«La memoria perdida de las cosas»: el joven Eugenio Trías ante el mito de Fausto
Publicado originalmente por Taurus en 1978, «La memoria perdida de las cosas» ocupa un lugar singular en la primera etapa de Eugenio Trías: breve, intenso y atravesado por una rara energía literaria, el ensayo funciona como una puerta de entrada al laboratorio intelectual del filósofo. A partir del mito de Fausto, Trías despliega un itinerario en el que la filosofía conversa con la literatura y donde resuenan Goethe, Hegel, San Juan de la Cruz, Kierkegaard, Spinoza, Nietzsche o Benjamin. En ese cruce de voces, el autor detecta una tentación persistente de la tradición occidental: reducir lo real a un único principio espiritual, dejando en sombra la naturaleza, el cuerpo y la experiencia sensible. Frente a esa abstracción que devora la vida, Trías propone devolver a las cosas su densidad física, su misterio y su movimiento. LENGUA publica el prólogo de la reedición de la obra (Taurus, colección Clásicos radicales; mayo de 2026), firmado por Adrián Ruiz Fernández.

Eugenio Trías en la década de los 70. Crédito: CEFET.
Una voz cálida y apasionada comenta y recrea versos, escenas, pasajes. Paulatinamente se abre paso hacia un escenario extraño y paradójico: mezcla de océano sin bordes, paisaje selvático y pasional. Allí se dirige Fausto —mito del hombre moderno—, por primera vez sintiendo el aguijón del miedo al asomarse al abismo. Allí se dirige Gustav von Aschenbach, apartando en su fantasía íntima grandes y nutridas hojas, y porfiando por avanzar hacia un territorio amazónico y olvidado en el corazón de la tierra y del hombre. Allí desembocan los versos de Rilke, en ese ancestral y amoroso manantial de la vida al que se arrima el filósofo remando a contracorriente y tratando de recordarnos algo esencial.
Así arranca este singular ensayo de Eugenio Trías, donde convoca a criaturas del aire de la mejor tradición literaria europea. Ellas pueblan un texto que por momentos parece tejido a través de un proceso de composición que se aproxima al montaje del cine de vanguardia —como en Lo bello y lo siniestro (1982)—. El texto avanza por yuxtaposición de escenas, evocadoras y reflexivas, entrelazadas por un mismo aire de familia o por un mismo tema que aparece y se oculta en feliz metamorfosis.
En esta época se fraguó el estilo característico de Eugenio Trías. Ningún periodo de su fecunda obra, sin embargo, alcanzó el grado de lirismo propio de libros como Meditación sobre el poder (1977), Tratado de la pasión (1979) o el que aquí se presenta, publicado en 1978. En ellos, la escritura de Trías está dominada por un lirismo que brota por mímesis de los propios materiales textuales con los que trabaja, pero también emerge de un ardiente y velado fondo autobiográfico, aunque las metáforas y los símbolos no pierden por ello su clara función de pasaje hacia el espacio en penumbra de lo metafísico. En la tercera etapa de su obra (1985-2004), esa bella escritura parece ceder ante el rigor conceptual que exige el tour de force de Trías por colonizar la terra incognita de su nueva filosofía, aunque propiamente pasa a segundo plano. Solo hay que mirar el fondo: por ejemplo, el escenario marítimo que ofrece el marco metafórico a La aventura filosófica (1988).
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En este sentido, no es extraño que, ya en su madurez, Trías afirme que la filosofía es literatura de conocimiento, aunque eso no le conduzca al totum revolutum posmoderno en el que todos los gatos son pardos. A fin de cuentas, ese estilo de escritura es el correlato de un modelo de racionalidad abierto al símbolo, es decir, una filosofía que hace suya la tarea de integrar sus sombras (lo irracional, lo sagrado, el arte, etc.), sometiéndose a su propio experimentum crucis y dejándose transformar en esa cópula en la que muerte y nacimiento de la filosofía se abrazan.
Nos encontramos en la segunda etapa de su obra, que abarca desde 1974 hasta la publicación de Los límites del mundo (1985). Con este último libro arranca la aventura filosófica por la que Trías es conocido y reconocido, y a la que pertenecen títulos como Lógica del límite (1991), La razón fronteriza (1999) y esos libros que en el umbral mismo del nuevo milenio tratan de compendiar y ofrecer las claves de la filosofía del límite. Me refiero a Ciudad sobre ciudad (2001), El árbol de la vida (2003) y El hilo de la verdad (2004). La obra que aquí se reedita se ubica en el corazón de ese periodo intermedio. Se escribió en 1977 y fue publicada al año siguiente por Taurus, hace ahora casi medio siglo. Aunque fue reeditada en 1988 por Mondadori, después pasó a ser un pequeño tesoro guardado en bibliotecas particulares y una rara suerte para esos buscadores de oro que indagan en estantes —físicos y digitales— de librerías de segunda mano.
Esta segunda etapa comienza con un divorcio, un viaje en barco desde Barcelona a Río de Janeiro y un libro depositado en las oficinas de la editorial: Drama e identidad (1974). Un viaje que es silencio musical para recobrar fuerzas, pero también la fuga necesaria para lamer pacientemente la herida que en la carne ha dejado la flecha de Eros. Además, el filósofo necesita recuperar la energía empleada en el primer asalto al escenario público y cívico y aclarar la ruta filosófica que debe seguir en el futuro. Entre finales de los sesenta y principios de los setenta, un joven Trías da a luz sus primeros libros: las obras publicadas entre La filosofía y su sombra (1969) y La dispersión (1971).
En La memoria perdida de las cosas se identifica el error de la tendencia filosófica hegemónica en Occidente: reducir lo real a un único principio.
Con ellas siembra en España la semilla del estructuralismo y el posestructuralismo con la intención de traer aire matinal y fresco al estancado ambiente filosófico de la dictadura franquista. Un periodo aperturista y previo a la transición política en el que el filósofo aboga por la disolución de la identidad personal, entendida como máscara carnavalesca, en evidente correspondencia con el entorno de cambio y experimentación que le rodea y que su generación anhela. El mismo Foucault saluda su Filosofía y carnaval (1970) mientras Trías dirige una colección en Anagrama donde aparecen los primeros textos de Derrida y Deleuze en España. Pero hay algo insatisfactorio para el filósofo en esa labor de mero introductor y en una tarea que es exclusivamente de demolición y crítica.
Por ello, a comienzos de los setenta —antes del viaje por Hispanoamérica—, Trías emprende una exploración de su propio pasado cultural. En ese tiempo de retiro y trabajo intelectual, Trías lleva a cabo algún proyecto que luego entrega a la hoguera, como una tesis doctoral sobre Hegel y Nietzsche —al igual que antes había abandonado la idea de realizar una sobre Lévi-Strauss—. El repliegue hacia el interior es seguido por una fuga hacia el exterior: el filósofo se aleja de su ciudad natal, Barcelona, y pasa un tiempo en Brasil y Argentina. A su regreso, demuestra la fecundidad de ese paréntesis en una serie de publicaciones que ocupan la segunda mitad de la década y los primeros años ochenta y en las que las referencias y el estilo han cambiado significativamente. En ellas repasa una y otra vez la historia cultural de Europa, situando en cada ocasión un concepto en el centro de una reflexión filosófica de altos vuelos que toma el ámbito de las artes como aeropuerto: la identidad en Drama e identidad, el deseo en El artista y la ciudad (1976), el poder en Meditación sobre el poder o el amor en Tratado de la pasión. Sería un error pasar por alto la publicación de tres libros sobre tres personajes de la gran literatura europea moderna: Goethe, Mann y Maragall. Todos ellos publicados entre finales de los setenta y principios de los ochenta. En ellos el diálogo con los autores se vuelve casi íntimo y confesional, haciendo explícita la identificación entre Trías y estos tres grandes escritores burgueses. Precisamente por ello nos permiten trazar el mapa espiritual del filósofo.

Desde la izquierda: Fernando Savater, Alberto González Troyano, Eugenio Trías, Ferrán Lobo (abajo) y Félix de Azúa, en la redacción de la editorial La Gaya Ciencia, en los 70. Crédito: CEFET.
Pero esta profunda indagación en el propio pasado cultural no responde tanto a un interés privado y egocéntrico cuanto a la búsqueda de una filosofía que no sea meramente crítica y corrosiva. Si en su primer periodo quería llevar más lejos que el propio Foucault la idea de la muerte del hombre —algo que trataría de hacer después el posthumanismo—, ahora quiere salir del cul de sac del hipercriticismo posmoderno hacia una filosofía afirmativa que asuma la altura de los tiempos. En La filosofía y su sombra, Trías mostró cómo toda filosofía se concebía a partir de una negación. A través de este mecanismo se opone a otra opción filosófica que constituye su inversión, su reverso negativo, su sombra. Esta tesis explica, por ejemplo, la actitud que a principios del siglo xx mantuvo el neopositivismo lógico en relación con la metafísica de Heidegger.
Frente a esta concepción negativa, Trías afirmará que una filosofía es tanto más poderosa cuanto menor es el terreno de realidad que deja en sombra, es decir, cuanto menos niega. Esta idea es un resultado de la primera etapa de su reflexión (1969-1971) donde, de la mano de Foucault, advierte ese a priori de la cultura occidental que es la estructura inclusión/exclusión, que en la filosofía se manifestaría como función policial de demarcación entre saber y no saber. Esta aspiración omnicomprensiva de la filosofía —este afán o «ideal de pantonomía», en palabras de Ortega—, conducirá a Trías a sostener que una propuesta filosófica debe erigirse de manera que sea capaz de incluir filosofías diversas, a la manera de Hegel. De ahí el carácter meta-filosófico que caracteriza, no ya a la primera etapa de crítica, sino a toda su obra.
En La memoria perdida de las cosas se identifica el error de la tendencia filosófica hegemónica en Occidente: reducir lo real a un único principio. Esta filosofía monista ha seguido los cauces de un espiritualismo radical que, desde los primeros siglos de nuestra era, se ha constituido negando lo sensible, primero como fuente de error en la filosofía griega y, después, como fuente de pecado en la filosofía cristiana. Trías medita en torno a la necesidad de sobrepasar una tradición filosófica desencarnada y radicalmente espiritualista. Pero, sobre todo, esta obra nos habla de la gestación de un mundo que es el nuestro: un mundo fagocitado por el concepto lógico o lingüístico, donde la idea, como el Saturno que soñó el pincel de Goya, ha devorado a la cosa física. Porque las filosofías contemporáneas —y Trías incluye aquí el estructuralismo— siguen atrapadas en ese gesto idealista que consiste en el olvido de la dimensión sensible e independiente de las cosas. Eso mismo ha denunciado el realismo especulativo a principios del siglo XXI.
Todavía medio siglo después, esta obra de Eugenio Trías es un diagnóstico lúcido sobre nuestro tiempo y nuestra condición.
En la arqueología trazada por Trías, la automutilación de Orígenes en plena alucinación de su espiritualismo radical, preludia la elaboración de un pensamiento con graves consecuencias. Entre ellas, la estigmatización de lo sensual, que se ve cargado de una pesada envoltura erótico-pecaminosa que reduplica su atractivo. O bien la dominación y explotación de la naturaleza a través del complejo industrial y científico-técnico. O bien la homogeneización de las comunidades humanas en sociedades modernas, masivas y atomizadas. O bien la ruina de la verdadera experiencia, sustituida por un modelo de vida regido por el esquema estímulo-excitación-respuesta, cuyo único horizonte es la muerte.
Repasando la tradición europea a contracorriente, Trías encuentra en el Evangelio de san Juan, en ciertas ideas provenientes de la tradición gnóstica, así como en Spinoza y en Freud, la posibilidad de plantear una filosofía que corrija el error monista y espiritualista. La alternativa es un dualismo radical de dos principios metafísicos enfrentados —pensados en sentido generativo y no meramente lógico—. La relación entre ambos está regida internamente por una lucha sin resolución que da lugar a la historia. Lo relevante es que, desde este planteamiento, las cosas vuelven a ser pensables también en su dimensión física y dinámica. También se abre la puerta a una interesante reflexión sobre el ser humano, que es mejor que descubras tú mismo.
Todavía medio siglo después, esta obra de Eugenio Trías es un diagnóstico lúcido sobre nuestro tiempo y nuestra condición. Para el filósofo fue, sobre todo, un campo de pruebas donde ensayar una operación filosófica delicada, al estilo de su Meditación sobre el poder, donde se propuso pensar la filosofía existencial de Heidegger desde el concepto spinoziano de poder. En este caso, pretende pensar a Spinoza y Hegel desde un dualismo metafísico que nos obliga a remontarnos al origen. Por la senda del Ser y la Vida continuarán las próximas publicaciones de Trías hasta su Filosofía del futuro (1982), centrada en el principio de variación, que ya aparece en este libro en relación con la experiencia. Esa obra clausura y sintetiza la etapa a la que pertenece este libro. Las publicaciones que siguen están marcadas por la irrupción del concepto de límite. Lo que nos obliga a plantearnos cuántas filosofías desarrolló Eugenio Trías.
