Otra historia de la música (El Barroquista)
¿Qué pensaría Bach de la música actual?
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Desde los cantos desgarrados de los esclavos africanos hasta las coreografías hipnóticas del K-pop, pasando por la alquimia de Rosalía o las ecuaciones sonoras de Bach, el pulso musical ha narrado lo que las palabras no alcanzan: es consuelo y rebelión, ciencia y rito, ruido y belleza. En el libro «Otra historia de la música» (Ediciones B, noviembre de 2025), Miguel Ángel Cajigal (El Barroquista) rastrea el poder invisible de la música como arte y como espejo de lo humano. Con su habitual mezcla de erudición y humor, Cajigal desarma los mitos que la rodean y nos invita a escuchar el pasado -y el presente- con otros oídos. Con motivo de la publicación del cierre de la trilogía «Otra historia», LENGUA ofrece un extracto del libro: el provocador capítulo «Platón contra el reguetón», un texto que recuerda la vieja aversión del filósofo griego hacia la música «moderna» de su tiempo para tender un puente con los debates actuales sobre los géneros populares.

Platón feat. Daddy Yankee. Crédito: Suso Merlo.
El filósofo ateniense Platón es, sin ninguna duda, una de las figuras más relevantes de la historia. Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, su pensamiento empapa toda la historia de Occidente y ha sido materia de estudio durante siglos. Como expresión de sus conceptos, concibió algunas de las metáforas más transmitidas de todos los tiempos, como el mito de la caverna, y desarrolló un sistema filosófico que ha influido en la humanidad durante más de dos mil años.
Y, además de todo eso, Platón era el típico señor cascarrabias que odia la música moderna.
Es posible que esta parte de la biografía del famoso filósofo no te suene demasiado, porque en la escuela le damos muy poca importancia a la formación musical en general y, en particular, cualquier conexión del arte sonoro con otras disciplinas académicas es prácticamente invisible en el currículo educativo. Pero este pensamiento suyo no es una simple anécdota. Entre los muchos autores del pasado que eran conscientes de la importancia de la música para el ser humano, Platón seguramente destaca por la trascendencia e influencia de su pensamiento, que, como veremos, todavía está muy vigente en la actualidad.
Para ser honestos, lo cierto es que la postura platónica hacia la música resulta ambigua e incluso, en ocasiones, parece contradictoria, si la evaluamos a la luz de los textos que se han conservado. En algunos pasajes, alarmado por la enorme influencia que determinados tonos musicales tienen sobre las emociones humanas, coquetea incluso con la idea de la prohibición de toda la música, mientras que en otros momentos reconoce los importantes valores que las canciones y la danza transmiten en la educación de la infancia. Lo que realmente le preocupaba es lo que podríamos llamar, con una expresión ciertamente melodramática, «el poder de la música». Que no es otra cosa que el bien conocido fenómeno que experimentamos cuando, tras una mala jornada de trabajo, nos ponemos un tema que nos levanta el ánimo, o, después de una ruptura sentimental, nos encerramos con esas canciones que siempre nos mueven al llanto.
Ese poco interés hacia la música en la escuela actual que he mencionado resulta especialmente llamativo si consideramos la gran preocupación que ha despertado a lo largo de la historia la repercusión de este arte en la educación de las personas. El propio Platón consideraba digna de elogio, y por tanto adecuada para la juventud, la música que sostenía aquellos valores asociados al civismo y que fomentaba el orden social establecido. Por el contrario, en el otro plato de la balanza colocaba las canciones que a través de sus armonías y ritmos fomentaban emociones turbulentas e incitaban a las personas a un comportamiento indecoroso.
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Imaginemos, por un momento, qué habría opinado del reguetón…
Dentro de esos comportamientos censurables, Platón cargaba las tintas especialmente contra los tonos que promovían el llanto, ya que provocaban preocupantes alteraciones emocionales, que no resultaban adecuadas. Los lamentos musicales fueron vistos de manera muy negativa durante la Antigüedad clásica y, para sorpresa de nadie, esta negatividad se relacionaba con lo «femenino». Como explica Ted Gioia, en diferentes rituales los cánticos lastimeros se consideraban una especialidad de las mujeres, que canalizaban y exponían a través de ellos una serie de sentimientos vetados por las convenciones sociales y que, desde luego, no debían mostrarse en público.
Un prejuicio de estas características no es una cuestión menor. No se trata de un comentario aislado de un oscuro personaje histórico, perdido en medio de un texto poco conocido. La influencia platónica en la historia de Occidente es larga y profunda, lo que provocará que esta censura musical, leída y releída en diferentes épocas, se mantenga vigente durante siglos. Seguro que Platón no era la única persona importante de su época que pensaba de este modo, pero su voz tuvo una influencia muy superior a la de cualquier otra.
Tiempo después, el retórico hispano-romano Quintiliano anhelaba tiempos pasados, en los que supuestamente se interpretaba una música más viril, frente a la de su propia época, que consideraba lasciva y afeminada. Abonado a este mismo pensamiento, que bien podría parapetarse bajo el lema Make Roman Music Great Again, Cicerón —que nunca destacó por ser el tipo más divertido del foro— criticó también los excesos en la música y el canto, pues consideraba que afeminaba al hombre y debilitaba el carácter cívico; demasiada afición a la música destruía la dignidad del ciudadano. Dada la inmensa influencia de la cultura clásica en el sustrato cultural occidental, todos estos clichés se mantuvieron vigentes en la música europea hasta bien entrada la Edad Media, cuando, como hemos visto, las grandes innovaciones del canto polifónico dibujaron un nuevo panorama en el que el lamento musical resultaba más aceptable.
Antes de que le pongamos la cruz a Platón como un señor anticuado y retrógrado, es necesario que entendamos que su perspectiva era la de alguien preocupado por la política pública y las repercusiones directas que el arte provocaba en la sociedad. Por ese motivo, nunca destacó como un gran defensor de la libertad creativa, en ninguna de las artes, sino que se decantaba, al menos públicamente, por el seguimiento de un canon ordenado. Es posible que este tipo de visión artística, en la que se separan una serie de obras como dignas de mérito, alabanza y estudio para que funcionen como modelo a imitar, te suene más.
Como el arte de los sonidos provoca unas reacciones sensoriales y emocionales mayores y más intensas que el resto de las disciplinas creativas, Platón vinculaba la música con su idea de estado, con conceptos como el equilibrio, el orden y la justicia. Por ello proponía una regulación estricta de la misma, que contribuyese a una armonía social frente a la amenaza del caos y la anarquía, representada por ciertos tonos y ritmos indeseables.
En nuestra época, como ya hemos visto, gozamos de un gran acceso a la música, y quizás por ello miramos con cierta indulgencia este tipo de expresiones del pasado. Pero una lectura retrospectiva de los capítulos anteriores de este libro pone de manifiesto dos cosas: en primer lugar, que Platón no estaba ni mucho menos equivocado con respecto a la capacidad de influencia del arte de los sonidos en el ser humano; en segundo lugar, que sobran los momentos históricos en los que otras personas pensaron como él y obraron en consecuencia. Recordemos la industria discográfica que suavizaba las innovaciones del jazz porque las consideraba indecorosas para la audiencia mayoritaria a la que se dirigía; la misma industria que acepta las innovaciones musicales solo en píldoras fácilmente asimilables. En último término, el propio concepto de música clásica, donde un panteón de héroes de hace siglos, elevados a los altares, ve cómo sus obras son interpretadas de manera casi religiosa, como expresión de que la civilización occidental se mantiene, no está muy alejado de la visión platónica y podemos considerarlo su consecuencia última.

Dale, Tón, dale. Crédito: Suso Merlo.
La prueba de que Platón no estaba tan equivocado es que pocos años antes que él, pero a miles de kilómetros de distancia, Confucio pensaba de una manera sorprendentemente parecida. En las Analectas, señala ciertas músicas como lascivas y corruptoras y concluye que no deben ser tocadas porque la música juega un papel esencial en la formación moral del individuo y en la armonía social. Criticaba expresamente los ritmos agresivos y aquellas melodías excesivamente emocionales, porque consideraba, como luego lo haría Platón, que desestabilizaban las pasiones y fomentaban el desorden.
Por contraposición, Confucio abogaba por la música yayue, que significa literalmente «música refinada». Este género musical, solemne y pausado, era utilizado en la corte imperial y en los rituales de los templos y acompañaba los sacrificios religiosos y los banquetes de estado. Su estilo era sobrio, su cadencia era lenta e inducía a un estado de calma y reflexión. La danza que acompañaba a este tipo de música estaba estrictamente codificada, de modo que el conjunto no buscaba un ligero entretenimiento, sino la elevación del espíritu. Una suerte de «música clásica», pero muchos siglos antes de que, en otro continente, este concepto viese la luz.
A pesar de la distancia geográfica entre ambos, Confucio y Platón coincidían en las líneas maestras de su pensamiento musical por idénticas razones de orden ético y social. Ambos se encontraron con un panorama previo relativamente carente de reglas aplicables a la práctica de los sonidos y ambos produjeron una doctrina escrita y perfectamente estructurada al respecto, con una inmensa capacidad de influencia.
Que estos dos gigantes del pensamiento, quizás las dos mentes más influyentes de la historia como guías del comportamiento humano, viesen la música en términos tan parecidos ha tenido una repercusión que no vemos fácilmente, porque está por todas partes y hemos crecido con ella.
Su afán regulador también es fruto de un tiempo concreto en el que los avances musicales se habían revolucionado. Como hemos comprobado hasta ahora en este libro, el acelerador de la historia musical a veces se pisa hasta el fondo y, en semejantes contextos de cambio, surgen voces que reclaman la preservación de cierto orden. Tanto Platón como Confucio vivieron cómo la música de sus respectivas culturas experimentaba grandes innovaciones, que ellos contribuyeron a codificar.
No sabemos en qué momento exacto nació la música, un hallazgo anónimo de importancia capital para nuestra especie, del que hablaremos en un par de capítulos. Pero la obra de estos filósofos nos señala cuándo fue lo bastante relevante como para considerarla un riesgo social. Esto no habría ocurrido sin ciertos avances, asociados a una verdadera revolución científica, que dieron lugar a la música tal y como la conocemos.
Sin ellos, como veremos a continuación, la obra de Bach sería un imposible y, como ella, prácticamente toda la arquitectura de la música mundial habría sido muy diferente.
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