La era del casete

Tabaré Couto

Fragmento

No tan distintos

«People moving every day

You know they move so slow

Do they know why they are going?

Do they know why they go?

Look into the book of rules

And tell me what you see

Are you all that different?

Are you just the same as me?

Waiting for 1989

We don’t want no more war»

(«No tan Distintos» [1989], SUMO)

Estuve un buen tiempo buscando un pretexto que me calzara naturalmente, para darle sentido a esta reunión de viejas crónicas y entrevistas que hoy tienen en sus manos. No lo encontré. Debatí débilmente conmigo mismo durante ese tiempo el por qué comenzar a recopilar estos escritos y llegué a una conclusión nada científica ni menos aún de valor antropológico: ¿por qué no hacerlo?

Sentí, entonces, que si ningún tiempo pasado debiera ser por sí mismo mejor que el que nos toca vivir o el que vendrá, al menos valía la pena –periodísticamente hablando y aunque pudiese ser de forma parcial– intentar revisar lo que había ocurrido tiempo atrás.

Por eso me sumergí en esta era del casete. Casi para no perder del todo lo que ya estaba olvidando. Para que no se perdiera algo que estaba prácticamente desapareciendo: voces fragmentadas, pero voces originales y naturales de principio a fin, que reflejan un tiempo y un entorno particular: el que comprende la música pop y rock uruguaya desde el año 1985 hasta mediados de los 90.

Era obvio, pero lentamente tomé conciencia de que, por esos años, circunstancialmente, estuve allí para vivir y contar lo que ocurría a mi alrededor. Y este compilado de opiniones y algunas crónicas, pasó a verse entrecruzado con mi propia experiencia de vida junto a los reales protagonistas: los músicos. Así me reencontré con felices e ingenuos días de radio y prensa escrita, y menos brillantes días de caja boba. Y las opiniones de los artistas llegando tanto de forma directa, como a través de mi función de editor de trabajos realizados por otros colegas hasta, simplemente, como mero lector o espectador de una realidad que también fue parte de mi vida.

Fue así como me redescubrí caminando por la cornisa de la ingenuidad y el nihilismo, vertiendo opiniones, sensaciones y sentimientos sobre lo que nos tocaba vivir, asumiendo el riesgo que la inmediatez periodística conlleva y el paso del tiempo castiga. Más de 30 años después, no debería sorprenderme que mi mirada sobre aquellos años de nuestra (casi) militancia rockera ortodoxa, se haya tornado inevitablemente agridulce. Las fotografías del pasado me atraparon oscilando entre aquello del «te quiero, te odio, dame más» y el contrapeso de la supuesta carga social o política intrínseca en el «movimiento». Las polaroids de locura ordinaria camuflan decenas de horas sabrosamente dedicadas al hedonismo en estado puro en formato música-lecturas-cine-estados alterados-amigos-diversión sin mayor objetivo que el de disfrutar cada instante al máximo y, al mismo tiempo, las sombras de esas imágenes del pasado probablemente proyectan una perspectiva actual sobre quienes indirectamente estábamos relacionados con el rock uruguayo de aquellos años depositando en el rock and roll propio y ajeno unas sobreexpectativas y poderes casi revolucionarios con proporciones desmedidas. Con o sin pudor, con o sin orgullo, impregnado de una desfachatez juvenil que se asoma como ingenua: eso también fue parte del atractivo y de haberlo vivido sin concesiones ni vergüenzas. Posiblemente nunca quisimos ser underground o nunca lo fuimos desde el momento que escribimos en Brecha, pactamos con Últimas Noticias o Jaque, salíamos al aire en una radio del Estado o grabábamos discos y tocábamos en un festival auspiciado por Coca-Cola. Si el medio era el mensaje, fuimos lo suficientemente integrados (y mucho menos apocalípticos) como para (apenas) intentar (pretender, soñar) aportarle un aire fresco a un ambiente cultural posdictadura que, sentíamos, necesitaba un sacudón. Fuimos una llaga, una reacción epidérmica. Un ataque de alergia.

En lo estrictamente personal, al decidir hacer esta recopilación, comencé a cerrar una nueva etapa de mi vida –una suerte de ajuste de cuentas conmigo mismo– en pos de la recuperación de mi individualidad que maltraté poco a poco desde el día que comencé el viaje sin retorno desde la revista GAS Subterráneo hasta mis últimos días en la industria del disco, a mediados de 2005. Hace unos años, cuando terminé abruptamente mi paso por la industria discográfica, logré visar el pasaporte hacia mi pasado con la inigualable sensación que la coherencia y la honestidad de mis aciertos y errores no necesitaban mayor justificación, y que la tranquilidad de conciencia que sentía, no necesariamente debía ser avalada por decisiones judiciales ni pastillas para dormir. De todas maneras, al abandonar las últimas y obtener las primeras de forma contundente a mi favor, fue más fácil y sano comenzar a hacer este trabajo. Mi deuda personal comenzaba a ser pagada conmigo mismo. Empecé a cerrar el círculo de golpes, caídas eufóricas y delirios: me acobardé ante el esfuerzo que suponía el mirar hacia atrás para contextualizar estos sonidos de casete y recordar mi primer programa de radio junto a Aldo Silva –Última Generación y el Sodre– pasando por mis columnas a fines de los 80 en Humor, Relaciones, El País, La República, Jaque, Guambia, Brecha; mis siete años como editor de Rock de Primera y Rolling Stone y un par de libros apurados sobre los Buitres y Darnauchans y el comienzo y fin de mi ciclo trabajando junto a Carbone –con sus luces y sombras–, tanto en los medios como en la industria del disco. La música de aquellos casetes de ayer llegaron al formato digital de hoy para acompañarme en este recorrido. Casi (ojalá) como una primera entrega de una improbable autobiografía pop.

Revisé en el rayado espejo retrovisor de mi vida y descubrí imágenes plagadas de dolor y culpa, de placer y soberbia, humildad muerta de hambre y pedantería exitosa con la panza llena.

La idea/necesidad de hacer este libro había nacido antes: a mediados de los 90 me sentía agotado, salté al otro lado de la cordillera con los lazos fraternos cortados y con la música de aquellos años sonando como un eco confuso. Lentamente, el sonido se hizo más nítido y años más tarde, estando sentado en mi amplio escritorio de ejecutivo-de-marketing-de-empresa-en-declive, recibí la noticia que Raúl, mi amigo Raúl Forlán, había caído mortalmente fulminado por un paro cardíaco. Estaba en su antigua casa de Aires Puros, colgando unos adornos para celebrar el primer cumpleaños de su nieto.

Los momentos de tristeza te van llenando de cicatrices más o menos profundas. Y de silencios. El paso del tiempo arrastra el sonido de las voces de nuestros muertos más allá del alcance de nuestra memoria. Me quedé pensando en Raúl. Triste. Solo y a miles de kilómetros. Imaginando sus palabras. Y me di cuenta de que tenía que volver a casa –aunque mi concepto de hogar haya cambiado en este tiempo– a través de aquella música y de recobrar contacto con aquellos amigos que me pertenecían. Salvarlos de mí mismo, del olvido, más allá incluso de la nostalgia. Rescatarme del fin.

Aunque aquel día no me di cuenta: murió mi amigo Raúl y empecé a imaginar este libro y a escribirlo, muy, muy lentamente.

Hoy tengo mi individualidad –más o menos– sana y salva. Con las heridas de los errores cometidos cicatrizadas. Con el cansancio de la ingenuidad asesinada a traición reposando en alguna parte de mi cuerpo. Con los arrepentimientos desnudos y las certezas en carne viva. Y asumo con cinismo que el viaje hacia los tiempos de GAS Subterráneo no tiene cupo en un hombre de más 50 años que, circunstancialmente, estaba a cargo del marketing y los negocios especiales de una empresa multinacional en el momento de escribir el cuerpo central de estas líneas. Pero ese Doctor Jekyll y Mr. Hyde inofensivo en el que me convertí algún día, puede mirar hoy en paz parte de su pasado sin mayores complejos.

Este es el motivo principal de este libro: sentirse liberado y mantener la actitud rockera.

Las voces que aquí aparecen fueron caprichosamente seleccionadas por quien esto firma. Solamente intenté corregir errores de estilo o contextualizar levemente cuando las referencias temporales pudieran ser confusas. Se respetan, obviamente, los autores intelectuales de cada trabajo periodístico: Aldo Silva, Andrés Sanabria, Leonardo de la Fuente, Fernán Cisnero, Raúl Forlán Lamarque, Cecilia Martínez y cada uno de los que aparecen citados al final de sus fragmentos escogidos. Los que no aparecen firmados, me pertenecen. Además, me he dado el gusto de agregar algunos comentarios con la perspectiva (y el error de cálculo) que el tiempo y la distancia imponen, forzando la memoria y sin más motivo que el simple gusto de hacerlo y he rescatado algunos fragmentos de crónicas y comentarios de la época, tanto propios como ajenos. Todos con sus respectivas fechas.

Filosofía barata: soy un viejo orgulloso de lo que me tocó vivir que, sin embargo, pienso cada día menos en aquellos años y me escondo en la postura más cómoda, según cantaba Fangoria: de mirar la vida pasar y opinar... Me costó recordar fechas, momentos, incluso sonidos. Y me sentí como una especie de sobreviviente completamente alejado (profesionalmente hablando) de lo que de alguna manera hoy ocurre en la escena musical uruguaya, pero al mismo tiempo con la libertad absoluta de disfrutar la vieja y la nueva música uruguaya sin ningún tipo de prejuicios: murga y Darnauchans, Zitarrosa y rocanrol...

Al revivir estas crónicas llenas de casetes (algunos pocos vinilos y el comienzo de la era CD, para ser exactos), acaso se pudiera discutir lo poco o nada que hayamos aportado quienes vivimos aquella década de la primera explosión del rock uruguayo posdictadura y su caída y supervivencia en los años más duros, al desarrollo del rock de hoy día en Uruguay. Me gustaría creer que de alguna forma –aunque remota– lo que hoy ocurre también es consecuencia de aquello, si bien solo fuese por contradicción y transformación, por herencia o por rechazo. Si la dictadura cortó de forma radical la comunicación entre el rock de los 60 y 70 con el de los 80, el bajón comercial de fines de 1988 y su posterior resurgir en los 90, aquellos años del final del siglo pasado y las primeras casi dos décadas del nuevo milenio, parecieran haber logrado mantener un puente de comunicación que se sustenta en varios protagonistas comunes incorporados a las nuevas generaciones más frescas, activas y desprejuiciadas que arribaron luego. La interrelación de los rockeros de los 80 con los de los 90 y los artistas surgidos en los primeros diez años del nuevo siglo, con toda su variedad y libertad artística, se han decantado en esta segunda década del siglo XXI y deberán proyectarse de alguna forma, asegurando la salud artística del rock uruguayo y sus infinitas variantes en un futuro cercano, más allá del éxito comercial circunstancial.

Y para ello, además, no es necesario ni siquiera que las nuevas bandas respeten ni conozcan a las viejas. Solo que el hilo conductor de una identidad cultural imposible de asir y de unificar, multifacial y diversa, siga existiendo invisible y salpique el rock uruguayo de lugares comunes, problemas similares, geografías propias, colores compartidos.

Ese lazo indescifrable, impalpable e inmaterial es el que hace que la voz de Juan Casanova encaje perfectamente en una canción de No Te Va Gustar o en un show de La Vela Puerca; ese encadenamiento imperceptible lleva a que Garo Arakelian extienda el legado de La Trampa a partir de su carrera solista o que se relacione naturalmente con Franny Glass; ese nexo artístico escondido logra que el Cuarteto de Nos destape su talento con algunas de sus mejores canciones en el último lustro, sin perder su espíritu y logre impactar de lleno en las nuevas generaciones o que los Buitres hayan cumplido 30 años de carrera con una convocatoria imbatible.

Ese es el misterio de las canciones –cobijadas en sus creadores, desnudas ante nosotros– que interpretadas por bandas y artistas desde esta remota parte del planeta seguirán surgiendo sin importarles nadie ni nada.

Canciones desnudas (solo)

«We are ugly but we have the music»

Leonard Cohen

Las canciones están vivas. Son mutantes que alteran nuestros estados de ánimo. Seres vivientes que se desnudan y materializan en nosotros para modificar nuestras vidas.

¿Dónde está el límite que separa nuestro diario vivir de aquellas obras que los artistas representan como visiones, reflejos o meras deformaciones de esas mismas vidas reales transformadas ahora en canciones?

¿Cuál es la frontera entre aquello que los músicos (que aún nos emocionan) ofrecen a su público para transformar sus vidas y lo que el público les exige para no sentirse defraudado? ¿Dónde está y cómo cruzás ese límite (de ida y vuelta) cuando ya no tenés punto de retorno? No siempre que uno disfruta, vive o apenas se deja acompañar por una canción se permite el tiempo o tiene la paciencia para hacer estas u otras preguntas –probablemente– sin respuestas contundentes al alcance de la mano. Pero cuando intentás dar un sentido al transcurrir de toda una vida personal y, sobre todo profesional –donde otra vez los márgenes se difuminan en una unión sin reglas ni papeles escritos– y percibís que la música y sus creadores han estado en tu devenir de manera omnipresente, incluso marcando decisiones trascendentales, esas y otras preguntas se vuelven inquietantes. Más allá de mi temprana vocación periodística que en algún momento se canalizó hacia el periodismo y la crítica musical, nunca hasta ahora me puse a pensar por qué alguien como yo, que nunca supo música ni pretendió interpretarla profesionalmente jamás (cero talento natural, mucha pereza/sin traumas ni frustraciones a cuestas con el tema) pudo (pueda) tener este nivel de conexión vivencial con la música en general, el rock y el pop en particular y sus universos superpuestos, paralelos, reales e imaginarios; sus extrapolaciones políticas, sociales y culturales. No pretendo apoyarme en un argumento facilista, pero no se me ocurre –más allá de mi carencia imaginativa– una expresión mejor, aunque suene cursi y como un lugar común: la música salvó mi vida o, al menos, le dio sentido. Y no voy a recorrer mi biografía para demostrar cuándo y cuántas veces, un verso envuelto en una melodía perfecta bajo un ritmo sublime me empujó hacia atrás cuando el camino por delante era el precipicio. Cuántas veces mi soledad fue menos terrible, mi tristeza más llevadera, mi alegría mejor acompañada. O cuántas veces, parafraseando a Enrique Bunbury: fuimos libres dentro de una canción.

El 23 de octubre de 1985 yo tenía 18 años y 5 días y volví a Uruguay. Era una persona normal y lo suficientemente dañada para mi edad, marcada por pérdidas y desarraigos, pero nada que no pudiera superar ni hacer intolerable el diario vivir. Ese día, Montevideo era como una ciudad arrasada por una explosión nuclear: no había nadie en las calles. Era día de censo nacional. Una ciudad aún más desierta de lo habitual. Había vivido en Barcelona el tiempo suficiente como para sentirme culé y amigo de mis amigos catalanes y para amar su música, sus olores, su libertad y su gente abarrotando las calles. Pero también era un sudaca, hijo de un emigrante económico expulsado por la crisis del dólar del año 82 que, además, tenía vetados determinados horizontes profesionales por su pasada militancia socialista. Esa tardía emigración me dejó para siempre partido al medio. Durante un largo tiempo cargué como herencia una angustiosa sensación de no pertenecer a ningún lado. Quería volver, pero no quería irme. Tardé veinte o treinta años en asumirlo. Ya no me preocupa: soy un uruguayo catalán que vive en Chile. Mi patria en mis zapatos. Y con mis amores. Por aquellos años catalanes, mi familia recogió las migajas del gueto y la militancia política en tiempos de cambios. Quería militar, pero me gustaba el punk. Algo no calzaba hasta que descubrí a los Clash. En el vuelo de «los niños del exilio» de fines de 1983, sin saberlo, fui prácticamente el último suplente de una extensa lista y, un día antes del viaje, me subieron a último momento al avión porque otros decidieron no viajar. Ir y volver. Volver e ir. Y la música dando vueltas.

Pero volvamos al año 1985 y a aquel octubre: estaba solo arriba de un avión cuando debía estar acompañado. Era un repatriado viajando a costas del gobierno español para reintegrarme a la sociedad uruguaya en su reapertura democrática. Cuando se aprobó el programa de repatriación, aquello fue tomado por nuestra familia como una luz al final del túnel en medio de la constante inestabilidad laboral de mis padres, una oportunidad de volver a empezar. Pero Elena (la segunda esposa de mi padre, mi segunda madre) enfermó y aunque se recuperaría tiempo después, para el momento del viaje no tuvo la autorización médica para subirse al avión. Viajé solo. Otro avión. Ellos nunca volvieron. No sé si quería volver, ni tampoco si quería irme.

No regresé al mismo sitio ni volví siendo igual. Comencé dos o tres años de deambular buscando mi lugar. Yendo y viniendo, cruzando alguna vez más el océano. Llevando cortes de pelo cada día más extraños y mucha música de un lado a otro. Otro lugar común: un día la música me tiró otro cable a tierra y conocí, previo a la avant-première de Sign O’The Times de Prince y el mismo día que Los Estómagos partía a su única gira por el sur de Brasil, a Isabel: mi mujer, la madre de mis hijos. Con Aldo Silva teníamos el programa de radio Última Generación y convocamos a despedir a Los Estómagos en la Plaza Cagancha, desde donde salía su autobús. No fue nadie. Salvo Isabel. Por suerte.

Hasta esa fecha habían transcurrido unos cuantos años en donde anduve disfrutando y sufriendo mi lost weekend: tardé dos años en terminar mi último curso de liceo por vago; trabajé tanto haciendo peceras unas semanas, como de cadete de una farmacia otras, hasta que convencí a alguien de que era capaz de escribir y debían pagarme por ello... Y si durante años había recorrido como nadie Barcelona caminando (para ahorrarme el viático de los transportes cuando era cadete en una oficina de informes comerciales), ahora caminaba Montevideo por una poderosa razón combinada: no tenía dinero para moverme de mejor forma y no existía un buen sistema de transporte público como para movilizarse a cualquier hora y a donde quisiéramos ir. Nunca caminé tanto en mi vida como durante aquellos años. Caminé con Aldo, caminé con músicos y amigos aspirantes a periodistas, caminé solo, caminé tratando de convencer a mujeres de que me dieran bola, caminé buscando trabajo, caminé camino a los conciertos, caminé de regreso a casa. Por ejemplo, vivía en Aires Puros y cada viernes bajaba al Parque Posadas para comprar Brecha y visitar a mi amigo Alfonso Rodríguez. Ir era fácil: volver era un suplicio, por la terrible subida hacia la calle Vaimaca. Y más en el estado que lo hacíamos: mal comidos, borrachos, mezclando pastillas para el asma y porro con aburrimiento y un extraño sentimiento de libertad y agobio, de «hago lo que quiero, pero, en realidad, no puedo hacer nada».

Una tarde, estábamos en el departamento de Alfonso antes de que se mudara al Centro, sin dinero y con la perspectiva de visitar a unas amigas suyas que irían a un horroroso candombaile en, probablemente, una facultad o algo similar. Posiblemente fuera sábado. Y estaba la radio prendida. Tal vez en Alfa FM, tal vez Marcelo Sena hablaba. Y sonó la canción «Riga» de Zero. Exploraba la heladera de Alfonso y solo había una cerveza abierta con un culito de líquido sin presión y un limón semipodrido flotando en una bandeja. Alfonso bailaba. «¿Qué dice la letra? ¿Reagan?». Nos reímos. Luego vino lo mejor: «La lluvia cae sobre Montevideo» de Los Traidores. Eso era soberbio. Sorpresivamente sobrios, pero musicalmente excitados, llegamos al candombaile como si estuviésemos colocados hasta más no poder. Habíamos sido abducidos por el espíritu rockero de esos nombres que salían uno tras otro de la radio: Zero, Los Traidores, Los Estómagos. Los grabamos en varios casetes. Los hicimos coincidir con la música que traíamos de Madrid y Barcelona: con «Escuela de Calor» de Radio Futura, con «Jim Dinamita» de los Burning, con «Haciendo el bobo» de Gabinete Caligari, hasta con «Oh Baby» de Lou Reed... Y sumaba más de mi background personal de aquel momento, sobre todo unos casetes que empecé a hacer circular de La Polla Records –los llevé a Ahora es Tiempo de Rey y Almada para que difundieran «Come mierda»...– Kortatu, Hertzainak, Loquillo (mucho antes de que los Buitres reinterpretaran «Cadillac solitario»), Ilegales, Ramoncín, Siniestro Total... Llegamos al candombaile y fue como si un síndrome de abstinencia nos impactara de lleno produciendo un anticlímax abismal. Bienvenidos al reino insondable del aburrimiento. Hasta que sonó «Fuera de control» y quedamos con Alfonso solos en la pista, empujándonos, haciendo un pogo primitivo, desquiciado, tan pajero como catárquico.

¿Dónde está el límite entre lo que querés vivir, lo que realmente es tu esencia y lo que las canciones te proponen podrías o deberías ser? No lo sé y, en aquel momento, no nos importaba. ¿Dónde está el límite entre nuestras vidas ordinarias, comunes, condenadas al anonimato eterno y esas historias de verdad inmortales, terribles e indestructibles, que pueden ser tan estúpidas como brillantes, que conforman nuestras canciones preferidas? Tampoco lo sé. Pero tengo una sospecha creciente: para mí ya no existe esa frontera. Y si existió, una vez que la traspasé, no logré saber dónde quedó la línea divisoria entre mi vida natural y lo que esas canciones le incorporaron para hacerla diferente.

Ese 23 de octubre de 1985, cuando choqué con una Montevideo desierta, llegué a la casa de mis abuelos, subí a mi cuarto –una habitación absurdamente grande y amplia para una sola persona– y me sentí el ser más triste y desgraciado del universo. Todo estaba en silencio y tardaría en conectarse. Pero el disco duro musical de mi cerebro –y el de mi alma– estaba aún semivacío, sin formatear del todo, y a punto de descubrir una melodía veloz y nostálgica y una letra escrita (como) para mí: «La lluvia cae sobre Montevideo hoy como ayer/ y no habrá nada especial./ La gente que va caminando hoy como ayer/ todo el libreto es igual./ Las palabras en la misma situación/ un lugar y su gente en la misma dirección./ La lluvia cae sobre Montevideo hoy como ayer/ solo será un día más./ Las horas que van pasando hoy como ayer/ terminan conmigo y con los demás./ Otro día en la misma pudrición/ un reflejo de la gente en la misma condición./ La lluvia cae sobre Montevideo hoy como ayer/ solo será un día más/ las horas que van pasando hoy como ayer/ terminan conmigo y con los demás. Las lágrimas caen sobre Montevideo hoy como ayer». La canción era triste, pero me llenaba de luz. Estaba buscando conexiones. Y había empezado a encontrarlas. Estaba traspasando mi frontera sin punto de retorno. No sabía que años después alguien escribiría «Otra vez volver/ a mi cuarto/ la escena se repite»... y todo cobraría sentido.

NO HUBO CONDENADO QUE AGUANTARA

Esta historia comienza con un final.

La separación de Los Estómagos, su muerte consensuada y fríamente diseñada, fue el fin de nuestro sueño under. El golpe de gracia a nuestra adolescencia rockera. Durante meses convivimos con un secreto a voces que crecía sin pudor en el circuito rockero de aquellos años: en cada gesto de Hernández o en cada punto de volumen ascendente de la guitarra de Parodi, se traslucía que la tolerancia artística de la dupla se asomaba, al menos, como compleja e inestable en un futuro inmediato. Tarde o temprano, aquellos caminos que se habían cruzado y desarrollado en una sola vía, se bifurcarían para siempre. Fue una de las tantas veces que preferí no haber estado allí para no enterarme de lo que estaba sucediendo, del desenlace que se estaba gestando. El otro lado del mostrador tiene esas ingratitudes. El profesionalismo mata al romanticismo y si bien alimenta la curiosidad y derriba los límites del conocimiento en primera persona, cuando lográs tu objetivo (saber más, llegar al fondo), terminás asesinando el encanto ingenuo del fan y corrés el riesgo de eliminar o influenciar tu juicio y contaminar el goce sobre aquello por lo cual siempre quisiste estar allí: simplemente disfrutar la obra artística.

Promiscuidad del multiempleo uruguayo de la época, cuando Los Estómagos ingresaron en su última etapa de descomposición, yo ayudaba a su mánager de entonces, Gerardo Michelín, en la promoción del grupo. Funcionaba como una suerte de encargado de prensa. Además, mi relación con los cuatro integrantes era moderadamente cercana: había hecho algunos programas de radio con Marcelo Lasso, mantenía una cordial relación con Gabriel Peluffo y Gustavo Parodi y, para colmo de contradicciones, era cercano a Fabián Hueso Hernández: nuestras novias eran amigas. La destrucción total lleva su tiempo, y en ese entonces no podía evaluar los daños anímicos y personales que esta separación ocasionaría en mí. Vivir aquel proceso fue como acompañar el cumplimiento de una sentencia de muerte que inexorablemente se llevaría a cabo en medio de dos mundos opuestos: los que esperan la ejecución, aterrados y dolientes, y aquellos que disfrutarán del acto final como un colofón supremo. Para mí, lo que precisamente debería ser un momento de celebración –lanzamiento de nuevo disco, exitoso corte promocional («Avril») y show en el Cine Cordón– se transformó en una travesía triste y melancólica. Aquellos meses pusieron a prueba por primera vez mi capacidad de concentración y fueron la mejor (peor) escuela para comenzar a practicar el desapego, manejar la desilusión y la desazón, ejercitar la frialdad o, al menos, comenzar a construir la coraza que recubriría mis sentimientos en un futuro no tan lejano y que luego conocería y enarbolaría como virtud de mi profesionalismo en este negocio. Solo así pudimos «vender» aquel suicidio asistido como el mejor cierre posible para la carrera de Los Estómagos. Incluso, sin estar de acuerdo, sin creérnoslo.

De aquellos días me aparecen flashes borrosos y saltos temporales: en medio de una noche cualquiera en las sesiones de grabación del videoclip de «Avril», en el último ensayo en Pando, corrigiendo un comunicado de prensa en un bar, vendiendo las entradas para el show o tomando un café en la casona de Michelín en el Parque Batlle sin querer escuchar acerca de los primeros y primitivos planes de cara al futuro inmediato sobrevolando como buitres sobre la agonía de la banda. El rumor y las pruebas que nacería ya otro grupo sin el Hueso eran palpables. Así, a la tristeza de mucha gente, se le sumó la decepción. Aunque Peluffo afirmara que su decisión de formar parte de los Buitres se tomó posetapa en Los Estómagos, Hernández seguramente sintió que su entorno, de alguna forma, lo había traicionado.

En diciembre de 1989 ya había un toque de los Buitres en Laskina y demos de la nueva banda circulando. Y todo con el cadáver de Los Estómagos aún tibio. Pero esa historia, aunque entrelazada con esta, es parte de otro capítulo de este libro.

Decíamos... esta historia comienza con un final. Y ese final conducía a evitar que la relación Hernández-Parodi –como síntoma más palpable del agotamiento global del proyecto Estómagos– no acabara en una explosión con daños colaterales, personales y profesionales, tal vez peores. Ese era el único argumento para sostener y mantener las buenas costumbres, el mejor semblante. Además, Los Estómagos siempre respetaron sus códigos internos y el grupo murió de pie y con una dignidad inigualable. Pero no había consuelo. Y el haber vivido todo aquel proceso de desintegración desde muy cerca, también afectó mi visión del desenlace final. Sentí el final de Los Estómagos como el fin de una etapa de mi propia vida. Como una pérdida que producía un desgarro íntimo y particularmente doloroso. Como una derrota generacional. O, al menos, una derrota personal.

Y, lo peor, cuando uno miraba a su alrededor, a nadie parecía importarle: la vida y el país habían continuado su curso sin dedicarle ni medio minuto a nuestra tristeza y nuestro vacío.

En medio de aquel tsunami anímico individual, recuerdo que cometí uno de mis mayores errores periodísticos –y debo haber tenido muchos: no publiqué la crónica del último show de Los Estómagos–. Cubrimos el último ensayo –de hecho, conservo esa entrevista realizada por Aldo Silva y el audio del ensayo propiamente dicho en un par de casetes JVC–, pero por motivos que hasta el día de hoy ni yo mismo logro explicarme, no apareció ni una sola línea sobre ese último show en el ex Cine Cordón.

Sin ánimo de encontrar justificaciones, treinta años después trato de encontrar alguna explicación: probablemente haya sido el impacto emocional y el bajón anímico producido por el adiós el que me dejó atónito y sin palabra, pero durante aquel agosto de 1989 no hubo para mí cabida a los posibles sentimientos de celebración en la despedida. Ni siquiera para escribir aquella última crónica. Incluso el final de ese show –con los vidrios rotos por culpa de los propios fans– fue un reflejo del sentimiento de derrota y pérdida de esos instantes.

Atrás habían quedado los bailes al estilo Peluffo empujándonos en pogos frenéticos; abrazar el postulado que la música estaba enferma y que para recuperarla había que volver a romperla; el lado más oscuro y hermético del tercer disco, frente a la aparente apatía de Los Traidores; el resurgir mediático de «No habrá condenado que aguante» y «Avril».

El fin de Los Estómagos golpeó de muerte nuestro sueño under. Era el fin de nuestra adolescencia rockera.

LA PRIMERA VEZ

«Nuestro debut, el 6 de agosto de 1983, fue en un baile de una clase del Liceo de Pando, en el Centro de Protección de Choferes. No estuvo mal del todo. En especial para lo que esperábamos. Hacía ocho años que no tocaba un grupo en vivo en Pando y la gente en la sala, cuando empezamos a tocar, no dijo nada. Se quedaron callados, como soportando eso que en realidad les interrumpía el baile y era una molestia. Fue también cuando empezaron a aparecer los primeros punkies, los amigos de los hermanos de Gonchi y ellos. Y se armó lío. Por supuesto estaba el Mongolo, que ya era el jefe de la barra de aliento. Pero realmente tocamos bien en esa primera actuación.

¿Al otro día tocan en el Templo del Gato en Montevideo?

Sí. Nos dejaban para el final, no nos querían. Primero tocábamos al principio. Pero tocábamos 22 temas y al volumen que los tocábamos... la gente ya no podía escuchar más nada porque la cabeza le quedaba reventada... Cuando chiflaban tocábamos otro hasta que nos cansábamos. Y entonces sí, no tocábamos más. Entonces, el Gato nos volvió a tirar para el final de los espectáculos y nos decía que teníamos que tocar solo 12 temas. Cuando llegábamos al número 11, alguien viene por detrás de los equipos y saca un fusible y entonces empezábamos de nuevo. Tocábamos todo el repertorio otra vez... No era un ambiente fácil. Estaba cargado de una violencia increíble. Me acuerdo que había mucho lío y todo el mundo quería pelear: “Te espero a la salida y te vamos a matar...”. Teníamos que salir todos juntos y estar constantemente juntos. Uno iba al baño y allá teníamos que ir todos juntos. El ambiente era realmente violento. Yo tenía 17 años y la verdad es que tenía un susto bárbaro. Terminaba de cantar y del escenario saltaba directamente dentro de un taxi para mi casa, porque el resto se iba a Pando y yo me quedaba acá».1

TANGO FUERA DE CONTROL

«“Fuera de control” no tenía nada que ver con lo que el grupo era en ese momento. Escapaba un poco a nuestra línea, pero fue nuestra puerta de entrada. Parodi la grabó y al otro día se fue a Europa... Nosotros mismos no entendíamos nada cuando la escuchamos. Sonaba raro. Recuerdo que un músico un día me dijo: No tocaría “Fuera de Control”. Y le dije: Pero, pedazo de idiota, si no fuera por “Fuera de Control” nunca hubiéramos grabado y seguro que ustedes tampoco.

Cuando grabamos el primer disco, el Hueso nos decía que esta era la oportunidad de hacer nuestra obra póstuma y después no hacer nunca más nada. Entonces todo lo que pudiésemos hacer de grandioso teníamos que meterlo en este disco. En cierta forma estaba esa intención, pero creo que no teníamos ni la experiencia ni las condiciones. En cuanto a realizaciones, las estropeamos en algunos temas. Es un buen disco, pero no para ser el primero. Pienso que debimos incluir “Penicilina”, “Cambalache” o “Hijos del imperio”. Y sigo pensando que el mejor tema y la mejor letra es “Ídolos” [...].

En ese momento éramos cuatro amigos y nadie más. Y los sábados en vez de ir a fiestas, ensayábamos. Ese disco expresa perfectamente toda la soledad que teníamos. Esos sábados nos reuníamos a las cuatro de la tarde y allá estábamos: ensayando, escuchando radio, intercambiando ideas hasta la cinco de la mañana en que cada uno se iba para su casa. Esa era la vida que llevábamos. Y así todos los días. Es un disco oscuro y tiene su razón de ser».2

LA BUENA DIGESTIÓN

«Son algo así como los adelantados de una nueva (bueno, nueva al menos para nosotros) estética sociomusical. Por eso, gústenos o no, hay un “antes” y un después de Los Estómagos. Son cuatro y ninguno de ellos supera los veinte, pero ya ven editarse su primer LD. Son invitados para actuar en Buenos Aires y colocan un tema, “Fuera de control”, en las radios más escuchadas. Sus presentaciones en vivo en pequeños locales nocturnos de Montevideo, han sido poco menos que explosivas, recogiendo la adhesión casi fanática de muchos adolescentes que ven expresado en sus canciones, en sus textos, en su irreverente apariencia y su insolente pose sobre el escenario, todo lo que ninguna otra corriente musical les había proporcionado en los últimos años: desprejuicio, emoción, desenfado y, por supuesto, una pizca de ese ingrediente tan temido y peligroso para las viejas generaciones, la agresividad.

El fenómeno es más que interesante y, a primera vista, resulta bastante lógico: fueron muchos años, no ya de represión, sino más que nada de autorrepresión: basta de guitarristas, folclore y xenofobia, basta de darle la espalda neciamente al rocanrol y, sobre todo, basta de solemnidad. Los Estómagos fueron los primeros en romper el molde (sus experiencias más tempranas datan de 1982, cuando apenas empezaban a soplar los aires democráticos) y arrimar hasta estas costas, tardíamente de cualquier manera, las influencias de los punks ingleses. Y lo que es todavía más curioso, sin atravesar por el indigesto proceso estético que el rock argentino (¡ese filtro funesto para los uruguayos!) le dio a este movimiento. Encendieron la mecha y hoy pululan los grupos roqueros que desarrollan similares líneas expresivas.

Vayamos ahora a la médula, su música. Al principio puede parecer un poco extravagante, es cierto, pero poco a poco uno descubre que es una reacción primaria a un sonido y una apariencia que no es muy cotidiana entre nosotros. Utiliza un lenguaje muy directo y su música es, por cierto, bastante rudimentaria y aun así (o tal vez por eso) bastante intensa en su efecto. Guitarras con un sonido flaco y chirriante, despejado, una batería que hace ritmos muy cuadraditos y los teclados aportando fraseos melódicos muy simples, pero inteligentes. El cantante, Gabriel Peluffo, encuentra y pierde el tono con demasiada frecuencia, esto es, no es que desafine, sino que a veces da en el clavo y a veces en la herradura en cuanto al timbre y a la colocación emocional del texto sobre cada música en particular (aunque eso depende también de la estructura poética, que no siempre funciona como es debido).

El álbum tiene aciertos y desaciertos en proporciones parejas, aunque dentro de estos últimos deben mencionarse los desabridos y casi insoportables recitados en varias canciones y la excesiva utilización de una cámara de eco que “salpica” todo el tiempo, produciendo un efecto bastante molesto. En lo demás, el trabajo está resuelto con una técnica de ejecución y grabación simple pero aceptable para ser un primer intento.

Las canciones de Los Estómagos proponen una temática bastante depresiva y de alguna manera pesimista, pero esa atmósfera parece el reflejo auténtico de un estado de ánimo latente en los jóvenes. Tiene un estilo bastante peculiar, definido, aunque personalmente siento que no suelta la energía necesaria como para inquietar demasiado con su música. Cabe sí congratularse que no sea un mero imitador de los que ya hicieron esto hace mucho tiempo y muy lejos, ni de los que mucho más cerca y hace menos tiempo lo interpretaron mal. No es pretencioso y parecería que no está jugando con una nueva moda. ¿Es suficiente?

Tal vez no, pero la historia recién comienza...».3

NADA VIENE DE ARRIBA

«El año que formamos Los Estómagos ganamos el festival de rock de San José y el premio era la edición de un simple por el sello Orfeo... que nunca salió [risas]. En realidad, se grabaron muchos simples que aún conservo y que dentro de un tiempo... ¡van a valer muchísima plata! En aquella época nuestro representante era Gonzalo López y él había quedado en encontrarse con nosotros en Costa Azul. Era un 7 de enero y lo estuvimos esperando con Gabriel [Peluffo] y unos primos míos como hasta las tres de la mañana. Cuando llegó dijo que había perdido el ómnibus y haciendo dedo lo había levantado Alfonso Carbone de la empresa discográfica, así que aprovechó para hablarle de nosotros y del famoso simple. Me acuerdo que a partir de ese año nos pasábamos las tardes enteras sentados en el Palacio de la Música comiendo bizcochos para poder hablar con él... ¡Pasamos dos años comiendo bizcochos! ¡Así quedé! Las cosas se te dan: tenés que tener suerte y romperte el lomo. Nada te viene de arriba.

Ahora todo el mundo habla de Los Estómagos... pero, no sé... ¿escucharían los discos?, porque si me pongo a contar la gente que nos vio, ¡hasta me acuerdo de las caras! Nuestra separación se debió a los roces. ¡Nunca pasaba nada con Los Estómagos! El año que nos separamos tocamos dos veces, el concierto final y en la estación de AFE. El primer año con los Buitres tocamos más veces que las que habíamos tocado con Los Estómagos en cinco o seis años.

Todo el mundo habla de Pando por Los Estómagos cuando hacía un tiempo atrás éramos la mosca de la leche. Cuando Los Estómagos tocaban muy pocas veces se llenaba de gente el lugar. Tabaré Couto te lo puede decir. El día que dijimos que no tocábamos más, ahí fue todo el mundo».4

ROCK NEGOCIO

«Lo más importante del año fue Cabaret Voltaire. No solamente por lo que significó. Fue como una escapatoria del rock nacional. No hay que ser demasiado inteligente para darse cuenta de que esto prácticamente se ha terminado. Hacia el final del año, el rock ha caído en forma estrepitosa. El noventa por cierto de los espectáculos en el interior del país y los últimos realizados en Montevideo, han sido un fracaso rotundo. Las iniciativas tipo Cabaret Voltaire son las que van a mantener al rock uruguayo. [...] La salida del rock uruguayo es que los propios músicos produzcan los espectáculos. Hay que decir adiós a los empresarios que quieren hacer solamente dinero con todos nosotros. Nuestra relación con los empresarios es muy clara: nos quedan debiendo dinero y encima se nos ríen en la cara. [...] El rock negocio terminó. Ya no da más dinero a nadie [...] Los Estómagos es un grupo que está solo. Hubo puertas que estaban abiertas, después se cerraron y quedamos en banda. Por eso no pudimos presentar el último disco. El único apoyo que podemos encontrar Los Estómagos son los otros grupos de rock [...]. Parece que uno termina siempre adjudicándole la culpa al público, pero diría que la gente está con la cabeza en otra parte. En un estado abismal de escepticismo. Está desganada y quizás también está cansada de los espectáculos grandes, que los revisen... Además: no hay dinero».5

EN VIVO: CUANDO EL FRÍO NO CONGELA

«El 31 de julio hacía frío. Altos los cuellos hasta los labios. Lloran los ojos heridos por el viento. Pasada ya la 1.30 de la madrugada, la mayoría estamos atados a las butacas. Los primeros acordes nos crucifican o nos arrancan de ellas: “Un extraño amanecer/ Un frío oscuro/ Sentirse muerto/ Parecías no escuchar/ Y tu cara y tu cara/ Blanca y fría como el mármol/ me asesinó”. Gabriel Peluffo está en el centro del único foco de luz. Sus botas a veces brillan. Cierra su puño derecho. Golpea el aire. Se calma. “El tiempo lentamente/ borrará tu imagen/ Mas tu sombra que me mata/ siempre me perseguirá”. Peluffo está inmóvil. Ahora tiembla. Grita. “No te vayas, no te vayas/ Quédate un momento más/ Es inútil”.

Había comenzado la presentación de Los Estómagos en Cabaret Voltaire. Toca tema tras tema. Arrasa tema tras tema y entre cada uno solamente un seco “muchas gracias”. Luego, la siguiente presentación. A veces, ni siquiera eso. Solo algunos aplausos. Algún grito. Gustavo Parodi permanece casi estático, dispara con su guitarra blanca sonidos que electrifican los cuerpos, repite hirvientes riffs que taladran los oídos. A medida que transcurre la actuación ya no se recuerda el frío de julio en el Teatro del Anglo. La tensión aumenta. Nos miramos de reojo. Hay quienes bailan. Otros sudan, aunque estén condenados a sus butacas. Es el final por esta noche. Atacan la guitarra y el bajo frenéticamente. Fabián Hernández se balancea de izquierda a derecha sin moverse de su sitio, llena todos los espacios con su instrumento. No hay clemencia para el silencio. “En cada insulto/ Golpe tras golpe/ Aprenderás que no hay clemencia/ No trabajás para nada/ No te arrastrás para nada/ Cuando vas por lo tuyo/ Te escupen en la cara”.

La noche continúa otro día. 24 de agosto en el Palacio Peñarol. Ahora la música es una bola de ruido donde una voz intenta hacerse entender. La contraseña, el mensaje, llega, pero con dificultades. Peluffo domina como nadie el escenario. Baila de una forma más impulsiva y salvaje que hace unos años atrás. Salta, golpea como siempre con su puño al aire. El público, en su mayoría, no conoce los nuevos temas. Sin embargo, las primeras filas se agitan. Los de seguridad reprimen y observan al grupo. “Desafiando al tiempo/ nadie nos pudo alcanzar/ Reclutamos mentes/ a nuestra forma de educar/ El secreto es que sea necio/ Un escéptico... derrotista/ Una máquina... un fascista/ Obediencia al sistema/ Sumisión, castración/ Ten confianza en la sagrada inquisición”. Uno de los encargados de seguridad se gira y le ofrece a Peluffo su mano derecha en alto con el dedo mayor sobresaliendo. Las frases siguen cortando el espeso manto de humos y sudores que flotan sobre el Palacio. Venden refrescos, no cerveza. Habrá que esperar.

Esta vez la noche es cálida, suave y con cervezas. Las estrellas agujerean el negro cielo. Es una noche casi romántica. “No confíes/ No te fíes de los sentimientos”. Pasan las horas y traspasamos la frontera del jueves al viernes en el Paraninfo de la Facultad de Arquitectura a r

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