La ambición viste de Prada: la historia de Anna Wintour
Antes de convertirse en el rostro imperturbable del poder en la moda, Anna Wintour fue una adolescente fascinada por una estética que terminaría marcando su destino. En la biografía «Anna» (Debate, 2026), construida a partir de centenares de entrevistas con amigos, colegas y antiguos empleados, Amy Odell traza el retrato de una mujer que hizo de la ambición una disciplina y del control, un arte. Desde sus primeros pasos en el periodismo de moda, favorecida por un entorno familiar influyente pero sostenida por una voluntad feroz, Wintour ascendió hasta conquistar la cima de «Vogue» en Estados Unidos, epicentro de un universo tan brillante como despiadado. El extracto del libro que publicamos bajo estas líneas se adentra además en el momento en que la ficción terminó de consagrar su leyenda: la irrupción de Miranda Priestly en «El diablo viste de Prada», un espejo deformado que convirtió a Anna Wintour en personaje eterno de la cultura contemporánea.
Por Amy Odell

Anna Wintour y Anne Hathaway durante la 98ª edición de los premios Óscar, el 16 de marzo de 2026. Crédito: Getty Images.
A medida que Vogue crecía, lo mismo sucedía con la fama de Anna. En mayo de 2005, se anunció que Meryl Streep interpretaría a Miranda Priestly, el personaje de Anna, en la película de El diablo viste de Prada.
El director David Frankel insistió en que él no participaría en una campaña para derrocar a Anna Wintour. «Anna Wintour realiza un trabajo extraordinario y esto va a ser una carta de amor a las mujeres trabajadoras que hacen un trabajo excelente», le dijo al estudio. Él quería que la película retratara «los sacrificios que hay que hacer para lograrlo, y uno de esos sacrificios es no ser tan agradable. Si es eso es lo que cuesta, eso es lo que cuesta». Por supuesto, ese no era el planteamiento del libro.
El estudio insistió en que no estaban haciendo «la historia de Anna Wintour» y Streep insistió en que no estaba interpretando a Anna Wintour. Frankel dijo que de hecho Streep había basado su personaje en sus experiencias con el actor y director Clint Eastwood y el director Mike Nichols, y precisó: «En el hecho de que Clint Eastwood no levantara la voz y que Anna Wintour nunca levante la voz, puedes ver paralelismos». Pero no importaba lo que Frankel dijera, Anna era —del mismo modo que para el libro— una inspiración innegable. El diseñador de producción de la película incluso se coló en el edificio de Condé Nast para sacar fotos de la oficina de Anna con el fin de replicarla.
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Justo después de que Meryl Streep firmara, se encontró con el diseñador Isaac Mizrahi y le dijo: «He aceptado interpretar a Anna Wintour. ¿Estoy loca?». Streep le pidió que echara un vistazo al guion, pero antes de acceder, Mizrahi fue a comer con Anna para asegurarse de que esta no se sentiría traicionada si él ayudaba en la película. «Tuvo la reacción opuesta de la que esperaba. Parecía encantada y me dijo que no lo dudara», recordó él en sus memorias.
Frankel encontró a otros diseñadores para que leyeran el guion y le dieran su opinión, pero solo aceptaron hacerlo con total secretismo porque le tenían mucho miedo a Anna. Conocía a Naomi Campbell de un proyecto anterior, y consiguió que se comprometiera a interpretar un papel, pero luego la modelo misteriosamente declinó. Gisele Bündchen acabó siendo la editora de belleza después de pedir la aprobación de Vogue para su aparición.
Mucha gente de la industria de la moda y de la ciudad de Nueva York, hasta donde podía decir Frankel, era presa de un profundo miedo de enfadar de alguna manera a Anna. A los diseñadores les aterrorizaba dejarle ropa a la diseñadora de vestuario, Patricia Field, famosa por Sexo en Nueva York. Frankel no podía rodar en el Museo Metropolitano de Arte o en Bryant Park (donde se celebraba la Semana de la Moda) porque a la gente le asustaba molestar a Anna. Ni siquiera pudo rodar en el MoMA porque la gente del consejo tenía relación con Anna y la temían. La escena del baile se tuvo que grabar en el Museo Estadounidense de Historia Natural, que era, dijo Frankel, «el único sitio en el que ella no tenía influencia».

Anna Wintour y Meryl Streep asisten al estreno mundial de El diablo viste de Prada 2, 2026, en el Lincoln Center, Nueva York, el 20 de abril de 2026. Crédito: GettyImages.
El diablo viste de Prada se estrenó el 30 de junio de 2006. Pero antes de que la gente normal y corriente pudiera verla, Anna fue invitada a una proyección especial la noche del 23 de mayo en el Paris Theater en Nueva York. El equipo de relaciones públicas de la película la invitó y ella aceptó y asistió con Shelby Bryan, su hija —Bee— y el editor colaborador de Vogue William Norwich. Quizá sentía curiosidad, quizá quería apoyar la subasta benéfica que había después de la proyección, o quizá lo vio como una oportunidad para su imagen: Anna, ingeniosa, vestía de Prada. (Eso no era raro, ya que a menudo llevaba vestidos de Prada, hechos a medida).
Frankel se sentó detrás de Anna y Bee. Anna se había sentado en el extremo de la fila y, aunque tenía por costumbre escaparse de las obras que la aburrían, vio la película entera. En un momento, Bee se volvió hacia ella y dijo: «Mamá, te han clavado». Después de los títulos de crédito, Anna se escabulló antes de que empezara la cháchara.
El impacto que la película tuvo en su imagen fue incalculable. Estaba dirigiendo Big Vogue, su toque mágico era razón de más para que Condé Nast sacara otro spinoff, Vogue Living, que se lanzaría antes de final de año. Anna terminó el 2006 en la lista del programa de televisión Las diez personas más fascinantes de Barbara Walters y se convirtió en una celebridad mainstream, como Cher o Madonna, reconocible por el nombre a secas. Ese nunca fue su objetivo, dijo su amiga íntima Anne McNally: «Ella lo ve como parte de su trabajo, y en el instante que no tenga ese trabajo, sabe que será diferente».
Pero por el momento se había convertido en la gran Anna, y con su poder de estrella, que ahora trascendía la moda y los medios, sería terriblemente difícil para Condé Nast despedirla jamás.
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