Bolso, mi buen amigo

Fermín Solana

Fragmento

Bolso, mi buen amigo

Hacía semanas que Juana y su papá, Álvaro, esperaban este momento con mucha ansiedad. Lo que les tocaba vivir a ellos y a todos los hinchas de Nacional aquella tarde de invierno parecía digno de un cuento, de una fantasía. Luis Suárez, el máximo goleador histórico de la selección uruguaya y una de las más grandes figuras de toda la historia de nuestro fútbol, regresaba, después de 16 años, al club que lo vio nacer como jugador… Al club de sus amores.

Pero no solo eso, lo asombroso era cómo se había dado. Lucho, como le decían, volvía a su casa porque los hinchas (como los propios Juana y Álvaro) se habían propuesto convencerlo por medio de una movida que invadió internet, no solo en Uruguay, sino a nivel mundial: #SuarezANacional. El mensaje que empezaron poniendo los hinchas tricolores en las redes sociales fue cobrando fuerza y se viralizó por todos los rincones del planeta. Además, los hinchas se habían llegado a poner máscaras de Lucho en un partido e hicieron emotivos videos, tratando de que le llegaran al jugador. Incluso José Fuentes, el presidente del club, había viajado a Barcelona a tratar de convencerlo. El día que Lucho anunció que sí, que venía, tanto Juana como Álvaro habían llorado de la emoción.

En una época en que todo en el fútbol parece girar en torno al dinero, la hinchada del Bolso había logrado conmover al mundo del deporte en la búsqueda de llegarle al corazón al delantero que salió de las inferiores de Nacional y con el paso del tiempo se convirtió en una superestrella de grandes potencias como Barcelona, Liverpool y Atlético Madrid, entre otros.

Ahora, había llegado el día. Estaban en su tribuna favorita del Gran Parque Central, la Atilio García, esperando que llegara este fenómeno al que tantas veces habían seguido por televisión y al que desde ahora y durante un campeonato iban a ver en vivo y en directo con la camiseta de Nacional.

Mientras las tribunas se poblaban y la euforia crecía entre los hinchas a medida que la pantalla del estadio traía imágenes de la espera por la llegada de Lucho al aeropuerto, retomaron una conversación que llevaba días picando entre los dos, desde que Juana, cuya materia preferida en la escuela era Historia, le venía preguntando a su padre sobre el pasado de Nacional. Álvaro trataba de ubicar a su hija en otra época, la de los orígenes del club, cuando todo, no solo el fútbol, era tan diferente:

—Para nosotros, que hoy podemos ver en vivo lo que pasa en cualquier otro país, es muy difícil imaginarnos cómo eran el mundo y el Uruguay a fines del 1800.

—¿Cómo te parece que eran?

—No solo no había internet, ni celulares, ni motos, ni grandes edificios: Montevideo era mucho más rural, estaba lejos de ser lo que es ahora. Algunos de los principales barrios estaban tan alejados de lo que era el centro, que eran considerados balnearios, con eso te digo todo.

—¡Fa!

—Había otras costumbres. Se hacían corridas de toros, como en España, y los locales o criollos convivían con los ingleses, que venían a trabajar en las vías del tren y otros servicios, y a su vez tenían otras costumbres. Ellos, los de la colonia inglesa, traían nuevos hábitos, entre ellos patear y correr atrás de una pelota de trapo. El «sport», como le decían. A veces sin arcos ni siquiera, se trataba solo de correr atrás de la pelota. Nadie se imaginaba la importancia que ese juego iba a tener en la vida de millones de personas en todo el mundo. Al principio, cuando los vieron jugar las primeras veces, los criollos no entenderían nada, capaz que hasta se burlaban —supuso Álvaro.

De repente los altoparlantes anunciaron que el avión que traía a Lucho (el avión de Messi, su gran amigo, que se lo había prestado para venir a Uruguay) había pisado suelo uruguayo. El Parque, que a esa altura ya estaba casi lleno, explotó de la emoción. La hinchada no solo lo esperaba en las tribunas: toda la rambla de Montevideo estaba llena de gente con banderas y pancartas a la espera de la caravana que iba a acompañar a Lucho y su familia hasta el barrio La Blanqueada. Desde la Abdón Porte, la tribuna donde se ubica la barra, se empezó a escuchar el canto que sería costumbre, padre e hija se sumaron:

—¡Que de la mano del Lucho Suárez todos la vuelta vamos a dar!

La piba se puso de pie y enseguida se volvió a sentar y retomó el tema que la tenía fascinada, preguntando más o menos en qué año se jugaron los primeros partidos del fútbol uruguayo…

—La primera noticia que se tiene de un partido de fútbol jugado en nuestro país data del año 1881, en un campo conocido como English Ground, cerca de donde está el Parque Central. Jugaron dos cuadros de ingleses, el Montevideo Rowing Club contra el Montevideo Cricket Club —respondió el padre mientras se sacaba la campera.

—¿Y Nacional?

—Pasa que poco a poco el fútbol fue atrapando a los nativos. Y empezaron a tener un desafío: ganarles a los ingleses. No les llevó mucho a los de acá competir de igual a igual con los extranjeros, hasta que ese amor al juego de la pelota llegó a su punto más alto el 14 de mayo de 1899. Ese día un grupo de jóvenes estudiantes que practicaban football, como se escribía en esa época, formaron el Club Nacional de Football. Estos estudiantes eran parte de otros dos clubes, el Montevideo Football Club y el Uruguay Athletic Club. Un año más tarde se les unirían los socios y jugadores del Defensa Football Club. Cuando se fundó fue el primer club cien por ciento criollo de América. Desde ahí los «nacionales» se ganaron un lugar en el corazón de la mayoría de los uruguayos y se convirtieron en el club más importante de nuestro país. Con el crecimiento de nuestro club gracias a los primeros jugadores, los hermanos Céspedes, Carlos Carve Urioste, Sebastián Puppo, también se hizo fuerte todo el fútbol local.

—¿Y Peñarol?

—Todavía no existía…

Era un mediodía soleado, divino. Se abrazaron cuando las imágenes mostraron a Lucho con Sofi, su esposa, y sus hijos, Delfi, Benja y Lautaro, desde el aeropuerto, todos con la camiseta tricolor. Alrededor de ellos se vivía una locura de hinchas de todas las edades dándoles la bienvenida a su casa. Subieron a bordo de una camioneta que esperaba para atravesar la ciudad y llevarlos a la cancha en la que Lucho hizo los primeros goles de su carrera en Primera División y donde conquistó su primer título de campeón. Ahora iba a compartir esa emoción con sus hijos, a los que había hecho hinchas de Nacional trasmitiéndoles la más rica de las herencias: amar al Bolso. Igualito a como había hecho Álvaro con Juanita.

No podían contener las lágrimas casi que en ningún momento. Tampoco querían hacerlo. Ni cuando observaron las imágenes de la impresionante caravana por la rambla y mucho menos cuando lo vieron pisar el pasto del Parque, en medio de una fiesta como pocas veces habían visto. No eran los únicos que lloraban, en un momento Juana se tomó el tiempo de mirar a su alrededor y notó cómo niños y abuelos se emocionaban por lo que estaban viviendo. Cuando el 9 agarró el micrófono p

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