«El secreto de Victor Black», de Alexandre Escrivà
Al alba del 9 de enero de 2017, Jacob Fisher, un asesor financiero de San Francisco, encuentra en la cocina el cadáver de su esposa Natalie cosido a puñaladas y con varias mantis religiosas encima. El asesinato coincide con la desaparición de Sharon, la hija adolescente del matrimonio. Al tomar el mando de la investigación, el inspector William Parker se da cuenta de que el modus operandi del homicida es el mismo que el de Victor Black, un asesino en serie que cumple su condena en el corredor de la muerte de la Prisión Estatal de San Quintín. Sin embargo, los detalles de sus crímenes nunca se hicieron públicos. ¿Por qué han vuelto las mantis? ¿Atraparon al hombre equivocado o se trata de un imitador que logró hacerse con la información? Para resolver el enigma, Parker tendrá que entrevistarse con Black en prisión. Comienza así un juego de manipulaciones y mentiras que destapa la fría y ególatra personalidad del preso: mientras las certezas del inspector se van desvaneciendo, su entorno más cercano podría estar amenazado por un secreto oculto durante años. A continuación, LENGUA publica un anticipo de «El secreto de Victor Black» (Alfaguara, abril de 2026), la nueva novela de Alexandre Escrivà.

Prólogo
El viento zarandea los árboles al otro lado de la ventana. Los rayos de sol que consiguen colarse entre las nubes iluminan parte del dormitorio. Jacob se mira en el espejo de cuerpo entero: un hombre de cuarenta y dos años, cabello canoso y barba de tres días, a quien hoy le está costando más que de costumbre anudarse la corbata. Su traje gris hace juego con el cielo de esta mañana de enero. De fondo, en la radio despertador, el presentador del programa matutino dice que las temperaturas no superan los nueve grados. Finalmente Jacob se rinde y, sin estar satisfecho con el aspecto del nudo, entra en el cuarto de baño del dormitorio principal, que conserva la fragancia del perfume Lancôme de Natalie. A diferencia de él, su mujer no necesita despertador para levantarse temprano. Aún es de noche cuando se enfunda su ropa deportiva y hace cuarenta minutos de ejercicio, se da una ducha fría, se viste y prepara el desayuno para ella, Jacob y Sharon, su hija de dieciséis años. Las alarmas suelen sonar en casa a las siete en punto y padre e hija se levantan sin poder despegar los párpados, se arreglan para ir al trabajo y al instituto respectivamente, dan medio bocado al desayuno y se van corriendo para no llegar tarde. Y así cada día. Luego se reparten las demás tareas de casa, pero las mañanas son innegociables.
Tras engominarse el pelo hacia un lado, Jacob sale del cuarto de baño, recorre el pasillo y se dispone a bajar las escaleras, pero algo le hace detenerse. La puerta de la habitación de Sharon está cerrada. Mira el reloj: las 7.25.
Niega con la cabeza.
A Sharon no le va a dar tiempo a desayunar antes de que pase el autobús. Aunque, a decir verdad, no sería la primera vez que va al instituto con el estómago vacío. Está en una edad complicada, y desde hace un par de meses su relación con la comida ha empeorado de forma significativa. Come mucho menos que antes y ha perdido peso. Ni Natalie ni él saben cuánto, porque Sharon se niega a subirse a la báscula. Dice que esa máquina solo marca un número, que no la representa, que la salud abarca muchas más cosas y que ella está perfectamente. Pero ellos no están tranquilos. Se preocupan por su hija e insisten en el tema, lo que hace que Sharon se enfade y se encierre en su habitación. Repite una y otra vez que la obligan a comer demasiado y que siempre llega al instituto con ganas de vomitar. Ellos no saben si es verdad o si no quiere comer por un chico, porque se han metido con ella en clase o porque quiere parecerse a las modelos e influencers que sigue en las redes sociales. Hablar con ella es tan complicado ahora... Tienen la sensación de que los ha apartado de su vida, como si fueran unos desconocidos que le brindan un techo mientras ella trata de vivir a su manera. Ya no recuerdan la última vez que su hija les dio un abrazo. A veces les gustaría retroceder en el tiempo para estar con la Sharon de cinco años, la niña que se pasaba el día con una sonrisa en la boca, que hacía mil preguntas y que solo quería que sus padres jugaran con ella. Pero todo cambió cuando cumplió los ocho. Jacob cree ya no hay vuelta atrás. Natalie, en cambio, quiere pensar que llegará un día en que esa niña tan agradable y familiar regresará a ellos, aunque sea en el cuerpo de una adulta.
Jacob llama a la puerta.
—Sharon, ¿estás lista? Se te va a hacer tarde. No hay respuesta al otro lado.
—¿Sharon?
Le extraña. Pocas veces se queda dormida, aunque quizá no le ha sonado el despertador.
Despacio, abre la puerta. Las contraventanas están cerradas y la luz apagada. Jacob suspira. Se acerca a tientas hacia las ventanas y deja que la poca luz del sol entre en la habitación.
Al girarse, ve que la cama de Sharon está vacía. Jacob arruga el entrecejo. Vuelve al pasillo y mira en el baño compartido, pero allí no hay nadie.
—¡Cariño! —llama a voces, mientras baja las escaleras—, ¿está Sharon ahí contigo?
Tampoco ahora recibe respuesta.
—¿Natalie?
Jacob alcanza la planta baja y entra en la cocina. Es entonces cuando ve las piernas de su esposa dobladas en el suelo, detrás de la mesa.
—¡Natalie!
Corre hacia ella, pero, cuando advierte la deformada imagen que se plasma ante él, lanza un grito y retrocede asustado. Un temblor lo sacude de pies a cabeza y lo obliga a doblarse por la mitad, con las manos en las rodillas, mientras respira de forma entrecortada. En cuestión de segundos se le llenan los ojos de lágrimas y siente que lo asalta una oleada de calor. El cuerpo de Natalie yace boca abajo sobre un charco de sangre. Tiene alrededor de veinte cortes profundos en la espalda.
Jacob nota una aguda punzada en el pecho al ver movimiento en sus heridas: una decena de insectos se alimentan frenéticamente del cadáver de su esposa.
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Día 1
Lunes, 9 de enero de 2017
El caso Fisher
1
William Parker
San Francisco
Pero entonces «¿pago la multa o no?».
Una marea de carcajadas inunda la oficina.
Doce policías se encuentran en un rincón tomando el primer café del día, antes de empezar su jornada.
Algunos compañeros que ya tienen los ojos pegados a la pantalla del ordenador los miran con cara de reproche: no dicen nada, pero les molesta el ruido. Es entonces cuando el oficial Ian Davis, sentado en el borde de una mesa, sonríe con los ojos y se lleva el dedo a los labios en un gesto burlón para reclamar silencio. Se ha dejado bigote, aunque nadie le ha dicho que no le favorece.
—¿Queréis que os cuente otra? —murmura.
—No, por favor —suplica la oficial Madison Bennett.
Lleva el cabello recogido en una coleta descuidada y sus ojos están hinchados: tiene un hijo pequeño que le quita horas de sueño por la noche y ganas de dedicarle tiempo a su aspecto por el día.
—Venga, Maddie —dice Davis—. Si a ti te encantan estas historias.
—¿Tú crees? Por si no lo recuerdas, yo estaba delante cuando te burlaste de ese hombre. Debía de tener por lo menos setenta años y estaba desorientado. El pobre había dejado el coche mal aparcado, sí, pero acababan de ingresar a su esposa en el hospital. Tenía la cabeza en otra parte. Estaba preocupado, ¿entiendes? Y, como buen policía, debías preocuparte tú por él, proporcionarle información sencilla y clara, y no confundirlo más de lo que estaba. Sin embargo, como te comportas como si tuvieras doce años, me tocó a mí llamar a su hija para ponerla al tanto de todo mientras tú te quedabas en el colegio del nieto con los brazos cruzados.
—Alguien tenía que quedarse allí.
—No moviste ni un dedo.
—Hice mi trabajo.
—Chicos —William decide intervenir antes de que se les vaya de las manos—, basta. Relajémonos, por favor, que aún tenemos todo el día por delante. —Mira el reloj de la pared—. A lo mejor ya va siendo hora de ponernos manos a la obra. A nadie le gusta el papeleo, pero...
—William —Madison se vuelve hacia él—, estoy harta. Tú no sabes lo que es trabajar codo con codo con este. Cualquier día me pido el traslado.
—Eso si no lo pido yo antes —replica Ian.
—¡Pues no sé a qué esperas!
—Vamos, parejita. —El inspector Harris revisa los documentos del caso de homicidio que tiene abierto y habla sin levantar la mirada de los papeles—: Ya habéis oído a Parker. A trabajar.
Ian y Madison cruzan una mirada reprobatoria, pero no dicen nada. El grupo se disuelve y William se queda a solas con Harris, a quien el cabello castaño le empieza a clarear por la zona de la coronilla a sus cincuenta y cinco años. Su barba es más frondosa en la parte de la perilla y el vello le sobresale por el cuello de la camisa.
—Esos dos acaban juntos, te lo digo yo —comenta Harris.
William ríe por lo bajo.
—Ni lo sueñes. Están casados.
—¿Qué tendrá que ver?
—Además, ya has visto cómo se llevan. Yo no diría que están hechos el uno para el otro, precisamente.
—Yo no veré mucho, pero algunas cosas se huelen.
William sonríe.
Es una broma recurrente que la miopía de Harris no le permite ver nada que no sea a través de sus gafas cuadradas de metal, aunque su aspecto despistado esconde una intuición por encima de la media. No está en buena forma, pero es inteligente. El mejor investigador del Departamento, en opinión de William.
—¿En qué andas metido ahora, Harris?
Él resopla y mira los documentos de nuevo.
—Han encontrado partes de un cuerpo calcinado.
—¿Se sabe de quién se trata?
—Aún nada: ni siquiera podemos asegurar si es hombre o mujer —se lamenta—. Se podría deducir midiendo el grosor de ciertos huesos, pero no disponemos de ellos. Es imposible conocer su identidad en ese estado. Quienquiera que lo haya hecho se aseguró de que así fuera: le prendió fuego y lo descuartizó. De momento solo se ha recuperado una parte del tronco y otra de una pierna. Estaba en un contenedor de basura, dentro de una bolsa. Supongo que el resto no tardará en aparecer.
—¿Has mirado el listado de personas desaparecidas?
—Sí, pero, como te digo, no puedo llegar a conclusiones si no consigo algo más. Si apareciera un cráneo, una dentadura...
William se levanta y tira el vaso vacío a una papelera.
Habla cuando vuelve a la silla:
—Podría ser cosa de bandas.
—Lo he pensado —asiente Harris—. No sería la primera vez que hacen desaparecer a alguien en un ajuste de cuentas.
—Si el quién no está claro, investiga el dónde.
—Ya empezamos...
—¿En qué zona ha aparecido esa bolsa?
—En el distrito de Bayview.
William hace una mueca.
—No es un lugar tranquilo, que digamos. La gente acabará yéndose de San Francisco si la tasa de delincuencia no baja.
Harris lo mira y sonríe de medio lado.
—¿Me vas a volver a hablar de la tranquilidad que se respira en Pacífica?
—No. Creo que ya lo he hecho lo suficiente.
—Aún me sorprende que te mudaras a San Francisco cuando volviste al Departamento de Policía. Pacífica está a solo veinte kilómetros. Podrías seguir viviendo allí y venir a trabajar en coche todos los días.
—Yo quería vivir aquí.
—Pero ¿por qué? Esto empieza a parecer una ciudad repleta de zombis enganchados a la droga. Yo llevo toda la vida aquí y no pienso irme, pero en tu caso...
—Si me fui de Pacífica fue por mis padres —lo interrumpe.
Harris pega la espalda al respaldo de su silla y aprieta los labios.
—Vaya, lo siento. No pretendía meterme en tu vida privada.
William hace un gesto para quitarle importancia.
—No pasa nada. Como tú con San Francisco, ellos veían Pacífica como su hogar y no tenían intención de irse. Yo no lo veía igual —resume sin entrar en detalles—. No sé, Harris, mis padres son de mente cerrada.
—Tú, en cambio, eres todo un revolucionario —dice en tono irónico—. ¿Aún escribes con pluma y pergamino?
—Muy gracioso. El tema de la tecnología no tiene nada que ver con esto.
—Por supuesto que no.
William suspira y decide contarlo:
—Mi padre es policía en Pacífica. Era oficial, aunque siempre había querido ser investigador. Intentó ascender durante muchos años, pero no hacían falta más detectives en Pacífica y él se sentía cada vez más frustrado; estaba convencido de que daría la talla. Mi madre nunca había visto con buenos ojos su empleo y se alegraba de que su marido mantuviera un puesto menos peligroso. Cuando yo dije en casa que quería ser policía, ella intentó hacerme cambiar de idea, me habló de decenas de profesiones respetables y mejor pagadas, pero, cuanto más grandes eran sus negativas, más empeño ponía yo. Mi padre, en cambio, se alegró mucho: me explicaba a escondidas cómo funcionaba todo dentro del cuerpo, a veces incluso me contaba las pesquisas de algunas investigaciones que salían por las noticias. Yo aprendí la teoría del oficio muchísimos años antes de entrar en la academia.
—Entiendo que tu madre al final se rindió —dice Harris.
—Muy a su pesar, pero sí. Empecé como oficial en San Francisco y, gracias a los contactos de mi padre, me concedieron el traslado a Pacífica un par de años después. El problema surgió cuando uno de los pocos detectives de Pacífica se jubiló y salió su vacante. Me la ofrecieron a mí.
—¿Cómo? —se sorprende Harris—. ¿Ningunearon a tu padre?
—Sí.
—¿Y tú lo aceptaste?
William baja la mirada, incómodo.
—Lejos de ver que yo también tenía mis propias aspiraciones y alegrarse por mí, mi padre estuvo semanas sin dirigirme la palabra. Y mi madre le dio la razón. Estuvimos un año enfrentados a causa de su resentimiento. Un día, la discusión se nos fue de las manos, nos dijimos cosas horribles y me harté. Pedí el traslado a San Francisco y me mudé en cuanto pude. Deseaba alejarme de ellos en todos los sentidos. Mi padre consiguió por fin su puesto de detective en el Departamento de Policía de Pacífica, pero perdió el único hijo que tenía. Hace años que no hablamos —confiesa.
Harris se rasca la coronilla, pensativo, pero una voz grave irrumpe en la oficina antes de que diga nada:
—Parker.
William se incorpora al ver al teniente Fallon de pie en el umbral de la puerta.
—¿Sí, teniente?
—Venga a mi despacho ahora mismo.
Tengo un nuevo caso para usted.
2
William Parker
San Francisco
El despacho del teniente Frank Fallon es pequeño y carece de ventanas. Tiene fotografías enmarcadas en la pared en las que aparece él junto con algunos compañeros en operaciones especiales. Y hay una a la que guarda un cariño especial. En ella no se ven uniformes ni armas. Un Frank Fallon de veinte años sonríe a la cámara con bermudas y camiseta a la orilla del río Sacramento. Sostiene un salmón real de al menos diez kilos en compañía de un amigo que moriría dos meses después en un atraco. El teniente solo le ha hablado de él en una ocasión, pero a lo largo de los años William se he dado cuenta de que a menudo desvía la mirada hacia esa fotografía. Se ha quitado la chaqueta del traje y se mueve con torpeza, mientras dos manchas oscuras de sudor se extienden bajo sus brazos. Las arrugas y las bolsas de los ojos avisan de que su jubilación está a la vuelta de la esquina.
—Se trata de una mujer. Natalie Fisher, cuarenta y un años. Su marido la ha encontrado muerta esta mañana nada más despertarse.
—¿Cómo ha muerto?
—Múltiples puñaladas en la espalda.
William enarca las cejas.
—¿Dónde estaba?
—Dentro de casa, en la cocina.
—¿Y dice que el marido la ha encontrado así? —pregunta, escéptico.
Fallon se encoge de hombros.
—Es la versión que nos ha dado él. Pero hay algo más: su hija ha desaparecido.
—¿Cómo que ha desaparecido?
El teniente ordena los documentos de su mesa.
—Jacob Fisher, el marido de la fallecida, afirma que su hija de dieciséis años no estaba en casa cuando ha encontrado a su esposa muerta.
William frunce el ceño. Escruta a Fallon mientras piensa en las posibilidades. Hay una que destaca entre las demás, pero su consciencia la empuja hacia dentro, como evitando que sea la acertada, como si tuviera el derecho a poder elegir.
—¿Cómo se llama la chica?
—Sharon Fisher. La familia vive en la Decimoctava Avenida.
William coge aire y lo expulsa por la nariz.
—Está bien. Iré a ver.
Se levanta de la silla con la intención de abandonar el despacho, pero el teniente Fallon habla antes de que abra la puerta.
—¿Sabe, Parker? Me preocupa usted.
William se vuelve, confuso.
—¿Por qué, señor?
Fallon vacila.
—Hace cuatro años que le conozco y he de confesarle que me impresionó desde el primer día. No todos tienen agallas para estar en Homicidios. Pero usted, con tan solo treinta y tres años, parecía tener la experiencia de un investigador de primer nivel. Al principio dudé de sus capacidades, no se lo niego. Pero me dio razones para cambiar de opinión. ¿Le puedo preguntar qué le motivó a entrar en Homicidios?
—El caso del Asesino del Zodíaco, señor. Mi padre me habló de sus crímenes cuando era pequeño y me pasé veranos enteros investigando por mi cuenta.
Fallon sonríe.
—¿Y consiguió dar con él?
—De haberlo hecho, usted lo sabría.
—¿Se da cuenta? No voy a opinar sobre si hablarle de crímenes a un niño es lo mejor para su educación. Hay algo que me inquieta más. Normalmente, los investigadores tienen a alguien a quien idolatrar: otro investigador que resolvió uno o varios casos importantes, por ejemplo, o algún fiscal muy tenaz. Usted, en cambio, entró en Homicidios motivado por un caso sin resolver. El Asesino del Zodíaco mató a cinco personas, se burló de todos nosotros y ha conseguido zafarse de la justicia hasta hoy. Y siento que esa motivación que encuentra usted en ese caso se centra más en el asesino que en los policías que lo investigaron. ¿Me equivoco?
—No sé a dónde quiere ir a parar, teniente.
Fallon deja que los segundos transcurran.
—A que, cuando le he expuesto este nuevo caso, he notado que se le dibujaba una pequeña sonrisa en las comisuras de la boca. Ha sido como si estuviera esperando esto, a pesar de la gravedad de la situación. Por eso le digo que me preocupa, Parker. Porque ansía el momento de enfrentarse a los monstruos de nuestro mundo, y siento decirle que no va a encontrar más que oscuridad.
3
Jacob Fisher
San Francisco
Los policías van de un lado a otro por la casa. Algunos hablan entre susurros y Jacob aguza el oído para intentar escuchar lo que dicen, pero no lo consigue. Está sentado en el sillón verde oscuro del salón. Lo han colocado en una esquina de modo que no pueda ver nada de lo que pasa más allá del pasillo que conecta con la cocina. Un médico le ha hecho un reconocimiento y le ha ofrecido una pastilla que no recuerda muy bien para qué era. Jacob la ha rechazado. No quiere drogarse, necesita estar lúcido, aunque se siente agotado y nota que le tiemblan las manos de vez en cuando.
¿Qué demonios ha ocurrido? Intenta olvidar la imagen de Natalie en el suelo de la cocina, pero le es imposible. No para de pensar que ella sigue muerta a tan solo unos metros. Y la sangre. Tanta sangre... Una lágrima le recorre la mejilla para perderse en su barba gris. ¿Quién ha podido hacerle esto a Natalie? Y, por Dios, ¿dónde se ha metido Sharon?
Jacob se remueve en el sillón. Un ataque de nervios ha sustituido el cansancio. Se pasa una mano por el pelo y se le llena de gomina. Se la limpia contra el reposabrazos del sillón. Luego busca la cajetilla de tabaco en el bolsillo de su pantalón, se enciende un cigarrillo e inhala la primera calada como si saliera a flote tras una inmersión demasiado larga.
Se fija en la brasa del cigarrillo y piensa que el tabaco no acabará con su vida tan rápido como él querría. Después de este mazazo, podría hacer cualquier tontería. O eso cree hasta que el recuerdo de Sharon vuelve a su mente. Tiene que dar con ella.
De pronto oye unos pasos en el recibidor. Son distintos a los demás, más pesados y lentos.
—Supongo que usted debe de ser Jacob Fisher.
Jacob alza la vista y ve a un hombre vestido de paisano que se le acerca despacio. Es unos años más joven que él, alto, delgado y con el pelo corto y castaño. Sus rectas facciones le recuerdan a las de un boxeador. Lleva botas y un abrigo abierto que le llega hasta media pierna. Le tiende la mano y se presenta:
—William Parker, inspector de Homicidios.
Jacob le corresponde el saludo, pero no se pronuncia.
No sabe qué decir.
—¿Cómo se encuentra? —pregunta el policía.
Él se encoge de hombros, baja la mirada y niega con la cabeza.
—Lo siento mucho, señor Fisher. Sé que es duro, pero he de hablar con usted de lo sucedido. ¿Se ve con fuerzas?
Jacob suspira y asiente. —Tengo entendido que ha sido usted quien ha llamado a la policía. ¿Es así?
Jacob vuelve a asentir como un autómata.
—Cuénteme qué ha pasado, por favor
. Ahora cierra los ojos. No quiere volver a contarlo, no quiere revivirlo. Le diría al inspector que se ha equivocado, que en realidad no tiene fuerzas para esto, pero se obliga a hablar por primera vez:
—Me he levantado de la cama a las siete en punto. Me he duchado y me he vestido. Cuando iba a bajar a desayunar, he visto que Sharon, mi hija, aún no se había levantado; su puerta estaba cerrada. He entrado, pero no estaba. No había nadie allí. He bajado a la cocina pensando que estaría desayunando con mi mujer, y... —Se le quiebra la voz.
—Señor Fisher, ¿sabe a qué hora ha encontrado a su esposa en esas circunstancias?
—Sí. Eran las 7.25. He mirado el reloj antes de entrar en el cuarto de Sharon.
El inspector calla y Jacob levanta de nuevo la mirada hacia él; ve que toma notas en una pequeña libreta de piel negra.
—¿Es normal que su mujer no esté con usted en la cama cuando despierta?
Jacob asiente con la cabeza y da una calada al cigarrillo.
—Ella es... —Carraspea—. Natalie se levantaba temprano todos los días. Hacía deporte y nos preparaba el desayuno a Sharon y a mí.
—¿A qué hora solía levantarse? —No sabría decirle. No se ponía el despertador, no lo necesitaba. Cuando el cuerpo se lo pedía, simplemente se levantaba.
Parker suelta un gruñido y Jacob lo interpreta: sería más sencillo si Natalie hubiese seguido una rutina con horario fijo.
—Lástima. Tener una franja horaria ayudaría a dar con su agresor —confirma Parker.
Jacob se queda prendido de esa última palabra. Él no denominaría así a alguien que apuñala a otra persona hasta la muerte. «Agresor» es una palabra demasiado floja.
—Lo siento —se limita a decir.
—No se preocupe. Dígame, señor Fisher, ¿cómo describiría a su mujer?
—Natalie era una buena persona. —A Jacob le tiembla la voz y se le humedecen los ojos al hablar—. Se desvivía por su familia. Y la gente la quería, se llevaba bien con todo el mundo. No le costaba sacarte una sonrisa en su peor día.
—¿A qué se dedicaba?
—Era maestra en la Escuela Primaria Fitzpatrick. Le encantaban los niños.
—¿Y usted?
—Yo trabajo como gestor en un banco.
Parker pasa una hoja de la libreta.
—¿Qué me puede decir de su hija? ¿Ha conseguido hablar con ella?
—No, la he llamado al móvil, pero se lo ha dejado en casa.
—¿Sabe dónde podría estar? —No, no lo sé. He llamado también al instituto y a los padres de sus amigas. Nadie sabe nada de ella.
Parker toma notas de todo.
—¿Algún familiar a quien haya podido acudir?
—¿A qué se refiere? El policía barre el salón con la mirada y guarda silencio durante unos segundos que a Jacob le sacan de quicio.
—¿Cómo era su relación con Natalie? —pregunta al fin.
—¿Mi relación? —Jacob está nervioso. No entiende las preguntas del policía—. Buena. Era mi mujer —subraya la obviedad.
—¿Discutían a menudo?
—No.
—¿Cada cuánto?
—¿Por qué da por hecho que discutíamos?
Parker lo mira ahora con dulzura, intenta que se relaje.
—Todo el mundo discute, señor Fisher. Por muy bien que se lleve una pareja, siempre van a surgir diferencias. Es algo natural.
—No era así en mi casa.
—¿Insinúa que tampoco discutían con Sharon?
—Pero ¿usted qué se ha creído? —vocifera. Se ha puesto rojo y se le marca una vena en la frente—. ¿Han asesinado a mi mujer, mi hija ha desaparecido y me pregunta si discutíamos?
—Es solo protocolo, señor Fisher —dice Parker sin levantar la voz.
—Pues métase el protocolo donde le quepa, ¿me ha oído? —Le apunta con el dedo—. Mi mujer está ahí al lado desangrada —dice entre lágrimas—. Alguien ha entrado en mi casa y la ha matado, joder. ¿Es que no lo ve?
—Siento mucho si le he ofendido.
Jacob se pasa el dorso de la mano por la mejilla para secarse las lágrimas.
—Lo siento —repite el policía—. ¿Podemos seguir?
Jacob se lo piensa. Da una calada larga, tira el cigarrillo al suelo y lo pisa con la suela del zapato. Ya lo limpiará más tarde. Cierra los ojos, inspira por la nariz y espira por la boca. Una vez más calmado, asiente.
Parker cambia el rumbo del interrogatorio:
—¿Quién podría querer hacerle daño a su esposa?
—Nadie. Ya se lo he dicho, Natalie se llevaba bien con todo el mundo.
—¿Y a usted?
—¿A mí?
—¿No hay alguien que quisiera perjudicarlo de algún modo?
—No hasta llegar a este punto. —Supongo que no será fácil lidiar con todos sus clientes del banco —comenta Parker.
Jacob enmudece. Por supuesto que no es fácil. Hay gente de todo tipo. ¿Cuántas veces le habrán amenazado en la sucursal? Pero hay cosas que no dependen de él. Cuando lo ascendieron a gestor de alto patrimonio, hace unos meses, dejó de resolver problemas relacionados con los créditos. Con frecuencia, los clientes no dan el perfil que el banco requiere para prestarles dinero. Todo reside en la confianza crediticia que aporte cada cual: si el banco no está seguro de que el dinero va a volver a sus arcas con la comisión que corresponde, no concederá ese crédito. Él solo es un trabajador más, un peón que cumple con sus funciones. Por suerte para él, piensa, los ricos no dan ese tipo de problemas.
—No, no lo es —dice con la mirada perdida—. Pero no se me ocurre nadie que pudiera... que fuese capaz de... No es lo mismo discutir con alguien que desearle la muerte o asesinar a su familia.
—De acuerdo. Piénselo con calma y, si recuerda que alguien llegase a amenazarle, a usted o a su esposa, no dude en comunicármelo. Aparte de ustedes, ¿alguna persona dispone de llaves de la casa?
—No. Bueno... —rectifica—. Los padres de Natalie, por si pasara algo. Dios —se lleva una mano a la frente—, aún no lo saben.
—¿Me podría dar sus nombres y su dirección? Me gustaría hablar con ellos.
Jacob lo mira con el ceño fruncido.
—Todo caso es como un camino mal asfaltado, señor Fisher —explica Parker—. Yo solo sigo las señales. Tal vez sus suegros puedan darnos algún dato.
Confuso, Jacob le facilita la información que le pide.
—Volvamos a su hija. ¿Cómo es Sharon? Jacob resopla, gesto que no pasa desapercibido para el inspector.
—Si me pregunta por su personalidad, podríamos decir que no está en su mejor momento.
—¿A qué se refiere?
Jacob se encoge de hombros. Se siente cansado.
—No lo sé. Sharon nunca nos ha puesto las cosas fáciles, pero últimamente nos cuesta hablar con ella.
—¿Por algún motivo en especial?
—La edad, el instituto, los chicos, el acné, la comida. Todo eso, supongo.
—Entiendo. ¿Ha habido algún acontecimiento que haya intensificado ese cambio de actitud en Sharon? ¿Algo que fuera importante para ella? ¿Algo traumático, quizá?
Jacob piensa en ello.
—No, que yo recuerde. Perdone, pero ahora mismo no pienso con claridad.
—Lo entiendo. Le dejaré descansar. Solo una pregunta más. —Parker guarda la libreta en el abrigo—: ¿Ha tocado el cuerpo de su esposa? Jacob siente un escalofrío. El cuerpo. El policía ya no se refiere a ella por su nombre, sino como un cuerpo sin vida. Natalie se ha convertido en un amasijo de carne, vísceras y huesos. Traga saliva y dice:
—Solo para quitarle los insectos de encima.
El inspector lo mira con seriedad.
—¿Insectos?
Jacob se remueve. Le tiemblan las manos.
—Los he matado.
Parker aprieta la mandíbula, enfadado.
—¿Se da cuenta de que ha contaminado la escena del crimen? ¡Puede interferir en la investigación!
—¡Se la estaban comiendo! —grita Jacob, y rompe en un llanto desconsolado—. Se la estaban comiendo, joder. Esas malditas mantis se estaban comiendo a mi Natalie.

