pramvera, en un rincón muerto del mundo donde la historia había sido pisoteada y olvidada. En Valdemar, las tierras abandonadas, algo se desató, algo lo bastante jodido como para arrancar la atención de Iron y obligarlo a mirar.
Valdemar era un territorio que el imperio de Pramvera no tocaba, un lugar que preferían ignorar en sus mapas y crónicas. Oficialmente, no tenía valor: tierras salvajes, bosques oscuros, nada que mereciera la atención de un emperador o su corte. Pero Iron conocía la verdad. Valdemar no estaba vacío. Nunca lo había estado.
Las sombras lo sabían, y él también.
Esas tierras habían sido reclamadas mucho antes de que el imperio de los Basilius surgiera. Valdemar estaba envuelto en una magia antigua, un poder que había permanecido dormido durante siete milenios, desde la Gran Guerra de las Llamas.
Pero cuando ese niño nació en Pramvera, los bosques despertaron.
Los árboles, antes muertos y rígidos como cadáveres, empezaron a moverse de nuevo. Las raíces enterradas comenzaron a retorcerse, como si despertaran de una pesadilla. La magia, olvidada por los vivos, volvió a respirar. Iron lo sintió como un escalofrío que le atravesó hasta los huesos, un golpe seco en su mundo. Algo, o alguien, había jodido el equilibrio que él había mantenido a base de sangre y sombras durante tanto tiempo.
No fue un estallido ni una catástrofe repentina. Fue un maldito despertar, una corriente subterránea que creció con los años. Lo que más le preocupó no fue Pramvera, sino lo que latía en Valdemar. Algo dormía en esas tierras podridas, algo que el imperio temía tanto que había preferido borrar a Valdemar del mapa, fingir que no existía.
Pero los bosques de Valdemar hablaban una vez más, susurrando secretos que no tenían derecho a ser escuchados. Criaturas que llevaban milenios en un sueño profundo comenzaron a abrir los ojos, lentas, como si recordaran cómo respirar. Al principio fue sutil, casi imperceptible, pero pronto las señales se volvieron claras, imposibles de ignorar. Algo grande, algo peligroso, estaba despertando.
Iron Shadow sabía que todo esto tenía que ver con el niño nacido en Pramvera, el hijo de los Basilius.
Ese crío no era un simple mortal.
En los doce años que siguieron, pequeños destellos de poder empezaron a aparecer en lugares donde hacía siglos que no quedaba ni una gota de magia. Bosques podridos florecieron como si se estuvieran rebelando, aguas estancadas brillaban con un fulgor inquietante. Al comienzo, era casi imperceptible, una punzada aquí, un murmullo allá. Pero Iron Shadow lo notó. Siempre lo notaba.
Y luego, ocurrió lo imposible: nació un dragón.
No una criatura cualquiera, no un ser insignificante que los mortales pudieran comprender. Era un verdadero dragón, un vestigio de una era perdida.
Cincuenta años después, el caos tomó forma. Las criaturas de Valdemar, esas bestias antiguas que habían permanecido ocultas durante milenios, surgieron de los bosques. Eran tan variadas como aterradoras: bestias aladas, colosos de roca. Los mortales, siempre tan estúpidos, las llamaron «milagros». Para Iron no eran más que señales de que el equilibrio fallaba.
Y ahí estaba él.
Dalton Basilius.
El hijo de un linaje de farsantes, el heredero de un trono que no merecía, se levantó como líder en medio de aquel caos. El muy cabrón no solo sobrevivió al despertar de Valdemar, sino que lo utilizó en su beneficio. Domesticó a las criaturas hasta convertirlas en armas. Entrenó a hombres y a mujeres para que las montasen y formó un ejército imperial que no tenía precedentes en el mundo mortal.
Dalton Basilius, el emperador del dragón, pronto se convirtió en una leyenda viviente.
El héroe del imperio. El salvador de Pramvera.
La gente lo veneraba, lo seguía con fervor ciego. Veían en él a un líder destinado a restaurar el poder del imperio, a unificar los territorios bajo su bandera. Lo llamaban un milagro, un elegido.
Mientras Dalton era celebrado como un símbolo de esperanza, un faro de luz para los mortales, Iron Shadow permanecía como siempre lo había hecho: como la sombra que todos temían pero nadie quería mirar de frente. Era el villano en cada historia contada al calor de una hoguera, el monstruo que acechaba en los rincones más oscuros de las pesadillas. Parecía que el mundo hubiera decidido ignorar la verdad: que todo lo que Dalton tocaba, todo lo que construía, provenía de un poder que no entendía, de una magia que nunca había sido suya.
Y eso era algo que Iron no iba a permitir.
La rabia y el desprecio le ardían en el pecho como un fuego negro, constante y devorador. No era envidia. No. A él no le importaba ser adorado ni quería la jodida luz. Pero que a un farsante como Dalton, un emperador construido a base de mentiras y cenizas, lo veneraran como a un héroe… Eso era una maldita burla. Inaceptable.
Iron no buscaba la gloria, nunca lo había hecho, pero exigía respeto. Y si no podían dárselo, lo tomaría a la fuerza. Con sangre. Con terror. Con ruinas.
Él quería que su nombre fuera un cuchillo en la garganta del imperio, que las madres susurraran su nombre con miedo en lugar de oraciones, que los niños temblaran al oírlo. Quería ser la sombra que nadie podía ignorar, el monstruo que se escondía detrás de cada pesadilla, el peso que no podías quitarte de encima.
Iron no era un héroe. Tampoco lo quería. Él era la maldita muerte.
Porque, al final, ¿para qué servía un héroe sin un monstruo? ¿En qué se convertía un mundo que no tuviera algo a lo que temer?
Iron se levantó del trono, en su mano la mitad del colgante giraba entre sus dedos, un recordatorio constante de todo lo que faltaba. Lo miró durante un segundo más, con los ojos ardiendo de frustración, antes de colgárselo de nuevo al cuello.
La sala del trono se llenó de sombras agitadas cuando Rai Raider entró envuelto en una nube de humo y su figura tomó forma frente a él.
—El Zafiro ha despertado.
Iron no se movió de inmediato. Se quedó quieto, sus dedos rozando el colgante en su cuello. No había nadie en toda esa jodida tierra, ni mortal ni inmortal, que lo hubiera cabreado tanto como esa mujer.
Su Zafiro.
Una chispa que siempre quemaba más de lo que él podía controlar, una llama que siempre encontraba la forma de escupirle en la cara. Y ahora estaba otra vez en manos del imperio. Claro que eso era porque él lo había permitido. Nada, absolutamente nada, pasaba sin que él lo decidiera. Pero saberlo no hacía que fuera menos irritante.
Esa mujer era su caos, su problema, su maldita espina en el costado.
—Entonces ya es hora de hacerle una visita, ¿no?

1
Eda
Fue ese olor, tan fuerte y nítido, lo que me obligó a inhalar profundamente.
Cada aroma era el más intenso que jamás había sentido, como si todo estuviera ocurriendo justo bajo mi nariz. Los olores se entrelazaban, invadiendo mis sentidos sin piedad. Notaba el frío cortante de la nieve y el hielo, helado y limpio, mezclado con el cálido y reconfortante aroma de la madera ardiendo, pero había algo más… Algo mucho más oscuro que parecía hallarse justo a un suspiro de distancia, tan cerca que casi podía tocarlo.
Era un olor metálico, un olor a… sangre. Podía imaginarla goteando lentamente, espesa y viscosa, hasta formar un charco oscuro a mi alrededor. Ese inconfundible hedor a hierro se colaba en cada rincón de mi cabeza.
Y luego llegó otro aroma… El humo. Acre, sofocante, cubriendo todo a su paso, impregnándose en mi piel, en mi ropa, en mi mente…
Era el olor inconfundible de la muerte.
Abrí los ojos de golpe, y lo primero que vi fue un techo de roca. Lo extraño no era solo verlo, sino cómo lo percibía. Cada detalle de la fina capa de arena que lo cubría parecía estar ahí, al alcance de mis ojos: cada grano, cada irregularidad, cada imperfección en la superficie se mostraba con una nitidez que nunca había experimentado, como si mi visión se hubiera aguzado de forma antinatural.
Algo no estaba bien, lo sentía.
Intenté reunir mis pensamientos, desesperada por encontrar respuestas. ¿Por qué estaba allí? ¿Dónde me encontraba?
Me esforcé en recordar el último momento claro antes de abrir los ojos en ese lugar, pero mis recuerdos eran un desastre. Borrosos, rotos, como piezas dispersas que se negaban a encajar. Fragmentos sueltos rondaban en mi interior: un dolor agudo, una oscuridad opresiva y esa voz femenina que me susurraba…
Todo parecía lejano, como un sueño distorsionado del que acababa de despertar, aunque no estaba segura de haber escapado realmente de la pesadilla. Esa en la que una lanza oscura se clavaba en mi estómago, seguida de esa oscuridad…, esas sombras.
Por instinto, mi mano voló hacia mi abdomen, hacia el lugar donde la lanza me había atravesado. El recuerdo era tan vívido que mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar.
Me incorporé de golpe, con los ojos buscando cualquier señal de la herida, de lo que había sucedido.
No había ni rastro de la lanza.
Ni de las sombras.
Ni siquiera del dolor.
En lugar de encontrar una herida abierta, me descubrí vestida con una camisa ancha, intacta. Ni una sola mancha de sangre, ni un desgarro ni la más mínima muestra de lo que había pasado.
Nada.
Era como si nunca hubiera sucedido, como si todo hubiera sido un producto de mi imaginación. Pero no podía serlo. Lo recordaba demasiado bien, el dolor, la lanza, las sombras…
Mis ojos recorrieron mi lado izquierdo mientras intentaba ubicarme. A mi alrededor, la habitación se extendía hacia el exterior, sin paredes que la confinaran del todo; solo unos pilares robustos, tallados en piedra, sostenían el techo, que parecía fusionarse con la montaña misma.
Cuando levanté los ojos, el paisaje me dejó sin aliento. Las montañas, cubiertas de nieve, se alzaban majestuosas y se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Eran tan imponentes, tan cercanas, que por un momento tuve la absurda sensación de que si alargaba la mano podría tocarlas.
A sus pies, se abría un pequeño pueblo, con cabañas dispersas como piezas de un rompecabezas. En el centro, un lago cristalino reflejaba la luz como un espejo, devolviendo el brillo helado de las montañas que lo rodeaban.
No había duda, me encontraba en la Fortaleza de la Cumbre de Hielo, en la cordillera de Novadia.
Lo extraño era que, a pesar de estar rodeada de nieve y por completo expuesta al viento helado, no sentía el frío como siempre. Los copos de nieve entraban en la habitación empujados por la brisa, pero no me afectaban en absoluto.
El aire gélido, ese que normalmente me calaría hasta los huesos, parecía no tener ningún efecto en mí, como si mi cuerpo hubiera olvidado lo que era temblar.
Me obligué a concentrarme en los sonidos a mi alrededor, y lo que escuché fue casi abrumador. Podía percibirlo todo, el leve susurro del hielo derritiéndose, el canto de los pájaros sobre las cimas e incluso las risas lejanas de la gente en el pueblo, abajo en el valle.
Entre todos esos sonidos, uno sobresalió y capturó por completo mi atención: una respiración lenta y constante a mi derecha. Giré la cabeza, todavía algo mareada, y ahí estaba él.
Dalton Basilius, apoyado con una calma casi estudiada contra uno de los pilares bajo un arco de piedra, me observaba. Sus ojos estaban clavados en mí, como si esperara algo, una reacción, una palabra. Pero yo solo podía devolverle la mirada, intentando entender qué hacía él allí.
El viento levantó una brisa que movió el aire a su alrededor, y su aroma me alcanzó de lleno.
En esta ocasión era diferente. A diferencia de la primera vez, cuando había percibido las notas mágicas que emanaban de él, ahora su olor tenía algo más… familiar. Olía a papel viejo, como esos libros antiguos que guardan secretos de otras épocas. Era un olor que me hizo pensar en alguien que había vivido a través de los siglos.
Era el olor, inconfundible, de la inmortalidad.
—Nunca nadie me había preparado para la vinculación cuando me uní al dragón; apenas era un niño entonces. Las leyendas de la antigua Pramvera hablaban de jinetes inmortales que podían vivir milenios, con la fuerza de cien hombres. Pero es mucho más que eso —dijo mientras se separaba de la pared y avanzaba hacia mí, sin dejar de mantener los brazos cruzados sobre el pecho—. La vinculación te permite percibir olores a kilómetros de distancia, ver cada pequeño detalle a tu alrededor, incluso las motas de polvo que flotan en el aire. Tus sentidos se aguzan porque, en el fondo, ya no eres la misma. Quizá tu mente también cambie; después de todo, si cada célula de tu cuerpo se transforma, ¿por qué no lo haría también tu forma de ver el mundo?
¿Qué había pasado? La pregunta retumbaba en mi mente. ¿Por qué… estaba viva? Después de todo lo que había sentido, todo lo que había visto…
—Estaba envuelta en sombras… —murmuré—. Miles de sombras salían de la lanza, penetraban en mí, me rodeaban por completo.
Me toqué el pecho, como si pudiera volver a sentir aquella oscuridad invadiéndome, apoderándose de cada rincón de mi ser.
—¿Qué lanza, Eda? —preguntó Dalton, mientras bajaba los brazos y los dejaba caer a ambos lados del cuerpo.
Me llevé la mano al estómago con dedos temblorosos.
—Yo… no sé si fue un sueño, si fue real. Solo recuerdo sombras. Muchas sombras.
Dalton me miró fijamente, y luego, con un suspiro, se pasó la mano por el cabello, despeinándolo aún más.
—No solo eran las sombras, tú… eras la oscuridad. Tu cuerpo, tu piel… Todo se cubrió de negro en cuestión de segundos. Cuando Long te atrapó entre sus garras… —hizo una pausa— todo sucedió demasiado rápido.
Miré a Dalton y, aunque estaba a cierta distancia, lo veía con una claridad sorprendente. Cada detalle de su rostro, cada pequeño brillo en sus ojos verdes, cada hebra de su cabello negro…, como si lo que percibía fuera más definido, más real.
Y entonces todo encajó. Por eso mis sentidos se habían intensificado de una forma casi antinatural, como si ya no fueran del todo míos.
La inmortalidad corría ahora por mis venas…
Era inmortal.
Sentía que algo se me escapaba, como si partes de mí se desmoronaran y se deslizaran fuera de mi alcance. Lo único en lo que podía pensar era en esa oscuridad, en esa sensación de vacío que me había invadido.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, y los pelos de los brazos se erizaron al instante. Podía imaginar esas sombras correr por mis venas, las sentía todavía allí, retorciéndose en mi estómago, acechando desde dentro como si nunca se hubieran ido.
—Sentí cómo se adentraban en mí —dije en voz baja, mis palabras saliendo casi temblorosas—, cómo me invadían. Salían directamente de la lanza que me atravesaba. Y luego… de repente… esa luz azul… —Me llevé la mano al estómago, como si pudiera revivirlo—. Surgió de mi cuerpo, justo aquí. Y después todo se volvió negro. En ese momento, pensé… pensé que había muerto.
Destrucción, vida y muerte. Esas tres palabras permanecían en mi mente. Ese era mi poder, lo que Iron Shadow me había dicho, lo que definía mi existencia. Y él… él siempre lo había sabido.
—Siempre supiste que no moriría, por eso nunca te asustó ponerme en peligro…
Dalton asintió lentamente.
—Nunca habría permitido que te pasara algo malo. Sabía que cualquier muerte podría desencadenar tu vinculación.
Dio un paso más hacia mí, pero se mantuvo a una distancia prudente.
—La muerte nunca ha sido un problema para ti —continuó—. Nunca tuve miedo de que te pusieras en peligro como mortal; si lo hubiera tenido, no habrías salido del palacio ni un solo día. Te habría… encerrado hasta que estuvieras vinculada. Nunca te habría dejado tan expuesta de no saber todo lo que atraes, Eda.
—¡Eso habrías hecho, Dalton! —grité—. ¿Encerrarme antes que contarme la verdad, antes que decirme lo que realmente tenía que pasar?
—Sabía que si te lo contaba, tú misma habrías sido la primera en clavarte una daga en el corazón. Lo habrías hecho para forzar la vinculación, ¡y lo sabes! ¡Lo sé!
—Pero ¡es mi decisión, Dalton! Mía y solo mía. No tienes derecho a decidir por mí.
—Valoro tu bienestar más que nada.
—¿También más que confiar en mí? —le espeté—. ¿Más que cómo podría llegar a sentirme al saberlo? ¿Más que mi derecho a elegir?
Cerré los ojos por un momento, procurando contener la rabia que me quemaba por dentro. Había demasiadas incógnitas, demasiadas mentiras, y no sabía por dónde empezar a desentrañarlas. Así que, al abrir los ojos, mi voz salió más baja, más controlada, tratando de entenderlo.
—¿Y cómo pensabas que sucedería, Dalton? ¿Cuál era tu plan?
Él negó con la cabeza, y por un instante me pareció verlo temblar.
—No había plan —confesó finalmente—. Nunca pude imaginarte muriendo, Eda. No como… no como pasó con Kaiserin.
El nombre se quedó instalado en mi mente, persistente, como una sombra que se negaba a desvanecerse. De repente, la visión regresó con una fuerza arrolladora: la nieve que caía despacio, los cuerpos esparcidos como muñecos rotos sobre el suelo, la sangre negra derramándose y mezclándose con el blanco puro. La oscuridad avanzaba, lo engullía todo, como si el mundo entero estuviera cediendo. Y en el centro de aquel caos… Dalton caminaba hacia mí.
El dolor me atravesó, no como un simple golpe, sino como un rayo partiéndome el alma en dos.
Recordé el último instante antes de que todo se desvaneciera en aquella visión: la rabia en los ojos de Dalton, su paso firme mientras se acercaba a Kaiserin…, a mí. Su espada en la mano, alzada con una determinación implacable. No escuchó las súplicas, no titubeó. Y, en un movimiento mortal, la atravesó acabando con ella.
Conmigo.
Bajé la mirada a mis manos, que yacían temblorosas en mi regazo, y vi cómo las puntas de mis dedos empezaban a brillar en ese azul que ya conocía demasiado bien. Cerré los puños con fuerza, como si pudiera contener la tormenta que estaba a punto de estallar dentro de mí. Pero mi garganta se cerraba. Las palabras se atascaban ahogadas. Parecía que alguien me hubiera arrancado la voz.
¿Por qué no podía mirarlo? ¿Por qué no podía soltar todo lo que llevaba dentro? Cada parte de mí quería gritarle, pero algo me detenía. Era como si una fuerza invisible me atara, como si me impidiera decirle lo que pensaba, lo que sabía.
Él me había mentido tantas veces, y ahora lo tenía claro. Quería hablar, contarle lo que había visto, la verdad que había descubierto. Pero no podía. Algo me frenaba. Una voz femenina, suave, dulce, casi un susurro en mi oído: No lo hagas. No le digas nada sobre la visión, parecía advertirme.
—Eda, ¿qué pasa? —Por su voz Dalton parecía asustado, pero yo seguía sin poder mirarlo.
Repetía mi nombre desesperado intentando arrancarme una respuesta. Pero yo no podía decir nada. Sentía que todo dentro de mí se había vaciado, como si alguien me hubiera extirpado cada emoción y la hubiera tirado al vacío.
No podía hablar. No podía moverme. Parecía que mi cuerpo y mi mente estaban en mi contra, bloqueándome, impidiéndome decirle lo que pensaba, lo que sentía. ¿Traición? Sí, claro que sentía traición. Pero había algo más, algo que no podía descifrar, que no tenía nombre.
No lo hagas. Esa voz volvió, suave, insistente, como un susurro que venía de lo más profundo de mi cabeza.
Me quedé congelada.
¿Qué era esa voz? ¿Quién estaba hablando en mi consciencia?
Intenté centrarme, escucharla mejor, entender de dónde procedía. Pero lo único que conseguí fue sentir una presión extraña en el pecho, como si algo, o alguien, estuviera ahí, empujándome, impidiéndome hacer o decir algo.
—Eda, no puedo leer tus pensamientos. Ya no… ya no puedo leerte… —Sus palabras temblaban, la seguridad habitual que siempre las acompañaba se había desvanecido.
Mis ojos por fin se alzaron hacia él, pero no había lágrimas ni rabia, solo un vacío que lo miraba de vuelta.
No sentía absolutamente nada en ese momento.
—¿Por qué no puedes leerme los pensamientos? —murmuré con apenas un hilo de voz. La pregunta había surgido sin que la hubiera pensado antes, como un reflejo, como si mi mente ya lo supiera.
—No… no lo sé —tartamudeó desconcertado—, pero no puedo…
—No deberías leerme los pensamientos, son míos. Son mi privacidad. Así que no vuelvas a intentarlo, Dalton. —Mis palabras salieron suaves.
Él se detuvo en seco, con el rostro lleno de confusión y… miedo.
Arrugó el ceño, procesando lo que acababa de decir, pero no dio un paso más. Se quedó justo ahí, a un metro de distancia de la cama, tan cerca y tan lejos a la vez.
—Eda, sé que todo esto es confuso. La vinculación… resulta complicada, y ahora las emociones, los recuerdos… Todo puede parecer borroso…
Seguía hablando, su voz intentaba atravesar el muro que tenía delante, pero yo no lo escuchaba. Sentía como si algo en mí se hubiera roto y sellado al mismo tiempo, como si el dolor y la traición hubieran construido una maldita pared que no podía derribar.
Sin darme cuenta volví a llevarme la mano al estómago. La inmortalidad me había salvado, me había curado. Si no me hubiera vinculado…, estaría muerta.
—El fénix. —Mis ojos recorrieron frenéticos la habitación—. ¿Dónde está el fénix?
Era como si algo dentro de mí la buscara desesperadamente, como si cada fibra de mi ser la llamara.
Fragmentos sueltos golpeaban mi cabeza. La lanza de sombras clavándose en mi estómago, el dolor atravesándome, la caída en picado. Long atrapándome con sus garras antes de que todo se volviera negro. Y luego, esa luz… esa luz entre mis brazos que de pronto tomó forma hasta convertirse en un pequeño fénix de plumas azules, brillante como el fuego vivo.
—Tranquila —dijo Dalton en un intento por calmar mi ansiedad—. El fénix está bien. No se ha apartado de tu lado ni un momento, pero Misso se la llevó para alimentarla y entrenarla un poco. Lo hemos estado haciendo durante un par de semanas.
—¿Semanas? —pregunté—. ¿Cuánto tiempo he estado dormida?
—Diecisiete días, para ser exactos.
Mis ojos se abrieron de golpe. Diecisiete días… Había estado inconsciente más de dos semanas, ajena a todo, como si hubiera desaparecido del mundo. Dios mío…
Me incorporé de golpe, cubriéndome el rostro con las manos. Mi mente estaba sumida en el caos, llena de preguntas sin respuesta, de recuerdos que parecían fuera de lugar.
—Eda… —me llamó—. Eda, por favor, mírame.
No pude. No podía levantar la cabeza y mirarlo a los ojos, no después de todo lo que había pasado, no con esa avalancha de emociones aplastándome, arrastrándome al fondo.
—¿Qué pasó con Iron Shadow aquel día? —pregunté de repente sin pensarlo. Su nombre atravesó mi mente como una maldita flecha. Una parte de mí no quería saberlo, pero la otra… lo necesitaba. Solo pensar en él hacía que mi pecho se apretara, como si algo oscuro y frío se enroscara alrededor de mi corazón.
Dalton pareció dudar un momento hasta que sus labios formaron las palabras.
—Desapareció, Eda.
Levanté la mirada sorprendida.
—¿Cómo que desapareció? ¿A dónde fue? ¿Qué pasó exactamente? —Sentí cómo se me aceleraba la respiración mientras el miedo trepaba por mi cuerpo, la misma impotencia que había sentido la primera vez que lo vi.
Esa sombra, esa presencia… ¿cómo podía simplemente desaparecer? ¿Cómo alguien como él podía desvanecerse en el aire?
—Nadie resultó herido —contestó Dalton—. Pero él… se desvaneció. No quedó rastro alguno, como si nunca hubiera estado allí. Desde entonces, no hemos vuelto a saber nada de él ni de los wendigos. Ni un ataque ni un avistamiento en las zonas cercanas a las ciudades.
Diecisiete días. Eso era lo que había pasado desde aquel momento, y la muerte no había venido a por mí. Pero él…, Iron… sabía lo que hacía.
—Pero él… —Me llevé la mano a la frente, incapaz de procesarlo—. Dios mío…
Dalton no se movió, aunque ahora no podía leer mis pensamientos, algo que aún no entendía del todo pero que agradecía, parecía haberlo notado, quizá en mi lenguaje corporal. Sabía, o al menos parecía entender, que lo último que quería en ese momento era que me tocara.
—Llevamos diecisiete días rastreando cada rincón del imperio. Hemos puesto vigilancia en las ciudades, en las fronteras, incluso en las montañas más apartadas. Los jinetes de Novadia y Arcadia patrullan día y noche. Se turnan para asegurarnos de que no haya brechas, de que nada escape de nuestra vista.
—Pero, Dalton, ese… —La palabra «ser» atravesó mi mente—. Podría estar en cualquier parte.
Levanté la mirada hacia él buscando sus ojos. Esos iris verdes, no negros…, verdes. Diferentes a cuando Iron Shadow se había hecho pasar por Dalton y había olvidado ese detalle al plagiarlo. Ese error. Sus ojos entonces no eran los de Dalton, pero ahora sí.
Verdes.
—Soy yo, Eda —dijo con suavidad, como si supiera justo lo que pasaba por mi cabeza, aunque ya no pudiera leerme—. Él no está aquí, no va a volver…, no mientras yo esté.
—Pero lo hará, ¿verdad? Volverá.
Dalton no dijo nada. Ese maldito silencio lo dijo todo.
En ese instante, lo supe. No estaba frente a un simple mentiroso. No. Era mucho peor. Era un traidor. Alguien que había destrozado mi confianza, que la había pisoteado desde el principio. Un hombre que había asesinado a Kaiserin sin pestañear, sin una pizca de remordimiento.
Y ahora, ahí estaba yo, atrapada entre un traidor y un psicópata que no descansaría hasta raptarme.
—¿Qué sabéis sobre él? —pregunté, incapaz de pronunciar su nombre.
Dalton tragó saliva antes de contestar.
—Hay muchas cosas sobre Iron Shadow que aún no comprendemos del todo. En este último mes, hemos descubierto que sus ataques al imperio han sido mucho más calculados de lo que pensábamos. Y lo más preocupante es que parece estar dispuesto a hacer lo que sea necesario con tal de…
—Tenerme a mí —lo interrumpí completando la frase.
Dalton no tuvo más que añadir, y aunque el silencio volvió a instalarse entre nosotros, fue suficiente para saber que la tormenta no había pasado. Solo esperaba el momento perfecto para estallar.
—Necesito… necesito pensar, y contigo aquí no puedo hacerlo. Por favor, déjame sola.
—Está bien —respondió en voz baja. Lo sentí mirarme unos segundos, pero yo ya no podía devolverle la mirada.
Me quedé ahí, sin moverme, escuchando cómo sus pasos se alejaban hasta que la puerta se cerró tras él. Y entonces las lágrimas empezaron a caer. Primero despacio, pero luego ya no pude contenerlas. Me empaparon las manos, gotearon entre mis dedos, y no hice nada por detenerlas. Ni quería.
¿Qué demonios me estaba pasando?
Por Dios… «Dalton, ¿cómo pudiste hacerme esto?», pensé, mientras las lágrimas seguían cayendo sin control. ¿Cómo había sido capaz de ocultármelo durante tanto tiempo? Siempre esperando al último momento para soltarme la verdad, como si todo fuera un maldito juego. Meses enteros, dejándome en la oscuridad, alimentando mis dudas, mis miedos, sin decirme nada.
Y luego… luego tenía el descaro de mirarme a los ojos, de llamarme «emperatriz» mientras me hacía el amor…, mientras me mentía con cada palabra, con cada gesto.
La rabia me atravesó, y con un gruñido golpeé el cojín con todas mis fuerzas. Las plumas volaron por la habitación, como si todo lo que sentía explotara junto con ellas.
Me acerqué al borde de la habitación y me asomé al vacío. El vértigo ni siquiera me rozó. Abajo, los hipogrifos y las mantícoras volaban con sus jinetes a sus lomos, se deslizaban entre las corrientes de viento. Había decenas de ellos.
Me sujeté al enorme pilar de piedra para no resbalar y cerré los ojos mientras respiraba profundamente. Sentía el mundo a mi alrededor de una forma por completo nueva. El aire traía olores distintos, desconocidos. Podía escuchar el batir de las alas, el crujir de la nieve bajo las patas de las mantícoras y las risas lejanas de los jinetes que volaban sobre ellas, como si cada sonido se colara directamente en mis sentidos.
¿Qué fue lo que en realidad ocurrió aquel día con Iron Shadow?
Si cerraba los ojos, lo veía. Esa maldita mirada. Aquella sombra no tenía ojos, no de verdad. Eran pozos sin fondo, abismos que tragaban toda la luz a su alrededor. No solo oscuros…, eran un vacío puro y absoluto, y el simple recuerdo me helaba hasta los huesos.
Solo pensarlo hacía que mi respiración se volviera errática. Sentía su sombra, como si todavía estuviera ahí, acechando, esperando. Pero no era solo eso, no. Era algo más profundo, algo que se arrastraba dentro de mí hasta colarse en mi pecho como un veneno. Me daba miedo reconocerlo, pero lo sabía.
Él era la muerte. Y, lo peor de todo…, me quería a mí.
—Iron Shadow… —dije su nombre en voz alta, con cuidado, mientras mis ojos se perdían en el horizonte—. ¿Qué quieres de mí?

2
Eda
Salí de la habitación y, con cada paso que daba, algo en mí se sentía… extraño. Ajeno. Como si mi cuerpo no terminara de pertenecerme. Mis pies tocaban el suelo, pero era como si no lo sintiera, como si flotara…
¿Era esto parte de la inmortalidad? ¿Que incluso mi forma de moverme, de sentirme, cambiara? Tal vez era la agilidad el poder que ahora corría por mis venas. ¿Esto significaba no ser del todo humana? ¿Ser una pluma en un mundo que antes me pesaba demasiado?
La Fortaleza de la Cumbre de Hielo parecía vacía, como si el frío hubiera arrastrado a todos a algún rincón oculto. Todavía me costaba acostumbrarme a no sentir el hielo mordiéndome la piel, a no sentir… nada.
Me detuve en seco cuando reparé en una figura encapuchada junto a la barandilla de hielo, la misma que daba al abismo del corazón de la montaña.
—Faelan… —Tragué saliva.
El regente de la fortaleza siempre había tenido algo que ponía los nervios de punta. Envuelto en una capa oscura con su figura encorvada bajo la capucha, inclinó ligeramente la cabeza en una especie de reverencia, un saludo formal, pero había algo en ese gesto… que no parecía del todo correcto.
—Señorita Eda. —Bajo la capucha vislumbré lo que parecía ser una sonrisa—. ¿Cómo se encuentra?
—Estoy bien —respondí con cierta incomodidad, desviando la mirada hacia el entorno en busca de alguien más, cualquier señal de compañía—. ¿Dónde está…?
Mis ojos recorrieron cada rincón, pero no había nadie más. Sabía que Dalton no estaría lejos, siempre se mantenía cerca, pero, por alguna razón, la soledad en ese momento me hacía sentir vulnerable.
—Su Alteza Imperial ha abandonado la fortaleza, se ha dirigido al campo de entrenamiento. —Faelan habló con una lentitud calculada—. Pero no se preocupe, alguien la espera en el salón.
Sin decir más, giró sobre sus talones y comenzó a caminar. Su andar, aunque encorvado, era sorprendentemente ágil. A pesar de su aparente edad y fragilidad, había algo en su movimiento que me ponía nerviosa, como si tuviera el control de todo a su alrededor.
Lo seguí apresurada, aunque manteniendo una cierta distancia y, al entrar al salón, allí estaba mi hermano, apoyado despreocupadamente contra la pata de una enorme mantícora, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Nolan! —grité, mi corazón saltando de alegría.
Corrimos el uno hacia el otro. Llegué mucho más rápido de lo que pensaba y, en cuanto me envolvió con sus brazos, lo apreté con fuerza.
—Menos mal que, si me rompes las costillas, en unas horas volverán a estar en su sitio por sí solas —bromeó mientras su pecho vibraba contra el mío por la risa sin dejar de abrazarme.
Me separé un poco para mirarlo, sus preciosos mechones rubios le caían sobre el rostro, un poco más largo que la última vez que lo vi. Estaba guapísimo, con esa luz en los ojos que me hacía sentir que todo iba a estar bien.
—¿La última vez que me viste fue hace casi un mes y lo primero que me dices es eso? —Le solté un manotazo en el hombro, tal vez un poco más fuerte de lo que pretendía.
Nolan se rio sacudiendo la cabeza.
—Oh, venga, Eda. He estado a los pies de tu cama dos semanas, mirando si respirabas cada dos por tres. Estaba preocupado, joder.
Antes de que pudiera decir algo, me volvió a abrazar y, en ese momento, me di cuenta de lo mucho que lo extrañaba.
Hacía tanto tanto tiempo que no me abrazaba que casi había olvidado la sensación. Había olvidado su olor, ese aroma que siempre me hacía sentir en casa. Había olvidado lo que era tener un hermano.
—Bueno, espero que al menos hayas hecho algo útil por mí mientras yo estaba desaparecida —dije apartándome de él con una sonrisa que no pude contener, aunque intenté sonar molesta—. No te olvides de todas las veces que te cuidé cuando eras un mocoso enfermo… y de paso a papá también. Siempre me tocaba a mí, ¿recuerdas?
Su rostro cambió por un segundo, y el mío también. Ese recuerdo…, esa vida en la granja… Todo parecía tan lejano en ese momento, como si hubiera sido un sueño. Como si no hubiéramos pasado más de veinte años viviendo juntos bajo el mismo techo.
Nolan me tomó de la mano y su mirada se suavizó.
—Te sienta bien…, ya sabes… —Nolan me miró de arriba abajo con una sonrisa juguetona.
—¿La inmortalidad? —resoplé poniendo los ojos en blanco—. No puedo creer que acabe de decir eso.
Él soltó una pequeña carcajada, pero luego su expresión cambió y se volvió más seria.
—Eda…, hay muchas cosas que necesitas contarme. Especialmente sobre lo que pasó ese día… y, en realidad, todo lo que ha pasado en estos últimos meses. No me gusta cómo nos hemos distanciado. Lo entendía cuando eras mortal, tenías tus razones. Pero ahora… ahora no hay nada que te detenga. No más secretos entre nosotros, ¿de acuerdo?
Tenía razón, y lo sabía. Había tantas cosas que debía contarle. Cómo había pasado de los pasillos del palacio a volar hacia Novadia con el mismísimo emperador. Cómo mi vida había dado un giro completo en cuestión de días. Y luego estaba lo del fénix, la vinculación, el ataque de Iron Shadow…
Asentí.
—Tienes razón, hay muchas cosas que debo contarte, pero… necesito tiempo. Ni siquiera yo termino de entender lo que está pasando. Siento como si todo se moviera demasiado rápido, tanto que yo apenas logro mantenerme al día.
—Está bien —dijo alzando una ceja—. Cuando estés lista, hablaremos. Pero por ahora, por orden del emperador, debo escoltar a la gran jinete al campo de entrenamiento.
—¿Jinete? —le sonreí de lado—. Eso suena… muy muy bien.
—Ni que lo digas, hermanita —respondió con un guiño mientras tiraba de mi mano—. Aunque no te acostumbres, todavía no tengo claro cómo alguien como tú terminó vinculada…
La mantícora dio un paso adelante, y tiré de Nolan como reflejo para obligarlo a quedarse detrás de mí. Era imponente, mucho más de lo que había imaginado. Había volado en un dragón, montado un hipogrifo, pero aquello… aquello era diferente.
Sus enormes ojos color caramelo se clavaron en los míos y se inclinó hacia delante, estirando su cuello musculoso y olfateando en mi dirección, como si intentara descifrar quién era yo.
Desde el cielo, aquellas criaturas parecían más pequeñas, casi manejables. Pero allí, frente a ella, con su pelaje espeso y brillante, me di cuenta de su verdadero tamaño. Su cuerpo, compacto pero poderoso, estaba diseñado para la caza, para la guerra. Las alas de dragón, plegadas a su costado, parecían capaces de matar a un ejército entero.
—Es impresionante.
Nolan me miró de reojo.
—Tienes suerte de verla tan tranquila —bromeó dándome un codazo—. Créeme, no siempre son así.
—¿Ah, no?
—No. La última vez un soldado imperial novato se acercó demasiado sin permiso…, bueno, su bota terminó en las fauces de Nodin, y el tipo salió corriendo descalzo gritando como un lunático.
—¿Nodin? ¿Ese es su nombre? ¿Qué significa? —pregunté mientras extendía la mano, con la duda pintada en mi rostro.
—«Viento» —respondió Nolan con una sonrisa orgullosa—. Aunque ella es más como una tormenta, si me preguntas.
Nodin inclinó su enorme cabeza hacia mi mano y la olisqueó con curiosidad, como si estuviera evaluando si merecía o no su atención.
—¿Puedo…? —Miré a Nolan a la espera de su aprobación.
—Si no te arranca la mano, supongo que sí —bromeó, pero antes de que pudiera responder, añadió rápidamente—. Es broma, relájate. A Nodin no le interesa arrancarte la mano…, siempre y cuando no te pongas nerviosa. Si lo haces, bueno…, digamos que puede que quiera probar lo rápida que eres esquivando.
—Nolan, por Dios… —gruñí al tiempo que apartaba la mano, pero Nodin se inclinó más hacia mí, insistiendo con un leve gruñido en su garganta para que la acariciara.
—Estoy siendo honesto. Es una mantícora, no un perro de compañía. —Se encogió de hombros y añadió—: Pero si le gustas, probablemente te dejará intacta.
Le acaricié la cabeza de león, esperando que en cualquier momento reaccionase de forma agresiva, pero no lo hizo. Su pelaje era sorprendentemente suave, mucho más de lo que habría imaginado en una criatura tan imponente. Nodin cerró los ojos despacio, como si disfrutara del gesto, y dejó escapar un suave ronroneo.
Miré a mi hermano, con una pregunta rondándome la cabeza que no podía ignorar.
—¿Por qué te ha enviado el emperador a ti? ¿Y por qué al campo de entrenamiento?
Nolan arqueó una ceja y se cruzó de brazos mientras se apoyaba contra la mantícora, como si no le importara nada.
—No hago preguntas cuando me dan órdenes, Eda. Aunque sabes perfectamente por qué.
—El ave fénix…
Nolan asintió.
—No tienes ni idea del revuelo que has causado en estas dos semanas, Eda. Esa criatura… No encuentro palabras para describirla. Es majestuosa, aterradora. Cada vez que la gente la ve se detiene, los soldados la miran como si estuvieran frente a un dios. No importa cuántas veces la vean, sigue dejándolos sin aliento. Y tú… —Se detuvo, como si las palabras se le atascaran en la garganta—. Tú eres su jinete, Eda. ¿Sabes lo que eso significa?
Tragué saliva y me enderecé decidida. El nerviosismo seguía ahí, revoloteando en mi pecho, pero lo ignoré.
—Llévame con ella. Quiero ver al fénix.

3
Eda
Sobrevolamos Novadia, y por un momento me quedé sin aliento, asombrada por cómo Nolan manejaba a la mantícora con una facilidad que rozaba lo natural, sin un atisbo de duda o miedo.
Yo, por otro lado, me sentía diferente, como si algo en mí hubiera cambiado por completo. Al subirme a la montura, todo fluyó. Mi cuerpo se movía con una agilidad nueva, como si cada músculo supiera exactamente qué hacer.
Mi equilibrio era perfecto. Esa inseguridad que había sentido otras veces al montar… había desaparecido. En su lugar, había una certeza tranquilizadora: no me caería. No me costaba nada adaptarme a los movimientos de la mantícora, como si mi cuerpo ya conociera el ritmo, como si en algún lugar de mi mente algo hubiera despertado y me guiara.
La inmortalidad lo había cambiado todo. No solo veía y escuchaba con más claridad, sino que cada parte de mí respondía con una precisión que nunca antes había tenido. Era como si todo en mí estuviera más lúcido, mejorado.
Era… impresionante.
En apenas unos minutos llegamos al campo de entrenamiento de los jinetes, y al instante me di cuenta de que algo había cambiado. El lugar no se parecía en nada a lo que recordaba. La última vez que había estado ahí todo se hallaba más calmado, casi como si fuera un día cualquiera, pero ahora… ahora había algo en el ambiente que me ponía nerviosa.
Todo a mi alrededor se movía de una forma que no terminaba de entender. Las mantícoras, los hipogrifos y los jinetes estaban como atrapados en una especie de caos controlado en el que no había desorden. Lo más extraño de todo era cómo, en medio de tanto movimiento, todos —jinetes y criaturas— clavaban la mirada en un solo lugar.
Aterrizamos y, aunque Nolan me ofreció su mano para bajar, la ignoré. Me agarré al denso pelaje de Nodin y me las arreglé sola. No era como deslizarme por las escamas de Long, pero funcionó. Cuando mis botas tocaron la nieve, sentí un peso invisible sobre mis hombros.
Las miradas.
De repente, ya no estaban fijas en ese punto lejano, sino en mí. Cada una de las criaturas y de los jinetes que se encontraban alrededor dejaron lo que andaban haciendo y me observaron.
—Todo el ejército sabe lo que pasó en Pramvera ese día, ¿no? —le susurré a Nolan, mientras me encogía un poco detrás de él. Todas esas miradas en mí… me hacían sentir como si estuviera bajo una lupa, incómoda, expuesta.
—No es solo por lo que ha pasado con los wendigos —contestó Nolan, mirándome con esos ojos que siempre habían sido una mezcla de protección y preocupación. Por un momento, sentí que había algo más en esa mirada. ¿Sabría lo de Iron Shadow?—. Es por quién eres ahora, Eda. En quién te has convertido. Todo el mundo está hablando de ti, Eda. Los soldados, los jinetes, hasta los ancianos del consejo. No eres solo una jinete más. Eres la portadora del fénix, y eso significa algo. Algo enorme.
Abrí la boca, pero nada salió. ¿Quién era ahora? ¿Qué esperaban de mí?
—¡Oh, Eda! —La voz de la capitana Misso resonó por todo el campo y atrajo aún más la atención sobre mí—. ¡Por fin te has despertado!
Misso se acercaba con una gran sonrisa. En cualquier otra ocasión, esta me habría desarmado, pero ese día me sentía… diferente. Menos confiada.
—Guau, la inmortalidad te sienta muy bien —dijo recorriéndome con la mirada de arriba abajo, como si realmente pudiera ver ese cambio en mí que todos parecían notar antes que yo.
Bajé la cabeza en señal de respeto.
—Encantada de verte, capitana.
Mis ojos se deslizaron detrás de ella, intentando ver a través de la multitud de jinetes y criaturas, pero no encontraba lo que realmente buscaba.
«¿Dónde está…?».
La capitana Misso siguió mi mirada y, al darse cuenta, gritó una orden con autoridad.
—¡Apartaos!
De inmediato, jinetes y criaturas se hicieron a un lado, como si una fuerza invisible los obligara a hacerlo. El ruido de sus pasos y alas cesó de golpe. El centro del campo de entrenamiento quedó despejado, y entonces la distinguí…
El ave fénix.
Era, sin duda, la criatura más impresionante que había visto en toda mi vida. Su plumaje era un espectáculo en sí mismo, un despliegue de azules que abarcaba todas las tonalidades posibles: desde los matices más oscuros y profundos hasta los más brillantes y luminosos. Cada pluma parecía brillar con luz propia y se extendía desde sus alas con una elegancia casi irreal.
La cola era lo más sorprendente: tres largas plumas que se arrastraban en la nieve. Aunque pequeña comparada con las enormes mantícoras y los hipogrifos que la rodeaban, el fénix había crecido mucho desde la última vez que la sostuve entre mis brazos. En tan solo diecisiete días había crecido hasta medir más de un metro de altura. Pero lo más hipnótico eran sus ojos. Completamente azules, brillaban como cristales, como si pudieran ver más allá de mi carne, más allá de mi alma.
Estás aquí, Eda.
La voz no fue como cuando Dalton me hablaba en mi mente. No, esta era diferente. Era más profunda, más arraigada, como si viniera de un lugar dentro de mí que ni siquiera sabía que existía.
Me tambaleé y sentí cómo Nolan intentaba sujetarme, pero apenas me dio tiempo a procesarlo. El fénix levantó sus alas y el aire cambió. En un segundo, un torrente de fuego azul salió disparado en nuestra dirección.
No hacia mí. Hacia Nolan.
Mi corazón se detuvo. Todo se volvió lento, como si el mundo entero estuviera en pausa excepto esas llamas. Vi cómo se acercaban, cómo el azul brillante devoraba el espacio entre el fénix y nosotros. Quise gritar, moverme, hacer algo, pero mi cuerpo no respondía. Y entonces, de la nada, Dalton apareció.
Su fuego negro estalló con fuerza y nos envolvió a Nolan y a mí en un escudo oscuro y ardiente. El choque fue brutal, como dos tormentas colisionando. Las llamas negras y azules se encontraron en el aire y giraron y lucharon como bestias salvajes.
El fuego negro ganó. Se tragó las llamas azules en un instante, sofocándolas como si nunca hubieran existido.
Dalton no perdió tiempo y rugió con autoridad:
—¡Todos los jinetes fuera del campo de entrenamiento! ¡Ahora!
El tono de su voz fue suficiente para que todos reaccionaran al instante. Sin preguntas, sin titubeos. Los jinetes se movieron rápido y subieron a sus monturas en un abrir y cerrar de ojos. Las mantícoras rugieron, los hipogrifos batieron sus alas y, en cuestión de segundos, despegaron dejándolo todo atrás.
El círculo de fuego negro que Dalton había invocado seguía rodeándonos, vibrante y letal. Era una barrera que cortaba todo a nuestro alrededor y nos separaba del resto del campo.
¿Quién es? Escuché esa voz femenina otra vez. ¿Quién es y por qué te está tocando?
Miré a mi alrededor desconcertada, el caos de lo que acababa de pasar seguía haciéndome sentir desorientada.
«¿De quién es esta voz?».
Giré la cabeza de un lado a otro, tratando de descifrar qué demonios ocurría. Mis ojos se detuvieron en el fénix, que ahora mantenía las alas bajas, pero seguía inmóvil, como una estatua viva. Y entonces lo noté. No me miraba a mí.
Sus ojos azules, fríos y penetrantes, estaban clavados en Nolan. Era como si todo su ser rechazara su presencia. El fénix no lo aceptaba. No quería que estuviera cerca.
—Creo que deberías dejar de tocarme… —le balbuceé a Nolan, sin apartar los ojos del fénix. Él al ver hacia dónde estaba mirando me soltó lentamente, sin decir una palabra.
En el campo de entrenamiento solo quedábamos Dalton, la capitana, Nolan y yo, todavía atrapados dentro del círculo de fuego negro. Dalton, detrás del fénix, me hizo un gesto rápido con la mano para que me apartara de Nolan.
La mantícora, justo a mi derecha, no se movió ni un centímetro.
Respiré hondo, di una zancada hacia la izquierda y traté de no mirar al fénix directamente.
—Nolan, súbete a la mantícora y ve con el resto de tu escuadrón —ordenó Dalton, y mi hermano, sin cuestionar, obedeció de inmediato.
—Sí, Su Alteza Imperial —respondió. Antes de marcharse, se dirigió a mí—: Luego te encuentro, Eda. —Y con eso, desapareció por donde habíamos llegado.
Volví a mirar al fénix. Seguía con los ojos clavados en mí, penetrantes. Sus alas volvieron a abrirse y, aunque no era un ave enorme, la intensidad de su magia parecía llenar todo a su alrededor.
Respiré hondo, como había aprendido a hacer con Dalton, y en mi mente le dije: No me hará daño, es mi hermano. Lo hice con calma mientras daba un paso hacia delante. Ellos, señalé mentalmente hacia donde estaban los demás, tampoco van a hacerme daño.
El fénix bajó sus alas despacio, casi con cautela.
Eso es, muy bien.
Caminé despacio por la nieve hacia al fénix, con cuidado, asegurándome de no realizar ningún movimiento que pudiera asustarla. Y entonces, de repente, el ave extendió sus alas de golpe y empezó a correr hacia mí. Mi cuerpo se tensó, lista para cualquier cosa, pero me quedé quieta.
Ella siguió corriendo, cada vez más rápido, y justo cuando pensé que iba a estrellarse contra mí, comenzó a saltar alrededor dando pequeños brincos como un cachorro emocionado. Sus plumas largas arrastraban en la nieve y dejaban surcos a su paso, mientras giraba en círculos, como si no pudiera contenerse. Estaba… ¿feliz? ¿Eso era felicidad?
¡Estás aquí, estás aquí, has despertado!, dijo una voz dulce en mi mente, llena de alegría y calidez.
Dios mío… Caí de rodillas en la nieve, incapaz de procesar lo que estaba pasando. El fénix seguía corriendo a mi alrededor, sus movimientos ligeros, casi juguetones. Me había hablado, se dirigía directamente a mí, pero… ¿cómo era posible?
El fénix dejó de saltar y, con movimientos lentos, empezó a empujarme con suavidad con la cabeza, como si quisiera algo de mí. Era imposible no sonreír ante su insistencia.
—Está bien, pajarraca, te acariciaré —murmuré rindiéndome con una sonrisa.
Extendí la mano lentamente y dejé que mis dedos rozaran sus plumas azules. Al tacto, eran suaves, casi etéreas. Deslicé la palma por su cabeza y, cuando la acaricié, lo sentí. No era un simple contacto. Una corriente mágica recorrió mi cuerpo y burbujeó en mis venas como un río encendido. Pero no resultaba abrumadora; al contrario, desprendía una calma infinita. Como si, por primera vez en mucho tiempo, todo estuviera en su lugar. Era paz. Pura, absoluta, y solo ella podía transmitírmela.
—Es la vinculación. —Escuché la voz de Dalton delante de mí, más cerca de lo que había pensado—. Lo que sientes ahora mismo es la conexión con el fénix.
Seguí acariciándola, pero mi mente no paraba de volver a él, como si estuviera atada por una cuerda invisible que no podía cortar. Mis dedos temblaban sobre las plumas y, antes de darme cuenta, mi cuerpo empezó a retroceder, como si intentara escapar de algo que sabía que estaba dentro de mí, no fuera.
Me mordí el labio y me obligué a quedarme quieta. No podía permitir que esos malditos sentimientos tomaran el control, no en ese momento, no cuando todo pendía de un hilo. Pero el miedo… y la rabia… siempre estaban ahí, al acecho.
Tragué saliva antes de hablar.
—Ella… ella me está hablando, Dalton. Es como tú… también puede escuchar mis pensamientos. Atacó a Nolan porque pensaba que me iba a hacer daño. Creía que estaba en peligro, que tenía que actuar antes de que algo malo pasara…
Misso, que había estado observando en silencio, dio un paso al frente.
—Lo sabemos, Eda —dijo la capitana, intercambiando una mirada breve con Dalton.
—¿Qué quieres decir? —insistí.
—Uno de los poderes que obtienes con la vinculación es la capacidad de comunicarte —explicó Dalton, sus palabras medidas como si tratara de no asustarme más de lo necesario.
—¿Comunicarme? —repetí arqueando una ceja—. ¿Comunicarme cómo? ¿Con quién exactamente?
—Con las criaturas —afirmó sin dudar, como si aquello fuera algo tan simple como respirar.
Me quedé en silencio tratando de digerir lo que acababa de decir. ¿Podía realmente comunicarme con ellas? La idea me revolvió el estómago a pesar de que, en el fondo, algo dentro de mí sabía que era verdad. Sentí la conexión con el fénix, pero… ¿con todas las criaturas? ¿Hasta qué punto?
Al ver que no respondía, retomó la palabra.
—La llama Kaiserin es tu poder principal —dijo, como alguien que recitaba algo que había memorizado hacía mucho—. Es el más letal que tienes. Sirve tanto para atacar como para defenderte, un arma en toda regla.
Asentí despacio mientras recordaba cómo había sentido ese fuego recorriéndome, quemándome desde dentro.
—Pero tu otro poder… es diferente —continuó—. Es estratégico. No sirve para destruir, Eda, sino para liderar. Puedes sentir a las criaturas, entenderlas, e incluso guiarlas. La vinculación no es solo una unión física con el fénix. Es una conexión con todas las criaturas feéricas.
—Eso significa que también pueden sentirme a mí… —murmuré dando un paso hacia atrás.
—Sí —dijo por fin con un suspiro pesado—. Pueden sentirte…
—Lo sabías, ¿verdad? —lo interrumpí—. Sabías que podría comunicarme con las criaturas.
Él asintió sin dudar, pero eso solo me hizo soltar un bufido.
—Por supuesto que lo sabías.
Misso se acercó hasta quedar a mi altura, aunque a una distancia prudente, e hincó una rodilla en la nieve.
—Tú… Kaiserin —rectificó—. Ella también tenía este poder. Al principio, solo podía comunicarse con el fénix. Eso ya era algo que ningún otro jinete puede hacer con su criatura. Pero tú… tú puedes…
Hizo una pausa y lanzó una mirada hacia el fénix, que seguía observándonos con sus ojos hipnóticos, antes de continuar:
—Con Kaiserin fue diferente. Al principio parecía algo limitado, algo único con el fénix, pero luego… luego empezaron las voces.
—¿Voces?
—No eran humanas, si eso es lo que piensas —explicó ella—. Kaiserin comenzó a escuchar algo más. Una conexión, como una especie de susurro, algo parecido a lo que Dalton experimenta con su poder, pero mucho más específico.
Dalton asintió y tomó la palabra de nuevo.
—Al principio, pensamos que era lo mismo que yo hago. Ya sabes, sentir las consciencias de las personas, escuchar sus pensamientos más profundos si lo permito. Pero pronto nos dimos cuenta de que lo que ella oía no eran mentes humanas. Escuchaba a las criaturas.
—No es que este poder aparezca de repente —dijo Misso cruzando los brazos—. Es algo que ya estaba dentro de Kaiserin, y ahora está dentro de ti. La diferencia es el entorno. Kaiserin venía de un lugar donde estas criaturas no existían. No fue hasta que llegó aquí y estuvo rodeada de ellas que ese poder comenzó a manifestarse de verdad.
Mientras procesaba lo que me decían, no solté al fénix, que seguía dándome suaves empujones con la cabeza en busca de más contacto.
¿Cómo te llamas?, le pregunté mentalmente, y esperé una respuesta. Pasaron unos segundos antes de que algo sucediera.
Kali, mi nombre es Kali, me contestó.
—Se llama Kali —dije en voz alta para que todos lo supieran—. Ese era su nombre en el pasado, ¿verdad?
—El mismo —confirmó Dalton con un leve asentimiento.
Sentí cómo mi pecho se apretaba, otra vez esa visión de Dalton asesinando a Kaiserin se clavaba en mi mente, esa a la que no quería enfrentarme. ¿Kali lo sabría? ¿Sabría quién había sido Dalton realmente? ¿Lo que había hecho?
—¿Crees que ella recuerda algo de su vida anterior?
No esperaba respuesta, era más una pregunta lanzada al vacío, pero Dalton, como siempre, no dejó que el silencio durara mucho.
—No lo sé, Eda. Tal vez… tal vez con el tiempo. Pero si lo supiera, creo que ya lo habría mostrado. Los recuerdos pueden tardar en regresar. A ella… y a ti también.
Mi corazón dio un vuelco. Había algo en su tono que no decía pero que insinuaba. ¿Qué más podía estar oculto? ¿Qué más permanecía enterrado en esa vida pasada que no pedí recordar?
—Sí, sobre todo después de… —La voz se me cortó de golpe.
No se lo digas. La voz de Kali hizo que las palabras se quedaran atrapadas en mi garganta y me congelaran en el acto. No se lo digas al emperador. No, aún no…
Levanté la vista despacio hacia el fénix. Y lo entendí. Era ella. Era su voz la que me había estado diciendo que no podía contárselo a Dalton, la que me pedía que no hablara, que no dijera lo que sabía, lo que había visto, lo que recordaba.
Ella no quería que él lo supiera. No quería que le hablara de la verdad, de las cosas que habían empezado a resurgir en mi mente. Era ella quien me pedía que me quedara callada.
Misso carraspeó.
—Estas semanas, Kali ha estado dejando a todos los jinetes y soldados de Pramvera completamente boquiabiertos —comentó con una sonrisa—. El fénix siempre ha sido un símbolo de poder en el imperio, pero nadie había visto uno antes. O, al menos, nadie lo recuerda.
Misso lo recordaba todo. Sabía que Dalton no había borrado su memoria cuando Kaiserin murió, como hizo con tantos otros, para borrar cualquier rastro de que una emperatriz había gobernado a su lado con el ave fénix. Pero la pregunta que no dejaba de atormentarme era si ella conocía toda la verdad. ¿Sabía lo que en realidad había pasado ese día? ¿Sabía quién había sido el culpable de la muerte de la emperatriz?
—Kali ha pasado casi todo este tiempo a tu lado —continuó Misso—. Al principio apenas era una cría indefensa, pero ha crecido a un ritmo impresionante. Esta última semana se ha transformado por completo. Ahora necesita quemar toda esa energía que ha acumulado, por eso ha cambiado tanto. Ha empezado a confiar en mí lo suficiente como para dejar que la trajera hasta aquí con Aquilea. Pero… todavía no sabe volar.
Dalton cruzó los brazos y le lanzó una mirada burlona.
—Ha confiado en ti porque la chantajeabas con comida, Misso.
—¿Lo dices como dato o porque estás celoso? —respondió ella arqueando una ceja—. El fénix ni siquiera te ha mirado en todo este tiempo.
Dalton intentó defenderse.
—Eso no es verdad…
Me puse de pie lentamente y Misso me imitó y se sacudió la nieve de las rodillas.
—Entonces ¿no sabe volar? —repetí lo que ella había dicho.
—No por ahora, pero he revisado sus alas. Los músculos ya están lo bastante desarrollados como para que pueda hacerlo, aunque no a grandes alturas ni distancias largas. Pero está lista.
Dalton añadió en un tono más serio:
—Será mejor que tengas cuidado. No te acerques demasiado a los soldados o a los jinetes cuando Kali esté cerca, al menos hasta que le quede claro que no representan un peligro para ti. No queremos más incidentes como el que acaba de pasar con Nolan. Ahora es pequeña, pero en unas semanas su poder crecerá, y su temperamento podría ser más difícil de controlar.
Asentí, pero no pude resistirme a lanzar una última pulla.
—Bueno, tal vez haya personas que sí resultan peligrosas, ¿no crees, Dalton? —Sabía exactamente dónde golpear.
Él tragó saliva y, por un segundo, pareció suplicarme con la mirada.
—Eda…
Pero aparté la vista y la fijé en Misso.
—¿Cuándo puedo empezar con los entrenamientos, capitana?
—Cuando quieras. Pero antes de cualquier entrenamiento, sería mejor que te familiarices del todo con Kali. Si ella aún no sabe volar, lo más importante será que ambas os conozcáis bien primero. —Me estudió de arriba abajo—. Aún te estás recuperando, aunque no lo aparentes.
Miré a Kali, que seguía a mi lado. Sus plumas azuladas parecían brillar bajo la luz del sol, cada una moviéndose con el viento.
—Podemos empezar mañana con lo básico, pero… —Misso buscó discretamente la aprobación del emperador, quien permanecía en silencio—. Dalton tiene bastante experiencia y ya conocía a Kali antes. Es quien más preparado está para ayudarte.
—No. Prefiero entrenar contigo, capitana —interrumpí lanzando una rápida mirada de reojo a Dalton—. No quiero que mi fénix se sienta incómoda y…, si no recuerdo mal, has dicho que a Kali no le caía muy bien. —Mi tono era afilado y le dejaba claro a Dalton que no quería tener nada que ver con él en ese momento.
Pude escuchar con claridad cómo apretaba los dientes, probablemente tratando de contenerse.
Misso sonrió y le lanzó una mirada retadora a su emperador.
—Parece que Eda ya ha tomado una decisión, Su Alteza —dijo disfrutando de la pequeña victoria—. Me toca a mí encargarme del fénix.
Dalton no dijo nada, pero el crujido de sus dientes era casi audible. Lo ignoré y me concentré en Misso.
—¿Cuándo empezaremos el entrenamiento? —pregunté, ansiosa por poner algo de distancia entre Dalton y yo.
—Mañana por la mañana entrenarás sola —respondió Misso con una sonrisa astuta—. Conocerás a los jinetes y entrenarás con tu pelotón, los reclutas Calen y Nolan. Por las tardes, entrenaremos con Kali, más alejados de aquí. Ahora que eres inmortal, te has vuelto mucho más difícil de matar
