Carbonero querido

Leonardo Haberkorn

Fragmento

Carbonero querido

A través de la página web aurinegra Padre y decano se hizo un concurso de frases que buscaran definir qué es Peñarol, para abrir este libro. Se seleccionaron estas 12, el número de la hinchada. Se les dio prioridad a las respuestas de los niños. Algunas, por ser muy largas, fueron editadas.

Peñarol es mi primera pasión, soy manyita desde la panza, aurinegro desde mis abuelos, que ya no están, me hicieron hincha. Desde chiquito crecí con un sentimiento inexplicable y ahora sé que va a ser para siempre.

FRANCO SOLIVELLAS

Peñarol es un sentimiento INEXPLICABLE. Te sentís grande, orgulloso del equipo. Ser manya es estar con él en las buenas y en las malas y dar la cara cuando perdés, mostrando que vos sabés defenderlo, sin meter excusas, solo admitir que perdió y que la vida es así: perdés o ganás.

MAITE MACHADO

Tengo 10 años. Me llevaron al estadio y descubrí que Peñarol era hermoso, porque es la hinchada más grande del mundo. Lo llevo adentro del corazón.

LAUTARO WEISS

Peñarol es saber que sos parte de algo tan grande como el cielo y las montañas.

ABRIL ROSSEL

Mi nombre me lo pusieron nada más ni nada menos que por Fernando Morena. Me encanta ir al estadio. Gracias a mis padres tengo que ir a la Olímpica, pero cada vez que estoy ahí me descontrolo y me siento como que estoy en el medio de la Ámsterdam. Peñarol, sos mi presente, mi pasado y mi futuro.

FERNANDO FAGALDES

Peñarol es, sobre todo, no perder nunca las esperanza.

RODRIGO VARELA

Mi madre me dio la vida, Peñarol el corazón.

FABIO BARONE

Cuando le pregunté a mi hijo Francisco, de 7 años, me respondió: «Mamá, no lo sé… no te lo puedo decir con palabras. Peñarol es lo más glorioso. Peñarol… es Peñarol».

LORENA

Se lo acabo de preguntar a mi hijo y su respuesta nació de lo más profundo del corazón de un pequeño niño. Me respondió: «alegría».

CARLOS

Tengo 9 años y no he podido dormir pensando en mi querido Peñarol y los días de partido lo único que me importa es estar en el estadio junto a mis padres.

JOSEFINA

Ser de Peñarol es quedarse horas y horas mirando videos, festejos, partidos, anécdotas. Es quedarse hasta madrugada cortando papelitos, es escribir la sigla CAP por toda tu cuadernola de estudio.

PANTEMANYA

Peñarol es la locomotora que nos lleva en un eterno viaje de gloria y pasión.

DIEGO DÍAZ

Introducción

Este libro está basado en dos formidables obras sobre Peñarol. En primer lugar, Carbonero querido se apoya en el libro Historia de Peñarol, de 2005, escrito por el periodista e historiador Luciano Álvarez (figuro como colaborador). En segundo lugar, también fue muy importante el excelente material sobre la historia aurinegra del Libro de oro de Peñarol, una serie de 37 fascículos publicados en 1991 por el vespertino El Diario, escritos por el periodista Franklin Morales.

Ambas obras son un material obligado en la biblioteca de cualquier familia carbonera.

Además, el primer capítulo está basado en material que usé para redactar el libro Barrio Peñarol, patrimonio industrial ferroviario, una obra colectiva que se publicó en 2008, en la cual participamos muchos historiadores, técnicos y periodistas, que fue coordinada por Manuel Esmoris y José Rilla.

En menor medida, también consulté los libros Hijos nuestros y El padre del siglo, ambos de Eduardo Gutiérrez Cortinas, El más grande, 121 años de gloria, de Marcos Silvera Antúnez, Pablo Bengoechea, la clase del Profesor, de mi autoría, entre otros materiales bibliográficos y periodísticos.

Capítulo
UNO

La historia de Peñarol, que es tan rica y está tan llena de prodigios como un océano, comienza con una gota de agua.

El agua cuando se calienta se expande con tanta fuerza que puede mover las cosas. No me van a creer si les digo que una gota de agua, cuando el calor la transforma en vapor, ocupa un espacio 1.700 veces mayor que cuando era líquida. Por eso el vapor hace saltar la tapa de una cacerola, por ejemplo.

¿Qué tiene que ver esto con Peñarol? Tengan un poco de paciencia.

Esa energía del vapor se usó en la antigüedad. Hace mucho tiempo, tanto como unos 2.300 años, el matemático Arquímedes inventó una especie de cañón llamado architronito que disparaba proyectiles impulsados por la fuerza del vapor del agua caliente.

En los siglos siguientes otros sabios estudiaron esta energía y cómo aplicarla. Pero recién en 1705 un herrero e inventor llamado Thomas Newcomen construyó el primer motor movido con energía a vapor.

Su mecanismo puede explicarse así:

  1. Se calienta agua, quemando leña o carbón, en una caldera cerrada.
  2. El vapor que así se obtiene es introducido en un cilindro y su presión mueve un pistón. Este, a su vez, mueve otra máquina.

Esta genial innovación fue mejorada luego por el ingeniero escocés James Watt, que entre 1770 y 1780 creó una máquina que era más fácil de usar porque requería 75 % menos de combustible para calentar el agua.

A partir de entonces la máquina de vapor comenzó a aplicarse a un sinfín de actividades y muchos comenzaron a soñar con un medio de transporte impulsado con su fuerza.

Hasta ese momento el hombre solo podía viajar por tierra en vehículos movidos con tracción a sangre, arrastrados por sí mismo o por animales. En el mar se aprovechaba la fuerza del viento, que nunca se sabe cuándo y para dónde va a soplar.

Varios inventores intentaron desarrollar una gran máquina que pudiera mover un tren de vagones, que sirviera para llevar carbón desde las minas a las ciudades o para trasladar a pasajeros de un lugar a otro. Una locomotora.

La primera locomotora a vapor la construyó el galés Richard Trevithick y se estrenó el 21 de febrero de 1804 en Gran Bretaña. Logró recorrer unos 15 kilómetros remolcando 10 toneladas de hierro y a 70 pasajeros. Pero iba muy despacio, apenas a 8 kilómetros por hora. Y era tan pesada que rompía los rieles.

Pero otros perfeccionaron el invento. En setiembre de 1825, mientras en la Banda Oriental los patriotas luchaban contra los brasileños, en Inglaterra un señor llamado George Stephenson logró que su locomotora recorriera 40 kilómetros, una distancia como la que hay desde Pocitos hasta Atlántida, a una velocidad de 18 kilómetros por hora. ¡Todo un golazo!

Sin embargo, mucha gente desconfiaba del nuevo invento y sostenía que era muy caro y peligroso y que nunca lograría ser mejor que los carros tirados por caballos.

Por eso, en 1829, para demostrar que las locomotoras eran confiables, alguien decidió hacer una carrera de trenes.

Para ese entonces Stephenson había mejorado aún más su diseño. Había construido una locomotora a la que llamó The Rocket (El Cohete) y decidió participar en la carrera con ella.

Fue el 6 de octubre de 1829. Cinco locomotoras fueron anotadas en la competencia, pero dos de ellas fueron descalificadas antes de la largada por no cumplir con los requisitos mínimos. A la hora del inicio solo quedaban tres. Dos eran las favoritas. Una era la locomotora Novelty, diseñada por el sueco Ericsson y pintada con los colores de la bandera de su país: azul y amarillo. La otra era la Rocket, el cohete de Stephenson, pintada de amarillo y negro.

La gente apostaba cuál ganaría. Ante el asombro de todos, la máquina de Stephenson consiguió alcanzar una velocidad de 40 kilómetros por hora, casi el triple del mínimo exigido en el reglamento de la competencia. Su triunfo fue tan categórico e impresionante que ese día se terminaron las dudas sobre el éxito del ferrocarril. Y el amarillo y el negro de la Rocket quedaron asociados para siempre y en todo el mundo a los colores del ferrocarril.

Por eso la camiseta de Peñarol es amarilla y negra. Por eso nuestra historia comenzó con una gota de agua.

Capítulo
DOS

El ferrocarril fue el gran invento de los ingleses. Ellos se encargaron de llevarlo a todos los rincones del mundo. Y lo hicieron junto con su otro gran invento: el fútbol.

La llegada del tren a Uruguay generó la misma desconfianza que antes había provocado en Inglaterra. Incluso el gobierno recibió un informe que decía que el humo de las locomotoras mataría a las aves, sus chispazos incendiarían las cosechas y sus pasajeros morirían asfixiados porque la velocidad del ferrocarril les impediría respirar.

Pero, tras varios intentos frustrados, finalmente los trenes comenzaron a recorrer el país en 1869. La primera compañía fue de dueños uruguayos, pero en 1878 fue vendida a empresarios ingleses, que tenían más experiencia y dinero como para llevar adelante la compleja tarea de instalar y expandir un servicio ferroviario.

Al principio los ingleses instalaron los talleres de su empresa en el barrio Bella Vista, pero luego se mudaron a un paraje rural vecino a Montevideo y conocido como Peñarol. Corría el año 1891.

El nombre de esa zona, que por entonces estaba poblada de chacras y quintas dedicadas a producir frutas y verduras, venía de un siglo atrás.

En 1751 un piamontés llamado Juan Bautista Crosa había abandonado su pequeña ciudad natal, Pinerolo, en territorio de la actual Italia, y se había embarcado rumbo a América. Al llegar a la Banda Oriental puso una pulpería en un camino rural de las afueras de Montevideo.

En aquella época era frecuente que el lugar de origen de una persona se incorporara a su nombre. P

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