


3Melina Vallejos
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Una historia pirata


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5El sol del atardecer iluminaba la ciudad de Malcocinado.Los últimos rayos se reflejaban en los edificios más prominen-tes y daban paso a una fría noche de otoño.Melina empacaba sus pertenencias. A la mañana siguiente, se mudaría sola y, aunque su casa estuviera muy cerca, no podía evitar pensar en lo mucho que iba a extrañar vivir con su familia.La mudanza
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6Mientras repasaba mentalmente para no olvidarse nada importante, su telé-fono empezó a sonar. Estaba tan con-centrada que saltó por el aire del susto.—¿Quién es? —preguntó, casi a los gritos, mientras sacaba el aparato de su bolsi-llo—. ¡La abuela! —exclamó con alegría y atendió la llamada.—¿Cómo te atrevés a no contarme de tu mudanza, mocosa? —protestó Rita, con una furia tan grande que casi atravesaba el teléfono—. Tu mamá me dijo que mañana mismo te vas.Meli se alejó el celular del oído porque su abuela no paraba de quejarse y la aturdía, tomó una bocanada de aire y respondió. —Hola, abuela, no te conté porque quería que fuera una sor-presa —le dijo con suavidad.—¿Sorpresa? ¡Sorpresa mis polainas! —res-pondió la anciana—. Mañana mismo voy para allá a ayudarte.—No hace falta. Además no creo que puedas ayudarme mucho, ya estás un poco viejita para estas cosas —agregó Melina entre risas.

7—¿Vieja? ¡Vieja tu abuela! —dijo Rita enfurecida.—Abuela, es exactamente lo que estaba diciendo —afirmó Meli, tra-tando de no reírse para no hacerla eno-jar todavía más.—Bueno, bueno, nos vemos mañana, Me-linita, que descanses —contestó Rita y cortó la llamada.Esa noche, Melina se fue a dormir con una mezcla de emo-ciones, se sentía feliz por el gran paso que iba a dar, pero temía que la visita de su abuela la hiciera empezar con el pie izquierdo, porque sabía que le encantaba meterse en problemas y pelearse con los vecinos. ***A la mañana siguiente, mientras cargaba sus cosas en el co-che, vio a lo lejos la inconfundible silueta de su abuela, pero no venía sola, llevaba dos pesadas valijas y un animal que no lograba reconocer.Cuando Rita se acercó, Melina se dio cuenta de que venía con su loro, del que tanto le había hablado, un viejo amigo de la juventud, que solía visitarla de vez en cuando.



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10—¡Abuela! ¡Viniste! —dijo Meli con alegría y se acercó rápi-damente para darle un fuerte abrazo.—¡Ay, m’hijita! ¡No me abraces tan fuerte que se me escapan los peditos! —respondió Rita e inmediatamente Meli la soltó y tomó distancia.—¡Mocosa! ¡Mocosa! ¡Pla, pla! —chilló el loro Ricardito, ba-
