Premio Nobel de Literatura 2024
«Tinta y sangre», de Han Kang
Cuando Inju, una reconocida pintora, muere en un accidente de coche, su mejor amiga, Cheonghee, se niega a creer lo que un crítico de arte afirma: que la artista se suicidó. Cheonghee se embarcará en una investigación obsesiva que la llevará a desentrañar aspectos desconocidos de una biografía cargada de fragilidad y desamparo. Pero la búsqueda de la verdad, a ratos peligrosa, supondrá remover su propia historia, hurgar en viejas heridas y padecer el vértigo que produce el misterio de la existencia. A continuación, LENGUA publica las primeras páginas de «Tinta y sangre» (Random House, marzo de 2026), el peculiar y fascinante «thriller» que Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024, escribió después de «La vegetariana».
Por Han Kang

1
450 kilómetros
La blanquecina acera estaba congelada y yo no dejaba de resbalar con mis zapatos gastados. Saqué las manos de los bolsillos para no caerme y el viento cortante me heló los dedos. Apretando los puños enrojecidos, seguí andando. Ya cerca de la parada del autobús, recordé el sueño que había tenido la noche anterior.
Los detalles y las circunstancias eran vagos e imprecisos, solo podía recordar un pájaro blanco y de cuello largo posado en el suelo. Cuando se puso a cantar, su cabeza comenzó a desaparecer y se volvió invisible hasta el cuello. Solo quedaron sus alas y su cuerpo cubierto de plumas sobre sus dos largas y delgadas patas. Me dije que si seguía cantando se volvería completamente transparente, y entonces me desperté en plena noche.
¿Continuaría siendo un pájaro aunque se volviera transparente? Mientras me soplaba en las manos para calentarlas y daba patadas al suelo en la parada del autobús, sentí deseos de tocar el aire vacío. De pronto, tuve miedo. ¿El sueño era una advertencia de que lo que me disponía a escribir produciría en mí el mismo efecto que el canto de ese pájaro? Al terminar de escribir esa historia, ¿ya no sería nada, como el ave blanca, y me habría convertido en aire frío y vacío?
«No importa –murmuré para mis adentros–, no tiene nada de bueno vivir como un pájaro blanco».
Llegó el autobús y subí por la puerta delantera. Agarrada con una mano a la barra del bus, me quité las gafas empañadas con la otra para limpiarlas. En un instante, todo a mi alrededor se volvió borroso.
«No voy a arrepentirme».
Dijo que se retrasaría.
Que quizá llegara tarde. Que era lo más probable. Que incluso podría llegar muy tarde.
Seguro que se retrasa.
Tal vez una hora o tal vez tres. Puede que no venga hasta la noche.
Yo espero. Sigo esperando. No me canso de esperar.
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Sin ni siquiera esperar a que se enfriara, me bebí de un trago el segundo café que había pedido. Me calentó el pecho. Tras tomar un sorbo de agua fría, apreté los puños húmedos. Me dije: «¿Estoy esperando aquí para pelear?». Sí, era cierto.
Estaba lista para pelear. Me había sentado a una mesa frente a la puerta acristalada de la cafetería. Al otro lado, en la calle, la noche caía a toda prisa al ponerse el sol invernal. Los árboles, protegidos con paja contra las heladas, extendían sus ramas hacia lo alto como brazos negros y flacos.
Un hombre delgado y canoso de mediana edad, vestido con una gabardina negra, entró a grandes zancadas por la puerta de cristal. En cuanto puso su mano en el picaporte metálico supe que debía levantarme.
–¿Es usted Kang Seogwon? –le pregunté, acercándome. Me miró fijamente, acentuando las tres líneas que se habían formado en su ceño fruncido. No sonreía, como si se hubiera prometido no hacerlo durante todo nuestro encuentro. Su cara no era de las que inspiran simpatía; por el contrario, a su alrededor flotaba, repulsiva como el olor del tabaco frío, una mezcla de desconfianza, gravedad, cansancio, nerviosismo y tristeza reprimida.
–Disculpe el retraso –dijo.
Apenas se sentó, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de su gabardina. Tras aspirar una gran bocanada de humo, su mano derecha, que había temblado un poco al encender el mechero, se posó tranquilamente sobre la mesa, como si hubiera encontrado su lugar. Se veía blanda, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que sostener un bolígrafo y, a saber por qué, me la imaginé húmeda. Debió de notar mi mirada, porque deslizó la mano fuera de la mesa y la ocultó en el bolsillo de la gabardina. La expresión seria y nerviosa de su cara se había suavizado. Al parecer, la calada al cigarrillo le había proporcionado cierta calma.
–Un café. –Lo pidió con el tono brusco que utilizan a menudo los hombres de su edad al hablar con una camarera joven, pero su mirada denotaba cierta ansiedad. Como disculpándose, añadió enseguida–: Tráigame también un cenicero… por favor.
Parecía tener la costumbre de titubear un poco al comienzo de las frases; quizás hubiera sido tartamudo en el pasado.
Fijó su mirada en un punto más allá de mí hasta que la camarera le trajo el cenicero. Detrás de mí solo había una pared blanca de la que no colgaba ningún cuadro. Era una mirada fría y fija, detrás de sus gafas con montura plateada mate. Tenía las cuencas de los ojos hundidas, y los labios, blanquecinos y resecos. El frío le había enrojecido las mejillas, que mostraban el rastro azulado de una barba recién afeitada. Tras dar otra calada profunda a su cigarrillo, dejó caer la ceniza en el cenicero cubierto con una servilleta húmeda.
–¿Dice que es amiga de Seo Inju?
Contuve la respiración mientras observaba su expresión al pronunciar el nombre de Inju. Creí notar cierto aturdimiento y cansancio. ¿Se lo provocaba el nombre o ya venía fatigado por otra razón?
–Sí, fuimos juntas al colegio y luego al instituto.
–Entiendo. Ella no me habló mucho de esa época.
Respiré hondo. Tal y como había imaginado, parecía conocerla bien. Lo suficientemente bien como para tener una llave del taller de Inju y como para encargarse de ordenar sus pertenencias tras el accidente. ¿Habrían mantenido en verdad una relación íntima, como cabía suponer dadas las circunstancias?
Le dio una tercera calada al cigarrillo. Este parecía haberlo tranquilizado, ya que ahora hablaba con un tono calmado y su mirada se había relajado. Los músculos de la cara estaban menos tensos, incluso imaginé que podría llegar a sonreír.
–¿Dónde vivía usted?
–En Suyuri. Vivíamos en la misma calle. Su casa estaba a unos doscientos metros de la mía.
–Ah, sí, me contó que había vivido en Suyuri –dijo, asintiendo con la cabeza–. ¿Siguieron viéndose luego?
–Salvo un par de años o un poco más en que perdí el contacto con ella, nos vimos a menudo hasta el año pasado.
–Entiendo –comentó, girando la cabeza y expulsando una gran bocanada de humo. De pronto me miró fijamente–. Ahora dígame…
Era mi turno de hablar del motivo que me había llevado a citarlo allí. Saqué una revista del bolso. Era el número de enero de El espíritu de la pintura y contenía un artículo especial de cuatro páginas en homenaje a Inju, con motivo del primer aniversario de su muerte.
Lo había encontrado por casualidad tres días antes en una librería grande del centro y había llamado a la editorial para averiguar el número de teléfono de Kang Seogwon, el autor el artículo. Lo había conseguido fingiendo trabajar para un conocido programa cultural de televisión. Me dieron un número de móvil, pero cuando llamé él no respondió durante todo un día. Pero la noche anterior, sobre las diez, cuando ya no albergaba muchas esperanzas, de pronto había contestado. –¿Hola? Lo llamaba por el artículo especial de homenaje que publicó en El espíritu de la pintura. Soy Lee Cheonghee, amiga de Seo Inju. Me gustaría hablar con usted –le dije enseguida, pronunciando la introducción que había preparado.
–¿Qué desea? –respondió rápidamente y en tono seco.
–Tengo entendido que encontró unas pinturas en el taller de Inju. Me gustaría conversar con usted sobre ese tema.
–Como quiera… –me dijo, accediendo con más facilidad de la que yo esperaba.
Le propuse ir a verlo a su despacho de la universidad, pero me indicó una cafetería cercana para encontrarnos a primera hora de la tarde.
–Gracias, hasta mañana.
Respondió con voz ronca, un «sí» seco, y luego colgó con brusquedad, casi con mala educación.
Abrí la revista en la página que había marcado, mientras Kang observaba mis movimientos en silencio. Allí aparecían las pinturas del tío de Inju, que yo no había visto en veinte años. Una de ellas ocupaba una página entera; la otra, la mitad de la siguiente, y la última, un tercio de otra página.
–Estas pinturas… no las pintó Inju.
Al oír eso, los ojos de Kang brillaron tras las gafas.
Yo había leído el artículo una y otra vez durante tres días, sin pasar por alto ni una coma. Los títulos, «Epicentro de la oscuridad», «Conjuro del más allá», más o menos abstractos (no sé si eran de él o del editor), estaban inspirados en las pinturas del tío de Inju, que presentaba como obras póstumas de la propia Inju. Al destacar una profunda afinidad con la muerte, sugerían que Inju se había suicidado. La foto en blanco y negro de Inju que habían publicado junto a los cuadros era sombría, muy acorde con los títulos, y su mirada fija a cámara parecía llena de tristeza, como si quisiera mostrar que, en su interior, la vida se estaba apagando.
–¿Por qué piensa eso? –preguntó con voz algo temblorosa, como si estuviera nervioso.
Kang clavó en mí una mirada de abierta sospecha y hostilidad, lo que hizo que su rostro seco y marchito cobrara vida por primera vez.
–Conozco a la persona que pintó esas pinturas.
–¿Quién es esa persona? –preguntó; la nuez le temblaba y tragaba saliva.
–¿Dónde están esos cuadros ahora? –pregunté a mi vez, con calma. –Siguen colgados en el taller –respondió sin apartar la vista de mí.
Sentí que la tensión de los últimos tres días desaparecía de golpe. Apenas había podido dormir ni comer durante ese tiempo, pero el dolor había evitado que me desmoronara.
–¿Dice que siguen en el taller? Me gustaría verlos con mis propios ojos.
–Eso… –comenzó a decir Kang con una repentina expresión de furia, pero la ocultó usando un tono más calmado–: ¿De quién dice que son esas pinturas? Dígame quién es.
–Primero déjeme ver el taller.
Lo dije sonriendo, pero tenía los puños apretados por debajo de la mesa, dispuesta a pelear. Habría sido capaz de arrojarle el agua fría del vaso a la cara; incluso de romper el vaso y usar un trozo de cristal afilado para clavárselo en el cuello. ¿Que Inju se había suicidado? ¿Cómo podía estar tan seguro? ¿Qué sabía él de esas pinturas? ¿Qué buscaba al hablar de cosas de las que nada sabía? Si me contradecía, si insistía en afirmar que Inju había girado el volante para caer adrede por el precipicio cubierto de nieve, si llegaba a decir que estaba seguro de que se había suicidado y que las pinturas encontradas en su taller eran la prueba, me sentía capaz de matarlo allí mismo.
–Primero tengo que comprobar algo. Se lo diré cuando vea las pinturas.
–¿Cómo puedo creerle? Si no puede decírmelo aquí… –repuso, escrutando mi rostro con una mirada llena de desconfianza.
Sé que mi rostro no refleja ansiedad neurótica ni agresividad, tampoco negligencia ni astucia. Mis ojos, idénticos a los de mi madre, transmiten consideración y honestidad. Kang intentaba sondearme intuitivamente, evaluar el peligro que se escondía tras mi apariencia modesta, percibir mi parte oscura.
Antes de que pudiera detectarla, le espeté:
–Me atrevo a afirmar que esas pinturas no están firmadas.
–Vi desconcierto en su mirada–. Como sabrá, Inju siempre escribía el carácter chino 珠 de su nombre en una esquina de sus obras con un lápiz grueso 8B. Pero estas pinturas no están firmadas porque la persona que las hizo odiaba firmar. Esa persona no podía concebir que las hubiera hecho, aunque las hubiera pintado. No creía merecer la autoría.
La música se interrumpió momentáneamente y en su lugar se oyó el estridente ruido de la cafetera exprés. Kang dio otra profunda calada a su cigarrillo, con tanta fuerza que se le hundieron las mejillas, y luego lo apagó en el cenicero.
–¿De quién dice que son, entonces? –preguntó de nuevo, mientras sacaba el segundo pitillo del paquete.
–La última vez que vi esas pinturas fue hace veinte años. Usted también se habrá percatado de que no son recientes, ¿verdad? –repuse, resistiendo el impulso de aplastar aquellos dedos blandos y húmedos, que sujetaban el cigarrillo y que tan tranquilamente habían tecleado aquellas mentiras descaradas del artículo–. Le diré de quién son cuando las vea.
En lugar de encender el cigarrillo, Kang clavó los ojos en mí, como si quisiera atravesarme con la mirada.
(...)
Tinta y sangre, de Han Kang, sigue aquí.
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